—Hola, me alegra muchísimo que hayas venido —dijo Kugs.
—Señor Leitta, es un placer conocerle —añadió el intermediario.
—Bueno, ya estoy aquí. Por el universo, menudo viaje.
—¿Ha tenido un mal viaje, señor? —preguntó el intermediario.
—La hipervelocidad se estancó en la décima constelación de Oregón H7 y estuvimos tres sparteks y medio varados en el vacío, hasta que llegaron los mecánicos. Unos chapuceros. Luego navegamos hasta la estrella de este sistema sufriendo todo tipo de vibraciones. Incomodísimo. ¿Podéis creer que nadie podía dormir? En fin, ya estoy aquí, cansado, eso sí.
—Lo lamento muchísimo —dijo Kugs—. Como ya debes saber, el planeta sigue estancado en un primitivismo arrebatador. ¿Sabías que hay jóvenes que llegan hasta aquí para pasar un año sabático? Es bueno para ellos. Uno, en este planeta, se conoce a sí mismo. En el resto de nuestras colonias eso es imposible, ¿verdad? Está todo hecho, el grado de civilización es tan alto que no vale la pena ni salir de la habitación. En cambio, en este planeta todo quedó arrasado. Tuvo que ser así. Y desde hace mucho la extraña naturaleza de este mundo repobló, casi diría que tomó al asalto, lo que los nativos no pudieron defender.
—Es así —corroboró el intermediario—. Este es un mundo salvaje, nuevo, un mundo de oportunidades. Y aquí, las posibilidades son infinitas.
—Me alegra oír eso —contestó el recién llegado—. Por eso estoy aquí. Saben ustedes que la corporación que represento posee intereses cruzados en todos los sistemas habitables y si estoy aquí, en los límites, sobre esta bola azul chillona, es a la caza de una buena oportunidad. Necesitamos elevar los retornos a nuestros accionistas. Desesperadamente, puesto que la mayoría de mercados en los que actuamos están más que sobresaturados. Los mercados maduros dan escaso rédito y sin riesgo empresarial no hay gloria alguna.
—Bien dicho —apostilló el intermediario.
Los tres miraron hacia el horizonte donde, a lo lejos, se extendía uno de los océanos de aquel planeta. Se encontraban reunidos en una de las confortables terrazas del monte UA-27, que formaba parte de la cadena montañosa 5, completamente horadada y urbanizada para el bienestar de los de su raza, uno de los pocos centros de civilización en aquel planeta inhóspito, saturado de luz. El camarero les sirvió unos jugos y se retiró discretamente.
—Delicioso de verdad —afirmó Leitta, sosteniendo en alto el jugo—. Entra como si nada.
—Sangre fermentada en vasijas de seda vieja. Es de cosecha propia, de nuestra granja —dijo Kugs con una amplia sonrisa. Tomó, usando las seis patas, el cristal que contenía el jugo llevándolo hacia la luz y arrancando así destellos rubíes—. Es de lo mejor. La vendemos a precios escandalosos, ¡no todo son toneladas de carne congelada!
—Lo celebro —dijo Leitta—. Y ahora empecemos a entrar en materia. Si mal no recuerdo, los números son estos: la granja está compuesta por una cabaña de unas 315.000 reses, que van oscilando de un mínimo de 300.000 a un máximo de 330.000 ejemplares. La producción anual es de 2,5 millones de toneladas brutas, que netas ascienden a 1,65 millones de toneladas, más miles de kilos de despojos que, la verdad, se venden mal, ¿no es así?
—Así es, exactamente así, solo que la casquería está subiendo de valor en los últimos trimestres —contestó el intermediario—. Tiene usted una memoria prodigiosa.
—Hemos estado leyendo atentamente las cuentas de explotación. Resulta obvio que si no hubiera interés, no estaría sentado aquí representando a Siete Nidos. No obstante, señores, nuestra corporación ha detectado unos ligeros pero constantes aumentos de gastos. Es una de las cuestiones que nos preocupan. Esto y algunas inexplicables incongruencias entre el número de cabezas criadas y las toneladas netas anuales —sostuvo Leitta.
—Bien, primero de todo debo recalcar el hecho de que la carne que se obtiene en esta planta es casi la más apreciada de nuestro sistema. Este gusto ligeramente dulzón, esa textura tierna no se obtiene en otras granjas con otras crías que pudiera haber, por ejemplo, en planetas abrasivos como Beri-M1 o helados como Sunga-M35H. Esta carne se comercializa a precios constantes desde hace siglos. Esto es un hecho, no una hipótesis contable.
—Le repito, querido Kugs —le interrumpió Leitta—, que por este tipo de razones estoy aquí.
—El proceso es delicado. Reconozco que es también algo costoso, sí. Estas reses no son como otras. Poseen un rico mundo simbólico, y aunque tras la agotadora conquista de este planeta hemos destruido sistemáticamente cualquier forma de transmisión cultural o de conocimiento, estos animales siguen siendo inteligentes y extremadamente sensibles al entorno.
—Son conocidas las sagas de Ceneráis, ¡son leídas por todo el mundo! —recordó Leitta. Luego introdujo su boca retráctil en el cristal y sorbió un poco de jugo—. Las leí de joven. Me sentía muy identificado con ese héroe épico, Laktus, que era capaz de atravesar los escudos de energía de los humanos con su púlsar y convertirlos en un montón de carne braseada.
—Ah, eso es solo literatura —contestó el intermediario.
—Perdón, Leitta. No te he comentado que el abuelo del intermediario participó en la conquista. Lo ha leído todo sobre el asunto. Es un auténtico especialista, te podría enumerar cada uno de los regimientos que tomaron parte en la contienda y hasta las clases de naves. A veces pienso que ha memorizado el número de identificación estelar de cada fragata.
—No subestimes nunca a un humano, repetía mi abuelo, ¡son muy putas! —recordó el intermediario—, por muy primitivos que sean.
—Algo he leído. Es ridículo. Un mundo simbólico para que estas criaturas puedan corretear, representado a través de entes superiores. Nosotros, que hemos guiado la civilización y un mundo justo, con libertades, más allá de los confines de lo conocido, ¡nosotros, hostias!, que hemos entendido los fundamentos del espacio-tiempo, nunca nos han hecho falta ni dioses ni demonios —dijo, exaltado, Leitta—. Eso concede a estos bichos terráqueos una ferocidad absurda. Por eso estaríamos preocupados si detectáramos un aumento en las maniobras, en la resistencia de estos curiosos humanos. Eso se traduciría en una inversión tanto en seguridad como en gestión que los libros de contabilidad, a fecha de hoy, no contemplan.
—Mira, Leitta, para esas cuestiones menores hallamos una solución hace tiempo —Kugs alzó dos de sus patas cromoplateadas, haciendo una señal al camarero—. Ahora te lo explico. Tráiganos —le dijo al arácnido de ojos tristes que les servía—, dos raciones de humana, bien condimentada y no muy hecha, y otra ronda de jugos, por favor. Decía, Leitta, que hallamos una solución del todo satisfactoria. Como sabrás, además de las diferentes granjas diseminadas por la superficie terrestre, numerosos grupos de humanos libres pueblan el planeta. Sus condiciones de vida harían que cualquiera de nuestros más rudos soldados pidiera ser encerrado en la peor de nuestras prisiones-montaña. Esto se permite, el que campen en libertad, porque nunca hemos logrado que las reses procreen al ritmo que nos gustaría en cautividad, a lo que se suma el hecho de que los sacrificamos muy jóvenes. Evidente, los animales libres son tutelados para que su evolución cultural no se desarrolle. A veces saquean alguno de nuestros campos de cereales robotizados que dan de comer a las granjas. Pero poco más. De esos ejemplares en libertad obtenemos las capturas de ejemplares en desarrollo que ayudan a mantener el ritmo de producción. Por otro lado, para las cuestiones de seguridad que has planteado, hemos hallado un arreglo mágico: otros humanos. ¡No, no te rías!, te lo ruego. Casi no significan coste de mantenimiento y ese grupo de guardas, por llamarlos de algún modo, llegan donde a nosotros nos costaría una fortuna llegar. Y evitan las peleas entre las reses de mayor edad. Estos humanos muerden por todo: por las hembras, por el territorio, por un botón. Es un fastidio su agresividad. El perímetro exterior es un muro de paredes termo-eléctricas y además contamos con los vigías-robot y torres de tiro. Nadie se escapa, o casi nadie…
—¿Eso qué significa? ¿Alguna res consigue cruzar el perímetro de la granja? —preguntó Leitta, algo alarmado.
—Bueno, no. Bien, un 0,05% de los animales escapa anualmente, pero…
—Bien. Un 0,05% es aceptable. Es una cifra residual.
—Sin duda residual —corroboró el intermediario, recordando que esa era la media de los últimos veinte años y que solo durante el ejercicio anterior las fugas habían alcanzado un 1%—. Los guardas a los que armamos con palos de madera, son fieles y están muy motivados desde que les permitimos tener su propia familia en inmundas chozas humanas fuera de la granja.
Los tres se tomaron un respiro. Las explicaciones parecían satisfactorias y las dudas resueltas. El camarero melancólico les sirvió las raciones de carne asada en tiras poco hechas y sin apenas grasa. Pichándolas con las puntas de sus seis patas afiladas, fueron deglutiendo deliciosos bocados.
—Es la mejor carne del cosmos, si exceptuamos la de los pequeños Visler del sistema Rono —observó el comprador.
—En efecto. Aunque la carne de Visler, tan escasa y difícil de obtener, multiplica por ocho el precio de la carne humana. Muy pocos arácnidos pueden permitírsela —afirmó Kugs, relamiéndose las patas con su lengua de clavos.
—Bien. He leído que se habilitaron pequeñas celdas para facilitar el apareamiento entre humanos, ¡qué raros son! —exclamó Leitta—. Son las únicas formas de vida, que yo sepa, que necesitan intimidad para eso. Y que desde entonces el número de retoños, que se venden a precios desorbitados, ha repuntado, ¿es así? Eso me tranquiliza, eso significa que hay buenos y aplicados gestores en esa granja. Y he leído sobre las quejas habidas por el estrés de las reses. Joder, eso son tonterías de los que viven en el sistema central, cómodos y bien calentitos bajo tierra, que dicen que las reses tienen derechos. Joder.
—Se sorprenderá si le digo que tampoco eso ha sido mala cosa —dijo Kugs—. Los estudios realizados por los defensores de los animales nos han venido bien. Los defensores, al obligarnos por ley a engañar a los animales de entre 12 y 14 años que vamos a sacrificar, convenciéndoles que los vamos a liberar, haciendo que los guardas los introduzcan en el sistema de tubos en caída que llevan al matadero subterráneo, han mejorado nuestra carne. Y esto es así porque las reses que van a ser sacrificadas, al estar relajadas, producen una carne más tierna y de mejor sabor en boca que la de un animal paralizado por el miedo.
—Es cierto —dijo el intermediario—. Y coincido con usted en el engorro que suponen los defensores de los animales. Ellos no estaban aquí cuando se conquistó el planeta. Esas bestias prehistóricas resistieron lo indecible y causaron tantas bajas que hasta la comandancia se llegó a plantear la posibilidad de una retirada. Y ahora ya ve, los nuestros piden que se los deje en paz, que comamos cereales y algas trituradas, como si no hubiera pasado nada.
—Me parece recordar algo de eso. Sí, estaba cursando estudios superiores en Arkolal. Leí que la resistencia se había enconado bajo los océanos donde nosotros siempre hemos sido más débiles, ¿verdad? —dijo Leitta. Y tras recordar algo súbitamente, añadió—¿No se dice que todavía pueden quedar humanos con culturas avanzadas en las fosas abisales de los mares?
—No. De ningún modo —sostuvo, tajante, el intermediario—. Eso hace mucho que se descartó. Se usaron cargas de profundidad de enorme potencia. Cargas de hidrógeno que al estallar hicieron emerger toneladas de pescado reventado. Se podían ver las manchas de la podredumbre desde los satélites. Hasta se dañó la corteza terrestre y se tuvieron que evacuar las costas por maremotos.
—Ah… Bien. Me gusta oír eso —dijo Leitta—. Y ahora vayamos al quid de la cuestión, señores. ¿A qué rentabilidad se desprenderían ustedes de la explotación?
—La que marcan los informes, querido amigo —se apresuró a contestar Krugs—. A un 7,15%.
—Comprenda usted, mi joven amigo, que no he cruzado la vastedad del cosmos por un 7,15% de retorno.
—Sabemos que no es un precio bajo, pero el precio de la carne humana se mantiene constante. Además, una vez procesada y congelada se puede jugar con los precios limitando el suministro a los distribuidores, ya me entiendes, lo que es una seguridad en las ganancias. Incluso se puede especular con la producción, reduciéndola y haciendo subir un poco los precios. Y luego está el volumen, es un volumen que …
—Un 8,25% —le cortó Leitta mirando a Kugs fijamente. Éste tragó saliva. Bebió un sorbo de jugo.
—Le ofrezco la granja de humanos a un 7,5% y el pago fraccionado a dos años.
—Mira. Es mi última palabra. Un 8%. Con la condición de que esos políticos que manejáis en el sistema central tapen las bocas a los animalistas.
—Hay acuerdo, está bien. Un 8%. —contestó Kugs—. Y no te preocupes. ¿Tú crees que los arácnidos vamos a dejar de comer carne porque lo digan cuatro idiotas en la capital?
—Me alegra soberanamente que se haya llegado a un buen acuerdo por ambas partes —añadió el intermediario—. Y ahora permitidme que os aconseje visitar el Salón de Seda Blanca, allí pasaremos un buen rato, ¡hay bailarinas de ocho patas!
—De ocho patas, ¡seguro!, o más bien de seis patas más dos implantes —rió Leitta.
—Leitta, es un buen acuerdo para todos —dijo Kugs—. Con la comida no se juega. Y es un negocio con pocas oscilaciones. Podemos renunciar a muchas cosas en épocas turbulentas, pero no a la comida.
—Cierto, cierto —dijo Leitta—. Vayamos a ver esos espectáculos, nos merecemos un poco de diversión. ¿Supongo que sois un par de arácnidos discretos, no?