Llego en coche. Abro la puerta doble de carpintería metálica blanca. Enseguida veo estudiantes de aquí para allá. Van a algún sitio. A clase, al bar, a un aula de prácticas. Cruzo la entrada, que tiene un techo alto, y bajo las escalinatas de cemento que conducen al gran corredor donde está el bar, las aulas y los despachos de los profesores. Desde todos los ángulos entra a raudales luz natural y en eso no me había fijado bien antes. Echo un vistazo a la cafetería sin entrar, desde la puerta. Está llena de chicos jóvenes. Están sentados en las mesas, en grupos, y hablan de sus cosas. No me apetece tomar nada, así que sigo andando por ese pasillo tan largo. También hay acceso a los lavabos desde el pasillo. Me voy fijando en el número de placa de cada aula. Hasta que encuentro la 112. Entro en ella con cierto titubeo y tomo asiento en una de las filas de atrás. Hay poca gente todavía, faltan unos minutos para que empiece la clase y el profesor todavía no ha llegado. Dos chicas dejan de hablar y me observan un instante. Luego siguen hablando. Lo mismo hace un grupo de tres chicos. Poco a poco van llegando alumnos que van sentándose aquí y allá sin seguir patrón alguno. A medida que pasan los minutos un malestar en mi interior crece y crece. Crece como una seta venenosa que quiere ser gigante en un rincón inaccesible de un bosque húmedo. Me levanto de golpe. Me falta el aire. Más miradas. Salgo al pasillo. Mucha gente me observa. Ya saben que no soy un profesor. Cuando llegué de la calle apenas nadie había reparado en mí. Es la hora en la que los estudiantes o están a punto de entrar al aula o empiezan a salir de otra. El pasillo está abarrotado de estudiantes. Los murmullos saltan de un corrillo a otro, siento el aguijón de muchos ojos, me llegan retazos de comentarios, entre la sorpresa y la aversión. Una letanía que surge de múltiples gargantas. Camino con pasos apresurados por el pasillo. Sé que en algún lugar está el despacho de la jefa de estudios. Dejo atrás puertas y más puertas con números. Ventanas. Lienzos de ladrillo a vista. Corralitos de jóvenes estudiantes. El pasillo es un túnel de luz por el que oscilo. De algún modo, llego al despacho de la jefa de estudios. Varios profesores, en sus mesas, levantan la cabeza.
—Dígame.
Dos ojos azules caídos en la tristeza de los extremos, Las paredes azuladas de un iceberg. El pelo rubio en cascada como una Madonna antigua.
—Yo no debería estar aquí.
Ella cierra los ojos unos instantes. Los vuelve a abrir y se da la vuelta. La veo desaparecer tras una puerta. Por unos instantes atisbo a ver una sala donde se amontonan cajas de archivadores. Vuelve a aparecer con una carpeta en la mano. Me la muestra. Lleva mi nombre. La abre sobre la mesa. Está vacía.
—Lo ve —me dice—. Usted nunca se licenció.
—Pero…, yo lo recuerdo. Recuerdo todo esto.
—Usted nunca estuvo aquí. Usted debe completar sus estudios.