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lluís viñas marcus

apocalipsis conejo

Centro de Operaciones de la Comandancia del Imperio de los conejos de cola blanca. 20.07 h de la tarde. Una gran inquietud se ha apoderado de ciudadanos y autoridades. Una amenaza de múltiples vectores se cierne sobre la feliz convivencia en el interior de las extensas y bien guarnecidas fronteras de la civilización.
—Señor, se confirma que los conejos cabeza-de-melón se multiplican sin control en la vecina República de los conejos de cola marrón —anuncia el capitán Smith.
— ¡Oh, dioses inmisericordes! —exclama el Emperador.
— ¿Qué coño es eso de los conejos cabeza-de-melón? —inquiere el Ministro de Infraestructuras.
—Los que han pillado el virus ese raro, señor ministro. Se les hincha la cabeza como un melón —responde el becario mal pagado—. ¿No lo ha visto por la tele? Es un virus muy contagioso. Se les pone la cabeza gorda y no hacen otra cosa que deambular por ahí contagiando a los demás, que no tenemos la culpa de nada.
— ¿Cómo la gripe aviar? —pregunta el ministro.
—Sí, pero de verdad —responde el becario mientras limpia sus gafas de pasta.
— ¡Los conejos cabeza-de-melón han entrado en el Senado de los de cola marrón! ¡Es un desastre! —anuncia el teniente Strogoff, que acaba de entrar en la sala.
—Todo es en vano —dice el coronel P. Reverte—. Creíamos vivir en Disneylandia y el despertar a la realidad resulta atroz.
—Se rumorea, también, aunque no puedo revelar mis fieles fuentes fidedignas, que en La Comarca, donde viven los conejos de cola arcoíris, han aparecido nuestros viejos enemigos, los conejos zombis, que más que comer hierba, muerden colas —anuncia el Ministro de Información Veraz.
—Es el final del mundo tal y como lo habíamos conocido —dice, en un arrebato de optimismo, el Ministro del Interior—. Y esos malditos conejos arcoíris no saben luchar, ¡son unos malditos hippies!
En la Sala de Operaciones del Imperio cientos de conejos de cola blanca sentados frente a las pantallas de los ordenadores, ordenados en filas como si estuvieran en la Universidad de Conejo Mayor, monitorizan la crisis. En las distintas pantallas gigantes de las paredes se observa el avance de, por un lado, los conejos de cabeza-de-melón, y por otro el de los conejos zombis, que obviamente tienen los ojos inyectados en sangre y un rastro rojo alrededor de la boca. Entre las filas de técnicos y las mesas de control se mueven ministros, asistentes, oficiales y el Emperador. Ah, y un camarero que sirve manojos de hierba azucarada, ricos batidos de zanahoria y mate. Los conejos cabeza-de-melón y los zombis han llegado a distintos puntos de las fronteras del Imperio. El glorioso ejército de cola blanca lucha valerosamente, sufriendo enormes pérdidas, para sostener la civilización, pero empieza a resultar evidente que esta defensa heroica pronto se vendrá abajo. Los enemigos se abalanzan contra los defensores a centenares. Es el momento en que se reúna el Consejo Privado del Emperador para debatir las medidas a tomar.
—Es el momento de las grandes decisiones, señores conejos —anuncia, impertérrito, el Emperador—. Nuestra cultura, nuestro modo de entender el mundo, nuestra civilización conejera, está amenazada… ¿Prefieren té, mate o zumo de zanahoria?
—Para mí un té, con una nube de leche, por favor —dice el General Cinco Estrellas.
—Les decía, señores, que ha llegado la hora de decidir —continua el Emperador.
—Zumo de zanahoria para mí, muy agradecido —responde el Ministro de Educación de Pago.
—Sí, muy bien. Para mí lo mismo acompañado por un pastelito de calabaza —dice el Viceprimer Ministro.
— ¡No! Decidir qué hacer —les recuerda el Emperador, parafraseando al famoso conejo rojo.
Alrededor de la mesa oval se hace el silencio. El instante es terrible.
—A ver, recapitulemos —dice el Tríceps-Primer Ministro—. Hordas de conejos cabeza-de-melón están cerca de romper nuestras defensas. Infectarán con su virus a nuestros súbditos sanos, gente honrada y temerosa de Dios, que se dedican a trabajar con ahínco en granjas, aunque todos sabemos que usan pesticidas y sucios trucos genéticos para que los cultivos de hierba sean de hoja gorda. Bien. Malo, porque de entrar en nuestros dominios acabaremos todos siendo cabeza-de-melón, y en un principio no queremos que eso suceda. Solo hay que verlos en las pantallas, avanzan en línea recta y no hacen zigzag, como nosotros, como si no pudiera aparecer un águila del cielo y despedazarlos. Está el tema de los conejos zombis, mordedores de colas, que así se propagan. Se te acercan por detrás, y ¡zas!, te muerden y antes de que te des cuenta se te ponen los ojos rojos y lo único que quieres en la vida es morder colas de conejos sanos, cuando hay otras alternativas, como el dominó o mirar la tele los domingos por la tarde. Eso tampoco lo queremos. Hay que defender las industrias de pastelitos y de zumos de zanahoria a toda costa, con el coste que sea necesario.
—Permítame una pregunta, Tríceps-Primer Ministro. ¿Por qué los conejos zombis están tan obsesionados en morder colas? ¿No podrían organizar una barbacoa, un bingo o algo así?
—Esa pregunta me atormenta en las cálidas e insomnes noches de verano —responde el Tríceps—. Pero, a fe, que no tengo ni pajotera idea.
—Bueno, bueno. Pero aquí están. Llamando a las puertas de este cielo que tanto trabajo y sacrificio nos ha costado a todos —responde el Emperador.
Llaman a la puerta y aparece un becario, al que obviamente no le dan tantas zanahorias como merece su trabajo, sosteniendo una probeta con un líquido verde burbujeante y humeante, como mandan los cánones. Se la entrega al Ministro de Ciencia y le susurra algo al oído. El Ministro sonríe.
—Señores —dice levantando la probeta como si fuera una copa de champán—, ¡tenemos un antivírico para los conejos cabeza-de-melón!
Tras los aplausos y los abrazos y, aprovechando la confusión algún robo de Smartphone, el Emperador pregunta:
— ¿Y cuánto cuesta cada uno de estos antivíricos?
—Seis sestercios, señor —responde el Ministro de Ciencia.
—A ver, a ver… —El Emperador saca una calculadora, y hace cuatro números—. Siete millones de conejos infectados por seis sestercios… ¡No! ¡Es una fortuna!
—Pero, señor, están ya aquí, no podemos permitirnos el lujo de dudar —responde el Ministro.
—Que la Corporación Farmacéutica es mía, coño. ¡Es mi negocio! —responde, airado, el Emperador—. Cómo quiere que deje de fabricar tintes de pelo para conejos viejos y esmaltes de garras para conejas, y pierda una fortuna poniendo la producción al servicio de los antivirales. ¿Cree usted que soy tonto? ¡Eh! ¿Soy tonto?
—Si no fabricamos los antídotos, pronto no habrá conejos a quien venderles algo.
— ¡Cállese! —grita el Emperador—. Es usted un maldito pesimista, un joven alarmista, un pseudorevolucionario burgués, ¡cállese!
Algunos ministros y generales aprovechan la discusión para beber y mordisquear pastelitos de verduras; riquísimo el surtido que ha proporcionado la Asociación de Padres y Madres y Madres Solteras de Conejos con Síndrome de Chrotzch.
El general conejo sentado en su silla, mostrando con orgullo una pechera cubierta de condecoraciones, medita sin probar bocado.
—Señores, escuchen atentamente —Se levanta y pierde toda credibilidad. Porque claro, es un conejo, y los conejos no llevan pantalones, con lo que muestra al Consejo sus apretujadas intimidades.— Señor Emperador, todos ustedes. Si los conejos cabeza-de-melón y los zombis superan nuestras barreras, deberemos tomar medidas extraordinarias, y…
Entra un mensajero diciendo tengo prisa, tengo prisa, y entrega una nota al general. Este levanta las orejas, dejándolas tiesas en el aire.
— ¡Por Dios y por el Santo Sepulcro del Conejo! ¡Han entrado en nuestro territorio! —exclama el general.
— ¿Alguien quiere comprar a buen precio mis acciones de la Corporación Farmacéutica? —pregunta el Emperador.
—Es un desastre sideral —dice un ministro—, no podré avisar a mi esposa de que no vengo a cenar. Y eso que estaba preparando zanahorias a la vasca.
— ¡Oh, cielos, qué horror! —grita un dirigente.
—Deberíamos evacuar a la población. Por mar, no hay otra vía —propone el Vigesimoquinto Ministro.
—A ver, a ver, que la naviera es mía —les recuerda un general de tres estrellas y media, presente en la sala—. Mis pingües negocios comerciales con la R.D.G.H (República Democrática de Gallinas Heterosexuales) se resentirían. Debería cancelar los envíos para transportar a los ciudadanos y bla, bla, bla.
—No queda otro remedio —dice en un arrebato el Emperador—, liberemos a los zorros.
—¡Nooooo! —responden al unísono los presentes.
—¿No sería mejor que llamáramos a los Rangers de Texas? —pregunta el Tríceps Primer Ministro
—Hace años que todos ellos están en una clínica de desintoxicación, cómo quieres ponerlos en circulación, ¡hombre! Si son politoxicómicos —le responde un ministro.
El Emperador se levanta, con lágrimas en los ojos.
—Liberad a los zorros.
—Señor, si liberamos a los zorros atacarán cualquier cosa, a los conejos buenos y a los feos. Incluso atacarán a los conejos que no defraudan a Hacienda.
—Murieron muchos buenos conejos en las Guerras del Zorro, y ¡cuántos murieron hasta que conseguimos encerrarlos en las mazmorras! —se lamenta un camarero, que pasaba por ahí sirviendo panochas empapadas en mantequilla.
—¿Y quién pronunciará el conjuro élfico que abre la puerta de las mazmorras? Porque ese será el primero al que rebanen el cuello. A ver quién es el guapo y le pone el cascabel al zorro —sostiene otro general multiestrellas.
—No. No es al zorro. Es al perro.
—Por cierto —dice el Tríceps Ministro—, esos conejos que veo desde la ventana, esos que están en el patio, esos que se acumulan en el patio como si hubieran llegado las rebajas, esos que se mueven como bailarines de breakdance con una tremenda resaca, ¿no serán zombis?
Todos corren a las ventas. Efectivamente, cualquiera diría que esos de ahí abajo acaban de levantarse después de dormir dos días seguidos. Son bastante feos, ni uno ha pasado por la peluquería, se mueven lentamente y no paran de buscar colas no infectadas para morder, mirando al suelo, como si alguien hubiera perdido el anillo de bodas y hubiera pedido ayuda a la multitud. Hacen el ruido que harían mil jardineros furiosos podando rosales con brío: ñac-ñac-ñac.
—Los Sardokaar, la guardia del Emperador, podrán frenar a esta infame turba nocturna de conejos infieles —afirma el coronel Góngora.
— ¿Así que los zombis son muy promiscuos?
—No, no es eso. Es que se niegan a rendir culto al Emperador, como enseñan en las escuelas.
—Ah….
—Bien, señores, mis aguerridos Sardokaar se encargarán de la defensa de Palacio —dice el Emperador—. Además, están motivados. Mañana cobran la paga extra. Propongo, mientras tanto, echar una partida de Monopoly. Eso sí, con casas de verdad. Aquí todos somos ricos. De hecho, somos los propietarios de todo el Imperio de los Conejos de Cola Blanca, ¿qué les parece?
La propuesta del Emperador es celebrada con vítores. Se pide el almuerzo por wasap a la cocina de palacio y a los miembros del consejo se les hace la boca agua pensando en las mil variantes en las que puede ser cocinada una buena zanahoria, ¡las posibilidades son infinitas! El tablero de juego está sobre la mesa y los jugadores esperan la comida y la bebida para empezar a lanzar los dados en el aire. Tras esperar un buen rato, llaman a la puerta. En lugar de sirvientes llevando bandejas aparece una multitud de conejos mordedores de cola que entran en tromba en la sala mordiendo las acomodadas colas de los presentes. Al mismo tiempo, en todas las ciudades, pueblos, alcantarillas y moteles baratos para echar un polvo del glorioso Imperio de conejos de cola blanca, los zombis y los cabeza-de-melón, ocupan la totalidad del espacio público esparciendo la infección. Pronto, muy pronto, la casi totalidad del país se transforma en un carnaval de zombis, sin que nadie se pueda explicar por qué una vez infectados se ensucian tan rápidamente la ropa. (¿hay algo de cerdo en un zombi? ¿se revuelcan por el barro antes de levantarse los No muertos? y ¿por qué presentan tan lamentable estado bucal para regocijo de la Asociación de Dentistas del Imperio?). Pero no todo está perdido. En un rincón del país de los conejos de cola blanca, un pueblecito resiste al invasor. Bueno, hay que decir que resiste, posiblemente, debido a que el alcalde desvió los fondos para reparar el puente del pueblo a obras de mejora de su casa de campo y, claro, resulta muy pesado vadear el río que aísla y al mismo tiempo salva dicho villorrio. Ajenos a los cabeza-de-melón y a los zombis que odian las tintorerías, los habitantes del pueblo siguen con sus quehaceres habituales. En una de las casitas del pueblo viven Ricki y Samanta, una pareja de mediana edad que aspira a ser invitada a todas las barbacoas de zanahorias y a ser admirada en cada celebración como la pareja más molona de las presentes.
Habitación de matrimonio. 4.17h de la tarde. La pareja molona conformada por Ricki y Samanta han comido hace un rato. Tras ingerir un par de combinados de zanahoria sin alcohol, se han retirado a sus aposentos. Ricki le da caña a su mujer que, tumbada en la cama boca abajo, gime entre excitada, contenta y orgullosa del estandarte de su marido. Su discurso es notablemente coherente, con fraseos tipo “uuu” o “ahaha”, intercalando con adverbios afirmativos del tipo “¡siiiiiiií!” y conjunciones copulativas, del tipo “eeeeéeeé”. Finalizado el trigésimo coito, pues es bien sabido que el follar entre conejos consiste en breves y repetidos encuentros, Ricki y Samanta se toman un merecido descanso.
— ¡Ah! Lo de hoy se lo voy a contar a Tica y Vanesa —dice Samanta.
— ¡Pero que manía de contárselo a las amigas!
—Es para que se mueran de envidia y piensen, ¿qué tiene Samanta?, ¿qué le da a su marido para que la salude con tanto entusiasmo?
—Joder, Samanta….
—Ay, cariño. Estoy tan contenta de que dejaras de ser el borrachín del pueblo. Desde que dejaste de mamar, ¡mira cómo ha subido tu rendimiento!
—Es verdad —contesta Ricki, adoptando la expresión de un futbolista cuando hace anuncios de calzoncillos—. Dejé de beber y ahora soy un conejo nuevo. Y todo gracias a la ayuda de la Iglesia Conejo Evangélica.
—Además, eres el policía local del pueblo. Quedaba feo verte tumbado bajo el cartel de «Bienvenidos a Conejo Village», meado y durmiendo la mona con una botella vacía en la mano. Los conejitos pequeños te señalaban. Llegaban los turistas y daban media vuelta. Los turistas no quieren ver borrachos, quieren ver conejos indígenas sonrientes haciendo trabajos manuales, no te rías Rick, cariño. Quiero decir trabajos artesanales. Y ahora pon un poco la radio, que tu risita sarcástica me recuerda a esa época tuya del instituto.
Ricki se levanta de la cama y pone la radio. Perdón, perdón. Quiero decir que Ricki se levanta de la cama y con el dedo índice traza un símbolo arcano sobre la pantalla del smartphone, lo conecta, busca la aplicación FM y la activa. Se oye un mensaje radiofónico, que va repitiéndose una vez y otra:
«Atención ciudadanos conejos, este es un mensaje de las autoridades imperiales. No se trata de un simulacro, repito, no se trata de un simulacro, así que dejen de lavar los platos. Escuchen con atención y olvídense del Fairy. Va, va, dejen de cortarse las uñas y mirar wasaps. El Imperio está bajo amenaza. Miles de conejos cabeza-de-melón y zombis invaden las calles de la capital. Se desconoce hasta dónde han llegado. Conejos del Imperio, ¡defended vuestras casas! Conejos del Imperio, ¡coged el fusil y vigilad vuestras colas!»
— ¿Has oído eso, cari?
— ¿Una invasión? ¿Están de guasa?
Tras mirarse el uno al otro, se escuchan las campanas del pueblo repicar.
— ¿Es la hora del Ángelus?
—Qué coño, si son casi las cinco de la tarde, Ricki. El párroco está convocando a todo el pueblo a la Iglesia Conejo del Perejil.
Ambos salen de casa con tanta prisa que Samanta se da cuenta, demasiado tarde, de que no se ha alisado el pelo. Pero da igual, siguen corriendo por calles desérticas. Algunos conejos tontos miran al exterior desde la teórica seguridad de sus casas. Y la vieja coneja del visillo, evidentemente, también. Están a unos pasos de la iglesia cuando una avioneta surca el cielo azul, que en vez de estrellarse envuelto en llamas o algo así, hace ondear una gran lona publicitaria «Consigue las mejores orejas tiesas. Clínica Estética La Coneja Guapa». Entran en la Iglesia Evangélica y Apostrófala Siempre. La mitad del pueblo o casi se ha congregado allí. El resto siguen pegados a internet. Se escuchan los primeros murmullos: «Es Ricki, el poli del pueblo. Estamos salvados», «menos mal que ha venido», «seguro que tiene un plan». La expectación es máxima. El párroco mueve las zarpas en el aire para que los conejos guarden silencio.
—Ricki, tú eres nuestro policía local. Dinos qué debemos hacer.
Ricki se aclara la garganta. Todos le están mirando.
—El mundo es una porquería, ya lo sé —dice el héroe—. El nuevo peligro al que nos enfrentamos es la invasión de los cabeza-de-melón y los zombis. Pero, gracias a Dios, nuestro pueblo se ha visto libre de tales males, por el momento… Es hora de estar todos juntos, de unir nuestras fuerzas. ¡Debemos luchar por nuestras familias! Por nuestros hijos y por nuestras mujeres (oh, y esa conejita de la blusa azul, ¿quién es?). El enemigo está cerca y…
Entra en la iglesia un conejo de los suburbios y que por tanto lleva una gorra de béisbol encasquetada como si le hubiera caído un ladrillo en la cabeza. Todavía resopla. Cuando consigue hablar, avisa a los presentes:
—El lecho del río está lleno de zombis. No lo pueden cruzar debido a las lluvias de ayer. Resbalan. Pero cuando se seque la ladera, llegaran a Conejo Village, seguro.
Una gran consternación recorre la sala sagrada. Todos creían que los zombis estaban lejos, todavía.
—Eso empeora las cosas. Debemos escapar, aprovechar esta oportunidad. Reunid a las familias (siempre digo familias, así la gente, luego, no puede acusarme de nada) en la puerta de la iglesia. Coged todas las armas que podáis: palas de juguete, pistolitas de plástico, escopetas de cartón, espadas de carnaval, ¡todo! Huiremos juntos por la carretera del norte, hacia las montañas, hacia aquellas tierras que nadie se ha atrevido a pisar antes y a las que todos llamamos el País de Nunca Jamás. ¡Vamos, rápido!
—Un momento, un momento —pide Evaristo, el conejo bombero—. Pero, ¿cuál es el argumento de esta excursión? ¿Ver cómo en los siguientes capítulos huimos de los malos? ¿Y nada más? ¿Vamos a pasar meses y meses huyendo de los malos y nada más?
—Bueno, sí —concede Ricki—. Huir de los malos. También será emocionante ver que alguno de nosotros es eliminado, en plan concurso de la tele, ¿sabes?, y ver como a los que les muerden la cola se convierten en malos a su vez. Y luego, lo que gusta más, los líos entre nosotros. Aquel que odia a tal conejo, el otro que se enrolla con aquella coneja y no estaba previsto, el niño que se pierde, el otro que casi lo pillan pero no, y cosas así.
—No me jodas —contesta el bombero—. ¿Y ya está?
—Sí, y ya está. Ahora prepara tu mochila y no olvides cargarla con latas de zanahorias y coger tiritas de colores por si alguien se rasga una oreja.
Por fin la parte del pueblo que no mira internet está reunida frente a la Iglesia. Sin que nadie se explique el cómo, de repente el pueblo tiene un aire fantasmal. Es como si nadie hubiera pintado las fachadas de las casas en ciento cincuenta años. Los buenos ciudadanos se organizan en una larga hilera de conejos de cola blanca que empiezan a marchar hacia el norte, dejando atrás sus queridos hogares y multas de tráfico sin pagar, que nadie reclamará. Se escucha a los más pequeños sollozar, desenchufados súbitamente de sus Nintendos. Las señoras sufren pensando que en unos días las canas asomarán, no dispondrán de tinte y nada podrán hacer, y los hombres aprietan los puños, sabedores que la cerveza fría se acabó, así como los partidos de fútbol y las barberías hoy-que-guapo-estoy.
A medida que los buenos conejos suben por el caminito del norte y pasan las horas, alejados de su zona de confortabilidad, surgen los primeros problemas. Unos se quejan de no disponer de bebidas energéticas, otros de no disponer de quiromasajistas a mano, porque ya se sabe, la vida de sofá está reñida con mover el blanco culo de conejo a mayor distancia de la que media entre el hogar de uno y el gimnasio. En fin, los lamentos van en aumento hasta el punto en que Ricki se plantea si no hubiera sido mejor quedarse en casa, cerrar la puerta, haber pedido un par de pizzas vegetales y esperar tranquilamente el fin de los tiempos. Antes de que la oscuridad invada completamente el mundo, y a cierta distancia todavía del País de Nunca Jamás, detectan en retaguardia a los primeros zombis, cubiertos de barro, y algunos cabeza-de-melón que avanzan como si fueran a caerse hacia los lados, quizá desequilibrados por el peso de sus testas desmesuradas. Así que, a pesar de que los lloriqueos crecen a lo largo de la hilera de huidos, se ven obligados a seguir caminando de noche, iluminados por la bella luz blanca de sus iphones, con una cierta normalidad. A la mañana siguiente, al despuntar el sol, la visión de la situación real del grupo cambia radicalmente. Para entender esto, hay que partir de la premisa que ni los cabeza-de-melón ni los zombis acostumbran a usar iphones como linternas. No se los ve llegar. En pocas palabras, los infectados han recortado distancias y los tienen encima, justo cuando el grupo había decidido hacer una pausa.
— ¡Levantaos todos! ¡Vagos! ¡Están aquí! —grita Ricki, desesperado.
— ¡Oh, cariño! Es una lástima —le contesta su esposa—. No nos dará tiempo de abrazarnos con la salida del sol y tomar un mojito.
—Oiga, señor policía —le dice el conejo magistrado—, que estoy preparando mi taza de café y he traído pastas dulces.
— ¡Joder! Que no es hora para eso —contesta el policía local—. ¡Hay que huir!
Justo después de decir esto, muchos se levantan y, como el Lute, vuelven al camino. Aunque claro, como siempre en los momentos de máximo peligro y sin que nadie pueda explicárselo, empiezan los tropiezos. Conejos y conejas normales, que hasta la fecha no acostumbraban a irse de bruces al suelo, empiezan a trastabillar, a engancharse con raíces invisibles, a perder el contacto nervioso con tobillos y rodillas, y a quedar atrasados. Una manera como otra cualquiera de llamar la atención. Sus padres conejos no debieron mimarlos tanto cuando eran unos chiquillos.
Pero no todos en la larga hilera de conejos no infectados hacen caso a Ricki. Algunos, en grupos de tres o cuatro, practican el reiki. Mediante una liturgia de rebajas de hipermercado, se imponen las manos los unos a los otros. Algunos conejos y conejas, tanto heterosexuales como homosexuales, optan por realizar ejercicios de yoga y hasta unos pocos conectan sus Nintendo que llevan consigo de contrabando y se ponen a jugar como si no formaran parte de la galaxia. Ricki corre junto a su mujer hacia el final de la cola para intentar moverlos. Pero es inútil. Los infectados se lanzan sobre ellos antes de que el poli pueda hacer nada y los infectan, eso sí, en categoría de infectados relajados. Ricki, muy cabreado y a fin de contener el avance de los malos, saca su enorme símbolo, una gran pistolita de plástico y descarga las balas sobre los infectados, mientras exhorta a los suyos a seguir la carrera. Eso sí, al ser la primera vez que dispara, una de las primeras balas revienta la cabeza de su amada esposa, pero es tan grande su amor, que en vez de salpicaduras y fragmentos de tejidos, que es lo que el público ha querido siempre desde tiempos inmemoriales, en el lugar de la cabeza de Samanta aparece un geranio en flor.
— ¡Oh, Gran Conejo! ¿Qué es lo que he hecho? —se lamenta el representante del orden público—. El gran Dios me castiga por mis pensamientos impuros. Y ahora que digo esto, y pensando que mi mujer está muerta, ¿por dónde anda la joven conejita de la blusa azul? Si la pillo, seguro que sube la audiencia.
Un puñado de valientes, capitaneados por Ricki, forman un muro para contener a los infectados. Disparan y clavan palas en las cabezas de los malos. Lanzan todo lo que tienen: balas, insultos, poderosas gominolas, facturas de la luz convertidas en aviones de ataque a tierra, restos de bocadillo, cualquier cosa. El grupo de no infectados logra distanciarse un poco, ascendiendo hacia el paso de montaña que los llevará a cruzar la frontera con el país-nunca-antes-explorado. Corre el mediodía como una partitura acelerada cuando los héroes de Conejo Village logran pasar al País de Nunca Jamás. Ahí el cielo parece más amplio y la vegetación más verde. Eso sí, nadie deja de correr.
—Ricki, ¿crees que lo lograremos? —pregunta el conejo bombero—. Porque tengo la duda de si todo esto, esta lucha sin horizonte, vale la pena. Me dejé el sudoku en casa, y estaba a punto de solucionarlo.
—Sí. Lo lograremos. No sufras por tu sudoku. Habrá otros. Debemos perseverar, trabajar más, reducir los beneficios sociales, bajar los sueldos, aumentar la productividad, cortar el gasto en hospitales, acabar con las pensiones que solo producen putrefacción y suprimir los subsidios del paro, pero saldremos de esta.
—¿Y eso no hará a los ricos más ricos, Ricki?
—Bueno, se trata de superar la crisis, ¿no? El fútbol es así.
Poco después de llegar al nuevo mundo, en plena marcha atlética, una sombra cubre las cabezas de los que están en el camino, ya sean infectados o no. Una sombra a baja altura con estrépito de motor que los rocía a todos por igual con un producto pegajoso color morado. Es una ducha de moco de azúcar que huele a gasolinera. La sombra aérea se aleja paulatinamente, como un mañana mejor a medida de que uno se hace mayor. Poco a poco, los duchados se sobreponen del susto. Por doquier se oyen voces y quejas. Ricki se da cuenta de que los plañidos también vienen de los perseguidores, y eso no es nada normal. Porque los zombis nunca se quejan de caminar todo el día de aquí para allá como un cartero errante que no encuentra dónde depositar una carta sin destinatario. El policía sonríe, incrédulo. O los zombis han hecho la colada o han vuelto a su estado original de buenos conejos. Los cabeza-de-melón, agarrándose las testas como si tuvieran miedo de que estas fueran a descorcharse y salir volando al vacío como un globo, también se están transformando. Las voces son de ellos. Vuelve la vida, vuelve la normal anormalidad. Ricki recorre las filas de los infectados. Muchos le lanzan preguntas: «oye, yo estaba en la cola de legumbres y…», «perdona, pero ¿tú sabes dónde está la parada del autobús?», «¿qué hago yo aquí en el monte?, ¿cómo puedo volver a casa? Tenía un pastel de calabaza en el horno, y claro…». Hay abrazos entre perseguidores amnésicos y perseguidos. Burbujas de felicidad y de alivio suben hacia el cielo claro y estallan en éxtasis. Pero solo los cuentos para niños, que todavía ni imaginan la existencia de peajes, acaban en fiesta de cumpleaños. Del paso de montaña que han dejado atrás llegan unos aullidos. Y tras los aullidos se escuchan furiosos ladridos. ¿Son perros o son los zorros liberados por el Imperio? El caso es que la extraña amalgama de conejos extraviados se lanza, otra vez (¿será la última?), a una loca carrera hacia delante. La amenaza se acerca, inexorable. Todos corren, todos creen que el final ha llegado. Ricki, que por algo es el policía del pueblo, ve un vallado a la derecha del camino. Con voz portentosa dirige el grupo hacia allí. Puede ser su salvación. Los conejos entran en tromba al prado cercado y cuando el último de los conejos ha pasado, Ricki, con la ayuda del conejo bombero, cierra la única puerta, justo cuando perros y zorros aparecen derrapando en el camino. El grupo se sitúa. Parecen estar a salvo. La barrera resulta infranqueable para los carnívoros que tras husmear un rato vuelven por donde han venido. Todos respiran, algo sosegados, y dan saltitos graciosos en todas las direcciones. Por algo son preciosos conejos de cola blanca. Hay exclamaciones. Encuentran montañas de zanahorias, apiladas como regalos al pie de un árbol de Navidad. Comen y se solean. Aquello sí es un buen refugio, hasta que la puerta del vallado se abre otra vez y aparece un titán. Enorme, infinito, tan alto como una atalaya. El titán les sonríe y cierra la puerta con llave. El titán sonríe constantemente hasta que suelta una carcajada.
—Hermosos conejos —les dice—. Cada año lo mismo. ¿De verdad creíais tener un imperio, tener una casa, tener unos derechos? Comed. Creíais tener una vida propia. Una vida vuestra, ¿eh? Comed zanahorias hasta reventar. Eso es lo que os conviene.
Los conejos, sumisos, dan vueltas alrededor del titán, que los acaricia, diciéndoles palabras dulces. Parecen animales felices ahora que se saben seguros, que entienden que no les faltará la comida y que nada malo les puede suceder.