El gato se acercó al grupo pero el grupo le dio la espalda. «Tú no eres un gato de verdad», dijeron, alzando sus cabezas. «No tienes plumas blancas, como nosotros, ni un hermoso pico naranja, como nosotros.»
El gato los husmeó de lejos. «Eres un monstruo, una cosa negra con dos ojos que hurtan hasta la luz que pestañea cuando la noche llega. Eres nadie, no como nosotros.» Los gatos de verdad se arremolinaron y se marcharon como una flota cerrada con patas anilladas. El grupo danzó hacia la izquierda y luego hacia la derecha.
Algo vio el gato, pues se arqueó y agazapó entre las hojas altas. Todo el cosmos pendiente de un ratón tontorrón que algo roía creyéndose a salvo. Los gatos de verdad lo vieron: «¿Qué hace? Es un aborto, un pobre loco.», sentenciaron, y se marcharon hacia el corral, donde el granjero aguardaba, mirándolos con ojo experto. En su mano derecha esperaba, colgando, el hambriento cuchillo que el sol hacía relucir.