País Relato - Autores

manuel josé othón

el puente de dios

I
EMPEZABA a clarear cuando salimos de la cabaña de madera, seguida, sola y aislada del otro edificio de la Estación, en medio del valle de Canoas. Las auras frescas y húmedas de la madrugada, envolvieron nuestro cuerpo como en una atmósfera.
Las colinas aparecían medio ocultas entre los vahos de la mañana, que se arremolinaban, enredándose en los picos de las cañas y en el tubo de la chimenea, de donde se escapaba una columna de humo algodonado, que antes de perderse en el espacio, se arrastraba perezoso y soñoliento sobre las pizarras de los techos.
A las vagas claridades de aquel crepúsculo el pórfido de los cantiles teñíase de un color pardo que se iba iluminando poco a poco hasta tomar reflejos de acero apagado. La tierra, aparejada para la siembra, veíase ahí cerca como un manchón ceniciento. Más lejos se adivinaba confusamente el charco pantanoso unido al estanque formado por el derrame de los arroyos, y cuyo opaco cristal exhalaba tenues vapores, al través de los cuales parecían los troncos inmóviles fantasmas cobijados en ondulante velo.
Las rosas grises, manchadas de salitre, sudaban humedades olorosas a musgo y limón; y sobre el barro del sendero vecino veíanse los hoyos donde se incrustaran los cascos de los caballos y las pezuñas de las reses.
Arriba, en el cielo, languidecía, agonizando, el lucero. La luna, cual un disco de alabastro oriental, cruzaba entre copos de nubes semejantes a plumbagos inmensos que iban desmenuzándose gradualmente al ser barridos por el viento Huasteco; y las últimas nieblas se desbarataban en la cumbre más alta de la montaña, que, como un cuchillo de piedra, las cortaba, aventándolas en girones sobre la espalda de la gigante sierra, todavía envuelta en esa hora por las brumas del amanecer.
Las primeras palideces del alba disiparon bien pronto las neblinas de aquella madrugada, y en sus aéreas claridades apareció el paisaje del valle con toda su hermosura virginal y tranquila. El suelo era quebrado y estaba lleno de ondulaciones: algunas rocas arrancaban bruscamente sus aristas afiladas y sus picos puntiagudos, ahí donde el terreno era más suave. Las colinas ceñían al valle y tras ellas asomaban, rodeándole por todas partes, las crestas abruptas y escarpadas de las salvajes serranías, mientras la perspectiva se iba esfumando poco a poco en la lontananza del horizonte, limitado a lo lejos por las montañas.
Al oriente se abría la ancha boca del cañón de Guerrero, que íbamos a cruzar en desatentado y peligroso viaje, pues que iríamos en una carretilla, sobre un declive pronunciado, y así recorreríamos cuarenta y cuatro kilómetros en menos de una hora, pasando al borde de abismos vertiginosos de tres o cuatrocientos metros de profundidad, sumergiéndose en túneles tenebrosos y violentando curvas brutales, cuya sola vista hace saltar el corazón y nublarse el cerebro. Era un capricho aquel viaje, pues deseábamos contemplar el cañón en toda su espléndida hermosura y su majestuosa grandeza.
El cielo fue perdiendo sus tintes aperlados y una inmensa blancura se extendió por el oriente, bañando de entonaciones lechosas el horizonte. Por ese lado los picos de la sierra aparecían inundados de fulgores vivísimos y semejaban cumbres de perpetuas nieves, erizadas de estalactitas de porcelana. Algunas nubes se desbandaban ligeras, prendiendo sus encajes níveos sobre el peñón más erguido que se envolvía en ellas para aparecer después como un cono de plata resplandeciente y luego se desbarataban, convirtiéndose en plumones vaporosos.
En lo más alto del cielo, la luna desaparecía, envolviéndose en transparentes colchas de inmaculada blancura; y el lucero lanzó el último destello de su pupila opalescente, hundiéndose en la inefable claridad de la alborada. Sobre la falda de los alcores vecinos, cruzaban algunos arroyos diáfanos y puros, que abrillantados por la luz matinal, parecían hilos de escarcha reluciente; y los remansos que formaban, tremulentos, límpidos, semejaban láminas argentinas o cristales fulgurantes.
Más acá un grupo de rocas calizas se bañaba en la misma atmósfera lumínica y la vereda que a su pie se retorcía subiendo por la colina blanda y ondulante, tapizada por fragmentos prismáticos de cuarzo y mármol, albeaba semejando un sendero cubierto por el granizo, que lanzaba a trechos fulguraciones de diamante.
Ya todo estaba apercibido para la marcha y sólo esperábamos el tren de carga que nos había de preceder. Entre tanto, la aurora anunciábase sonrosada y ruborosa. El Levante fue encendiéndose gradualmente y al rumbo opuesto, manchas de tornasol y violeta pálido tiñeron el espacio que iba clareándose y tomando todos los tonos y matices del azul, desde el marino profundo de la turquesa, hasta la cerúlea diafanidad del zafiro.
La cordillera occidental se esfumaba en el fondo infinito de una lontananza sin límites. Sobre su dorso apareció el perfil esmaltado de los crestones. En sus gargantas parecía aglomerarse, como una masa de vapor, todo el azul del cielo, y los picachos y piedras que la coronaban o que rodeaban hasta las vertientes, se destacaban semejantes a bloques gigantescos de lapizlázuli.
Por la falda se mecía, flotando, el humo azul de las majadas, como un velo transparente de finísimo tul; y en aquella explosión de azul inmenso se amalgamaban con el color, todos los perfumes de la pradera, y desvanecían lánguidamente la eflorescencia soberana de los campos; mientras que hacia el cenit iban mezclándose en admirables esfumaciones el blanco relampagueante del alba con el azul pálido del ocaso y se fundían ambos en ópalos y perlas, desleídos sobre la maravillosa paleta de los cielos.
Más allá de la lejana elevación del valle apareció un largo penacho de humo, luego se oyó un mugido que repercutió en las hondas concavidades de los montes vecinos, y la locomotora avanzó rauda y tempestuosa hasta llegar frente a nosotros, donde se detuvo unos cuantos minutos. Allí se le dio contravapor y siguió su marcha, perdiéndose a poco tras las últimas ondulaciones del terreno.
Pasado un cuarto de hora nos instalamos sobre la carretilla, que fue empujada por los trabajadores de la vía. A los veinte metros había tomado impulso y quedó abandonada a su propia inercia, descendiendo por la pendiente de acero y hundiéndose con nosotros en la monstruosa boca del cañón.
II
La sensación es profunda. Los primeros momentos no se da uno cuenta con precisión, del efecto que produce aquella carrera vertiginosa al aire libre. A veces creeríase que se vuela, sobre todo cuando los rieles están sustentados por un puente que sólo tiene la anchura de la vía, debajo del cual se descubre un abismo de horrorizante profundidad.
La carretilla o armón tiene un metro de anchura y menos de dos de largo. Aquella superficie, enteramente plana, en cuyos bordes no hay listones ni barandillas, con un solo garrote para detenerla, cuando es posible, casi es una tabla arrojada al azar, sobre la pendiente que en la montaña abrieron el pico y el barreno.
Luego el aire azota la faz y se introduce bruscamente en los pulmones, hinchándolos y haciéndolos pletóricos con enorme cantidad de oxígeno. Y ese aire tiene perfumes resinosos; en ellos se mezclan el olor de los líquenes con el aroma de las plantas en flor. Hay allí, sobre todo, la frescura vivificante de la tierra húmeda y de las rocas aterciopeladas por el musgo.
Imagínese una muralla de 40 kilómetros de extensión y a veces de 500 o 300 metros de altura. Cien o doscientos abajo de la cima la mano del hombre, utilizando el hierro y los explosivos, abrió un estribo enorme que corre a todo lo largo de la montaña y sobre el cual extendió la cinta de acero de la vía.
Este estribo, en su parte más ancha, tiene 12 o 14 metros. A la izquierda está el abismo; a la detrecha rompe el muro de las rocas, de un rosa pálido a veces, como la epidermis de una virgen; encendido en otras, como una muralla de carne petrificada. En ocasiones se mancha de blanco por la caliza o de acre y rojo sangriento por las sales de fierro y el cinabrio. Parásitas enormes y caprichosas arraigan y medran en la peña y las flores silvestres las cubren a trechos, matizándolas con todos los tonos de la gema del arco iris.
En el fondo del abismo que se hunde a la izquierda, está la canal en medio de la cual zerpea el río sonoroso y borbollante de Tamasopo. En sus vegas el cañal blondo columpia los plumeros sedosos y algodonados de sus flores, como un penacho de nieve afiligranada. Aquí y allí, siguiendo las márgenes, se ven las cabañas, de cuyas chimeneas sube el humo ondulante y oloroso a resinas y gomas exquisitas, como que la leña de que se desprende está cortada de maderas preciosas.
Los trapiches rechinan al apabullar las cañas; canta el clarín de la selva oculto entre la fronda; gritan las cotorras y los papanes, y el ajolito y el faisán crotoran en lo más escondido de los bosquecillos que salpican las riberas de trecho en trecho y que, desde la altura del campo, aparecen como una orla de terciopelo verde, prendida a los cristales trémulos y garruladores de Tamasopo.
A la margen izquierda del río se levanta otra inmensa sierra semejante a la que sustenta la vía por donde vamos. Allí la vegetación se desarrolla poderosa y exuberante: crecen las chacas y las ceibas con lujurioso desenfreno, y el cedro y el enebro retuercen sus ramas, que se confunden entre las del higuerón y otros árboles parecidos al oyamel.
La flor ostenta allí la pompa imperial de la naturaleza americana. Todos los colores se mezclan sin confundirse: hay en aquellos florestales, azucenas pálidas y floripondios rojos y violáceos, hiedras azules y campánulas azules y moradas; la enredadera campestre se enrosca a los troncos y a los peñascos, salpicándolos con sus florecillas polícromas diminutas; los azahares tiemblan titilantes como estrellas de nieve, en el follaje verdinegro de los naranjos, y en aquella explosión de colores se desvanece el fondo de todos los matices del verde, hasta fundirse en una admirable pastosidad con el azul profundo del horizonte, cortado apenas por el vaguísimo perfil de las montañas.
Caminamos hacia el oriente y nuestra vista navega en un piélago de luz, donde, en aquel instante, se amalgaman las diversas tonalidades del verde. Es la hora en que, amanecido por completo, el sol está próximo a romper los senos del orto, anunciando su presencia con algunas ráfagas acardenaladas que se extienden por la inmensa anchura del espacio. El horizonte oriental toma un tono lívido y más arriba se desvanece el celaje en lago de verde marino que presta sus tintes fantásticos a todas las cosas de la tierra.
Las copas de los árboles aglomerados en apretadísimos grupos, se tiñen de glauco; la alfombra de musgo borda las orillas del río y en los esteros flotan las algas, lamiendo blandamente el tallo de la espadaña que se estremece en la ribera. Un grupo de rocas, a cuyo pie se alza una casita gris, aparece manchada por el sulfato de cobre; más lejos se han desprendido algunos trozos que brillan a la luz matinal como pedazos de malaquita y oscura arboleda se pierde en lontananza hasta desvanecerse en las agrestes soledades del paisaje. Estamos en marzo: la primavera ha desatado ya sus galas sobre frondas y hierbas que se atavían con toda la riqueza y lujo de la pompa vernal.
Y entre tanto, seguimos arrastrados furiosamente sobre la rampa del camino. Hay un instante en que nos despeñamos con una velocidad mayor que la mayor de un tren expreso. El aire nos asfixia y el vértigo nos turba; pero experimentamos una sensación de voluptuosidad indefinible, algo como atracción del abismo: lo que se siente, en suma, en presencia del peligro arrostrado voluntariamente.
Poco a poco va cesando aquella aceleración vertiginosa y un túnel abre sus negras fauces para tragarnos… Sentimos que la bóveda trepida al paso de la carretilla, cae sobre nosotros una lluvia de tierra desmenuzada y algunas guijas golpean nuestras espaldas. Las tinieblas nos envuelven por todas partes, pero esto no dura más que unos segundos. En el fondo vemos una boca luminosa que se agranda por instantes, hasta que salimos otra vez a bañamos en los infinitos resplandores de la mañana.
De repente, una ráfaga rojiza se tiende sobre el perfil de las montañas orientales, que se esfuman allá muy lejos como una masa de nieblas azuladas. Entonaciones cremesinas pintan el horizonte que va encendiéndose gradualmente, aunque con precipitación incalculable. Todos los objetos aparecen inundados a la luz auroral.
Ya el oriente es un mar de oro en cuyo seno chispean puntos ígneos y abrillantados. De la línea donde se confunde la tierra con el cielo, brotan llamaradas de un rojo irritante y ardiente, arrojando volcánicas reverberaciones sobre las rocas bermejas de las vertientes, abrasadas con el fuego candente de los trópicos. El muro de la montaña que corre a la derecha, aparece rayado por vetas de bermellón y en el espejo del río se reflejan las cintilaciones del cielo cual una lluvia fulgurante de corales y rubíes.
Todo el paisaje se colora con entonaciones rosáceas y carmines. Fajas de vivo rosicler cruzan la atmósfera. Las amapolas despliegan sus hojas encendidas como un turbante de fuego y entre los troncos de las palmas de abanicos flavos, crecen las parásitas de florecillas encarnadas que ensangrientan el fondo verde claro de la arboleda, relampagueante en esa hora por las centellas que el sol arroja a la tierra en la erupción flameante de su salida.
Los colorines vuelan disparados por el espacio; el cardenal de plumas llameantes pía en lo más elevado de un árbol de hojas tostadas por el calor de aquellas abrasadas siestas y el tutuvitzi vibra las flámulas de sus alitas triangulares, clavándose como un dardo de lumbre en los cristales del remanso, cuya superficie encarrujada picotea al pasar.
Nos acercamos por momentos al fin de nuestro viaje, estrechándose a medida que la carretilla corre desatentada sobre la pendiente de los rieles. Las rocas desaparecen y en su lugar nos cerca por todas partes una muralla de verdura, al final de la cual se hunde, a la izquierda, la vereda que ha de llevarnos al Puente de Dios, objeto y término de nuestra excursión encantadora.
Hacemos alto: bajamos del armón y nos incrustamos bajo la bóveda sombría de un cafetal exuberante y fresco, donde se respira a plenos pulmones el aire saturado con todas las emanaciones de Tierra Caliente.
III
Desde que se penetra a la enramada del bosque, todo desaparece con excepción del follaje verde, los troncos teñidos de sepia y el pavimento color de tierra húmeda y tapizado por la hojarasca. Los cafetos crecen con poderoso desarrollo: en su ramaje, vestido de hojas lustrosas, tiemblan aún algunas gotas de rocío y el fruto rojo se columpia blandamente al tibio soplo de las auras tropicales.
Se desciende por un declive, suave al principio y cuando se pronuncia hay una escalera gigantesca formada por durmientes que tiene más de 400 peldaños; pero el descenso no cansa ni molesta. Las ondulaciones del terreno, los diversos y pequeños paisajes en el bosque escondidos, las lianas que culebrean como serpientes enormes por el suelo o se enroscan a los troncos, el verde de los árboles y el pedazo azul que columpia la vista de trecho en trecho al través de la bóveda de verdura: todo distrae el ánimo y los ojos, suspendiendo el corazón con la eternal hermosura de aquella encantadora naturaleza.
Al dejar el último peldaño, sigue una rampa algo escabrosa que se retuerce y se incrusta en algunos peñascos de la montaña, entre los cuales abre su boca lóbrega y pavorosa la espelunca de un tigre que no hace mucho tiempo merodeaba por aquellos contornos.
El rumor que desde que se entra en el bosque, llega a los oídos del viajero como un murmullo misterioso y solemne, va creciendo, creciendo poderosamente, hasta convertirse en un trueno sordo y comprimido, como si bajo la montaña rodara, despeñándose en ondas turbulentas, alguna desconocida catarata. Pero ese ruido ni aturde ni espanta: antes bien, infunde al espíritu una sensación religiosa y augusta.
De súbito ábrese el sendero ensanchándose en forma de plazoleta, rodeada de plantas y riscos. En el fondo y hacia la izquierda, aparece un manantial que se divisa como un chorrito cayendo, como pequeño remanso de donde se desprende un arroyuelo límpido y tranquilo. Pero se sigue descendiendo y a poco va agrandándose todo aquello: agrandándose hasta parecer en toda su impotente y majestuosa grandeza, cuando ya la planta ha pisado un enorme peñasco, monolito ciclópeo, cuyas dos extremidades se empotran en el pórfido de las rocas y por debajo del cual pasa el río, lamiendo sus bordes de piedra. Tal vez ha sido colocado allí por los tremendos aluviones del diluvio o por la potente mano de algún otro de los cataclismos terráqueos.
¡El Puente de Dios!… Sí: ¡de Dios! que ningún otro nombre puede convenir a tamaña maravilla y a prodigio tanto.
El pobre ingenio humano, aún disponiendo de la palabra, del color, del sonido, no alcanza en manera alguna a describir el espléndido y grandioso cuadro que se desarrolla ante la vista fascinada ni a expresar las hondas emociones que se experimentan ante la contemplación de semejantes maravillas. Empero, debe intentarse pintar, aunque sea con pálidas tintas y grosero pincel, ese portento de belleza que hace pocos años era casi desconocido y que es uno de los asombrosos paisajes que tanto abundan en nuestra privilegiada tierra.
Al abandonar el último peldaño, el sendero se hunde en una hoya formada por las rocas de la montaña, que van cerrándose gradualmente desde arriba hasta la simada cuenca en cuyo plan se tiende el remanso donde se despeña el río.
Al llegar a la roca que sirve de puente, el viajero se mira cercado por todas partes, que el granito cortado en enormes cantiles y los árboles y la vegetación exuberante parecen estrecharle, obligándole a clavar la vista sobre el lago que a sus pies ondula o a elevarla para contemplar un pedazo de cielo a través de una red hojosa de festones verdes o de raíces que arrancan de los muros y por las que serpean, enredándose, la hierba azul y las trepadoras silvestres.
El remanso, que es un verdadero lago aunque pequeño, parece dormido por la inmovilidad de sus cristales. Sólo de vez en cuando se encarruja y tiembla al sentirse roto por el golpe de algún escarabajo de reflejos tornasoles, áureos y acerados, que, quebrando el nervioso vuelo, cae azotando las ondas y se ahoga zumbando y estremeciendo la superficie diáfana y serena.
El río que ha corrido al par de nosotros y nos ha acompañado durante nuestra rápida carrera, se precipita desde lo alto de la hoya; se bifurca en tres chorros que saltan en hirvientes espumarajos de plata y nieve a aplastarse contra una laja de matices opacos de jacinto jaspe, para caer como un cortinaje de alabastro bruñido y terso, en el seno del remanso que él mismo forma y que sólo por la profundidad de sus aguas, parece que no se bulle ni corre, aunque va a seguir su curso pasando por debajo del monolito, cayendo en otra cuenca más pequeña, donde juguetea parlero, y continuando por toda la hondonada hasta juntarse con otros ríos que mezclan sus ondas dulces y azuladas a las salobres glaucas aguas y casi siempre turbulentas de nuestro Golfo.
Reina allí una penumbra plácida y misteriosa. El tono de la luz es un tono fantástico y amarillento, como si se hubiese bañado en una ola de oro. El verde es el color que inunda por completo el recinto, ya flotando en la atmósfera, ya tiñendo con todos sus tintes las hojas de las plantas, el musgo de las piedras, las algas de las márgenes, el heno de los troncos y el agua del remanso: el agua sobre todo, que es de un verde hechiceresco, de un verde diáfano y fosforescente, un verde que presenta irisaciones y cambiantes indefinibles, un verde relampagueante, como si el lecho aquel se hubiese llenado de esmeraldas fundidas.
Parece que todo el verde de los bosques se ha diluido, convirtiéndose después en sustancia vaporosa y fluida para dispersarse en el ambiente. Dijérase que la faja verde del espectro se desprendió del iris para filtrarse por entre la filigrana de la red frondosa que sirve de dosel a aquella gruta llena de misterio y poesía.
Y hasta se antoja a veces sentir en las pupilas el reflejo verde que brota de las miradas de las náyades y pasar por la ardorosa frente, como una caricia húmeda y fresca, el verde tul en que se envuelven las ondinas habitadoras de ese palacio de los prodigios no adivinados y de los románticos sueños.
Porque allí desaparece el sello que imprime a nuestros bosques y montañas, valles y costas, lagos y torrentes, la salvaje y grandiosa naturaleza de la América, eternamente madre y eternamente virgen: que en todos nuestros paisajes hay algo selvático y huraño que, aunque suspende el espíritu, parece acariciar con mano de león que esconde sus garras.
El Cañón de Guerrero, la selva en que se oculta el Puente de Dios, son esencialmente americanos; pero este último no debe pertenecernos. Allí cambia el cuadro por completo. Aunque todo sea majestuoso y augusto, hay un tono de naturaleza profunda que halaga, cautiva y seduce, infundiendo al alma embriaguese de una voluptuosidad espiritual e inefable.
Aquello pertenece a las fuentes sagradas de la India, donde se bañan las bayaderas; a los paisajes de las leyendas medievales donde los duendes discurren por la noche y danzan a la claridad de las estrellas; a los bosques germánicos en cuyas grutas y cavernas iban los nibelungos a ocultar el oro robado en las cristalinas profundidades del Rin azul y murmurante, poblado de apariciones y fantasmas.
O bien, imagínase un lugar escondido en los más hondos senos de aquel bosque romántico, cercano a Atenas, donde un genio tuvo sueños tejidos con luz de luna y con hilos fabricados por arañas de azabache y oro, en cuyos columpios se mecieron los silfos y las hadas, durante la más divina de las noches que han velado el sagrado reposo de los poetas.
El muro de piedra que resguarda la hoya está formado por cantiles de un ocre rojizo; pero sólo a trechos se descubre la desnuda roca, casi en su totalidad se reviste de líquenes y musgo, de trepadoras hierbecillas que medran en el granito. Del fleco de estas parásitas que cuelgan hacia abajo y de las puntas de las raíces que brotan por entre las hendiduras, se desprende constantemente una lluvia de gotas creada por las filtraciones del río. En ocasiones cae a compás semejando moléculas de cristal fundido; otras veces chorrea en hilos abrillantados, remedando cadejos de escarcha desmenuzada, y el agua del remanso se estremece y ondula al recibir aquel desgrane garrulador de perlas y diamantes.
Sobre la superficie se agita palpitando un enjambre zumbador de libélulas de múltiples colores, que, cual átomos de iris, chispean en la atmósfera encantada. Cruzan vibrando sus alitas de gasa con estremecimientos eléctricos y luciendo sus corpúsculos de encendidos matices. Diríase que son esmeraldas, zafiros y rubíes alados que se desprendieron de una urna volcada por la divina maga que habita en aquellas fantásticas regiones.
Poseídos de emoción profundísima e inexplicable, abandonamos el Puente de Dios. Emprendimos la ascensión por los mismos peldaños y siguiendo el mismo sendero, tapizado en esa hora, pues ya el sol tocaba en el zenit, con los redondeles de luz en que el astro se retrata al filtrarse por entre el follaje de las selvas.
Salimos al camino. Un océano de luz nos inundó completamente y en sus ondas de oro nadaban los cirrus de marzo como una bandada de cisnes y garzotas.