La curva atrofiada de mi barriga, los muslos de vaca que nunca se harta… Se llevó la cucharita a los labios gruesos y sorbió un poco más de helado de vainilla. Mecánicamente la cucharilla volvió a la tarrina, que sostenía con la pequeña mano izquierda. Cabello pajizo y pobre. Esta cara redonda de panecillo. No dejaba de mirarse mientras tragaba. Acabó el helado y lanzó el envase al suelo, que rodó hasta tocar otro recipiente vacío entre los muchos que había sobre el parquet. Cerda, musitó, ¿quién te va a querer a ti? Se chupó los dedos con lentitud. Seguía observándose en el espejo del comedor. Un espacio pequeño y luminoso que conformaba el ático que hacía un par de años había alquilado. Se levantó los senos grandotes, estrujándolos, como si con ese gesto pudiera burlar la gravedad. Los volvió a dejar caer. Se apartó del espejo, sentándose en el blanco sofá diminuto, desnuda, sofocada por el calor pegajoso de aquella tarde de verano que ni el chubasco repentino del mediodía había logrado disipar. Miró los libros sobre la mesilla; tratados sobre hacienda pública que debía zamparse si quería dejar de ser una subalterna. Suspiró, incapaz de retomar los estudios. Se cubrió con un camisón de lino y por enésima vez se encaró al temario. ¿Quién te va a querer y quién te va a aprobar, foca? Las cejas se arquearon, la expresión del rostro adquirió la tensión de quien ha recordado algo de improviso. Corrió por el piso en un estado de puro frenesí. Removió ropa sucia, levantó periódicos y revistas manoseadas desparramadas por todas partes, abrió y cerró cajones dando golpes secos. Al fin se detuvo en la cocina estrecha y blanca que parecía un palomar. Se agachó lentamente, situando la cabeza a la altura del microondas grasiento que ya no utilizaba y del interior sacó, con mano lenta y exacta de artificiero, un paquete de tabaco. Encendió el cigarrillo haciendo arder una factura del colmado con la llama del calentador. Operación fracaso, murmuró. Con las brasas del primero prendió el segundo. Luego, caminó con suavidad, el cuerpo laxo, hasta salir a la terraza.
La brisa marina recorrió su cuerpo como si muchos dedos la acariciaran con suma cautela hasta que el viento cesó, derrotado por el bochorno. Por encima de los tejados apiñados de la ciudad vieja y sobre el mar resplandeciente las grandes nubes plúmbeas de la tempestad se iban diluyendo en tonos claros y se dispersaban. Retazos de azul asomaban más allá de los cortinajes desprendidos de la tormenta. Inspiró aire, cerró los párpados para gozar de aquel instante de puro sosiego. Se apoyó a ciegas sobre la barandilla y volvió a abrir los ojos. Entre la estampida de nubarrones vio una ciudad flotante, a muy poca distancia de la costa y solo un poco más arriba de la altura del ático. Una perfecta y enorme masa de metal bruñido, posada en el aire. Un algo indiferente a los quehaceres, al tráfico, a la desesperación de los amantes desgarrados. De aquella visión despegaban y llegaban continuamente pequeñas naves centellantes que se zambullían en el mar y, sin apenas remover el agua, desaparecían. La mujer se fijó en que los aparatos voladores recordaban a los aviones aunque carecían de cabina y el fuselaje de las alas era corto y redondeado. La ciudad flotante parecía una enorme caja de herramientas ovalada que algún dios hubiera abierto de par en par para entretenerse con lo que allí guardaba, pues en los límites del parque volador las paredes habían sido replegadas y recogidas como si fueran el fuelle de un acordeón. En el centro de aquel universo extraterrestre un vergel de proporciones bíblicas respiraba, absorbía el aire del atardecer. El jardín parecía inclinarse hacia la puesta de sol que insinuaba el ocaso. Una luz que otorgaba tonos calidoscópicos a aquella masa de follaje, cuyos detalles la joven no alcanzaba a discernir. En los laterales, por el contrario, vislumbró una serie de volúmenes compactos y herméticos, en algo parecidos a puentes de mando bajo los cuales se situaban bocas oscuras de donde partían las naves de menor tamaño, al igual que abejas mecánicas en un panel de acero. Unas estructuras que denotaban una procedencia ajena a todo lo que conocía.
El rugido de las bocinas la hizo volver a la realidad. Parpadeó ante el crepúsculo. Se rascó las piernas, incrédula. Parte del jardín se desplomaba respecto al eje, como si la selva verde, azul y roja de la nave nodriza deseara tocar el mar. Era una visión hermosa y sobrecogedora. De vez en cuando, artefactos de mayor envergadura se elevaban como si los moviera un ascensor invisible en el aire para, una vez a cierta distancia de la plataforma, encender motores y desaparecer en la nada. La mujer se volvió dando la espalda a la ciudad flotante. Miró el comedor. Nadie la ve, nadie la ve, se repitió. Soy una puta colgada que ve naves. Una mierda hinchada que tiene alucinaciones. No se atrevió a volver a mirar hacia el horizonte. Entró en el comedor, temblorosa. Si nadie la ve es porque no existe. ¿Cómo he podido imaginarla con tantos detalles? Es el monstruo, el monstruo de mi cabeza… Se dejó caer en el sofá, extenuada. Volvía a sudar copiosamente, la ansiedad la carcomía. Las alas de su nariz se ensanchaban y se cerraban como una mariposa atrapada en resina. Su rostro era una pared de perlas transparentes que, una vez habían aflorado, rodaban cuesta abajo, cruzaban la línea de la mandíbula y se deslizaban por el cuello formando riachuelos. Se levantó y, con pasos vacilantes, buscó el móvil. Buenas tardes, quería pedir visita de urgencia. El doctor Bernal, sí, pronto, lo más pronto por favor.
Hola, ¿qué tal todo Bernal?
Bien, Ismael. Tienes un aspecto estupendo, como siempre, cabrón.
Ya sabes, comer bien, dormir bien y trabajar poco.
Ambos amigos tomaron asiento en la terraza de la plaza, llena de turistas desnortados que no sabían bien adónde ir ni qué hacer. Pidieron café. Habían sido buenos compañeros de universidad aunque los años y las distintas trayectorias profesionales empezaban a pesar sobre aquel recuerdo lejano de lo que hacía tiempo que ya no eran. Cada vez se veían menos.
Joder, Ismael. Tú sí que te lo sabes montar.
Bernal era muy consciente de su vuelo gallináceo. Una pequeña consulta de barrio, que quería aparentar solemnidad y buen gusto, compartida con otros colegas hastiados como él. Una lista de pacientes con pequeños trastornos que ellos mismos magnificaban a media voz y sobre los que él, como psicólogo, tenía buen cuidado de no desenredar del todo para, así, ir pasando los meses. Y muchos pacientes que llegaban a su consulta afirmando que tenían depresión cuando lo que padecían era tristeza por una vida sin motor ni alas. Si se le presentaba un caso más grave, el doctor Bernal lo derivaba a otros sin pensárselo dos veces. En cambio, lo de Ismael era otra cosa. Un alto cargo en el Ministerio. Un cargo en la nube, más allá de los ciclos electorales. Mucho mando. Vestía impecablemente. Diríase que la perfecta camisa blanca y el traje diplomático acababan de ser cepillados y planchados. Los zapatos negros relucían como dos oscuros pequeños bólidos a punto de arrancar en la línea de salida.
¿Qué tal todo, Bernal? ¿Maite te sigue dando por saco?
No tanto. Va entendiendo que hay poco que rascar. Además, me han dicho que se ha echado novio.
Bueno, una cosa menos.
Sí.
Cada vez que se citaba con aquel compañero de éxito, Bernal siempre tenía la misma sensación: dijera lo que dijera, nada impresionaba al otro. Ismael parecía tener la cabeza en otra parte, como un árbitro al que no le interesa el partido y no deja de vigilar el reloj. Por eso, Bernal, tenía tendencia a hablar por los codos, para amortiguar ese vacío, esa intuición lejana y desagradable de un perdedor que no puede, que no sabe hacer mucho más. Ismael alzó la tacita y sorbió el café con elegancia.
¿Qué tal los pacientes, marcha bien la consulta?
Como siempre, ya sabes. Bueno, no… Mira que llevo años en esto, pero el otro día me vino una paciente, una visita de urgencia. La tía está para echarle cuatro polvos seguidos. En cambio está convencida de que no la quiere nadie, la tonta. Se ve gorda, se ve mal. Nada, que eso no es lo que quería contarte. El otro día va, se sienta al otro lado de la mesa y me suelta que tiene visiones. Hasta aquí, rutina. Yo le digo que son los medicamentos, que no se agobie, que es normal. La tía insiste. Al final le pregunto, ¿pero qué es lo que ves? ¡Una ciudad flotante!, ¡una ciudad alienígena!, me suelta. ¡Justo delante del puerto!
La risotada de Bernal fue estertórea, tan sonora que no oyó como caía la taza de su colega sobre la mesa. Dejó de reír y miró sorprendido a Ismael. Tenía una mancha de café que rompía el páramo blanco de la camisa. Observó que no hacía nada para limpiarla, como si no se hubiera percatado.
¿Tienes la dirección de esa mujer? Me refiero a si la tienes aquí.
Me parece que sí, llevo la libreta…, pero, ¡eso va contra el código deontológico!, ya sabes…
Escúchame. Llevo años oyendo tus historietas. Me sé de pe a pa tus dos divorcios, lo mucho que echas de menos a tu hijo. Tus angustias, ansias y neurosis porque nada va como quieres. Me da igual el maldito código, necesito esa dirección ahora. Nunca te he pedido nada. No lo entenderías, pero es crucial y no sabes hasta qué punto. ¿Me la das?
Bernal alargó el bloc de notas que había sacado de la americana. Sin decir una palabra, señaló un nombre bajo el cual había escrito una dirección y un teléfono marcado en rojo. El hombre de la camisa manchada extrajo del maletín de piel negra un extraño aparato de comunicación, alargado y curvo y, sin tan siquiera buscar un rincón privado, se puso en contacto con la central:
Al habla el sastre. Comunicación en canal preferente. Solicito activación código Beta, repito la orden, activación código Beta. He localizado un oráculo, ¡moveos!
Las aspas de la flotilla de helicópteros removían el aire de la madrugada. Hombres del Ministerio y un puñado de investigadores surcaban el cielo rojizo siguiendo la línea brillante de las playas batidas por la monotonía del oleaje. La joven estiró el cuello para ver pasar una gaviota que se internó en la masa opaca del conglomerado urbano. El doctor Ismael Nuñez, a su lado, sonrió como lo había hecho unos días atrás, cuando se presentó en su domicilio diciendo que era un colega del doctor Bernal. Era un hombre exquisito que la trataba como si fuera una auténtica reina.
Ya estamos cerca. ¿Seguimos por encima del nivel de la ciudad flotante?
La joven asintió. Era difícil hablar con los rotores al máximo. La emoción la embargaba. Allí estaba la alucinación cuyas coordenadas fijaban los radares pero que nadie, al parecer, era capaz de ver realmente.
¿Algo anormal? Quiero decir, ¿detectas alguna respuesta agresiva a nuestra aproximación?
Nada. La ciudad flota como un sueño grandioso.
Era más grande, hasta majestuosa. De hecho, desde el balcón ella había visto la proa de aquel galeón surgido de las estrellas. Ahora podía observar toda la extensión de la nave. El espacio central estaba ocupado por el jardín, que en realidad era un bosque con claros aquí y allá. Advirtió que la mayor parte de la vegetación le era completamente desconocida, probablemente de origen no terrestre, aunque también detectó árboles y plantas que le resultaban familiares, probablemente de otros continentes. En la cerrada espesura había inexplicables vacíos, como huecos en un puzzle sin completar. A través del vidrio de la carlinga distinguió, diseminados por el edén, seres vivos. Un mar de sensaciones se desató en la cabeza de la mujer. El doctor le tomó la mano con fuerza.
¿Qué puedes ver?
Hay gente ahí, quiero decir, cosas vivas. Casi no se mueven, como si estuvieran despertando.
¿Hay muchas?
La chica entrecerró los ojos. A pesar de que la luz crecía a medida que el sol emergía en el horizonte, le resultaba difícil discernir los detalles a tanta distancia. La flotilla de helicópteros llegó a la posición de la nave nodriza, sobrevolándola. Miró hacia abajo. Entonces los encontró. Pequeñas figuras, sentadas o durmiendo, como si no hubiera nada que hacer. La joven se estremeció. Algo no iba bien, la ciudad y el vergel dejaron de parecerle un paraíso, una promesa. Hizo un gesto con la mano, como si pidiera que la izaran.
¿Qué sucede, has visto algo raro?
¡Arriba, arriba! ¡Salgamos de aquí!
¿Estás segura? Piensa que es una oportunidad que no…
El doctor leyó el pánico en la mujer. Miedo instintivo. Comunicó la orden por radio: abortamos misión, abortamos y volvemos a casa. El piloto se extrañó, primero, y se desesperó a continuación:
Los mandos no responden, ¡no gobierno la nave! Lo que sea esto de aquí abajo nos está succionado, ¡nos va a meter dentro!
La joven, con las manos crispadas, no dejaba de contemplar lo que a los otros les estaba vedado. La flotilla de helicópteros se desgajaba, bajo las fuerzas de tracción de los enormes puentes de la ciudad flotante. Poco a poco y de un modo inapelable, el aparato en el que viajaban se acercaba a una de las bocas oscuras de las que había visto partir y llegar pequeñas naves. En el interior del helicóptero todo era histeria. Los nervios de no saber qué iba a suceder y no poder hacer nada al respecto. Gritos, espasmos. Miedo visceral. Hasta que una sombra colmó el interior de la cabina y los tripulantes dejaron de gesticular. Ya estaban dentro.
Creía estar soñando y al mismo tiempo pensaba que estaba despierta. En el interior de su conciencia persistía el zumbido de una alarma y a la vez su cuerpo le transmitía una sensación de bienestar que la mantenía amodorrada, medio inconsciente, en una dulce duermevela que no parecía que fuera a tener fin. Estaba tumbada, bien caliente. No estaba segura si aquella escotilla era real o producto de su imaginación. Lo que sí sabía es que a través de aquella abertura veía la negrura de lo que parecía el espacio. Un espacio que se sucedía y en el que los fulgores de las estrellas eran rápidamente dejados atrás.
Al fin despertó. Se hallaba sobre un suelo blando, en un habitáculo vacío cuya luminosidad crecía a medida que su consciencia adquiría claridad. Se puso en pie. Se miró. Iba exactamente vestida como la última vez que recordaba estar despierta, aunque no consiguió recordar dónde. La sensación de estar en peligro era leve. Era un estado que la sorprendía, una ligera ingravidez, como si en cualquier momento pudiera dar un brinco y empezar a caminar en el aire o dar un salto larguísimo sin apenas esfuerzo. Una de las cuatro paredes de aquella habitación cambió de estado, de sólido a gelatinoso, cuando se aproximó. Apenas tocó el muro su mano lo atravesó sin esfuerzo, quedando la mitad de su brazo fuera, en otro lugar. Decidió cruzar aquel umbral. Se encontró en un pasillo. Caminó bajo un techo cavernoso de poca altura, de un material que era incapaz de identificar, rodeada de un cálido silencio absoluto. Deambuló arriba y abajo, pasando las palmas sobre aquellas superficies blandas, hasta que una luz llamó su atención. Hasta allí fue, quedándose un instante frente a un muro transparente que irradiaba un fulgor que cambiaba de intensidad. Guiada por la intuición atravesó la pared saliendo al otro lado. Se encontró, sorprendida, frente a una arboleda tupida, con claros artificiales en los que cultivaban flores y pequeños arbustos. No recordaba haber visto antes ninguna de aquellas especies vegetales. El cielo malva veteado con franjas verdosas era cruzado por bandas de pájaros de cristal que alegres iban de árbol en árbol. Sonrió. Aquel jardín era una delicia. Dio los primeros pasos en el pórtico de aquel vergel, bajo la luz cálida de dos soles en eterna persecución. Escuchó un ruido en el follaje. Apareció un ser que la asustó un momento, un humanoide de piel rosácea y cabeza triangular, medio desnudo, que al verla sonrió. Otra criatura se hizo presente en la entrada del bosque, un macho rechoncho cuya cabellera rígida peinada hacia atrás recordaba las púas de un puercoespín. De la maleza salió un gigante atigrado con expresión serena que la miraba con dulzura. Como si se hubiera corrido la voz, se fueron congregando otros individuos enfrente suyo, algunos llevando sobre sus manos bandejas de frutas que no conocía, otros sosteniendo vasijas con líquidos que le eran ofrecidos, aquellos sosteniendo fuentes con alimentos. Había algo en ellos que le recordaba a sí misma: parecían tan felices como desorientados.
Entonces cayó en la cuenta de que aquello era un recibimiento y que era la única hembra a la vista en la corte del bosque. Eso hizo que emergiera a su mente una imagen lejana, de otro mundo, acaso un sueño. Los machos, cada uno distinto a los demás, se acercaban a ella, algunos se arrodillaban a su alrededor, ofreciéndole algo. Los soles corrían deprisa por el cielo y rápidamente alcanzaron la cima. Hacía calor, sudaba ligeramente. Tomó una de las bebidas y dio un sorbo al líquido, algo dulzón y muy frío. Realmente no tenía nada claro a quién escoger para la tarde que se anunciaba sobre el paraíso. Titubeó, sintiéndose mejor al pensar que tenía todo el tiempo del mundo para dedicar a cada uno de los seres que la esperaban.