País Relato - Autores

lluís viñas marcus

lo que sé de vero

I
La puerta seguía cerrada. Había llamado al timbre, había bajado como un poseído las escaleras hasta llegar a la calle para ver si la veía asomada. El interfono había respondido con interminables silencios. Nada. O no estaba o no le quería abrir. Se desesperó completamente. Empezó a sudar. Volvió a entrar en la finca y, mientras subía con lentitud los escalones que lo conducían al segundo piso, intentó calmarse. Recordó la radiografía que llevaba siempre en el maletín. Precisamente por si olvidaba las llaves de su casa. Ascendía por una escalera de aquellas que huelen a viejo, olvidadas al quehacer del tiempo. Se plantó frente a la puerta del segundo, tomó aire, sacó la plancha dura y flexible y empezó a forcejear con la puerta, metiendo la radiografía por la hendidura, golpeando arriba y abajo con frenesí hasta que escuchó un clic y el cerrojo cedió. Empujó la puerta con la mano, con suavidad, inseguro de lo que podría encontrar.
En el interior del piso se sentía el peso del aire cerrado. En el vestíbulo todo parecía estar en orden. Echó un vistazo a la pequeña cocina de muebles blancos anticuados. Antes de penetrar en el comedor el corazón se le encogió al percibir aquel hedor. La luz del mediodía inundaba la estancia como si de ese modo quisiera atenuar la barbarie. El viejo sofá acuchillado y rasgado con una furia incomprensible, la lámpara de pie derribada, las sillas lanzadas en direcciones opuestas como si un huracán las hubiera vapuleado. Vio las manchas. Las cuatro paredes estaban cubiertas de manchas al azar. Manchas negras, viscosas. La obra de un loco. En el ventanal, cerrado tal y como él lo había dejado, era donde aquellas salpicaduras se multiplicaban. Negras, viscosas, algunas veteadas en rojo sangre. La visión de aquel mosaico de muerte sobre la transparencia del vidrio lo alteró. Corrió hacia la ventana con las manos sobre la cabeza. Al querer abrirla tropezó y pisoteó la cortina. Lanzó un grito. Había un pequeño cuerpo enredado bajo la tela. Allí, tendido sobre las baldosas. Lo alzó con ambas manos y lo acunó sobre su pecho. Qué importaba si con sus lágrimas pudiera llenar un mar entero. Qué importaba.
II
— ¿Vero Castro Uriarte?
—Yo misma —contestó la mujer, sentada en la terraza de un café, sin tan siquiera levantarse.
—Soy el del seguro. Hemos hablado esta mañana por teléfono, usted dirá.
—Está aparcado ahí, desde aquí lo puede ver.
El hombre, que seguía de pie, giró la cabeza. Efectivamente, era un Renault Alpine, seguramente uno de los últimos que circulaban. Se acercó al coche, ajeno al bullicio de la plaza en la que se habían citado. Rodeó el pequeño deportivo con prudencia y profesionalidad, fijándose en la chapa, luces, neumáticos, cualquier daño que pudiera dar pie a un parte de seguros oportunista. Volvió a la terraza del bar. Escondida tras unas gafas de sol ovaladas, aquella mujer lo escrutaba a él mientras él hacía lo mismo con el vehículo.
—Ni un rasguño en treinta años. Es usted cuidadosa.
—Y ahora me pedirá que arranque el motor —se adelantó, arqueando los labios largos y delgados—. Hágalo usted mismo, ¿me podrá hacer ese favor?
Le dio las llaves. La ligera incomodidad que le había producido la que, esperaba, fuera una nueva clienta, se transformaba en otra cosa. Lo sentía, había un juego, un casi imperceptible tanteo que no esperaba.
—Naturalmente, señora —respondió.
Probó el coche, tocó freno, embrague y el cambio de marchas. Suave y deslizante como piel de serpiente. Se fijó en el interior. Impoluto. Si no fuera porque sabía que el Alpine había dejado de fabricarse décadas atrás hubiera jurado que se trataba de un nuevo modelo.
— ¿Todo correcto? —inquirió ella. En su voz había un leve tono de sorna.
—Correctísimo, ¿tiene aquí la documentación?
Ella lo miraba fijamente tras los cristales negros de las gafas. Negros como su vestido veraniego de ribetes blancos y escote redondo que dejaba a la vista una piel muy blanca, “sin mácula, como la carrocería”, pensó él.
—Con la documentación podré hacerle una oferta —prosiguió el vendedor ante el silencio inquebrantable de su clienta—. Una oferta mejor.
—Una oferta mejor… —murmuró ella.
El hombre se sintió en una repentina contradicción. Ridículo, de pie, ante aquella clienta con un café frío sobre la mesa y, al mismo tiempo, tentado.
—Tengo la documentación en casa —dijo ella, finalmente —. Vivo aquí mismo.
No se movió, todavía indeciso. Ella se levantó. Delgada, más alta que él, de brazos flacos y largos.
— ¿Qué vas a hacer?, ¿subes o no?
III
En el pequeño ascensor ella seguía mirándolo con fijeza. Se sacó las gafas de sol, mostrando unos ojos negros y grandes. Sonrió, antes de alargar una mano que le acarició el rostro, el pelo, el pecho. El hombre era presa de una excitación que no esperaba, aunque, metido en el ascensor se sentía como un pájaro atrapado en una jaula. Respondió agarrando y besando la desconocida como si fuera a acabarse el mundo en aquel instante. Habían llegado al segundo. Seguían fundidos, ajenos, en un torbellino de lenguas. Entraron en el piso de cualquiera manera, tropezando con todo. En las penumbras del recibidor se arrancaron parte de la ropa. El vendedor de seguros no dejaba de besarla y lamer su cuello de cisne, pensando que si no lo hacía, el encantamiento que los mantenía unidos iba a romperse. Acababa de olvidar los días fatigosos, el tráfico incesante de la ciudad, los niños llegando del colegio, las rutinas de la oficina, el ir pasando sin entender demasiado bien las razones. Se zambulló en aquella mujer durante un instante que pareció dilatarse sin fin. Sorbía la piel blanca, mordía los labios de sangre sin sentir la gravedad, quería tomarla a cualquier precio.
Habían terminado. La miró. Una sombra inmóvil a su lado, el vestido negro arremangado hasta la cintura. La silueta de aquella dama de pequeños pechos, recortada en la claridad que llegaba del comedor. Sentada contra la pared del recibidor, recuperándose. Parecía no importarle nada de lo que acababa de ocurrir. El hombre volvió a sentirse incómodo. Se aproximó con la intención de besarla, pero fue rechazado. Se levantó. Empezó a vestirse y fue hacia el interior de la casa.
—Si quieres algo del frigorífico, te sirvo yo —escuchó a sus espaldas.
IV
«Voy a Miraflores. Ese es el nombre, Miraflores. ¿Cuántas veces habré hecho ya este trayecto? Ingeniero industrial. Iba a decir que soy ingeniero industrial pero lo que en realidad soy, lo que de verdad soy, es vendedor de seguros. Desde hace siete años, en la misma compañía. Quién me lo iba a decir a mí cuando estudiaba y, como otros muchos compañeros, soñábamos en ocupar nuestro lugar en el mundo. Uno a uno ellos se fueron marchando a otros países. Yo voy a Miraflores. Ella me espera, como cada jueves y martes a la una del mediodía. No pasa nunca nada, excepto que follamos. Llego, follamos, me voy. Unos días resulta algo un poco triste, otros parece un torrente que abre brecha en mi memoria. Lo que sé es que siempre vuelvo. No me permite quedarme mucho tiempo. Casi no habla. Pronuncia unas pocas palabras indispensables y basta. Me pide que llegue puntual, es su única exigencia. Un día aparecí que parecía un pordiosero y no dijo nada. Bueno, eso y la cocina. No me deja prepararle nada.»
La ciudad iba olvidando la modorra que la teñía hacia mediodía, especialmente si hacía sol, para volver a asomarse al vacío del atardecer, cuando los viejos se encerraban en sus vetustas viviendas para refugiarse del frío intenso de mediados de otoño.
«Miraflores. Lo único que en estos momentos no es una mierda en mi vida. Lo único que hace que me levante por las mañanas, lo único que me hace empalmar. Voy a Miraflores, donde sueño que confluyen todas las avenidas. Ya sé. Es un autoengaño, pero, coño, mi vida ahora no es más que eso. ¿Ahora? Siempre lo ha sido. Voy a ver a esa mujer que no quiere hablar de nada, no sé nada de lo que hacía antes ni de lo que ha hecho hoy. Esa mujer de pechos blancos y culo redondeado que sin ser guapa me obsesiona. Me seduce ese cuerpo largo, de brazos como ramas de abedul y mirada lejana. Cuando me mira es el mar el que asoma, es el horizonte. Es el cielo, son las rocas varadas durante milenios en un peñasco olvidado. Es eso. Vivo hipnotizado.»
La escalera era menos deprimente si la claridad de la calle la acariciaba. Invitaba a entrar, a subir, a vivir. Subió al segundo obviando el ascensor. Sabía que ella lo esperaba. Él siempre era lo que ella le había pedido: absolutamente puntual. «¿Absolutamente fiel?», se preguntó a sí mismo antes de soltar una risa helada que resonó en la finca.
La puerta estaba entreabierta. Asomó la cabeza al silencio de la vivienda y cerró. El comedor estaba en penumbras. Las cortinas opacas impedían que entrara la luz del sol. Detrás, el ventanal estaba abierto de par en par. Nunca lo había visto cerrado, ni tan siquiera si hacía fresco. En el centro de la estancia, apoyada sobre el respaldo de una silla que era su protección y su única vestimenta, ella lo esperaba.
—No me has hecho esperar, buen chico. Así tendrás derecho al espectáculo.
Alargando el brazo encendió un pequeño aparato de música. Luego, recogió un paraguas negro del suelo y lo abrió. Con el corazón acelerado, sorprendido por aquel recibimiento, vio como Vero empezaba a bailar, usando el paraguas como pivote, dejándole ver sin ver, contorneándose, acercándose hacia él, que seguía de pie, para luego retroceder lejos de las manos del hombre. Estupefacto, contemplaba aquel juego inesperado que le recordaba a un indefinido rito de apareamiento. No se atrevió a interrumpirla, y menos aún a tocarla. Arqueaba el cuerpo blancuzco hacia atrás, como si el mango de madera vieja del paraguas fuera un falo. Restregaba el abdomen contra las alas oscuras de la lona del paraguas. La música sonaba, llenando el piso. Un vals lejano que no relacionaba con nada. Se encerraba, de rodillas, bajo la cúpula negra, como si quisiera esconderse para volver a levantarse, a punto para estallar y regalarle la visión del pubis rasurado que escondía en el siguiente movimiento. Con el paraguas a modo de escudo se acercó hasta él y lo lamió y hasta permitió que él bebiera en la fuente. Luego lo empujó hasta obligarlo a sentarse sobre la mesa. El vals seguía, con pasos largos, como si no fuera a acabarse nunca. Por fin cerró el paraguas.
Durante unos segundos la mujer se mostró entera. La visión fugaz de una estatua. Piedra blanca sobre un pedestal de una diosa pagana. Blanca, lejana, rodeada de una áurea que a él no le pertenecía. Antes de que tuviera tiempo de parpadear la amante volvió a abrir el paraguas y a cerrarlo a tal velocidad que el hombre apenas atisbó en ráfagas unas formas que cobraban sentido una vez que, por fracciones, eran ordenadas en la mente. La vertiginosa percepción de estampas lo dejó perturbado. Vero parecía reír ante su desconcierto, parecía estar más cerca cada vez que sonaba el chasquido metálico del paraguas. La larga melena oscura se elevaba en el aire y volvía a apelmazarse. El vendedor de seguros distinguía volúmenes y sombras, figuras abstractas que se desvanecían en el techo del comedor. Sintió el pene erguido, erecto como una lombriz ciega que emerge de la tierra húmeda. Un vaivén que lo excitaba, y aquello le extrañó, porque no sabía si ella estaba lejos o cerca. Creyó estar flotando, sintió que no se encontraba exactamente reclinado sobre la mesa, cuando unas alas negras lo acunaron. La figura blanca de la mujer nació ante sus ojos entre plumas que batían el aire. Era ella y no lo era. Un calor inundó todo su cuerpo, la acariciaba sonriente, feliz de poder tocarla. Intentó follarla. Era como penetrar algo líquido, sin forma. Aun así sentía un placer lacerante, extático. Era levemente consciente de no saber dónde estaba, ni cuándo empezó todo ni por qué razón.
Despertó en el suelo del comedor, hecho un ovillo. Ella había cubierto su espalda desnuda con una manta. Se sintió maravillosamente vacío, como si toda su vida anterior no tuviera ningún peso ni importancia alguna. Ingrávido como una mariposa. En ese intervalo tuvo la ilusión de que las pequeñas penas de los años de su vida se habían volatizado. La vio arrebujada en un rincón del comedor, leyendo junto al ventanal abierto. Debía de ser tarde. La luz declinaba y apenas se veía nada en la estancia. La mujer, bajo una manta que le daba calor, aprovechaba la última claridad.
— ¿Tienes hambre? —le preguntó
Él asintió. El hambre era atroz.
—Ya te busco yo algo. La cocina es mía, recuérdalo —aseveró, con una sonrisa que apenas se mantuvo un instante.
Al desaparecer Vero del comedor comprendió toda la belleza del momento, la imagen de sencilla serenidad de aquella dama leyendo en el suelo, bajo la brumosa luz del atardecer que se retiraba con sigilo de la vivienda. La recordaría, la recordaría bien, ¡claro que la recordaría!
V
Nada es una barbaridad. Se había acostado tarde y se levantaba tarde. Eso eran los fines de semana. Se amodorraba frente al televisor por la noche. Lo sabía, lo sabía. Frente al televisor para no pensar. Los niños acostados tras un sábado agotador de juegos y atención, una tarde de cine infantil y merendolas dulzonas en una de esas tiendas de luces blancas y mostradores repletos de pasteles de colores chillones.
Llegar a casa aturdido por una sinfonía de músicas, sabores, destellos, frases repetidas todos y cada uno de los sábados y domingos. El lunes para volver a trabajar. Exactamente donde lo dejó. El mismo punto de partida. Las cosillas de cada lunes, las preguntas idénticas formuladas con insignificantes variaciones, el interés fingido por la vida de los otros, las observaciones encartuchadas del jefe de sección y alguna broma para crear ambiente aderezada con cotilleos deportivos. El ambiente que ahora exigían los manuales llegados de una central de la que nadie estaba seguro de si realmente estaba habitada por humanos.
— ¿No vas a salir en bici hoy?
La voz de su esposa lo sobresaltó con el café en la mano. Era domingo, el día en que montaba sobre dos ruedas y desaparecía durante unas horas. Negó con la cabeza.
—Tú no estás bien, no estás bien… Hace semanas que estás raro. Te comportas como si no existiera. Ni yo, ni tus hijos, ni nada.
—No es eso, es que me siento sin fuerzas —repuso el marido—. Se me pasará.
—Pues que se te pase rápido. ¿Por qué no coges a los niños y te vas a dar una vuelta? Yo preparé la comida. A la tarde podemos ir a casa de los Gutiérrez. A Paco hace días que no lo ves. Ayer, mientras dormías, llamó. Por si te apuntabas a ir a ver el fútbol. Por la noche podemos acostar a los niños pronto, ¿no? —dijo ella, arqueando ostensiblemente las cejas.
Él respondió con una expresión que no denotaba emoción alguna. Aquella cara de me da igual todo que ella tanto y tanto odiaba.
—Oh, cariño, ¡vete a la mierda!
—Espera, espera —Se levantó para asirla por la muñeca—. Despertaré a los pequeños, amor mío. Los llevaré al parque un rato. Dame un poco de tiempo, por favor, ya verás…
Los niños se cansaron de corretear por el parque, de lanzar y perseguir pelotas, de construir pastelones de arena y de mover de aquí para allá cubos y palas de colores. Los niños se cansan de todo. El chico lloriqueó un poco y lo miró, esperando la justicia del padre cuando otro le tomó prestado su coche en miniatura, una ambulancia oxidada de la que él era incapaz de recordar quién se la regaló a su hijo. Llenos de arenilla, sucios y helados desde que el sol había desaparecido tras un manto de nubes metálicas. Los arrastró, cada uno cogido a una de sus manos, fuera del parque. El niño seguía berreando y la niña, un año mayor, hablaba de no se sabía el qué como si hubiera un interlocutor invisible. Les había prometido una piruleta gigante para que estuvieran un rato callados. Caminaron unas travesías. El frío barría las calles poco transitadas y aquello los devolvió al silencio. Ambos pequeños caminaban como autómatas enanos sin variar su cara de punto muerto, embobados. Entraron en un rutilante centro comercial. Aunque no era hora punta, por los pasillos que se solapaban en distintos niveles transitaba mucha gente con ritmo lento, arrastrando pesos invisibles, sin ir, en apariencia, a ningún lugar en concreto. Que en un día de fiesta se juntara tal marabunta para no hacer nada le producía dudas, malestar; tenía el presentimiento de que algo muy serio iba a suceder, una explosión, un terremoto o algo así, porque aquello era inconcebible. Y él estaba allí junto a todos los otros, dando vueltas, mirando escaparates que rápidamente olvidaría, buscando un poco de calor, eso sí, un calor que también podría encontrar en cualquier otro sitio cerrado. Tomaron la escalera mecánica que conducía a los pisos superiores. A medida que ascendían se alejaban del simulacro de plaza en la planta baja, que ordenaba aquel galimatías de pasillos y donde se concentraban mesas y sillas de restaurantes. Quiso contar cabezas que eran dinero a ganar, como en la noria de El Tercer Hombre. Le faltaba frialdad, hasta desprecio por el ser humano para ser un emprendedor. Ver en cada persona un seguro multiriesgos por vender. No, no fue capaz. Por eso era un vendedor mediocre. Por eso jamás serían un gran hombre. Subían, alejándose de la congregación de cabezas estáticas en un campo de mesas redondas y blancas. Entonces la vio, allí abajo, sola, sentada en una mesa. El largo abrigo negro con cuello de plumas azuladas, las manos largas y blancas cruzadas sobre la rodilla. Se alteró completamente. Hasta miró a los niños, temiendo que alguno de los dos hubiera entendido algo. Con miedo a ser descubierto por aquella a la que espiaba, la observó con disimulo. Sola y sin que pareciera estar esperando a alguien. «¿Por qué no, Vero, por qué no quedas con nadie?». Se sorprendió ante tales pensamientos. Él no entendía la razón por la que una mujer como aquella podía vivir en un lugar tan sencillo, tan desprovisto de comodidades y en cambio poseer un deportivo inmaculado y vestir como una señora de la alta sociedad. No entendía su soledad. No entendía su aparente falta de ambición para, como todo el mundo, pretender subir uno a uno los escalones de la sociedad que nos sitúan por encima de los otros. No la entendía y procuraba, la mayor parte del tiempo, intentar no entenderla. Un atisbo de rabia, una indignación pueril y absurda, era lo que sentía. La escalera mecánica no cesaba. La amante iba convirtiéndose en una figura empequeñecida, borrada y confundida en la multitud. Todavía pudo ver, en la mesa, una intacta tacita de café.
VI
— ¡Cariño, despierta!
Su mujer le tocaba la frente. Sintió que se ahogaba. Un sueño angustioso, no era más que eso.
— ¿Qué soñabas? Has pegado un grito horroroso, como si te fueras a morir. Me has asustado.
La vislumbró en la habitación helada por la madrugada de invierno. Fuera, tras los cristales, el amanecer palpaba la noche, deshaciéndola con leves resplandores. No pudo contestar. La pesadilla se desvanecía y su lugar era ocupado por el mundo de las ideas.
—Soñaba que caía. Caía y caía sin poder hacer nada —balbuceó.
El calor del cuerpo de ella bajo las mantas. Un torso que rozó el suyo, un beso largo.
—Ya ha pasado, cariño, no te preocupes. Duerme un poco, si quieres. Iré a preparar el café. Has despertado a los pequeños.
El sueño revivió cuando se quedó solo en la cama. Parpadeantes reminiscencias disolviéndose. Recordó una catedral de techos altísimos, inalcanzables, sostenidos por pilares finos y retorcidos. Una catedral sin fin, cuya nave se extendía a lo lejos y cuyo altar imaginaba, porque no era capaz de verlo. No había paredes ni capillas. Por los laterales abiertos entraban bandadas de cuervos graznando, cruzando en todas direcciones el edificio. No había nadie. Los pájaros y él. Deseó alcanzarlos, destriparlos, comerlos, ser uno de ellos. La bóveda se repetía como las olas en el mar. Vacíos y curvas de piedra, un peso que gravitaba sobre la cabeza, allí, muy arriba. No había nada en la planta de la iglesia, ni tan siquiera un banco donde reposar. Deambulaba por la catedral, hacia delante, observando las llanuras más allá del templo. Un paisaje idéntico que se extendía hacia múltiples horizontes creados por un juego de espejos. Allí fuera crecía una hierba dura y algunos árboles aislados que el invierno había desnudado. Un cielo de nubes bajas. La luz triste, la luz de los muertos en la mañana. Empezó a ascender por una estrecha escalera de caracol de uno de los muchos campanarios. Más alto, paso a paso. Veía el paisaje a través de los ventanales sin vidrieras por los que el viento corría libre. Una llanura que se replicaba con absoluta monotonía. Una vez en la azotea, y tras comprobar que no había fin, decidió que era el momento de empezar a volar. Volar era la única posibilidad. Ser un cuervo que viaja sobre la tierra, que cruza chillando el firmamento, un cuervo que rasga el frío y escapa de él. Se lanzó a la nada. Cuando estaba cayendo, antes de morir, lo entendió: jamás sería un pájaro. Gritó de puro terror. Él era un hombre, un hombre, un simple hombre.
Ella lo había llamado al móvil por vez primera. Eso lo desconcertó. Vero le había dejado claro que nada de mensajes ni llamadas. Ellos quedaban tras el adiós y el próximo encuentro debía respetarse. De hecho, él únicamente hubiera podido contactar con ella llamando al teléfono fijo de su casa.
Cuando entró en el local donde Vero lo había citado sintió que entraba en la noche. Pensó que podía gastar una vida entera en su propia ciudad sin jamás acabar de conocerla. Allí nunca había estado antes. Era un antro pequeño, iluminado con muy poca luz. Un cobijo, un nido para refugiarse. Entre las mesas vacías ella lo esperaba frente a una copa vacía. «¿Debo besarla o quiere un saludo convencional?». Antes de que pudiera resolver el dilema su amante se levantó, tendiéndole la mano. Se sentaron. Algo no iba bien. Algo había sucedido sin que de ello tuviera noticia. No se atrevía a hablar. Cualquier cosa que dijera sonaría ridícula.
—Te he llamado para que hablemos. Para que hablemos de lo nuestro.
Era el temido preámbulo del fin. Ella se había decidido. Punto. Se había acabado.
—Pero, ¿por qué? Tú no sabes…, lo que siento por ti, lo que haría por ti. —La expresión distante de Vero no se alteró lo más mínimo—. En estos momentos lo único que me mantiene en pie eres tú. Por volver a tu lado me levanto todas y cada una de las mañanas de esta asquerosa vida. Lo eres todo. En lo único que pienso es en volver a estar contigo, te lo juro. No sé qué voy a hacer, no lo sé.
—No es como antes, te ha pasado algo o has entendido mal algo.
—¿Por qué a mí?, ¿por qué me escogiste a mí?
—Por la chispa que tenías. Por algo que me atrajo, no sé explicarlo bien. Lo decidí al verte.
—Y que ya no tengo, ¿es eso? Estoy desesperado y he perdido el trabajo. No solo el trabajo, es que no tengo nada. Siento que he fracasado en todo, en todo lo que quería hacer.
—Sentirse fracasado es como sentirse dichoso. Es como tú lo percibas. Encontrarás otro trabajo. Lo que te va a costar es dejar de pensar en el fracaso.
Volvieron al piso de Miraflores. Él había suplicado un último encuentro y el corazón de piedra de su amante había dejado que la grieta de la piedad se ensanchara. Todo fue distinto. No se besaron en el ascensor, no se besaron al entrar en el piso helado.
—¿Por qué dejas abierto ese ventanal con el frío que hace? —preguntó él.
Ella negó con la cabeza. Una a una Vero encendió las estufas de la casa. Esperaron un poco a que el ambiente se caldeara. Luego, desapareció en la habitación para volver a aparecer vestida únicamente con su largo abrigo negro. Eso arrancó una sonrisa en el vendedor de seguros.
—Fin de fiesta —dijo ella—. Vayamos cerca de la estufa.
Se acercó a ella para zambullirse en aquel cuerpo que ya empezaba a añorar. Un largo cuerpo de mujer más blanco que la luna, frío como un témpano cuando la empezó a tocar. No quería dejarla ir, de ningún modo. Su amante era lo último que lo mantenía a flote, lo único que le hacía desear.
—Vayámonos los dos. Cogemos tu coche, el Alpine, y nos vamos lejos, nos perdemos para siempre.
— ¿Y tu familia? No te lo perdonarías. Te acabarías arrepintiendo.
Se sorprendió de que no lo sorprendiera. Algunas veces, como aquella, parecía que su amante lo supiera todo. No, no irían a ninguna parte. Era el último baile, mientras caía la noche. Hicieron el amor. Ambos habían entrado en un estado parecido al sueño; sonámbulos, lentos. Mientras se derrumbaban el uno sobre el otro el tiempo se disipaba entre caricias, susurros y leves mordiscos. Él iba viendo pasar fragmentos de su existencia. Aquello que lo había marcado de verdad, las pequeñas insignificancias que lo conformaban y que su mente se negaba a liberar. La pesadilla de la catedral emergió del fondo de su mente. El templo infinito abierto a la intemperie por cuyos laterales penetraba el aire gélido de invierno, la naturaleza cerrada en ella misma. No estaba en el suelo. Lo veía todo desde arriba, desde algún punto de la techumbre inverosímil sostenida por pilares ilusorios. Volaba, internándose en el páramo ondulante, por encima de los árboles sin hoja bajo el peso de una nebulosidad uniforme que se extendía en lontananza. Era un cuervo, un negro cuervo de vuelo lento. La certitud de ser pájaro lo exaltó. Leve, alado, ascendió hacia la nada de las nubes adentrándose en un universo de velos de vapor. Siguió subiendo hasta que sintió miedo. Se vio atrapado en una masa oscura, la panza de los cúmulos. Temió no poder salir. La escarcha que se había posado sobre las alas le impedía sostener el vuelo, el peso de su cuerpo aumentó y con ello el pánico. Caía, caía a plomo. Pronto dejó las nubes mientras seguía cayendo sin remedio, la masa amorfa del suelo ocre y verde cobraba forma, el cielo quedaba muy arriba, todo desaparecía en la caída…
Mareado y aturdido, palpó el suelo frío. No estaba en su casa ni su esposa estaba a su lado. Se situó, recordó el sueño y la caída. Un estremecimiento agudizado por el frío y la oscuridad que lo rodeaba recorrió su espalda. Se vistió temblando. No vio a Vero por ningún sitio. La llamó sin obtener respuesta. Miró el reloj. Las tres de la madrugada. Enrabietado, cerró el ventanal que Vero siempre dejaba abierto. La buscó por el piso sin éxito. Se había marchado, probablemente para ahorrarse el adiós. ¿Acaso él no le había dado unos gramos de felicidad? ¿No había puesto toda su vida en riesgo, incluyendo a su familia para estar con ella? Ni un adiós. Ni un triste y largo adiós. Apagó la luz y recogió el abrigo para marcharse. Antes de cerrar la puerta le pareció que dos pequeños ojos negros lo observaban desde encima del armario del comedor.