País Relato - Autores

lluís viñas marcus

pedro 38'

Aunque cueste de creer, me di cuenta en el último bar en el que entré. Me había citado con la sonámbula de mi hermana, a la que no veía desde hacía, al menos, un par de años. Sonaba Billie Holiday. Cómo podía ser eso. Mientras la esperaba sentado en una mesa con la bolsa de deporte en la vacía silla de al lado, empecé a recapitular sin darme cuenta de ello. En todos los lugares, en todos los momentos cruciales de mi vida de cuarenta y cuatro años. En aquellos instantes en los que, sin saber la razón, acabas precipitándote hacia un camino y no otro, porque sé desde hace años que eso de que uno escoge es una ilusión hinchada por la propia vanidad. En esos momentos pensaba en el destino, de qué manera acabas rodando calle abajo, al igual que un balón de fútbol perdido, y como esa calle te define.
Mi abuela, que me crió, escuchaba la Billie mientras tendía la ropa en el piso de habitaciones para cucarachas de la callejuela del Poblesec donde crecí. La escuchaba porque, de joven, tuvo un novio americano que la dejó plantada en el puerto para volver a embarcar. Sonaba Billie Holiday mientras removía los sofritos al mediodía y mientras barría por las tardes. Por mucho que se esforzara con la limpieza, el pisito donde más que vivir nos amontonábamos, olía permanentemente a poco. Y Billie Holiday seguía sonando cuando, tras desaparecer durante todo el día, mi madre volvía a casa cansada y de mal humor con la noche desplegada como una vela que todo lo abarca. En alguna de esas noches, esperándola en el diminuto balcón con la desesperación de un niño que no hace nada en todo el día, la vi llegar arrastrándose. Un ser consumido y colérico. Debió ser en alguna de esas noches cuando me juré que a mí nunca me faltaría de nada.
Justo ahora recuerdo todo eso, esperando a mi hermana, sin entender el porqué. Evoco a la Billie. La imagino sentada en el porche de una casa barata para negros en alguna ciudad de Norteamérica. Ella es una niña que sueña o se aburre, no sé, en una noche de verano bochornosa. Vive en algún lugar en un enjambre de casitas de maderos y techos de chapa. Y en esa quieta soledad, de una casita cercana, le llega el eco de una canción. A lo mejor era un gramófono. Y la niña mueve los pies y hasta se balancea sobre la silla. La música la va llevando, la música hace rotar la nada de esa noche cualquiera. La canción, apenas intuida, que hace que la niña sea llevada, que flote sobre el bochorno y hace que por vez primera no se sienta tan sola con su tía, pues la madre, como la mía, no se encuentra en el hogar ni se la espera.
Llega mi hermana. Nos saludamos. Me habla como si nos hubiéramos visto la semana pasada. Igual es un truco para sentirse cómoda. Ella pide un ron con cola, yo una caña de cerveza. Le pregunto por los niños. Me mira, sonríe un poco, se atusa el flequillo. Mira al suelo, mira una litografía con el mapa del litoral de Palamós que tengo a la espalda y del ron casi no queda nada. Al final lo suelta: para qué me has llamado. Le entrego la bolsa de deporte. ¿Qué es esto?, pregunta. Son mis ahorros, respondo. Se queda pasmada. Quiere saber por qué se lo entrego. No preguntes. Guarda la bolsa durante un tiempo, le digo, y luego gástatelo poquito a poco. Hay bastante. Si no, llamarás la atención. Me despido bruscamente. Afuera se está bien, sopla la brisa tibia de una tarde de abril. Enciendo el cigarrillo y camino hasta perderme.
Vuelvo al piso por la Ronda Guinardó. Me canso de los bramidos de los coches que llegan por la espalda y se alejan. Voy pensando en Billie Holiday. Siendo reconocida como una de las mejores, le retiraron el carnet para cantar en los clubs de Nueva York. Posesión de heroína. Ocho meses en el talego. ¿Pero cómo puede ser, Dios? Encerrarla, privarla de los escenarios. Rompo por la Ronda, subo por la calle del Telègraf, adentrándome por las callejuelas empinadas del Guinardó, de casitas bajas donde duermen los humildes de Barcelona. Un barrio parecido al que creció ella, aunque aquí la gente no se interesa tanto por la música. Paso por delante de los bares que conozco de memoria, camino a casa. Allí están los borrachos de siempre, con los ojos enrojecidos. Estoy convencido de que si dejara una cámara fija en uno de esos bares, al recogerla al cabo de veinte años, vería a los mismos, en los rostros una mezcla de impotencia, rabia y desidia. Bueno, menos los que la hubieran palmado, sustituidos por algún nuevo y joven borracho en el circuito de bares de siempre.
Es una ventaja no beber. Y es una ventaja no meterse. Cuando era un chaval casi todos se metían y delinquían para meterse. No como la Billie. ¿Por qué tenía ese deje en la voz? ¿Cómo lo conseguía? Casi no me metí por la promesa que me hice de que nunca me faltaría dinero. Eso fue más fuerte que colgarse. Durante un tiempo, hace un montón de años, me lié con trapicheos. Como tantas cosas en mi vida, lo acabé dejando, no así mi 38’, que llevo siempre conmigo vaya donde vaya. Me lo dio un yonqui que no sabía con que pagarme. No se percató de que el revolver era un arma de primera. Bueno, pues eso. Vendía algo de hachís, pero lo que me daba pasta era la cocaína. Lo que pasa es que todo aquello era una olla de grillos. Algunos clientes querían y no podían y tenía que enseñar el 38’. Muchas veces los que querían y tenían se ponían nerviosos porque a mi proveedor no le había llegado la mercancía. Y todo eso con la policía metiendo el hocico en cada esquina. Lágrimas y nervios. Decidí desaparecer, eso se me da muy bien, para dedicarme al atraco. Yo solo, así no dependía de nadie y lo podía planear todo muy bien. ¡Ay, la Billie! Uno de sus últimos novios era un matón de la mafia. Y ni ese la pudo desenganchar. De hecho, le quisieron quitar a casi todos los maromos que tuvo. Ella debía de dar los tres no, como Judas o como Amy Winehouse, que me gusta tanto. Al final los yonquis mueren. He sobrevivido a los colegas de mi barrio, a todos ellos, que tan bien recuerdo.
Ser un tío delgado también ayuda, para subir las rampas que conducen a mi piso de la calle Fulton o para escabullirse deprisa si noto que el atraco se alarga y hay que salir alado. Por estas latitudes no interesa tanto la música. O era la época, no lo sé. Ni me puedo imaginar a nadie cantando o tocando en uno de estos baretos de por aquí. A Billie Holiday la silbarían, la echarían a patadas y no le pagarían una copa con las que tanto se amamantaba. En fin, qué sé yo. Abro la puerta de casa. Vivo en el ático. Hay que decir que el bloque tiene tres pisos. Lo bueno es que hace esquina, así tengo mejores vistas y controlo mejor la calle. No sé cuánto me queda. Ahora que me he librado de la pasta, me quedaré aquí esperando a que lleguen. La cagué, al final la cagué. Las cosas empezaron a torcerse tras atracar aquella farmacia de Gràcia. A la farmacéutica le entró la tontería y se resistió. La farmacia debía ser suya, eso no lo supe prever. Fallo mío. Forcejeamos. Llamé la atención a los del grupo de atracos. No sé si es la edad o algo peor. Las cosas empezaban a darme igual. No es que me volviera descuidado, eso es otra cosa que no sé explicar. Quería montar un estanco con el dinero. Qué tontería. No hubiera funcionado. Además, ahora tienes que explicar de dónde sale el dinero. Solo los muy ricos pueden mover el dinero de aquí para allá y como un mago, hacerlo aflorar en otro país u otra cuenta sin que nadie te diga nada. Era muy distinto cuando yo era un chaval en el Poblesec y con el dinero contante y sonante podías hacer lo que te daba la gana.
***
El primer coche apareció al tercer día, aparcado a unas decenas de metros del portal de casa. Siempre creen que no los vas a ver. Pero si por aquí no hay chaperos. Qué hacen dos tíos encerrados en un coche todo el santo día. De todos modos, llegaron más rápido de lo que creí.
Luego llegó un segundo coche, que aparcó al otro lado del portal para cerrarme la escapada. Los observaba desde la ventana de la cocina, discretamente. Como yo, no hacían nada en todo el día. Un juego sin expectativas, raro, sin ritmo. Siempre me alucinó el sentido exacto del ritmo de Billie Holiday. Yo creo que se nace con eso, que no se aprende en la escuela. Lo tienes o no lo tienes. Pero ella… Era algo más. Su tempo podía alagarse o acortarse, como un reloj capaz de manipular el tiempo. Nunca, nunca fallaba.
El final de su carrera fue triste. Tanto tomar de todo. Leí que al morir le quedaban setenta y cinco céntimos de dólar en la cuenta corriente. Sé que no debo creerme lo que leo, pero es posible que fuera así. En casa tengo setenta y cinco céntimos de euro, no sé si el inspector que se ocupe del caso será aficionado a la música. Con los polis nunca se sabe, hay de todo. Qué más da. Tengo provisiones para un mes, tengo lo que necesito, incluidas unas cuantas cajas del 38 Spl. Y ellos están en la puerta. Y quieren entrar.
Le voy dando vueltas a la cabeza, y pienso que lo que me ha desgastado hasta quedarme tan liso como las ruedas viejas de un coche ha sido el tiempo. La rutina. Pasar los años, el no saber qué hacer mañana. El no tener un propósito. Eso es lo que me ha matado. Joder, no lo había pensado antes. O no de esta manera. Es tan evidente que me toca los cojones. Si me hubiera dado cuenta tiempo atrás, que sé yo, podría haber virado como un velero que va rumbo a los arrecifes y, de un golpe de timón, logra salvarse volviendo mar adentro. Tampoco es fácil ver las cosas. Pensé en largarme a Brasil. Hay el problema de mover el dinero hasta allí y el qué haces luego. ¿Abrir un restaurante en alguna ciudad de segunda para no llamar la atención? Qué bien, qué maravilla. Pasarme el resto de mi vida pendiente de si llega o no el pescado y si el camarero tal o cual se pone enfermo y hay que buscarle un sustituto. O aterrizar en Brasil con la pasta en una maleta, vivir a lo grande tres años y luego hacerme misionero en el Amazonas ese que se ve por la tele. Absurdo. No se puede vivir feliz si te pasas el día con miedo a que te roben el dinero. Y, además, al final me faltaría una razón para no apagar el despertador y saltar de la cama con hambre de mundo.
La cagué con lo de la farmacia de la Plaça del Diamant. Mira que querer montar un estanco. Mejor olvidarlo. Quién no piensa alguna vez en hacer una tontería. A partir de ahí, la policía dedujo mi modus operandi, que les gusta decir a ellos. Les dan seguridad esas dos palabrejas. Cuando las pronuncian ante un periodista que mira el reloj para irse a casa, les da la sensación que me tienen medio trincado. En los periódicos de Barcelona se habla de un lobo solitario. Malo, eso es malo. Como cuando los periódicos norteamericanos hablaban de Billie Holiday, la realidad era otra. En el último atraco las cosas no fueron bien. A los pocos días me habían identificado y vi en letras impresas mi apodo de juventud, Pedro 38’. Entonces llené el piso de provisiones y llamé a mi hermana.
La última vez que vi a mi madre estaba como siempre. Encerrada en sí misma. Ensimismada en su propio dolor protegido por una serpentina de dureza. Nunca sabré qué sucedió con mi padre, del que nunca habló. Antes de subir al piso entré en un chino para comprar flores. Y sí, Billie Holiday danzaba en algún lugar de esa tienda, susurrando cómo era el paraíso perdido. Cada vez que veo a mamá la sequedad de mis entrañas se acrecienta. Debí parar. Por si esto sirve de algo a alguien, cuando se escucha que empiezan a hablar de uno, lo mejor es desaparecer como un atún en una corriente de agua fría. Y di el último golpe. Realmente creo que seguí con los atracos porque tampoco sé hacer nada más. En la escuela fui una nulidad. Nada captaba mi atención. Me faltaba tiempo para salir de allí por patas. En cambio me podía pasar la tarde entera intercambiando cromos de fútbol con los otros niños del barrio. Al entrar en la sucursal vi que había demasiada gente. Prefiero las sucursales pequeñas porque hay pocos clientes y así los puedo controlar a todos. A ellos y al espacio. En un banco grande necesitaría cuatro ojos para abarcarlo todo. Una vez dentro, no podía dar marcha atrás. La cosa iba como siempre. Entré con el casco de la moto puesto. Saqué el revólver e hice un gesto a los clientes que hacían cola para que se tumbaran al suelo. Hubo uno, un hombretón de mirada desafiante que no obedeció. Tuve que encañonarlo para que atendiera a razones. Demasiada gente. Se produjo el silencio rocoso que se posa en un lugar cuando una amenaza es palpable y cercana. La sucursal, un espacio rectangular, frío, de paredes y suelo de un gris brillante y mobiliario verde de ese tono serio y confiable, acrecentó su dimensión irreal. Hasta, recordando más tarde ese momento, tuve la sensación, en aquella inmovilidad repentina iluminada por puntos de luz neutros del falso techo, de estar en el interior de una estación espacial que orbita en alguna galaxia ignota donde el hombre del espacio, todavía primitivo para las exploraciones profundas, apenas es capaz de poner un pie en una lejana estrella y mantenerlo. Precisamente durante aquellos segundos de absoluta calma se oyó el estruendo de una cisterna de wáter al ser descargada. Sonó como un trueno en una noche despegada de verano. Todas las miradas se dirigieron a un mismo punto, una puerta de gris brillante, del mismo color que la pared y el suelo en la que yo no había reparado. La puerta se abrió suavemente. Tras ella apareció un guardia de seguridad alto y desgarbado, de cadera ancha, con incipiente calvicie en su cabeza inclinada hacia abajo, como si quisiera señalarnos sus problemas alopécicos. El hombre de tez mortecina aún se estaba subiendo la bragueta con la punta de los dedos de ambas manos con la delicadeza de un ornitólogo. Vestía un uniforme beige lavado infinitas veces. De sus caderas colgaba un amplio cinturón de piel negra cargado de munición y un revólver, que caía flácido a la derecha. El guardia levantó la vista, sin duda sorprendido por el silencio sepulcral de la sucursal. Dos ojos negros muy abiertos. En una fracción de segundo se llevó la mano al arma. Tres detonaciones resonaron en la oficina y cuando todavía el último estruendo era audible, el guardia levantó los brazos hacia arriba como si fuera a agarrarse a una canasta de básquet para machacar, desplomándose acto seguido sobre el pavimento cerámico gris pulido. De los tres disparos que efectué, uno se incrustó en el marco de la puerta del wáter, los otros dos atravesaron limpiamente el pecho de aquel gigantón. Más que los disparos, debió ser la sangre que manaba del muerto, el denso rojo intenso sobre el suelo abrillantado, lo que enloqueció la cajera. Antes de girar la cabeza hacia ella los gritos la anticipaban. Un ataque de histeria de manual. La cosa iba mal. Toda la atención la tuve puesta sobre el guardia y acto seguido, mi visión se hacía túnel focalizada en la cajera, perdiendo, como es comprensible, toda perspectiva de conjunto y perdiendo de este modo el control de la situación. La mujer, que llevaba un vestido feo floreado y no sé por qué razón dos trenzas sujetadas con lazos azules, que caían, en plan dama de una plantación de algodón, a los lados, batía su cuerpo ufano contra el cristal blindado que la separaba del resto del mundo con los brazos levantados y pegados al vidrio como si al otro lado estuviera Julio Iglesias mostrando su lado bueno. Me enfurecí. Eso es de lo peor, ya que en un ataque de ira puede uno perder los estribos durante unos segundos. Y fue lo que sucedió. Le pedí que se calmara y me diera la pasta. Mi furia se acentuó. Precisamente ella, que era la única que estaba a salvo. Sin pensármelo, agobiadísimo por los chillidos y por el tiempo que avanzaba como un furioso caballo al galope en un campo de batalla, metí la boca del arma en la abertura bajo el cristal blindado para intercambiar los billetes y disparé. El proyectil rebotó contra el metal y se incrustó en la barriga de la mujer que se tambaleó como un pastelito al sol. El cuerpo retrocedió hasta quedar sentada contra la pared gris del fondo. Mala suerte para ella. Si tan solo se hubiera mantenido alejada dos pasos del cristal ahora estaría, sofocada, explicándoles a las amigas o a su marido lo sucedido. Eso sí, la calma volvió a reinar en la oficina bancaria. Por razones que únicamente los dioses podrían explicar, por una de aquellas casualidades extrañas que le suceden a uno y que a posteriori resultan estar sujetas a las leyes de lo invisible, quedé embobado leyendo un gran anuncio, brillante, en un expositor de publicidad protegido por un cristal al lado de la caja: Tus sueños de seguridad concedidos. Tu hipoteca a Euríbor +1,75%. Lo debí leer para relajar la mente tras cuatro disparos, que son muchos. Sobre el cristal del cartel vi reflejado a uno de los clientes que había obligado a tumbarse en el suelo. Justo el que se había resistido. Vi a un hombre, sin sustancia en su reflejo, acercarse hacia mí por la espalda, moviéndose como si sufriera varios calambres a la vez. Seguramente se trataba de un practicante de artes marciales. La ley de la proximidad del revólver no admite excepciones. Pivoté, girando con el arma presionada contra la cadera para evitar manotazos innecesarios y apreté el gatillo a bocajarro, justo cuando lo tenía encima. Lo dejé ahí, tirado. Cuando me precipité hacia la salida con una sola bala en el tambor, seguía vivo. Si los del banco o los clientes no hubieran tardado tanto en reaccionar… Si los de los coches patrulla, creyendo que seguía dentro, no hubieran dudado, creo que aquel hombre, el karateka, no se hubiera desangrado. Cuando me encontraba lejos de la sucursal, cuando el corazón volvía a palpitar como una bomba de agua cansada, reconstruí lo vivido con los colores frescos de la cercanía y caí en la cuenta que la tentativa de atraco apenas había durado lo que dura una canción, These Foolish Things Remind Me of You…
Al día siguiente aparecí en los periódicos y en todas las teles. No tenían mi foto porque no estaba fichado. Sí tenían mi nombre, Pedro 38. Me di por jodido. Ese fue mi funeral. Cuando aquellos señores que, por un secreto pacto social ostentan el casi monopolio de la violencia, van a por ti en tromba, no hay Dios que los pare. El truco para sobrevivir es mezclarse del todo con la sociedad, intrincarse en ella como una hoja verde en la selva. Adoptar el mismo color insípido, al igual que esos peces blancuzcos que viven justo bajo la arena en las orillas del mar. Mi color, de repente, era rojo brillante en una fotografía en blanco y negro. Era una cuestión de tiempo y nada más.
En estas horas he estado pensando en los días que ya no son. No supe ver el momento de parar. Acaso necesitaba creer que estaba haciendo algo, lo único que sabía hacer bien. La adrenalina, el plan, las mañanas y tardes que van pasando con un sentido mientras estudias una sucursal. El sentido que no fui capaz de encontrar, como otros, en las mujeres, en tener hijos, en el futuro que llega muy alterado respecto al plan original. No, no digo que no. Es que a mí no me salió bien o no fui capaz. Tuve algunas amigas de una o dos noches. De los tiempos de los bares musicales, a los que algunas veces iba con tipos que hoy están borrados del mapa, dos de ellos en el país de nunca jamás. Y eso que nos creíamos dioses que nunca iban a caer. Digo tuve porque lo de ligar por internet es una selva por la que no me adentraré. Obvio, aunque siempre hay un gilipollas que comete delitos y aun así se registra y navega por ahí. Nada más fácil para la policía, aunque use nicks, que pillar al Pulgarcito de turno siguiendo las migas que él mismo ha ido dejando. Amigas, pocas, de un par de polvos y también dos novias. Con la primera, Tere, fue divertido. Ambos sabíamos a lo que íbamos. A nada. De modo que como cada noche podía ser la última, las calderas del deseo crepitaban a todas horas. No conseguí entender lo que quería Tere. Tampoco es que me importe mucho. Ella, con tacones que podían acuchillarte y los ojos de loba, te lo dejaba todo clarito. Sospecho de un dolor que escondía en el fondo de su bolso de lentejuelas, de una herida mal cerrada, quizá no debida a un amor de hombre. O no, o lo que hago es inventar para que Tere cuadre en las coordenadas propias. Se marchó con los pies ligeros, tal como llegó. La eché de menos, aunque me joda reconocer que la añoraba más como compañera de juegos y risas que como un amor que a barco de vapor se marcha río abajo, pues ella nunca me quiso o solo quiso al bucanero que vive en mí. Qué más da, qué más da el pasado y todo.
Lo de Charlene fue otra cosa. Desapareció el día que descubrió el 38’. En algunas noches insomnes lanzaría el revólver al mar para poder volver con ella. La tuve y la perdí. Seguro, seguro que otro disfruta de su frágil alegría pensando en secreto que le ha tocado la lotería y que no piensa confesárselo a nadie por miedo a perderla. Me arrepiento de tantas cosas. La suerte es que olvido de lo que me arrepiento pero no de Charlene ni de la ligereza de su cuerpo de pajarillo, que venía de su madre, una costurera de la Provenza que emigró. Charlene me quería a mí, tal como era. Sabía algo, sabía que no me ganaba la vida ni con un camión ni en una línea de montaje. Lo aceptaba, no quería preguntar demasiado. Me quería a mí, con todas mis gilipolleces, y yo la quería a ella, en su hermosura de cristal, en su natural modo de estar que daba la impresión de que en cualquier momento iba a desvanecerse. El arma la rompió. Lo puedo entender, qué tipo de persona puede vivir con un asesino.
Como en los amores de Billie Holiday, no es que tuviera la fortuna en contra, es que estar conmigo era imposible. Todo esto lo pienso ahora que queda poco. Lo veo claro, no me engaño ni me doy a mí mismo falsas explicaciones. Estoy rodeado por la policía, en mi casilla hay tres X de tres muertos y vaya donde vaya, me esconda donde me esconda, me van a trincar. Soy Pedro 38, soy el enemigo público titular. Si hasta se han olvidado por unos días de los políticos comisionistas que han pillado. Yo, que hice del atraco discreto un arte, soy una estrella. Todo porque el guardia de seguridad estaba meando en lugar de estar en su puesto. Los polis son visibles. Han cerrado la calle, están apostados alrededor de la portería. Es suficiente. Los minutos tamborilean como pulgas que han bebido té de estricnina. Nunca me ha faltado de nada ni nunca he llegado a casa con el alma desgarrada tras un día de penas. Para los tipos como yo tener hijos es una aberración. El mundo no necesita a más condenados desde la niñez. La noche cabalga penetrando en el día como la tinta que se derrama sobre un blanco papel. Silenciosa cascada que gira la llave para volverla a abrir con el nuevo día. Mañana, hoy, es un imposible.
La calle parece una fiesta mayor desde que, hace un rato, es noche cerrada. Las luces de las sirenas parecen una carpa de autochoques y el clamor de voces, apenas contenido, recuerda a los que esperan para entrar en un teatro. Han llegado los de operaciones especiales. Se despliegan. Al poco, escucho pasos en el techo entre las voces quedas y las toses de los policías que aguardan arma en mano. Lo he estado pensando. Podría provocar una carnicería, algo así como la última traca. Pero solo con el 38’ es imposible. Necesitaría otro tipo de hierros. Y para qué. Me molesta tanta fanfarria. Me asomo con cuidado a una de las ventanas: ¡Callaos, perros!, les grito. Me río pensando que se habrán vuelto locos intentando encontrar cuál es mi teléfono móvil. ¿Creen que soy uno de esos imbéciles que para poder hablar con la churri se dejan rastrear? No. No tienen forma de comunicarse conmigo como no sea con algo tan viejo como llamar a la puerta y dejar una nota. Uno de los policías agarra un altavoz. Se oye una voz entre nasal y metálica: está rodeado por la policía. Le exhortamos a que salga a la calle con las manos en la nuca. ¿Le exhortamos? ¿Eso es lo que ha dicho? Ese es un verbo universitario. Ni los policías son lo que fueron. Este seguro que estudia perfiles de delincuencia en una base de datos web. Me asomo otra vez. ¡Exhórtate el culo! Luego me escondo. Casi me da un ataque de risa. Sentado en el suelo, apoyado en la pared, debajo de la ventana. Observo los puntos de los infrarrojos de los tiradores bailando en la pared opuesta. No estoy seguro de si los francotiradores están allí para disparar o para acojonarme. Seguramente las dos cosas. Prefiero ir al sofá que estar en el suelo como un perro rabioso. Antes, me acerco al aparato de música y pincho un CD. Ella no podía faltar en este momento. Enciendo un cigarro. No hago nada durante unos segundos. No hacer nada, expresamente, está al alcance de muy pocos y es extraordinariamente difícil. La voz de Billie Holiday se esparce por el comedor como el remoto aroma de una gardenia en una noche calurosa. Tomo un pañuelo de papel y limpio con cuidado el cañón del revólver. Siempre he sido escrupuloso con las cosas que me llevo a la boca. Eso me lo enseñó mi abuela que era tan pobre como limpia y señora. La única manera que veo de hacerlo es contar hasta cinco. Como el chaval que quiere saltar al mar desde un acantilado muy alto y en el último suspiro la duda lo domina. Esta es mi historia. No es gran cosa, es la que es, como tantas y tantas encerradas tras las ventanas de una ciudad a medianoche. No veo otra forma, así que allí voy: uno, dos, tres, cuatro, cinco…