Llovía sin cesar. Una masa brumosa sin límite, el cielo y la tierra en un mismo plano grisáceo. Un antiguo cerro sobresalía en el océano y sobre el cerro la roca. El último hombre y la última mujer, chorreantes y silenciosos, posados sobre ella. Conscientes, tomaron guijarros puntiagudos y empezaron a labrar la piedra con signos. La tempestad, el mar inmenso, ellos dos. Pálida también, una luz inexplicable en la lejanía.