Ya no sé cuánto dura mi agonía entre las cuatro paredes de este cubículo hediondo, pero el hastío y la angustia sin remedio me hablan de eones. ¿Podré salir algún día de aquí, si pronuncio la pregunta adecuada? Igual sé que lo de la pregunta adecuada es una quimera, algo sin fundamento alguno. Un ridículo “Ábrete, Sésamo” que jamás llegará, porque la esperanza desilusiona siempre. He tenido tiempo de aprenderlo y de comprenderlo.
Todo empezó por culpa de un polvo descomunal, que nos hizo llegar al cine prácticamente sobre la hora. Yo seguí el plan que habíamos convenido en el taxi: mientras Tessy se dedicaba a imprimir las entradas que compró dos días antes por internet, me mandé escaleras abajo para el baño. La idea era reencontrarnos después en el hall del subsuelo, ya para entrar a ver la película, que arrancaría en apenas minutos.
En el baño no había nadie, así que pude elegir el mingitorio: el tercero contando desde la pared del fondo. Y estaba usándolo cuando me di cuenta de que en el baño sí había alguien. Porque desde una de las letrinas de adelante me llegó un débil gorgoteo. No se trataba del ruido del agua fluyendo por el inodoro, no. Era más bien un burbujeo, un gargarismo —no encuentro ahora mejores palabras— que sólo puede salir de la boca de una persona. Y la persona en cuestión estaba oculta a mi vista: ocupaba una de esas letrinas; yo podía verle los zapatos, que, por el brillo, acaso eran de charol.
El gorgoteo se volvió un estertor acuoso, y mientras sacudía las últimas gotas me pregunté si el tipo no estaría sufriendo un infarto.
—¿Se siente bien? —le dije, ya trabajando con el cierre, que estaría trabado por alguna hebra deshilachada.
La voz, un aguardiente ronco, no se hizo esperar:
—A vos quién te manda.
—¿Cómo quién me manda? —dije en mi confusión, y cuando terminé con el cierre fui hasta la puerta de la letrina.
El tipo no me contestó.
—Otro loco de mierda —dije fuerte, como para que me oyese bien.
Y me fui a encontrar con Tessy: la película estaría comenzando. Ya en el pasillo, rumbo a la escalera, de lejos me llegaron huecos ruidos de golpes. Seguramente eran los puños del tipo, dándole a la puerta de la letrina.
Dos horas y media más tarde, terminada la función, volví a necesitar el toilette.
Esta vez estaba repleto —los tipos hacían cola ante los lavabos—, y el olor a meo picaba las muelas. Opté por una de las pocas letrinas que quedaban libres. Levanté la tabla, y estaba por mearme la vida cuando de mi boca partió un involuntario gorgoteo. Y ese involuntario gorgoteo se volvió una carraspera espantosa, sin que mediara mi voluntad.
—¿Se siente bien? —dijo una voz del otro lado de la puerta. Y mi contestación, tan involuntaria como el gorgoteo mismo, partió enseguida de mis labios:
—A vos quién te manda.
—¿Cómo quién me manda?
¿Era una voz idéntica a la mía la que decía esas confundidas palabras, o mi terror me lo hacía figurar?
—Otro loco de mierda —dijo el de afuera, fuerte, como para que lo oyese bien. Lo oí alejarse.
Ya lo dije: había mucha gente en el baño. Siempre sin que yo lo buscara se reanudó mi burbujeo —esa especie de gárgara—, pero nadie más me preguntó nada del otro lado de la puerta.
Un brillo en el piso me hizo volver los ojos hacia mis zapatillas. Y no me sorprendió descubrirlo: mis zapatillas ya no eran zapatillas sino zapatos charolados, de un negro resplandeciente como de laca.
Ya no sentía necesidad de orinar.
Cuando cesó el gorgoteo busqué el picaporte, pero había desaparecido. Di puñetazos contra la puerta —devenida muro—, pero nadie acudió.
Nadie acude.
Una semana y media después, habiendo agotado Tessy todas las posibilidades de dar con el imbécil de su novio, que ni el chat del Facebook se digna atender, decide pedirle una sesión a la secre del doctor Duchovny.
—Qué locos que están los tipos últimamente, la puta madre. Y eso que la última cogida fue perfecta.