País Relato - Autores

lluís viñas marcus

el fabricante de toallas

Las toallas de casa estaban viejas, eso es cierto. Así que salí a comprar algunas. Encontré un modelo nuevo, quizás demasiado finas, de color azul y a muy buen precio. Compré cuatro. Aunque sabía que no eran las mejores, el precio me convenció. Tiempo después, mientras barría el balcón, observé que en los tendederos del edificio de enfrente colgaban al sol varias toallas del mismo modelo. Banderas azules. Y pocos meses después el número había aumentado. Casi todo el mundo había ido comprando ese modelo de toallas baratas. Al mismo tiempo, siendo al principio casi imperceptible, en las aceras aparecieron aparcados coches azules, sencillos. Me informé sobre el precio. No tenían competencia. De modo que el porcentaje de coches azules fue aumentando con el tiempo a medida que los modelos viejos eran retirados por esos utilitarios que los ciudadanos podían costear sin muchos sacrificios.
Un día, barriendo el balcón de casa, observé que prácticamente solo se veían toallas azules, excepto en los tendederos de la gente mayor, que eran los que más se resistían a comprarlas. Balcones con toallas azules que pronto fueron acompañadas en su vida ventilada por calcetines, camisetas, bragas, jerséis y pantalones azules. ¿Para qué pagar veinte si tenías unos preciosos calzoncillos azules por tres? Sí que resultaba un poco chocante. Al ir a trabajar o al pasear encontrabas a otros prácticamente vestidos de forma idéntica. Superada esa sensación un tanto inquietante, entre nosotros, los que vestíamos de azul y conducíamos coches azules, entre los que usábamos teléfonos y ordenadores azules, bancos azules e íbamos a comprar a los supermercados azules, nos saludábamos con expresión socarrona, sabedores que habíamos comprado todo aquello a un precio muy inteligente. Era algo así como una camaradería secreta. Nos sonreíamos.
Llegó un momento en que los que no compraban “azul” eran una pobre y estúpida minoría. Pero, leyes de esta salvaje economía, muchos perdimos el empleo porque nuestras empresas no vendían nada. Hasta los lapiceros o los pañuelos de papel eran en azul. Fue en esa época, con todos los fabricantes de toallas quebrados desde hacía algún tiempo, cuando las toallas azules aumentaron drásticamente de precio. Las nuevas toallas azules compradas quedaban hechas jirones muy pronto, debían ser repuestas. Pero casi nadie podía pagar el desorbitado precio que exigía el fabricante de toallas azules. El fenómeno se replicó, así que casi nadie podía reponer el cepillo de dientes o cambiar las ruedas del coche azul, que valían un riñón. Ir al Hospital Azul era desaconsejable sino querías endeudarte de por vida con el Banco Azul.
Desesperado, sufriendo lo indecible en un presente que cada día me acercaba más a la indigencia, tomé una de las pocas decisiones sensatas a mi alcance. Salí de casa, bajé a la calle y tomé el autobús azul que me llevó a la afueras de una ciudad cuyas fachadas eran, casi sin excepciones, del mismo color. Luego caminé por una avenida fastuosa que parecía el jardín de un emperador de la antigüedad hasta llegar a una puerta azul cuya altura descomunal se perdía entre las nubes. A pesar de la conmoción ante tanta magnificencia, llamé a la puerta del fabricante de toallas. Con suavidad una de las hojas se entreabrió, dejando una hendidura por la que pasé al interior, donde, en la oscuridad, otros ciudadanos como yo daban vueltas y vueltas buscando a alguien a quien preguntar.