País Relato - Autores

lluís viñas marcus

amantes del puente viejo

Huele distinto. El mapa de la piel es distinto, es otro, hasta que el aroma de ella se desvanezca. La fragancia de esta tarde se irá atenuando mezclada con el frío de esta noche. Luego, cuando llegue a casa y me duche, será un aroma imperceptible y mañana, otro recuerdo. Estoy aquí, vistiéndome. Pronto dejaremos la habitación.
¿Seguro que no habíamos coincidido antes?
Hasta me gusta cuando sonríe, aunque esté muy segura de algo. No hay rastro de vanidad.
Segura. Mi memoria es bastante buena para las caras. No nos habíamos visto hasta hace tres meses, en esa pequeña tienda de antigüedades.
Pues será como tú dices.
Vuelvo a sonreír. Creo que no había sonreído tantas veces seguidas desde…, no me acuerdo. Es ella. Ella ha conseguido revivir a un tipo que se veía muerto en vida.
Llevamos toda la tarde aquí. Casi no hemos salido de la cama, hemos follado hasta cansarnos e incluso él se ha dormido unos minutos. Besado, abrazado, tocado. ¿Nos hemos querido? ¿Él me quiere? Cuando nos marchemos y la puerta de la habitación quede cerrada algo de mí quedará sepultado al otro lado. ¡Mundo de mierda! Lo miro. Se empieza a vestir. Hace volar la camisa y se la enfunda como si no fuera posible hacerlo de otro modo. Hasta me pone cuando se viste. Dijimos que hoy teníamos que hablar. Hemos hablado. Mucho. Pero nada de lo otro, de lo importante.
Todavía no me has dicho por qué has escogido este lugar.
Porque es un hotel que obliga a cerrar las conexiones, y si no lo haces, te las bloquea. Así hemos podido estar tranquilos. Ya sabes, las interferencias lo pueden joder todo. Y por las vistas al Puente Viejo.
Ha sido una buena idea.
Laura MK21…
Dime.
Me he sentido… en el cielo.
Le voy a besar ahora mismo. Me lanzo sobre él. Otra vez sus labios duros sobre los míos. Los aparto. O le dejo ir o nunca más me separaré de él.
Me aparta. Siento todavía el calor de los pechos sobre mi torso. Vuelvo a arder. Con tan poco, con un gesto. El pene me duele un poco y a pesar de eso, uno de sus leves movimientos aviva las llamas. ¿Cómo podría contárselo? ¿Cómo decir lo que soy? Ocurriría lo mismo con los vecinos. Si supieran lo que soy empezarían a husmear en el jardín. Se sentirían con derecho a ello. Hasta algunos atrevidos probarían de burlar los sistemas de seguridad y se verían tentados de entrar en casa. A ver qué podrían encontrar, a ver qué podrían llevarse. Porque, al fin y al cabo, un ser como yo merece muy poquitas cosas. Inventarían algún pretexto y cursarían una denuncia. Así podrían despojarme con impunidad. Les gustaría verme en la calle, sin nada, mendigando. ¿Ella también reaccionaría igual? No lo sé. Ahora se cubre. Qué manera tan especial de abrocharse el sujetador. Esta dama rezuma magia en cada meneo. Es algo inexplicable, hay algo que se me escapa de ella y no sé muy bien qué es. ¿Por qué sonríe ahora con cierta amargura?
Podría esperar que él me invitara a cenar. Pero si apenas quedan restaurantes, menuda tontería. Podría decirle: «cariño, ven a casa a dormir, mañana ya veremos». Aunque no debo hacer eso. Si llevo tanto tiempo entre ellos es porque he sido muy disciplinada. Lo he sido hasta hacerme daño, como en este instante. Él es el primero de ellos que me ha hecho sentir de verdad viva. Me cago en todo. Y la tarde se va, se marcha, desaparece.
¿Estás pensando lo mismo que yo?
No sé qué piensas, Laura Mk21. ¿Volveremos a vernos?
Sí, en eso pensaba. Es difícil, ¿no?
Sí lo es.
Me asomo a la ventana. Hace un frío del demonio ahí fuera. Y esos horribles cubos de control colgados, suspendidos en el aire, mirándonos y escuchándonos a todos. Bestias de metal. Si al menos apagaran las luces de piloto durante la noche, pensaríamos que no están.
No sabe qué hacer. Está como yo. Está dudando. Aunque no sé por qué duda. No tiene nada que perder. ¿Otra dama? Es lo que parece. Eso lo explicaría todo en un minuto. Le observo mientras mira a través de la ventana. Pero creo que tiene tantas ganas de que nos volvamos a ver como yo. Tiene una espalda bonita. Qué guapo está así, medio de perfil, medio de espaldas. No, no. ¡Permanece callada Laura Mk21! Es lo que te mantiene en este sitio, es lo que te permite vivir y vivir bien. ¿Qué harías? ¿Irte a vivir al oeste, a los bosques, en una de esas colonias dejadas de la mano de Dios? No, cállate.
Lejos del cuerpo de ella vuelvo a sentir el frío. El mío y el de este helado atardecer de diciembre. Me está mirando, pensando qué hacer, como yo. ¡Dios! Si pudiera decirle cómo la deseo. Que estoy loco por sus huesos. ¿Huesos? ¿Le quedará alguno auténtico?
Hasta he pensado si no será un modelo evolucionado. Imposible. Si es que hasta parece una mujer de verdad. Sería abrir la boca y perderlo todo, empezando por el trabajo. Es increíble, cuando pienso en ello. Hay un punto donde ellos no llegan, no son capaces. Tampoco sé yo como tengo esas intuiciones cuando programo. Ocupo un pequeño espacio que ellos no pueden llenar. Hasta he pensado si los del centro-data, los que mandan de verdad, los de arriba de todo, no se habrán dado cuenta y siguen la consigna de no hacer nada mientras les sea útil. ¡Basta! El trabajo es solo trabajo. Lo que me llena la boca de todas las cosas que quiero. No sé qué decirle.
Me voy.
¿A casa?
Sí, a casa.
Estás segura de que… Bien. Sí. Ha sido una tarde bonita, ¿verdad?
Asiente con la cabeza. No dice nada. Algo ha decidido. Y a la vez parece estar a punto de llorar. Eso es imposible, a menos que existan injertos cerebrales que desconozca.
Recoge el bolso. Cierra el abrigo sobre ella como si con ese gesto insignificante sellara las puertas del cielo y yo hago lo mismo, sin darme mucha cuenta. Esto se acaba. Se irá, ya veremos si alguna vez intentará contactar. En fin, chaval, serénate. Si una lágrima resbala mejilla abajo se hará muchas preguntas. Muchas.
Adiós, Laura Mk21. Ya sabes, si alguna vez…
Lo sé.
Siento sus labios por última vez. Una ráfaga de calor. El verano que llama a la puerta para desaparecer antes de que puedas abrir. Me contengo para no gritar, para no abrazarlo, para no quedarme junto a él como una sombra. Es el único cíborg o androide o lo que sea que me ha hecho sentir algo. Es la primera vez.
Adiós.
Adiós.
Ya estoy llegando a casa. Desde el extrarradio hasta uno de los muchos sectores de esta metrópolis sin fin de seres híbridos. Falta poco. En dirección a casa he viajado con piloto automático, intentando no pensar en él, así, no pensando en nada más que en él. La puerta del garaje se abre, hago deslizar el vehículo por la rampa hasta llegar, bajo el nivel del suelo, a la puerta blindada de este agujero, mi hogar. Allí dentro me siento segura. Puede que sea una ilusión. Me da igual. Se eleva la puerta a varios metros bajo tierra, separada del resto. Aparco y entro en el comedor. Me lanzo sobre los cojines del sofá. Empiezo a sollozar. Lloro como hacía años que no lloraba. No lloraba así desde que era una niña, una niña que nació del vientre de su madre. ¿No estaré equivocada? Vivir aquí, entre ellos, ¿no habrá sido una equivocación que he ido olvidando? Pienso en él. Qué locura. Enamorada de un ser modificado, una injerencia, parte biológico, parte máquina. Un ser nacido en una planta industrial reproductiva.
Me parece un tremendo malentendido. Será que tras dejarla marchar el mundo es otra cosa. Casi agradezco estar separado del resto, y no por el frío de esta noche. La carlinga de la burbuja de transporte pone un límite entre ellos y yo. Me desplazo lentamente por la calle de la urbanización en la que vivo. Los jardines son una obsesión para ellos. Esos pequeños rectángulos de vida vegetal sometidos y controlados hasta el histrionismo por los propietarios de las casas, que no permiten que la naturaleza improvise en nada, ni que sea una brizna de césped más alta que las otras. Ahí está el perro de los BatónZS07, al borde del jardín, probablemente siguiendo el programa de vigilancia pasiva, cansado el perro, imagino, de no estar con su amo o de no poder husmear, como parte de su instinto quisiera, por el barrio. Me saluda la familia o más bien el consorcio de los Felipe RB64, agrupados, de pie, en el umbral de su casa sin hacer aparentemente nada. Les devuelvo el saludo sin estar seguro de si han reconocido el vehículo bajo la luz de las farolas o me han visto porque el padre posee visión aumentada. El viento barre las calles, prácticamente desiertas. Parte de los vecinos están en sus casas, la otra estará varada en cualquier punto de esta barriada residencial haciendo uso de sus reguladores de temperatura. Esto ocurre. Hay momentos en que las máquinas no hacen nada, como si los circuitos requirieran de algunas horas muertas para simplemente seguir bombeando impulsos eléctricos.
En el único bar de estos lares se amontonan cíborgs de distintas edades cuyos estómagos biológicos piden combustible, bebiendo cerveza y mordisqueando frutos secos, dentro y fuera del establecimiento de pulcras paredes plásticas y grandes ventanas. De algún modo me recuerdan a un grupo de ovejas balando alrededor de su pesebre. Uno de ellos me observa con fijeza a través de la cristalera del bar. ¿Qué piensa? ¿Me está vigilando? Cualquier comportamiento inhabitual es estudiado en este rincón del mundo. Casi sería mejor que fuera de día, acaso mañana bajo la luz del sol me parezca que todo es soportable. Dos niños pasan la calle dirigiendo con las manos sus respectivas águilas de control remoto, que hacen virar como pequeños cazas entre las farolas, y aunque he sido detectado, un rápido cálculo de velocidad-posición les ha mostrado que la colisión es imposible.
Llego a casa. El garaje se abre antes de que penetre en su interior y ahí dejo el transporte. Me desnudo, paso por el túnel de agua y jabón, salgo al minuto inmaculadamente limpio y seco. Encargo en la cocina algo rápido para cenar y espero, sintiéndome tan vacío como un asesino que acaba de cometer un crimen, ante la trampilla de la procesadora de comida. Tomo la comida y me siento en el sofá, ante la pared, que conecto. No tengo ganas de ver nada. Para qué. Van apareciendo colegas con expresión aburrida que dejaron mensajes y un vecino que vive a seis parcelas de la mía dice no sé qué de una asociación de afectados cuyo nombre no entiendo, y por último aparece un mensaje de texto sin origen. Me siento desconcertado, algo palpita en mí. El mensaje se configura sobre la pared-pantalla:
¿Estarías dispuesto a vivir, fuera de la red, en bosques vacíos? ¿Vivirías aparte, conmigo, aislado y despreciado como un ser humano?
Una tormenta se desencadena en mi mente. Supero la momentánea parálisis levantándome del sofá, enloquecido. Corro al garaje y acoplo el remolque a la burbuja de transporte. Empiezo a cargar cosas útiles: ropa, herramientas, filtros, una pequeña estación de energía de mis tiempos de excursionista solitario, nanosistemas de purificación, concentrados de comida, una tienda, balizas de posición. Todo lo que se me ocurre hasta que el remolque está hasta arriba. Cargo una mochila con objetos personales. Me abrigo y me monto en la burbuja. Vuelvo a salir a la calle, aunque sea tan tarde. No devuelvo el saludo a los pocos cíborgs y androides libres que circulan por la urbanización. Voy tomando velocidad. Atrás, el remolque vibra como una caja de copas de cristal. El cielo nublado se ha roto. Asoma una luna rebosante a la que me uno como si una cadena invisible nos conectara. Entro en la vía rápida que sigue la costa. La luna sigue allí en el cielo, justo detrás de cada metro que recorro, salpicando de cal el suave oleaje que se duerme sobre las playas. Escucho el viento silbante cortar y discurrir siguiendo el perfil de la cabina. Enciendo el intercomunicador que llevo en el bolsillo. Doy la orden de marcar su número. Antes de que hable me avanzo y digo: dónde te recojo. Todavía sorprendida Laura Mk21 me da su dirección. Los dos estamos un poco asustados y llenos de alegría contenida.
¿Cómo lo supiste, Laura?
Tarda en responder.
Lo sospeché por muchas razones. Pero, en casa, dándole vueltas a la cabeza, recordé que escogiste el hotel por las vistas al Puente Viejo. ¿Quién hace eso?