País Relato - Autores

lluís viñas marcus

un lago con patos

—Hola.
—Hola, ¿qué tal?
—Qué, nuevo por aquí, ¿no?
—Sí, creo que sí. Acabo de llegar. —El hombre joven mira a su alrededor, extrañado—. Y debo confesar que me siento un tanto desconcertado.
—Es absolutamente normal —contesta la mujer—. Todos los nuevos, al principio no sabéis muy bien dónde estáis. Acompáñame, te mostraré cómo funciona este sitio.
El hombre sigue a la mujer. Empiezan a ascender por un sendero de tierra rodeado de pequeños jardines delimitados por verjas y muros. Llegan, tras un rato caminando en silencio, a la cima de un pequeño cerro que domina la zona.
—Por aquí es por donde te vas a mover. Aquí estamos todos, o eso creemos —dice la mujer haciendo un ademán con el brazo para mostrar la amplitud de ese territorio al recién llegado.
—Vaya, tampoco es muy grande.
—No, pero es suficiente. Hay espacio para todos. Unos pocos se marchan o lo intentan y de esos, muy pocos vuelven. Así que este es tu hogar.
—Ya. Más vale quedarse por aquí —dice el joven.
—Exacto. ¿Ves el bosque aquel hacia el oeste? —Inquiere la mujer—. Lo intentan por ahí, cruzando los anchos bancos de niebla, tan profundos que no sabemos adónde llevan. Pero no pensemos en cosas desagradables, si todavía no te he mostrado la ciudad ni los parques ni el lago ni nada. El día será largo, te aviso —dice con una sonrisa.
Descienden por el otro lado del montículo. El hombre admira los huertos, perfectamente vallados, en los que trabajan sus propietarios. Berenjenas y pimientos al sol, brillando como minerales amorfos. Tomates que cuelgan de perfectas estructuras de cañas. Los agricultores se afanan con esmero, silenciosos, absortos en el pequeño cosmos de su propiedad, como si todo aquello con vida fuera de las parcelas tuviera una importancia igual a cero. Mientras siguen con sus quehaceres, un labrador levanta de improviso un pimiento y se lanzan a cantarle un aria. Luego guarda la hortaliza en el cesto. Así que mientras caminan van sonando fragmentos de óperas que se esparcen entre las verduras.
—Todos tienen espantapájaros —señala el joven.
—Un mero reflejo, una de aquellas costumbres recordadas. —Sonríe la mujer—. Por aquí los pájaros no comen de los sembrados.
El recién llegado se queda parado. En uno de los huertos un hombre abraza por el cuello a un burra sonriendo como un bobo. Quieto, sin intención de hacer nada más. La abraza y de vez en cuando besuquea el pelaje áspero del animal.
—Y a aquel, ¿qué la pasa?
—Ese es Juanjo, el labrador romántico. Nunca se separa de su burra.
—Pero eso no es normal, ¿no? ¿No hay mujeres por aquí?
—Claro que las hay. Aunque la mayoría no mostramos interés por ese tipo de cosas. Ya me entenderás.
Se acercan a la pequeña ciudad. En las afueras está el distrito de oficinas. Un pequeño barrio de nuevos edificios, de baja altura y acristalados, que empiezan a cruzar. El movimiento en las aceras y el tráfico se disparan. Pasan de la calma de los huertos al frenesí del distrito económico. De los bloques salen hombres y mujeres apresurados, que parecen tener enorme prisa por llegar a algún lado. Caminan como si fueran a apartar a empujones al primero que se les ponga delante. Algunos llevan tal carga de adrenalina que las dentaduras se adelantan al cuerpo y van dando mordiscos en el aire vacío, abriendo camino a modo de rompehielos. En algún momento se crea una confusión de dentaduras voladoras e incluso algunas vuelven a bocas que no son las suyas, provocando sonrisas grotescas, especialmente cuando una dentadura de palas grandes se acopla a una boca ajena y pequeña.
— ¿Están trabajando? —pregunta el joven.
— ¡Oh!, ya lo creo. Siguen trabajando. Algunos consiguen grandes vehículos con los que circulan los fines de semana de confín a confín y otros ahorran.
— ¿De verdad? ¿Ahorran? Pero, ¿para qué?
—Hace tiempo que dejé de hacerme ese tipo de preguntas —contesta la dama—. La gente es como es, no se cambia así como así, ni tan siquiera en las circunstancias en las que estamos.
A medida que se acercan al centro de la ciudad, paseando por calles tapizadas por el fino polen de primavera de los árboles que las flanquean, el tráfico va en aumento. Los coches se amontonan en los cruces y los conductores se increpan unos a otros, hastiados por la espera y por ver que los listos incumplen la norma común. El recién llegado los observa, entre incrédulo e irritado por los bocinazos que rompen la relativa calma de la que había disfrutado desde que habían dejado atrás el distrito económico. Entran y salen de las tiendas los transeúntes. Algunos peatones caminan como zombis, lentos, en constante zigzagueo con la cabeza gacha, o se detienen de improviso, pendientes de contestar no se sabe el qué, urgentísimo, a través de su teléfono. El joven se da cuenta de que, al menos, el tiempo es bueno. No hace frío ni calor, el cielo está despejado. Se puede vestir con camisa de manga larga y no sudar, lo que compensa en parte el jaleo en el corazón de la urbe.
—Me gustaría comprar cuatro cosas en el supermercado, por si tengo hambre —dice el joven.
La mujer se encoge de hombros.
Entran en el supermercado. Hay poca gente por los pasillos interminables cuyas luces en el techo trazan líneas perfectas en un horizonte artificial, como una pista de aterrizaje puesta del revés. Encuentran a un hombre con bañador y camisa desabrochada que parece no cansarse de pasear entre los estantes con mirada impertérrita. El hombre se fija en los precios y los repite como un salmo. Y un niño simpático corretea arriba y abajo montado en un triciclo verde chillón sin preocuparse por si pasa por encima de los pies de los escasísimos clientes a la vez que su madre observa la etiqueta de un bote de lentejas sostenido por la mano alzada ante la duda.
Llegan al centro del supermercado, donde sobre grandes estantes abiertos los productos de oferta de la semana aguardan. No sabe el porqué, pero siempre que alcanza el corazón de un templo de marcas en oferta como aquel, al joven le parece escuchar algo así como la apertura de una gloriosa sinfonía. Una melodía que es un portal que se va abriendo paulatinamente para que él la transite. Su mirada vaga entre las mercancías a precio irrepetible, deleitándose en las lijadoras y los taladros de 2.500 W encerrados en perfectas cajas verdes con descuentos de hasta un 30%. Luego, su atención se fija en pantis, braguitas negras y camisetas de interior de mujer, aunque cae en la cuenta de que no las necesita para nada por ser un hombre. Así que se desliza entre clarines y trompetas que resuenan en su cabeza hasta el expositor de complementos para mascotas. Allí encuentra cosas realmente interesantes, como champús para perros de pelo corto o cepillos eléctricos para gatos de centroizquierda a precios bomba.
Justo cuanto mayor es el sufrimiento por no poder decidir entre tantas oportunidades, a las que en su mente añade kits de descarga eléctrica para tensar abdominales y depiladoras de zonas íntimas que a la vez convierten en polvo para compostaje, la pelusa arrancada que a su vez es depositada en bolsitas desechables —que aparte se pueden comprar con descuentos de hasta un 50%—, la mujer lo despierta de ese sueño jabonoso:
— ¿No querías ir a la charcutería? ¡Pues vamos!
Dejan atrás estantes y más estantes repletos de latas etiquetadas, cajas de colores y botes de vidrio. El joven siempre ha creído que tras el apocalipsis en el mundo tan solo quedarán almacenes y grandes supermercados vacíos, segmentados en hileras de exhibidores blancos repletos de productos que, tras miles de años, una raza capaz de viajar por el espacio descubrirá y, leyendo las etiquetas, se planteará el misterio de otra civilización arcaica que sucumbió dejando tal enigmático legado.
En la charcutería atiende una cincuentona con un cinturón de reservas estratégicas acumulado en el anillo de las caderas en contraste con el rostro seco, sin carne, definido por unos pómulos profundos. La dependienta apenas mira a la única clienta. Con los ojillos ratoniles fijos en los embutidos responde al monólogo de la clienta con un ligero vaivén de cabeza, repetido, con la seguridad de quien ha cortado miles de kilómetros de chorizos. Mientras esperan a que la clienta deje de pedir 100 gramos de aquello y 75 gramos de lo otro, aparece por retaguardia una mujer vestida como si fuera a la boda de su hija y, sin previo aviso, toma un ticket con número a pesar de que resulta evidente que no hace ninguna falta por la ausencia de cola. Se arrima la mujer a los dos como un animal en celo que quiere marcar territorio, a la vez que va refunfuñando por lo bajini. Y eso que a su alrededor la densidad de población es similar a la de seres vivos en el Ártico. Da vueltas alrededor de los dos arrastrando el carrito vacío de lado a lado. Parece tener una prisa bárbara, aunque es evidente que su edad es aquella indefinida de cuando se llevan unos cuantos años jubilada.
La única clienta se marcha y cuando el joven va a pedir un poco de jamón en dulce, que es lo único que quiere y nada más, la dama del número se adelanta vociferando:
— ¡Me toca a mí! Tengo el número 1.
—Señora, que yo voy primero. —El joven, irritado, la mira—. Me ha visto en la cola al llegar.
—Me toca a mí, que tengo número. Oiga, joven, si usted no ha cogido número no es mi problema.
—Señora, que no hacía falta coger número si solo hay una persona esperando.
— ¡Aquí hay unas normas! —grita. Y, dirigiéndose a la dependienta le pide 20 centímetros de chorizo. Tras volver a discutir, la dama simula sentirse profundamente ofendida. Batiéndose en retirada, zarandea el carrito como si fuera un bebé llorón que hace horas que no quiere dormir.
— ¿Pero, por qué tendrá tanta prisa esta mujer? ¿Qué es lo que le urge? —se pregunta el joven—. Si se va a pasar el día en su piso, ahora moviendo un mueble, ahora un plato, ahora cambio este jarrón de lugar.
—Es mejor no saber. Mejor no pensar —contesta su compañera.
Vuelven a estar en la calle. Alcanzan la avenida principal de la pequeña ciudad. Circulan grandes automóviles junto a vehículos que, por seguridad, deberían dormir para siempre en una chatarrería.
— ¿Qué es ese edificio?
—Es el Edifico-Espejo, tiene mucho éxito. Es uno de los símbolos de esta urbe.
Ambos miran el edificio, una entera construcción de espejos: tanto las paredes de carga como los tabiques, los techos y hasta el suelo están revestidos de espejos. O más bien, la piel interior del edificio es un espejo continuo, puesto que escaparates y ventanas son cristales translúcidos de lo más normalito.
—En los lavabos, ¿también? —inquiere el joven.
—También.
—Qué asco.
—Sí, la verdad.
En la planta baja están los culturistas, algunos de pie, haciendo bascular las pesadas mancuernas. Otros están tumbados sobre banquetas, aplastados por el propio peso que levantan y otros accionan complicadas máquinas. Hay pocas mujeres. Visto desde la calle, el conjunto hace pensar en un bosque de estatuas muy satisfechas de ser estatuas de piedra. El joven se rasca la cabeza, pensativo.
— ¿En las otras plantas hay más musculators?
—Oh, no. En las otras están los de los selfies, algunos artistas y algunos políticos, un buen puñado de futbolistas y, en general, los que siempre se quejan de que el mundo no está hecho a la exacta medida de como lo habían imaginado.
—Vaya, un gallinero repleto de prime donne.
—La verdad, a estas alturas y parece que no han entendido nada. Continuemos.
Mientras miran, varados en la acera frente al Edificio-Espejo que siempre te enseña lo que quieres ver, ambos van recibiendo leves impactos y el lo siento de cientos de transeúntes que circulan por las calles a la vez que envían y contestan mensajes a través de los móviles. Son como bolsas gigantes de patatas fritas andantes que, al caminar sin verdadero impulso, al impactar con otro el choque apenas se percibe. Incluso los motoristas lo hacen conduciendo con una sola mano.
—Oye —dice el joven—. Allí en los huertos la gente no llevaba móviles.
—Ya. Es que son gente que lleva mucho tiempo aquí, que cuando ellos… Bueno. No había móviles.
—Claro, lo entiendo.
Continúan con el paseo, sorteando a los que miran las pantallas y mueven los dedos a la velocidad del pulpo agazapado que apresa a un pececillo entre las rocas. De tanto en tanto se encuentran con alguien que camina mirando al cielo con la boca abierta y los brazos inertes. Las terrazas de los bares están llenas pues no hace ni frío ni calor. Gente sentada bebiendo, picoteando alrededor de las pequeñas islas que son las mesas de los bares donde pasan el rato, como el que saca al perro a pasear por hacer algo.
Caminan por delante de una escuela. Detrás de cada ventana, ordenados por edades, ven cabezas de niños distraídos que a su vez los miran a ellos. En el patio del colegio hay un niño y una niña. Los pequeños los observan con fijeza, inmóviles tras los barrotes del colegio. La mujer se acerca a ellos.
—Son mis dos hijos —dice—. ¡Eh, chicos! ¡Saludad a este señor!
Los niños no dicen nada. Siguen estudiándolos en silencio, como si los estuvieran viendo a través de un microscopio.
—Pero, ¿cómo fue…? —El joven se da cuenta de que existe una perturbación y no dice nada.
—Prosigamos con el paseo —dice la mujer tras un silencio—. El cielo está despejado, amo los días claros.
En el quiosco no tienen periódicos pero venden algo de tabaco y golosinas. El quiosquero duerme la siesta de pie, tras el mostrador, con la cabeza apoyada sobre las bolsas de colores de los caramelos. El joven se fija que en el único banco de la ciudad hay colas frente a la ventanilla.
—¿Y eso?
—Son los ahorradores que te comenté. Van a actualizar la libreta casi cada día para estar seguros de que sus ahorros son iguales a los de ayer.
—Ah… Y así se quedan tranquilos y pueden dormir de un tirón.
—Más o menos —responde la mujer, riéndose.
Siguen dando vueltas por la pequeña ciudad. Ven gente distinta. No hay nadie igual aunque vistos desde la cima de una noria los rostros de la multitud pudieran parecer redondas e idénticas aspirinas. Pasan por delante de la casa de los golosos, donde las barrigas de los hombres se desparraman por las ventanas y las grasas se funden y se escapan por las rendijas de puertas y ventanas. El joven sonríe ante el bar de los platónicos, todos ellos sentados de espaldas al ventanal que sirve de escaparate. La dama disfruta viendo como el recién llegado se distrae. Con el brazo la mujer le señala la calle de los enamorados destrozados, donde se congregan los que tienen el corazón roto y buscan, en las aceras, muelles y manecillas para los motores averiados.
El día corre como una liebre muy metódica. Empiezan a dejar atrás la urbe y sus ruidos molestos. Hace rato que nada se dicen. Acaso, piensa el joven, la mujer ha quedado algo trastornada tras ver a sus hijos.
El parque público, portal del núcleo urbano, les señala que más allá empiezan los campos. Bordean el parque por la acera que es la frontera entre la carretera y el jardín.
—Que bosque tan raro se ve allí, en el centro del parque —dice el joven—. Son árboles sin hojas, y son altísimos.
—Sí. Es el bosque de los sueños evaporados.
— ¿Evaporados? ¿Se llama así, en serio?
—Sí. Fíjate. ¿Ves la gente que hay bajo los árboles?
El joven agudiza la vista. Entran en el parque, acercándose un poco al bosque. Bajo cada uno de los árboles sin hojas hay un hombre o una mujer. Adultos de distintas edades plantados allí, esperando algo. En los árboles hay, atrapados entre las ramas, uno o más globos sin que los distintos colores parezcan tener algún significado.
—Cada globo es un sueño evaporado. Están ahí pero los han perdido. Como puedes ver, cada uno hace lo que puede —afirma la mujer.
Sorprendido, el joven ve que cada adulto tiene una actitud distinta. Los hay que simplemente dormitan apoyados en el tronco del árbol o esperan sentados con las piernas cruzadas. Otros, de pie, mantienen la mirada fija en los globos y otros de vez en cuando dan un saltito. En la base de aquellos árboles gigantescos que atrapan sueños y los hacen inalcanzables se puede observar también a individuos que no paran de dar saltos fútiles como si tuvieran muelles en los tobillos.
—Esos —dice la mujer—, son los psicóticos.
Olvidado el parque y el bosque, prosiguen el paseo. Toman un camino de tierra que rompe a la izquierda. El paisaje cambia abruptamente tras superar una línea recta de frondosos setos. Una explanada cuadrada se abre frente a ellos, tan regular en sus bordes que parece trazada con regla y cartabón.
Sobre el llano el joven distingue, con horror, una serie de figuras derritiéndose. Están esparcidas sin orden sobre la dura arcilla del suelo, donde no crece ni un hierbajo. Da la impresión de que han llegado hasta allí por su propio pie, pues son figuras humanas. Hombres que tras dejar la ciudad han cruzado la línea de setos y simplemente se han quedado clavados en cualquier sitio del llano, sujetos por un ancla invisible que los une a la tierra.
—Es el Campo de los Derretidos —musita la mujer—. Un destino posible.
—Madre mía, pero sin parecen seres humanos.
—Son personas…
—¡Pero si se están derritiendo al sol!
—Han venido aquí por su propia voluntad, no lo olvides.
El joven parpadea. Las figuras presentan diferentes estadios de descomposición. Algunos apenas tienen la parte alta del cráneo y los hombros algo deshechos y otros son estatuas irreconocibles y más bien parecen cilindros de cera amontonados convertidos en algo semilíquido que gotea sobre el barro seco, que los absorbe.
—Pero por qué querrán esto —protesta el joven.
—Se han cansado. Se han cansado y vienen aquí para desaparecer. Se derriten, se funden con la tierra y punto final.
— ¡Pero si están vivos!
— ¿Vivos? Están cansados de estar aquí. No le des más vueltas. Vamos, por allí está el Valle de las Dos Colinas. Vamos.
Vuelven a la carretera, vacía de coches y destinos, llegan a la boca del Valle de las Dos Colinas. Es hermosísimo. Su extrema frondosidad indica abundancia de agua en contraste con el páramo que es el Campo de los Derretidos. Por doquier crecen hayas y olmos, altos, de generoso follaje sobre un manto de helechos. La vida se concentra en ese estrecho valle.
El joven sonríe ante tal visión. El valle y los huertos que vio al llegar son lo único que realmente le ha gustado de aquel lugar.
—Es bellísimo. Me construiría una cabaña y vendría a vivir aquí.
—No te lo recomiendo —responde la mujer—. Están en medio de una tregua, una especie de pausa que no durará.
— ¿Quiénes?, ¿de qué pausa hablas?
—Ahora lo verás. No pueden tardar mucho.
De derecha a izquierda, en la parte alta de los cerros, se empiezan a congregar multitudes. Sobre la multitud, en cada cima, se destaca la figura de un hombre. Los de la loma de la derecha hacen ondear banderas de cuadros negros y rosa pálido y los del montículo de enfrente, banderas a franjas verde limón y marrón chocolate, que son sostenidas con brío. El joven, escrutándolos con atención, ve que los hombres de ambos grupos visten de camuflaje y que, a media altura, debajo de ellos, hay emplazadas diversas piezas de artillería de distintos calibres apuntando a la colina contraria. Se acercan un poco más, justo para poder oír la voz atronadora del hombre encumbrado en la montañita de la derecha, que se dirige a los suyos:
—Oídme soldados —dice el jefe—. Si estamos destinados a morir, nuestro país no tiene necesidad de perder más hombres de los que somos; y si debemos vivir, cuantos menos seamos, más grande será para cada uno de nosotros la parte del honor. Este es el día de San Puercoespín. El que sobreviva a este día y vuelva sano y salvo a su casa, se izará sobre las puntas de los pies cuando se mencione esta fecha, y se crecerá por encima de sí mismo. Esta historia la enseñará un buen nombre a su hijo, y desde este día hasta el fin del mundo la fiesta de San Puercoespín nunca llegará sin que…
—Oye —dice el joven—. Ni un soldado ha desertado, y eso que ni les ha prometido una paga doble o algo así. El tipo ese de ahí arriba se debe haber tomado cinco cafés, como poco.
—O más —ríe la mujer—. Conozco este parlamento. Lo repite siempre. La primera vez que lo escuchas, impresiona un poco, pero cuando llevas unas cuantas…
Se produce un rumor sordo. Los ejércitos parecen ponerse en movimiento. No son pocos los hombres que, de rodillas, se santiguan. Se inicia la batalla. Las dos primeras oleadas de ambos ejércitos se lanzan colina abajo, hacia el valle, aullando, hasta encontrarse en una zona boscosa, donde los contendientes desparecen a los ojos del joven. Las bocas de los cañones hablan, perforando el aire con letanías puntiagudas, al tiempo que, pendiente abajo, corren y gritan con ardor guerrero los de la segunda oleada, seguidos, tras una pausa, por los de la tercera y así sucesivamente hasta que los montículos quedan casi tan vacíos como antes. El bosque del valle tiembla. No parece que ninguno de los contendientes sea capaz de imponerse al otro. Luego, los cañones callan y los generales bajan de lo alto de las colinas para ver qué ha pasado.
—Diría que han empatado —afirma el joven.
—Eso parece. Generalmente empatan. Algunas veces ganan los de las banderas a cuadros y otras los de las banderas a rayas.
—Caramba. ¿Lo repiten mucho todo esto?
—Oh, sí. Cada día.
—¡Cada día! ¿Y los muertos?
—Ah, esos. Vuelven a aparecer en la parte alta de los montículos pasado un rato.
—Es cosa nunca vista —se sorprende el joven—. Lo que no acabo de tener claro es lo que se disputan.
—En el centro del bosque, en el valle, hay un lago con patos. No es muy grande, como un campo de fútbol o una cosa así. Y está lleno de patos.
—Así que un lago con patos.
—Eso es —asevera la dama—. Venga, vámonos de aquí. Tanto jaleo me pone nerviosa. Te llevaré al Altiplano de los Cuatro Vientos y de este modo lo habrás visto todo. El Altiplano es el otro límite de este lugar.
Suben por una escalera de peldaños de piedra agrietados por el dios tiempo. Nada se dicen. Cuesta subir. Se detienen, descansan. Hinchan los pulmones y relajan las piernas bajo la creciente oscuridad del cielo. Llegan resoplando al altiplano. Es una losa seca, un páramo tan triste como amplio donde con la mirada se pueden alcanzar todos los lugares donde han estado durante el día. Además de hierbajos duros como alambres no crece nada allí.
—Vivimos atrapados bajo el cielo —dice la mujer.
El joven levanta la vista. Unas pocas nubes iridiscentes manchan el azul grisáceo del atardecer. Un viento racheado se levanta.
—Aquí, cuando cae la noche, llega la niebla como una marea hasta ocupar todo este lugar. La misma niebla que te he mostrado poco después de que llegaras.
—Y decías que no era buena idea perderse en ella.
—Sopla el viento, luego se acalla. Se tiene poco tiempo para ver las estrellas. Antes de que uno se dé cuenta llega la niebla.
Callan. El viento aúlla con más y más fuerza.
—Este es el azote divino. Nos recuerda que luego llega la niebla —insiste la mujer—. Es el viento de Dios.
—¡Qué Dios ni qué leches! ¿Y los derretidos?
—Allí van los que no tienen valor para esto. Ahora puedes escoger. Volver a la ciudad conmigo o quedarte aquí y esperar la bruma.
—Oye, no me tomes el pelo, ¡eh!, que hemos pasado un día muy majo juntos —dice el joven—. Pero, ¿qué es este lugar? ¿Me lo puedes explicar?
—Me he pasado todo el día explicándotelo. Llevas unas horas muerto. Estoy harta de recibir a gente que no quiere aceptar lo evidente. Te puedes quedar aquí, en este mundo que te he mostrado por un tiempo que nadie sabe cuánto dura o hacer como hacen algunos, desaparecer definitivamente. Tú eliges. Vuelvo a la ciudad, ¿vienes?
— ¿A esa ciudad llena de chiflados? ¿Bromeas?
La mujer se dirige a la escalera de piedra por la que han ascendido, dándole la espalda.
— ¡Vale, vale! No me dejes aquí. Voy contigo, espérame. Dame un momento. Espérame.