su mirada
Las seis de la mañana, suena el despertador. Me da pereza moverme, pero el deber hace mella. Tengo que levantarla. En pijama, voy a su habitación; doy la luz, me acerco, le doy un beso y comenzamos nuestra especial conversación.
—Buenos días madre ¿Qué tal has dormido? Ella me responde con la mirada. Vamos, tienes que ir al Centro, pintarás y te lo pasarás bien. Sigue mirándome.
La cojo de las manos; la incorporo, se deja hacer.
—Qué bien has dormido, estás muy calentita.
Me sonríe. Comienzo con la higiene intima. No le gusta nada, mueve la cabeza, arruga los labios, me mira imploradora, pero no se resiste. Su piel es de nácar y tengo que limpiarla con suavidad para que no se enrojezca.
—Ya esta madre. No he tardado mucho.
—Ahora a vestir. Hoy te voy a poner la blusa azul y la falda.
Le quito el camisón deslizándolo hacia arriba, ella levanta los brazos, de eso si se acuerda, ladea la cabeza hacia atrás, ayudándome.
—Tengo las manos frías; las notarás por la espalda, te estoy abrochando el sujetador, te voy a poner la saya. Sin pedírselo, levanta los brazos y me sonríe. Prenda a prenda, voy abrigando su cuerpo.
—Vamos a ponerte las medias y los zapatos, estos son muy cómodos y te sientan muy bien. Le cojo el pie izquierdo y ella sube la rodilla en un gesto de ayuda. La peino y de la mano nos dirigimos a salón, se queda comiendo galletas.
Son las 6:40. De prisa, voy al baño, me ducho rápido, me seco, me visto sin miramientos. Es hora de bajar al portal, la furgoneta del centro de día de Argualas llega a las 7:10.
La vuelvo a coger de la mano. A su ritmo, llegamos al ascensor. En el portal vemos a Alfonso. Con nuestro impulso ella sube a la furgoneta. Me está mirando, me dice adiós, o quizás diga: ¿A dónde me llevan?
Subo a casa, me preparo el desayuno, hago mi cama, cojo el bolso, voy a la parada del autobús, y, acabado el recorrido, deslizo la tarjeta por el reloj de fichar a las 7:55 del día 2 de marzo del 2012.