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lluís viñas marcus

resiliencia

«Mira, Dolores, la resiliencia es la capacidad de soportar el dolor y transformarlo en algo positivo», le dijo su psicoanalista durante la vigesimoquinta sesión, «es lo que distingue a los fuertes de los débiles. Debes perseverar, no te queda otra que aguantar. El mundo es como es y alguien como tú no puede cambiar las cosas.»
Por eso, cuando en el laboratorio le comunicaron que el estado cortaba el grifo de la beca en investigación sobre la epidermis subatómica en la que trabajaba, y con el recorte ella se quedaba en la calle, pensó que algo mejor vendría.
Luego, cuando el mayor de sus hijos ayer no volvió a casa porque había conocido a una mujerona teutona treinta y dos años mayor que él, se dijo a sí misma que la experiencia enriquecería la vida de su primogénito.
Aquella mañana la rueda de la bici de un niñato le pasó por encima del dedo gordo del pie, pero no gritó. Una gaviota jaspeó con mierda rica en calcio su vestido de verano favorito. «No, en realidad no me quedaba tan bien», y, mientras se acercaba a su coche, aparcado en la calle, vio como el camión de la basura, bajando por la calle Balmes a demasiada velocidad, se empotraba contra su vehículo y lo convertía en un acordeón de chatarra. «Hay días buenos y malos. Debo aceptarlo.» Volvió a casa, con la carta de despido bajo el brazo, para ver si encontraba las llaves del coche de su marido. Lo que no esperaba era encontrarlo en calzoncillos, enmanillado a la cama de matrimonio con uno de los limones, que precisamente el día anterior había comprado en el supermercado para hacer zumos y así mejorar su sistema inmunológico, insertado en el lugar por el que donde normalmente cada mañana… Le pareció secundario que, justo en aquel instante, uno de los jóvenes alumnos de robótica de su esposo sostuviera en alto un cinturón tachonado.
«Dolores, has asimilado el concepto de resiliencia», dijo su psicoanalista, «mucho mejor que nadie», añadió. «Que tu piso ardiera y que tu marido falleciera en tan desgraciado accidente, qué decir, eso solo lo puede superar una persona fuerte como tú. Decir no a un hijo que quiere volver a casa con su novia…»
«Tiene casi mi edad», le recordó Dolores, «la alemana esa».
«Así que además has montado tu propio laboratorio, ¿no?»
«Sí, un laboratorio bacteriológico. Tenemos un único cliente, el gobierno de Corea del Norte. Eso sí, un único cliente que paga puntualmente.»
«Y parece que te va muy bien. Te has comprado un piso nuevo en muy poco tiempo y un coche, ¿qué marca me habías dicho que era?»
«Un Hummer, lo más parecido a un tanque. Voy muy tranquila con ese coche. Y ahora, doctor, me despido de usted. Le entrego este sobre como agradecimiento. Sus consejos han sido muy útiles, no se imagina hasta qué punto he sido capaz de transformar el dolor en algo positivo. Vaya, de aguantar, como se decía antes, ¿verdad?, como mi madre hizo toda su vida. Y la madre de mi madre. En el sobre hay un pequeño detalle para usted. ¿Lo podrá abrir cuando me haya ido, por favor? Soy muy sentimental para estas cosas y las emociones dañan mi resiliencia.»
Abrió la puerta y se marchó. El psicoanalista se quedó sentado, pensando en cómo había cambiado aquella clienta. Luego miró el sobre, lleno de curiosidad, ¿le habría dejado una buena propina de despedida? Lo abrió. Un polvillo blanco se esparció por la consulta. En el sobre había una sola frase impresa: “El ántrax es la bacteria más resiliente”.
El doctor empezó a toser. Tosía y cada vez más fuerte. No podía dejar de toser.