País Relato - Autores

lluís viñas marcus

la casa del conservero

—Virginia, no olvides coger mi diario.
—Está empaquetado. Lo importante está guardado, pero…
—Nos dejamos algo, ¿verdad? Lo intentaré. Ven aquí, abrázame.
Virginia me abraza temblando. Está pálida y nerviosa. Nos separamos enseguida y seguimos con los correteos por la casa. La prisa me domina, la angustia llama a la puerta y los golpes son cada vez más fuertes. Parece una broma del diablo. Si decidí hace años que nos instaláramos en esta isla tan alejada del continente fue, entre millones de razones, para ser un dios sobre los flujos del tiempo. Por eso y por el aislamiento. Para llegar a un lugar donde nadie nos pudiera tocar o espiar. Estamos histéricos, como un grupo de civiles antes de abandonar el hogar de una ciudad cercada en la que queda una única vía de escape que está a punto de ser estrangulada. La amenaza apunta hacia todos nosotros. El dios tiempo parece estar ganando la partida. El viento azota los ventanales y los hace temblar desde la planta baja hasta el segundo piso de esta recia mansión que cruje como un navío zarandeado por una galerna.
—Raquel, ¿están los niños listos?
—Sí, señor Xosé. Están en la habitación. Vestidos, con las maletas en la puerta. Están jugando.
—Bien Raquel. Y gracias.
Me dirijo a la planta baja, para echar un último vistazo. Mi esposa me llama. Se acerca por el pasillo. El rostro de Virginia es una talla de piedra.
—Está todo listo. Deja esas cosas. ¡Sal fuera! Busca a la niña.
—He buscado a Elisabeth por todas partes. Bien lo sabes. Anteayer, ayer, a primera hora.
—Búscala. Nos queda poco tiempo, ¿no? Ve a buscarla. Y a tu ayudante también.
Asiento con la cabeza. A los lejos retumba el oleaje. El viento abofetea la casa. Y me siento desesperado. Este es el tercer día desde que los dos desaparecieron. Simplemente no están. Creo que Virginia ha pensado lo mismo que yo pero ninguno de los dos se atreve a decirlo. Se han tirado al mar juntos. Se han suicidado. ¿Por qué harían eso, por qué? O una ola se los ha llevado, aunque hace ya más de siete días desde la última gran tempestad.
—Usaré el dron. Lo haré volar alrededor de la isla y luego sobrevolará las marismas.
Mi esposa hace un gesto con la cabeza y la mano indicándome que lo haga, que haga cualquier cosa que esté a mi alcance para encontrarla o hallar una pista que nos dé alguna explicación. Sigue delante de mí, sin moverse. Algo, una señal, algo que nos permita marchar entendiendo lo sucedido.
Algo que somos incapaces de identificar se ha desplegado a nuestro alrededor durante los últimos meses. Un viento maldito. Algo que no comprendemos. Al principio la presencia o las presencias eran tan sutiles que creíamos que eran reflejos de nuestras mentes alteradas por el aislamiento, las ráfagas de viento constante, el exceso de trabajo. Sombras bajo el mar. Un mar que parece distinto. Al cabo de unas semanas esas manchas vivas se hicieron más presentes. Las podíamos ver a todas horas, aunque sin que su presencia pareciera seguir patrón alguno. Nos preguntamos qué eran. No se correspondían a ningún animal conocido, ni por su morfología ni por sus movimientos. Cada vez que hacía volar el dron para acercarme desaparecían en las profundidades. En las últimas noches vimos reflejos lumínicos bajo las olas. Nos rodean. Están aquí por nosotros. Esa es mi conclusión. Decidí, junto a mi esposa, abandonar la isla cuando percibimos los temblores bajo tierra. Avisamos por radio. O no nos creyeron, o consideraron nuestras peticiones como una falsa alarma. Nadie vino.
Cada ola que rompe contra la costa de la isla nos señala y cada gaviota que cruza el cielo nos observa desde las alturas. Además de los temblores que sentimos a intervalos, como si anunciaran algún tipo de erupción volcánica, la isla ha cambiado rápida e imperceptiblemente en las últimas semanas. El crecimiento de la flora se ha detenido, el agua de las marismas que ocupan la mayor superficie de la isla es más fluida, los pequeños pájaros han desparecido, mudados repentinamente hacia otro hogar.
Virginia me mira. Las pupilas azules suplican. Su rostro sin sangre es una mueca.
—Xosé, no nos podemos ir sin Elisabeth.
— ¿Qué quieres hacer? ¿Crees que no lo he pensado mil veces, amor mío?
—Una madre no abandona a sus hijos.
Lágrimas resbalan sobre la piedra fría y redondeada de sus mejillas.
— Elisabeth no está aquí. La isla no es tan grande. Isaac tampoco está. Tenemos dos hijos más.
—No la voy a abandonar.
— ¿Abandonar qué, amor mío? No he hecho otra cosa que buscarla. Algo está pasando. Algo malo. Siento la asfixia. Creo que nos está a punto de atrapar.
Me mira sin decir una palabra. Inflexible. La determinación en la que asoman los fantasmas de la locura. La miro. Prosigo.
—Hace veinte minutos he llamado a los de la plataforma petrolífera. Es el helicóptero más cercano. He pedido un rescate. El helicóptero se posará a las doce en punto si el viento no empeora. Quedan apenas dos horas. Si quieres, cuando estéis a salvo volveré, ni que tenga que sobornar al piloto y al jefe de la plataforma. Volveré a por ella, Virginia. Te lo prometo.
No contesta. Comienza a aceptar la situación, creo.
—Acabemos de guardar cosas. Todavía he de ir al laboratorio a vaciar la CPU.
Virginia parece olvidarse de mí y abre la puerta del dormitorio de los pequeños. Ambos dejan los juegos un instante y la miran. Un terror sin forma ni contorno estampado en las miradas de mis hijos. Las dos maletas al lado de la puerta, como un futuro pasaporte hacia la seguridad de cualquier otro sitio. Mi mujer entra en la habitación. La puerta se cierra. Pienso en las razones por las que vinimos aquí, a este rincón que Dios no se dignó ni a nombrar. Solo un idiota podría pensar que cambiar de lugar alteraría el tiempo. La puerta se cierra. Algo se rompe. Estoy solo en el pasillo de la planta baja, solo en esta quietud, aislado, sintiendo el peso de una acusación que todavía no se ha formulado. Ni tan siquiera soy capaz de decirme a mí mismo qué me impulsó a venir, a dejarlo todo para arrastrar a mis seres queridos a este borrón de tierra en medio de la inmensidad de los océanos. Quise seguir con las investigaciones muy lejos de todos, fuera del alcance de los envidiosos ojos del mundo.
Las sólidas paredes de la casa del conservero, el hombre que construyó esta mansión ciento treinta años atrás, murmuran en el frío y el vacío de este espacio cerrado que nunca se logra calentar. Del piso de arriba llegan los pasos apresurados de la sirvienta, de Raquel, que continúa con la labor de empaquetar nuestras pertenencias más valiosas a toda prisa. No sé si es este silencio flotante o los pocos muebles del caserón lo que provocan esta pesadumbre constante. Miro al exterior a través de la ventana y siento un escalofrío, un temor que no sé explicar. Debo salir otra vez. Tomo el anorak color butano, abro la puerta principal y siento las mandíbulas del viento marino rasgar mi rostro.
El caserón queda detrás. Un robusto lienzo de piedra gris claro con pequeñas ventanas de carpintería blanca. La casa produce una sensación de, al mismo tiempo, seguridad y desasosiego, como si al volver a entrar en ella nada malo pudiera sucederme excepto la tristeza. Con unos pocos pasos llego a la cabaña de las herramientas y saco el dron, un cuadricóptero sólido y fiable. En un día como hoy, un dron planeador no podría ser desplegado, este sí. Me ajusto el arnés que sustenta los mandos y enciendo los pequeños rotores.
El dron se eleva con el zumbido de mil abejorros, solitario, desequilibrado por las ráfagas de aire bajo un infinito cielo azul. A medida que asciende, la cámara de cuadricóptero me empequeñece hasta no ser más que una mancha anaranjada frente a la mansión del conservero. La isla es un cinturón de roca salpicada por la amplitud del océano. Un anillo de roca que protege la marisma de agua dulce interior, en la que mi mujer se ha entretenido durante largos meses criando raras especies de peces de colores chillones que, al aparecer nadando en estas aguas poco profundas, ayudan a sostener la falacia de que, realmente, hemos vivido en un edén.
La mansión se erige en la costa sur de la isla, donde la porción de tierra firme es más extensa, como si fuera la gruesa hebilla de este cinturón rodeado de azul, aunque dicha extensión no sea más que dos mil metros cuadrados que se estrechan hacia el este hasta no ser más que un pasillo de roca unos pocos palmos por encima del nivel del mar y que permite alcanzar el pequeño llano nivelado con cemento y que constituye el peligroso helipuerto, especialmente si la mar es brava. La única vía rápida de escape de esta tenaza de tierra firme en miles y miles de millas marinas.
El dron zumba nervioso. Maniobrando compenso la fuerza del viento. Vuelvo a rastrear la superficie consciente de las bajas, por no decir nulas posibilidades de encontrar a Elisabeth e Isaac, o sus cuerpos. El mar te lleva y muy pocas veces te devuelve si estás en una isla. Hallar los cadáveres sería un gran consuelo. La certeza de la muerte. Primero la isla, luego me arriesgaré a hacer volar el artefacto sobre el mar, siguiendo la costa, probando fortuna. Dirijo el aparato sobre las marismas, el cúmulo de agua dulce que milagrosamente se mantiene separado de la inmensidad de agua salada. Vistos desde el aire los pantanos son un sello de aguas poco profundas con un gran número de salientes de tierra seca que lo dividen en decenas de minúsculos islotes donde crecen árboles de manera aleatoria. Aquí venían y descansaban todo tipo de pájaros durante los viajes de un lugar desconocido a otro. Las aguas, de circulación lenta, son el espejo del cielo en los días claros y una pátina de mercurio si las nubes cubren, como una tupida alfombra voladora, el firmamento. En las lagunas todo tiende a pudrirse por la alta concentración de minerales: la vegetación baja, los troncos de los árboles derribados por el paso del tiempo, la misma roca devorada lentamente, creando una especie de capa de podredumbre por debajo y por encima de la superficie líquida que otorga un aire inexorable y fantasmagórico a toda la zona húmeda.
Tras pasar cerca de la techumbre blanca del laboratorio, en la orilla de la marisma, hago virar el dron para dirigirlo hacia la costa. Si hubiera una salida, un camino, pensaría que Elisabeth e Isaac se han fugado. ¿Podría ser? ¿Que mi hija se hubiera enamorado de mi ayudante de laboratorio? Pero es que, maldita sea, era el único hombre en esta isla aparte de mí mismo. ¿Por qué no lo pensé? No era tan difícil. O lo único que sucede es que estoy asustado y cansado e imagino historias falsas sin parar. El aparato llega al anillo rocoso costero. Se tambalea sobre el aire. A través de la cámara observo las franjas del oleaje dirigirse una tras otra contra la costa, que las recibe y deshace en espuma. Debido al agotamiento, olvido durante unos instantes mi objetivo y quedo embelesado por la cruel belleza del mar salvaje. La inflexible cadencia azul y verde y gris ribeteada en blanco y plata. Intento concentrarme en el presente, volver al ahora. Estoy buscando a mi hija mayor, ¡la estoy buscando! Trazando un círculo, la cámara del dron transmite imágenes del pequeño jardín protegido del viento por un murete, junto al caserón. Destellos rojos y anaranjados. Verde sin forma. Un pequeño fragmento de paraíso que hemos conseguido preservar en la hostilidad de la roca, el mar y el viento. La casa de maciza piedra al lado, como un tosco guardián de una niña hermosa y delicada. No veo nada. No hay nada. Sigo por la costa dejando la casa atrás. En el otro extremo de la isla aparecen las primeras brumas de la tarde flotando como telarañas que han roto los cabos que las sujetaban. Olas, olas seguidas de otras olas, el mar encrespado. Y entre los jirones de niebla flotante y el vaivén del océano vislumbro una forma gigante bajo el agua que se desliza y desaparece. Otra vez estas criaturas que hielan la sangre. Hago que el cuadricóptero gire sobre sí mismo. Detecto otras de esas largas siluetas de color indefinido y al poco otras más pequeñas alrededor de una inmensa. Parecen ballenas y sé que no lo son. Un horror me sobreviene. Algo que surge de lo más profundo del alma. Un rechazo. Ayer, bajo el manto oscuro de las aguas detecté un tipo de luminosidad que no había visto jamás. No era humano. Eran señales lumínicas, apenas visibles, de cortísima duración, que se comunicaban alrededor de la isla. No le dije nada a Virginia. No la quise asustar. Fue cuando tomé la decisión de salir de aquí y poner a salvo a lo que queda de mi familia. Hago volver el dron. Me estoy helando aquí fuera. No he encontrado nada, tal y como temía. Tan solo la vastedad y la soledad sin fin de estos campos verdes y azules que se ondulan y replican sin cesar.
El dron aterriza, escorado a la derecha. Lo guardo de cualquier manera y vuelvo a entrar en casa. El silencio del interior me sobrecoge. El aullido del aire se amortigua. Sé que algo nos acecha, algo se cierne sobre nosotros y no paro de pensar en la razón de que nosotros seamos el objeto de este cerco, en los motivos. Repaso las investigaciones llevadas a cabo durante estos últimos trece años. Dios mío. Que llegue pronto el helicóptero y podamos volver a tener otra vida lejos de aquí. Es una maldita locura, un sinsentido… ¿Por qué esta isla? ¿Por qué nosotros?
—Señor Xosé, hemos terminado de recoger. Está todo listo
La voz de Raquel me sobresalta. Veo en su rostro que hay algo en mi expresión que la asusta.
—Solo falta que nos vengan a buscar. Solo eso.
—Sí señor.
El tic-tac del reloj de pared del comedor es lo único que se escucha durante un instante.
—Voy a ver qué hacen los niños. Por favor, realiza una última comprobación en la casa, que no nos dejemos nada importante.
—Ya lo he hecho, señor Xosé. ¿Podría esperar con la señora y los niños?
Tiene miedo. El miedo se ha ido aproximando hasta esta isla con pasos sigilosos hasta hacerse presente en todo.
—Dame un segundo y luego te reúnes con ellos.
Camino hasta la habitación de los niños escuchando el crujir de las tarimas bajo mis pasos. Esta es una casa enorme con muy pocos muebles, todos del conservero. Deberíamos haberla amueblado y decorado de otro modo. Fallamos, no la hicimos acogedora. Abro la puerta de la habitación de los niños. Virginia está con ellos, sentada en el suelo. Levanta la cabeza como un cervatillo que ha oído un rumor en la espesura. Anhela una noticia. Niego con la cabeza.
—No he visto nada. Nada, cariño. Lo siento.
Es como si ambos esperáramos a que se abriera la puerta y apareciera Elisabeth, el pelo recogido con una coleta, una sonrisa discreta como disculpa por la travesura. El rostro congestionado del que ha ido de excursión. Los ojos brillantes de felicidad. La seguiría Isaac, cabizbajo, algo avergonzado por habernos hecho esperar tanto. Pero nadie va abrir la puerta principal de la casa del conservero. Ellos no están aquí, los hubiera encontrando. Ellos están bajo el mar, en algún lugar al que no podemos llegar.
—Debo ir al laboratorio. Voy y vengo.
—Pero, Xosé. Ya lo harás cuando regreses aquí.
—Está todo ahí, en el ordenador central. El fruto de trece años de trabajo. No lo puedo dejar aquí así como así.
El rostro mudo, la mirada de mi esposa es un reproche sin fin ni paliativo. Mi atención se desvía hacia mi hijo más pequeño que, desde que he entrado en la estancia, mira con fijeza el mar a través de la ventana. No sabría decir qué cara pone, pero algo muy poderoso llama su atención. Me acerco a él y le acaricio la cabeza. Alzo la mirada. Dios santo. Siguiendo la porción de costa que se divisa desde la ventana se observan unas figuras marinas, las que he creído vislumbrar. Son gigantescas, alargadas, de un color entre gris pálido y naranja embrutecido. No existen criaturas de esas dimensiones ni con esa piel. Es como si hubieran iniciado el asedio a la isla. Mi mujer se levanta y se acerca a la ventana. Salgo de la habitación. ¿Qué es esta locura? Corro hacia la escalera y subo al piso superior. Voy de ventana en ventana, de lado a lado del piso, comprobando que esas siluetas oscuras que han emergido del fondo del océano hasta la superficie nos rodean completamente. No tiene sentido ni lógica. Parecen amorfas ballenas varadas. Pero no están atrapadas, están esperando. Justo cuando decido volver con mi mujer e hijos un seísmo tremendo sacude la casa. El temblor es tan fuerte que pierdo el equilibrio y de repente me veo en el suelo, al lado de una pared. A la vez, un terrible estruendo, como si alguien descargara un depósito de copas de cristal, estalla. Estalla y al momento veo los cristales de las ventanas hechos añicos sobre el suelo. El viento marino, como un fantasma que había sido retenido, entra como un huracán en la casa, removiendo el interior. Corro hacia el piso de abajo, gritando. Oigo voces, lloros. Raquel ha llegado antes que yo. Virginia está extrayendo unos pequeños cristales incrustados en las mejillas calientes de mi hijo pequeño, que sangra. Raquel, indemne, consuela a mi otro hijo, que gimotea asustado.
— ¿Qué son esos monstruos? ¿Qué ha sido ese temblor?
Virginia ha gritado. Me mira directamente. ¿Pero qué culpa tengo yo? ¿Cómo voy a conocer algo que el ojo humano no ha visto antes? Yo no he atraído a esas criaturas ni he causado el temblor.
—No lo sé, amor mío. Sé tanto como tú. Lo único que sé es que debemos marcharnos lo antes posible. Esperad en la entrada, pero lejos de la puerta y las ventanas. No salgas de la casa hasta que llegue el helicóptero. Cuando escuches el sonido del rotor, llévate a los niños y a Raquel hasta el helipuerto. Deja las maletas, no cojas nada. Solo a los niños.
— ¿Cómo que los lleve? ¿Adónde vas a ir?
— ¡Todo el trabajo está en el laboratorio! ¡Toda mi vida! ¿Entiendes el avance que representa para la humanidad? ¡Los cruces genéticos entre especies son posibles!
— ¿Para la humanidad, Xosé? ¡Y para ti!
—Voy y vengo. Será un momento. Quedaos aquí hasta que oigáis el helicóptero de rescate.
— ¿No ves lo que hay ahí fuera?
—La isla es segura. Será un momento. Eso, eso está en el agua. La tierra firme es segura.
Me giro y salgo, antes de que Virginia sea capaz de decir algo que me retenga. Camino hacia el laboratorio, un cubo de cemento armado encaramado sobre la laguna, un lugar, lo sé ahora, donde he disfrutado de largos días de felicidad observando como mis trabajos avanzaban hacia varias direcciones. Vendiendo en el continente una pequeña porción de esas investigaciones a grandes corporaciones me he hecho millonario. Sé que he obtenido un reconocimiento tardío, que mi nombre suena en los despachos de todas las multinacionales, institutos de investigación y universidades. Sospechan que he avanzado mucho más allá de lo imaginable, y tienen razón. Me he adentrado en los recovecos de la creación hasta descubrir las cuevas más profundas donde la vida tiene su origen. Y eso solo lo sabe, además de yo mismo, mi esposa.
Mientras sigo el camino de tierra hacia el laboratorio tengo esa extrañan sensación que, dicen, padecen los que dan vueltas en un coche que se ha salido a toda velocidad de la carretera. Veo toda mi vida pasar acelerada en una serie de fotogramas vertiginosos. Rodeado de una vegetación magnificente, de altos árboles que han resistido tempestades y un bajo bosque espeso, me dirijo a la laguna. La infancia, la adolescencia, la primera juventud han pasado por mi cabeza como un tren veloz que no tiene parada en esta estación. Investigué e investigué, impulsado por una alegría feroz. Quería entender porqué la vida surge. Y hasta soñaba, en este rincón del planeta, recrearla. Ser omnipotente. Estúpido sueño de juventud. Empecé buceando en las modificaciones genéticas, que tanto dinero me han dado después. Luego, seguro de la cima que había alcanzado, me atreví con las primeras manipulaciones. Caramba, el viento se ha calmado ahora por primera vez en muchos días. La niebla avanza y se extiende, posándose en la roca y sobre los espejos de agua poco profunda. Aquello me proporcionó el tirón que me faltaba. Comprobar que era capaz de alterar a mi antojo el oscuro secreto de plantas y pequeños animales provocó en mí un éxtasis, una falsa sensación, un estado de levitación putrefacta. Tenía la certitud de poder hacer cualquier cosa, de acometer cualquier empresa. Conseguí resultados que ningún otro hombre podría alcanzar, acaso en décadas. Lo sentía, lo sabía, cada mañana al despertar mi corazón me decía que mi mente se había elevado a centenares de metros por encima del bajo listón del género humano. Hasta que me asusté. Fui capaz de cruzar el ADN humano con el de otras especies animales. Antes, por uno de aquellos errores totalmente evitables, había descubierto en la selva de los genomas, lo que bauticé como “peldaños blancos” o fragmentos de ADN que, siguiendo el mismo patrón que los antiguos montadores de películas del siglo XX, podía cortar y pegar sobre los fotogramas de otro ADN. Así, en una técnica de laboratorio tan delicada como a la vez sencilla, logré los primeros híbridos que luego fueron embriones y que luego empezaron a crecer. Cuando vi… Miro donde piso, ya estoy llegando al laboratorio envuelto en una neblina cada vez más espesa. Cuando vi los resultados me asaltó un horror profundo, la sensación de haber alterado algo que debía permanecer intacto. Me vi a mí mismo como algo deforme. Abro la puerta blindada del laboratorio posando la palma de la mano sobre la cerradura dactilar. Entro con prisas en el gran cubo blanco repleto de maquinaria, microscopios cuánticos, ordenadores en red, escáneres de alta penetración dispuestos con riguroso orden. Me dirijo al ordenador central que arranco por orden de voz. Usé mi propio ADN para cruzarlo con todo tipo de especies que tenía a mi alcance, especialmente marinas, obviamente: cangrejos, peces de roca, todo tipo de calamares y moluscos. También mariposas, ranas y gaviotas. La mayor parte de los embriones nunca alcanzaron la eclosión. Aunque algunos otros sí. Dispuse una especie de viveros herméticos bajo las ventanas del laboratorio que miraban a los humedales. A cada nueva especie le proporcionaba las mejores condiciones de vida. Y algunas criaturas empezaron a crecer. El éxito resultó ser un fracaso. Justo cuando alcanzaba la ansiada cima, justo cuando el alma se sentía libre de volar bajo las cúpulas del universo, a voluntad.
Recordando aquellos años de pasión y miedo, creo que fueron los mejores de mi vida. Porque poco después me deshice de dichas creaciones, de mis hijos, las lancé a los océanos, y retrocedí a un estadio de sorda y obstinada determinación en seguir adelante, pero sin salirme de la pasarela del conocimiento teórico. Las repercusiones sin límite, totalmente incontrolables de lo conseguido, me frenaron en seco. Hasta valoré volver al continente y proseguir por la vía práctica en un entorno controlado al máximo y supervisado por terceros, de manera que aquellos pudieran determinar cuáles fueran los límites. Deseché la idea. Un pájaro que ha aprendido a volar libre si vuelve a ser enjaulado languidece hasta fallecer.
Ahora, en el absoluto silencio del laboratorio, mientras realizo el vaciado de ficheros, y a pesar de esta repentina amenaza que nos atenaza, recuerdo a Elisabeth. Por eso somos humanos, no actuamos bajo ninguna lógica. Debería estar pensando en la seguridad y en cambio caigo por el barranco de la melancolía. Mi hermosísima hija perdida. Su sonrisa que colmaba la casa del conservero ¿Es este el precio a todo lo que he hecho? ¿Es un castigo? Mis pensamientos se detienen. He oído una voz. Parece una llamada. Una voz que retumba. Algo me asusta. Es como si hubiera resuelto una ecuación imposible al oír ese sonido. ¡No! Guardo el disco duro en mi anorak, abro el armario blindado y saco el revólver que nunca he usado. Vuelvo a salir al exterior mientras la llamada se repite, vibrante, como si saliera del tormento de una mazmorra. La llamada se mete en mi cabeza. Me tambaleo, rodeado de árboles que apenas vislumbro entre la niebla que se extiende hacia el norte. Miro hacia la casa, todavía libre de bruma. Ahí me esperan los míos. Doy unos pasos y me encaramo a una pequeña elevación al lado del laboratorio que domina la isla, buscando el origen de esta llamada que me perturba. Entre los retales de la bruma, sobre el agua y los brazos de tierra, creo observar un cambio. Tengo la sensación que el temblor que sentimos estando en la casa ha hundido el centro de la marisma. Ahí se ven los árboles caídos y un caos de agua y tierra que no distingo muy bien. Miro al agua. Algo ahí ha captado mi atención. ¡Los peces de colores de Virginia! Están muertos, flotan como confetis en el agua. Bajo hasta la orilla y por instinto pruebo el agua. Está salada, es agua de mar. Doy un salto hacia atrás. La ecuación parece haber llegado hasta las puertas de mi casa. Comienzo a ascender por la pequeña elevación cuando algo atrapa mi tobillo. Grito. Doy un alarido que reverbera en la calma. Es un tentáculo.
Un tentáculo de color de metal oxidado que se alarga como un grueso cable por tierra introduciéndose en el agua hasta desaparecer en dirección a un volumen estático, algo así como una nueva y alargada isla en la laguna de la que apenas es visible el lomo entre los retales de la niebla. La llamada otra vez. ¡Estoy soñando o esa bestia está pronunciando mi nombre! Me sobreviene un ahogo, el corazón late como un pájaro enloquecido que quisiera romper los barrotes de las costillas y salir disparado hacia el exterior. Estoy paralizado. La bestia, un cruce entre ballena y calamar gigante, emite un sonido cavernoso que entiendo.
La isla es nuestra
—¿Qué? Pero, ¿qué eres?, ¿qué dices, por el amor de…?
Intento dar un paso atrás, intento escapar a la vez que mi cabeza explora a toda velocidad mil posibles ramificaciones de la ecuación. La cosa siente mi impulso de huir. Responde apretando el largo brazo del tentáculo sobre el tobillo. Doy con él. Es una locura, un insulto a Dios, un salivazo contra todo lo que hay de sagrado en la creación.
Responde tú, hombre, Xosé. Diez años humanos en la oscuridad. ¿Qué soy?
—Dios mío, no puede ser. Tú eres aquella criaturita. Aquella que contra todo pronóstico creció.
Yo soy.
La voz, el sonido de una estrecha tubería de metal carcomida por la intemperie.
—Pero, déjame. ¿Por qué me retienes? ¡Coño! ¿Qué sabes de la noción “tiempo”?, y, ¿cómo puede ser que hables?
Humanos. En barcos, en islas y costas, en cables submarinos y radios. Siempre comunicándose. Y aquí, ¿no sabes por qué hablo, padre?
—Padre… —la ecuación estalla como una estrella colapsada en mi mente—. Así que eres aquel gran calamar que crucé con mi ADN. Esto es una pesadilla. Has sobrevivido, ¡has crecido!
Tú me lanzaste al mar para morir. Tú me abandonaste.
Otro brazo del calamar que discurre como una serpiente de metal y aprisiona la pierna que tengo libre. Duele. Es como un lazo de acero. Pienso en escapar. No puede ser esto verdad.
— ¿Por qué haces esto? Me castigas.
¿Eres consciente de lo que has hecho? ¿Imaginas el dolor que puede sentirse cuando tu padre no te quiere? ¿Al ser abandonado entre peligros? Pasé tanto tiempo escondiéndome…
La memoria va rescatando recuerdos. Fragmentos dispares que van acumulándose en las páginas del presente. La sorpresa por el éxito. Cuando el embrión empezó a crecer la absoluta perplejidad por la fisonomía que la cría empezaba a desarrollar. Aquí sobrevino el ataque de terror. Lo vi, lo vi con mis propios ojos. Me di cuenta, fui plenamente consciente de lo que había hecho. La cosa, el embrión, era un calamar gigante que empezaba a trazar signos de fisonomía humana. Ni una palabra a nadie, menos a mi esposa. Lo deseché, lo lancé al mar. Fui incapaz de asesinar a un algo que, en su núcleo, llevaba una parte de mí.
— ¿Y esos que son como tú que rodean la isla?
Adeptos.
Por un momento no sucede nada. Intento pensar. Huir, huir… Intento pensar.
¿Sabes qué es este lugar? Es el centro del futuro. Es un gran santuario. Bajo la roca, en el océano, hemos excavado largos túneles altos como naves de vuestras iglesias. Tallamos la roca con la paciencia del escribano y la fuerza de un titán. Me he reproducido hasta cansarme. Los hijos de mis hijos dominan el gran azul. Si pudieras ver los infinitos relieves bajo el mar, en los túneles. Los adeptos los tallan para poderlos rozar con nuestra piel extasiada.
Del cielo llega un lejano zumbido. Tras el breve desconcierto una alegría loca se extiende por cada célula de mi cuerpo. Escucho con claridad los rotores del helicóptero de la plataforma petrolífera. Mi esposa debe haber agarrado a los niños y a Raquel. Deben estar saliendo de casa. El sonido se hace claro, cada vez más cercano. Giro la cabeza y veo unos puntitos moviéndose de la casa del conservero hacia el estrecho paso que lleva al helipuerto. Por suerte, no me han esperado. Dios todopoderoso, gracias, gracias. Vuelvo la cabeza hacia la laguna. No sé si esa cosa ha quedado descolocada por la irrupción del helicóptero. No habla, no se mueve. La sacudida que sentimos en la casa se debió producir cuando acabaron la perforación del centro de la laguna desde los túneles que construyeron, permitiendo un paso hasta aquí y dejando entrar a raudales el agua de mar. Son una alteración, un desafío. Un accidente que yo provoqué. La niebla avanza con pasos prudentes, pues sigo teniendo una visión clara de ese cuerpo gigantesco varado en las aguas poco profundas de donde nacen poderosos brazos que terminan en tentáculos y en formas semejantes a puntas de lanza. Vuelvo a girar la cabeza. Mi familia corre por el estrecho paso, entre las olas. Están cerca del helicóptero blanco, que ya ha tomado tierra. Un poco más y esta pesadilla habrá llegado a su fin para ellos. Porque yo estoy perdido, eso hace un rato que lo sé. Recibo el castigo por mi insolencia. ¿La vanidad, la ambición o el deseo fueron la causa? Hasta consigo sonreír con amargura, atrapado como estoy por mi propia creación. El calamar gigantesco se mueve ligeramente.
La familia de un humano. Estrecha y limitada.
La voz de la cosa me asusta. Por un instante tengo la sensación de que ha sido capaz de captar mis pensamientos.
—Es todo lo que tengo y es lo único que me importa.
Siento una vibración en el agua. Casi diría que ha sido algo similar a una carcajada.
No has cuidado de tu hija.
El corazón me sube a la boca.
— ¿Qué sabes tú de Elisabeth?
¿Elisabeth? La mujer. Y el hombre, también.
—¿Qué sabes de ellos? ¿Dónde están?
El suave cristal de la laguna es rasgado, dos enormes brazos se levantan en el aire elevando y sosteniendo dos cuerpos putrefactos que chorrean agua. Son dos cuerpos humanos. Reconozco a Isaac, reconozco a mi pobre hija. A la vez, un tercer brazo sale disparado del agua hacia mí y antes de que tenga tiempo de moverme un enorme tentáculo sujeta mi pierna a la altura de la ingle, aplastando mis testículos. Grito de dolor, grito de desesperación.
Ellos dos se atrevieron a reproducirse en este santuario. Eso no está permitido. Esta isla es el centro del futuro, es un lugar sagrado.
Aúllo. Quisiera hundir un largo arpón sobre el lomo de la bestia. Por suerte Virginia nunca sabrá nada de esto. Miro hacia el helipuerto. Los motores rugen. El helicóptero empieza a despegar. Recuerdo el revólver. ¡Basta! ¡Basta de sufrir ante este monstruo! Saco el arma y la llevo hacia mi cabeza. Antes de que pueda apretar el gatillo siento el impacto de varias de las extremidades de la bestia. El revólver cae al suelo. El calamar se mueve, aproximándose. Estoy inmovilizado, sujeto. Se aproxima a la orilla. Decenas de brazos y tentáculos me asfixian. Se incorpora, dejando a la vista parte de la panza. Del frontal surge una cabeza. ¡Parece la cabeza de un hombre! Una cabeza sin boca ni ojos, solo la fisonomía de una testa envuelta en la piel dura y resbaladiza del calamar. Una cabeza metida en una bolsa. El mascarón de una nave surgida de las tinieblas. Sollozo de puro horror. El animal me levanta del suelo. Floto en el aire a la altura de Isaac y Elisabeth, los tres aprisionados en el aire, los tres flotando.
Mira. Has de conocer el final de esta historia. El mar es nuestro. El mundo es nuestro.
Las extremidades que rodean mi cabeza me obligan a mirar el helicóptero, que sigue ganando altura. Surge del mar un torrente de agua como una manga de tifón invertida, pues es ascendente. Una manguera de agua y algo sólido en su centro disparada hacia el helicóptero.
¡Mira Padre! ¡Mira hacia el mañana!
El chorro golpea la nave que estalla en el aire. Una bola de fuego que se desintegra y cae al suelo en múltiples fragmentos en llamas. Siento que la sangre ha dejado de circular por mi cuerpo.
—¡Mátame, cosa inmunda! ¡Mátame!
Oigo que la bestia dice algo. Miro a mi alrededor pero ya no estoy aquí.
Este santuario necesita una reliquia. Un dios. Serás tú el dios, padre, serás tú, desde que el sol declina desde su cenit hasta que las aguas se colmen de oscuridad.