País Relato - Autores

manuel josé othón

el montero espinosa

I
AMADOR Espinosa había sido montero en Rincón de Lobos, hacienda situada en la zona oriental de la República. Su padre y su hermano eran malos sirvientes, bastante afectos a la bebida, lo que dio resultado que los expulsaran de la hacienda. Tres años estuvo la familia del viejo aventurando y corriendo la ceca y la meca, hasta que al cabo de ellos murió el padre, y el hermano mayor fue consignado al Ejército.
Amador regresó a Rincón de Lobos ya mozo y capaz de desempeñar cualquiera de los trabajos del campo. No le quedaba más que su madre, anciana de sesenta y cinco años, y él contaba veintidós. Le pusieron de montero, empleo que su padre había desempeñado la mayor parte de su vida.
Tenía a su cargo un enorme potrero de algunas leguas de sierra, circundado por todas partes con cerca de piedra. Allí pastaban las reses y la caballada, y él sabía perfectamente cuántos animales eran, conocía sus colores y hasta los distinguía por sus señas particulares. Cada ocho días bajaba a la casa grande a dar la cuenta y a recibir órdenes.
En una de tantas de estas ocasiones vio a Paula, muchacha frondosa y frescachona, de ojos negros y profundos, tez bronceada, labios abultados y formas redondas como las de una yegua fina. Se prendó de ella y la enamoró. Por mucho tiempo la moza le estuvo entreteniendo sin corresponderle, aunque dándole esperanzas. Llegó a apasionarse con delirio a medida que la otra alargaba el momento de condescender a sus amorosos deseos, que, por lo demás, eran absolutamente honestos.
El amo, un administrador que tenía facultades omnímodas en la hacienda, y mandaba más y se daba más taco que el mismo dueño, conoció las pretensiones del montero, y entre chanzas y veras le prometió hacerle la boda si se casaba con Paula. Alentado con esto, redobló Espinosa sus agencias, hasta que logró verse correspondido de la moza.
Y sucedió como se lo dijeron: el amo le facilitó treinta pesos sin cargárselos a su cuenta y le fio una cantidad igual en efectos. Resultado, se casaron en la parroquia de la cercana Villa, a cuya jurisdicción civil y eclesiástica pertenecía Rincón de Lobos.
¡Cómo recordaba el pobre montero aquellos días que precedieron a la boda y aquel domingo en que se celebró el matrimonio! Alzó una casa a la falda del cerro, donde cerca tenía una puerta de trancas. Allí vivirían él y su mujer, pues su madre había muerto recientemente. Dos jacales: el cuarto y la cocina, techados de palma; un solar con magueyal y nopalera; un portal de ramas donde se enredaba la hiedra en el otoño y las matas de calabaza con sus flores anaranjadas en el verano; media docena de gallinas, un gallo; dos de la vista baja (con perdón sea dicho) que estaban engordando; su caballo, su silla y su machete…
Y dentro de la casa nada faltaba: allí estaban el baúl, el metate y las ollas; una manta de ixtla con zalea encima que servía de cama, almohada henchida de lana de biznaga; el altar con más de veinte láminas de santos de todos tamaños y colores, mezclados con caricaturas de periódico, anuncios de botica y cromitos de fósforos y cigarros. Aquello daba alegría al cuarto.
Y luego, el domingo, el día de la boda… ¡Con qué encantador deleite lo recordaba! Todos mañanearon para irse a la villa: los novios y los padrinos a caballo; los parientes y los amigos, a pie, habían tomado la delantera para que no los largaran. La iglesia estaba fresca y aseada y durante la misa de velación hubo música.
Espinosa no se cansaba de contemplar a su novia que con sus enaguas de lanilla morada, su camisola blanca y su rebozo de seda e hilo, estaba tan bonita que no había ojos con qué verla. El novio estrenó calzoneras de gamuza, camisa de manta buena y gorra alemana. Su sarape era flamante, rojo a listas amarillas, y sus zapatones tenían la suela claveteada con tachuelas de cobre y unos tacones de a jeme.
¡Con qué alegría salieron de la iglesia y se dirigieron a la hacienda donde la boda los esperaba! Tomó el montero por la cintura a su esposa y cual si fuera una pluma la puso sobre el caballo; lo mismo hizo con la madrina y luego de un solo salto se encaramó en el potro del amo, que andaba amansando y que ya mero «caiba» a la rienda; al galope recorrieron las seis leguas que los separaban de las casas.
Cuando llegaron a la puerta de pilares que daba al casco de la hacienda, una multitud de amigos y conocidos les aguardaban. ¡Cuánto disparo al aire con las yogas! ¡Cuánto cohete resonó en la atmósfera y cuánto grito de los compañeros de trabajo que ya andaban más corridos que escasos, pues para aguantar y ponerse a temple, se habían desayunado con aguardiente! ¡Qué diablos de pelados tan boruquientos, y cómo no le tenían respeuto al amo que allí estaba entre ellos esperando también a los novios!
Ya la enramada estaba lista para el fandango; era grande y amplia, con techo de sauz, sostenido por vigas y horquetas de álamo. En el fondo se alzaba el tálamo (dos gradas altas donde se sientan la novia y la madrina), a la derecha los bancos para los músicos que ya templaban el violín y la media hanega; el del clarión echó un registro capaz de reventar tímpanos que no fueran rancheros y el cantador soltó la primera tonada a la salud de los desposados.
¡Qué alegría, qué bullicio! El sol estaba ya alto; el día sereno y templado. A lo lejos verdegueaban las milpas, donde las cañas del maíz se mecían suavemente, próximas a soltar la espiga. Mas acá se tendía, como una inmensa lámina de plata reverberante, la laguna, blanca y reluciente, a cuyas orillas se abrevaban los bueyes y las vacas. En la cuadrilla, en medio de la cual estaba la boba, humeaban los jacales y dentro se oía el golpear de los trastes, el zis, zis de la masa al ser molida sobre el metate, y las palmadas de las tortilleras que con toda precipitación echaban las gordas para irse al baile. En todos los solares había movimiento y animación. Los muchachos, medio desnudos, discurrían bajo las nopaleras, que ostentaban sus pencas verdes, coronadas de tunas relampagueantes al sol como globos de granate.
Y luego, a medio día, la muchedumbre llenando el espacio donde se alzaba la enramada y rodeándola por todas partes, y la nube de polvo que hacían los bailadores al zapatear sobre la tierra suelta herida por el sol, flotaba en la atmósfera extendiéndose por el ambiente como una bóveda de oro. Gemían los violines, roncaba la media hanega y el clarión lloraba con su voz penetrante y gangosa, en tanto que el cantador, cajoneando sobre la guitarra, lanzaba al aire, en un falsete inverosímil, un ¡ay! largo y melancólico, seguido de una copla abajeña, apasionada y dolorida como la eterna tristeza de la raza que la creara:
Sospiro que de aquí dentro
te sales a devertir,
si no consigues tu intento,
vuélvete, sospiro, adentro
y no güelvas a salir.
Y el entusiasmo crecía, traduciéndose en alaridos salvajes como el grito de guerra de los indios, primitivos pobladores de nuestras tierras; y el zapateado redoblaba a compás de los sones, y las tablas, colocadas en agujeros en el suelo, zumbaban bajo el golpeo continuo y violento de los zapatones y los huaraches.
Por la tarde, después de la comida, ya repletos los estómagos de asado y picadillo, aumentóse la algarabía, hasta que hubo necesidad de mandar parar la boda, antes que el alcohol manifestara sus efectos por medio de machetazos y pedradas, y antes que la noche viniera a favorecer con sus sombras el desorden que ya comenzaba a acentuarse más de lo que fuera menester.
Las oraciones serían cuando Amador bajó a Paula del tálamo, para conducirla a la casa marital. Un amigo, que toda la tarde le importunara con sus manifestaciones de afecto, le abrazó de nuevo y llevándole por fuerzas a un corral cercano, insistió en un tema que no cesara de iniciar en voz baja y con aire confidencial y misterioso, al oído del recién casado montero.
—Pa que veas —le decía tambaleándose, echando el sombrero a media cabeza y escupiendo a cada dos palabras— pa que veas que deveras te estimo y semos amigos de altiro; es que da mucho sentimiento que hagas eso con los probes, porque alcabo somos hombres y Dios se los ha de tomar en cuenta.
—Bueno, amigo, bueno —contestaba el montero impaciente, procurando desasirse de los brazos de su interlocutor, que le tenía afianzado por los hombros—. Ya me lo contarás otra vez, que se hace noche y de aquí a la casa está trechecito.
—No —insistió el otro— si te lo he de decir, que pa eso están los amigos. Todos los amos son lo mesmo; pero es que don Pancho es de los piores.
—Mira: si hablas mal del patrón te asiguro que ya no la formamos; él será todo lo que tú quieras, pero pa mí es otra cosa.
—Pa ti… pos pa ti más que pa ninguno. ¡Si lo sabré yo que he estado sirviendo en la casa grande…!
—Y por borracho te corrieron y ora de puro agraviado hablas —dijo Espinosa con impaciencia y ya bastante mohino—. Más vale que lo dejes, Toribio, porque si sigues…
Toribio, en efecto, había servido de mozo en la casa principal y lo echaron por inútil y porque de cuando en cuando solía empinar el codo. Resentido por lo que el montero acababa de decirle, cuando en su interior y en su conciencia de borracho creía obrar de buena fe y hacer un servicio; excitado además y nervioso por la bulla de aquel día, se encaró con su víctima, hasta echarse casi juntando rostro con rostro, lanzándole de súbito estas palabras.
—El amo ha gozado a Paula.
El primer impulso fue arrojarse sobre el otro. Llevó la mano al puño de la guaparra que colgada traía; pero repentinamente, como un relámpago, acudió a su mente que se aclaraba por completo, una idea, y luego otra, y luego cien, y mil, todas confusas, en tropel, pero ordenándose al punto con rapidez, precisas y razonables.
Se hizo la luz en aquel cerebro inculto, pero al mismo tiempo tuvo ánimo y fuerza de voluntad para sobreponerse, porque con la misma lucidez comprendió que debía hacerlo. Se repuso violentamente y así, dando un empellón al oficioso amigo, logró desasirse diciéndole en aparente calma y mal sofocada cólera.
—¡Anda!… si no fuera porque estás borracho…
Toribio cayó en tierra y se quedó roncando y rezongando entre dientes palabras ininteligibles, y el montero se dirigió a donde su mujer y sus parientes lo esperaban teniendo ya los andantes aparejados para la marcha.
Se había hecho de noche cuando emprendieron la caminata. Él arreaba las bestias con la boca y ella canturreaba en voz baja una décima de celos de las más incisivas que se habían echado en el fandango, mientras que a lo lejos se escuchaban los últimos alaridos con que los campesinos expresaban los postreros sentimientos de su alegría.
II
Ya en la casa, solos los dos, cuando el silencio augusto de la noche les rodeaba por todas partes, apenas interrumpido en ocasiones por el monótono cantar del grillo, el susurro del viento entre los mezquites y el aullido de algún coyote entre los matorrales de la sierra; una noche de julio tibia y profunda, sin nubes y sin luna, iluminada únicamente por las estrellas y por el relámpago fugitivo que de vez en cuando brillaba allá muy lejos y muy bajo, tras los cerros del valle, en el solar, a mucha distancia de los demás seres humanos, Espinosa, después de soltar los caballos en el potrero, se acercó a su mujer que, sentada en el batiente de la puerta, le esperaba en silencio.
—Entra y prende la vela, porque quiero que nos alucemos —le dijo en tono seco, y ella se apresuró a obedecer.
Dentro ya, a la pálida y menguada claridad del sebo, la tomó de los dos brazos y acercándola a la luz, «Tú has sido moza de don Pancho», murmuró con voz reconcentrada y honda. Puso en ella una expresión tan siniestra y en su mirada un resplandor tan sombrío, que Paula, muda de terror, se quedó mirándole fijamente.
—Tú fuiste la moza de don Pancho —repitió rugiendo, más que modulando—. Dime la verdad, porque te mato. Y echándose atrás la frazada oprimía la guaparra entre las manos. Paula, temblando, rompió a llorar y fue a caer en un rincón, sentándose en el suelo y cubriéndose la cara con el rebozo.
—Si ya lo sabías —exclamó entre hipos y sollozos— pa qué te casaste.
—No lo sabía hasta hace un rato, eres una felónica porque te has burlado de mí.
—No fui la moza, te lo juro por esta Santa Cruz, no fui la moza… sólo una vez… una vez nada más.
Y levantándose del suelo le refirió todo el episodio.
Quedó huérfana a los dieciséis años y la recogió una tía vieja que, vendiendo gordas de horno y de pastor, agua miel y fruta en la Villa los domingos, y haciendo otras luchas por el estilo, se mantenía miserablemente. Al principio ocupó a Paula en moler mientras iba a buscar los efectos que le servían para su comercio; pero más tarde, creciendo la necesidad y menguando los elementos, le buscó un acomodo en la casa grande, donde la colocó de molendera.
Don Pancho, el administrador, era soltero, de edad madura, colorado y vigoroso y tan apasionado de las mujeres del rancho, y también de las de la Villa y las de todas partes, que rara era la vez que no traía entre manos una conquista, y al ver aquella frondosísima hembra, avivados sus deseos, trató inmediatamente de satisfacerlos.
Creyó la cosa fácil como que jamás encontró obstáculo que con un poco de dinero y gran cantidad de promesas o amenazas no se hubiera allanado; mas allí se pegó chasco. Al principio valióse de halagos y caricias, pero la moza era arrea y le ponía una cara de todos los demonios. Recurrió después a las dádivas y las proposiciones más o menos lisonjeras. Ni por esas. Luego entraron las amenazas y hasta pretendió apelar a la fuerza: todo inútil, pues la criada habló de separarse de la casa.
Aquello desconcertaba los planes del patrón, que ya estaba verdaderamente encaprichado. Entonces, variando de táctica, le ofreció no volver a importunarla hasta que ella, voluntariamente, accediera a sus amorosas ansias. Esperaba que el tiempo y los buenos modos la vencerían. Por último, fastidiado ya y resuelto a hacer una barbaridad, entró con ella en explicaciones. ¿Por qué no le quería, vamos? Todas las mujeres se entregaban a los gañanes y al primer advenedizo sin sacar maldito el provecho.
A pocas, a ninguna se presenta una oportunidad tan halagadora y no había que dejarla escapar. Pero ella, la criada, no era de esas; aunque pobre, no quería ser de todos ni dar motivo para que la trajeran en lenguas; y al fin de cuentas, dijo que deseaba casarse y que sólo que perdiera la esperanza de conseguirlo… tal vez… acaso entonces se echaría a la calle de en medio.
Refirió estas cosas a don Pancho con sinceridad y franqueza. El amo no lo echó en saco roto y se propuso atrapar la ocasión por el único pelo que se ponía a su alcance. Comprometíase a casarla con Espinosa si accedía a sus deseos; pero si rehusaba iba a ver cómo corría al montero de la hacienda y hasta de soldado lo mandaba, o a trabajar a Yucatán, donde la fiebre lo matara y nunca más lo volvería a ver. Y lo mismo haría con todos sus pretendientes, pues no era cosa de dejarse burlar así nomás…
Paula pesó estas razones, y allá en su menguado criterio, dioles todo el valor que en realidad tenían, viendo que, en efecto, no podía hacer nada mejor que ceder con las condiciones propuestas, a las que añadió la de que nadie había de saberlo. Sólo el maldito de Toribio se sonreía socarronamente siempre que encontraba al patrón dirigiendo miradas incendiarias a la molendera: pero ellos jamás lo conocieron.
III
Durante este relato el montero escuchó con atención suma, manifestando en su fisonomía todas las impresiones que le agitaron al oírlo. Amaba a su esposa y en su imperfecto sentido moral, al enterarse de aquella historia, narrada con ingenuidad y sencillez, sin disminuir con atenuaciones ni reticencias la gravedad de la falta, otorgó desde luego su perdón a la mujer con quien se había unido para siempre. Natural, naturalísimo fue lo que pasó. ¿Qué había de hacer la infeliz viéndose perseguida, acosada, acorralada con promesas, halagos, dádivas y amenazas? Jamás había sabido él de una mujer que resistiera en situación menos apremiante que la de su amada.
De manera que toda su ira y todo su rencor para ella, se cambiaron súbitamente en conmiseración y piedad. No sabía cómo explicarlo, pero así era en efecto. Por lo demás, el odio que sentía por Paula al saber su falta, lo convirtió hacia otro lugar, amontonándolo sobre el que tenía atesorado (esta es la palabra) en el corazón contra el infame déspota que, no contento con vejar a los sirvientes y tratarlos como animales, les arrebataba sus mujeres, sus hermanas y sus hijas, para saciar la nunca saciable sed abrasadora de su carne.
Sí; don Pancho era el único culpable. Contra él sentía estallar la imponente explosión de su cólera y se revolvía interiormente, sintiendo aumentarse la rabia y el despecho ante la magnitud de su impotencia. ¿Qué había de hacer él, desgraciado y pobre, contra los poderosos, hartos de dinero y elementos, cuando sabía por experiencia propia que jamás fue atendida queja alguna, ni escuchada siquiera, por justa y santa que pareciese, ante las autoridades de la Villa, ni ante las del Partido, ni antes las de la ciudad?…
Y si a lo menos el que había disfrutado las primicias de lo que a él sólo pertenecía, fuera de su clase, un gañán, un jornalero, menos mal, pues si entre sí tenían a las mujeres como cosas pertenecientes a la comunidad y no era raro ver que uno tomara lo que otro había dejado, amén de ir a meterse también en el cercado ajeno, sin que hubiese por lo general otras consecuencias que una amonestación del amo o del Juez, si la cosa llegaba a mayores, quedando a la postre todos tan conformes como si nada hubiera sucedido.
Pero aquí el caso variaba completamente. La ofensa hecha por un señor decente, aunque no era dirimida ante los Tribunales ni vengada por medio de los usos expeditivos que para esos casos se guardan, quedaba viva y fresca eternamente y no había poder humano que les hiciese perder el rencor ni olvidar el agravio.
Amador, en suma, perdonó a su mujer, pero guardó su odio. No se sentía con valor y capacidad para perdonar, aunque se tragaría su rabia, porque así lo hacen los demás, y era necesario ante todo, ganar la gorda. Por dos o tres meses siguió la vida ordinaria que había tenido antes de su matrimonio: recorrer el monte, cuidar de los animales que se brincaban en los potreros colindantes, buscar los que faltaban y llevar relación exacta de los que nacían o morían, sin faltar los sábados a la Hacienda, a donde, como siempre, iba a dar la cuenta y a recibir órdenes. Don Pancho le trataba con más consideraciones que antes, y eso que siempre se las guardó, pues jamás dio motivo para la más ligera reprimenda.
Un sábado en la noche le interrogó el amo sobre el camino que debería seguir para ir a Cañada Verde, estancia de la hacienda que no visitaba desde muchos años atrás y en donde tenía que ventilar algunos asuntos por encargo especial del dueño. Dos veredas conducían a la estancia: ambas se cortaban media legua más allá de la puerta del potrero donde Espinosa vivía. Larga y breñosa era la una, pero no ofrecía peligro alguno; la otra era corta, desnuda de todo matorral, aunque estaba fierísima, pues cuando el montero tenía que ir a buscar alguna res perdida por aquel camino, «nomás cerraba los ojos y se encomendaba a Dios».
Don Pancho le advirtió que tenía que acompañarle y le ordenó le aguardase en la puerta del potrero, el lunes después de medio día.
IV
Era tarde de octubre y empezaba a soplar el norte. El cielo nublado y el aire cortante y frío entristecían la sierra. El montero, con una mula ensillada, esperaba en el solar de su casa a que el amo llegara para acompañarle. Estaba pensativo y serio, y una sombra oscurecía su semblante. Paula estaba en cinta, ya bastante avanzada, y no tenían tres meses de casados.
Llegó don Pancho en compañía de un mozo a quien ordenó se devolviese, puesto que el montero iba a servirle de guía y criado hasta la Cañada Verde, de donde pensaba regresar a la mañana siguiente. Emprendieron la marcha. Espinosa por delante, indicando el camino y desembarazándolo con el machete de las malezas y zarzas que impedían el paso.
Así anduvieron media legua, y como el frío arreciaba y la tarde caía, al llegar al sitio donde el sendero se dividía en dos veredas, la del Espinazo del Diablo, muy corta, aunque llena de peligros y la de la Cuesta Blanca, larga y ondulante, cubierta de matorrales y empinadísima en algunos lugares, don Pancho optó por la primera, aunque su caballo estaba herrado, pues quería llegar cuanto antes y no juzgaba el peligro tan grave como en realidad era.
Allí quedóse el montero atrás, por una circunstancia casual; y cuando ya el amo había penetrado en la terrible vereda, era tarde para tomar la delantera o para hacerle retroceder. Efectivamente, sólo en presencia de peligro semejante, puede comprenderse su magnitud: el terreno es quebradísimo, pues todos son, en la bifurcación de los dos senderos, desfiladeros y barrancos escuetos y peligrosos, con cuestas peligrosas y resbaladizas, caminando siempre el viajero por zig zags violentos y brutales, al borde de horribles y vertiginosos despeñaderos.
Pero allí, en Espinazo del Diablo, las dificultades acrecen y el peligro arrecia. Acábase la montaña, o más bien dicho, se hunde formando una sima de enorme profundidad, cuyas paredes son cantiles gigantescos que parecen cortados a pico o tajados a golpe de hacha colosal, blandida por las monstruosas manos de un cíclope. Para llegar al otro borde de la sima, no hay más que la prolongación de una cuchilla, como tira larga, que forma verdaderamente un espinazo de piedra; por allí va la vereda que en su mayor anchura tiene sólo el espacio suficiente para que quepan las patas de las bestias.
Jamás pasa por allí mula ni caballo que no tiemblen ni vacilen, y no dan un paso sin que antes se hayan asegurado por medio del tacto, sentando y retirando alternativamente la pezuña, hasta convencerse, con su admirable instinto, de que está sólido el terreno.
Y aquel camino no tiene más de doscientos metros y se tarda en recorrerlo cerca de media hora. Es tan excesivamente estrecho, que si dos caminantes se encontraran en cualquier punto, ninguno de los dos podría retroceder ni apelar al recurso de desmontarse, pues no hay sitio para poner el pie, a no ser saliendo por la cabeza o las ancas de la cabalgadura, lo cual es también extremadamente peligroso. Por esta razón, siempre que algún viajero se aventura en aquella senda, conociéndola, la primera providencia que toma es gritar y hacer otras señales, a fin de que, si alguno viene por el lado opuesto, se detenga.
Y lo peor es que cuando tiene conocimiento del terrible peligro que se corre, es ya tarde, pues insensiblemente se va caminando sin advertir el precipicio que a ambos lados existe, gracias a la vegetación poderosa que le oculta y crece por los dos bordes del camino. Pero hay un instante en que los árboles y hasta los matorrales desaparecen dejando ver el abismo en toda su horrorizante grandeza. Sólo algunos nopales de tapona suelen medrar de trecho en trecho, raquíticos y cenicientos, pues que la peña de la montaña no les da savia suficiente para crecer. Agréguese a esto que hay lajas resbaladizas y casi siempre húmedas, debido a las nieblas que por lo común envuelven a aquellas alturas, y se comprenderá todo el terror que puede sentirse al deslizarse por el llamado camino del Espinazo del Diablo.
Por allí iban don Pancho y su montero, aquel delante y éste atrás, guardando la conveniente distancia, a fin de que las bestias no se tocaran. Hubo un instante que ante el espantoso riesgo que corrían, el amo, revelando en su voz temblorosa el miedo y la ira que le embargaban, increpó duramente a Espinosa porque no le había explicado suficientemente qué clase de camino era aquel; mas nadie había tenido la culpa, pues bien se le había dicho que por esa vereda sólo los vaqueros pasaban, y eso cuando tenían grande necesidad de hacerlo.
En el ánimo del montero iba agitándose poco a poco la tempestad. Desde su matrimonio era la primera vez que se veía a solas con el autor de su afrenta, y precisamente en los momentos en que su odio, si no muerto, amortiguado, volvía a alzarse pujante y terrible, a causa de la revelación que su esposa le hiciera esa mañana. ¡Iba a tener un hijo, un hijo que no era del marido, sino el fruto de la deshonra y de la fuerza!
Sí, de la fuerza, porque ella había sucumbido a la fuerza moral. Y el esposo, que amaba a su mujer y que ya se sentía amado en aquel instante, creía que toda la felicidad que hubiera podido alcanzar, que era digno de alcanzar, porque tenía derecho a ello, le fue arrebatada, y arrebatada por un hombre que iba allí cerca, a su alcance, y que ninguna importancia daba a un acto que hundiera a dos seres en la vergüenza y el dolor.
Entonces sintió el azote de los celos fustigándole brutalmente en el espíritu, en aquel espíritu semisalvaje, donde la naturaleza imperaba como reina y señora, sin que estuviese moderado por la educación y sin las trabas de la conveniencia. El instinto bárbaro fue alzándose en su alma y repentinamente pensó matar, matar, sin que aquella idea le pareciese extraordinaria, antes por el contrario, considerándola como la cosa más natural del mundo.
Pero al mismo tiempo, el instinto de la conservación y la libertad habló en alta voz dentro de él, pues recordó el fin trágico que tuvieron los que, tiempos atrás, asesinaron a un dependiente de la misma hacienda. Pensaba en la manera de ejecutar su venganza sin que llegara a descubrirse, y en aquel mismo instante sintió un goce indecible y salvaje porque vio tan a la mano una ocasión, como sin duda jamás jamás volvería a presentársele.
Llevaba el machete desnudo desde que tuvo que desembarazar de ramas y maleza la vereda que atrás dejaron; pinchó una penca espinosísima de nopal tapón de los que a la orilla del sendero crecían, y castigando con las espuelas la mula en que montaba, se acercó al caballo de don Pancho. Tuvo un momento de vacilación; tendió la mirada por todas partes…
El monte estaba desierto y la tarde avanzaba. Sin embargo, le pareció oír un silbido a lo lejos; pero al mismo tiempo una racha de viento pasó zumbando por las gargantas de la sierra y haciendo crujir el follaje de las lejanas arboledas. Fue el viento, el viento sin duda el que silbó…
Vacilaba aún en el momento de pasar por uno de los sitios de mayor peligro: la vereda se encogía de una manera inverosímil en un declive muy rápido, al mismo tiempo que de uno y otro lado se ahondaba hasta producir vértigos. Fue cuando don Pancho, trémulo y furioso, le lanzó la imprecación con voz insegura pero terrible.
—¡Grandísimo estúpido!… Sólo los brutos como tú pueden andar por aquí…
Y siguió una andanada de temos irritantes y groseros. Entonces sintió Espinosa hacerse la sombra dentro de sí… Clavó ferozmente la penca en el anca del brioso caballo de su amo. El noble bruto sintió repentinamente la punzada de las espinas y encabritándose se disparó desesperadamente, perdiendo el terreno y rodando despeñado hasta el fondo del abismo.
Un grito horripilante en que se tradujo la más espantosa expresión de la angustia, desgarró los aires. Por unos segundos, caballo y caballero descendieron vertiginosamente formando un solo grupo, un cuerpo solo, una masa informe y extraña, cual un animal fantástico y monstruoso; luego se desprendió el jinete de la bestia, quedando colgado por el estribo como un siniestro paracaídas, y al fin quedaron ambos separados del todo, cayendo a un mismo tiempo sobre los peñascos del fondo donde se aplastaron haciéndose pedazos con un ruido indefinible y lúgubre.
¿Qué sintió el montero en aquel instante? No lo recordaba, dándose cuenta apenas de que había seguido andando hasta traspasar la vereda y que llegó al oscurecer a las casas de Cañada Verde, donde dio parte de lo ocurrido. Lo primero con que topó fue con dos hombres que arreaban unos bueyes y le miraban con insistencia. No le hicieron caso ni le contestaron apenas. Siguió adelante hasta llegar al centro de la cuadrilla. Juntó allí gente y provistos de antorchas, de ocote y reatas, fueron a recoger los informes despojos del que había sido árbitro y señor de aquellos lugares. El caballo quedó en la sima.
Al día siguiente, al llegar a Rincón de Lobos con el cadáver, contó Espinosa la desgracia que le había pasado al amo, atribuyéndolo solamente a su terquedad. Los dos hombres que arreaban los bueyes, habían presenciado de lejos la tragedia con todos sus pormenores, pues andaban a la sazón buscando unos animales perdidos. Vino un alcalde de la Villa y levantó las primeras diligencias. El montero quiso negar, pero los otros referían el caso con los más mínimos detalles. Además, por una circunstancia terriblemente casual y apenas creíble, el caballo yacía reventado, presentando hacia arriba el anca donde la penca estaba fuerte y profundamente clavada.
En los careos lo confesó todo, pero ocultando el móvil de su crimen, atribuyéndolo al rencor antiguo porque don Pancho corrió de la Hacienda al padre y a la familia de Espinosa.
A los tres días le llevaron a la ciudad donde fue juzgado.
V
De boca del montero mismo escuché la narración de los sucesos que referidos dejo. La celda en que estábamos era estrechísima. Una cama de palo y una silla a la cabecera; un altar en el fondo, dos cirios apagados y una mesa, en la que había restos de comida en platos de fierro, era todo lo que constituía el menaje de la triste habitación.
Cuando Espinosa terminó su largo relato, como si el narrarlo le hubiera costado penosísimo esfuerzo, se echó en la cama cubriéndose el rostro con los brazos que cruzó sobre la cabeza. Yo guardé silencio y una compasión profunda, una lástima infinita por aquel hombre, arrancaron lágrimas a mis ojos, que procuré ocultar, sin embargo, para no afligir más al infeliz sentenciado.
Todos los esfuerzos para salvarlo fueron vanos. El dueño de Rincón de Lobos, que era poderoso, quería que se hiciera un escarmiento, pues ya en otra ocasión había sido asesinado un empleado de la misma hacienda; y si la primera vez los autores del crimen fueron condenados a veinte años de prisión y murieron a balazos en un intento de fuga, ahora era de todo punto necesario imponer un castigo ejemplar. La Ley estaba terminante, pues el asesinato se cometió con las circunstancias que le hacían odioso.
Así lo declaró el Juez y el Tribunal Superior lo confirmó en su ejecutoria. No hubo amparo ni indulto, y la terrible sentencia iba a ejecutarse al día siguiente.
El montero, por lo demás, calló ante sus jueces el verdadero motivo que le impulsó a cometer el crimen, y aceptó resignadamente todos los cargos que se le hicieron.
El toque de retreta sonaba en el cuerpo de guardia cuando abandoné la celda del reo, prometiéndole volver a la madrugada, aunque sin ánimo de cumplir mi ofrecimiento. Llegué a mi casa, que no distaba mucho de la cárcel. En vano procuré dormir en toda la noche, y sólo recuerdo que a las primeras horas de la mañana, cuando la indecisa claridad del alba empezaba a penetrar por el postigo de la ventana y mis ojos se cerraban por fin cediendo a los impulsos de un sueño agitado, me pareció escuchar a lo lejos una larga detonación, que vino a romper la augusta serenidad de una mañana alegre y sonrosada como el risueño despertar de la primavera.