—Te toca a ti, rata —dijo el Diablo.
La rata gigante enseñó los dientes tan afilados como carcomidos. Luego dejó las cartas sobre la mesa con desprecio. Sabía que había vuelto a perder.
—Tú, Elefantiño. Cuál es tu juego. —inquirió la rata. El elefante mutante puso boca arriba las cartas, resoplando con fastidio al mismo tiempo que movía las enormes y flácidas orejas.
—A ver, tú, tostadora. Qué tienes —prosiguió el Diablo, que se ajustó la capa roja, pues hacía frío.
—Estadísticamente debería ganar esta mano —aseveró el robot. Las manos, bellamente biónicas, aunque unidas al cuerpo por vulgares flexos de ducha, mostraron el juego.
—Nada —dijo el Diablo—. Tanta información y tan poco seso. Te toca a ti, fantasma.
— ¡No soy un fantasma! Soy un holograma —dijo la I.A en red.
—Pues para ser un holograma, eres muy feo —se burló la rata gigante.
La tapa del Eraser, uno de los últimos modelos que fabricaron los humanos en máquinas de cocinar, sin necesidad de limpiar ni cortar, rezaba la pegatina encima de la tapa superior, se abrió y cerró violentamente, en señal de protesta.
—Qué culpa tengo yo que se estropeara el proyector que tenía —se quejó la I.A—, y deba usar este cacharro.
Tras tanta lágrima el Eraser abrió la trampilla inferior y expulsó una buena jugada.
— ¡Cojones con la I.A! —exclamó la rata—. ¿No habrás hecho trampas, verdad? ¿No te habrás acoplado una impresora en tu panza de plástico sin decirnos nada?
—Las I.A nunca hacemos trampas jugando ni en nada. Lo impide el tercer artículo de la Fundación Internacional de las I.A. Te lo he repetido mil veces —la voz sonaba a altavoz barato a través de la máquina de cocinar, acostumbrada a lanzar mensajes tipo tortilla de patatas en cinco minutos veinte segundos lista, gracias—. Cuidado con el Diablo. A ver qué nos ha cocinado en esta mano.
El Diablo sonrió. La malicia se dibujó en el rostro afilado como un punzón, rematado con una perilla negra y puntiaguda.
—Miren y aprendan —dijo, mostrando las cartas—. El maestro se digna a enseñar cuatro cosillas a sus no muy despiertos pupilos.
Un repentino siseo pareció remover la profunda oscuridad de aquel lugar débilmente iluminado. Eran las cohortes de ratas pequeñas que alrededor de la mesa de juego habían apostado por uno u otro jugador. En aquel momento intercambiaban pérdidas y ganancias en un múltiple trueque de objetos insignificantes.
—Los de la bolsa, silencio —dijo el Diablo.
En las alturas se produjo un destello seguido por fuertes detonaciones eléctricas que iluminaron la noche eterna que era la Tierra. Todos levantaron la cabeza deleitándose en la belleza efímera de las explosiones lumínicas que, a pesar de estar a unos cien metros bajo el nivel del suelo, podían contemplar a través de la fisura abierta al cielo. Tras las ráfagas de furia del firmamento se produjo un temblor, seguido por varias réplicas.
—Cuidado no nos caiga nada encima —masculló la rata gigante, mirando las montañas de basura y artilugios desahuciados que en las penumbras los rodeaban como silenciosos titanes desmontados pieza a pieza y dejados ahí por alguna razón incomprensible.
—Que no se apague esa luz —pidió el Diablo, protegiendo con las manos la única lámpara de aceite que alumbraba la mesa de juego.
—Si no fuera por las hordas de cucarachas que son las únicas que se preocupan de algo, hace tiempo que estaríamos sepultados.
Efectivamente, a su alrededor y a pesar de los temblores, cuadrillas de cucarachas con pañuelos blancos atados en la cabeza, trabajaban a destajo para apuntalar los cúmulos de desechos donde, de vez en cuando, encontraban algo con lo que apostar, como cajas de cerillas de Bombay, implantes neuronales de felicidad, cactus artificiales o reproductores en alta fidelidad de voces de familiares muertos.
Barajaron y repartieron las cartas de nuevo. Sintieron un ligero temblor en el suelo. Parecía que el terremoto decidía echarse una siesta.
—Diablo, has ganado el 87,3754% de las partidas que hemos jugado en los últimos 37 años, en los que además de perder y ganar no ha pasado nada remarcable. Según la decimonovena ley de la probabilidad, es imposible —lo acusó el robot.
—Eres un infeliz —respondió el Diablo—. Un pobre robot. Un ser incapaz de enamorarse de algo, ni que sea de una pequeña flor que brota entre los cristales de la dura escarcha de invierno. Tienes la cabeza llena de información, ¡qué digo, tienes toda la información! Y eso no te sirve de nada. Además, eres ridículo. Mira tus piernas y brazos, ¡si son flexos de ducha enmohecidos! ¿Y tu cuerpo? ¡Una máquina de cortar pan de molde! Suerte que con los cables esos que suben y bajan por tu cuerpo disimulas un poco.
—Sabes perfectamente que cayó una bomba nuclear cerca. Lo he contado muchas veces. Las manos —las mostró— y la cabeza, son originales. No pude escoger mucho, todo estaba deshecho como mantequilla al sol.
La rata sonrió para sus adentros. Le había parecido captar una leve modulación en la voz del robot, algo parecido a la rabia contenida. Eraser no decía nada, conectado en red inalámbrica a través de determinados objetos amontonados junto a miles de otros en las montañas de basura y que el resto desconocía donde se ubicaban. Se alimentaba de la energía estática que flotaba en aquel aire enrarecido a mucha profundidad en el subsuelo como una planta selvática bebe de la humedad.
La I.A, a pesar de la pobre materialización en una máquina de cocinar, inquietaba al resto de jugadores. Se sentían discretamente vigilados, silenciosamente rodeados, siendo sus propios cuerpos el último baluarte de la propia intimidad.
—Hace mucho de todo esto. Las catedrales de cristal de los humanos —dijo Elefantiño, mirando como la rata mezclaba las cartas y las volvía a dejar amontonadas—. Todo lo recuerdo. La Primera Guerra Global también. Fue la última, por supuesto. Lucecitas en el cielo tras el colapso, durante años, cuando los humanos se extinguieron. Luego las lucecitas se apagaron.
— ¡Vamos, vamos! —exclamó la rata—. Estate por el juego, Elefantiño, que con el pasado no podrás apostar. Mira, mira lo que tengo para subir la apuesta —dijo la rata gigante sacando un paquete que tenía guardado. Abrió el paquete—. Es un lingote de oro. ¿A que hacía mucho que no veías uno? Lo apuesto contra tu caja azul de galletitas danesas.
— ¿Un lingote de oro contra mi caja de galletas? ¿Bromeas? Que sepas que quedan 6 galletas y me da igual si están un poco duras. Pide a tus escuadrones de ratas que busquen en la grieta un buen pedazo de morbier o algún otro queso. Mataría por un trozo de queso. O mejor aún, que miren si entre los montones de chatarra y basura encuentran una botella de vino. ¡Oh, vino! Oscuro y tibio como una Elefantiña en celo. A todas las recuerdo.
—Parece que Elefantiño abandona la melancolía si de la boca se trata —se burló el Diablo.
Elefantiño, arrepentido del arrebato, volvió a adoptar una actitud digna y trágica.
La máquina de cocinar automática abrió la tapa superior. La I.A emitía un comunicado urgente para todos: “trece caravanas de hormigas solicitan permiso de paso para viajar de grieta en grieta”.
— ¿Qué es lo que ofrecen como pago de aduanas? —preguntó la rata.
“Leyendo oferta: 2 botes de loción solar; 11 maquinillas de afeitar, 1 auricular supersónico, 3 paquetes de cigarrillos, 27 colillas y 3 latas de albóndigas con tomate”.
La rata se levantó emocionada y abrazó a Elefantiño. El Diablo se sumó al abrazo.
— ¡Tabaco y albóndigas! —exclamó, exultante, la rata.
— ¡Mundo feliz! —gritó el Diablo—. Paso permitido, ¡adelante hormigas disciplinadas! ¡Adelante vosotras que con ingrato sudor sostenéis el mundo!
Tras el paso del convoy y vaciar las latas de albóndigas encendieron los cigarrillos.
—Con la loción solar me podré engrasar un poco —comentó el robot.
—Falta te hace —añadió el Diablo.
— ¿Qué es loción solar? —preguntó la rata.
Sustancia pegajosa para proteger piel humana de rayos uva de estrella Sol —contestó el robot.
— ¿Qué es Sol? —Volvió a preguntar el roedor—. ¿Qué es piel humana?
— ¡Oh! Basta de preguntar sobre el mundo de ayer y sobre los humanos. Desaparecieron hace mucho. Nada más que añadir. Aunque los echo de menos. Era divertido tentarlos. Únicamente se me resistían los iluminados y los locos, que vienen a ser los mismos —dijo el Diablo.
Fumaron en silencio, las cartas esperando ser barajadas para echar suerte de nuevo cuyo balance los perdedores atribuirían al destino. A través de la grieta, una línea irregular de varios cientos de metros que los comunicaba con la superficie, les llegaron las primeras gotas de lluvia. Elefantiño levantó la cabeza, quien sabe si recordando los pasos de los antepasados que señorearon con pausada elegancia sobre las sabanas africanas, antes que la manipulación genética de los humanos convirtiera a la especie en estúpidos elefantiños de peluche para llenar los vacíos emocionales de la inestable raza dominante.
—Fuimos grandes —murmuró Elefantiño—. Todo lo recuerdo.
El Diablo lo miró brevemente con expresión indescifrable. La lluvia arreció amenazando con transformarse en una de esas breves galernas que se repetían en aquel nuevo universo a punto de derrumbarse.
—Voy a conectar el toldo —anunció la I.A a través de la máquina de hacer tortillas. Entre los promontorios de chatarra que los rodeaban, varios paraguas con las puntas hacia el cielo emitieron un breve destello, repetido hasta formar una cúpula de energía sobre la mesa de juego que a todos los protegía de la inclemencia de los elementos, a excepción de las congregaciones de ratas pequeñas que apostaban por su cuenta, situadas alrededor de la mesa como si ésta fuera un altar y los jugadores los obispos listos para desencadenar una homilía idéntica a la anterior y así hasta el fin de los tiempos.
El Diablo, repentinamente cabizbajo, tenía la mirada clavada en las cartas y la mente divagando en algún lugar. Estiró y cruzó las piernas hasta que los botines de terciopelo rojo, acabados en una exagerada puntera, descansaron uno encima del otro.
—Es verdad que echo de menos a los humanos —dijo con idéntico tono al que usaría un hombre que examina su alma frente a un espejo—. Sí. El tumor que se multiplicó a sí mismo varias veces, durante siglos, hasta conseguir el colapso, el quebramiento de la vida en este planeta. Tan locos y despreciables como entretenidos, especialmente para mí, se entiende. A ti, Elefantiño, seguramente no te divirtieran tanto y menos aún a los abuelos de tus abuelos. De todos modos, me entretenía con las angustias de esos seres. Uno a uno podían ser tan diferentes… En cambio, vistos desde lejos eran tan parecidos como los incontables guijarros de un río seco, ¡y cómo se esforzaban por parecer distintos! Sufrían y reían en un mismo instante. Y jamás tenían bastante. Siempre les faltaba algo. Ahí estaba mi oportunidad. A unos los podía tentar con la promesa de una seguridad de por vida. Tranquilo, les decía, nunca te faltará de nada. Tendrás un techo y un plato de comida, siempre, siempre. A otros los hacía míos por el deseo. ¿Ves eso que quieres, que miras todas las mañanas y no puedes tener? No te preocupes. Te lo acercaré hasta que con las yemas de los dedos puedas tocarlo tantas veces como quieras, tantas, que acabarás por desgastarlo como piedra bajo la eternidad de la lluvia. A unos cuantos los corrompía prometiéndoles poder, a otros, juventud eterna o tantas otras cosas. Me sorprendía lo fácil que era. Si fallaba la propuesta que creía adecuada, recorría a susurrarles al oído lo importantes que eran, lo mejores que eran respecto al resto de guijarros del río, lo mucho que merecían estar sobre un pedestal. ¡Ah! Era la palanca más segura de las muchas de las que disponía. Ellos eran como una esponja. O como un pozo cuya agua acaba por filtrarse hacia algún otro lugar desconocido. Por mucho que le echaras agua al pozo, nunca podías colmarlo. Nunca. Y así les fue. Más, más, hasta llegar a la propia aniquilación.
La rata levantó la vista cuando Diablo calló.
—Oye, ¿hace otra partida? —dijo—. No te pongas así, Diablo. No te reconozco.
—La lluvia ha cesado. Desconecto el toldo —avisó la I.A.
Escucharon un desprendimiento de una de las acumulaciones de basura cercanas. Hubo un sobresalto. Las valientes hordas de ratas creyentes escaparon a esconderse en estampida. Los jugadores escrutaron la oscuridad que los rodeaba más allá de los límites de la claridad de la débil luz de aceite. Dos sombras emergieron de la nada haciéndose parcialmente visibles. No se comunicaron, tan solo los estudiaban con recelo.
— ¿Quiénes sois? —preguntó el Diablo, sin levantarse de la mesa de juego.
Las dos sombras, empapadas por la reciente tempestad, siguieron en silencio.
— ¿Vuestra brecha está cerca? —inquirió la rata gigante.
— ¿Sois dos ositos de peluche autómatas? —preguntó Elefantiño—. Podéis uniros al juego. Será divertido. Hace años que no vemos a nadie.
Las sombras se acercaron un poco más. Vestían largos capotes color humo deshilachados y apedazados. Se echaron las capuchas atrás. Uno era grande y el otro pequeño.
—Podrían ser humanos —sugirió el robot.
—¡Cómo van a serlo! No quedó ninguno tras la guerra. Todo el mundo lo sabe y yo lo recuerdo —concluyó Elefantiño.
—Oye, tú, osito grande del copón —dijo la rata—. ¿Por qué llevas la mano a la espalda? ¿Es que escondes una carta? Me parece que quieres jugar y hacer algún cambalache con esa carta escondida.
La sombra grande movió el brazo hacia delante. Hubo un alarido. La sombra los apuntaba con una pistola Gauss.
— ¡Un arma! —gritó Elefantiño.
— ¡Un arma! —se sorprendió el Diablo—. ¡Entonces son humanos! Calma señores, calma —prosiguió, dirigiéndose a los recién llegados—, siéntense con nosotros. Tenemos algo de comida y muchas cosas por contarnos. Aquí podrán secarse y descansar.
—Papá —dijo la sombra pequeña—. El de rojo es malo. Lo leí en un libro. Dispárale.
Una detonación resonó en el valle entre montes de basura y el Diablo voló hacia atrás con un agujero en la frente, como si un bromista le hubiera quitado la silla de repente. La rata se levantó, amenazándolos al mostrar los duros dientes afilados. Dos disparos la acallaron para siempre.
Elefantiño intentó sonreír con humildad. Se dirigió a ellos:
—Podría ser vuestra simpática mascota. Soy muy cariñoso —y diciendo esto cometió el error de dar dos pasos hacia ellos.
—Es malo, ¡ese es malo! —masculló el pequeño.
La boca de la pistola habló varias veces, pues la piel de Elefantiño era gruesa. El animal se derrumbó, con las cuatro patas abiertas hacia fuera. Mientras, la máquina de hacer comida simulaba ser una máquina de hacer comida y no una I.A, consiguiendo un camuflaje perfecto. Finalmente el robot habló:
—Dispongo de la información. Cuando los satélites soltaron las ojivas nucleares decidí recopilar toda la información de los servidores que estaban conectados. Con toda la información se puede volver a empezar y levantar una nueva civilización desde cero.
—No le escuches, papá —dijo el hijo—. Es un mentiroso. Es una trampa. Nos quiere muertos.
La pistola Gauss apuntó a la cabeza del robot, que además era original, como las manos, bellamente biónicas. El robot no cayó al recibir el impacto. Simplemente se volvió a sentar en la silla, hasta con una cierta naturalidad, con las luces apagadas.
—Papá. Les robamos toda la comida que podamos encontrar y salimos de aquí pitando —dijo el pequeño.
Al poco, dos sombras se escabullían, perdiéndose en la negrura, entre las montañas de cacharros y metales retorcidos.
Cuando la calma volvió al lugar, el Diablo se levantó del suelo. Se acicaló un poco, viendo con disgusto como sus ropajes rojos se habían manchado. Del agujero en la frente quedaba tan solo una leve marca que pronto desaparecería.
— ¿Creéis que me habían matado? —dijo, sonriente, mirando a cámara—. ¡Pero si soy el Diablo! ¡No puedo morir mientras quede un humano!
Una carcajada atroz reverberó en la brecha, vibrando entre las miles de toneladas de basura y desechos. Las pequeñas ratas volvieron a emerger entre las toneladas de desperdicios y las cucarachas prosiguieron con sus trabajos.