País Relato - Autores

lluís viñas marcus

cuando tenía 7 años

He olvidado muchas de las historias que leí y casi todas las cosas vistas. Por supuesto, aquellos que ayer fui han quedado desdibujados, como si los hubieran dejado flotando en una balsa que cada vez se aleja más de la orilla hasta ser apenas un punto en el horizonte. Las cocinas que habité, por alguna razón que no alcanzo a comprender, sí las recuerdo con una cierta claridad, no así los rostros, los dormitorios, los brumosos comedores del pasado que, primero, fueron perdiendo el contorno de los muebles que poblaron esos espacios, luego se difuminaron los perfiles de los balcones y hasta las líneas de las paredes adquirieron una curvatura impropia de la realidad. En cambio, sin esfuerzo alguno, puedo volver a ciertos lugares, los más lejanos, los primeros lugares. Puedo volver a casa de mi abuela, la madre de mi padre, a la que me llevaban junto a mis hermanas y hermano, los domingos por la tarde. Lo cierto es que de la otra abuela, la inglesa, solo he tenido noticias en la onda del Anillo de Nibelungo que, como es bien conocido, es una modulación del espacio-tiempo invadida por la niebla cuando no soplan vientos del norte profundo. Tierras de mitos, personas extrañas, hechos extraordinarios y pequeñas leyendas familiares. De los abuelos poco puedo decir. Los hombres, en mi familia, tienen la mala costumbre de morir temprano. Una ley no escrita que mi abuelo, mi padre y mis tíos cumplirían con una puntualidad digna de admiración. Así, no es de extrañar que cuando hago planes de futuro no vaya mucho más allá de unas pocas semanas y que cuando me hablan de los años que han de llegar hago un gesto un tanto despectivo, como si la cosa tuviera una importancia relativa.
Íbamos, en fin, a casa de mi abuela. Había un comedor que, debido a la poca luz, parecía un pequeño velatorio y donde, según recuerdo, acostumbraba a ser domingo, un día idéntico, una tarde repetitiva en el pretérito, cerrada en un eterno invierno. Apenas recuerdo la luz del sol en el comedor. Aquella era una sala de estar de las de antes, sin televisor, en la que los postigos de los balcones que daban a la calle estaban permanentemente entrecerrados y las cortinas corridas, como si de aquel modo se negara lo que afuera ocurría. Un mundo exterior tácitamente considerado como inquietante y, sobre todo, inmoral. Me sentaba en el regazo de mi abuela, en un sofá junto a la enorme caja de radio que nunca sonaba con un dial que, al menos por su enorme tamaño, bien pudiera haber captado señales del más allá, de galaxias remotas y hasta, con un poco de suerte, pudiera haber sintonizado con la voz de Dios. Cuando me tenía allí arriba, sobre sus rodillas, entonaba canciones que no he vuelto a escuchar, melodías que se han perdido, como el “arri-arri-ta-ta-net, que anirem a Sant Benet”. Yo saltaba en cada sílaba y sonreía.
Me sentía a gusto en su falda, atendido y protegido por esa mujer de mirada profunda y sonrisa franca, en esa casa de sombras y voces a medio tono. Hasta que las canciones se apagaban para dar paso a las historias de un tiempo que no entendía. Era cuando asomaban los recuerdos truculentos, en los que el miedo y el hambre, el sufrimiento del estómago vacío, eran los únicos protagonistas. Mi abuela contaba un domingo tras otro las mismas historias de la Guerra Civil. Veo todavía a los asnos bajando por los caminos de un pequeño pueblo en la montaña cargando a los muertos. Aquellos que habían escapado al monte y que habían sido acosados y cazados por otros hombres a fin de ser devueltos a la civilización inertes, plegados como un saco de harina vacío sobre los lomos de los asnos que, obedientes, volvían del monte en columnas guiadas por hombres armados. Veo todavía al abuelo que nunca conocí, un alma bajo la intemperie, caminando por un sendero, el cuerpo helado y el alma extenuada, para conseguir una triste col y llenar así los estómagos de los hijos, castigados por raciones de míseras bellotas que cada día comían. De igual modo recuerdo que mi abuela, durante la guerra, confundía los bandos en ese baile confuso donde la muerte era la verdadera reina. Cuando llegaron los republicanos corrió a saludarlos, pero, habiendo olvidado descolgar de la pared al Santo Cristo, estuvieron a punto de llevársela detenida. Al final de la contienda, cuando los franquistas arribaron al minúsculo pueblo, corrió a esconder entre las sábanas del cajón de una gran cómoda de caoba, que aún tenía en su piso cuando yo tenía siete años, al Santo Cristo y, al ver aparecer a las tropas, colina arriba, salió a saludar gritando «¡Viva la República!», ella que, como mi abuelo, era de La Lliga, de derechas y muy católica. Si no llega a ser porque una vecina del pueblo convenció a los soldados que apuntaban a mi abuela con los Máuser de que esa pobre mujer que daba vivas estaba loca tras pasar una temporada en las checas de Barcelona, la rellenan como a un pollo de Navidad allí mismo, pero con plomo en lugar de butifarras, orejones y piñones.
Yo, algo angustiado ante tales revelaciones, a la que podía bajaba al suelo y me escabullía a la habitación contigua al comedor, la única que daba a la calle. O mejor dicho, me metía en el taller de su hija, mi tía, que era modista y a la que gustaba torturarme estrujándome las manos hasta que soltaba una lágrima. En ese cuarto descubrí los intrigantes y transparentes papeles de seda, las barritas plateadas para marcar tejidos, gruesos lápices destinados a trazar esbozos de trajes para grandes damas con los que yo dibujaba castillos y soldados enemigos lanzados al foso desde las almenas y donde, también, se me hizo presente la ciencia del patronaje junto a las revistas de moda, impresas en carísimo papel grueso, rugoso, donde se fotografiaba un mundo bonito, vistoso, joven y lleno de luz. En las líneas de los vestidos de señora de esas fantásticas revistas, mi tía, sin disimulo ni manías, se inspiraba para obtener sus propios patrones. Otra cosa eran las telas, que no eran las mismas las de la pobre Barcelona de 1980 que las de París en la misma época. Así que, con disimulo, todavía apabullado por los cuentos de muerte y hambre, pendiente de quien podía entrar por la puerta, no fuera caso de que entrara mi padre, espiaba las diosas de la pasarela mientras en el comedor, casi a oscuras, los mayores hablaban de hipotecas, ahorros y política. Esas señoritas de las revistas que cautivaban por algo que un niño todavía no entendía y que me rescataban de las odas de la guerra civil. Aquellas diosas que apenas mostraban media pierna y el atisbo de un escote, tapadas hasta las orejas en comparación con las modelos de hoy, eran un canto a otro tipo de vida. Sobre la mesa de trabajo, amplia, confortable, entre grandes papeles de seda, pilas de revistas y lápices, había una pequeña caja de música enmascarada en forma de gaita jibarizada a la que si le dabas cuerda hacía sonar una melodía, siempre la misma en el mismo domingo, como si en el interior de la gaita hubiera anidado un loro pasmado de un solo ojo. Aquella era una pequeña bolsa de tela roja a cuadros negros con tres o cuatro palos insertados en el lomo como si la curvatura de la gaita fuera la capucha invernal de Moby Dick. Cuando me aburría de mirar las fotos de las revistas, le daba a la cuerda para que vibrara esa canción escocesa, algo así como una marcha a la vez alegre y melancólica, un sonido que colmaba durante unos segundos la habitación y, de algún modo, me hacía viajar hacia tierras lejanas, vivas, bañadas por un frío sol norteño. Aquella fue la canción de mi infancia y, si supiera lo que es un pentagrama, podría esculpir cada una de las notas con los ojos cerrados.
Al final me cansaba del taller. Los niños son felices porque desconocen la constancia. Proseguía con mi patrullaje del piso del mismo modo que un gato encerrado revisa una y otra vez todos los rincones de lo que considera es su territorio. Solía visitar el cuarto donde dormía mi abuela, aunque apenas aguantaba unos minutos en esa estancia donde jamás vi la ventana abierta. Allí había, montada sobre la gran cajonera de caoba, una vitrina. Y en su interior un Jesucristo blanco y trastornado. El que salvó mi abuela durante la guerra. No sé de qué material estaba esculpido ese Salvador retorcido, manos y brazos tensados hacia atrás, la barbilla alzada y la cabeza ladeada, como si un disparo le hubiera alcanzado en ese preciso instante y Robert Capa lo hubiera inmortalizado todo, daguerrotipándolo. Él era la exacta expresión del dolor, en marfil o en algún tipo de materia petrificada, nunca lo supe. Aquel dolor del Cristo que toda la familia parecía honrar, que desde su rincón parecía irradiar una presencia, que era un recordatorio de que en esto del vivir la renuncia, la culpa, el arrepentimiento, la mortificación del cuerpo presiden la existencia. El niño que fui observaba esa vitrina como una amenaza, como algo superior que tiene el poder de cambiarte, de ponerte enfermo. Aguantaba poco cerca del Jesucristo prisionero del cristal.
Cuando no resistía por más tiempo aquella presencia me escabullía al pasillo, ancho, de suelos cerámicos helados. Me quedaba cerca de la puerta de entrada, lejos del comedor donde los mayores debatían sobre cuestiones que no entendía y poco me interesaban. A pesar del frío y la poca luz, se estaba bien en el pasillo donde uno podía sentirse ajeno a todo y el silencio tan solo era quebrado a veces por el eco del ascensor de la comunidad cuando era accionado, que emitía unos pausados resoplidos metálicos como si estuviera marcando las horas. Allí había un mueble bajo lleno de juguetes de otros tiempos con cuyas piezas de madera y engranajes de latón me entretenía durante buenos ratos hasta que nos marchábamos a casa. Fue en uno de esos momentos de gélida calma cuando, por vez primera, oí algo que se parecía al viento gimiendo en voz baja. Algo similar al susurro de un enfermo en una habitación remota de un hospital. Era un sonido tan amortiguado que creí que era uno de los chirridos del viejo ascensor, que subía y bajaba con solemne e inexorable lentitud. Levanté la cabeza, alerta, intentando discernir el origen del ruido, que se repetía como una letanía. Vagué por el pasillo hasta acabar en la puerta de entrada de la vivienda. Volvía a escuchar algo, provenía de la habitación de los armarios, la primera que se encontraba al entrar en el piso y la más distante del comedor donde todos estaban reunidos. Entré. Aquella era una estancia invadida por dos largas hileras de armarios gigantescos, que se alzaban hasta rozar los techos altos de la casa, de tal manera que quedaba un paso estrecho en medio, el justo para poder abrir las puertas de los armarios. Miraba hacia arriba, a los lados. Dudaba entre abrir una de esas puertas, pues en aquel instante tenía la certeza de que el ruido provenía del interior de uno de esos armatostes, o salir corriendo hacia el comedor y hacer ver que no había pasado nada. Entreabrí una de las puertas, que dejó escapar un soplo de aire, prisionero desde hacía siglos. En el interior se guardaban largos abrigos de invierno, nuevos y viejos, algunos muy viejos. Ropajes pesados en hileras que formaban un todo cerrado. El susurro persistía en el aire, en aquel cuarto que normalmente permanecía bajo llave. Cerré y abrí el armario del fondo, descubriendo una idéntica colección de tejidos de tonos oscuros colgados de las perchas. Moví los ropajes de abrigo para ver si al fondo o detrás de ese muro había algo que pudiera explicar los silbidos. Detrás solo había negrura pero tras mover los abrigos empezaron a perfilarse en el vacío del armario lo que parecían siluetas humanas, también colgadas en perchas, que ahí fueron guardadas, una vez sus cuerpos habían perdido la firmeza y podían amoldarse en el orden de las barras del armario. Me vi ante aquella hilera de siluetas colgantes, dotadas de la flacidez de la lana y que podían ser dobladas a voluntad, sin saber qué hacer. Me sentía incapaz de moverme, rígido ante aquellos rostros desvanecidos. Me sentía tan asustado, tan dominado por la sensación de haber hecho algo inapropiado, que lo único que logré hacer es continuar ahí de pie, mirando esas figuras que no me miraban, pues todas tenían la cabeza inclinada hacia abajo. Pensé que un gran castigo me esperaba y aun así seguí allá mirando. Eran sombras inertes, tristes, que gemían de manera casi inaudible, como si las estuviera escuchando desde otra parte a través del eco de una cañería. Desconocía yo por entonces que, tras fallecer, nos trasladan a un armario en el fondo del dormitorio más alejado de la casa y nos dejan oscilando por toda la larga eternidad, al igual que ese Jesucristo abandonado en la cruz como recordatorio a los vivos del dolor que debe presidir la vida. Yo era un niño de siete años que no quería saber nada de sacrificios ni de angustias. Pensé por un momento si aquellos muertos tan blandos no serían lo que quedaba de aquellos cuentos de guerra que me contaba mi abuela o si serían los muertos de la familia, ahí dejados para que no molestaran demasiado, más allá de sus leves lamentos que me estremecían. Tras una eternidad, conseguí entender una de las voces, la de un rostro que me era vagamente familiar. «Ayuda», repetía, «quiero partir, partir…», y tras un silencio volvía a repetir una y otra vez «ayuda, ayuda, ayuda». Cuando todavía no me había recuperado de la impresión de que los susurros se hicieran inteligibles, oí la voz de mi padre, llamando a sus hijos repartidos por las habitaciones, para que se congregaran en el comedor. Era la hora de partir. Pude mover una pierna y un brazo. Di un manotazo a la puerta del armario cerrándolo para no volver a abrirlo jamás. Llevé mi cuerpo hasta el comedor. Todos mis hermanos estaban abrochándose los abrigos. Allí nadie pareció darse cuenta de mi palidez, en el ajetreo de los besos de despedida, bufandas enrollándose y últimas palabras.
En la calle hacía frío. Caminábamos como una pequeña manada apretujada que pretende protegerse de los elementos y las amenazas por calles medio vacías barridas por el viento de diciembre hacia casa. Nunca más volví a pisar esa habitación y tras unas semanas de pesadillas olvidé a los muertos. Hasta estas Navidades que están a punto de llegar. Siento un cansancio profundo en el cuerpo, un algo que sin ruido se esparce. Cada vez que llego a casa y cuelgo el abrigo entreveo un hueco en el armario, un espacio vacío, una percha que sobra sin que para ello exista alguna razón.