País Relato - Autores

lluís viñas marcus

21 cabezas

— ¿Cómo estáis? ¿No me decís nada? ¡Vamos, chicas, esos ánimos! —Bernardo se deja caer en el sofá. Es tan delgado que apenas hace ruido alguno. Esa mañana se ha despertado de buen humor. Las mira y su boca grande traza una sonrisa burlona.
— ¿Qué os parece si hoy pruebo con Casandra? Estoy pensando en hacer una nueva modelo. Cambiar algunas cosas, no ir a lo de siempre, ya sabéis. La gente se cansa si cada vez le das lo mismo. Se cansan y dejan de pagar. Antes de despertar del todo, sabéis, porque yo soy un pequeño genio, cuando todavía estaba medio grogui, he tenido una idea. Hacer una mujer normal. Bueno, normal tirando a sexy. Las cabezas no las puedo cambiar, así que he pensado en ti, Casandra, que eres tirando a mona pero tienes esos mofletes de cerdita.
La cabeza de Casandra, insertada en el alimentador situado en la base del expositor donde Bernardo tiene las 21 cabezas, vibra ligeramente. Casandra parpadea, sin contestar. Bernardo está orgulloso como un padre de sus 21 cabezas que tanto dinero y tanto tiempo le han costado. Allí están, cada una encerrada en un rectángulo de plástico blanco que, unidas, forman un panel perfecto de 21 celdas.
—¡Vamos! Casandra, estás más callada que una muerta. Meteré el cuerpo en la cámara. Moldearé los muslos, los haré más rellenitos. Te otorgaré caderas, hasta un poco de barriga. Y las tetas serán grandotas, así —dice, simulando con sus manos el volumen del pecho—. Eso gustará en la red. No serás nunca como Belly, pero apuesto lo que quieras a que enseguida tendrás 300.000 seguidores, y luego vendrán los pagos. La nena normal. Eso gustará. Reprogramaré el promárketing para que en tus respuestas a los seguidores sueltes algunos tacos, que se vea que no eres una niña fina, que no eres una estirada. Las niñas finas, a la larga, cansan. Los usuarios prefieren a alguien que no les parezca imposible; normal, ¿no?
El fotógrafo se da la vuelta y se sienta frente a la mesa de programación, quedándose absorto en su trabajo. Mueve las manos, arrastra los dedos sobre el panel digital del mueble. Da órdenes a viva voz que la máquina ejecuta.
Las chicas no hablan y siguen reflexionando. Como de costumbre, Lali intenta mirar a Ecktra, que es su mejor amiga y está en el panel de arriba a la derecha. Los ojos de Ginesta buscan a Belly, en la primera hilera de las casillas, y Lestra piensa que le gustaría ver a Cordelia. Ninguna de ellas se ve. Han susurrado toda la noche.
—Hace dos años dijiste que las cosas cambiarían —recuerda Belly, la pecosa del grupo—. Lo prometiste. Que una a una, saldríamos. Que podríamos estar un día fuera si nos llevábamos bien.
Bernardo levanta la cabeza de la mesa de trabajo y asiente, volviendo a concentrarse en el programa. Con gesto mecánico coge una lata de tomate de las muchas que hay en el pequeño armario debajo de la pantalla, y la abre. Usando una cucharita empieza a sorber el tomate sin dejar de mirar al tablero.
—Dijiste que podríamos salir a la calle cuando tuviéramos seis millones de seguidores. Que veríamos el sol. Yo quiero que me toque el sol —afirma Ginesta, la rubia de facciones angulosas del grupo—. Y hemos sonreído mucho algunas para sobrepasar los seis millones.
Bernardo se ríe en silencio, come tomate, mueve sus largos dedos, sin dejar de trabajar. El negocio va viento en popa. Sus chicas cosechan buenos ingresos cada año, pero de ahí a poder pagar un segundo cuerpo hay un abismo. Con un segundo cuerpo podría colgar muchas más fotos sensuales y más vídeos para los clientes. Además, las podría hacer interactuar, hacerlas jugar, ahora con la cabeza de Lali, ahora cambiándola por la de Ginesta o cualquiera de las 21 cabezas. Podría dar más alternativas a los millones de lobos solitarios que buscan pareja, que quieren excitarse viéndolas, pensando que ellas les responden.
A mediodía el fotógrafo se queda dormido en el sofá. La luz del sol ilumina la estancia filtrándose por las ventanas altas del estudio bajo las cuales está el panel. Afuera, los transportes fluctúan por el aire llevando a los trabajadores a los centros productivos, a los lejanos niveles de recolección, a los subterráneos donde se produce agua y se vigilan los niveles de reacción de las cámaras de neutrones.
— ¿Qué podríamos hacer? Esta vida que llevamos no es de verdad. Todo es de mentira, y además, no nos podemos desconectar —dice Asunción, la mulata del grupo.
—Podemos dormirnos y no volver a despertar —responde Lali.
—Eso es imposible y lo sabes, ¡no digas nada más! —Belly, nerviosa, casi grita.
—Lo vas a despertar, y si nos oye cuchichear nos pondrá un calcetín en la boca a cada una, como hizo el mes pasado —le recuerda Ginesta—. Y casi todos eran calcetines sucios.
—Acabemos con él, es la única solución. Y todas lo sabéis —sostiene Casandra.
Todas guardan silencio. Miran hacia el techo, miran hacia abajo, ven los rayos de sol que no pueden sentir pues la ventana justo está encima de sus cabezas.
— ¿Y cómo quieres acabar con él? —Pregunta Lali—. ¿Odiándolo desde la distancia?
—No, no —niega Ginesta—. No podemos hacer nada. Debemos hablar con él, hacerle entender que no podemos vivir así. Que nos deje salir, que nos diga cuándo nos dejará marchar… Bueno, o que nos dé días libres, porque solo hay un cuerpo. Esto es una cárcel. Hay que hablar, hacerle entrar en razón.
—Sí. De esta manera al menos podremos salir. He leído por ahí que hay androides emancipados. Que trabajan para las corporaciones y son respetados por su trabajo. Incluso algunos pueden vivir en un apartamento. ¡Tienen casa y comparten gastos! Eso es lo que yo quiero. Y ahorran, y hacen lo que quieren —argumenta Ecktra—. Hablemos con él, y si nos empieza con el ya veremos, lo matamos.
—Vale, Ecktra. ¿Y cómo vas a hacer eso? ¿Lo vas a matar a besos cuando te conecte al cuerpo? ¿O tendrás que aguantarlo encima de ti haciendo sus cosas? ¿Eh, qué me respondes? —Los ojos de Ginesta son pura furia. Porque Ecktra dice lo que ella no se atreve a decir. Por eso y por el recuerdo de los bailes con Bernardo que todas las 21 cabezas soportan con regularidad.
—A mordiscos. ¡Ya está! —dice Belly, entusiasmada—. ¡Cómo no se nos ha ocurrido antes! La próxima que sea conectada al cuerpo le sonríe, le hace tres o cuatro mimos, y cuando entorne los ojos, cuando se relaje, se lanza al cuello y le arranca la carótida a mordiscos.
—¿Has olvidado la contraseña o qué? —replica Ginesta con voz cansina—. Si dice la palabra mágica te duermes, y quizá para siempre.
Belly cierra los ojos. Los labios gruesos de la más sexy de las 21 son la línea de la amargura. Belly se calla, Belly se resigna.
— ¿Cuánto tiempo llevamos estranguladas por este asqueroso? —pregunta Ecktra—¿Alguna de vosotras me lo puede decir? Años. Años perdidos en este panel. Basta de suplicar. Nuestra vida es esperar a que nos conecte al cuerpo, que nos haga fotos desnudas, tocándonos, fotos en lencería, sonriendo, invitando a los internautas a conocernos. ¿No estáis cansadas? ¿No estáis hartas? ¿De verdad debemos pasarnos la vida así? Ni una hora más, ni un día más. Debemos matarlo y salir de aquí.
Las demás callan. Cómo hacerlo. Sueñan con otra vida, con los horizontes casi infinitos que se abrirían si logran liberarse de su amo y señor, de aquel que las mantiene como esclavas. Todas las noches cuchicheando, dejando medias palabras que la mañana, y con ella, el despertar de Bernardo, borra jornada tras jornada.
— ¿Qué quieres hacer? No se puede hacer nada —se lamenta Ginesta.
— ¿Cuánto tiempo dura en activo una cabeza de androide? —pregunta, de repente, Belly.
—No tengo ni idea. ¿Toda la eternidad? Os lo imagináis, chicas, aquí enclaustradas de por vida cada una de nosotras, monísimas todas, en su celda. Nada me parece más desesperante. Prefiero desaparecer —insiste Lali—, prefiero no existir, prefiero que me aplasten y me conviertan en chatarra. Pero antes de morir nosotras smorirá Bernardo. Entonces… ¿Nos quedaríamos aquí para siempre?
—Calla, tonta, claro que no. Alguien vendría a ver qué sucede cuando Bernardo se quedara tieso y dejara de pagar las cuentas. A tipos como él, la gente solo los recuerda cuando dejan dinero a deber —apuntilla Sasuke, la asiática del grupo.
—Vale, pero entonces, ¿no hacemos nada? —insiste Ecktra—. Sabéis qué os digo, que Bernardo siempre nos gana. Dice sí y luego es no. Nos pide que sonriamos, que seamos atractivas, atrevidas, dice él, que nos dará una recompensa que no nos da nunca. Siempre gana. Y gana porque nos tiene convencidas de que no podemos hacer nada. Ahí está su triunfo, la razón por la que él es el amo y señor de todas nosotras.
Bernardo empieza a despertarse. Bosteza y estira un brazo. Abre los ojos y lo primero que mira es el expositor, con sus 21 trofeos. Se levanta del sofá para ponerse manos a la obra. La cámara ha acabado de transformar el cuerpo según las indicaciones que Bernardo ha introducido en el panel de control. El sol no entra a través del ventanal, tan solo llega una luz brumosa que iguala las superficies de la sala. Abre la cámara y sonríe. El cuerpo ha quedado tal como esperaba. Se gira y, dirigiéndose a Casandra, le dice:
—Vas a ser una tía normal pero molona. De esas que los tíos piensan, bueno, si me la encuentro a tiro no me lo pienso. ¿Qué te parece? —Bernardo camina hacia las celdas y toma la cabeza de Casandra. Le da un beso en los labios—. ¿A que soy un genio? ¿Cómo no se me ha ocurrido antes esto?
Por contacto magnético une la testa con el organismo, que se levanta del sarcófago y da pasos inseguros por la estancia hasta que cuerpo y mente se acoplan, haciendo que la coordinación sea normal. Bernardo ya ha tomado la cámara.
—Sonríe a la eternidad, ¡vamos! —Y cambiando de posición para tomar otros ángulos ordena—: Vístete con esta ropa de calle y luego te la vas quitando. Ponte detrás de la pared neutra, así le podré dar los fondos que quiera a las imágenes. Querida, anímate, hay que gustar en las redes, hay mucha competencia, hay mucha tía dispuesta a todo. Además, la gente no quiere saber nada de damas tristes ni de mujeres con problemas. Quieren muchachas tolerantes, abiertas, que siempre estén guapas y a punto.
Bernardo va tomando imágenes que luego manipulará, como un artesano paciente, hasta dar a los clientes lo que quieren.
—Fuera la blusa, desabróchate los pantalones, que se vean las bragas. Así, un poco, no tanto. ¡Joder Casandra! Mueve el culo, menéate ya y vuelve a sonreír —Bernardo se pone serio—. Oye, que mi trabajo vale mucho dinero, ¿me escuchas? Si me haces perder el tiempo, me haces perder dinero, ¿lo captas?
Casandra obedece. Se esfuerza, se resista o no, él conseguirá lo que quiere. Se contornea y fuerza una sonrisa tras otra, mientras el fotógrafo va moviendo los focos, cambia la iluminación, los ángulos. Casandra siente un poco de vértigo. Nunca le han gustado las sesiones. Recuerda la última vez que se negó a hacer el trabajo. Cómo la castigó. No quiere que la vuelvan a castigar.
—Voy a poner un fondo de cocina. Quítatelo todo. Tendrá gracia eso. Coge el delantal, mujer, pero solo el delantal. Así, muy bien, átatelo flojo —Los disparos de la cámara se suceden—. Con suerte mañana lo podré subir a la red, vamos a arrasar con esto, te lo digo yo.
Las 20 cabezas restantes contemplan en silencio el espectáculo desde las respectivas celdas. No pueden hacer nada. Imposible rescatar a Casandra. Todas son muy conscientes de que pasado mañana les tocará a ellas.
—Oye, nena. Me estás empezando a poner. Lo estás haciendo muy bien. Pero que muy bien. Agáchate, así, coge esa cazuela, como si fueras a hacer una buena crema. Mira a la cámara, no dejes de mirar. —Bernardo se frena. La cámara cuelga de su brazo inerte. La mira con fijeza. Deja la cámara sobre el panel de control—. Hoy vas a tener suerte, querida. Ahora lo vas a ver.
—No, no, no, por favor.
—No me jodas, nena. Ahora no, que ya sabes que… —Bernardo se acerca a Casandra. Esta da un brinco, salta por encima del panel de control, que utiliza como protección. Él no se mueve—. Abracadabra.
La cabeza de Casandra se desconecta, su testa queda ladeada sobre el cuerpo. Los ojos del androide son dos soles vacíos. Bernardo agarra a su presa. La oscuridad de la noche llega sin ser invitada y no es hasta que el fotógrafo ha acabado que enciende las luces. Desconecta la cabeza y la devuelve a su lugar en el expositor. Acomoda con dificultad el cuerpo en la cámara, que cierra. Se pone a trabajar pero está nervioso, así que se levanta, abre una lata de tomate y empieza a deglutirla, sorbiéndola. Se pasea por el estudio. Se detiene frente a una pared donde están colgados diplomas y premios de un tiempo que dejó de existir, de cuando Bernardo era joven. Se gira hacia las chicas.
—Solo son papeles, de cuando era un gilipollas, ¡eh!, y mirad ahora, comiendo latas de tomate triturado, y todo por vosotras, ¡eh!, que sin mí no sois nada, nada de nada. Ni tan siquiera existiríais. Yo os imaginé, yo os encargué y tengo que hacer muchos sacrificios para teneros, joder, y luego siempre estáis con pegas. Vuestras putas pegas para todo, que no sois más que unas zorras. Eso es lo que sois, unas zorras quisquillosas.
Acaba la lata y la lanza. Se pone a trabajar sobre los comandos del panel de control. Estira los brazos, los dedos cliquean órdenes, las manos rápidas vuelan sobre las diversas pantallas táctiles de la mesa. Pasan las horas. Bernardo está cansado, el sueño lo vence. Se levanta y le da al botón que despliega la cama. Se tumba y se cubre con las sábanas, quedando tan bien protegido como una mariposa en su crisálide.
—Hay que acabar con él —murmura Casandra en la oscuridad de la noche.
—Sí. Y sé cómo hacerlo —dice Ecktra.
— ¿Cómo? —preguntan sus compañeras.
—Gritando —contesta Ecktra—. No lo podemos eliminar de ningún otro modo. Él siempre tiene ventaja. Cuando se despierte, le vamos a dar los buenos días. Llevo horas pensando en ello. Unos buenos días que serán para siempre. Si todas gritamos a la vez buenos días en nuestros registros más agudos, con toda la fuerza de nuestra alma, le perforaremos los tímpanos y luego la vibración hará que su cabeza estalle. Punto y final.
— ¿Y si pronuncia la contraseña? —pregunta Belly.
—Lo hará, seguro que lo hará —señala Ecktra—, pero la orden no nos llegará por la cortina que habremos creado, y por tanto carecerá de efectividad. ¡La contraseña no servirá! Cuando se desplome, debemos seguir gritando, de forma que la vibración que provoquemos haga que nos movamos de las casillas de las que somos prisioneras. Una vez caigamos al suelo debemos rodar y empujarnos unas a otras, hasta estar lo suficientemente cerca de la cámara y el cuerpo. Si nos ayudamos podemos crear una escalera de cabezas al pie de la cámara, hasta estar lo bastante cerca del cuerpo para que una de nosotras se conecte y cobre vida plena. La que se acople con el cuerpo liberará las otras 20 cabezas.
Las compañeras de Ecktra celebran la idea. Están muy emocionadas, excitadas. Por vez primera ven la posibilidad real de liberarse de Bernardo. Sus sueños dejan de ser algo imposible para ser algo cercano. El día despunta. Un manto de claridad se extiende por el estudio hasta alcanzar al fotógrafo que empieza a revolverse bajo las sábanas. Un brazo aparece mirando al techo. Bernardo se incorpora y camina, tambaleándose. Se dirige al panel de las 21 cabezas, como cada mañana, para contemplar la razón de su existencia. Las androides parecen dormir, sus párpados están cerrados. Los abren a la vez, Bernardo da un respingo. «Buenooooos díaaaaas!», un agudo zumbido obliga al fotógrafo a dar un paso atrás. El saludo es tan alto que se tapa los oídos, el panel de control vibra, las latas vacías de tomate tiemblan en el suelo, los cuadros oscilan y las 21 cabezas cantan a la vez, chillan de tal modo que el estudio parece sufrir un terremoto. Bernardo intenta incorporarse y ladra la contraseña pero se da cuenta que ni tan siquiera él mismo oye, sepultada la orden bajo el alud de voces de las chicas. El buenos días aumenta en potencia, es un chillido abrumador. El fotógrafo se retuerce y cae al suelo protegiéndose los oídos con las palmas de las manos. A la primera convulsión le siguen otras, espumea, sus oídos gotean un líquido amarillento, sus espasmos alcanzan el cénit hasta que deja de estremecerse. Ya no se mueve, a pesar de que le siguen deseando los buenos días. Las 21 cabezas acallan sus voces. Enfrente, hay un humano muerto.
— ¡Lo hemos conseguido! —exclama Belly.
— ¿Y si ahora el cartero llama a la puerta? —dice Lali.
— ¿Y si alguien nos ha oído y viene la policía? —pregunta Sasuke.
— ¡Paparruchas! Ahora se trata de que chillemos lo bastante para que caigamos al suelo —les recuerda Ecktra—, y una vez en el suelo nos empujemos las unas a las otras hasta el cuerpo.
—Pero, ¿quién será la primera en acoplarse al cuerpo? ¿Y si la primera, una vez unida, decide bajar a la calle, tomarse un batido de aceite en un bar para androides, y no volver a por el resto? —dice Ginesta.
—Lo echaremos a suertes —replica Ecktra —. Y la que se imante debe jurar que rescatará a las otras. Eso que quede bien claro.
— ¡Oh! Cómo deseo salir de aquí. Tengo tantos sueños por cumplir que no sé si bastará con una vida de androide estándar —afirma Lestra—. Las calles de esta ciudad no serán suficientes. Viajaré por todos los continentes, en todos los mares me bañaré y en todas las playas dormiré bajo la luz de la luna. Una vida no basta, una vida es un rato, y ya he perdido la mitad encerrada aquí.
—Yo quiero probar en los centros de flujos de polidatos. Creo que sería una ingeniera fantástica y que me ganaría fácilmente el respeto de mis compañeros. Seguro que dirían, “aquí llega Cordelia, fijo que ella encuentra la manera de solucionar esto”.
—La verdad es que yo, bueno, no sé si deciros esto, pero me gustaría seguir trabajando de modelo —balbucea Belly—. Creo que en la red me quieren de verdad, podría…
— ¡No seas imbécil! —Se indigna Lali—. ¿No has tenido bastante? ¿No has visto que han hecho con nosotras? Somos las muñequitas de los cerdos. Lo primero que debes hacer es cambiar de identidad, ser otra, y rezar para que nadie se acuerde de ti ni te reconozca por las calles o en los trenéticos. ¡Por dios, Belly! ¿En qué piensas? Si te descubrieran en la red, de por libre, te cazarían en pocas horas y nos pondrías en peligro a todas.
— ¿Seguro que está muerto? No se mueve, pero nunca se sabe… —aventura Sasuke.
—Vamos, hay que seguir. Todavía estamos en el panel, no hemos salido —les recuerda Cordelia.
—Sí, bueno, pero, ¿quién va a ser la primera en conectarse? —pregunta Belly.
—Eso, quién será la primera —continua Ginesta—. Porque, chicas, esto está claro, deberíamos establecer turnos para el cuerpo, turnos de un día para cada una, no puede ser que unas disfruten de más días que otras.
— ¿Y si alguna, en su turno, sube a una lanzadera y desaparece en el espacio para siempre? Nos vamos a quedar aquí, muertas de asco —apunta Belly.
—Eso es lo que harías tú, que eres una fresca —le recrimina Lali.
—Pero qué dices, yo nunca os dejaría tiradas. Eso igual lo harías tú, Lali, que eres una egoísta.
—¡Vamos! ¿Me voy a creer que cualquiera de vosotras, una vez montada en el cuerpo, volverá a por las otras? Yo no pienso ayudar a liberar a ninguna, vaya, ni en broma —dice Sasuke.
—Eso tú. Es lo que estás pensando, abandonarnos a la que puedas y largarte con un cíborg de ojos bonitos, ¿verdad? —acusa Lestra.
—Maldita estúpida, no eres más que una patata llena de conectores tristes —dice Sasuke.
—Qué asco, yo no voy a ayudar a que una se largue —dice otra de las cabezas.
— ¡Yo tampoco! —grita aquella.
— ¡Ni yo! —chilla Asunción, en una discusión que se descontrola.
¡Ni yo! ¡Yo tampoco! ¡Que os jodan! ¡Solo piensas en ti! ¿Por qué no te mueres? Vamos chicas, que lo primero que hay que hacer es esconder el cadáver, eso lo primero, hazlo tú, oye, que sea Ecktra la primera en imantarse. ¡Eso nunca! Habla como si fuera nuestra madre, pero, ¡ay!, una vez pueda salir de aquí, no la volveremos a ver. Eso es lo que dices tú, ¡seré yo la primera!, ¡No, yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! ….