No hay manera de que esta mujer me deje bien la cama. Con el dinero que me cuesta. Para gastar ese dinero casi prefiero que no venga y limpiar yo mismo la casa. Claro que Juan e Inés llegaron el viernes, al salir del cole, y el sábado la casa quedó patas arriba.
En fin, el domingo es día de descanso y me voy a echar una siesta que ni Dios, por muy mal hecha que esté la cama. Estoy cansado. Todo me cansa últimamente. Y la uña me duele. El puto pie derecho. Aunque no recuerdo haberme dado un golpe. Igual se me ha jodido el dedo gordo al trastear por el garaje esta mañana. Me tumbo. Toda la semanita currando, métele horas, chaval, métele horas. Es lo que me decía mi padre cuando empecé con él en el taller de puertas. Me río. Si el hombre estuviera aquí me daría con la zapatilla. Eres un idiota, hijo mío.
Este cojín no huele bien. ¿De verdad es tan difícil meter una lavadora? Mientras él vivió el taller fue creciendo poquito a poco, siempre con caja propia, nunca pidiendo créditos. Teníamos a cinco fieles empleados, gente del pueblo. Hasta que lo enterramos. Enterrar a un padre es meter bajo tierra la infancia. Y llegó el boom. Nos encargaban más y más puertas así que pedí un préstamo. El taller pasó en pocos años a ser una fábrica, y luego otro préstamo. Éramos treinta y siete trabajadores en una nave a las afueras de la capital, para optimizar la logística. Claro, un gran empresario como yo debía vivir y mostrarse a los demás de una manera. Mierda y mierda. El calcetín dio la vuelta y de un día para otro empezaron a sobrar puertas. Soñaba con un campo de trigo segado bajo un cielo lleno de puertas que no conducían a ningún lado. Puertas, créditos, sobraban trabajadores, mi mujer se divorció de mi dejándome el hipotecón, no tanto por las deudas, mas por mi pésimo estado de ánimo. Concurso de acreedores. Lo único que sabía hacer eran puertas, de modo que ahora no hago nada. Me paso el día en casa, como si estuviera en un velero sin viento en medio del océano. Los ojos empiezan a cerrarse, la mente se acalla. No sé si hay remedio para las cosas. Abro los ojos un segundo, como si el cuerpo se arrepintiera de dormirse.
Despierto con el cuerpo caliente. Tardo en situarme sobre el hemisferio en el que vivo. He dormido demasiado. Otra vez. Luego me acuesto tarde, media mañana la paso en la cama. El dedo gordo del pie derecho que no deja de joderme. Echo las sábanas a un lado para observar el dedo. Tiene un color morado que no me gusta nada. Diría que hasta cambia de color mientras lo miro, se oscurece. Es como si las pesadillas hubieran escapado de las profundas mazmorras de mi mente asomándose al mundo consciente. Cierro los ojos y me cubro con la sábana, esperando a que todo vuelva a estar en su sitio cuando salga del escondrijo. En lugar de eso, siento una punzada bajo la uña e instintivamente me revuelvo para vigilar el origen del dolor. La uña está totalmente negra. Es una placa negra. Dios. ¿Tengo una infección ahí? Coño, si hasta parece palpitar. Debería tranquilizarme. Hacerme una tila, mirar que hacen los chavales. Agarrarme a una rutina como salvación. ¡Ah! No, esta uña no es un pequeño corazón oscuro, es mi cabeza, mi puta cabeza que desde que cerré la fábrica hierve mal. Sudo. Vuelvo a fijarme en la uña. Con el alma en vilo veo que la dura oscuridad de la uña se ablanda hasta hacerse líquida. Un pozo, una noche, la máscara de algo que no tiene nombre.
No puedo dejar de mirar. El líquido se arremolina, gira, gira. Sobre la superficie de lo que fue la uña aparece una pequeña galaxia. Una diminuta y preciosa galaxia giratoria. Un tiovivo de estrellas. Intento a gritar. Mi boca sigue sellada. Hipnotizado contemplo la galaxia que poco a poco pierde fuerza de rotación. Se estabiliza por unos instantes. Es cuando las estrellas se apagan y la uña vuelve al estado de negro líquido. Luego el negro se concentra en una franja horizontal sobre fondo blanco. No puedo pensar en nada más que en lo que veo. La línea horizontal se mueve, tiembla. De ella surgen brotes cortos como pestañas. La franja se estremece y sobre esa superficie un ojo se abre.
He llegado a ti, que me albergas. Soy un ser proveniente de otro lugar, en una forma difícil de comprender en la Tierra. Soy tu amigo, somos amigos, eso es lo primero que quiero decirte. Somos amigos y aliados. Si me manifiesto de esta forma es para explicarte, para tener tu conformidad. Como la espora que soy, la razón por la que vivo es la multiplicación. Crecer y expandirnos en este enfermo globo, precisamente para sanarlo. No te puedes ni imaginar el trabajo que nos espera y el poder que ostentaremos a fin de poner orden en esta casa. Eso es lo que quería decirte, amigo.
No sé qué pasa ni qué eres. ¿Eres una mierda de pesadilla? ¿Una pesadilla incrustada en mi uña? Voy a abrir los ojos. Todo esto se evaporará, seguro, como un error que es mejor olvidar.
No soy una pesadilla. Soy tu aliado. Estás despierto, estás bien. Llevo una semana en ti exactamente. He visto todo lo que eres y a través de ti me he hecho una idea de este mundo. Tienes los ojos abiertos, más abiertos de lo que los has tenido ayer o antes de ayer. Soy tu amigo. Necesito crecer, multiplicarme. Hacer entender a otros. Si me dejas, pronto seremos millares y tú el centro.
¿El centro de qué? Que no quiero ser el centro de nada. Quiero que desaparezcas, que salgas de mi cuerpo, si esto que creo vivir no lo estoy en verdad soñando. No quiero nada, quiero levantarme de la cama y pegarme una ducha. ¿Qué haces ahora? ¿Estas venas que se hinchan y ennegrecen el pie eres tú? Te digo que pares, ¡que desaparezcas!
No lo estás asumiendo bien. Es natural. El cambio es profundo, con múltiples significados. Sí, quiero que sepas que el poder del que vas a disponer sobre hombres, continentes, bosques y animales no lo ha reunido ningún ser en este planeta antes. Serás el primero. Tu rostro será recordado y amado durante la presente interglaciación y más allá, cuando el hielo se apodere de la tierra firme de nuevo.
—Papá, papá. Tenemos hambre —dice su hijo al otro lado de la puerta—. No nos has hecho la merienda. Tenemos hambre.
—Haceos cualquier cosa. Tenéis 13 y 15 años. No me molestéis.
—¿Estás en la cama? —pregunta su hijo.
—Sí. No me encuentro demasiado bien.
—Oye, si quieres llamo a mamá —sugiere su hija.
—¡Que no me molestéis, coño!
A estos niños les aguarda un futuro sin par. Te lo he dicho. Podrás escoger las madres que quieras entre todas las mujeres. Serán tan afortunados que les dolerá. Es demasiado complicado que te explique qué forma de inteligencia me define, cómo viajo entre galaxias, qué soy y por qué te he escogido a ti. Mírate. Tu vida es una autopista y cada uno de los peajes por los que has pasado y donde te pararás una vez y otra es una larga renuncia. ¿Eres consciente de lo que te ofrezco? Dime, amigo, ¿crees que tienes algo que perder?
Sí, mi vida es un asco. Eso lo sé mejor que tú. He perdido. Mis apuestas viajan en barco por una cloaca y están a punto de llegar a un mar de mierda. ¡Por eso te estoy imaginando! Te imagino para engañarme. Quiero pensar que está pasando algo, ¡algo!
No me imaginas. Soy tan real como las patas de madera de esta cama, tan real como el suelo de esta habitación o como un abejorro en una mañana de verano. Se requiere un golpe de timón en este mundo. Llevamos tiempo meditándolo. Y no vivo en tu cabeza sino en el dedo gordo de tu pie derecho. Lo que está en juego es muy superior a tu historia o a la mía. Lo único que necesito es crecer.
Me duele. Siento como si el pie fuera una piedra ardiendo. No quiero que crezcas, no lo quiero. El tobillo está adquiriendo un tono morado que no me gusta nada. ¡Para! ¡Por favor, para!
Todo te será ofrecido, todo estará a tu servicio. Tan solo tendrás que levantar un dedo y señalar lo que quieres.
Me duele, la pierna quema. Déjame. Toma a otro, a mí déjame.
Es un dolor pasajero, como el dolor de un parto. Cuando llegue al tronco el dolor cesará, como un mal momento que pasados unos días se olvida. Siento tu resistencia. Empiezo a crecer, lo único que consigues es que vaya más despacio, que cada paso duela más. Será para ti la felicidad, el camino correcto. Cálmate, te ruego hagas este pequeño esfuerzo. Imagínate la vida que abro de par en par para ti. ¡Flota, flota conmigo!
—¿Papá? ¿Estás ahí? ¿Te traemos algo? —pregunta su hija.
—¡Dejadme! Por favor, dejadme —solloza el hombre.
¡Estás en la pierna! ¡Maldito seas! ¿Es que no has oído nada de lo que te he dicho? Dios, un poco de ayuda. El pie, el tobillo, la pierna hasta el muslo son un moratón asqueroso. ¿Cómo aguantan esta presión las venas sin estallar? Me duele, sal, ¡sal!
No. Es un pequeño sacrificio. Te he dicho lo que debes saber. Resiste un poco más. Las ventajas que obtendrás no tienen límite. Mañana serás otro. Aguanta. Resiste. Es lo único que debes hacer.
No te voy a dejar. No. Verás ahora lo que hago. Te vas a enterar, a ti se te acaba el juego.
No hagas eso, ¡no lo hagas, humano! El perjudicado serás tú, yo puedo saltar a otro cuerpo, puedo viajar. Deja eso en el armario, ¡no!
—Señor Maldonado, señor… ¡Abel!, ¿me oyes? Soy Luis, la pareja de Maite, tu ex mujer. Estoy al otro lado de la puerta dando golpes para que me abras. ¿Me oyes Abel?
—No responde —Se oye decir a Maite—. Estoy muy asustada, este hombre es capaz de todo. —Abel, ¿quieres hacerme caso? Abre la puerta, por favor.
—Papá, soy Inés. He llamado a mamá. Abre la puerta. Estoy preocupada. Has gritado mucho, papá. Abre la puerta, por favor.
—Le puede haber dado un ataque al corazón. Los niños han dicho que ha chillado como un loco —añade Maite.
—Tiro la puerta abajo —dice Luis—. Ni que sea de las que él fabricaba.
Tras tres cargas de Luis, la puerta queda resquebrajada y pueden abrirla. Lo encuentran en el suelo. Abel está medio apoyado en una pared, sobre el suelo. Con la pierna izquierda doblada hacia atrás y la derecha hacia delante. Abel se incorpora ligeramente sobre un gran charco de sangre. Le cuesta moverse, hasta abrir del todo los ojos parece que sea un gran esfuerzo. Apenas le quedan fuerzas. Los mira y sonríe. Con la mano derecha todavía agarra una sierra goteante. Se ha amputado la pierna derecha a la altura de la rodilla. Levanta los ojos.
—Estoy bien —les dice—. Ahora estoy bien.