I
HACE algunos años, sintiéndome quebrantado en mi salud, había ido a tomar los baños minerales de C…, pueblo corto situado al fin de las últimas ondulaciones de un ramal de la Sierra Madre, que se extiende al oriente de nuestro país. Contrastaba singularmente con la lujosa vegetación y pintoresca vista de las montañas que acababa de atravesar, el aspecto árido y ceniciento del valle en que se alzaba el pueblo.
El terreno era quebrado; un arroyo de aguas cenagosas y escasas, se arrastraba perezosamente por enmedio de la población, dividiéndola en dos bandas, y apenas el chaparral, de un verde sucio y desteñido, que se extendía al Norte, casi a las orillas, quitaba algo la monotonía del color calizo que presentaba el terreno.
Hacia el poniente se alzaban, como verrugas, algunos montículos escuetos del todo, formados por crestas arrugadas y oscuras, salpicadas de un rojo sangriento. Era terreno volcánico y aquellas sinuosidades habían sido formadas por la lava. Los naturales dan a aquellos lugares el significativo nombre de mal país; pero de allí era precisamente de donde tomaban origen los manantiales de agua mineral que tan provechosa era para algunas enfermedades.
Inclinándose al norte de una legua de la población, extendíase una pradera verde y lozana, y árboles corpulentos en grupos más o menos apretados, formaban un bosque donde había abundantes pastos de las reses y cabras de los vecinos. No escaseaba allí la caza, y siendo mi distracción favorita, solía ir con mucha frecuencia a aquel sitio en busca de conejos y codornices.
En el camino que conducía de aquel sitio al pueblo, e internándose entre unos barbechos abandonados, en los cuales los breñales se habían enseñoreado, se levantaban las ruinas de un viejísimo convento. Sólo quedaban de pie los cuatro muros que formaban la iglesia; las bóvedas del techo habíanse venido abajo en su mayor parte. En el exterior quedaban algunos pilares toscos y macizos, mostrando en sus extremidades el arranque de algún arco del destruido claustro; dos o tres celdas sin techo, ostentaban sus claraboyas despostilladas, como bocas que bostezaban de fastidio, y en un ángulo quedaba casi entera la galería que comunicaba con el cementerio. Allí crecían los higuerones y los árboles llamados gigantes. La maleza formaba áspero breñal, y entre las junturas de los sillares, arraizaban las hierbas silvestres y medraban los espinos y los jaramagos.
Muchas veces me detenía en aquel lugar horas enteras y solía pasar no pocas tardes que pensé dedicar a mis expediciones cinegéticas. La soledad y tristeza del sitio me atraía; y ahí, sentado sobre un roto capitel o sobre un sillar carcomido, me entregaba a largas meditaciones, no por cierto en consonancia con el espectáculo que a mis ojos tenía.
Pensaba en mi familia, en mis amigos ausentes, en el bullicio de la ciudad abandonada años atrás. Otras veces me dedicaba a la lectura de mis libros predilectos que nunca me abandonaban; y muchas ocasiones interrumpí un canto del Infierno o una escena de La Tempestad al sentir sobre mi cabeza el aleteo de una lechuza o el chillido agudo de un mochuelo.
Cuando la tarde había descendido del todo, cogía la escopeta que descansaba apoyada contra el ángulo saliente de un arruinado altar, y emprendía mi marcha hacia la población. El aspecto de ésta no era, por cierto, distinto del valle donde se alzaba. La mayor parte de las casas manifestaban una vetustez respetable; todas eran plomizas y musgosas, y como casi siempre las calles estaban desiertas y el suelo blanquizco y seco, antojábaseme a veces que atravesaba un inmenso camposanto sembrado de huesos y de enormes mausoleos ordenadamente colocados.
Sí. Aquel era un osario. Levantábase en medio de la vasta necrópolis. Una torre ancha y cuadrada, ennegrecida por el musgo que a grandes manchones de un verde oscurísimo y deslustrado, salpicaba el cubo y el muro de los dos únicos cuerpos: una cúpula que hace cerca de dos siglos estaba pintada de rojo y que hoy parece salpicada de sangre seca; cuatro tapas cenicientas y descascaradas, rodeando la aplastada mole; una casa de aspecto miserable y triste uniéndose, pegándose a los muros parroquiales… he aquí la iglesia única del pueblo, casi aislada en el centro de la inmensa plaza desierta.
Ya hacía dos semanas que había instalado mi persona en el altito de una casa situada en la esquina norte de la plaza. Pocas eran mis relaciones. El tendero de abajo solía entretenerme las mañanas en que me apersonaba en su establecimiento para buscar la correspondencia, pues allí era la Oficina de Correos, y eran de verse los paquetes de cartas y periódicos en amigable compañía de las marquetas de queso y jabón, de haces de cohetes y de piezas de manta y estampados.
El maestro de la escuela, que era gran aficionado a la caza, me acompañaba en los días de fiesta en mis expediciones, y el barbero que me iba a afeitar me ponía al tanto de las crónicas, nada edificantes por cierto, que corrían en el lugar acerca de la vida y milagros de los principales habitantes.
Todas las mañanas a primera hora, oía la campana de la iglesia que llamaba a misa. Otro toque que se extendía vibrando por el valle a medio día, entre las reverberaciones de un sol ardiente; y por la tarde, cuando regresaba de mis excursiones a la pradera o las minas, escuchaba dilatarse en el espacio el vibrante son del Angelus, que tan melancólico se oye en todas partes, pero más aún en aquel lejano apartamiento.
Por último, ya recogido en mi habitación, después de tomar el nocturno refrigerio y cuando estaba dedicado a mi lectura o revolviendo planes literarios en mi cabeza, oía monótono y lúgubre, el toque de ánimas al que seguía inmediatamente la queda, que en aquellas soledades tan apartadas de la vida moderna, no sólo por el espacio sino también por el tiempo, más de una vez antojóseme el cubre fuego lanzado desde la vieja torre de una ciudad del siglo XV.
Entonces, y para que la ilusión fuese completa, corría a un rincón de mi aposento donde estaba encerrada en una caja, a manera de cómoda, la orquesta… Sí, señores, la orquesta; y empuñando (pues yo era el director) la batuta, quiero decir, un manubrio, empezaba a dar vueltas y a salir del fondo de aquel mueble, primero un resoplido, luego unas notas graves y desconcertadas y, por último, una serie de sonidos formando una pieza musical que en el teatro siempre me ha impresionado profundamente: el cubre fuego de Los Hugonotes.
Mas como por antigüedad del instrumento, las armonías ni daban cabal idea del solemne morceau, entonaba yo con voz dramática y grave las palabras del arquero:
Rentrez, habitants de Paris,
tenez vous clos en vos logis,
que tout bruit meure!
Quitez ces lieux,
car voici l’heure,
l’heure du couvre-feu!
Los habitantes de C… no habían esperado, para recogerse, que yo les dijese que era llegada la hora de la queda, pues cuando la campana la señalaba ya hacía una hora lo menos que todos dormían con excepción del campanero, mi persona y la ronda cuyas sombras se destacaban por las oscuras y torcidas callejas del poblacho.
Entonces abandonaba el organillo, mueble perteneciente a la dueña de la casa o a sus antepasados, y que me opuse formalmente a que me fuera sacado de aquel aposento, cuando hice mi instalación en él.
II
Una mañana de febrero regresaba yo del baño, cuando oí tañer la campana. Aquel toque me era desconocido y supuse que alguno de los dones del pueblo había muerto y se doblaba por él. Sin embargo, como no me llegó nunca a aguijonear la curiosidad por las cosas del lugar, pronto dejaron mis oídos de percibir el bronce, que, no obstante, seguía vibrando con un son acompasado y monótono.
Acerté a pasar por enfrente de mis encantadoras ruinas, y por primera vez ocurrióseme la idea de pasar un día entero en el campo, solo y entregado a mis pensamientos o a mis distracciones. Vi atravesar el barbecho a un paisano. Llaméle, y después de cruzar con él algunas palabras, le encargué me llevase del lugarejo un poco de pan, una conserva y un tarro de vino.
A la hora y media tenía en mi poder el modesto desayuno; y poco después, entregado a la lectura de una tragedia de Esquilo, esperaba que cayera la tarde para salir a merodear en pos de alguna liebre que la víspera había visto correr por los cercanos matorrales.
El día declinaba y un aire arrasante y fuerte comenzó a soplar del norte. Considerando que mis pesquisas en busca de las liebres habían de ser inútiles contra aquella temperatura, me apercibí a regresar a mis lares. Entonces volvió a vibrar en mi oído el toque de la campana. Ya muy cerca del pueblo vi —cosa inusitada— una entrada de la calle principal que a la plaza conducía, y que todos llevaban o traían la misma dirección de la iglesia; llegué a su pórtico; el atrio estaba lleno y la curiosidad me hizo penetrar al sagrado recinto.
En el presbiterio, el anciano cura, revestido con una sobrepelliz, no muy blanca, daba ceniza a las pobres gentes que con toda devoción se acercaban al barandillo de fierro. Me acordé que era Miércoles de Ceniza y una impresión melancólica y vaga se apoderó de mi espíritu.
Hacía tiempo, mucho tiempo, que no acudía ante un sacerdote a que me recordara la terrible sentencia de que soy polvo y en polvo he de convertirme, poniendo sobre mi frente, al pronunciar las lúgubres y aterradoras palabras, el sello de la muerte, con una cruz de ceniza.
Los recuerdos de mi niñez y de mi adolescencia surgieron súbitamente del fondo de mi pecho. Jamás había penetrado a la pobre iglesia. No había más que un altar, sin adornos, sin grandes cirios, sin colgaduras de colores. Dos grandes ramos de naranjas en flor se sustentaban en otros tantos vasos de barro. En candeleros de madera ardían dos cabos de cera, y en el nicho central un viejo crucifijo, nada artístico por cierto, abría sus brazos redentores para recibir a los hombres contra su pecho ensangrentado.
Una oleada de mística piedad subió desde mi corazón hasta mi garganta. Empujado, arrastrado, llegué hasta la última grada del presbiterio, y caí de rodillas. Ni siquiera me di cuenta de que a mi espalda y suspendida por el portafusil, mi escopeta mostraba sus dos cañones apuntando a las ahumadas bóvedas. El cura se acercó a mí y pronunciando las solemnes palabras del ritual, señaló mi frente con la cruz de polvo.
Yo no conocía al cura. Alguna vez, desde el balconcillo de mi habitación, le había visto cruzar la plaza, a lo lejos, y perderse entre las calles tortuosas del pueblo; pero sus facciones me eran desconocidas. Una cofia negra y un sombrero de anchas alas cubrían su cabeza. Se apoyaba en grueso y nudoso bastón, y siempre le vi inclinado hacia el suelo y andando con paso perezoso y tardo.
Aquella tarde le vi de cerca por primera vez. No llevaba cofia y su ralo cabello caía en mechones blanquísimos sobre sus sienes. Sus párpados abultados escondían unos ojos pequeños y amortiguados. Sus mejillas mostraban tantas arrugas como las mangas de su encarrujada sobrepelliz, y una expresión de hondísima tristeza y de bondad indefinible se retrataban en su semblante.
En cuanto me hubo puesto la ceniza, me levanté y traté de salir del templo, abriéndome paso por entre la multitud que ni por un momento lo desalojaba. Cuando hube llegado a la puerta, el sacristán que me había salido por otra parte, me cerró el paso, diciéndome:
—El señor cura ruega a usted, si no le es molesto, que le espere un momento en su casa que está aquí contigua.
Sin contestar palabra seguí los pasos de aquel hombre y media hora después, cuando las sombras de la noche se habían extendido por el espacio, me encontraba frente a frente del anciano cura de C… cubierto con su cofia negra y su sombrero de anchas alas.
—He molestado a usted —me dijo— porque deseaba que personalmente me informara de su salud. Por las personas que le tratan, sé que se encuentra mejor y no muy fastidiado en este desierto.
Había tal bondad en sus palabras y me manifestaba tanto interés, que de la mejor voluntad satisfice sus preguntas. Entablamos luego larga conversación sobre distintos asuntos. Echábase de ver que el buen viejo tenía necesidad de expansionarse y lo hacía ingenuamente, tratándome con una franqueza tal, que parecía que éramos conocidos, y no sólo conocidos, sino amigos íntimos desde mucho tiempo atrás.
En el cuarto del párroco (que con otra habitación componía toda la casa) la oscuridad se había hecho palpable. Salimos al exterior y nos sentamos en un pollo de piedra. Pregunté al anciano cuánto tiempo hacía que era cura de C…
—Veinticinco años —me contestó—. Tengo noventa y aunque el señor Obispo ha querido jubilarme o llevarme a la Capital de la diócesis, yo lo he rehusado, rogándole me deje morir en este lugar, donde se deslizaron los años tranquilos y verdaderamente felices de mi vida.
—¿Luego es usted de este pueblo? —le pregunté.
—No señor, mi tierra natal se encuentra a muchas, muchas leguas de aquí. No importa cómo se llame. Creo que hasta he olvidado su nombre… Y para mí el mundo se encierra en este valle, cuyo limitado horizonte cortan las elevadas montañas que por todas partes nos rodean.
Un velo sombrío cubrió su faz demacrada y pálida, que hacía aparecer casi lívida la luz mortecina y última del crepúsculo.
Con verdadero asombro le contemplé, y él, adivinando mi estupefacción, mi curiosidad y mi sorpresa, prosiguió diciendo después de un largo intervalo:
—Comprendo su extrañeza, y aunque usted es todavía joven y, por tanto, apegado a los goces y al bullicio de la vida, sobre todo, de la vida actual, no oirá con indiferencia la relación de algunos episodios de mi vida que le explicarán suficientemente cuál es la causa de mi soledad y mi tristeza.
Nada le dije, pero la más austera atención para escucharle manifesté desde luego, y él continuó:
«—Hace setenta y cinco años que perdí a mi madre y cuatro después murió mi padre. Mi niñez se deslizó en medio de una posición bastante desahogada debida a la sociedad que el autor de mis días había formado con un comerciante pariente e íntimo amigo suyo. La mejor armonía reinaba entre ellos; pero una ocasión se vieron amenazados los intereses que el socio de mi padre, que era el dueño del capital, tenía fuera de la negociación, y entonces para salir de sus compromisos y salvar su hacienda… no había otra manera (así lo creyó él) que romper los lazos que por veinte años le habían unido con quien le sirvió lealmente y se sacrificó hasta lo increíble.
»Mi padre pudo haber reclamado, pero en materia de intereses era delicado hasta la ridiculez, y de la noche a la mañana, se vio en la calle y sin recurso alguno, pues él, en su quijotismo, juzgó que todo el mundo pensaría mal acerca de su conducta, al ver que un hombre de bien le había separado de sus negocios de una manera tan repentina e inexplicable. Poco después murió mi madre. La miseria nos rodeaba por todas partes. El dolor se enseñoreó de nuestro pobre y desolado hogar… y no pasó un lustro cuando el pobre viejo fue a unirse con la santa compañera de sus escasos placeres y de sus abundantísimas desventuras.
»Con inmensos trabajos logré un acomodo que me permitió vivir, mas para ello tuve que abandonar mis estudios. Entonces me enamoré ciegamente de una mujer casta y hermosa. La pasión y la juventud no ven para delante. Me casé y viendo que el porvenir no sólo me pertenecía a mí, sino a mi esposa y un hijo que tuvimos al año de nuestro matrimonio, reanudé mis estudios de nuevo. Casi estaba para ganar mi grado de bachiller en leyes, cuando la muerte me arrebató a la triste mujer que con una abnegación infinita compartió mis penalidades y miserias. ¿Para qué referirle lo que sufrí con aquel golpe mortal? Hay dolores que dejan de serlo si se describen.
»Con mi hijo de dos años abandoné la tierra en que vi la luz… y en que vi la sombra de tantas desgracias. Emigré, busqué colocación en otros lugares, pero la guerra se había extendido por todas partes y la miseria era inmensa. Por fin, a fuerza de luchas y humillaciones pude conseguir una plaza de escribiente en un batallón. El salario era poco, pero me bastaba para las necesidades de mi niño y las mías. Aún me parece verlo sentadito en una silla, a la que le amarraba por la cintura para que no se cayera, pues le llevaba siempre conmigo a la oficina del cuartel. No quise nunca abandonarle. Siempre estaba enfermito; jamás lloraba, pero tampoco se reía. Apenas algunas veces lograba hacerle sonreír a costa de mis esfuerzos, mas su sonrisa era tan triste, que volvía, al verlo, el rostro para llorar sin que él observara.
»Un día, al darle el desayuno antes de marchamos a la oficina, se llevó las manecitas a la garganta y dio un grito. Espantado le pregunté: “¿Qué tienes, angelito?” El niño se ahogaba y no podía contestarme. La noche anterior durmió con mucho desasosiego. Le arrojé sobre la cama y corrí por un médico. “Este niño se muere. Tiene el crup” —dijo el facultativo. Y no hubo remedio. Esa misma noche, a las altas horas, horribles convulsiones agitaban su cuerpecito. “¡No te mueras, niñito de mis entrañas! ¿Qué haré sin ti, mi único amor, si me abandonas?” —gritaba, loco de dolor y retorciéndome de angustia. Pero los gritos se estrellaron contra los helados muros de mi pobre aposento, y pocos momentos después sólo estrechaba un helado cadáver entre mis brazos, más helados aún… ¡Yo no era un padre que pierde a su hijo, era más aún: era una madre desolada!… ¡Dios mío! ¡Dios mío!»
El buen sacerdote escondió la cabeza entre sus manos. Entre las oscuridades de la noche sólo podía distinguir yo un bulto negro e informe acurrucado, hecho un ovillo, sobre la dura piedra del asiento, y un inmenso sollozo, ese sollozo trágico y solemne de los ancianos, se escapó de su pecho y fue a rodar en el espacio como una ola en que se condensaban todas las angustias y todos los infortunios.
Respeté aquel dolor augusto que más de medio siglo después resucitaba completamente vivo, desgarrador y palpitante.
Un momento después, y ya calmado, prosiguió:
«—Acosado por tanta desventura, desengañado del mundo, sintiendo un profundo hastío y desprecio por todo lo perecedero, tomé la resolución de servir a Dios en el claustro. Estudié Teología, que era lo único que me faltaba, pues todos los estudios previos los había cursado, y tomé el hábito a los 31 años de edad. Me hice capuchino y entonces sentí por primera vez en mi vida una completa y dulce tranquilidad.
»El padre provincial me mandó, a los ocho meses de haber profesado y haber recibido las sagradas órdenes, al convento cuyas ruinas habrá usted visto en las afueras de esta población. Éste fue mi mayor placer. Me creí doblemente separado del mundo: por mis votos y por el aislamiento del lugar. Había llegado a la plenitud de mi dicha.
»Mi deseo único se encerraba en poder servir a Dios y morir en su santo servicio sin que su gracia me abandonara. Muchos años corrieron de este modo; las mortificaciones y trabajos de la orden se me hacían carga ligerísima y ya creía para siempre asegurada la paz de mi alma y de mi cuerpo. Pero no estaba así decretado en los designios del Altísimo. Una tarde, a la hora en que la campana nos llamaba a coro, entró una muchedumbre furiosa al convento. Gritos, blasfemias, amenazas, atronaron el sagrado recinto. Un oficial nos intimó la orden de salir inmediatamente. El convento quedó convertido en cuartel y nosotros emprendimos una peregrinación que duró algunos años y nos hizo sufrir toda clase de vejaciones y penalidades.
»Por fin, después de algún tiempo de vida errante y tormentosa, volvimos al país los que de él habíamos emigrado. Ya no podíamos vivir en comunidad y lo hicimos como seglares. Tocóme en suerte someterme a la jurisdicción de este obispado, y el pastor a quien yo supliqué venir de cura a esta feligresía —pues abrigaba la ilusión de volver a ver mi muy amado convento— me concedió tan señalada merced… Y heme aquí buscando refugio entre las tempestades del mundo que de nuevo se habían desencadenado contra mi pobre espíritu. Pero ya no había convento; había sido incendiado y sólo quedaban de él los ruinosos ennegrecidos restos que usted ha visto.
»Algunas veces suelo encaminar mis pasos a aquellos lugares, símbolo de mi corazón y de mi existencia. Sí: ya dentro de mí no hay más que ruinas. Todos los seres que he amado han muerto. ¡Ninguno queda ya! ¡Usted no puede comprender la desolación de un alma que ha estado atada a la vida durante noventa años! ¡Hasta las generaciones de que soy hijo o contemporáneo han desaparecido! Yo también desapareceré en breve, pues ya siento que la misericordia del Señor se ha compadecido de su siervo…»
III
El viento soplaba con fuerza, gimiendo entre las rendijas de las puertas, ya cerradas, cuando me dirigí a mi habitación. Al pasar frente a la iglesia, oí el fúnebre canto del tecolote sobre la tierra. A lo lejos se perdían las pisadas de la ronda y por una claraboya del templo se escapaba un pálido rayo de luz de la lámpara que ardía en el altar.
Al entrar en mi aposento, me eché vestido sobre la cama. En aquel instante sonaron las ánimas y luego la queda; pero no traje a mi memoria Los Hugonotes ni cosa que se les pareciera. Me acordé del gran bardo alemán y del divino verso que sirve de epígrafe a su inmortal Canción:
Vivos voco, mortuos plango, fulgura frango.