País Relato - Autores

manuel josé othón

el pastor corydón

I
AMANECIÓ aquella mañanita húmeda y fresca, como todas las de junio. Don Sixto, el sacristán, abrió la capilla de la hacienda y mandó a un muchacho que se encaramara a la torre para dar el primer repique. Luego introdujo dos mujeres y un hombre con sendas escobas, jergas y rebosante cubeta de agua y empezó la faena de barrer y sacudir. En seguida dirigióse el sacristán a preparar los ornamentos y salió a la puerta de la capilla cargando media docena de candeleros, a los que arrancaba costras de cera con la punta de unas despabiladeras.
Cuando hubo terminado, colocó los candeleros en el suelo, sentóse en un poyo de piedra y sacó del bolsillo del roto chaquetín, negro y mugroso, una colilla de puro que chupó entrecerrando los ojos. Ya en la placita de la hacienda circulaban los trabajadores, al hombro los aperos de labranza, y los carretones uncían las yuntas mientras que las vacas, recién ordeñadas, salían mugiendo de los corrales para dirigirse al monte.
Era el primer día del novenario de San Juan Bautista, patrón de la hacienda, que llevaba ese nombre, y no tardaría el sacerdote que desde Villurbana, el vecino pueblo, venía a celebrar la misa y rezar la novena. Poco a poco fue acentuándose el movimiento. Por la puerta de pilares blancos practicada en la cerca que circunda el casco, varias mujeres acercábanse con cántaros al hombro, rumbo a la noria que detrás de la iglesia rechinaba, arrojando grueso chorro de agua sobre enorme artesón de madera. Todas tenían que pasar frente a la puerta de la sacristía y a todas lanzaba el de la colilla alguna frase, ya en son de requiebro, ya en son de chanza, según era vieja o moza la que se acercaba.
Era don Sixto un estudiante destripado del Seminario, a donde niño aún le había enviado el viejo cura de Villurbana, pero no logró pasar del primer curso de filosofía, en cuya clase le reprobaron dos años consecutivos. Como no fuera para el caso, retiróle el señor cura toda protección, y el muchacho se quedó a vagabundear por toda la ciudad, hasta que, harto de reveses y miserias, regresó a su pueblo natal, donde, como tenía buenas luces y no mala letra, empleáronle de escribiente en una oficina pública, de la que le corrieron al poco tiempo por su excesiva afición a los alcoholes.
Fue en esos tiempos cuando los dueños de San Juan de los Álamos le llamaron para que desempeñara en la hacienda las funciones de maestro de escuela y sacristán, y aunque se moderó un tanto en el uso de las bebidas espirituosas, despertósele en cambio una desenfrenada inclinación por el bello sexo.
Pedante por naturaleza y afectado en el lenguaje, trajo del colegio buen almacén de términos que gustaba de prodigar, aunque no precisamente por manifestar sus conocimientos sino más bien porque gozaba, aun repitiéndolos a solas, con las frases rimbombantes y las sentencias en las aulas aprendidas. Decir versos de los clásicos paganos, especialmente de Virgilio, era su manía, el tema que servíale de bigornia para machacar a todas horas y en cualquier ocasión por inoportuna que pareciese.
De lo más estrambótica y ridícula que imaginarse pueda, era la estampa que le donó la madre naturaleza, pero no causaba desagrado sino risa y regocijo al contemplarla. De allí es que, tanto en el colegio como en el pueblo y en la hacienda, era perseguido el ex seminarista para obligarle a que hablara, no sin que sobre él cayera toda clase de chanzas y de burlas, más pesadas algunas de lo que fuera menester.
Tenía la color cetrina y bastante oscura; ancha la faz en los pómulos y aguzada hacia la barba; los ojos pequeños, amarillentos y muy vivos; la boca grande, gruesa, plegada hacia arriba del lado izquierdo y la dentadura desmolada del medio; la poquísima barba cortada a tijera y el pelo crespo y alborotado. El busto bastante grande, sosteníase sobre dos piernas zambas y pequeñas.
De manera tal dotado, solía don Sixto andar como los loros, sacando mucho hacia atrás la rabadilla con el correspondiente apéndice de las posaderas, y éste era el summum de su gracia, que siempre hizo estallar una tempestad de risas.
—Quorsum tendis? —exclamó levantándose del poyo al acercarse una moza aguadora de no malos bigotes y hasta barba—. Te pareces a Rebeca. Inclina hydriam tuam ut bibam. ¡Eh! ¡Oye! no te vayas de largo, que me mata tu indiferencia…
Pasó la moza sin hacerle caso y el sacristán se quedó de pie, mirándola con las manos a la espalda y la colilla casi apagada entre los labios.
—Horribilis pharmaceutria —dijo después, dirigiéndose a una vieja negra y apergaminada—. ¡Maldita chamorrona! Ya sé que has traficado con tu sobrina vendiéndola al niño don Pedro Pablo. ¡Carguen los demonios contigo y con todas las de tu estampa!
La vieja se detuvo diciendo:
—¡Pior! ¿Y su dolor cuál es?
—¡Pues cuál será, tía Bruna de mis quereres!
—Si usted no tiene ni en qué cairse muerto. Voy a que no me da dos riales para unas velas que quero prenderle a su santito.
—Vocativo, caret. Pecunia non est mihi.
—¡Agora! ¿Y eso qués?
—Que yo la quería con toda mi alma y con mi amor le hubiera bastado.
—Gual que sí. Pero dígame, don Sixto —dijo la estantigua con formalidad y disponiéndose a colocar el cántaro en el suelo— siendo uno una probe, qué quere que haga; cuantimás que fue voluntad de ella y a mí no me gusta forzar a naide ni me ha de castigar Dios porque me meto donde no me importa.
—Vade retro, ¡maldita Celestina! ¡Y qué escrúpulos tiene! Mira, haz favor de largarte porque van a dar el segundo repique.
Así era en efecto. El muchacho que estaba en la torre columbró a lo lejos la polvareda que levantaba el coche del señor cura y azotó desaforadamente las campanas con el badajo. La vieja se marchó, y el sacristán se apercibía a cargar con los candeleros cuando divisó a una mujer alta, fresca y garrida, de anchas caderas y abultado pecho, que también se acercaba junto a la noria. Brilláronle a don Sixto los ojuelos y adelantándose al encuentro de la que venía, la saludó con este hexámetro:
—O crudelis Alexa, nihil mea carmina curas!
—Usté siempre con sus cosas —contestóle la mujer sonriendo, provocativa y coqueta, y mostrando dos hileras de dientes apretados y blanquísimos, como los granos de una panoja.
—¡Ay Aleja! Me derrito por usted, y usted como un témpano de hielo. Pero ya se ve: unos son los que queremos y otros son los que la logran.
Malicia y muy refinada asomó sus puntas de acero en esta frase y la mujer púsose grave.
—Sí, ya sé, ya sé lo de Margarito.
—¡Ah qué hombres! ¿Pos quién le dijo?…
—Como si no tuviera ojos; como si no lo hubiera visto salir anoche de la casa…
Trocóse en alarma la seriedad de la mujer. El humanista, al ver el efecto que sus palabras producían, agregó con incisivo acento:
—Sí ya lo sé todo, y lo malo es que pueden saberlo también en la hacienda, pues ya sabe usted que hay ojos por todas partes.
—¿Deveras lo vido? —dijo la mujer bajando la voz, acercándose al sacristán con interés y mostrándole forzado afecto—. Pos mire: hágame favor de ir a la casa cuando salga de la iglesia, porque quero pidirle un consejo. Ahí viene ya el padrecito… ¿Lo aguardo?
—Salúdeme al pastor Corydón.
—¡Ande! ya le digo que no le diga ansina.
—Bueno: por allá iré.
Y se separaron. En aquel instante llegaba ya el carruaje cerca de la iglesia. Don Sixto botó la colilla, cargó con los candeleros y penetró a la sacristía. Un sacerdote de cabellos canos y limpia y rugada faz descendió del coche mientras que las campanas, locas de júbilo, se reían atronando el aire con sus notas, y el sol inundaba en una ola de oro la plaza bordeada de fresnos y los blancos edificios de San Juan de los Álamos.
II
Alejandra, a quien llamaban Aleja en el rancho, regresó de la noria con el cántaro lleno sobre el hombro izquierdo, sostenido del asa por la derecha mano sobre la cabeza cruzada, formando así con el brazo un arco gracioso y provocativo, mientras que el reverso de la otra mano descansaba sobre la cadera teniendo en jarras el correspondiente brazo.
Estremecíanse sus formas opulentas a cada paso y su aliento jadeaba apenas, entreabriendo los labios húmedos y rojos como una pitahaya en sazón. Representaba tener treinta años. Era trigueña oscura como las de su clase, caliente y moreno tono extendíase por su faz tersa y carnosa, cubierta de vello sedoso como la piel de un durazno.
Cruzó la puerta de pilares y tomó por un callejón franqueado de órganos, al través de los cuales veíase en ocasiones el rojo fogón de los jacales, crepitando humeante y oloroso a flor de garambullo. Después de atravesar diversas calles tortuosas y quebradas, se detuvo al final de una limitada por la carretera que se extendía ancha y polvosa, cuyas extremidades se dilataban y perdían ascendiendo y culebreando, una, por lejanas lomas y bajando, la otra, por llanuras profundas de entonaciones verdes y amarillentas, que se esfumaban entre los vapores de la mañana.
Alzábase allí la casa de dos jacales compuesta, uno de los cuales presentaba en la solera de adobes, abierto ventanillo, en donde se veían cajetillas de cigarros y cuarterones de queso. Al llegar la mujer, descansaba un chiquillo de cuatro o cinco años en la puerta de ramas espinosas que abría paso al solar de la casa. Con la panza al aire y los pies descalzos estaba el rapaz y comíase una tortilla; por el suelo yacían esparcidos nopales en raja y frijoles a medio cocer. Verlo la aguadora y lanzar el grito fue todo uno. El chico asustado se levantó temblando y dejó caer la tortilla de las manos.
—¡Anda, jijo de tu tata! ¡Ya me juites a tirar la olla de la lumbre…! ¡Ora lo verás! —exclamó la mujer montada en cólera, y trasponiendo el umbral de palmas y piedras, colocó el cántaro en el suelo y echó a correr tras el muchacho que ya huía despavorido lanzando desgarradores gritos.
Pero no le valió. Alcanzóle la madre y dándole dos bofetadas que le tiñeron en sangre el rostro, arrojóle al suelo y se encaminó murmurando maldiciones y amenazas al centro del solar donde se levantaba el otro jacal de techo agujereado y que amenazaba desplomarse. Lastimero y penetrante quejido salió de allí, inarticulado como el grito de un animal cogido en la trampa, a la vez que el chiquillo corría hacia aquella barraca sollozando.
—¡Paa! ¡Paa!… ¡me dio mi maá!… ¡sangle!
La mujer no le dejó entrar. Empujándole brutalmente le amenazó diciendo:
—¡Bonito estás tú y tu tata!… ¡Cuele de aquí, que ya no tengo aguante con ustedes!
Quedóse fuera el chico moqueando y haciendo pucheros, y penetró la madre en el destartalado jacal. Veíase en el centro el fogón a medio apagar, rodeado de tres piedras sobre las cuales descansaba un puchero negro y ahumado, casi rebosante de bermeja espuma, el metate a un lado estaba cubierto por una batea y cerca la olla del nixtamal hundía su base entre las cenizas del rescoldo.
En un ángulo, tristísima figura humana reclinábase contra el muro de otates, casi aplastada sobre las piernas encanijadas y torcidas que le servían de asiento. El hundido pecho pegábase a la espalda y en las palmas de las manos tenía sendas baquetas atadas por medio de correas. Su semblante… ¡ah! su semblante era la expresión angustiosa del sufrimiento humano elevado a los últimos peldaños del dolor. Hirsuta la canosa barba y crecida, rugada la faz amarillenta y lívida y hundidos los claros ojos que temblaban en el fondo de las cuencas como dos lágrimas enormes. Sobre la frente, bajo el enmarañado greñal de los cabellos, fruncíase el entrecejo con profundísima arruga que subía desde el nacimiento de la nariz hasta el del pelo, y en las extremidades de la boca acentuábanse fuertemente los pliegues de acérrima dolencia.
Al entrar se quitó Alejandra el rebozo que arrojó sobre un huacal. Lanzóle el paralítico una mirada de estupidez y azoro tal, que sus ojos asomaron hasta los bordes de las órbitas. Murmuró algunas sílabas que no llegaron a formar palabras y dos lágrimas asomaron a sus párpados, resbalando por las apergaminadas mejillas.
Como la mujer no fijara en él la atención, aquel remedo humano procuró moverse, y solamente logró agitar los brazos hacia arriba. Entonces ella sin mirarle:
—¿Quieres almorzar? —le dijo—. Ya voy a moler. Sólo falta que ese condenado haiga tirado toda la olla.
Y sin otra demostración de interés o afecto hacia el enfermo, se inclinó sobre el metate. Tomó el puchero donde se cocía la miserable comida y después de menearle con un palo, escarbó la lumbre y se aparejó a bajar con la mano de piedra la masa de maíz sobre el metate.
El paralítico, entretanto, había vuelto a su quietud y estupor, entrecerrando los párpados y limpiándose con el dorso de la mano derecha las lágrimas que le mojaban el rostro.
Cantaba la mujer en voz baja a compás de los movimientos que hacía al moler. De rodillas sobre el metate, con los brazos desnudos hasta el hombro y la camisa escotada hasta el nacimiento del seno, aquellas formas exúberas y frescas ondulaban y se estremecían cada vez que subía o bajaba el cilindro de piedra, bajo el cual se extendía la masa blanquísima y tersa, aplastada y cortándose en tiras largas que descendían hasta el borde inferior, de donde la molendera las tomaba y hacía los textales que iba colocando sobre la batea, para tortearlos después y cocerlos en el comal.
El tullido se había dormido al parecer. Afuera ya calentaba la mañana; y el muchacho, trasponiendo la cerca del solar, vagaba por entre los magueyes y nopales del vecino monte, como un símbolo de la inocencia desamparada, que busca abrigo en la naturaleza salvaje y bravía y sólo encuentra, en vez de brazos cariñosos, ásperas malezas y punzadoras espinas.
Alejandra dejó de moler y salió del jacal. Al ruido que produjo en su salida, el enfermo abrió los ojos y quedóse mirando fijamente la puerta por donde su mujer había desaparecido. Quiso incorporarse, pero sólo alcanzó a echar el cuerpo hacia delante, apoyándolo vigorosamente sobre las palmas de sus manos forradas en baqueta. Reclinóse de nuevo y así permaneció larguísimo tiempo. Los signos vehementes de dolor que antes cubrieran su semblante habían desaparecido, quedando sólo en él la mancha de una tristeza infinita y una desolación abrumadora.
Recordaba que cuatro años antes era un hombre como los demás, dueño y señor de sus movimientos y de sus miembros. Dominador de los bosques y de las montañas, bajo la inmensa hora dorada de los días estivales o envuelto en las humedades acariciadoras de las noches azules y profundas, saltaba por entre los peñascales, remontaba las crestas abruptas y se hundía en los abismos vertiginosos con la agilidad misma de las cabras de su rebaño.
Allá en las soledades de los montes, olvidábase o, más bien, no se daba cuenta de su condición de siervo y se creía rey de las selvas, imperando sobre los animales que estaban a su cuidado, que lo obedecían a una señal o a un silbido, y que le querían como a un padre, halagándole con sus retozos y lamiéndole con sus lengüecillas ásperas y rojas. Seguíale el viejo mastín por todas partes, echábase a sus pies, y acariciaba con la cola y se disparaba ladrando enfurecido al escuchar rumores extraños o al husmear algún peligro.
Verdad es que sólo de tarde en tarde veía semejantes suyos: otros pastores o el vaciero; que no disfrutaba del mísero descanso de los días festivos, ni tomaba parte en los tristes regocijos que alguna vez sacude la brutal monotonía de la vida en el ánimo deprimido del labriego; pero en cambio sentíase independiente, libre, con la libertad de los pájaros silvestres y de las bestias montaraces.
Un solo afecto tenía en el corazón, además del cariño de sus padres y su mastín: el amor por su mujer. Solía bajar alguna vez del monte y pasar un día en su casa, o bien la esposa le acompañaba en ocasiones allá en la pastoría, durmiendo con él en la majada. No era fácil tenerla siempre consigo, como hubiera deseado y otros pastores acostumbraban, porque para mantener a los cinco hijos que Dios les había dado, ayudábale ella a trabajar, haciendo la lucha por otra parte, rescatando efectos que iba a vender todas las mañanas a Villaurbana y con cuyo producto, agregado al real y medio de jornal, satisfacían el hambre con hartura, única aspiración de los infortunados campesinos.
Odilón, o el pastor Corydón, como le llamaba el humanista, era de ánimo apacible y sereno y creía en la providencia divina con fe ciega, como creen todos los hombres de su clase y condición, con la fe del carbonero que es acaso la que más complace a Dios, porque es la fe de los humildes, de los mansos y sencillos de corazón y de los pobres de espíritu. Y como jamás tuvo en su vida penalidades ni trabajos, fuera de los de su oficio, que más bien eran para él un goce, no se cansaba de dar gracias a Dios y a todos los santos, a quienes, por lo demás, veía como dioses pequeños, rindiéndoles culto idolátrico y encomendándose a ellos cada vez que se le extraviaba una cabra o el coyote merodeaba por los alrededores de la majada.
En su corazón, limpio de todo mal deseo y exento de quiméricas ambiciones, se abrigaba una paz inmensa nunca interrumpida mas que por los estragos de las tempestades en aquellos desiertos selváticos, cuando el cielo apedreaba el ganado con guijarros de hielo; pues entonces la angustia del pastor no tenía colmo, y desesperábase al no poder resguardar sus animales si la tormenta le cogía en abierto lugar desprovisto de árboles y de cantiles, bajo los cuales pudiera resistir la ira del cielo.
Interrumpíase también su calma año por año, cuando el ganado era vendido por los amos y el pastor estaba obligado a conducirle a Villaurbana, donde veía degollarle sin piedad en el corral de una matanza. Los balidos lastimeros de sus queridos animales le retorcían el corazón y arrancábanle lágrimas amarguísimas. Un odio sólo tuvo en la vida: a cierto pastor de ganado lanar, compañero suyo, que habiendo conducido su ganado al pueblo, pidió plaza entre los matanceros y degolló bárbaramente a sus pobres ovejas.
Por una excepción entre las gentes del campo, Odilón jamás golpeó a su mujer, antes bien tratábala con todo género de miramientos. No debió parecerle aquello miel sobre hojuelas a la esposa, que más de una vez quejóse de la falta de cariño de su marido, pues que, según decía, nunca le daba, aunque más de una ocasión le sobraban motivos para ello. Alejandra no sólo no correspondía a su hombre con un reflejo de aquel cariño tan generosamente prodigado: ni siquiera sentía su calor.
Casada a los diez y seis años con un esposo de treinta y cinco, cuando llegó a los veinte, desarrolladas sus formas y siendo la mujer más guapa del rancho y con una libertad, además, que otras no tenían, empezó por oír con agrado los requiebros de los rancheros y sobre todo los que le dirigían los hombres del cercano pueblo, entre los que se encontraban algunos señores particulares.
No cesaba de escuchar insinuaciones provocativas y hasta propuestas halagadoras. Ella tenía temperamento tropical y carencia absoluta de sentido moral, con curiosidades punzadoras por vagar y ver tierras; y acabó por entregarse al cochero de un hacendado rico que vivía casi siempre en Villaurbana y que le propuso llevarla a la ciudad. La pastora, como en el lancho la llamaban, resistió, dicho sea en honor suyo, algún tiempo; pero, vencida al fin, se juyó con el hombre dejando a Corydón la carga de los hijos y la compañía de las cabras.
Más de medio día permaneció el infeliz pastor cuando lo supo, echado a la sombra de copuda encina, boca abajo, apoyada la frente sobre los cruzados brazos y sin atender a las cabras que vagaban dispersas por los peñascales y las cuchillas, sin que el negro mastín, el viejo lobo, corriera a atajarlas y volverlas al redil; pues, como su amo, permanecía bajo la misma encina, enroscado y soñoliento, sacudiendo con el rabo los alados insectos del monte que zumbaban en torno suyo, haciéndole agitar las orejas y entreabrir de tarde en tarde los adormidos ojos.
III
Los del pastor quedaron escaldados de tanto llorar. Hizo después de días un viaje a Villaurbana para quejarse ante las autoridades, con el fin de que prendieran a la fugitiva; pero no se logró la captura. El intento, por lo demás, del ofendido esposo, no era el de castigar a la adúltera, sino traerla de nuevo a su casa, después de bien amonestada y apercibida por el Juez.
Regresó, por tanto, Corydón a la hacienda, solo y triste, y volvió a sus cabras y a su antigua vida, pero llevándose consigo al monte cuatro de sus hijos, pues el de pecho quedó en poder de una buena vecina del rancho que le hizo la caridad de criarlo.
Allá entre las salvajes fragosidades de la sierra, el pastor fabricó una choza bien aderezada para sus hijos, donde sirvióles a la vez de padre y de madre, que ambos oficios desempeñaba, incluso el de moler maíz cuando la esposa de un compañero suyo no podía echar la doble tarea de las dos familias. Quedaron, pues, instalados en la pastoría los cuatro chiquillos, el mayor de los cuales no llegaba a los 14 años.
Dos habían corrido desde que la desalmada Aleja abandonara la casa marital, cuando empezaron a llover calamidades sobre el desdichado y sufrido pastor: tres de los chicos se enfermaron de viruelas y murieron dos. Ni ese año ni el anterior cayó gota de agua sobre las sementeras que, por consiguiente, se malograron. Murieron de la seca los animales y desarrollóse el hambre y toda clase de miserias, no sólo en San Juan de los Álamos, sino también en el pueblo, en las demás haciendas y rancherías vecinas, hasta abrazar una zona considerable de aquella región. En el resto del país contarse podían los lugares donde lloviera.
Así es que los dueños de los Álamos se vieron obligados a correr gente de la finca por falta de trabajo y carencia de maíz para mantenerlos, pues las anteriores cosechas íntegras fueron enajenadas y no era cosa de comprar semilla a altísimo precio para dar de comer a hombres que no trabajaban.
Vino, como acontece, la peste tras el hambre. El mayor de los pastorcitos cayó atacado de la fiebre y murió en pocos días. Tocóle igual suerte a la caritativa mujer que criaba al pequeñuelo, a quien no tardó en seguir a su segunda y verdadera madre en el eterno viaje. Sólo quedó uno de los cinco para compartir con su padre las penalidades y miserias de aquella vida. A poco andar, la carencia absoluta de alimentos obligó al pastor a desprenderse de su hijo para que mendigara; y así pudo el infortunado niño sobrevivir a sus hermanos.
Corydón no bajaba del cerro: cierto es que carecía de ganado que cuidar, pero la costumbre y cierto estupor que se apoderó de sus facultades, teníanle siempre remontado en las lóbregas arideces de la sierra, donde los arbustos deshojados y mustios habían tomado un color semejante a los de los peñascos.
Muchas veces alimentóse el pastor con maguey y nopal, como los bueyes; y ocasión hubo en que acosóle tan horriblemente el hambre, mordiéndole sin piedad las entrañas, que se arrojó furioso sobre una mata de la hierba llamada capulincillo tullidor, que encontró con fruto entre las grietas húmedas de la rocallosa cuenca, donde tiempo atrás gorgoriteaba un manantial.
A puñados arrancó los negros, lustrosos y diminutos esferoides que salpicaban las ramas verdes del arbusto, y con movimientos maxilares de feroz y vertiginosa masticación, trituró entre sus dientes ávidos el dulce fruto, engulléndolo con terrible furia.
Sólo en semejante estado pudo el triste pastor devorar aquel fruto venenoso. Bien sabía él que los huecesillos encerraban en su simiente la parálisis para el incauto que los deglutía después de masticarlos; más de una ocasión tuvo oportunidad de verlo por sus propios ojos en las cabras que le comían y lo inútiles que eran todos los remedios, incluso el de las copiosas sangrías que se les aplicaban. Pero en aquel momento, cuando sintió en el seco paladar los frescos y sabrosos capulines, como estaba poseído de furor famélico, no trató de otra cosa que de aplacar su hambre y hasta olvidó completamente que estaba introduciendo la parálisis y tal vez la muerte en sus entrañas.
Y así sucedió en efecto. No transcurrieron muchas horas sin que sintiera gran debilitamiento y falta de sensación en las piernas; viose obligado a sentarse, y como había satisfecho su hambre, vencióle el sueño y a poco se durmió en el cerro echado sobre un peñascal, bajo los quemantes rayos del sol que más y más le aletargaban y contemplando al cerrar los párpados una sabana llena de ondulaciones, que se desvanecía en la profunda lontananza como gigantesca mancha gris reverberante y desolada.
Atardecía ya cuando despertó. Sintió hondo desfallecimiento y quiso levantarse pero no pudo. Después de supremos esfuerzos logró ponerse en pie, agarrándose a la punta de escueta roca que sobresalía del suelo. Probó andar y sus miembros no le obedecían. A la mano estaba una raíz descuajada que podía servirle de bordón: se inclinó a apoderarse de ella pero, aun así, logró dar dos o tres pasos solamente. Agudísimo dolor en los riñones y en las piernas le obligó a sentarse; entonces comprendió todo el horror de su estado y una angustia infinita se apoderó de su espíritu.
La noche caía y el hambre y la sed le aguijoneaban. Gritó, y el eco de sus gritos fue a perderse repercutiendo de collado en collado y de barranca en barranca. En la tenebrosa lejanía dibujó la luna amarillenta y lívida faja sobre el dorso de la cordillera oriental, y surgió del perfil azulado como la faz cadavérica de un espectro que se asomara al borde de su sepulcro.
Quedó iluminado el paisaje con fulguraciones de tintes helados y sombríos. Corydón era supersticioso y sintió profundísimo terror que le azotaba los nervios y poníale de punta el cabello, al escuchar los graznidos de la lechuza y el prolongado ulular de los coyotes. El monte, desnudo de frondas, inmenso campo mortuorio semejaba, poblado de esqueletos calcáreos y de fantasmas harapientos que sacudían sus innumerables y canijos brazos, como llamando y atrayendo al aterrorizado pastor que, con los ojos desmesuradamente abiertos y fijos en todos los puntos del paisaje, sentía crecer la angustia y el quebranto a cada momento.
Así pasó toda la noche, hasta que los pájaros empezaron a trinar y a lo lejos el rosicler encendió las lejanas profundidades del levante. Oyóse poco después el ladrido de un perro entre la barranca por donde serpenteaba el camino del rancho, y Corydón, ya desfallecido, hizo un esfuerzo poderoso y repitió sus gritos. Otros le contestaron entre la esfumada penumbra del crepúsculo, y la esperanza inundóle el alma en una inmensa ola de consuelo.
El horizonte fue aclarándose por instantes; y poco después, a la incierta y pálida claridad del amanecer, dos hombres, precedidos de un perro, llevaban casi en vilo el cuerpo desmayado del pastor, en cuya cabeza flotaban los hirsutos cabellos, acariciados por el vientecillo grácil y frío de la madrugada.
IV
En tanto que el infeliz Corydón tantos y tan espantosos tormentos pasaba, Aleja, abandonada ya del cochero, quiso regresar a la hacienda y buscar a su marido, segura de obtener el perdón de su falta.
No fue, en verdad, el arrepentimiento quien le empujó a los brazos del ultrajado esposo. Aferrada al terruño, sentía hacia él una atracción que sólo sus relaciones con el amante equilibraban reteniéndola a su lado, a pesar del trato brutal que recibía, o seguramente por eso. Pero una vez apartada del adúltero hogar, volvió al propio con la certeza de ser bien recibida. Sabía ya, por otra parte, la enfermedad de Odilón, y esto la ponía al abrigo de cualquier explicación enojosa, y más aun de todo castigo, por merecido y justo que ella en sus leves remordimientos lo juzgase.
Trasladó al esposo a la antigua casa que ocupaba, pues desde el principio de su enfermedad el pastor vivía arrimado con la familia de un amigo. Recogió a su hijo que vagabundeaba por las calles del pueblo vecino, y con su trabajo personal empezó a subvenir, aunque con estrecheces, a las escasas necesidades de la familia.
Guardábale Corydón solamente cierto rencor por el abandono de sus hijos; pero en el fondo la perdonó y sentía que la amaba a pesar de todo. Por lo demás, no es de extrañar fenómeno semejante en la gente campesina, pues el adulterio rara vez, y sólo por particular excepción, constituye una ofensa imperdonable y deshonrosa: basta que la culpable se arrepienta acogiéndose de nuevo al techo marital, para que se olvide la injuria y quede borrada toda mancha.
Seguía el pastor cada vez más enfermo. Si al principio lograba andar con grandes dificultades, bien pronto sus piernas perdieron la sensibilidad y se rebelaron contra el movimiento. El tronco del cuerpo estaba vigoroso todavía, aunque afectado de dolores agudos que le recorrían toda la espina dorsal. Al principio pudo acostarse apoyándose sobre las palmas de las manos, que por esa razón le fueron amarradas con una rodaja de baqueta. Fue necesario estar tendido la mayor parte del tiempo, y eso en una sola postura: con la cara y el cuerpo hacia arriba, siempre hacia arriba, contemplando con estáticos ojos el morillo ahumado del caballete y el techo de carrizos a medio tostar y amarillentos.
No tardó, entre tanto, Alejandra en volver a sus infidelidades, aunque guardándose de que su marido lo supiera. Fueron sus amantes sucesivamente, un hijo del mayordomo, llamado Juan Isidro, su compadre de pila; luego Reyes Martínez, el arpero que tocaba en los fandangos y, por último, Margarita, un arrendador de caballos que había en los Álamos.
Corydón sin embargo no tardó en sospecharlo, por la asiduidad con que estos individuos frecuentaban la casa, con pretexto ya de saludarlo, ya de comprar algunos de los artículos que por el ventanillo de la solera vendía la pastora, la cual poco a poco fue cuidándose menos y llegó, por último, a permanecer días enteros sin entrar sino lo más preciso a la cocina donde habitaba el enfermo, pues pasaba las horas muertas en compañía de sus amantes y otros conocidos, que llegaron a hacer punto de reunión y tertulia la casa del paralítico.
Terrible fue el golpe que éste recibió con estas nuevas ofensas; pero siempre resignado y bueno, concretóse a aconsejar a su esposa, llamándola al buen camino con suaves palabras y amonestaciones cariñosas: «No te vaya a castigar Dios», repetía a cada momento: pero la taimada lo componía todo negando, aunque no con grande energía ni demostrando afán, que los hechos que se le imputaban tuvieran el menor asomo de certeza.
Fue por ese tiempo cuando en San Juan de los Álamos apareció don Sixto. Al conocer a la pastora señaláronla sus instintos sensuales como a una presa de las más codiciables. Enteróse de la vida y hechos de aquella mujer que le enloquecía. No dejó de compadecer al pastor, a quien, creyendo encontrar cierta semejanza en el nombre que tenía con el personaje de Virgilio y por tener ocupación idéntica, ocurriósele llamarle Corydón, alias que a la esposa no agradaba oír, porque se le figuraba ser cosa mala.
Compadecía pues el sacristán al pastor, no tanto por los desvíos de Alejandra, cuanto por el estado lastimoso y conmovedor en que le veía; pero así y todo propúsose lograr el fruto prohibido, pareciéndole nada más cosa de tender la mano… y cogerle. Mas sucedió que entonces precisamente el amo, nada menos que el amo mismo, había entrado en aquel cercado ajeno, y el sacristán tuvo que resignarse y esperar mejor ocasión, sin renunciar ni por un momento a sus proyectos y sin dejar de requebrar a la pastora.
—Frondosam pastor Corydon ardebat Alexam —declaraba el gentil latino cada vez que contemplaba al infeliz paralítico fijos los ojos en la infiel esposa; y relamiéndose de gusto, sonriendo con malicia y bailándole los ojillos redondos y picarescos, Deliciae domini… —añadía, no sin devorar con una mirada ardiente el busto escultural y soberbio de la crudelis Alexa.
Desde entonces, como avezado a semejantes lides, apercibióse a luchar en retirada, ya emboscándose para la sorpresa o bien presentándose de tarde, manifestando así que aún estaba emparejado para la brega. Aunque dejó de frecuentar el ventanillo de la solera, cuidaba de inquirir lo que pasaba en el interior y de todo estaba al tanto. Fue de esta manera cómo logró saber que al fin de año no se le cobró al pastor el arrendamiento del piso.
También se enteró de que Juan Isidro y Reyes suspendieron los interminables paliques con Alejandra; y observó que ésta dejó de concurrir a la casa grande, al cabo de cierto tiempo, y como se diera a rondar las cercanías del solar vio salir dos o tres veces a Margarito el arrendador, cuando ya la media noche era por filo y los gallos empezaban a cantar.
El paralítico, entre tanto, seguía de mal en peor. Su carácter manso y sufrido tuvo serias perturbaciones. Algunas veces estallaba en explosiones de cólera y arrebatos de ira contra su mujer y los marchantes, y esto acabó con la poquísima paciencia de la pastora. Si antes le sufría y le cuidaba al menos con algún interés y demostrado afán, desde el momento que en el enfermo operáronse tales cambios, Aleja sintió hacia él una aversión profunda que le hacía tratarle brutalmente.
—Ya no te aguanto —decía a menudo—. Quiera Dios llevarte de una vez pa que me dejes descansar.
Y como los accesos del paralítico hiciéranse más frecuentes, ella dio en alejarse de la cocina lo más que pudo, dejando allí solo y abandonado al pobre enfermo, que rehusaba cambiar de sitio a causa del frío que le invadía todos los miembros.
Entonces el pastor Corydón procuró atraerse al hijo, quien encontrando en su padre ternura y cariño, no se le apartaba un solo instante. Dio esto ocasión a Alejandra para sospechar que el muchacho iba a enterar al pastor de todo lo que veía o de lo que pasaba en la otra habitación, donde no dejaba de recibir a los parroquianos, e hizo extensivo su odio y mala voluntad hacia su hijo, en quien procuraba desahogarse siempre que para hacerlo se presentaba ocasión, aunque fuese por los cabellos traída.
El estado de Corydón se agravaba. Apenas podía ya articular palabra y empezaba a manifestar síntomas depresivos, lo cual desesperó más y más a la mujer. En aquel temperamento depravado, sin freno alguno de educación y de moral, desarrollado en un medio de abyección profunda y de ignorancia crasísima, tanto más nociva cuanto que no consistía únicamente en desconocimiento de las cosas sino en la creencia de que el mal no era tan malo y por ende no lo era el desbordamiento de los instintos animales espoleados por los sentidos; en aquel temperamento de bestia brava desatáronse todas las concupiscencias de la codicia y de la carne. No pensaba ya en otra cosa que en la manera de proporcionarse dinero, y para conseguirlo entregábase a sus amantes, a quienes explotaba con una explotación tan mezquina como puede sufrir la gente de miserable condición y exiguos elementos.
El amo, que la había tenido, dejóla al poco tiempo, satisfecho ya y cansado; pero permitióle vender vino y hacer en los días festivos un baile que le producía pequeñas utilidades. Por este motivo Alejandra guardábase mucho de que se supieran sus posteriores extravíos, temerosa de que su protector le retirara las licencias, pues habíale ofrecido no volver a la disipada vida que había vivido anteriormente. Sus instintos y pasiones, empero, no le permitieron cumplir lo ofrecido, y contentábase con ocultar las relaciones amorosas de Margarito, quien, temeroso de perder su conveniencia, era por demás discreto.
V
La mañana de aquel día, primera del novenario de San Juan Bautista, Alejandra, apoyados los codos en la cerca de piedra que rodeaba el solar donde se asentaba la casa, tendía la vista por el callejón, flanqueado de órganos, esperando al sacristán. Corydón, dentro de la cocina, encontrábase en momento de lucidez suma, provocado tal vez por el espantoso choque nervioso que sufrió cuando su mujer golpeara tan atrozmente al chiquillo, cuyos gritos desgarradores llegaron hasta el corazón más que a los oídos del pobre enfermo.
La idea de su desamparo heríale tan dolorosamente, que la sentía con toda la intensidad de que su espíritu hiperestesiado era susceptible cuando vibraba en sus potencias exentas aún de la influencia morbosa que el terrible alcaloide, encerrado en la simiente tóxica, había extendido por la mayor parte de su organismo. Cuando vio salir a la esposa de la cocina, trajo a su memoria toda su existencia pasada, su existencia de hombre libre, sano y dichoso, y no pudo contener una explosión de lágrimas.
Y por la torcida calleja acercábase don Sixto, a quien la pastora esperaba ya impaciente. Al verle agitó en el aire la mano derecha llamándole, mientras poníase la otra sobre los ojos para atajar los rayos del sol que ya comenzaba a abrasar.
—Ándele, don Sixto. Cuantisimá que lo estoy aguardando.
—Adsum: aquí me tiene usted para darle todos los consejos que me pida, aunque el primero ha de ser el de quererme.
—¡Aquí hombre! Entre, que se está soleando y nos van a ver.
—Non possum! Nomás vine para decirle que si quiere que le dé consejos me espere a la noche, porque ahorita tengo mucho quehacer, y he dejado a los muchachos solos en la escuela.
—Pos mire: voy asomarme por el portillo y así dirán que está mercando alguna cosa.
—Ya que se empeña, velis nolis, allá voy.
En el ventanillo continuó la conversación. El chiquillo, entre tanto, habíase asomado a la puerta del jacal. Ver a su madre y echar a correr desaforado, fue una cosa misma, no sin oír el acostumbrado y amenazante grito.
—¡Ora lo verás! Si es retechismoso —agregó dirigiéndose a don Sixto—. Toíto cuanto mira se lo va a contar al tata.
—Improbus puer —contestó sentenciosamente el dómine—. Pero vamos al asunto.
—Si nomás le quero dicir que no se ande creyendo de cosas. De siguro que ña Miteria, la de aquí enfrente, es la que le dijo…
—No, hija de mis entrañas. Si yo lo vi, yo mismo con estos ojos que se ha de comer la tierra.
—No, mire: gual que el hombre Margarito se iba ora en la mañana pa el pueblo y yo tenía que hacerle unos encargos. Pero la verdá es que no me deja ni a sol ni a sombra. ¿Usté qué me aconseja?
—Pues si quieres que te aconseje, es largo lo que tengo que decirte y no hay tiempo porque ya mero dan las doce: espérame a la noche. —Concluyó el taimado, tuteando a la mujer y lanzándole miradas abrasadoras e irónicas. Comprendía que la fruta estaba a punto de caer del árbol y sentíase fuerte con las armas que la casualidad y su constancia le prestaron.
La cita quedó convenida. El desasosiego de la pastora fue continuo durante el resto del día. De prisa y sin cuidado dio de comer al muchacho y al enfermo; y cuando hubo terminado las faenas domésticas, salió a la calle. Entró en tres o cuatro jacales de la vecindad y después de vacilar mucho se dirigió a la plaza de la hacienda; pasó repetidas ocasiones frente a la casa grande, y por último fue a la tienda con pretexto de comprar algunos artículos, pero en realidad lo que deseaba era ver al amo para leer en su semblante si ya estaba enterado de lo que ocurría, y si don Sixto se había desmandado en soltar la sin hueso. En ese punto quedó tranquila de todo y regresó a su casa después de una hora.
Acababa de sonar la de las oraciones, cuando el cielo, encapotado desde por la tarde, empezó a arrojar sobre la tierra torrencial aguacero que convirtió bien pronto el piso de las calles del rancho en charcos pantanosos difíciles de vadear. Los azadones al hombro y el barro hasta las rodillas, iban los campesinos a zanjear el agua a las labores, caminando a través de la oscuridad. La del rancho era profundísima. Solamente hacia el camino real, la luz del ventanillo de Aleja se reflejaba apenas en el agua que corría como un arroyo por el callejón, y lamía los cimientos del jacal grande, después de meterse, inundándola, en la cocina.
Por eso hubo que trasladar al enfermo y al chico a la misma habitación que ocupaba la mujer por las noches, que era la tienda. Hechos montón yacían ambos, padre e hijo, echados en un ángulo sobre un trozo de pellejo a medio curtir y cobijados apenas con harapiento jorongo. Pero sólo el muchacho dormía. Los insomnios eran frecuentes en el paralítico que, apenas con grandes trabajos y muchas intermitencias, lograba dormitar algunas horas.
Corría la noche sin que el chaparrón escampara. Asomábase Aleja a la calle por repetidas ocasiones, procurando penetrar con la mirada la espesa lobreguez del aire. Dos o tres veces sacó la vela para iluminar la calle, y ya se aparejaba a recogerse cuando entre el ruido de la lluvia se destacaron los pasos de una persona que se acercaba chapoteando en el agua. Era el sacristán que llegó hasta el ventanillo, calado y escurriendo de los pies a la cabeza. Al verle salió la pastora a la puerta del solar, para ayudarle a abrir, y le introdujo al cuarto.
—Intempesta nox! —clamó el erudito cuando se encontró al abrigo—. Alárgame una crátera de licor, porque vengo casi tan tullido como Corydón.
De medio cuartillo fue el vaso que de un sorbo metióse don Sixto entre pecho y espalda, y como ya antes hubiéralo catado, según echábase de ver por la animación de su rostro y el brillo de sus ojos, no tardó en sentirse más comunicativo y locuaz. Como la dipsomanía le atosigaba, poco tardó en pedir otra crátera que empeñóse en libar a medias, haciendo un dos, según dijo, con aquella mujer que le mareaba, la cual no se hizo del rogar.
El estado sofocante de la atmósfera y el aire cálido y húmedo a un tiempo mismo, incitábanla a la bebida; y como menudearan las libaciones, entablóse entre ambos agitada conversación sobre el asunto apenas desflorado por la mañana. Quería ella saber si el sacristán guardó encerradas en el sepulcro de su despechado corazón, las cosas vistas por la noche merced al espionaje o sabidas de fuera, gracias a la indiscreción de las vecinas; y en todo caso, estaba resuelta a obligarle a callar por cualquier medio.
Aprovechaba él aquellas armas que le hacían fuerte. Y como el tema de que trataran les absorbía por completo y les incitaba, no tardó mucho tiempo sin que hablaran con tanta libertad y tanto fuego como si en la punta de un cerro se encontrasen, absolutamente alejados de curiosos oídos y de miradas indiscretas.
Éranlo, por demás, las frases que entre ambos se cruzaban. Aquel mal vivir continuo de la adúltera con varios hombres, después de la primera caída; los detalles y circunstancias que a cada una de las siguientes acompañaran y hasta las relaciones que la habían unido al amo, así como las concesiones y prerrogativas que alcanzara en pago, con todos los demás gajes que de su conducta inmoral obtuviera la culpable; todo, todo salió en aquella conversación incisiva, peligrosa y ardiente que los ya próximos amantes sostenían.
El ex-seminarista sacaba aquello a colación con objeto de dominar a la pastora haciéndola ver que de los más pequeños pormenores de su vida estaba al tanto, y en su mano el perderla con una sola palabra dicha a quien pudiera hacerla llegar hasta ciertos oídos, pues si bien la conducta seguida públicamente por Alejandra, podía engañar a muchos, él, don Sixto, con verdadero tesón y suspicacia suma, había esperado acechando, y no en balde, durante tanto tiempo. Ella no se defendía: lo confesaba todo; pero en cambio ofrecía al sacristán ser en lo sucesivo solo y toda para él.
Hondísimo gemido de angustia brotó del ángulo donde el enfermo descansaba, pero el sacristán y la pastora apenas prestaron atención. Ya la lluvia había cesado. A lo lejos azotaban algunas últimas ráfagas las copas espinosas de los mezquites y las nubes se desbandaban barridas por el viento. Tenue y tristísima claridad rompía los senos del oriente, alumbrando el horizonte con luz amarillenta y fantástica y orlando de oro pálido las postreras nubes que bogaban en el océano plata-gris del cielo.
Durante el aguacero, algunos truenos rodaron rimbombando por el espacio y la llamarada lívida y azulosa de los relámpagos penetraba en la habitación de Alejandra por el ventanillo y por la puerta. La menguada vela que sobre un trozo de ladrillo ardía, apagóse al soplo de una racha furiosa y nadie se ocupó en encenderla de nuevo; veía el paralítico, al resplandor de los relámpagos, el grupo formado por su mujer y don Sixto, juntos, casi estrechándose sobre el mismo banco, hablando con ardor y bebiendo en el mismo vaso aquel alcohol que les encendía la sangre, les ofuscaba la razón y les desataba la lengua.
Los tormentos que el desventurado Corydón sufría en aquellos terribles instantes no pueden ser concebidos ni mucho menos descritos. La mofa horrible, la risotada insolente, la afrenta infamante y deshonrosa, clavaban puñales de dolor intensísimo en los más hondos senos de su corazón y allí se juntaba también el padecimiento físico que le atenaceaba, le mordía los músculos y le crucificaba los miembros. Y todo esto, unido, amalgamado a la desesperación más irritante, hacía de aquel ser extraño y deforme un símbolo vivo y desgarrador de la miseria de los campos, producto de la degradación, el egoísmo sin piedad y los ajenos vicios que pesan sobre aquella infortunada gente.
Por dos o tres veces logró el pastor incorporarse sobre los puños, pero volvió a caer desfallecido, pues a la instantánea excitación sucedía la depresión moral que le relajaba los nervios, abrumándole y embruteciéndole. No pudiendo contener más sus angustias y furores, gimió, sollozó, gritó… casi articuló palabras tremendas de maldición y cólera; pero el zumbido del aire las confundía y el trueno las ahogaba, y desdeñábalas la pasión impura sin percibirlas siquiera; que en el deliquio brutal de promesas infames, de caricias impuras y de libaciones nauseabundas, aquellos dos seres bestiales habían olvidado hasta la existencia del torturado enfermo.
La embriaguez venció por último a don Sixto que rodó del banco en que se sentaba; inclinóse sobre él la pastora y procuró acomodarlo lo mejor que pudo cubriéndole con una manta y reclinándole la cabeza sobre durísima almohada que dijérase estar henchida de guijarros; pero así todo, el humanista comenzó a roncar furiosamente, dormido de modo tal que todas las tempestades del diluvio no alcanzaban a despertarle.
Alejandra habíase tendido en el rincón opuesto, cerca del lugar donde su marido y su hijo se amontonaban, y ya comenzaba a querer pardear la mañana, cuando en aquella habitación no había en vela más que un inmenso dolor que se agigantaba por momento en desgarrado y sangriento corazón que desfallecía.
¡Qué punzada tan aguda la que sintió al enterarse de todo aquel cúmulo de infamias y traiciones! Sentíase solo y abandonado absolutamente; más abandonado aún que cuando vagaba con hambre y sed por senderos espinosos y agrios peñascales; sin esposa, sin hijos y sin semejantes siquiera. En aquel entonces tenía embotado el sentimiento y la razón ofuscada. La necesidad física fue más poderosa que el abrumamiento moral en que cayera cuando la fuga de su esposa.
Pero ahora, aunque se encontraba imposibilitado para moverse y agobiado de dolores, el sentimiento había despertado intensamente, y sólo le consolaba en su amargura hacerse la ilusión de que en el corazón de la perjura, quedaba, para calentarle, un resto de calor, siquiera fuera tan débil como el que sentía diariamente junto al fogón casi apagado de la cocina y que apenas bastaba para desentumecerle los miembros.
¡Qué inocente y sin malicia —pensaba— cuando creyó que en pago de sus viejos servicios y de sus deberes cumplidos, hoy que se encontraba pobre y enfermo, era considerado por sus amos, que de balde le daban un rincón donde vivir y esconder sus dolencias, y proporcionaban, además, a su esposa una manera fácil de sustentarle! Y ante todo ¡qué felonía y qué ingratitud la de sus antiguos amigos y hasta las de su compadre de pila, que tan falso interés le mostraban cuando iban a visitarlo casi a diario! Ahora ya sabía cuál era el motivo porqué no se separaban de su casa; ahora sabía también de dónde provenía el miserable mendrugo con que sostenía su miserable cuerpo.
Sacudimiento espantoso de rebelión sintió dentro del alma, y como si a él correspondiese la mezquina envoltura de su carne, incorporóse rápidamente, casi con facilidad y sin dolencias; y cual en otro tiempo recién paralizados sus miembros, pudo arrastrarse, sirviéndose de los brazos y las manos. Y apoyándose solamente sobre la región glútea traspasó el umbral del cuarto y se dirigió a la nopalera que había tras el solar: allí llegaba el límite del caserío por ese lado y empezaba el potrero. Ancho y profundo vallado cercábale por todas partes. A rastras, entre el lodo que le salpicaba hasta el pecho, llegó al borde, donde retorcido tronco de huisache extendía sus ramas sobre la profundidad, al mismo nivel de la tierra.
El cielo, despejado en partes, bañábase en las entonaciones aperladas del alba. Hacia el oriente se aglomeraban las nubes cenicientas y plomizas como enormes humaredas orladas con reflejos de acero. El sol acababa de asomar; pero ni un rayo de luz alcanzó a romper la capa de vapores. El pastor alzó los ojos al cielo buscando la luz; y las nubes se arremolinaron más en aquel instante al soplo de una ráfaga de viento.
Desfajóse el ceñidor, atándole en seguida por un cabo a la rama de un árbol más próximo al vallado. Con el otro extremo hizo un lazo corredizo que pasó por el cuello, y arrancando de lo más hondo de sus entrañas un suspiro que era como la condensación de todos los dolores que arrojara de sí, aspiró con fuerza el aire húmedo y fresco de la mañana, como el creyente que aspira los celestiales consuelos después de la confesión. Acordóse del Creador con más intensidad que nunca, bendíjole en su interior y murmuró en voz baja:
—¡Bendito sea Dios que me saca del mundo! Mi señora de la Soledá y las Animas me acompañen.
Con la cara hacia arriba, haciendo palanca de sus brazos y apoyando vigorosamente las palmas de sus manos contra el cenagoso borde del vallado, con empuje feroz echóse hacia delante y quedó colgado de la rama crugiente y temblorosa, con las piernas torcidas y el cuerpo dislocado, semejante a la figura de esas ranas intoxicadas que aparecen en los tratados de terapéutica.
Un pálido rayo de sol rompió un punto la masa de las nubes orientales, en el instante mismo que el repique de las campanas se oía a lo lejos, alzándose al espacio como la oración de los pobres, humildes y desgraciados, que piden al cielo que ilumine las sombras de la miseria, de la ignorancia y de la abyección a que están irremisiblemente condenados… ¿Irremisiblemente?…