País Relato - Autores

josé ignacio velasco montes

unicornios

I
Se movió en la espesura tratando de pasar desapercibido. Hacía días que buscaba algo apenas entrevisto unas jornadas antes. Como siempre, su largo cuerno frontal de albo marfil, rozó unas ramas al mirar a lo alto, atraído por el canto de un ruiseñor. Y el frote con los elásticos troncos, provocó unos chasquidos que le hicieron detenerse. No quería ser descubierto. Estaba lejos aún, pero podía ser uno de los animales que, envidiosos, odiaban su precioso cuerno retorcido en espiral. Sabía, lo aprendió hace años, que un error le costaría la vida, como a tantos de los pocos congéneres que había conocido.
Debía saber primero que era aquello que había visto, fugazmente y desde lejos. Algo, malamente vislumbrado, había despertado su curiosidad. Pero su extraño color, a tramos blancos y azules claros, no era lo habitual en ninguno de los animales, amigos o enemigos, que conocía y había visto en la selva.
El silencio, sólo roto por el croar lejano de las ranas en el arroyuelo que corría entre las peñas, no se había alterado por su fricción en el árbol. Precavido, permaneció quieto escrutando entre las matas, mientras sus orejas giraban inquietas en un barrido con el que trataba de encontrar algún sonido que le orientara. El golpeteo, continuo y monótono de un pájaro carpintero haciendo su nido para emparejarse, le protegía de los sonidos que pudiera provocar en su avance. Una bandada de alegres sinsontes piando desaforados en su juego de amor primaveral, lleno de algarabía la zona por la que tenía que avanzar.
Con cuidado avanzó una pezuña, y después otra, iniciando una cautelosa marcha en la que su cuerno, tan protector en ocasiones, como molesto en otras, le abría el camino. Un lejano trotar, a su izquierda, le hizo girar la cabeza, pero el cuerno, enganchado entre las ramas, apenas le permitió ver más que unos retazos azules y blancos que no pudo precisar y que desaparecieron con rapidez entre el verde lujurioso de la vegetación del suelo.
Socras apretó los dientes con fuerza al comprender que el misterio, acuciado por su cada vez más intensa curiosidad, se escapaba con un sonido que se alejaba y cuyo rumor, cada vez menos intenso, se perdía hasta desaparecer en dirección a la lejana “Montaña de los Tréboles”.
Dejó caer los cuartos traseros, sentándose. Y notó que su interés, su curiosidad por saber qué era aquello, por dos veces entrevisto, era superior al miedo que le habían inculcado sus padres por aquella peligrosa zona montañosa. Las laderas cubierta de rica hierba, era la zona en la que los grandes cazadores, sobre todo los pérfidos esmilodones, esperaban ocultos la llegada de incautos hambrientos.
--¿He tenido miedo alguna vez? --Expresó con voz queda mientras su pezuña delantera, rascaba el suelo en el tic que siempre aparecía cuando tenía que tomar una decisión.
Durante unos instantes, mientras levantaba y removía la capa de hojarasca acumulada a lo largo de muchos años sobre el suelo, quedó en suspenso esperando su propia respuesta.
--¡No! ¡Nunca he tenido miedo! --Y con voz tenue, tratando de analizar y convencerse, se repitió una vez más unos argumentos sobradamente conocidos-- Soy veloz, más que un tigre de dientes de sable, más que un corzo en su mejor momento, más que los leones y las panteras. ¡Iré a la “Montaña de los Tréboles”! E incluso más allá, hasta el “Río de las Aguas de Oro” y si hace falta, hasta la “Gran Cueva” en la que viven los hombres, esos cazadores que persiguen todo aquello que les sirva para satisfacer su voraz apetito.
Y alzándose majestuosamente, inició de forma decidida el avance que le llevaría en la dirección deseada.
II
Naloy frenó su rápida carrera al final del llano. Examinó detenidamente el entorno en una medida de protección que siempre le había sido útil. Sus bellos ojos pardos y leonados de dragón, revisan el terreno que empieza a elevarse desde donde se encuentra. Mordisquea unos sabrosos tréboles aparentando estar distraída. Este truco, aprendido de su madre, es en ocasiones el momento que aprovecha el depredador que espera un momento de descuido para iniciar el ataque. Mientras come sabrosas y verdes hojas de trifolio, sus ojos recorren con rapidez el perímetro buscando el punto desde el que puede surgir el peligro.
Pero hay una tranquilidad total, absoluta. Alegre, desenvuelta y esbelta, inicia un trote corto hundiendo las pezuñas con elegancia en la alfombra verde del suelo. Un suelo tan denso en hojas caídas, que amortigua el sonido de sus pasos. Y asciende sin prisas al lugar secreto en el que, con frecuencia, sabiéndose protegida, puede ensimismarse en sus sueños. Se nota nerviosa, como le dijo su madre hace tiempo, y aún recuerda sus palabras:
…si hija, crecerás, como nos ha pasado a todos. Notarás que algún día ya no te gustará ir sola, como ahora te encanta. A tu edad sueñas con pájaros, con abejas y te gusta jugar con liebres y conejos. Pero un día, no muy lejano, notarás sensaciones extrañas, pensamientos que no entenderás, y buscarás un rincón en el que soñar. Y a él conducirás a tu pareja el día que la encuentres.
--¿Pareja? ¿Qué es una pareja?
Y recuerda la sonrisa de su madre, y su misteriosa respuesta.
--Tú sola, sin ayuda de nadie, sabrás lo que es una pareja. El tiempo y algo que se despertará en ti, te dirán que tu momento ha llegado y que has encontrado a tu pareja.
Pero desde aquello ha pasado mucho tiempo. Ha notado que crecía, que le ocurrían cosas extrañas, que no le gustaba trotar persiguiendo roedores o saltar tratando de alcanzar a los inaccesibles pajarillos que, a veces, bajan a posarse en su cuerno cuando está en reposo con sus ensoñaciones.
Y con decisión se introduce, al final de la cuesta por la invisible grieta, un estrecho sig que ella sólo conoce. Al otro lado tiene su “Casa de los Sueños”. Echándose encima de las hierbas que crecen en un rincón, baja la cabeza, cierra los ojos y deja caer el largo cuerno hasta apoyarlo en el suelo. Relajada, como en cada ocasión, la imagen de un unicornio blanco, de largo y puntiagudo cuerno, se le hace presente y le maneja a su gusto en el ensueño. Le hace caminar, le hace volverse hacia ella, para verlo de frente. Le da la vuelta, para verlo de espaldas y le obliga a trotar y galopar, llevándolo a enfrentarse con una leona que, al final de varios saltos, huye despavorida ante la amenaza y el valor…
Y Naloy, con una gran sonrisa, mientras el ensueño se desvanece como cada día, queda dormida.
III
Socras se movió inquieto. Le llega de nuevo, muy tenue y diluido, el olor especial, unos efluvios que desde un tiempo le trastornan. Es una fragancia desconocida que le inquieta cada vez que la percibe. Y sabe, intuye, que se encuentra en relación con esa efímera visión que tanto le atormenta. Pero en las varias ocasiones en los que ha entrevisto la silueta blanca y azul, tan rápida como el primer rayo del amanecer, cuando alcanza el punto en la que vio su fugaz paso, sólo queda ese aroma que le está desquiciando, que le obsesiona.
No es un enemigo, de eso se encuentra seguro. Pero casi no se deja ver. Recuerda que ya son muchas las veces que ha visto el breve y rápido paso de aquello indefinible que ansía, cada día más, poder ver. Con su buena memoria, rememora y se acusa de estúpido al no haber pensado en algo tan elemental y tan claro, pero que su obsesión no le ha dejado ver hasta ese momento:
--¡Pero que tonto eres! --se dice a sí mismo mientras su pezuña, como siempre, golpea el suelo y echa hojarasca hacia tras-- Si siempre pasa por aquel lugar, quédate allá quieto y, antes o después, sabrás qué o quién es.
Con paso lento y silencioso, haciendo un extraño recorrido para que el viento no lleve su olor al lugar en el que va a apostar, escoge un denso macizo de lantanas y adelfas en cuyo interior se introduce dispuesto a esperar.
IV
Amanece y con los primeros rayos dorados del sol, que penetran hasta el escondido rincón de Naloy, ésta se despierta. Nota que tiene sed y hambre. Pero aún conserva el recuerdo y la laxitud de su sueño. Y de nuevo sus facies se convierten en una sonrisa que campean transformando su rostro. Recuerda la fuerte y grácil silueta con la que ha paseado en sueños. Rememora las sensaciones extrañas que le asaltaban cuando, en algún movimiento, se rozaba con él.
--¿Será eso tener pareja?
Y durante unos instantes, perezosa, sigue tendida mientras en su mente repasa una y otra vez el sueño cuyo fin le ha desvelado. Y de nuevo la sed y el hambre le acucian indicándole lo que tiene que hacer.
--Habrá que salir en vez de poder seguir soñando.
Y desperezándose, coqueta, se lame asentando el pelo en los lugares en los que la postura los ha levantado.
Sale con toda suerte de precauciones, oteando los derredores con parsimonia. Son las prisas --se dice-- las causantes de acabar en la boca de algún gran depredador. Sabe que el amanecer y la puesta del sol, son los momentos más peligrosos. Todos están tan hambrientos, como ella, en ese momento inicial del día. Segura de su observación, arranca en un raudo galope que la alejará en dirección al “Río de las Aguas de Oro”. Allá podrá beber a la sombra del gran sauce llorón donde le gusta, a su sombra, beber y comer cada día.
Galopando como una exhalación, durante su zigzagueante e imprevisible recorrido, creyó percibir un perfume extraño, distinto, que nunca ha olido. Es un olor que le gusta y nota que algo nuevo, en su interior, se conmueve.
--Será alguna flor nueva, cuya semilla hayan traído los pájaros, y que se haya abierto al sol por primera vez. --Piensa mientras corre con determinación.
Y aprieta el galope, deseosa de llegar cuanto antes a su otro lugar favorito.
V
Escuchó el ruido de galope que se le echaba encima y apenas tuvo tiempo de abrir los ojos y levantar la cabeza. Paso a su lado como una centella. Pero pudo ver el objeto de su curiosidad durante unos breves instantes. Por unos momentos la sorpresa le dejó paralizado, sin capacidad de reacción.
--¡Es como yo! Pero de otro color. Iré tras él. Debo conocerlo. Así podremos ir juntos.
Incorporándose, se lanzo en el más frenético galope de su vida. Pero le llevaba ya mucha delantera. Tenaz, siguió guiándose por el casi inapreciable sonido que le llegaba desde delante.
Mientras corría, comprendió hacia donde se dirigía y mantuvo el paso, ya sin angustia.
--Ya sé donde va. Al “Río de las Aguas de Oro”. Allá se detendrá para beber y podremos conocernos.
Mientras galopa, su mente recorre la imagen que le ha quedado del fugaz paso y empieza a notar unas sutiles diferencias que en el primer momento no ha captado.
--Es raro; tiene otro color, su cuerno es más corto, y sus formas un tanto distintas a las que yo veo cuando me miro en las aguas del río. Debe ser mucho más joven. ¡Ahora corre y no pienses! ¡Puedes perderlo!
Y con redoblada energía, aprieta el paso aún más y educe que a ese ritmo podrá alcanzarlo antes de llegar al río, o ya en él. Y salta sobre matas, sobre grandes piedras, sobre troncos caídos, en un peligroso, pero útil, ahorro de distancias.
Súbitamente aparece el llano en el lindero del bosque. Y puede verlo, lejos aún, pero claramente mercado sobre el fondo verdoso de la pradera.
--¡Es rápido! Me será difícil alcanzarlo si no se detiene ante el río --se dice reconociendo las primeras cualidades del congénere que desea conocer.
Observa que su adelantado desconocido, disminuye la velocidad conforme se acerca a las doradas aguas del río. Y a su vez afloja el ritmo.
--Despacio. No debes asustarlo. Te puede tomar por un atacante.
Y pasa a un trote largo que le permitirá quedar a distancia y así ser reconocido. Y mientras se frena, puede ver que su deseado amigo, pasa a un paso largo, elegante y elástico, con el que llega al gran sauce llorón que se inclina, como si quisiera meter las ramas en el agua para beber.
Socras se detiene del todo y queda mirando como bebe el que ansía conocer. Observa como, al terminar, se sienta a la sombra de las amarillentas ramas del sauce. Y lo hace mirando al río, y no en su dirección.
Socras, lanza el ancestral grito del unicornio para mostrar su presencia. Es un grito de combate y al mismo tiempo de reconocimiento. Y espera una respuesta ilusionado para ser aceptado como un amigo y romper así su eterna soledad.
VI
Naloy, que hace tiempo que ha visto que es seguida por alguien de su especie, se muestra renuente. Será él el que deba dar los pasos que haga que se conozcan. Escucha el grito de llamada y con voluntad retrasa la respuesta. Sus ojos miran de lado, mientras su cabeza se encuentra en dirección al río. Finalmente, responde con su agudo grito en una aceptación de posible encuentro. Y se gira en su dirección apuntando con su cuerno al que, lento y majestuoso, se le aproxima. Y mientras espera, no puede por menos que contemplar su estampa, su mayestático y potente caminar, la seguridad de sus pasos y sus grandes ojos verdosos que no se apartan de los suyos.
Conforme se acerca, Socras observa que es diferente a él. Y recuerda los distingos que siempre apreció en sus padres. ¡Claro, seré bobo. Es…!
Ya a poca distancia Socras se detiene y la contempla, por unos instantes, antes de hablar:
--¿Quién eres? Yo me llamo Socras.
--Soy Naloy.
--Un bonito nombre. --Y en un impulso que es la primera vez que siente, se escucha decir asombrado algo que no sabe de donde sale, pero que le viene espontáneo a la boca-- tan hermoso como tú.
--Gracias. ¿De dónde vienes?
--Vivo siempre en el bosque. ¿Y tú?
Naloy duda por unos instantes si decir su secreto. Con esa desconfianza, con esa reserva típicamente femenina, elude concretar y responde.
--Igual, hoy aquí, mañana allí. Por el bosque.
--Podemos ir juntos, siempre dos se defienden mejor que por separado y podremos hablar y no estar solos. --Ofrece Socras con su mejor sonrisa.
Naloy observa de cerca su rostro, recorre su largo y ancho cuerno observando las espirales que ascienden hacia una aguda y peligrosa punta. Y comprende que, a su lado, estará mucho más protegida y segura que sola. Pero no lo manifiesta. Deberán recorrer el bosque, comer, beber y saltar juntos. Él debe ganarse un sitio a su lado. El hecho de que sea más grande y más fuerte, no le asegura nada, tendrá que conquistar un lugar a su lado.
--Veremos si podemos ser amigos. Ahora bebe un poco, debes estar sediento --indica iniciando ya el dominio instintivo de la fémina en todas las especies.
Y Socras se acerca a la orilla e ingiere, sabiéndose observado, lentamente agua. Y ambos, a distancia, se echan al suelo para descansar a la sombra del sauce. Silenciosos, quedan contemplándose, sumidos en sus propias vivencias y sensaciones, que lentamente se despiertan en sus interiores. Cada uno, por su parte, empieza a ser consciente que algo desconocido les inunda en un amanecer a la vida, hasta ese momento desconocido.
VII
Los días, en un deambular errabundo, les lleva de unos pastos a otros buscando la mejor y más fresca hierba. Caminan uno al lado del otro, con una distancia clara que se mantiene y que ninguno osa traspasar. Al descansar de largas carreras, lentamente, para poder hablar mejor, las separaciones se acortan, las conversaciones se alargan y se inicia una comunidad de pensamiento conforme empiezan a tener recuerdos comunes y vivencias compartidas.
En ocasiones se rozan al pasar por estrecho puntos entre árboles, rocas o grandes y espinosas matas de floresta. Y en cada ocasión, el contacto les conturba, les altera. Son sensaciones nuevas, inesperadas, pero con el tiempo se acostumbran y. poco a poco incluso las buscan de forma no claramente espontánea. Y en cada ocasión se miran por unos instantes antes de separarse con un gesto tan ambiguo como justificativo de algo no aceptado pero agradable y que, en cierto modo, empieza a ser consentido e incluso deseado.
--Debíamos volver a aquel prado en el que estuvimos hace unos días y que tenía aquellas matas tan ricas con flores rojas --rompe Socras el silencio contemplativo en el que los dos se miran a los ojos, pero no hablan.
--Sí, es cierto. A mí también me gustaron. Ya veo que compartimos gustos. Podemos hacerlo mañana.
Y Socras adelanta una pata delantera y la apoya sobre la cercana de ella.
Naloy la retira en el acto y sus ojos, con un brillo acerado, se clavan en los de él en un mudo reproche.
--¿Te he molestado?
Naloy no contesta. Es consciente que ella ha pensado hacerlo en alguna ocasión, pues el contacto es agradable, pero su reacción ha sido instintiva, impensada, refleja.
--No, estaba distraída y me he asustado --miente consciente, aunque en su fuero interno acaba de descubrir que le gustaría y está deseando que vuelva a intentarlo.
Y Socras, delicadamente, ostentosamente, apreciando que ella observa lo que va a hacer, alarga de nuevo el remo y lo coloca pezuña con pezuña, en un ínfimo pero agradable contacto. Y Naloy empuja el suyo un poco para completar la aproximación.
Y Socrás habla de sitios que ha conocido, de los que fueron sus padres, a los que desde luengo tiempo no ve, ni sabe donde están. Se separaron y perdieron, sin volverse a ver, tras la masiva y urgente huida por un gran fuego en el bosque. Entonces él apenas era un potrillo con un cuerno incipiente.
Después Naloy habla de su pasado, de sus padres asesinados en una cacería de humanos, de sus deseos y ambiciones, de sus gustos…
--… y espero que nunca nos falten pastos y con ello los grandes animales nos dejen tranquilos, sin tener que correr siempre más que ellos…
--Eres adorable --interrumpe Socras casi inconsciente de lo que dice en un primer galanteo.
--No te pases. Sólo somos amigos, ¿no te basta?
--No sé la razón por la que lo he dicho.
--Debemos conocernos más y mejor. No se hace una amistad en unos días; la amistad se gana, no se toma --indica haciendo un esfuerzo por estar seria y que no se le note.
--Como digas. Reprimiré las sensaciones y las palabras que tu vista me provocan.
Y Naloy, tras esa primera victoria, coqueta, parpadea moviendo sus largas y rizadas pestañas con la seguridad de que es el sexo fuerte. Socras frunce el ceño por un instante y, de inmediato, su cara se abre en una sonrisa de comprensión que expande su rostro y le hace abrir los ojos desmesuradamente. Y, de inmediato, indica.
--Mira, que hermoso macizo de trébol. ¿Te apetece?
--Gracias, no lo había visto. Si, deben estar muy sabrosos.
Y ambos se acercan.
--Empieza tú, --indica Socras-- yo espero.
--No, come por aquel lado. Yo lo haré por este.
Y ramoneando al tiempo que triscan alegres y distraídos, avanzan pelando la gran mata verdosa de hojas de los trifolios hasta que, de forma impensada y casual, coinciden en un punto y sus belfos se rozan.
Ambos retroceden un paso al sentir un extraño temblor que les conmueve y les inunda de un sentimiento desconocido pero agradable. Y desde la posición de cada uno, se miran con una curiosidad sorprendida, como si fuera la primera vez que se contemplan. Y las miradas se mantienen por un largo rato.
Naloy nota que algo extraño le embarga, le atenaza. Ha sido una sacudida en su ser, en sus más recónditos rincones que le sumen en un total desconcierto. Nota un hormigueo que le recorre el cuerpo y mueve la cola tratando de recuperar su perdida tranquilidad de un momento antes.
Socras comprende que algo se ha despertado en su interior que hace que la vea y la mire como nunca antes le había ocurrido. Perplejo queda quieto, y su mano derecha, en un reflejo de toda su vida, golpea el suelo en un tableteo, más lento y cuidadoso que lo que es en él habitual.
Tras un momento de aturdimiento, renuevan el mascar y rumiar lo que sobresale en la mancha de pradera que tienen delante. Pero lo hacen llevando dos caminos distintos, divergentes, que nunca les llevara a una confluencia.
VIII
El rugido del león, súbitamente aparecido a sus espaldas, le hace girar de forma vertiginosa. El cuadrúpedo avanza a buen paso hacia ellos. Socras se abalanza y se coloca delante de Naloy en un manifiesto gesto de protección. Afianza las patas en el suelo, abriéndolas ligeramente. Baja la cabeza y coloca el cuerno en la dirección en la que viene la fiera.
El león se frena ante las que iban a ser sus víctimas, y sigue avanzando paso a paso. Les creía un grato manjar que consideraba propiciatorio y fácil. Pero la realidad le muestra que es distinto a lo esperado.
Socras, mantiene la posición en una beligerancia que no ofrece duda. El león se sienta sobre sus cuartos traseros y mantiene la mirada fija en la carne que creía tener asegurada para él y su prole. La contemplación del cuerno a escasa distancia, no le atrae. Tiene experiencia y sabe que si él no ataca, tampoco lo hará el unicornio. Discretamente, mostrando toda su dignidad, como si les hubiera condonado la vida, se aleja buscando un alimento en el que no tenga que jugarse la vida.
Y ambos, alzándose de manos, apoyándose el uno en el otro, entrelazando los cuernos, elevándolos juntos en dirección a la luna casi llena que les mira desde lo alto, sus belfos se unen en un primer beso, preludio de un amor que perdurará por los tiempos de los tiempos.