País Relato - Autores

manuel josé othón

sobre la sierra

EL CEMENTERIO campestre.—La cuesta de Gallitos. Acabamos de recorrer el escabroso y estéril terreno que nos separa de la población, abandonada hace dos horas; nos encontramos a la entrada de un gran cañón ascendente en cuyas profundas entrañas nos vamos a perder dentro de breves momentos. Esperamos sólo que nuestras cabalgaduras, cansadas por el camino y el sol, resuellen un poco y echen un pienso, en tanto que nosotros nos entretenemos en contemplar el paisaje que a nuestros pies se dilata.
El valle es muy lindo. Un gran semicírculo de montañas le cerca a derecha e izquierda. El terreno es hondo hacia aquel lado: como que en él empieza a abrirse la anchurosa cuenca de la inmensa laguna que se pierde torciendo por la base de escarpados cerros. En sus márgenes discurren el ganado y la bueyada que han bajado a abrevar y se entretienen pateando la raquítica y escasa hierba que allí crece.
El suelo, lleno de berrugas, disformes y caprichosas, se eleva hacia la izquierda; y una formidable masa de peñascos a manera de gigantesco dique, cierra el camino al pie de la soberbia cordillera, en cuya vertiente nos encontramos. No obstante, el barreno y el talache han desgranado la roca y abierto espacio hasta los primeros pliegues de la sierra, abriendo el derrotero por escarpadas sinuosidades, hasta llegar trepando sobre graníticos peldaños a la cumbre de las montañas, cuya cadena forma el grueso ramal de la Sierra Madre en estas regiones.
Aquella inmensa boca de las montañas ha sido bautizada con el nombre de La Boquilla, porque probablemente a los que fundaron el rancho, situado en el mismo punto, les pareció pequeña para dejar pasar sus caravanas y vehículos.
Emprendamos la marcha hacia adelante. La entrada del cañón que forma la confluencia de dos serranías, semeja más bien la boca de un enorme embudo. Sus paredes son la peña viva a veces; brotan entre las grietas matorrales enmarañados como mechones de un cráneo descomunal, o arrancan, irguiéndose, árboles y troncos cual brazos torcidos que pretenden agarrar al viajero enlazándolo con sus ramas.
Pero a medida que avanzamos, la vereda se complica, el cañón se ensancha y va tomando la forma de hondonada. Luego nuestra subida se hace más penosa, porque tropezamos con el repliegue o nos hundimos en la garganta. Por fin, un olor acre y penetrante de vegetación resinosa nos anuncia la proximidad de la tierra caliente. El bosque empieza. La calva roca se cubre con retamas y la maleza se trueca a poco en selvática espesura, donde todos los tonos del verde se amalgaman y matizan el hojoso arboledo.
Aunque son las tres de la tarde, hace una hora que el sol ha desaparecido para nosotros. La inmensa muralla granítica que a uno y otro lado nos cubre, ha impedido que los vivificantes rayos lleguen hasta nosotros. Ahora es el boscaje quien nos los esconde. Alzamos la vista y el sendero ha desaparecido y no son las tortuosidades de la montaña las que nos lo ocultan; es que flota sobre las cumbres, como levísima gasa, la niebla blanca y onduladora que siempre envuelve en su túnica de vapores semejantes alturas.
Empezamos a sentirnos humedecidos por la niebla y a bocanadas aspiramos las brisas refrescantes y cargadas de oxígeno y aromas. Ya el paso de nuestros caballos es menos tardo, pues el camino se ha ensanchado hasta convertirse en planicie y ha dejado de empinarse, tomando solamente una suave ondulación.
Apenas percibimos lo que a nuestro derredor se extiende, pues la niebla va espesándose poco a poco hasta impedirnos ver lo que haya a diez metros de distancia. Solamente cuando el follaje es muy tupido, se destaca como una mancha gris sobre el fondo vaporoso del nubarrón, que tal se va haciendo a la altura en que nos encontramos y empieza a calarnos más de lo que fuera de desear, con una lluvia menuda y fría que penetra hasta nuestro cuerpo, a pesar de los abrigos.
¡Excélsior! Estamos en la cumbre. ¡Qué espléndido sería el paisaje si pudiéramos contemplarlo! Pero lo adivinamos. A nuestros pies se ensancha más y más la vereda cruzada por innumerables arroyos que tenemos a cada instante que atravesar. Las cabalgaduras hunden las pezuñas en un barro de un rojo subidísimo. Marchamos sobre un terreno de almagre y envueltos en una túnica húmeda y espesa. ¡Qué viaje tan fantástico y caprichoso! Parece que vagamos dentro de un inmenso copo de algodón desmenuzado y frío.
Alzase al frente el bosque, dilatándose todavía hasta un espacio que la niebla nos impide ver. Sin ella podríamos contemplar el panorama que empieza a desplegarse allá en el fondo y que sólo columbramos alguna vez, cuando el viento sopla de repente, haciendo una desgarradura en el nublado.
*
Sentimos que empezamos a descender. Antes nuestros caballos tendían los pescuezos hacia arriba; ahora es la grupa la que se levanta ligeramente porque el descenso hasta este momento es suave y sin tropiezos.
Súbito un rayo fugitivo del sol ha rasgado la densa capa de la atmósfera y todos los árboles, estremecidos con un soplo de viento, reflejan en cada hoja cuajada de gotas de agua, la luz que se descompone en todos sus colores. Un peñasco musgoso que se levanta solitario a un lado del camino, me ha hecho el efecto de un gran mosaico o de un inmenso efod de fantástico y desconocido sacerdote. Pero el rayo huye con la misma presteza con que vino. La fugitiva sonrisa del cielo alegró un momento el paisaje y al desaparecer volvió a dejarle envuelto en la monotonía y la bruma.
De pronto vemos alzarse a nuestra izquierda un cercado de plomizas y gruesas piedras. Entre sus junturas brota la hierba, enredándose en retorcidos ramajes. Algunas campánulas moradas y azules cuelgan húmedas y melancólicas de sus tallos y el cardo se extiende sobre el bardal como espinosa serpiente. Verdes colgajos de musgo y paxtle prenden de los troncos que brotan arrancándose de las piedras, a cuyo pie crecen las maravillas silvestres, mostrando sus cabecitas rosadas y amarillas.
El cuadro es hermosísimo, pero triste. Dentro de aquel cercado se alzan en caprichoso desorden varias cruces de diversos tamaños y figuras, pues algunas han sido cortadas del árbol, aprovechando la forma más o menos semejante de las ramas que, desnudas de sus hojas, fueron plantadas sobre el montón de tierra que cubren los despojos del pobre montañés.
Sí, aquello es un cementerio. Estamos frente al camposanto de Acahuales y nada semejante he visto ni imaginado hasta ahora.
Esta salvaje soledad, a prodigiosa altura del suelo donde hierben las ciudades, teniendo la vecindad del cielo y por única compañía la de los pájaros que cantan sobre los árboles y sobre las peñas y la de las fieras que recorren las espesuras; en mudo y eterno abrazo con la naturaleza, álzase esta morada de muerte, con la sencillez y humildad que corresponde a la mansión donde todos los hombres son iguales. Aquí, además, esta igualdad es completa, porque los que descansan para siempre bajo la virgen tierra, fueron iguales durante la corta y tranquila peregrinación de la vida. Iguales son ahora y duermen sus huesos abrazados por las mismas raíces que medran bajo la tierra y cobijados por la misma capa de limo sobre la que crecen las tristes flores campestres para alegrar su triste y eterna soledad.
No hay aquí monumentos, ni mausoleos, ni inscripciones siquiera. ¿Para qué? Todos eran lo mismo y todos eran de igual manera. No fueron sabios, ni políticos, ni guerreros, ni escritores, ni artistas. Sus pechos no abrigaron ambiciones ni sus cerebros locos ensueños de poder y gloria. Sus deseos estaban satisfechos y sus esperanzas cumplidas. Levantarse con los pájaros a arar la tierra que les daba el pan de cada día; regresar a la pobre y pacífica choza, donde en torno al hogar comían todos juntos el alimento tan honrada y laboriosamente ganado, y entregarse al descanso sin remordimientos ni temores, a la hora en que la noche empezaba a oscurecer la montaña, ésta fue su existencia. ¿Qué inscripciones cuadrarían sobre sus sepulcros? Hombres como todos, hombres como nosotros, pero más felices ahora, duermen en paz, con la misma tranquilidad con que antes se entregaban al nocturno descanso.
Reposar aquí para siempre en el eterno sueño de la muerte, esperando el día de la resurrección, cobijado, abrazado, acariciado por esta naturaleza salvaje y silenciosa, guarecido únicamente por las cuatro rústicas bardas de piedra; al pie de la cruz tosca que se levanta cubriendo con sus brazos redentores los despojos que el alma ha de abandonar a la corrupción: enterrar aquí mis anhelos y esperanzas; quedar olvidado y solo entre los pobres, entre los humildes, entre los débiles frente a la inmensidad del espacio y del universo y en presencia del cielo, que está aquí más cercano; es un deseo que brota y se apodera de mí repentinamente y que espacia mi espíritu haciéndole remontarse y volar por las regiones esplendorosas del infinito, también comprendido y dividido en estas soledades.
*
Hemos llegado a Acahuales, rancho que se encuentra a poco más de un tiro de fusil del camposanto. El caserío está colocado en desorden y caprichosamente a ambos lados del camino, sobre el quebrado terreno. En este instante se ha despejado un poco la atmósfera; la bruma ha desaparecido, pues grandes nubes recorren el espacio, amenazando descargarse en lluvia sobre la sierra. El sol, pálido y moribundo, marcha a ocultarse a nuestra espalda. Caminamos hacia el oriente y el suelo empieza a endurecerse, anunciando la región rocallosa que tanto se dilata en las vecindades de la costa.
Las casas de Acahuales están cercadas por árboles frutales. Naranjos y limones alzan sus copas frondosas y relucientes tras los bardales. Todos los árboles están en flor, y el ámbito trasciende y purifica nuestros pulmones. Las hierbas, creciendo en abundancia, cubren los alrededores de las chozas y a las veces se entretejen sobre nosotros de lado a lado del sendero, formando verde bóveda salpicada por cálices de zafiro y de nieve.
Hay un jacal más grande que los demás y construido sobre un terreno más elevado. La puerta es grande y en ángulo superior se forman los dos tejados y al unirse se destaca una vieja cruz de palo, en cuyos brazos se enredan las trepadoras. Al pasar frente a este lugar percibimos un penetrante olor a incienso. Es la iglesia. En el fondo se divisa un altar, sobre el que se levanta un cuadro que representa a la Madre de Dios. Tres o cuatro velas en desorden, arden, iluminando el piadoso retablo, y una multitud de flores y ramas naturales le adornan.
Adelante. Vamos a bajar la penosísima cuesta de Gallitos. El suelo está empedrado naturalmente con enormes lajas resbaladizas y lustrosas. Como la inclinación es brusca, hay que echar pie a tierra para evitar desnucarse en una falsedad de las bestias. Tomo el cabestro de mi caballo y me apercibo a descender. Mis compañeros hacen lo mismo, y como la bajada es larga y la noche se nos echa encima, lóbrega y lluviosa, hay que apresurarse mucho para no sufrir una caída que en este lugar podría ser peligrosa, y para no perder el sendero y tener que pasar esta noche terrible sin abrigo, sin alimentos, en tan abrupto y enmarañado desierto.
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Aquí es bueno hablar de los que me acompañan. Cuando me aparejaba a emprender este viaje, rogóme mi esposa la trajese conmigo, pues tenía grandes deseos de conocer la Tierra caliente. Accedí a sus súplicas, aunque ya preveía las dificultades que se nos habían de presentar. Ahora me arrepiento; pero es tarde y, sobre todo, ella viene muy contenta y no siente las fatigas, acostumbrada como está desde hace tiempo, a acompañarme en expediciones semejantes.
Viene también conmigo un amigo, Emilio Ramírez, a quien le he suplicado con gran insistencia sea mi compañero. Violentamente ha tenido que arreglar sus negocios y equiparse, y su buen humor nos sirve de lenitivo en este penoso descenso, que la verdad se prolonga y aumenta en dificultades más de lo que fuera menester.
Un italiano alegre y vigoroso, acostumbrado a recorrer las selvas y montañas de Tamaulipas, convertido en un completo ranchero y que ha olvidado hasta su idioma, es el único mozo que traemos; y a la verdad que es muy difícil encontrar uno semejante, sobre todo en estos terrenos. Su vitalidad es patente cuando se ha tratado de los descensos. Ricardo, que así se llamaba, trae de la brida el caballo de mi esposa y cuida de ella que no ha consentido en apearse; yo marcho detrás.
Ha habido un momento en que he resbalado, rodando diez o doce metros sobre la cuesta. Afortunadamente, el camino hace un recodo, donde me he detenido. No me ha pasado más que recibir algunas contusiones en las piernas y en la espalda, pero éstas son ligeras. El puño de mi fuerte revólver americano, que traigo en la cintura, se ha hecho pedazos; pero ya casi tocamos el plan y muy afortunadamente por cierto, pues la noche ha empezado a cerrar y el cielo a llover que es un contento.
Por fin entre la lluvia y el viento que azotan nuestro rostro, llega hasta donde estamos el ladrido lejano de un perro. Esto nos anuncia la proximidad de un pueblo. Efectivamente: descendemos al plan; volvemos a montar, y tan aprisa como nos lo permiten las condiciones de la noche y del camino, nos dirigimos a Gallitos, cuyos jacales se ven pálidamente iluminados al través del chubasco.
Marchamos sobre charcos, no se oye más que el monótono caer del agua sobre los árboles y el suelo; el chapalear de las bestias que hunden las pezuñas en los atascaderos y el ladrido de todos los perros del lugar, que se alborotaron con nuestra llegada y que adivinamos, al parecer, entre la sombra.
El olor a humo que se desprende de los hogares, nos alegra el alma y quita el mal humor, llegamos a la casa, una hermosa casa construida a la manera de un chalet suizo; pero dejaremos para mañana la contemplación del panorama, que es uno de los más espléndidos de estas zonas. Yo vengo prevenido, pues no hay un solo viajero que no hable con entusiasmo y admiración de estos paisajes.
Por hoy nos dedicamos por completo a desentumecernos y secar nuestras ropas. Una cena reparadora refocila nuestro estómago y nos entregamos al descanso, de que tanta necesidad tenemos.