I
LAS PRIMERAS ráfagas de hielo y los pálidos días de octubre, han entristecido la atmósfera, poco ha cargada de perfumes y brillante de colores. En la calle empiezan a verse los gabanes y los cachenez y el indispensable paraguas se apercibe a resguardamos de la traidora llovizna, generadora de catarros y pulmonías. El otoño ha entrado e impera como señor en nuestra tierra.
Las últimas golondrinas deben ir ya muy lejos. Nacieron el año pasado, nos visitaron el presente y no volverán el venidero: no volverán ya nunca. San Francisco murió el día cuatro de este mes y las viajeras peregrinas se llevaron en sus alas el último suspiro del pobrecito de Asís. En el mar se ha sentido, con el furor de siempre, el cordonazo del santo Taumaturgo; hasta acá hemos recibido el golpe de rechazo. No quiere a los marinos, porque la única vez que se embarcó, los hombres le negaban abrigo en las viejas tablas del buque que tuvo que tomar por sorpresa como un ladrón.
Las mañanas son frías y las tardes tristes. En cambio, las noches se visten de azul profundo y la luna, como un globo de hielo, surca la anchura del espacio, derramando chorros de escarcha luminosa. El aire delgado y constante no deja de soplar a todas horas; por las mañanas, por las tardes, por las noches. ¡Qué hermoso es el otoño! Es para mí la más hermosa estación del año, porque es la más melancólica.
La primavera es una muchacha malcriada y loca, que marea con sus perfumes, aturde con sus ruidos y molesta los ojos con el brillo deslumbrador de sus colores. El verano es un huésped cursi, que se empeña en indigestarnos con todas las viandas de sus enormes cocinas en donde condimenta al aire libre frutas y legumbres que nos hastían. Hasta pretende emborracharnos con vinos de mala calidad, como que no sabe fabricarlos. Aborrezco el verano. En cambio, el otoño es un desengañado, grave y taciturno que al pasar nos enfría con el hielo que lleva en el alma. Lo compadezco y lo amo. ¡Ay, nuestra generación se parece tanto a él!
El hastío y el dolor la han vuelto indolente y fría; pero no es egoísta. El otoño nos alimenta y nos nutre. Sus dones son amarillos como la tristeza, o rojos como la sangre, pero fortifican. La espiga se convierte en partículas de carne y el jugo del lagar en el fuego de las venas. ¡Lo necesitamos tanto! ¿Cómo podríamos resistir el invierno de los cuerpos y el frío de las almas? ¿Acaso en el sepulcro nos quedará un átomo de calor y no estaremos tan helados como pensamos?… ¡Sopla, sopla, caldeado con el fuego de los malos pensamientos!
II
He salido al campo. Hacía mucho tiempo, no sé cuánto, que no veía los valles de mi infancia. Otra naturaleza más virgen, más vigorosa, más augusta, me ha cobijado durante largos años; pero yo amo más la gastada y triste vegetación que nutrió mis pulmones y oxigenó mi sangre cuando niño. El valle se dilata hasta el pie de la azul cordillera, mi vieja conocida. El suelo es aterrado y ceniciento, y el chaparral lo cubre como una cabellera cortada a rape que no se ha peinado nunca.
Fue el primer verde que vi cuando empecé a tener idea de los colores, y quedó fotografiado para mí siempre en mi cerebro. Brisas heladas de mis nativos valles, las mismas brisas que arrullaron mi niñez, refrescan ahora mi corazón seco y envejecido. ¡Oh, gratos olores! Los aspiro hinchando los poros de mi nariz para hacerlos penetrar hasta las más hondas profundidades de mi cuerpo… ¡Cómo los había olvidado!
El humo de los jacales se eleva azul y vagaroso sobre los techos. La leña huele y el corral embriaga. Ávido y jadeante me harto con esta mezcla acre y profunda de olores. En el rancho de vino las piñas de los magueyes se cuecen en los hornos, chorrean en las tahonas y fermentan en los tinacos. En la troje flota el tamo como alas desprendidas de insectos inofensivos y misteriosos. El establo trasciende y la leche hierve espumante al caer de las ubres exprimidas sobre los rojos cántaros.
En el ancho galerón yacen amontonadas las pieles recién curtidas y cuelgan de los macizos pies derechos las retorcidas coyundas de cuero crudo. La panzuda copina ostenta venerablemente en el centro su enorme vientre, repleto del terrible líquido extraído del agave indio; y en las caballerizas piafan los caballos sudorosos y jadeantes, que acaban de ser desensillados.
Bajo la sombra del copudo mezquite y sobre tosco banco de palo, la carne fresca de la res chorrea su sangre, y una ráfaga de viento arrastra, envuelta entre los perfumes del campo y el aliento húmedo de las lagunas, las acres emanaciones de la zahurda. Por las noches se escapa el vaho de la tierra como imperceptible vapor. Salen los zorrillos de sus madrigueras y el hedor que exhalan a lo lejos, llega hasta aquí desvanecido, como una de tantas notas discordantes en esta bacanal de los olores.
Los ruidos son también los mismos que escuché en otro tiempo. Mugen los becerros contestando al reclamo de los corrales. El potro relincha y balan los corderos y las cabras. La rajada esquila de la troje llama a los trabajadores a la raya, y el cencerro de la yeguada mezcla sus notas metálicas al ronco golpe de los cascos sobre las guijas del pedregal. Estallan algunos cohetes en el aire, y en el potrero detona la vieja carabina del cazador labriego. El sol, declina y la noche cae.
La naturaleza saluda a su reina y señora con la voz del Angelus, que lanza al espacio la argentina campana de la pequeña torre, y el eco del bronce se va desvaneciendo, desvaneciendo, hasta perderse en los confines de las azules lejanías.
En el solar polvoroso y abandonado, y a la llama de humeante hachón que chisporrotea, los labradores ensayan el coloquio que han de representar en la próxima Noche Buena. Sus cantos monótonos y entonados en un falsete inverosímil, van a confundirse con las alabanzas que elevan las mujeres en los vecinos jacales donde se verifica el velorio de un angelito; mientras los hombres se embriagan y queman pólvora.
Y la noche avanza y en el cielo brilla la luna y los luceros tiritan de frío. Grazna la lechuza en los agujeros del zafado sillar, y en el derruido torreoncillo del granero el tecolote canta con voz grave y tristísima. Los perros de la cuadrilla ladran con tenacidad en todos los tonos; los primeros gallos anuncian el paso de la media noche y los coyotes aullan en el mogotal de los eriales.
III
Hoy es día de fiesta. Las campanas de la iglesia repican alegremente, golpeadas con furia por las muchachas que se arrebatan la cuerda de los badajos. Hombres y mujeres llenan la reducida nave y en el altar se ostentan las mazorcas de las primicias pendientes de la erguida caña. La misa acaba y el sol vierte átomos de oro fundido sobre la anchurosa plaza, donde se arremolina la gente de la hacienda.
El templo queda desierto, el sacristán ha cerrado las puertas y sólo un saltapared pía y canta, loco de contento, en la cornisa de la bóveda. El viejo párroco de atlética estatura, enjutas carnes y aspecto de guerrillero, monta en un carricoche que arrastran dos muchachos; el sacerdote viendo el entusiasmo con que lo conducen, los amonesta a gritos para que no le vuelquen contra las piedras o lo hundan en un bache del terreno.
En el apoyo de la arquería aguarda la ancha jícara, rebosando de hirviente soconusco y el enorme vaso de blanca y espumosa leche. Todo es alegría y júbilo. Los desuncidos bueyes mugen y pacen en la alquería, y las ovejas salen de los apriscos alegremente para dirigirse a las lomas cubiertas de madroño.
El campo está silencioso y los barbechos abandonados. El quelite cubre los surcos y en medio del laborío se elevan las doradas gavillas de rastrojo. Los caballos pastan en el borde del monte y las liebres corren y saltan por entre los coyonoxtles y las taponas. El zopilote calvo se cierne sobre la podrida res y los cuervos graznan en los cantiles de la vecina sierra.
En las casas todo es animación y vida. Bajo el portal de madera y ramas, el arpero, sentado sobre viejo tronco de encino, rasca su instrumento y a las notas del jarabe y del són abajeño, todos los semblantes se alegran y todas las piernas se mueven con vertiginoso movimiento. Las pobres gentes del campo olvidan por un momento la terrible plaga que les amenaza con la seca de este año. No habrá cosechas y las carretas no rechinarán bajo el peso de las sacas repletas de mazorcas, y tampoco habrá regocijadas fiestas en la acabada de las pizcas.
IV
No lejos de aquí, a la bajada de aquellas lomas y donde el llano confina con el horizonte, están los valles de mi infancia y mis nativos campos. Desde lo alto de la era, contemplo el picacho granítico de Bernalejo, que vio correr mis primeros y alegres años. Por mi imaginación pasa vertiginosamente y de un golpe el encantado panorama de la niñez.
La casa grande con su solo patio sombreado por naranjos y limoneros, la inmensa huerta con sus estanques, sus calles de árboles y su alfombra de verdura, los enormes fresnos cuyos troncos aprisionaban los arriates de piedra y mezcla, la troje de doble bóveda cercana a los amplios asoleaderos enladrillados, donde se alzaban los cereales amontonados en amarillos conos.
A lo lejos los campos de trigo meciendo las blondas espigas al manso compás del viento y el chilar dilatándose hasta la orilla de las presas, y escondiendo entre su filigrana de esmeralda el sazonado fruta, rojo como carbones encendidos.
Allí la blanca iglesia donde aprendí a postrarme ante la imagen santa de Cristo crucificado y a balbutir mis primeros rezos; y allá, en el fondo de la huerta, el cenador perfumado y cubierto de madreselvas y jazmines, donde adiviné el amor con el presentimiento de la adolescencia.
¡Oh, Bernalejo, primer amigo de mi infancia, viejo atalaya del inmenso y adorado valle de mi tierra potosina, desde aquí te mando los últimos suspiros de mi juventud, frescos todavía, como estas ráfagas de octubre que agitan mis cabellos próximos a blanquear y orean mi frente surcada por las primeras arrugas de la meditación y de la tristeza! Sopla, sopla, viento helado, que ya se acerca la solemne y lúgubre fiesta del otoño, quien tiñe de amarillo las hierbas de los sepulcros y esparce sobre las losas las secas hojas que arranca de los árboles. ¡Dios mío! ¡Qué cercano, qué cercano está el otoño de mi existencia!