El motor del viejo Swordfish ronroneaba como un gran jaguar y esta era la única canción que lo acompañaba allí arriba. La única voz conocida en el enorme vacío que atravesaba como si fuera una aguja. A menos de media milla bajo sus pies, la enormidad del mar, despierto y salvaje. Rodeándolo, el cielo oscuro de Irlanda iba adquiriendo la claridad del día, cerca de las nueve de la mañana de finales de mayo del año 1941. Ese martes el sol no había querido aparecer, escondido entre las gigantescas cortinas de niebla sostenidas por una techumbre de nubes de acero y granito.
Volaba solo, montado en su caza, desde antes del amanecer. Casi no había dormido debido a la misión de la noche anterior. Recordó cómo, antes de saltar a la carlinga del biplano, el capitán Coode le había obligado a tragarse tres pastillas de cafeína. Tú serás los ojos de la Flota. Mantente despierto un poco más. Toda Inglaterra nos observa, le había dicho. Él era el piloto más joven y el que más horas de vuelo acumulaba. Todos sabían que la pieza de caza rondaba por el lugar. La noche anterior, entre los bancos de bruma, se había localizado un resplandor de origen desconocido que pronto se diluyó, tragado por la vastedad de la negrura. El almirante, desde el portaviones, había ordenado no bajar la guardia. La pieza de caza andaba cerca. En un día claro las columnas de humo del acorazado Bismarck se habrían destacado en el horizonte. Pero no, la llovizna y el viento azotaban el aparato sin descanso. El joven piloto se mantenía despierto apretando los dientes, forzándose a no dejar de vigilar las olas que se sucedían, altas como los montículos desnudos del verde condado donde nació. Al noreste atisbó una brizna grisácea que desapareció y volvió a emerger. Joy no tuvo dudas e hizo virar el aeroplano en aquella dirección. Ganando terreno a la sombra que intentaba escabullirse, lentamente empezó a vislumbrar los contornos del monstruo marino hasta que estuvo seguro de que aquello era un barco. Un gigante de acero. Aquí Joy, avistado un navío desconocido. Si no es el Bismarck entonces es el primer Leviatán que un hombre ve.
Los quince aparatos procedentes del portaviones Ark Royal cobraron forma sobre la lona de duro zinc del cielo como una banda de moscardones nerviosos. Joy, dando círculos en el aire, pronto distinguió los enormes torpedos bajo el vientre blanco de los Swordfish. Ocho biplanos se dirigieron a gran velocidad hacia el acorazado alemán, ganando altura para luego caer sobre el navío. La pesada nubosidad fue rasgada de cuajo, el zafarrancho de combate del navío iluminó el cielo oscuro y la mar silente con miles de trazadoras de los de antiaéreos que despertaron al unísono. Hasta el aire parecía vibrar con las explosiones que retronaban alrededor de los atacantes. Desde la distancia, Joy observó como algunos torpederos se incendiaban en el aire como cometas de papel. Un único torpedo impactó en el barco, un leve rasguño para aquel cachalote de metal. El resto de los atacantes escaparon, renqueantes, dejando estelas de humo negro. El piloto oyó por radio como se ordenaba a los siete aviones restantes la aproximación al Bismarck usando las olas como escondrijo y escudo. El barco de guerra, viéndose en peligro, navegó a toda máquina, cubierto de espuma helada, para evitar a los peces explosivos. Al mismo tiempo las ametralladoras y cañones silbaron con furia, abatiendo a tres aeroplanos que se estrellaron con estrépito sobre las cumbres de las olas. Un solo torpedo impactó en el blindaje del navío. Joy lo pudo ver. El barco se estremeció, virando pesadamente, empezando a trazar un amplio círculo. Habían tocado el timón. Dio aviso por radio y volvió a toda prisa a casa, a aquel portaviones oscilante que lo esperaba flotando sobre un océano embravecido.
Descendió del Swordfish en un estado cercano al colapso. Ni tan siquiera se dio cuenta de que la cubierta del portaviones oscilaba peligrosamente debido al fuerte temporal. Caminó entre mecánicos y oficiales, ausente, con la intención de dormir dos días seguidos. Se topó con el capitán Coode, que lo esperaba. Joy, todos los aviones están tocados o se han convertido en bolas de fuego. Nuestros cruceros están martilleando el Bismarck, pero Joy, no te lo pediría si tuviera otra opción. Debes volver arriba, informar si el coloso se va a pique. Es lo último que te pido, lo último…
Perforaba las sedosas nubes de tormenta posadas sobre la superficie de mármol del mar, flotando como si estuviera en un sueño. Sentía un frío glacial, se sentía solo ahí arriba, acunado por la vibración del motor. A punto estuvo de cerrar los párpados. Se golpeó el rostro, movió el cuello para desentumecerse. De improviso, surgió la visión del comedor de sus padres. El té caliente sobre la mesa a la luz del amanecer. El delantal con flores bordadas de su madre que olía a bizcocho y frambuesas. La mano de su padre sobre el hombro, confiada. La hermanita correteando entre las sillas y bajo los ventanales que miraban al verdor saturado del valle. Levantó la cabeza. En el horizonte vislumbró el resplandor de las deflagraciones. La flota inglesa seguía en plena acción. Cientos de luces que se encendían y se apagaban desde distintos puntos sobre las placas grises y verdes del océano. Era un castigo sin igual. Una jauría de perros furiosos que habían acorralado al gran oso. A medida que se aproximaba al punto donde convergían las granadas, más cuenta se daba de que iba a ser testigo del infierno. Entrevió la figura del acorazado alemán envuelto en llamas. Aun así, algunas baterías seguían respondiendo al fuego con fuego, haciendo trepidar aquella gran mole de acero. Hizo virar el aeroplano para examinar mejor el navío, pues las numerosas columnas de humo negro escondían parte del buque. Informó por radio. Los fogonazos de los cañones del Bismarck se sucedían con menor cadencia, al igual que el moribundo que deja de resistirse al destino. La cubierta del navío era una lengua de fuego sobre la que se desplomaba una continua lluvia de metralla. Joy pensó en los marineros. No parecía que se hubiera iniciado la evacuación, todos debían estar en sus puestos. Poco después el acorazado calló, desplazándose por inercia bajo el incesante fuego. El Swordfish siguió revoloteando por el cielo gris, denso, tormentoso, como un albatros desafiante. Joy escuchó un crujido monumental. Las cadenas del universo se resquebrajaban. El leviatán de acero se había partido y empezaba a hundirse en las olas altas del mar bravo. Desde el aire atisbó aquella plataforma gigantesca devorada lentamente por el océano. El Bismarck se va a pique, ¡viva Inglaterra!, informó, lleno de júbilo.
El hundimiento del acorazado empezó a crear un remolino en las aguas verdes y grises. Una espiral que giraba despacio. El aeroplano se acercó a la popa del navío, que todavía sobresalía en el oleaje. Siguiendo la dirección de la rueda, voló como lo haría un ave carroñera. Joy era el único testigo de aquel drama silencioso. A punto de dormirse otra vez, el piloto levantó la cabeza al escuchar un suave impacto en la panza del avión. Un leve ruido semejante al repiqueteo de la lluvia, aunque los impactos llegaban de abajo. Joy observó a su alrededor: los bancos de niebla sometidos por las grandes masas opacas que flotaban en el cielo, la regularidad de las olas, el torbellino que había succionado el navío germano. Abrió bien los ojos. Unas manchas blancuzcas ascendían hacia el cielo. No eran retales de niebla. Los impactos en el fuselaje se sucedieron, como si muchos puños picaran con suavidad una puerta que no existía. Toc-toc-toc. Joy se inquietó, miró a los lados buscando algo que no sabía qué era. El aeroplano se desestabilizó. Las formas transparentes se multiplicaron en el aire, subiendo, subiendo. Miró el remolino. De allí surgían aquellos extraños borrones translúcidos. El Swordfish se vio rodeado de lamentos acallados, de susurros y súplicas a media voz. Agarró con fuerza los mandos del avión, que descendía como un Stuka hacia la vorágine que escupía más y más formas. El caza no respondía, el remolino lo aspiraba. Una de aquellas manchas quedó enredada entre las alas. El piloto gritó. Vislumbró el rostro deformado de un marinero alemán. Entonces se dio cuenta. Las almas en pena marchaban hacia las nubes. Gemidos desgarrados. Cada bolsa transparente era una, con un rostro, que lloraba durante la ascensión. El movimiento giratorio en el mar lo hipnotizó. Superado por aquella columna de almas, los caídos en combate que el mar se había tragado, sintiendo que se fundía con ella, Joy se desmayó mientras caía hacia el centro del remolino, que aumentaba en velocidad, violento, antes de cerrarse para siempre.
Eberhard despertó el día de Navidad de 1921 algo desorientado. Los sueños habían sido inusitadamente intensos. Durante unos instantes, mientras se dirigía al comedor, estuvo convencido de que era un piloto inglés. El niño sacudió su pequeña cabeza, olvidó los sueños y pensó en el regalo que le esperaba. El comedor estaba inundado de luz clara. Su madre, sentada en el alféizar de una de las grandes ventanas, le sonreía con las manos sobre el regazo. De la cocina llegaba el delicioso aroma de un bizcocho recién horneado. Su hermana mayor apareció corriendo. Lo abrazó y besuqueó. Feliz Navidad, Eberhard, le dijo. Los regalos esperaban al pie del árbol, totémico, decorado con perfecta simetría. El niño esbozó una gran sonrisa. Abrió el primer regalo. Era un precioso velero. Con emoción y prisas, abrió el segundo regalo. Al quitar el papel que lo envolvía, el niño se puso a llorar de pura emoción. Era el gorro de marinero de su padre que dejó en el hogar, antes de desaparecer en combate, hacía cinco años, en la batalla naval de Jutlandia. Su madre se acercó a él: tu padre, Eberhard, me dijo que nada lo honraría tanto como que tú siguieras sus pasos, al servicio de la armada de nuestro país. Feliz Navidad, hijo mío.