I
La sala de juntas es grande, cómoda, y está decorada con gusto. Una larga mesa ocupa el centro; sentados en torno a ella hay más de dos docenas de científicos que discuten acaloradamente. La reunión lleva varias horas de trabajo; no es la primera sobre el mismo tema, ni parece que vaya a ser la última. Sobre la pared, al fondo, una enorme pizarra aparece llena de signos y fórmulas, y entre ellos destaca una silueta humana tan estilizada, que más parece una caricatura que la imagen plana de un hombre.
Durante años han estado de acuerdo y colaborado estrechamente en la elaboración teórica y práctica del proyecto. Sin embargo, cuando éste ha llegado a su fin, cuando las dificultades técnicas y financieras aparentemente insuperables han sido resueltas, cuando nada hace pensar en una dificultad de última hora, el desacuerdo más absoluto se desata por un detalle insignificante dentro del vasto proyecto.
Cuando surge el tema llamado, un tanto informalmente, "operación placa", las reuniones toman un sesgo diferente; las propuestas se convierten en algo personal; nadie cede un ápice en su opinión; ni siquiera hay acuerdo entre los grupos de una misma especialidad.
Los científicos que tienen mentalidad matemática propugnan que, por ser éstas universales, deben ir en su simbología. Los biólogos y afines defienden acaloradamente que los dibujos y esquemas son más fáciles de entender para cualquier tipo de cerebro. Pero cada gran grupo tampoco se ponen de acuerdo en cómo desarrollar el mensaje.
Un bizantinismo a ultranza preside las sesiones. Desde hace semanas la sala de juntas se ha convertido en una torre de Babel. Se exponen tremebundas y sofisticadas razones en pro de la idea propia y en contra de las de los demás. Los puntos de vista son tan distantes que no logran encontrar una posibilidad, ni siquiera remota, de que se pueda adoptar una solución ecléctica. El tema, que inicialmente fue programado para una sesión corta, se ha convertido en algo insoluble y el lograr una conclusión, una utopía impredecible. Cada palabra y cada signo son analizados, extrapolado, y finalmente rechazado por la mayoría de los concurrentes. La placa que quedará en el lejano planeta como un hito del paso de hombre por allí, se ha convertido en un nudo gordiano imposible de deshacer. Las sesiones duran demasiado; cada día se cae en los mismos defectos de forma y comportamiento; las agresiones dialécticas son la norma y suben de tono cada jornada; el chauvinismo más inoperante es el aspecto dominante en las reuniones.
El director del programa no acaba de comprender como una pequeña placa, que debe contener tan sólo una serie de signos y esquemas, esté ocupando más tiempo, papel y tiza que los sistemas más superespecializados de navegación espacial, propulsión, o transmisiones telemétricas. Finalmente, cuando la situación empieza a escapar a su control, interviene:
--¡ Señores! -grita al tiempo que golpea la mesa con la palma de la mano.
El silencio se establece tras unos instantes de desconcierto. Todos le miran expectantes e interesados.
--Señores, este asunto debe quedar resuelto de inmediato. O me dan la solución mañana, o personalmente diseñaré la placa con lo mejor que he oído en estas reuniones, pero sin sus estimables ayudas. Buenas tardes.
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II
Al día siguiente la reunión se abre, de nuevo, borrascosamente. Las dificultades vuelven a salirse de cauce a cada instante, con cada intervención. En ocasiones se está al borde de enfrentamientos personales. Hay un factor visceral entre los normalmente pacíficos ingenieros y técnicos. Hay tales diferencias de criterios y puntos de vista que no se consigue resolver el tema de una manera medianamente normal. El moderador, a pesar de toda su buena voluntad y de conceder más tiempo del que había prometido al principio de la sesión, no logra detener la verbosidad, a veces descarnada e impropia del coeficiente intelectual de los presentes, ni la virulencia de sus ataques. Es la última escaramuza, todos lo saben, y el amor propio se encuentra especialmente sensible y violento.
El director, tras un tiempo prudencial, vuelve a intervenir.
--¡Señores! ¡Señores!—
Cuando consigue el deseado silencio, informa.
--La sesión queda clausurada. Continúen con sus otros trabajos. La placa será diseñada, como ya indiqué el otro día, por tres especialistas en Marketing bajo mi dirección. Muchas gracias por su ayuda.--
Días después, un informe con el diseño definitivo es enviado al taller. El operario funde un bloque de oro, lo lamina y recorta, montándolo finalmente sobre un soporte de aluminio. Posteriormente es grabado a troquel con una matriz especialmente preparada. La pieza obtenida será montada en su momento sobre la estructura del radiofaro que los humanos van a colocar sobre la superficie de un lejano planeta.
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III
La sonda automática quedó en fase operativa a finales de un lluvioso Septiembre. Cada mecanismo, cada detalle técnico fue revisado, vuelto a revisar y verificado numerosas veces. El "computador inercial de navegación" y su hermano, el no menos sofisticado "cerebro central", cuentan con recursos suficientes para realizar la misión. Para ello, el enorme banco de memoria común es el más avanzado de la tecnología terrestre. En conjunto la sonda es casi un ser humano. Puede discernir y tomar decisiones ante cualquier situación.
El objeto del ingenio es encontrar el planeta más adecuado del sistema de Alpha Centaurii y, una vez elegido éste, colocar un radiofaro en la superficie y activarlo.
La sonda fue lanzada una fría mañana de Diciembre. Tras colocarse en una órbita parabólica de aparcamiento para determinar el rumbo exacto, encendió el motor de aceleración constante por plasma que le haría alcanzar un 0.6% de la velocidad de la luz a lo largo del equivalente a dos semanas de tiempo terrestre. En escasas horas tras el arranque, la imagen de la nave desaparece de los radares situados en varios puntos del sistema solar.
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IV
Ha pasado mucho tiempo desde que la sonda terrestre llegara al cuarto planeta de una estrella del sistema Alpha Centaurii. Sobre una loma, al borde de un espeso bosque, una estructura metálica lanza reflejos bajo la intensa luz del enorme sol del sistema. Los paneles solares, desplegados en lo alto, recogen y convierten en electricidad la energía luminosa que reciben. Los acumuladores, en buen estado a pesar del tiempo transcurrido, mantienen una tensión suficiente para alimentar al transmisor que, incansable y monótono, lanza intermitentes señales de radio en múltiples frecuencias.
Grandes continentes alternan con azulados océanos. En el mar, numerosas especies evolucionan lentamente. En la zona sólida de los continentes, la vida ha evolucionado hacia un mondo de insectos y miles de millones de ellos nacen, se reproducen y mueren. El bosque, verdadero rey del tranquilo mundo, crece y avanza buscando la costa. El ruido chirriante de los élitros en constante frotación llena de algarabía el paisaje.
Sobre una de las patas de la estructura y a cierta altura sobre el suelo, una plancha de oro montada en un marco de duraluminio, muestra los restos de incontables puestas de huevos y deposiciones de insectos. No hay señales de deterioro en su bruñida superficie en la que pueden verse, perfectamente claros bajo la costra orgánica, los signos y esquemas grabados, millones de años atrás, en un lejano planeta al que se le llamó Tierra.
Cientos de insectos se colocan a la sombra que proporciona el conjunto de tubos, paneles, antenas, habitáculo y resto de dispositivos, e instintivamente van acompañando el movimiento que la zona de sombra recorre a lo largo de la jornada.
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V
Una mañana de un día cualquiera una nave de extraña factura desciende sobre un calvero próximo a la estructura. Sus cuatro soportes se hunden en el suelo y la nave se inmoviliza. Una rampa alcanza el suelo con exasperante lentitud. Miles de insectos interrumpen su canto, emprenden el vuelo y se refugian en el cercano y sombrío bosque.
Por la rampa descienden unos seres de aspecto canguroide que conversan animadamente. Detrás de ellos, deslizándose, resbalando, rodando en confuso tropel bajan unas grandes y peludas bolas pardas que en su continuo deambular cambian constantemente de forma. Son unos seres de configuración ameboide, cubiertos de una piel elástica erizada de gruesas cerdas, y una protuberancia semicoriácea en la parte superior de su amorfa masa que contiene un órgano que recuerda el ojo. Durante largo rato, una horda numerosa de estos seres, abandona la nave. Avanzan mediante movimientos reptantes, dispersándose en todas direcciones. Escarban el suelo y desentierran piedras y raíces que introducen por un estoma amarillento. Aisladamente, o en grupos, se van alejando de la nave.
Los otros seres, de una estatura superior a los dos metros, dotados de una cabeza amplia y alargada. Este voluminoso apéndice asienta sobre un largo, grácil y grueso cuello que le confiere una gran movilidad. La hermosa testa se encuentra provista de dos orejas orientables y redondeadas formando una amplia cuenca parabólica y que se insertan cobre una frente ancha y esbelta. Los cangurioides dejan marchar a las peludas bolas les dejan marchar sin hacerles el más mínimo caso. Avanzan a cortos saltos sobre unas robustas patas. Una potente cola, de una longitud similar a los miembros inferiores, apoya en el suelo en los períodos de descanso. Los brazos, largos y gráciles, están dotados de unas manos de cuatro dedos, uno de los cuales realiza oposición. El porte general, la estructura craneal y el comportamiento hablan de un nivel mental muy elevado, como señala con claridad la alta tecnología de la nave.
Los siete que forman la tripulación se reúnen a escasa distancia del vehículo, a la sombra de éste y permanecen ajenos al comportamiento de los ameboides. Charlan animadamente mientras con las patas y el rabo forman un trípode sustentador. Van cubiertos por una túnica verde brillante, muy ajustada y cintas de colores diversos adaptan el traje en algunos puntos y de otros cuelgan objetos diversos.
Un grupo de ameboides, en su lento y zigzagueante recorrido alcanza el radiofaro. Uno, muy decidido y habilidoso asciende, no sin dificultad, por una de las patas. Al llegar a la altura de la placa emite una prolongación que la rodea; forcejea con ella hasta arrancarla y la introduce por la amarillenta boca. Continúa la dificultosa ascensión hasta lograr situarse en la plataforma superior, entre las bases de las antenas y los soportes de los paneles solares. Después de un rato desciende con idénticas dificultades.
Los ameboides se arrastran por el suelo buscando e ingiriendo todo lo sólido que logran encontrar y se mezclan y entremezclan con diversos grupos que retozan a escasa distancia por los alrededores.
Cuando han transcurrido varios periodos de tiempo de la jornada del planeta, uno de los canguroides saca de entre los pliegues de la túnica un objeto brillante, lo aprieta entre los dedos y éste emite un sonido agudo y prolongado.
De todos los alrededores de la nave los ameboides responden de inmediato dejando su husmear y encaminándose hacia el vehículo espacial en una especie de estampida simultánea. Lo hacen con prisa, atropellándose, como si estuvieran temerosos de tener que volver a soportar el sonido del instrumento de llamada.
De entre ellos uno se detiene, regurgita varias piedras y un resto a medio digerir de la plancha de aluminio que antes había estado sobre el radiofaro. El oro ha desaparecido...
¡Que aproveche!