No había bastante dinero para la luna de miel. Habíamos reservado una habitación con vistas al mar en un macro hotel a media hora de coche de casa, en la costa, por tres días y dos noches. La habitación no tenía vistas al mar. Bueno, sí las tenía si salías al balcón y te ponías unos zancos y no te olvidabas los prismáticos. Estábamos contentos, un poco aturdidos también en un lugar tan grande y con tanta gente correteando por esos pasillos que parecían que no iban a acabarse nunca. Tampoco era tan terrible. Nos acabábamos de casar y éramos felices. Atrás quedaban los nervios de la boda, los besos a todo el mundo, la pesadilla del convite. Incluso habíamos olvidado cómo íbamos a pagar el crédito con el que financiamos toda la fiesta. Nos abrazábamos mucho y nos besábamos a cada momento. Aprovechamos el tiempo. Sacamos unas gaseosas frías de la nevera portátil y unos bocadillos de jamón buenísimos que nos había preparado mamá. Encendimos el televisor de la habitación y nos dispusimos a cenar, en lugar de salir por ese pueblo de casuchas blancas y gastarnos un dineral en cualquier restaurante de aquellos que sí que tenían vistas al mar si te levantabas un poco de la mesa, estirando el cuello como una jirafa que quiere arrancar el brote verde de una acacia que ha quedado pelada por otras jirafas más listas y rápidas. Después que los comensales volvieran de cenar de los comedores de la planta baja, algunos armando un poco de barullo, todo volvió a quedarse muy tranquilo. Nos dábamos besitos y mirábamos el televisor abrazados. Al final me quedé dormido. Mi mujer apagó el televisor más tarde, momento en que me desvelé, pero enseguida volví a caer en un profundo sueño. Al despertar nos encontramos con un día muy bonito, todo soleado. Contentos, después de desearnos los buenos días, nos vestimos y bajamos al hall, donde íbamos a tomar el desayuno que estaba incluido en el precio de la pernoctación.
Al salir de la habitación encontramos mucha gente, niños, padres, ancianos, dirigiéndose al comedor. La verdad, no era una imagen vacacional, pues más parecía que todos íbamos al trabajo en lugar de ir a desayunar placenteramente. Los ascensores subían y bajaban atiborrados. Llegaban a la planta, sonaba una campanita, se abrían las puertas y te topabas con la imagen de unos boquerones apretujados y muy poco contentos de estar así enlatados. Como los viejos ascensores no daban para mover a tanta gente, y debido a que la imagen de los rostros hostiles al abrirse las puertas del ascensor se repitió varias veces, propuse a mi esposa bajar por las escaleras. Ella aceptó, no muy contenta, pues se había calzado los zapatos negros de tacón que le había regalado mamá para la boda. Al llegar a la escalera nos sorprendimos de encontrar a tanta gente bajando con pasos apresurados hacia los comedores. El estruendo era el de una manada de búfalos en estampida. Incluso, en un momento de debilidad mental, temí que se hubiera producido un incendio en las plantas superiores del que por alguna razón misteriosa no hubiera tenido noticias. Bajamos despacio, mi mujer agarrada a la barandilla, dejando pasar a decenas de familias que se precipitaban escaleras abajo vestidos con atuendos muy distintos, muchos en bañador, algunos incluso con la toalla al hombro, como si en aquel hotel hubiera una piscina como la tienen algunos de los nuevos hoteles que se anuncian por el televisor a todo color.
Al llegar abajo vimos la cola. Bueno, era realmente una larga cola para acceder al comedor. Me pareció que éramos de los últimos. Familias enteras, como pequeñas tribus de neandertales ansiosas, dando vueltas sobre sí mismas en sus puestos de cola, refunfuñando, puesto que sus estómagos no admitían espera y porque a cada minuto el miedo a quedarse sin beicon se incrementaba. Mi esposa hizo algún símil en relación con los centros penitenciarios, por lo que me limité a sonreír, para no fastidiarle aquel momento de paz interior, el desayuno en el hotel. Por fin, tras veinte minutos dando pasitos hacia la puerta, entramos. Nos asignaron una mesa lejana, al fondo de uno de los tres comedores. Cruzamos aquel campo de batalla algo acoquinados por el barullo y los cientos de personas que no dejaban de moverse de una lado para otro como si estuvieran en la cubierta de un pesquero que navega con mala mar. Literalmente, los comedores eran un hervidero, como si el suelo fuera una plancha caliente que animara a los inquilinos del hotel a hablar a grandes voces, a gesticular aunque tuvieran una tortita con queso y jamón en la boca, a picar con furia la vajilla con los cubiertos y a no dejar de mover copas, tazas, platos y tarros de mermelada sobre la mesa a modo de juego tan secretamente consensuado como incomprensible. Al fin, tras esquivar una muchedumbre armada de bandejas repletas de comida en los pasillos entre largas hileras de mesas, llegamos a nuestro puesto. Nos sentamos resoplando. Miramos a nuestro alrededor, vigilantes. Parecía que nada nos podía dañar si nos manteníamos quietos en la mesa. Observamos que en ciertos puntos se reunía una cantidad inaudita de comensales que se apiñaban como lo haría el público de una pelea de gallos. Me fijé que en hora tan temprana ya sudaban. Mi joven esposa señaló que eran los puestos de plancha, donde servían los huevos fritos y el beicon. Respondí que me limitaría a buscar unas tostadas, mantequilla y miel. Los dos salimos a cazar, y tras muchas vueltas, desorientados, volvimos a la mesa con un exiguo botín. De huevos fritos, nada. Empezamos a desayunar lo más tranquilamente que pudimos, a pesar de que en la mesa de al lado un hombre acababa de proporcionar un bofetón a uno de sus díscolos hijos que no dejaba de berrear porque no le permitían ir a los columpios. La señora que se sentaba detrás de mí comía y bailaba, creo yo, sobre la silla, proporcionándome continuos golpecitos, lo que provocaba un vaivén constante como si estuviera yendo al trabajo metido en un vagón. El concierto de batacas metálicas repicando las cerámicas iba en aumento. Dos mesas más allá una pareja estaba enfrascada en plena discusión, a la que a todos nos hacían partícipes. Miraba y miraba, incapaz de tragarme el café con leche. No entendía como la gente podía engullir tales cantidades de salchichas, tostadas, croissants, pasteles, cereales baratos con leche, jamón cocido con sabor a nada, huevos y sucedáneo de café en el desayuno. Se lo comenté a mi mujer que respondió ya nerviosa, la pobre, que quizá fuera para ahorrarse el almuerzo. Los miraba comer de reojo, la absoluta fruición, el empeño de aquellas bocas que masticaban como si aquella mañana hubieran leído en el periódico que una larga guerra había empezado. Sentía ligeros escalofríos. ¿Cómo iban a moverse después? ¿Cómo llegar hasta la playa cargados de neveras, sombrillas, flotadores, toallas, cremas, pelotas, raquetas y aletas de buceo procesando una digestión de tal envergadura? Las trituradoras no conocían pausa, rasgando, machacando, convirtiendo el desayuno en una pasta grumosa y caliente que era deglutida sin perdón ni excepciones. Realmente, la mayoría de bandejas de alimentos en cada una de las islas comunes de aquel comedor estaban casi vacías, como si un huracán hubiera soplado de madrugada por allí llevándose todo aquello hacia otra parte. Y cuando el concierto parecía estar en su apogeo un director invisible lanzó la señal de silencio. Los comedores comenzaron a vaciarse paulatinamente. Algunos empezaban a levantarse de las mesas que tenían asignadas y hasta las voces se habían modulado en un tono más cordial. Sonreí, por vez primera, y di un sorbo al café. Unté con mantequilla la tostada y pensé en el día de playa que nos esperaba. Mi esposa parecía al fin relajada. En ese momento de tránsito, cuando la calma soplaba tenuemente sobre los manteles manchados de chocolate y aceite de ese comedor gigantesco, apareció de la nada un viejo camarero chupado con un fino bigotillo colgándole bajo la nariz afilada. Llevaba una bandeja plateada y enorme con algún tipo de postre envasado en papel transparente. Mientras unos se iban y otros empezaban a pensar en marcharse, un grito de guerra repetido por muchas bocas se propagó como gasolina encendida por todos los comedores: “¡Donuts!”.
Alguien repitió desde lejos aquella palabra. Y fueron muchos los murmullos y las voces. “¡Donuts gratis!”, volvió a oírse. Los que habían empezado a irse giraron en redondo para acercarse a la bandeja plateada. Tomaban con discreción unos pocos paquetes que rápidamente escondían en sus bolsas de playa para desaparecer a continuación. Un hombre formidable en bañador se aproximó hacia el punto de reunión tan rápidamente como se lo permitían sus piernas peludas. Varios niños se habían levantado y corrían por los pasillos en dirección a los Donuts. “¡Donuts gratis!” se escuchó de nuevo. Grupos de mujeres orondas, con las mejillas encendidas tras las raciones del desayuno, ponían rumbo hacia la bandeja a toda máquina. Pronto, alrededor de la bandeja de Donuts se creó un remolino de cuerpos calientes que colisionaban entre sí y giraban al igual que un banco de peces alrededor de las migajas de pan lanzadas al estanque. La presión era máxima, no había Donuts para tantos. Empezaron los empujones, las amenazas, las miradas asesinas, mientras los que podían se hacían con sus raciones que salvaguardaban escondiéndolas debajo de las camisetas e incluso los bañadores. La reunión cobraba tales dimensiones que lo único que podía distinguirse eran los brazos alzados a los que les faltaba una espada para completar el cuadro medieval. Aquellos que supieron entender la situación, optaron por abrir los paquetes y zamparse aquel postre allí mismo antes de que alguien se los pudiera requisar. Los más espabilados salían del corrillo con su botín. De pronto vimos un niño que se arrancaba la ropa de playa, muy nervioso, y empezaba a morder una de las mesas. Luego observamos a un señor con camisa hawaiana que, tras la ingesta de Donuts, bailaba por los pasillos del comedor, arrancando las cortinas con las que se envolvía y hablaba. Una dama rolliza se subió a una silla para dictar una clase de ciencias naturales, familias enteras lamían y mordisqueaban los platos de cerámica barata en los que acababan de almorzar. Los aullidos se repetían por los salones. La melé se dispersaba, pues ya ni quedaba la bandeja. Las posturas extrañas, los gruñidos, los ademanes inhumanos y lo peor, el sonido de muchas bocas masticando, dominaban la escena. Estábamos asustados. No nos atrevíamos a levantarnos y salir corriendo. Hubiéramos llamado la atención. En aquel momento estaba completamente seguro de que cualquier comportamiento normal hubiera significado nuestro final. Tuve la tentación de tumbar las mesas vacías que nos rodeaban, creando una suerte de parapeto cuya techumbre serían los manteles grasientos. No me atreví. Mi esposa lo miraba todo con ojos muy grandes, sin mover la cabeza para nada, como si un hechizo la hubiera convertido en lechuza o sintiera un súbito cosquilleo en la vía de evacuación. Los comensales no tenían reparos en comer cualquier cosa, hasta vi a una, antes plácida abuela, zamparse un cenicero aderezado con salsa a las colillas. La cosa adquiría velocidad. Los que se habían zampado los Donuts habían entrado en una fase de frenesí irreparable, devorando como termitas cualquier objeto que estuviera a su alcance, unos a cuatro patas, otros escalando las lámparas del comedor, unos pocos arrapados a las cristaleras, como si en verdad el comedor fuera un inmenso acuario propiedad de unos seres superiores invisibles. Muchos masticaban como las gallinas, doblando la cintura para picotear el suelo. Era tal el crujido de muelas colisionando en aquella diabólica orquesta que creí estar en un viñedo cuyas uvas crujientes eran devoradas por una horda de gusanos hambrientos.
La doble puerta que daba a la calle se abrió de par en par. Apareció el maître a contraluz. Vestido con pantalones cortos y una fantástica americana fucsia. Y así habló: «Señoras y señores. En la playa, una empresa de cremas solares regala unos inigualables balones hinchables. Son rojos y blancos. Esta promoción constituye una verdadera oportunidad para todos ustedes. Estarán solo hasta las once de la mañana». El cenit. El aliento cortado. Un estremecimiento cósmico que hubiera asombrado a Dios. Antes de que pudiéramos darnos cuenta de lo que pasaba, la muchedumbre del comedor se puso en marcha, más bien aquello era una espeluznante carrera hacia la playa. En un santiamén el comedor quedó completamente vacío. Atrás quedaba algún taca-taca, un bolso de los que regalan las revistas del corazón pisoteado, una muleta olvidada, una zapatilla sin cordones, una toalla con el anagrama del equipo de fútbol local rasgada como la bandera de un ejército derrotado. Mi joven esposa parecía incapaz de moverse o hasta de levantar la cucharita del café. No supe qué hacer por ella. Al igual que los espectros del pasado que toman el castillo después de que se marchen los invitados, los camareros volvieron a aparecer en los salones, recogiendo, llevándose a otra parte los estropicios de la fiesta. «Mira, cariño. Había pensado que hoy podríamos hacer otra cosa en vez de ir a la playa, que ya sabes que hay mucha gente. He oído que en un pueblo que no está muy lejos de aquí, venden unos embutidos de primera, y no muy caros…». Los ojos de mi joven esposa empezaron a moverse en círculos hasta fijar su atención en mí. Vi que movía los dedos sobre el mantel blanco, aquello me tranquilizó. Luego miró a los lados, como si estuviera muy sorprendida porque faltara algo.