Al final del día, después de llevar la pila de libros contables que estos turros me tiran por la cabeza, la verdad es que acá no me queda mucho para hacer. No me queda nada para hacer, ciertamente, así que abro el cuaderno y me pongo a redactar el último capítulo de mis putas memorias.
Eran como las ocho y pico cuando esa mañana volvía de bailar, cagado de hambre y de sueño y puteando por no haberme transado a nadie. En la cuadra de casa no había un alma, salvo por el forro de enfrente: el doctor Peláez. Lavaba el Audi con la manguera, el pelotudo. Lo lavaba todos los domingos mientras oía a los gorriones y a las cotorras de la esquina. Siempre hacía las mismas cosas. Después de lavar el auto, se clavaba unos mates mientras veía el noticiero, se ponía a preparar la montañita de maderas y carbón del asado, y se pegaba una ducha para ir a la misa de las 11:00.
Lo tenía bien estudiado a Peláez, que se había mudado hacía un mes y semanas. A veces no sé por qué hago las cosas que hago. Será porque espiar me calienta. A ellos los espiaba desde mi ventana, o desde la terraza. A él y a la potra de la jermu. Incluso en la iglesia los espiaba, qué pelotudo: dormía un par de horas para sacarme de la cabeza los fernés, y a las once y cuarto me hacía el que iba a misa y me sentaba atrás de los dos, en diagonal para no perderme de marcarla medio de costado a la mina, con ese par de tetas que me venían dando vueltas desde que la vi en malla, a través de los matorrales que separan el fondo de mi casa de la pile de ellos. Y en la iglesia nadie se daba cuenta. ¿Vieron que los albinos tenemos pinta de buenazos, con los ojos siempre entrecerrados? Aparte, desde que llegó el cura nuevo, están todos pelotudos con el chabón, que es muy chistoso y le chupa las medias al Papa cada tres minutos.
Peláez no era doctor ni nada. Qué va a ser. Es que para mí tenía pinta de doctor, con la corbatita y los anteojitos y esa valijita de cuero. Por lo que oí —yo usaba un micrófono-espía de largo alcance, que venía pagando en cuotas con unos pesos encontrados en la mesa de luz de mamá—, trabajaba de contador en la empresa del padre de la mina, un croto que se llenó de guita derritiendo cachos de grasa rejuntados de las carnicerías. Todos los putos días de la semana, Peláez salía a la misma hora a marcar tarjeta en la empresa del grasero. La mina se quedaba en casa, y yo siempre al palo y pensando en que un día me la transaba mal. Hay que reconocer que estaba muy fuerte la hija de puta. Aunque coger, lo que es coger, no los oí nunca. La rubia debe de andar necesitando, pensaba yo siempre, meta paja. Como mamá debía de andar necesitando, cuando el hijo de puta de mi viejo se largó a la mierda sin aviso.
Volviendo a aquella mañana, los chorros de la manguera pegaban en el Audi, y el gil de Peláez pasaba el trapito dale que dale. Desde donde yo venía pude ver un arco iris que se formaba por el sol y el agua. Sonreía, el pelotudo. Un tipo feliz, como en las propagandas de tipos felices que salen por la tele. Felicidad fingida. Si notó el rayón que le hice una noche, justo abajo del baúl, ni me enteré. Se veía que a Peláez le gustaba lavarlo. Una vez por poco no le pinché una goma con la navaja: creyéndome solo y ya agachándome, el ruido de las llaves me alertó. Y me hice el boludo, como que pasaba por ahí. Esa vez salió Peláez al porche, tiró un beso para adentro de la casa y después se subió al coche y puso primera.
Yo pensaba que él tenía mucha guita: siempre pensaba —como pienso— en los números. Porque, aunque mi historia trate de contradecirme, no soy ningún idiota: en el cole me rezarpaba con los números. Es raro, pero manejar números en el cole me gustaba tanto como la paja. Sacar cálculos me gusta más que la paja y todo. Y se me daba por soñar que, cuando terminara la secundaria —a esa altura de los hechos ya vivía sin mamá, y podía traerme a alguien a vivir conmigo—, le iba a pedir a Peláez que me contratara de auxiliar de contaduría, y de ese modo haría números y lo tendría más cerca para espiarlo: sabía que algo raro escondía, pero no tenía ni idea de qué podía ser.
Peláez y la mujer vivían en la mejor casa del barrio. Con jardín atrás y con pileta y con quincho. No sé por qué me imaginaba yo que guardaba fierros, si tenía pinta de no saber ni disparar una honda. Peláez hijo de puta: a medida que yo me acercaba tambaleándome del pedo en la vereda, con los ojos ardidos por el sol de la mañana, me parecía estar oyéndole el pensamiento: Albino de mierda albino pajero mirá la mina que tengo y el Audi y la casa mirá.
Y vos miralo a este turro cómo vive, la concha de su madre.
Ahí estaba de nuevo: la voz que me viene a veces, vaya a saber por qué y de dónde, como el duendecillo que le dice a Rafa Gorgory que queme cosas. Ahora supongo que mamá tenía razón. Antes de que la hiciera cagar mal con la punta de la barreta sacaclavos, bien en la nuca, ella me decía siempre: “Vos tenés que hacerte ver, Yoni. No solamente es rara tu piel y el pelo blanco. Vos sos raro”. Un día me cansó.
Pero ya Peláez se metía en su humilde rancho de doscientos veinte mil dólares, que yo lo tenía tasado y todo, gracias a mis astutas búsquedas por Internet. Me lanzó una mirada rápida antes de pegar el portazo y cerrar con dos vueltas de llave.
Entré en casa, esquivando los trastos desparramados por todas partes —hacía falta una mujer que mantuviera el orden—. Crucé el comedor hasta la cocina y abrí la heladera, y me eché en la garganta una botella de medio litro de agua fresca.
Antes de irme a la cama, cumplí como todos los días con el rito de darme una vuelta por el garage. Abrí el freezer grande, que ocupaba la pared junto a las herramientas, y le eché un vistazo. Mamá seguía igual de fría, igual de tiesa y con la boca entreabierta, como si todavía le doliese el barretazo de punta. Y entonces, antes de que pudiera cerrar la tapa del freezer, la rubia y Peláez entraron en el garage, y a punta de pistola me ordenaron a los gritos que me tirara de panza al piso con las manos en la nuca. Les quedaban recopados los uniformes de combate de la cana.