País Relato - Autores

josé ignacio velasco montes

pulazzo el etrusco

1.-
El cálido y despiadado sol septentrional cae a plomo en un intento de fundir los tejados y suelos del poblado de Telamón. Es un sol tan vertical, que apenas si se pueden divisar las sombras. A escasa distancia, mostrando la tranquilidad de sus breves y verdosas aguas, el Mar Tirreno rompe sobre una playa de arenas doradas, rocas grises y farallones verticales que se clavan, como cuchillos, sobre el mar. Casi perdida en la bruma luminosa, pero destacando en la curva línea del horizonte, la isla de Igilinium muestra su silueta pedregosa, oscura y llena de verdes árboles. A la izquierda, hacia el sur, unas colinas cubiertas de espesa vegetación tapan la vecina ciudad de Anredonia. El poblado, bajo la urente canícula, dormita la pausa del mediodía. Hace mucho calor bajo el lejano pero agresivo sol que, urente, castiga la aldea. Zumbidos de pertinaces moscas, abejas y avispas en el continuo tráfago de su labor, se conjugan con el constante chirrido de las chicharras que acompañan, con su monótona cantinela, el sesteo de los vecinos.
Un grupo de perros recorren las calles en un huroneo y lento recorrido por las callejuelas de Telamón. Uno de los canes se rezaga, eleva el hocico en un olisquear que le hace cambiar de dirección. El animal camina con pasos expectantes y no cesa de ventear el aire en su búsqueda de comida entre los diversos montones de basura que jalonan las estrechas y tortuosas travesías.
Un cubo de agua cae desde una ventana al albañal que corre junto a las fachadas y salpica con inmundicias al can que olisquea distraído. La etrusca que lo ha vertido, ligera de ropas y mostrando toda la soberbia belleza de la raza mediterránea, queda asomada por unos instantes mientras aparta un poco más la cortina de vivos colores que tapa la lumbrera. Su vista recorre el segmento de poblado que queda a su alcance en una curiosa mirada que recorre, con rapidez, las ventanas de las casas vecinas. Una voz conminativa, que surge del interior, le obliga a retirarse al tiempo que replica con palabras ininteligibles.
Otro de los canes ladra, aguda y quejumbrosamente, al tiempo que se lanza a una claudicante carrera. Lleva una pata encogida, y a la vez que escapa muestra sus colmillos en un gesto reflejo de agresividad que se desdice con su manifiesta huida. El chiquillo que le ha tirado la piedra corre detrás por unos instantes, pero el calor lo vuelve indolente y enseguida lo deja por otro entretenimiento más fácil y de menor esfuerzo. Sobre la caliente pared de un edificio ha visto una lagartija que, en absoluta quietud, toma el sol y espera a descuidados mosquitos. El niño, respondiendo a una ancestral llamada, inicia el ceremonial de la caza que ha heredado de sus ancestros.
Al final del pueblo, allá donde desemboca el río Albinia, se encuentra situado el puerto. A lo largo de la orilla sur y aprovechando una zona más profunda, un largo tramo de ribera ha sido acondicionado para carga y descarga. Grandes bloques de piedra, hundidos y superpuestos, se adentran en el mar y describen una amplia curva que hace de rompiente. Tanto en la playa como en la ribera, varios esqueletos de barcos esperan su culminación, arbolado y botadura. Flotando en el agua hay varias naves que se balancean suavemente. Son navíos grandes y planos con un único palo central de escasa altura. En su popa destaca una pequeña zona, semicubierta con un toldo de sucia tela, en la que oscila la gruesa y larga barra del timón. Algo por debajo de la borda, los orificios de paso de los remos, dispuestos en una sola fila, quedan a escasa distancia del agua. Son barcos de escaso calado, inseguros y lentos, pero lo mejor que se construye en el Mare Nostrum. Sobre la proa, alta y esbelta, un terrorífico mascarón muestra la figura híbrida de tres animales: la tradicional “quimera” etrusca.
A espaldas del poblado empieza el bosque. Es una espesura densa y abigarrada que muestra una amplia extensión sin árboles. En su lugar miles de cortos tocones atestiguan la labor del hacha y la sierra en talar para construir barcos. Grandes montones de carbón vegetal y mineral se acumulan al lado de un edificio de piedra de buenas dimensiones. De sus cortas chimeneas surge humo que asciende casi vertical, y de su interior sale un rítmico batir de metal con metal. En la fragua, los herreros no descansan en su labor de hacer piezas para los barcos nuevos y reponer la de los que han sufrido desperfectos.
En Telemón, un pueblo de incansables trabajadores, existen varias industrias florecientes como son el astillero y sus filiales auxiliares, y varios lugares en los que se trabaja en la alfarería de la que salen unas terracotas de vivos colores y originales dibujos. Todo lo necesario para los barcos, desde la madera a los cordajes y velas, incluidos diversos metales, se fabrican y adaptan en el poblado. Su especialización naval ha hecho de Telamón un lugar famoso en toda Etruria y en todo el ámbito del Mare Nostrum. La constante labor del astillero y la alfarería regional de vistosa presencia y calidad, han dado a la villa un alto nivel social y económico.
2.-
El lejano sonido del cuerno llega hasta el poblado, y éste parece despertar de súbito. Es un lamento bronco y largo que viene del mar. Grupos de personas salen de las casas y sin prisas se dirigen al puerto. Aún lejana, pero perceptible con todo detalle, una gran nave de amplia vela cuadrada, bolinea en la costa y se aproa hacia Telamón. En varias bordadas, y con la ayuda final de los remos, atraviesa la boca del fondeadero, se protege con el rompeolas curvo y recala finalmente con la ayuda de los que, en tierra, recogen los cabos lanzados y ejercen tracción de ellos hasta amarrarlos en los norayes.
El numeroso grupo que se ha reunido a curiosear observa a los escasos pasajeros que vienen en ella y toman posiciones para no perder de vista a los que están desembarcando. Uno llama especialmente la atención de todos por su apostura. Alto y corpulento, con rasgos acusadamente mediterráneos, que indican la pureza de su raza, viene envuelto en una túnica roja ceñida a la cintura, apenas un faldellín que cae por detrás como una estola corta, de estilo griego, cuya pieza posterior colgante, no baja de la altura de las rodillas. Luengos cabellos y rizosa barba ensortijada muestran un rostro noble, de mirada tan estólida como vigilante. Anchas ajorcas de oro cubren sus brazos; son piezas troqueladas en un claro martilleado que establecen un taraceado cuyos huecos están rellenos de piedras y vidrios de distintos colores. Una gruesa cadena de anillas de oro rodea su cuello y de ella pende una pulida bola de ámbar amarillo engarzada en el noble metal. En la mano derecha lleva un grueso anillo cuya piedra de turmalina verde va tallada en forma de escarabeo egipcio. Colgando del ancho cinturón de cuero, una larga espada de doble filo deja ver el elaborado puño de marfil africano rematado por un enorme rubí que brilla bajo el sol como un rojizo carbunclo. La ancha hoja de su arma brilla bajo el sol y muestra el bruñido de su hierro forjado que le da aspecto acerado. A su espalda, colgando del barbuquejo, un casco con larga cimera emplumada muestra un arco iris realizado con las plumas de exóticas aves.
Su aspecto es impresionante, y el color moreno de la epidermis demuestra las numerosas horas pasadas bajo el sol. El grueso de sus brazos, cuya musculatura hace resalte bajo la piel, señala una potencia física poco común. Sus oscuros ojos, cálidos y escrutadores, recorren la multitud creciente que se va acumulando en el puerto. Dos esclavos negros sacan un gran cofre de madera y cuero con guarniciones de bronce. Otro esclavo hace bajar dos caballos blancos de gran alzada, raza egipcia y soberbia estampa que piafan contentos por salir de la bodega en la que han viajado. Los cuadrúpedos, sin dificultad y con manifiesta parsimonia, salen del barco por una rampa de gruesos troncos. Uno va ensillado y la doble brida de lino y seda trenzada aparece cubierta de placas de bronce cincelado. El otro solo lleva un sencillo ronzal que hace las veces de cabestro.
El recién llegado baja del barco saltando por la borda mientras sus caballos lo hacen por la rampa. Se dirige al grupo de mirones que le observa y, sin hablar a nadie en concreto, saluda y pregunta:
--¡Qué Tinia sea con vosotros! ¿Alguien puede acompañarme al palacio de Tumil, el Lucumón de esta ciudad?
Hay silencio total durante unos instantes. La masa no reacciona y le mira sobrecogida tras dar un paso atrás. El guerrero repite la pregunta y recorre con la vista a los presentes, esperando. Pero de nuevo la escena no varía. Al final, cuando rehace por tercera vez la pregunta, uno de los que le contemplan se adelanta y responde.
--Noble señor, que Tinia nuestro dios y su Gran Tribunal de los Doce Genios te lleven siempre de la mano. Yo os puedo conducir a palacio.
--Guiadme pues, y seréis recompensado.
--Seguidme, noble señor.
El grupo con toda la impedimenta se desentiende de los espectadores y, atravesando la aglomeración, se encamina hacia el poblado. Penetran por una estrecha puerta que se abre en la muralla que constituye el perímetro de la ciudad y avanzan hacia el interior. A paso rápido ascienden por las enlosadas y empinadas calles que llevan a un lujoso y pétreo edificio que está situado en lo más alto de una colina. Es una sólida construcción en la que destaca una torre de tres plantas en cuya terraza final se aprecia un soldado oteando el horizonte. De un cuerpo lateral de la casa surgen las copas de algunos árboles. Todo el conjunto de la vivienda está rodeado de un alto muro. Hay una ancha puerta en la que se apostan dos centinelas. Estos, armados con cascos, escudos y lanzas, se cierran y obstruyen la entrada cuando ven aproximarse a la comitiva. Uno de ellos da un grito de aviso en dirección al interior y después inclinan las lanzas hacia los recién llegados.
--¡Alto! ¿Quiénes sois y qué deseáis?
--Soy Pulazzo de Tarquinia, hijo de Camizzo, Lucumón de Capua y General de las tropas de la Confederación. Deseo ver a Tumil.
Los dos centinelas no saben que hacer. Se muestran anonadados ante la voz de mando y el marcial aspecto del que tienen enfrente Hay un momento de expectante quietud antes de que desde el interior llegue una voz gutural e imperativa.
--¡Pasad y que Tinia os guarde!
Pulazzo hace un gesto con la cabeza. Saca una moneda y la entrega al que le ha acompañado hasta el palacio. Este la mira y se marcha frotándola y bendiciendo al que se la ha concedido.
--¡Que Tinia haga caer sobre ti una lluvia de oro, y los hígados de mil terneros se te muestren propicios, noble guerrero! --se aleja el guía, gritando al viento su alegría.
La comitiva penetra por el portón y sube por un corto paseo en rampa a cuyo final un oficial y varios soldados les esperan. Al ver el atuendo de Pulazzo, el oficial saluda militarmente y rinde su espada. Pulazzo corresponde sacando la suya y repitiendo el gesto y de nuevo se suceden las explicaciones tras envainar las armas blancas.
Después, el jefe de la guardia acompaña al recién llegado al interior de la mansión. Un amplio atrio en peristilos, cuyas paredes están cubiertas de frescos de gran tamaño y riqueza de colores, presenta al fondo varias puertas. Pulazzo contempla los adornos y los muebles que exornan el lugar. Estatuas de bronce hacen juego con otras de piedra o terracota policromada. Figuras y candelabros de hierro ennegrecido descansan sobre muebles de madera tallada y taraceada en diferentes maderas. Los muebles a tramos, visten la galería circular que rodea el patio. En el centro de éste hay una fuente con figuras de alabastro del que surgen chorros de agua. En la parte inferior, en un estanque de escasas dimensiones y ajenas a todo lo que les rodea, nadan numerosas carpas doradas en un incesante ir venir por el escaso mundo del que disfrutan.
Una de las puertas se abre y por ella penetra un hombre de sienes plateadas, andar parsimonioso y mirada inquisitiva. Es un individuo rollizo y de regular estatura. Envuelto en una túnica blanca, muestra entre su pelo una diadema de ágatas negras montadas en oro que son la señal de su categoría de Lucumón del poblado.
En la larga, frondosa y cuidada barba, cuelgan de cortas trenzas pequeños adornos de oro y cornalina. Pulazzo se adelanta y le saluda inclinándose.
--¡Qué Tinia sea contigo! Que los augures te profeticen lo mejor para los años venideros y que sus vaticinios se hagan realidad. Que cien aves vuelen sobre ti cada día sin que la sombra de ninguna te roce, ¡Oh Tumil, grande entre los grandes, justo entre los justos!
Mientras lo saluda y es correspondido con una leve inclinación de cabeza, Pulazzo le alarga una tablilla de barro cocido llena de signos. Tumil la lee durante unos instantes y después ambos se abrazan.
--Mucho has crecido en estos años, Pulazzo, no te reconocía. Considérate como un hijo mientras estés aquí. Esta es tu casa; sé bienvenido a ella.
--Gracias, Tumil. Mi corazón rebosa de alegría al estar a tu lado después de tanto tiempo. Mi padre envía para ti todo el cariño y la amistad que siempre ha sentido por vosotros.
--Amistad y cariño al que correspondo. Pero… ¿Qué tal se encuentra el viejo truhán?
--Desborda salud y actividad como siempre. Es como si los años no pasaran para él, y eso es algo que tenéis en común --comenta sonriente Pulazzo.
--No me halagues. Sé bien cómo me encuentro y no es lo que parece. Mira mi pelo, blanco y escaso; pues del mismo modo estoy yo, apagándome como la llama de una lamparilla sin aceite.
--Exageras igual que siempre. Al salir, mi padre me dijo cuál sería tu respuesta, y acertó.
Tumil interrumpe el diálogo, se ríe y bate palmas. Varios servidores acuden de inmediato.
--Preparad la estancia de los huéspedes. Calentad agua hasta llenar la bañera de piedra y subid alimentos y el mejor vino de la cueva --ordena.
--Gracias de nuevo --agradece Pulazzo.--No quiero alterar tu vida ni distraerte de tus ocupaciones. Traigo tres servidores conmigo a los que espero des alojamiento. Pero antes de nada, ven, quiero que veas el obsequio que te traigo. Mi padre y yo confiamos que sea de tu agrado. Está fuera, te lo mostraré.
--¿Qué es? --pregunta interesado Tumil.
--Es un caballo que adquirí en Egipto para ti. He regresado de aquellas tierras hace pocas semanas. Es un animal de la mejor raza y sólo el mío se le parece.
--Ahora soy yo el que te agradece el regalo y sobre todo el hecho de que te acordaras de mí a tan larga distancia. Yo ya no tengo edad de montar, pero mi hija Anil, ¿la recuerdas?, lo disfrutará y te quedará también muy agradecida.
Los dos salen al exterior, y la soberbia estampa de los dos cuadrúpedos, gemelos en color, alzada y aspecto, hacen que Tumil lance un admirativo grito de sorpresa y dé muestras de sincero entusiasmo y admiración. Acarician a los animales mientras charlan animadamente de otros tiempos, pasados, pero no olvidados.
Los animales son conducidos a las cuadras, y los servidores de Pulazzo suben sus pertenencias a la estancia que le han destinado.
Más tarde, mientras se baña y bebe largos tragos de vino con los que remoja la comida que está haciendo dentro del agua caliente, los tres servidores sacan del cofre sus ropas, armas y joyas y las disponen por la habitación. Sobre una mesa han quedado los regalos que trae para el resto de la familia de Tumil, aunque todavía no ha podido ver ni a la madre, Zoar, ni a la hija, Anil, de la que tiene bellos recuerdos de lejanos tiempos. Y su mente se introduce en un mundo de remembranzas, dudas y deseos olvidados que marcaron una etapa de su vida. ¿Estará emparejada? Eso es seguro, la recuerdo muy bien, se parecía a su madre, que era de una gran belleza, y siempre he escuchado decir: “Mira a la madre, y sabrás como será, en unos años, su hija”. ¿Habrá cambiado? La recuerdo bien, peleona, tanto que no se dejaba vencer. Tenaz y habilidosa en la lucha. ¿Habrá cambiado? O ¿Seguirá igual aunque con más edad? Pero…, pero… ¿qué hago, en qué pienso, qué es lo que deseo?, que siga igual que hace muchos año. Ahora será una mujer, y tendrá hijos y yo no le diré nada que le pueda importa. Y ano será como antaño, cuando aquel día, en plena pelea la besé y enfureció que llegó casi a causarme miedo.
Trata de apartar los pensamientos que le embargan y continúa comiendo y bebiendo mientras nota como, el agua caliente le relaja y suprime el cansancio de días de incómoda navegación.
3.-
La muchacha, Anil, es una agraciada joven de ademanes desenvueltos, amena charla y saludable aspecto físico. Ha sido educada al estilo etrusco: sin diferencias con los varones. Anil es el clásico ejemplo de la mujer etrusca de familia acomodada. Tiene amplios conocimientos de todas las materias conocidas y alterna los estudios de historia, filosofía, artes militares y otras disciplinas, con la práctica de la equitación, la lucha, el tiro con arco, la carrera, los lanzamientos y cualquier otra materia que suponga riesgo y habilidad física.
Ha quedado entusiasmada al contemplar el caballo. Los dos jóvenes han renovado una amistad que se remontaba a la infancia. El muchacho está gratamente impresionado, no sólo por el hecho de que no se encuentre emparejada con ningún hombre, lo que le ha disipado la peor de sus dudas, sino por la personalidad de Anil, siempre alegre y dispuesta a cualquier idea que surja. Pero además es consciente que se siente atraído como hombre por ella. La jugosidad de sus labios rojos que le atraen como la luz a una mariposa, el suave terciopelo de sus mejillas, el atractivo color dorado oscuro de su pelo, su felino caminar, el amplio movimiento de sus manos que completan el significado de su cálida locución, su estatura y un busto que le antoja dotados de un gran atractivo, le han desestabilizado en una postura, añeja en él, de permanecer lejos de las mujeres. Sin embargo, aunque no lo expresa, la cálida mirada de ella y el beso entre ambos tras tantos años de no verse, le han trastornado.
--¿Eres Anil? Aquella niña que siempre escondía mis cosas, que me provocaba hasta hacerme enfadar sin poder hacer lo que en ocasiones llegue a pensar. ¿Eres tú?
--Sí. Y… ¿Qué es lo que no hiciste pero que pensaste?
--Que si hubieras sido un niño, nos habríamos medido en la arena.
--Lo haremos mañana si quieres, ¡te desafío! --Indica provocadora con un claro coqueteo, mientras se mantiene mirando fija los ojos que le miran curiosos. Ha captado el manifiesto interés que él muestra por ella, y que ha percibido, como todas las mujeres, en la forma de mirarla. “Ya me gustabas de niña, y cuantas veces soñé contigo y que sensaciones extrañas, que ahora sé lo que son, pero que ya entonces me daban lugar a escalofríos cada vez que peleábamos y me vencías y me mantenías abrazada mientras yo hacía como que no me rendía. Recuerdo el día en el que me besaste en la boca. Tuve que enfadarme, ¡que remedio!, ¿qué habrías pensado de mí si mi conducta hubiera sido lo que realmente deseaba, pedirte que lo hicieras más y más veces? Pero si lo hubiere hecho, no hubiera actuado como tantas veces me ha explicado mi madre que debe ser mi conducta.
--Te volveré a vencer una vez más --indica él mientras en su cabeza surgen los recuerdos, en parte olvidados de tiempos añejos, pero que al volver a verla han revivido como si fueran de apenas unos días. Y rememora cuando le provocaba para luchar y podía abrazarla, apretarla y obligarla a rendirse antes de poder soltarla. “Mañana pelearemos. Y espero que siguas igual de tozuda en no rendirte, lo que me dará lugar a doblegar tu voluntad hasta que decidas dejar de resistirte, hasta que te rindas y así poder abrazarte largo rato y sentir lo que antaño sentía por ti, y que de nuevo han vuelto a crearme un desasosiego como el de otra época”.
Y ambos mientras se miran, son conscientes que lo que hubo no ha muerto y que si están juntos por un tiempo, todo volverá, pero con una fuerza que antaño no podían, ni pudieron imaginar. Y Pulazzo sabe que juntos serán peligrosos, pues de niños, ya en ocasiones, fueron conscientes de la atracción mutua que sentían.
--Me gustaría montar ese caballo que has traído. ¿Me lo dejas padre?
--¡Me perdonas!, Pulazzo, si se lo regalo; yo ya no lo voy a montar.
--No pensé que a ella le gustara montar, pues le hubiera traído otro, en vez del regalo que te daré esta noche en la cena.
--Me encantará todo lo que me des --indica con desparpajo en una mezcla de agradecimiento e insinuación que no pasa desapercibido para Pulazzo.
--Es tuyo, hija.
--Gracias padre. --Y mirando a Pulazzo, una vez más le desafía--¿Serás capaz de vencerme en una carrera por la playa?
--Vencerte no, pero tratare de mantenerme a tu altura y que no te alejes demasiado. --Responde en una clara insinuación.
Tumil, que ha captado la corriente afectiva que se inflama por momentos entre los dos jóvenes, alza las cejas en un gesto a Zoar que corresponde con una sonrisa de satisfacción mientras piensa: “Sería una buena pareja para mi hija, pues por aquí no hay nadie que me guste para ella. Pulazzo, al que conozco desde niño, y que por lo que veo, es todo un hombre, educado y con clase, será lo que colmaría todos mis deseos sobre mi hija y su futuro”.
Han galopado por la orilla y se han bañado en las templadas aguas del mar. Cuando regresan, al caer la tarde, reciben complacidos la noticia de la fiesta familiar que, en honor de Pulazzo, ha organizado Zoar.
Los dos jóvenes se han colocado juntos, sobre el mismo triclinio, y mezclan los pies en un constante juego, antecedente de futuras caricias y mimos que, a veces, realizan mediante roces uniendo ambas manos. Desde el principio de la cena, las risas y la conversación no han cesado en ningún momento, prácticamente olvidados de los padres que, a escasa distancia no intervienes y no paran de observarles con disimulada satisfacción.
--Pero... ¿dónde está ese tesoro que quieres buscar? --Pregunta Anil.
--En unas tierras lejanas, al otro lado del Mare Nostrum, en África.
--Pero África es muy grande, incluye Egipto, Libia, Cartago, Numidia y todo lo demás, poco conocido, que lleva hasta la zona ignota del sur y a ese país que nadie ha visto que es la Atlántida. Claro que esto último son suposiciones, pues nadie que ha ido más allá de Hispania y las columnas de Heracles, ha vuelto para contarlo.
--Tus conocimientos son más amplios de lo habitual en una mujer.
--Soy muy curiosa y me gusta leer y estudiar todo lo que encuentro. Mis preceptores siempre se quejaron de que quería saber más de lo que podían enseñarme. ¿Dónde queda con más exactitud? --Inquiere Anil interesada.
--Queda entre Cartago y Libia, pero algo hacia el interior. Hay que penetrar durante muchos días desde la costa e introducirse en una zona desierta hasta encontrar un zipo. En él debe estar el resto de la orientación para localizar el tesoro.
--Pero… ¿cómo encontrarás ese hito intermedio con el que completar la información?
--Tengo que alcanzar una cala llamada “la pequeña Sirte” y, desde allí llegar a las ruinas de una ciudad que antaño se llamó Girba. Desde ese momento debo caminar ininterrumpidamente hacia Poniente hasta encontrar el cipo.
--Y una vez que lo encuentres… ¿Qué?
--Sobre esa piedra, de una gran altura, un gnomon que trata de subir hacia el cielo, y que al mediodía indicará con la sombra una dirección. Y, además, en él se encuentra, al menos eso creo, inscrito lo que falta en la estela que encontré en las ruinas de Menfis. Si lo logro, llegaré hasta el “Templo de la Noche de los Tiempos”, y el tesoro será mío. --Comenta ilusionado Pulazzo.
--¿Para qué quieres ese tesoro? ¿No tienes bastante oro en Tarquinia?
--No es el oro el que me lleva allá. Es la curiosidad de ver algo que espera ser visitado desde hace miles de años. En ese tesoro puede haber, ídolos que hablarán de las creencias de otros tiempos, armas que nadie ha conocido, arcanos extraños, piedras grabadas cuya transcripción puede aportar conocimientos o ideas nuevas… no sé, creo que es más la aventura que el tesoro en sí lo que me atrae.
--Pero puede ser peligroso. Tienes que atravesar el territorio cartaginés, y ya sabes que los púnicos son muy sensibles a ello…
Anil hace un gesto muy claro sobre lo que ocurre cuando un extranjero es sorprendido en su territorio.
--¿Tienes miedo, acaso? --Pregunta con pachorra Pulazzo.
--…y conoces, como todos nosotros, la gran vigilancia que tienen en la costa. --Continúa ella como si no le hubiera escuchado.
--Sí, es un riesgo, toda la vida es riesgo, pero la zona por la que quiero entrar se encuentra lo suficientemente lejos como para que no sea nada fácil la coincidencia de encontrarme con ellos.
--¿Supongo, y adivino, que tendrás alguna idea más, que no has mencionado, para burlar la vigilancia de las naves cartaginesas…? ¿O no es así? --Inquiere entrecerrando los ojos en un manifiesto afán de adivinar algunas de las secretas posibilidades que él maneja.
--Sí, así es. Tengo los planos de un barco que quiero construir, más rápido y seguro que todo lo que conocemos. Además, no olvides, que un etrusco vale por diez cartagineses --comenta con sorna Pulazzo.
--Eso es un tópico. Yo siempre pienso que un hombre vale lo que otro hombre. Si está bien adiestrado, y tiene buenas armas, se puede enfrentar con dos personas y contarlo, con mucha suerte; todo lo demás son mitos, tonterías archirepetidas que sólo los tontos se creen.
--Lo sé, por eso quiero ir con gente bien preparada, como el grupo que se estoy organizando en Capua. Ando buscando ayuda para completarlo. Aquí he venido para que me construyan el barco, tenéis fama de ser los mejores en todo el Mare Nostrum.
--¿Cómo sabes de ese tesoro? --Repregunta Anil.
--Ya te lo dije antes.
--Cuéntamela con más detalles. --Insiste porfiada la muchacha.
--Es una historia muy curiosa. ¿Tienes interés en ella?
--Por supuesto, y no tengo prisas, me encanta escuchar. Sólo duermo lo necesario, y si duermo menos algún día, no me preocupa. Mi preceptor dice, que lo que no duermas hoy, ya no lo podrás recuperar nunca.
--Eso no es nuevo para mí.
--Habla, no dejes nada dentro de ti. Gasta toda la saliva que necesites, tenemos mucho vino para que no se te seque la boca.
--Ya veo que…
--Me interesa todo, de modo que no pierdas ni un detalle.
Pulazzo se acomoda en el triclinio en el que se encuentra tendido, bebe un largo trago de vino rojo como un rubí liquido, carraspea y se lanza a contar.
--Durante más dos años he viajado por Egipto. Es un país fantástico y sólo estando allí puedes creer lo que tus ojos contemplan. Pirámides tan grandes que su punta se pierde en el cielo; tumbas tan profundas que nunca se encuentra el final bajo tierra; templos tan enormes y tan bellos que no hay nada que se le parezca en otros lugares conocidos. Egipto es una civilización de piedra, en la que éstas han sido trabajadas como si de barro se tratara, tal es su dominio sobre las piedras más duras que puedas imaginar…
El muchacho habla entusiasmado mientras no aparta sus ojos de los de ella. Anil le escucha mostrando el mismo interés que él, y no se pierde ni una palabra, ni ninguno de los gestos con los que Pulazzo adereza el retrato.
--…a mi regreso de Syene, muy al sur, en un lugar en el que hay cataratas en el Nilo, el guía que me había acompañado, seguía insistiendo en que visitara las ruinas de Menfis, la que fue la capital del País de las Dos Orillas, en los lejanos tiempos de las primeras dinastías. Hacía miles de años que Menfis había sido abandonado y estaba hundida en el olvido. Pero me habló de las gigantescas pirámides que había entrevisto desde el barco cuando íbamos hacia el sur…
--Bebe y sigue. --Indica Anil al tiempo que le ofrece una copa de vino.
--.. .y me convenció, en buena hora… Desembarcamos a la altura de Menfis, y nos adentramos en la llanura de Gizeh, Allá estaban las tres pirámides de las que tanto se ha hablado, tumbas de tres reyes, Keops, Kefrén y Menkaura. Me sobrecogieron. Pero lo importante fue posterior…
--No sueñes despierto, sigue.
--…a los dos días, tras visitarlas, contemplar la esfinge, y ver muchas tumbas que hay por los alrededores, marchamos a Menfis.
Anil escucha en total silencio, se han cogido de la mano y han entrelazado los dedos y Anil sólo rompe lo que el narra, para espolonear al inquieto compañero de mesa, pues nota que, conforme narra, está viviendo de nuevo el momento que expone.
--Eran piedras por todos sitios, sin orden, sin nada que recordara a una ciudad destruida y aventada por el paso del tiempo, aunque se adivinaban restos de casas, de murallas, de templos, todo casi cubierto por la arena de miles de años llevadas por el viento. Extraños dibujos se mostraban grabados sobre las piedras mostrando animales y signos que no me decían nada. Escalaba las piedras para verlo todo. Incansable dejé al guía con los camellos y me interné por aquellos páramos de arena y peñascos que me atraían hasta hacerme perder la noción del tiempo…
Durante unos instantes deja de hablar, frunce el entrecejo, respira profundo y prosigue:
--… no sé cómo sucedió. Resbalé y caí desde varios metros. La arena se debió hundir bajo mi peso, y me sentí tragado por la tierra… --y para de hablar mostrando un momento de distracción.
--Sigue, sigue, no te detengas --le urge Anil interesada y voraz por saber más y más, apremiándole.
--… y me encontraba en el interior de una gran cueva en la que centenares de murciélagos gritaban y daban vueltas desquiciados por haber sido sacados súbitamente de su sueño. Pronto mis ojos se acostumbraron a la escasa luz que penetraba por el boquete abierto con mi caída. A mi alrededor, un gran número de momias, esqueletos y cadáveres de animales, me rodeaban. La mayoría estaba como si los acabaran de colocar en aquel lugar. Hacia calor y el clima de Egipto conserva todo muy bien, pensé de inmediato pues lo había oído decir. Solo los excrementos de los murciélagos alteraban la fúnebre belleza de aquellos sarcófagos. Me entretuve mirando todo. Un cadáver momificado, dentro de un maravilloso sarcófago, mostraba en un dedo este anillo.
Pulazzo le muestra la sortija en forma de escarabeo que lleva en su mano derecha. Anil lo contempla y no dice nada. Sólo le mira a los ojos apremiándole a que prosiga con el relato.
--El escarabajo es señal de buena suerte en aquel país. Pues es signo de vida, de resurrección, y me quedé con él. Su dueño no se quejó.
--Sigue, no hagas gracias --indica Anil arrugando la nariz.
--Sobre la tapa de piedra, del sarcófago del que había quitado el anillo, caída y rota a un lado, quedaba un resto de madera del ataúd, con un trozo de piedra incrustado y lleno de inscripciones. Me llamó la atención y cogí el trozo de caliza blanca que se mostraba sucia por el paso del tiempo y las deyecciones. Se desprendió de la madera con facilidad y, aunque no sé porqué la cogí, la guardé.
--Crees que fue casual, o empujado por los dioses para que seas tú el que llegue hasta ese templo.
--No puedo asegurar nada. Pero el anillo puede que en su momento sirva para algo, no lo sé, ¿Quién puede saber nada del futuro, si no sabemos nada del presente y se nos ha olvidado el pasado?
--Yo recuerdo muy bien mi pasado, sobre todo mi juventud, cuando estuviste aquí por un tiempo. --Indica con claridad Anil.
Pulazzo hace como si no la hubiera escuchado y prosigue.
--Conseguí salir, no sin dificultades, pues el techo se encontraba alto, pero, amontone ataúdes y alcancé el orificio por el que me había precipitado…
--Cuenta lo principal, no te distraigas con lo accesorio. Pudiste salir puesto que te encuentras aquí --interrumpe Anil.
--La piedra y la curiosidad que me despertó, me obligaron a estar un año más en Egipto. Las inscripciones están en un extraño lenguaje que nadie podía entender. Investigué en las bibliotecas de Tebas y de Alejandría, consulte con sacerdotes, y casi con todo el que me encontraba con aspecto de poder saber algo sobre ello. Finalmente alguien reconoció los rasgos y me orientó. Pero lo que leían no significaba nada, había mucho de lo inscrito que no sabían reconocer. Pero… poco a poco, fue tomando forma, aunque en realidad sólo para mí. Tuve que volver a empezar con su lectura varias veces, con más viajes, con más dudas, con diferentes ideas sobre lo que realmente decía. Pero empezaba a estar claro, que era algo misterioso, algo importante que había que ir a buscar muy lejos, pero en conjunto admitía muchas interrelaciones, me creaba muchas dudas. Tuve que ver añejos planos, nombres olvidados de ciudades desaparecidas, en un husmear permanente que no me dejaba vivir…
--Sí, te creo, eres un tozudo y un luchador que nunca se vuelve atrás. ¿Eres así? ¿Sigues siendo así?
--Eso me dicen, pero qué puedo hacer si cada uno es como es. Al fin conseguí llegar a un remedo de lo que dice, una idea aproximada de la solución que había intuido hacía bastante tiempo. Pero para mí es suficiente para confiar en la buena suerte e intentar llegar hasta el lugar que parece indicar. No sé lo que puedo encontrar, pero si sé el lugar donde es posible hallarlo.
--¿Podría acompañarte? --Indica con decisión Anil.
--¿Tú?
--¿Por qué no? Sé luchar mejor que muchos hombres. No tengo miedo y puedo aportar esas ayudas que estás buscando: oro, víveres, hombres y todo lo que puedas necesitar.
--¿Lo autorizaría tu padre?
--Mi padre me ha educado como si fuera su hijo. Y lo ha hecho preparándome para una situación así, No creo que ahora se vuelva atrás. ¿Se lo negaría a un hijo varón? ¡No! ¡A mí tampoco! ¡No obedecería!
--Para mí serías una gran ayuda y, como dices, es eso lo que vengo buscando. Quiero que me construyan un barco muy especial. Es muy distinto de todo y he traído los planos. Será una nave más rápida, más marinera y tiene dos palos. En caso de problemas, los cartaginenses nunca podrán alcanzarme.
--¿Quién hizo los planos?
--Esa es otra historia y, además, larga de contar. Me los dio un arquitecto naval huido de Mesopotamia. Estaba refugiado en Egipto y lo conocí en extrañas circunstancias. Me quedó muy agradecido por salvarle la vida y hablando me explicó su trabajo de construir barcos. Le expuse mi idea de un barco más rápido y sólido. Durante varios meses trabajamos juntos en su casa. Si resulta como él supuso, debe navegar al doble de velocidad que los que ahora tenemos. Pero no puede ser demasiado grande, pero si lo será para lo que deseo.
--¿Me dejarás que te acompañe? --Insiste Anil.
--Por mi parte no hay duda. Habla con tus padres, si lo autorizan, empezamos a preparar lo que falta.
--Lo haré mañana. Y puedo adelantarte que iremos juntos.
--Así lo espero.
El banquete está terminando. Recostados sobre los sofás inclinados, unos triclinios de la mejor madera cubiertos de brocados orientales, que rodean la mesa, Tumil y su esposa Zoar permanecen bebiendo y observando la conversación de su única hija con Pulazzo. Ambos muestran una disimulada alegría de verlos compartir, olvidados de todo lo que les rodea, en una charla ordenada en la que las sonrisas y las miradas entre ambos son un claro prolegómeno de lo que suponen que vendrá. La conversación se prolonga en la cálida noche. Hablan, beben y hacen planes. Anil va escuchando aspectos de lo que no conoce. La expedición va perfilándose con la ayuda, inestimable, que le ofrece la muchacha. Cuando está muy avanzada la madrugada, ambos se retiran a descansar. Pero ya los padres de Anil hace horas que se han marchado con gran discreción.
4.-
Han transcurrido varios meses. Cientos de árboles han sido talados. La madera, seca y curada, se está transformando en un extraño navío de alta borda y profunda quilla. Dos puentes cubiertos hacen juego con su doble mástil de gran altura. El oro corre generoso y los operarios trabajan, de buen grado, de sol a sol. En los telares se fabrican varios juegos de grandes y sólidas velas cuya forma y tamaño se salen por completo de lo habitual, son velas triangulares y muy largas en posición vertical. En la fragua se ha fundido la larga quilla en bronce y se fabrican cientos de arreos que van siendo colocados en una nave que crece día a día.
Sesenta remeros bogan durante muchas horas cada jornada en una intensa preparación. Son los mismos soldados que va a acompañarles, como protección. Quince de ellos, han venido de Capua, traídos por Pulazzo que ha ido por todo lo que había dejado allá, y compiten con otros tantos que son de Telamón. Se han fabricado armas nuevas, mejor templadas, más largas y sólidas, según las ideas que trae Pulazzo de varios lugares que ha visitado.
Unil se ha unido sentimentalmente a su compañero, y ambos unidos con una ceremonia, en la que se han roto unas vasijas y se han establecido y reforzado una amistad que viene de antaño, viven juntos con gran satisfacción de los padres respectivos. Anil desarrolla una actividad que tiene asombrado a éste. Se prepara como un guerrero más, se ocupa de los suministros de alimentos y de algunos detalles del barco. La nave es botada para que las maderas hinchen y se ajusten antes de iniciar las primeras pruebas de alta mar. Cuando terminan de aparejarlo, hacen la primera salida y durante varios días, tripulación y nave van acoplándose, resolviendo problemas imprevistos y comprobando que lo que se espera de ella es una realidad y que dobla la velocidad de los mejores barcos del pueblo.
Clío, el lugarteniente de Pulazzo, se ocupa desde su llegada, de la preparación de los soldados. En otras tareas colaboran tres hermanos que han venido con él: Azor, Leriz e Ismar. Anil por su parte ha incorporado a dos jóvenes oficiales de su padre que van a intervenir en la expedición: Linzo y Rual. Todos se emplean con tal tesón y habilidad, que en escaso tiempo sólo queda una cosa por hacer: partir.
La víspera de la salida, una gran ceremonia reúne al poblado. Los augures realizan y ofrecen sacrificios a Tinia, dios de los etruscos, y a Eolo, dios de los vientos para que sople en la dirección deseada. Las vísceras de los animales son examinadas con detenimiento para escrutar señales propiciatorias. El vuelo de las aves es vigilado por los ojos de los adivinos que, escudriñando cada movimiento, interpretan el futuro de la expedición. El cielo nocturno es escrutado buscando señales y anomalías que adviertan sobre posibles peligros en las noches de navegación. Las conclusiones son muy afirmativas en el éxito. Se considera que la fecha prevista para la partida es la adecuada, pronosticando un triunfo total.
Con tan buenos augurios el vino corre generoso, la carne sazonada impregna de olores el entorno y todos los que han intervenido y los que van a partir e invitados, se unen en la gran fiesta en la que se les desea un venturoso regreso a los que van a marchar.
Al amanecer del día siguiente, las amarras se sueltan, los remeros despegan el barco del muelle y las velas se inflan con un chasquido al desplegarla un fuerte viento de popa y la nave zarpa alejándose a gran velocidad. Desde el puerto los que se quedan les despiden agitando las manos en un saludo con el que les desean un feliz regreso.
5.-
El Mar Tirreno y Sicilia han quedado atrás. Un carnero ha dado su vida para que Eolo les envíe viento propicio. El dios, agradecido sin duda por el sacrificio, abre sus cuevas de la isla Lípara y quita las cadenas a los vientos favorables. Estos, liberados y satisfechos, surgen plenos de potencia de sus cuevas y, en un descomunal y mantenido soplido, alcanzan la nave por popa y lo impulsan hacia África.
Sólo llevan izado un palo, no quieren llamar la atención y reservan el otro para una necesidad, pero es suficiente para avanzar a gran velocidad sobre las verdes y mansas aguas del Mare Nostrum.
El sol cae a plomo y durante más de un día la navegación se vuelve aburrida y monótona. Solamente una ingente extensión de agua se divisa al derredor del barco. Los remeros y a la vez soldados, dormidos en sus bancos, esperan el momento, si es que llega, en el que sea necesaria su colaboración.
Es el mediodía del día siguiente, cuando a lo lejos, hacia sur y poniente, se empieza a adivinar la costa. Es el saliente del litoral africano en el que se encuentra situada Cartago. De inmediato, el capitán del barco, un experimentado marino de origen fenicio, cambia el rumbo más al este.
El vigía grita de improviso:
--¡Velas en nuestra derrota!
El capitán sube al puente y observa las lejanas velas. Cuando éstas crecen con lentitud y dejan ver el barco que impulsan, la situación queda clara para todos.
--Es un barco cartaginés y trata de cortarnos el paso por babor. --Vuelve a gritar el observador que ha subido al punto más alto de la cofa.
El capitán empieza a dar órdenes de inmediato. Es el momento de sacar todo el partido que pueda dar la nave.
--¡Segundo palo arriba! ¡Largad todo el trapo! ¡Timonel a la caña y la nave en línea con el viento!
El palo es izado y afirmado. El fenicio, sigue dando órdenes con absoluta tranquilidad. Es un veterano de la navegación y no pierde la tranquilidad en ninguna situación.
--¡Vergas a todo lo alto y tensad bien las relingas!
Momentos después, las velas chascan y se inflan aparatosamente con la presión del aire y el barco da un salto aumentando la velocidad de forma paulatina. En proa, dos surtidores de agua espumosa por el agua cortada por la roda, empiezan a levantarse, una a cada lado. Con una vela a cada costado, en “orejas de burro”, la velocidad se incrementa de forma clara. En un par de horas la nave púnica desaparece en lontananza, mientras el barco de Pulazzo mantiene la derrota por otro par de horas más.
--¡Timonel, toda la caña a estribor, vamos a buscar la costa! --Grita el fenicio que ha dado varias vueltas al reloj de arena que le marca el tiempo.
El barco bolinea aprovechando el aire que le entra de costado y toda la tarde se mantiene en dirección sureste. Cuando el sol, a sus espaldas, empieza a ponerse en el cenit, la costa se hace de nuevo presente y lejana, como una línea ligeramente oscura casi indistinguible de las nubes. En el contraluz del atardecer, la cordillera que bordea el litoral recorta con su silueta irregular la luminosidad decreciente que le llega desde poniente.
Cuando la noche les sorprende, hace un rato que han anclado en una pequeña y escondida cala.
6.-
Amanece en una alborada de luces que se reflejan en el mar cubriendo éste de destellos auríferos apenas rotos por las leves crestas de unas ínfimas olas.
Durante la noche han hecho cálculos y saben que están demasiado al oeste del punto adecuado. Los remeros bogan supliendo un aire que no les favorece y que ofrece resistencia al avance. La nave avanza a escasa distancia de la costa.
--¿Cómo encontraremos el lugar? --Inquiere Anil apoyada en la borda al lado de su pareja mientra le pasa el brazo, cariñosa, por la cintura.
Pulazzo corresponde al amoroso gesto, con un húmedo beso al tiempo que inicia unas explicaciones.
--En los burdos planos que poseo, hay dibujadas tres islas. Debemos encontrar una primero, grande, comparada con las otras dos que son pequeñas y alargadas. Entre ellas se encuentra situada la bahía que llaman los egipcios “la pequeña Sirte”. Allá desembarcaremos y subiremos a las montañas que deben quedar cerca de la costa. En esa cordillera hay un paso que sólo es visible desde muy cerca, y que tendremos que encontrar. Tras atravesarlo debemos encontrar las ruinas de Girba. A partir de ese punto empieza lo ignorado y misterioso.
--¿Y no sabes nada de esa zona desconocida?
--No, sólo lo que ya te he explicado, que no es mucho, lo sé, pero que nos servirá para encontrar el templo.
--Repíteme lo que sabes --ruega mimosa Anil.
--El escrito dice que a varios días de marcha y dentro de un gran bosque, se encuentra un templo, tan antiguo como la tierra, construido con grandes bloques de piedra negra.
--¿Nada más? --Interrumpe impaciente Anil.
--Sí, hay más. Añade que las piedras son tan grandes que nadie podría moverlas, y que dentro hay un tesoro que no se podrá llevar ningún mortal.
--Lo importante es encontrarlo. Lo demás, ya se verá.
A media tarde encuentran la primera isla y momentos después pueden contemplar las otras todavía lejanas.
--¡Toda la caña a estribor!
El barco cambia el rumbo al sur y se dirigen a la costa para recalar e iniciar los preparativos para el amanecer del día siguiente.
7.-
Los ocho etruscos y sus caballos, más una recua en la que llevan provisiones, luchan por avanzar entre las grandes dunas. Hace muchos días que han dejado atrás las ruinas de Girba y desde entonces sólo han visto desierto. Un desierto duro en el que no se observa vegetación de ningún tipo y sí una escalonada serie de dunas, de escasa altura, que se extienden hasta el horizonte.
--¡Maldito sol y asquerosa arena! --Comenta sudoroso Rual.
--¡Adelante! --Les anima Pulazzo-- No gastéis vuestras fuerzas en protestar. Cada paso nos acerca más al lugar al que vamos.
--Van diez días y solamente hemos encontrado arena y calor. ¿Dónde se encuentra el bosque? ¿No te habrás equivocado?
--No, creo que es imposible. El bosque puede haber desaparecido por el paso del tiempo, pero la costa era tal como esperábamos. La piedra era muy antigua y conserva sus inscripciones. Es de esperar que esto haya cambiado a lo largo de tanto tiempo. Pero el cipo y el templo son de piedra y el tiempo no puede con ellos, como no ha podido con lo que encontré en el sarcófago.
--Y la dirección que seguimos desde entonces ¿no estará equivocada? --Pregunta desconfiado Ismar-- En el desierto es muy fácil desorientarse.
--No en este caso, pues he seguido lo que dice la piedra y lo explica con claridad,
--Y Pulazzo lee lo que lleva en un papiro: “La línea de la costa, a la altura de las ruinas de Girba, que se une con el punto en el que se pone el sol en el solsticio de verano, lleva a la región de Ksuar, y en esa línea se encuentra la señal vertical de piedra, alta, negra y gruesa, que indica donde encontrar el templo por su sombra del mediodía”.
--Y a qué distancia de la costa, ¿no lo dice?
--No, solamente dice eso. Tenemos que seguir avanzando y mantener los ojos bien abiertos.
--Espero que encontremos pronto el lugar; tenemos agua para diez días más. --Informa Linzo.
--¡Sobrará! --Indica Pulazzo con seguridad y decisión, cortando el diálogo-- Basta de charla y andemos, no nos podemos ni asustar ni distraernos.
Durante las horas de máximo calor descansan. Las dunas, bajas, se suceden y el grupo transita, avanzando, por el interminable océano de sílice que se pierde hasta desaparecer en el ligeramente curvo horizonte.
Monotonía, desesperación, espejismos, sed y sudor son sus compañeros en los siguientes días.
Los ocho etruscos empiezan a estar agotados. Pulazzo sabe que están llegando al punto de no retorno si continúan. En unas horas, cuando empiezan a estar desilusionados, es el momento en el pueden ver, bien definido contra el fondo azul del cielo, una aguja de piedra negra que sobresale de la arena, lejana aún, que les indica que su paciencia ha dado fruto y que de nuevo hay esperanzas y no es necesario dar marcha atrás.
Caminando deprisa, se acercan a él en un esfuerzo supremo, con las fuerzas que sacan de haber recuperado la ilusión con la que empezaron. Una gran parte del hito se muestra emergiendo entre la dorada y ardiente arena. Pulazzo va leyendo lo que hay inscrito en grandes signos en una de sus caras. Los caracteres son símbolos similares a los de la piedra que trae copiados en un papiro. Y empieza a hacer la transcripción con paciencia. Y al rato mueve la cabeza con desaliento.
--Esto carece de sentido para mí. Pero está bien sacado lo que dice. ¿Os indica algo esta frase?: “Lo negro dará techo al sol que nace y esté donde esto ocurre”.
--No. La transcripción debe estar mal hecha --interrumpe Anil-- La has hecho muy deprisa. Tómate más tiempo. Vamos a hacer un alto. Descansaremos aquí y trataremos de descifrarla sin prisas. Yo te ayudaré- Explícame el sistema de entenderlo. El orden de lectura, y lo que representa cada dibujo.
Durante horas, bajo unas primitivas tiendas de palos y lino, discuten las señales, combinan los resultados, extrapolan soluciones y juegan con las posibles soluciones y acepciones que sugiere cada signo. Anil aprende con rapidez. Tiene un sexto sentido para interpretar cada uno de los dibujos, en los que ve otras características. Poco a poco las respuestas van teniendo un sentido lógico.
--Creo que lo que tu llamas negro, quiere decir noche. Si cambiamos el orden y rellenamos los huecos con un poco de imaginación, la frase tendrá otro sentido.
--¿Cómo sería para ti?
--Algo así como: “En la noche encontrará techo aquel que vea aquí el nacimiento del sol y camine hacia donde muere”.
Anil mira ilusionada hacia Pulazzo y espera la respuesta de éste.
--Eso tiene más sentido, y puede interpretarse como que estamos a una jornada de marcha de un refugio o del templo que buscamos,
--En marcha --indica impaciente Anil-- salgamos cuanto antes.
--No, sigamos las instrucciones tal como las dan. Este mediodía marcaremos con exactitud el punto en el que se pone el sol. Y mañana al amanecer nos pondremos en camino.
--Vamos a comer, --Indica Linzo que es el encargado de las provisiones--- y después descansaremos.
El grupo se organiza para pasar el resto de la tarde reponiendo fuerzas para lo que van a tener que realizar el día siguiente.
8.-
A lo lejos, cuando llevan horas de avanzar en la dirección que indicaba la sombra del cipo, emergiendo apenas entre las dunas grises del crepúsculo, una gran masa de piedra negra es avistada por Clío.
--¡Mirad, mirad, allí! --Grita señalando-- Esta vez no es un espejismo. Es algo real, de color negro y está cerca. Tiene que ser el templo.
Todos miran en la dirección que señala con el brazo y aceleran el paso hasta verlo con claridad, Desde lo alto de una duna pueden contemplar la masa de piedras negras que conforman un claro edificio. Se le puede ver rodeado de un manifiesto entorno libre de arena en el que observan árboles y rocas destacando sobre la hierba que cubre el suelo.
--¡Es un pequeño oasis! --Exclama Anil.
--Por fin lo encontramos --suspira Pulazzo. Empezaba a pensar que nunca aparecería. Pero… que templo tan extraño, todo de piedras negras y tan magníficamente conservado. Es como si acabaran de construirlo.
--Por lo menos hay árboles, que nos darán sombra. Ya era hora. Sólo falta que hubiera agua, y seria un verdadero milagro --comenta Leriz.
Los etruscos avanzan hasta adentrarse en el llano que lo rodea y pueden contemplarlo con detalle. Los ciclópeos bloques de basalto absolutamente negro, perfectamente ajustados entre sí, le dan un aspecto de solidez que no han visto en ninguna otra obra. Grandes columnas soportan las enormes piezas horizontales que en voladizo sobresalen y forman parte del techo. Es de una sola planta, alargado y bajo.
La entrada, angosta y cuadrada, sin una puerta que impida la entrada, deja entrever la oscuridad de su interior. Conforme se acercan van observando los detalles.
--Mirad, hay agua, toda la que queramos --grita alborozado Linzo.
De una gran piedra, cercana a la entrada, brota un constante chorro de agua que se embalsa por unos momentos en una pequeña depresión del suelo antes de desaparecer chupada por la arena. Durante un rato, beben hasta calmar la sed de varios días en los que las raciones han ido siendo progresivamente más pequeñas.
Recorren el perímetro con curiosidad, buscando algo que les indique antigüedad, inscripciones, pero no hay nada, ni ventanas, solo un muro de grandes piezas con un ajuste de tal perfección que casi no se aprecian las junturas de los bloques.
--¿Habéis notado --indica la observadora Anil-- que no hay viento, ni se escucha ningún sonido?
El templo es pequeño, pero emana un misterio y una tranquilidad que van percibiendo conforme se serenan tras la angustia de días y días con miedo a no encontrarlo. Desde que dejaron las dunas y penetraron en el llano del recinto, tienen la sensación de que el tiempo se ha detenido. Hay una quietud, un silencio y una paz que no logran explicarse.
--No hace calor, no hay ruidos, pero mirad a lo lejos, en las dunas y veréis que si hace viento, y bastante, como el que traíamos estos tres últimos días. ¡Que sitio más raro! Esta situación es un misterio que no comprendo. --Vuelve a intervenir Anil.
A escasa distancia, los remolinos de arena, los derrames de ésta desde las crestas, les muestran que fuera del lugar en el que están, todo es diferente.
Tras completar la vuelta, todos beben de nuevo y hacen beber a los caballos que llevan después a la sombra, dejándolos en un aprisco de ocasión.
--Vamos a comer, es tarde y al amanecer será un buen momento para entrar y buscar el tesoro --indica conminatorio Linzo al tiempo que empieza a bajar vituallas de uno de los caballos de transporte.
Pulazzo con un gesto accede y se sientan a la sombra de los árboles, aunque no hace calor y sólo aprovechan los troncos para apoyar la espalda. Tras la comida, van cayendo en un sopor, fruto del cansancio y de la desaparición de la tensión, que les sumerge en un sueño que habrá de durar hasta el amanecer.
Algo apartados, Anil y Pulazzo, abrazados, apenas pueden besarse y mimarse por unos instantes antes de caer inmersos en un profundo sueño que les mantiene en apretado abrazo toda la noche.
9.-
El amanecer, una aurora tan límpida como no han visto nunca, les hace levantarse descansados, frescos, y deseosos de explorar el templo. Beben agua y toman pescado y carne que traen en salazón.
--Preparad las antorchas, por lo que hemos visto, dentro está muy oscuro. --Ordena Pulazzo.
--Sí, vamos, hay que encontrar ese tesoro que nos ha traído hasta aquí. --Se expresa Azor.
El rítmico golpear del pedernal sobre el hierro, lanza chispas que enciende sin dificultad la yesca e inicia la combustión de las teas. En grupo, penetran por la angosta puerta que les obliga a agacharse para acceder al interior. Anil, que es la que encabeza, el grupo, lanza un grito y todos se alejan de la puerta.
--¿Qué es, qué ocurre? --Pregunta alarmado Pulazzo.
Anil se aleja unos pasos, y recorre un tramo a su derecha y a su izquierda contemplando el templo, sin hablar y con una manifiesta expresión de sorpresa.
--¡Es imposible! --Grita profundamente estupefacta.-- Asómate y lo verás.
Pulazzo hace lo que le indica y de inmediato retrocede sorprendido.
--¡No es posible! Asomaros todos y entenderéis lo que decimos.
Uno tras otro van haciendo lo que les han indicado y salen perplejos ante algo que es incompresible.
--Lo de dentro nunca puede ser muchas veces mayor que lo que apreciamos fuera. --Indica Clío.
--Es como encontrar un mar en una copa de vino. --Añade Rual meditando cabizbajo y haciendo gestos negativos con la cabeza.
--No tiene una explicación una cosa así --Vuelve a comentar la estupefacta Anil.
Pulazzo vuelve a entrar y les hace señas para que penetren. Uno a uno lo hacen y contemplan llenos de sorpresa el interior. La altura de los techos y la amplitud de la sala cuyo fondo no divisan es un mundo por su tamaño y luminosidad. Lo que ven se sale de todo lo que sus mentes pueden comprender. El interior es cientos de veces más amplio de lo que el templo muestra en su exterior. Las antorchas parecen iluminar con una cantidad de luz que es igualmente ilógica. No hay rincones oscuros, ni la luminosidad que cubre las paredes fluctúa al compás de las caprichosas oscilaciones de las llamas de las teas.
--Apagad las antorchas, no nos sirven para nada. --Indica Pulazzo con seguridad.
Tras realizar la orden, la iluminación es la misma y pueden contemplar un ambiente en el que delicados cremas cubren la superficie de los bloques cubiertos por colores que forman dibujos sorprendentes. El suelo, de grandes losas de pórfido bruñido, suave y brillante color rojo, forma un complicado dibujo geométrico de nudos y laberintos de espirales y cruces.
Avanzan lentamente por la sala anonadados ante algo que no logran entender. A sus espaldas, el brusco rozar de piedras al ser corridas, les hace volverse y contemplan impertérritos como un enorme bloque se desplaza descendiendo y obtura el hueco de la entrada.
Pero ninguno siente angustia por el hecho. Empiezan a ser conscientes que han penetrado en un mundo mágico, pues se respira un ambiente de apacibilidad en el que no les importa sentirse encerrados. No tienen sensación de haber caído en una trampa. Algo en su interior les dice que están siendo dirigidos por alguien que se encuentra muy por encima de ellos y se dejan llevar sin resistencia. Desde que han entrado y han visto las dimensiones interiores del lugar saben intuitivamente, como si sus mentes se hubieran expandidos a otro mundo y que no se encuentran en el que conocen, sino en otro universo diferente.
Los colores de las paredes, conforme avanzan van cambiando tonalidades y dibujos en una sucesión de imágenes que son sombras intangibles, difusas variaciones cromáticas, remolinos de luz hecha pintura y repartidas en gamas diferentes e indefinidas que, revolviendo, cambiando en un ritmo sosegado, mezclándose entre si en un constante cambio aleatorio, crean una sensación consciente de algo infinitamente grande y hermoso que, de forma teleológica, cuya finalidad todavía no conocen ni pueden intuir, crean una vorágine de sensaciones placenteras mediante el tapizado parietal del interior.
En su lenta y asombrada progresión observan que las sombras se transforman en millones de puntos de colores en ordenado desorden que, lentamente, siguiendo una pauta y secuencia congruente se orientan, crean formas y éstas se agrupan en inmensas espirales. La carencia inicial de sentido de estos grupos que evolucionan con parsimonia, van dando lugar a figuras cuya morfología empieza a tener sentido coherente que, sin ser conscientes del motivo, empiezan a comprender que sólo muestran con claridad una posibilidad: la evolución de la vida.
Aunque de momento lo que se manifiesta es una vida diferente, incomprensible para ellos, no dejan de apreciar que es vida, creación. No entienden de dónde les viene esa súbita capacidad de comprender, intuir, entender, aceptar e interpretar el significado de lo que sus ojos contemplan. Pero adivinan en cada sombra, en cada color, un concepto, una expresión de algo que nunca habían presentido. Para ellos no hay dudas; desde que entraron entienden esos colores, esos cambios de policromías, las formas abstractas, los enrejados de líneas que, un continuo cambio de cruces, paralelismos, divergencias y convergencias van trazando un panorama que no les ofrece dudas de su significado e intención. Son líneas y figuras intencionales que evolucionan según un orden preestablecido, que son la clara expresión de una clara voz interior, una “voz en off” que les explicara cosas que no pueden conocer, pero que ellos entienden.
Hay una súbita explosión de colores vivos sobre la pared. Tonos rojos, amarillos, verdes y azules se mezclan en irregulares columnas verticales que ascienden hacia el techo.
--Eso es fuego --Indica con seguridad Leriz.
--Sí, recuerda a la llama. Son los mismos colores que muestran las antorchas. --Añade Linzo.
--¡Mirad, mirad! Veis esos dibujos que hay detrás, son animales, monos y fieras. --Indica Anil.
Miran hacia el punto del enorme escenario que forma la pared y que les señala la muchacha.
Las pinturas están adquiriendo una precisión de formas, una concreción de líneas que convierte lo abstracto en concreto, la luz en formas, lo irreal en vida, lo absurdo del inicio en lo tangible de una realidad fácilmente interpretable. Las figuras, antes difuminadas, se hacen definidas y familiares. La pared ha adquirido una profundidad de planos que más les parece que pueden ver un mundo mágico a través de una gigantesca lumbrera, una ventana que les muestra una manifiesta realidad.
Repartidos por una extensa área de lo que parece ser un bosque de extraños árboles hay numerosos animales. En primer término un grupo de primates. Los hay situados en las ramas de los árboles, en el suelo y en diversas posturas. Son monos de diferentes aspectos, algunos con un gran parecido con el humano, erguidos y con una especial expresión, un rudimento de inteligencia en los ojos y en la mirada. Conforme avanzan, mientras unos no evolucionan, un grupo de ellos, los erguidos y de mirada más noble, se hacen más altos y menos vellosos, y van cambiando su morfología, las manos se acortan y les permite atrapar objetos con ellas realizando sus primeros intentos artesanales. Los rasgos faciales se van transformando, apareciendo una frente que se eleva a lo largo del recorrido por el bosque en cuyo fondo los demás simios no cambian.
Los etruscos contemplan y entienden lo que la pared les está diciendo. El grupo de homínidos avanza hasta salir del bosque y uno de los homínidos les mira con expresión burlona, como si les estuviera viendo, en una nueva metamorfosis paulatina del rostro que, por momentos, se vuelve expresivo, de homínido avanzado. Hay un brillo socarrón en sus ojos e inicia una sonrisa humana que se muestra claramente en los pliegues que rodean la boca. Mientras lo hace, mientras les mira desafiante, mete una caña en otra más gruesa, empalmándolas. Y los ocho son conscientes que están contemplando a un lejano, muy lejano, antepasado.
--Lo del principio, aquellos colores que creíamos que era fuego, era la aparición de la inteligencia --reflexiona Azor rompiendo el silencio.
--La inteligencia, eso ya lo dijeron filósofos egipcios y griegos hace tiempo --expone Anil-- vino como consecuencia del dominio del fuego y el uso de las manos. El fuego reunió a grupos familiares que compartían la llama, con la que mejoraron la alimentación. Las manos les permitieron hacer primitivas cabañas circulares, cazar, defenderse de otros grupos que venían a robar el fuego y llevarse mujeres, y manipular las ascuas de las hogueras. Todo esto, es sabido, les permitió superar al resto de los animales y les hizo avanzar hasta llegar al momento en el que nos encontramos ahora.
--No dejas de sorprenderme, Anil --comenta Pulazzo antes de volver a sumergirse en la contemplación del mural.
Nadie hace ningún comentario más. La pared, en su continuo cambio de figuras, no precisa explicaciones. Dentro del paisaje del fondo la evolución paralela del hombre y sus obras va haciendo discurrir el tiempo y mostrando los logros evolutivos. Cuevas, menhires, dólmenes, navetas, talatis, chozas, palafitos lacustres, casas de adobes, edificios de piedra, pirámides, hermosos templos se suceden en un variopinto pasaje de cambios en los que, el homínido del primer término, evoluciona en rostro y manos a tenor con la progresión del tiempo y su cráneo, manos y cara van cambiando, con un afilado de la nariz, una frente despejada y amplia, la posición más erecta, su ropa se sofistica, el mentón se recoge desapareciendo un prognatismo que le asemejaba a simios inferiores. En las manos, en una rápida sucesión de instrumentos, cada vez más complicados y eficientes, van pasando piedras, palos, porras, espadas, arcos y flechas. Empiezan a aparecer estatuas, que si burdas al inicio con rapidez adquieren un nivel de belleza impensable. Aparece una vajilla bien elaborada, cocida al sol y posteriormente al fuego, inicialmente lisas y posteriormente adornadas en las que, en una sofisticación manifiesta, toman los alimentos para comer.
Escenas de caza, de vida en comunidad y una secuencia que se repite constantemente de forma iterativa: escenas de lucha y la obsesión por la violencia, cada vez más intensa, más cruel, que les lleva a técnicas más depuradas y sangrientas. Corren a la par que los edificios más altos, la frente del humano más despejada y los instrumento bélicos más efectivos.
Desde el primer momento hay un epifenómeno que no pasa desapercibido para los etruscos. Es una constante que va siendo cada vez más marcada y clara. Lo que al principio eran piedras clavadas en el suelo, dibujos pintados o grabados en las paredes de las cuevas, se van transformando en animales inmolados, grandes troncos de árboles tallados y grabados en figuras caprichosas o inmensos conjuntos de grandes piedras ordenadas según una secuencia. Del tótem se pasa en escaso tiempo a la colosal pirámide, del menhir al templo. Un concepto, inicialmente efímero, se agranda y acaba englobando todos los aspectos de la vida: es el totemismo exacerbado y multimorfo. Dioses buenos y dioses malos compiten en atraer, dirigir, premiar y castigar al humano. Éste, a veces se encrespa y trata de destruir el concepto, pero el ideal religioso vuelve con nuevas y renovadas fuerzas en manos de unos pocos que luchan por esa hegemonía, empleando distintas formas, pero idéntico fondo: controlar al hombre. El humano, empapado de religión, ahíto y deseoso de pseudo-religión, buscando ampliar supersticiones y mitología, rinde culto a todos los fenómenos que no entiende, en una perenne rogativa, en una eterna fiesta votiva. La lluvia, el sol, la luna, el fuego, las cosechas, la fertilidad que proporciona hijos y sucesión, la bondad y la maldad, la noche y el día, la caza, todo se hace objeto perenne de sus súplicas.
Lo positivo y lo negativo; lo blanco y lo negro; lo bueno y lo malo; lo alto y lo bajo, son solicitados al mismo tiempo en una orgía incongruente de contradicciones. La superstición y la religión se mezclan sin una línea divisoria. Las profundas y ancestrales creencias se combinan con el culto externo, surgen ideas animistas, internas de la personas sin manifestaciones exteriores en un desiderátum, un “totum revolotum” de rituales y ceremonias sin sentido. El monopolio del mando va quedando en unas pocas manos, las que controlan el saber, ya que el conocimiento es la base de ese poder. Hechiceros primero y sacerdotes después se apoderan del hombre y lo manejan como si fuera ganado. El humano evoluciona inmerso en el más absoluto desconocimiento de la realidad: la incultura. El poder lucha con fuerza para mantener su estatus. La vanidad, el egoísmo, las pasiones más bajas, son sabiamente explotadas por los que detectan el poder y el conocimiento. Poco a poco se va consiguiendo la degradación del homínido: “que un ser inteligente deje de pensar independientemente”.
Desde hace un rato, los etruscos contemplan objetos, paisajes y seres que no corresponden a su momento de vida, a su tiempo. Solamente el hombre es el mismo. Pero ha dejado de evolucionar en aras a que evolucione el mundo técnico que hay a su alrededor. Él se adapta a los instrumentos que tiene que utilizar, aunque apenas si los comprende. Y en su expresión se manifiesta un claro gesto de sorpresa e impotencia. Se sabe un utensilio más, y como tal manejado por fuerzas que escapan a su perspicacia. Los etruscos captan el significado de lo que significa el mensaje.
--Esto que hemos visto al final, es el futuro. --Manifiesta la aguda Anil, cuyos conocimientos superan los que poseen sus acompañantes.
--Desagradable en verdad el futuro. ¡Mirad que máquinas hay en el aire dejando caer fuego! --Añade Leriz tratando de llamar la atención.
--Lo veo, verdaderamente patético. Muerte y destrucción en mayores proporciones cada vez.
--¡El fuego otra vez! -- Grita Clío-- ¿Qué puede significar?
--Está tan claro que no hace falta que lo esplique. --Interviene Anil-- Sí, es eso que piensas. El hombre se destruirá a sí mismo en una bacanal de horrores.
--¡Venid! Aquí aparece el mono otra vez como al principio.--Avisa Rual.
Todos se acercan y comprueban que se repite lo que vieron al principio, árboles extraños, monos que evolucionan, pero el humano que evoluciona es distinto, tiene otra expresión, otra morfología, pero ya en sus ojos brilla la inicial luz de una inteligencia. Cuando se vuelve para avanzar y mira hacia delante, sólo hay un muro con el cuadriculado de los grandes bloques de piedra basáltica, que le cierran el camino.
--Creo que lo entiendo --indica pensativo Linzo-- nos han mostrado el pasado, el presente y el fututo.
--Así es. Ahora sabemos el triste destino de la humanidad: la destrucción. Pero… ¿Qué podemos hacer? --Pregunta Rual.
--Nada. Los humanos hemos nacido tarados. La mayoría nacerá, crecerá, se reproducirá y morirá en el mayor oscurantismo. Nunca sabrán, ni querrán saber el qué ni el porqué de su paso por la Tierra. Carecerán de proyección; vivirán sin ilusiones, sin fantasías, sin imaginación. Permanecerán apegado a sus miserias, a su mínimo pedazo de horizonte y lo harán con la misma intensidad y desconocimiento de sus valores y posibilidades con los que los hace un hongo o un vegetal…
--Yo no lo creo así, Pulazzo --interrumpe Anil.-- Después de la destrucción vuelve a surgir el hombre. Eso indica que se nos volverá a dar otra oportunidad, para que lo hagamos mejor.
--Sí, pero… ¿lo haremos mejor o volveremos a cometer los mismos errores? --Interviene Pulazzo.
--Eso no lo podemos saber, ya que la respuesta se encuentra en manos del futuro. --Apostrofa Anil.
Durante un rato discuten y exponen puntos de vista personales sobre lo que han visto. Cada uno interpreta los hechos de una forma diferente. Los comentarios son paradójicos, contradictorios en ocasiones, afines en otras y muestran los distintos enfoques que la vida ha marcado en cada uno de ellos a causa de sus desiguales circunstancias vitales.
Cuando reanudan la marcha se dan cuenta que han llegado al final de la galería. Frente a ellos hay tres puertas cerradas. Al lado de cada puerta hay un bloque de piedra sobre la que se encuentran una serie de objetos comunes a cada puerta.
Miran y tratan de adivinar su significado. Pulazzo es el primero en intuir lo que representa y expone:
--Veis, aquí se encuentran las respuestas a nuestras preguntas. Somos libres, pero cada uno debe elegir su camino y actuar Nos dan a elegir tres salidas. Cada una de ellas tiene un condicionamiento distinto. En esta primera hay armas. ¿Qué puede haber tras ella? ¿Qué piensas tú, Ismar?
--Si vas con un arma en la mano, lo lógico será luchar. Me gustaría comprobarlo.
Ismar coge un arma de cada tipo de las que hay sobre el cubo de piedra. Sus hermanos Azor y Leriz le imitan.
--Pues yo me inclino por la tercera puerta --comenta Anil-- con sus papiros, pergaminos, tablillas y piedras llenas de inscripciones. Entre luchar y aprender siempre prefiero lo segundo, aunque no desdeñe luchar si es necesario como medio para alcanzar el conocimiento. ¿Vienes conmigo, Pulazzo?
--Sí, claro que te acompañaré.
--Pues yo tomaré el oro de la segunda --informa Clío-- cogiendo varias bolsas repletas de barras de oro-- ¿Me acompañáis?
Linzo y Rual responden afirmativamente y se reparten el resto del dorado metal que hay sobre el bloque de piedra que hace de mesa.
--Vinimos por un tesoro --incide Anil-- pero tesoro no significa necesariamente oro. Hay otros tipos de tesoros, como felicidad, eterna juventud, experiencia, amor… ¿Me acompañas, cariño?
--Sí, claro que te acompañaré. --Responde Pulazzo.
--Pues yo tomaré el oro de la segunda --informa Clío-- cogiendo varias bolsas repletas de barras de oro-- ¿Me acompañáis?
Linzo y Rual responden afirmativamente y se reparten el resto del dorado metal que hay sobre el bloque de piedra que hace de mesa.
--Vinimos por un tesoro --incide Anil-- pero tesoro no significa necesariamente oro. Hay otros tipos de tesoros, como felicidad, eterna juventud, experiencia, amor…
--Dime, Ismar, ¿porque preferís las armas a las otras cosas?
--Yo lo tengo claro. Un tesoro no se coge así, sencillamente. Alguien lo defenderá, y para cogerlo habrá que luchar. Con palabras, nunca se puede coger algo que no es tuyo. Por lo tanto… ¡lucharemos!
--Y tú, Clío, ¿prefieres el oro a cualquier cosa? ¿Estás seguro?
--El oro es lo más importante que hay. Con él lo consigues todo. Cogemos éste y dentro habrá más. Todo el que podamos encontrar nos lo llevaremos, y nunca más tendré que hacer nada que no me guste. Haré mi sueño de siempre: una tierra en la que vivir y no volver a preocuparme nunca más de nada.
--Ya hemos visto nuestras preferencias --Interrumpe Pulazzo-- Que cada grupo tome la entrada elegida y después, a la salida, nos contaremos nuestras respectivas experiencias.
--¿Habrá una salida? --Cuestiona desconfiado Azor.
--Es lo más lógico. Si hemos entrado, de alguna forma habremos de salir. No creo que sea una trampa. Nos están queriendo enseñar algo. Intuyo que saldremos. ¿No crees Anil?
--Confío en que sí. También intuyo que no hay trampa, sino enseñanza para el que quiera aprender.
Durante unos instantes todos quedan en suspenso, pensando. Pero cada cual hace tiempo que tiene pensado y elegido el camino a seguir. Ambición, ganas de luchar para conseguir el tesoro, no les ofrecen un camino diferente de lo que decidieron al iniciar la expedición.
Pulazzo comprende que inquirir más sobre las motivaciones de cada uno es perder el tiempo, pues hace años que tiene muy claro que la mayoría de las personas se mueven por instintos primarios y que una vez tomada una decisión es muy difícil que den un paso atrás. Encogiéndose de hombros comenta:
--¿Estamos de acuerdo y cada uno sabe lo que quiere. ¡Adelante!
--Y tú, Pulazzo, porque prefieres esos papiros que no valen para nada. ¿No quieres el oro? No, claro, tú tienes ya mucho oro por tu familia, ¿para qué quieres más? --indica Ismar, que es el más tímido y miedoso, pero al mismo tiempo el más sensato de los hermanos.
Pulazzo queda un momento en suspenso antes de contestar de forma críptica.
--Cada uno muestra lo que hay en su interior. Pero… el tiempo se decanta y nos muestra nuestros aciertos y errores. ¡Qué cada uno cargue con lo que ha elegido! Suerte para todos.
--No existe la suerte. Los sueños nunca están donde uno los espera o busca --sentencia Anil—pues los deseos de cada uno de nosotros no son sino sueños que tenemos estando despiertos.
Pulazzo mira a su pareja de hito en hito durante unos instantes. Él la ama, como nunca creía que podría amar a nadie, pero cada día la muchacha le sorprende un poco más con la calidad de sus pensamientos y sus frases que le exigirían una profundidad, experiencia y madurez que por su edad no le corresponde. Encogiéndose de hombros, hace un gesto cariñoso a Anil y añade:
--¿Adelante! Hemos elegido… pues cada cual por su puerta.
Todos asienten. Cada uno de los miembros del grupo se dispone para atravesar un umbral cuyo significado desconoce. Con decisión, empujan las puertas y penetran por un angosto pasadizo que se muestra ante ellos. Con un pétreo chasquido, los postigos se cierran a sus espaldas.
10.-
Azor y sus hermanos Leriz e Ismar atraviesan el túnel, y al final contemplan una corta extensión de arena bañada por una gran luminosidad. El resol les molesta y no pueden ver por unos instantes. Conforme se acomodan al exceso de luz, avanzan con decisión y salen al exterior.
Una estruendosa ovación les recibe. El griterío resulta ensordecedor. Es un clamor surgido de cientos de miles de gargantas que se lanzan a un frenesí de satisfacción y alegría. Asombrados, miran a su alrededor al tiempo que se protegen del sol con las manos a modo de viseras. De inmediato comprenden dónde están. Inmensos graderíos, repletos de personas que se agitan nerviosos, suben y se pierden en el azul del cielo rodeando el círculo de arena de un colosal anfiteatro.
--¡Dios de Etruria… ¿qué es esto?! --Grita sorprendido Leriz al tiempo que gira sobre sí mismo contemplando el incontable gentío que le vitorea.
--Ya lo ves, un inmenso circo --responde Azor.
--Volvamos atrás, ¡marchémonos! Salgamos por otra de las puertas del templo --añade Ismar.
--Ya es tarde. La abertura por la que hemos entrado ha desaparecido. Debimos pensarlo antes, pero escogimos las armas y ahora sólo tenemos un camino: luchar. --Vuelve a intervenir Azor, el mayor de los hermanos.
--¿Cómo saldremos de aquí? --Pregunta Ismar.
--Eso ya no importa. Pero será luchando. --Indica Leriz serenándose.
--¿Contra qué? --Insiste en preguntar Ismar.
--No lo sé, pero pronto llegará la respuesta. Por los gritos de los espectadores debemos tener unos enemigos importantes. --Comenta Azor-- Vamos a prepararnos, debemos estar listos para cuando salgan.
Los tres, después de un breve conciliábulo, aprestan las armas. Llevan las propias más las que han tomado de la mesa del templo. Aprietan los barbuquejos de los cascos y colocan las carrilleras para una mayor protección del rostro. Las corazas de bronce quedan ajustadas al pecho para conseguir la mayor libertad de los brazos.
Los hermanos se ayudan con precisión y presteza. Los escudos quedan sujetos con firmeza al antebrazo izquierdo. Arcos y carcajes han quedado terciados en la espalda. Empuñan los largos venablos con decisión por el punto exacto que asegura el mejor lanzamiento. El hacha y la espada cuelgan de las cinturas.
Cuando todo está dispuesto, se colocan escaqueados en triángulo, de tal forma que se protegen mutuamente al tiempo que avanzan hacia el centro de la arena. El público aplaude frenético la precisión de sus gestos, el recio estilo de sus movimientos y la decisión de su avance. Los tres etruscos establecen un mínimo cuadro defensivo en el que se dan la espalda y vigilan todo el entorno.
El sonido metálico de cadenas y el ruido chirriante de un rastrillo al ser elevado, les hace dirigir la mirada hacia el lugar del que proviene el estrépito. Los tres quedan horrorizados al contemplar al ser que les mira aviesa e impacientemente desde detrás de la ascendente verja de hierro. Es una bestia desconocida, un leviatán de gigantesco tamaño que reúne en sí lo más terrorífico que todos los animales han poseído.
--¡Por Tinia! ¿Qué es eso? --Grita asombrado Leriz.
Los dos hermanos no contestan. Observan al animal que se agita nervioso mientras espera que se haga un hueco suficiente para pasar su espantoso cuerpo y salir a la arena.
La bestia queda libre y los pasos de su lento y pesado avance retumban como truenos en el anfiteatro. Cada pisada levanta una considerable nube de polvo y arena. Los espectadores gritan entusiasmados ante el combate que está apunto de comenzar.
Alto y gigantesco, avanza a largos pasos sobre dos patas que semejan troncos de árboles. La contextura de su organismo muestra un máximo volumen a nivel del amplio tórax cubierto de un brillante y verdoso exoesqueleto. A cada inspiración el pecho se expande por la movilización de la docena de segmentos que lo forman y le sirven de coraza. A cada expiración, el resoplido suena con un fragor que casi cubre el clamor de la exacerbada muchedumbre y levanta arena en el colosal remolino que forma a su alrededor. La monstruosa cabeza, dotada de tres ojos de color rojo, uno frontal y dos laterales, tiene todo el aspecto de la de un enorme insecto. Cortas antenas en continua oscilación salen de su frente. Un pico, largo y grueso, avanza amenazador desde la horrible y siniestra cara. En lo más alto de la cabeza porta una enhiesta cresta de puntiagudas púas que se continúan por el corto cuello y la espalda. Es una cabeza terrorífica y repugnante. Los dos miembros superiores, largos y dotados de numerosas articulaciones, terminan en unas gigantescas pinzas que se abren y cierran en un perenne entrechocar. Una gruesa y corta cola, que apoya en el suelo cuando queda quieto, dotada de numerosas excrecencias córneas, agudas y coloreadas, sale de un abreve abdomen con anchas tiras horizontales de varios colores.
--¡Es un animal gigante y monstruoso! --Exclama Leriz-- ¡Tinia, ayúdanos!
--¡Idiotas, no es más que una quimera, una ilusión! Ese animal no existe, es solamente una pesadilla. --Indica en voz muy alta Azor.
--Sí, hermano sí. La vibración de suelo a cada paso; el hedor fétido que empieza a llegar; y el ruido de esas pinzas que no cesan de moverse, ¿son también un espejismo? --Pregunta dubitativo Ismar.
--No puedo decirte otra cosa que lo que pienso. Y creo que no me equivoco. Es como si viviéramos un sueño en la noche. Todo esto es falso: es solamente una prueba a la que nos someten --Insiste Azor.
--Verdadero o falso, quimera o espejismo --interviene Leriz—debemos hablar menos y empezar a luchar, pues se nos está echando encima.
--¿Preparados? --Pregunta y ordena Azor con indiscutible voz de mando-- ¡En línea! Ataquemos por tres puntos al mismo tiempo. Manteneros lejos de él. Es lento y esa es nuestra única ventaja.
--¡Dispuesto! --Gritan al unísono los dos hermanos.
La bestia se acerca. Aunque lenta de movimientos, cada paso le hace recorrer una considerable distancia.
Con movimientos precisos, exactos, mostrando su alto nivel de preparación para el combate y la gran compenetración que tienen, los tres hermanos desarrollan su plan de ataque con un perfecto despliegue sobre la arena. En una bella y rítmica maniobra de pasos ágiles y saltarines, se abren al mismo tiempo y en el último momento y a la vez que burlan la primera acometida del animal, lo dejan rodeado.
La bestia, sorprendida, en el primer momento por un baile que no entiende, detiene la marcha y trata de controlarlos visualmente con sus tres ojos. Los hermanos, situados a distancias de seguridad, esperan la reacción del engendro mientras lo estudian.
--Leriz, utiliza el arco. --Grita Azor que se ha situado delante y le hace frente-- Tienes que dejarlo ciego. Tú eres el mejor arquero. ¡Hazlo! Yo lo distraeré. Ismar, ¡quieto donde estás!
Azor corretea delante del animal, con continuos cambios de dirección que le acercan y alejan sin una norma lógica. Le grita, gesticula, y lo amenaza llamando su atención. Las pinzas lo buscan, pero siempre llegan tarde ante el revuelo de movimientos del veloz Azor. Ágil y arriesgado, insiste en sus quites.
Mientras Leriz prepara el arco y una flecha, Durante unos segundos, conforme el arco se va tensando, el arquero se abre de piernas, buscando el máximo equilibrio y afianzando la postura. Busca y logra un perfecto equilibrio para un disparo de gran precisión. El arco oscila arriba y abajo buscando la inclinación necesaria a la distancia. El arma llega a la máxima distensión cuando la ranura de la flecha y la cuerda quedan en contacto con la boca del arquero. Leriz no tiene prisa ni se muestra nervioso. La cabeza del animal se mueve siguiendo el baile de Azor. Leriz se ha concentrado en la suelta y todo su entorno ha desaparecido para él. El público se ha puesto de pie pero guarda absoluto silencio.
Azor, que ha seguido de reojo toda la preparación de su hermano, queda quieto en extraña postura. El leviatán queda fijo y sorprendido por unos instantes contemplando la súbita detención del humano. Leriz fija la puntería y suelta la flecha que, con un sonido casi imperceptible y en un relámpago de color, hiende el aire y penetra por el ojo derecho. Aunque ha quedado detenida en su avance, la punta ha salido por el ojo izquierdo atravesando la cara. Un aullido de admiración surge de la multitud, peo no es suficiente para cubrir el monstruoso bramido que lanza el animal. Las pinzas tratan de alcanzar la flecha y arrancarla mediante buscos movimientos que se acompañan de feroces gemidos.
--¡Ahora, lo tres al mismo tiempo! --Grita Azor.
Desde tres puntos confluyen sobre el herido animal. Azor es el primero en llegar en fulgurante carrera desde el frente. Lleva el venablo por delante y éste penetra por el ojo frontal. Azor no detiene su carrera, y sin miedo a las pinzas que le buscan, continua su avance haciendo entrar toda el arma hacia el interior del cráneo.
Otro grito ensordecedor de la multitud que aplaude enloquecida, coincide con el nuevo rugido del leviatán que, en medio de espantosas convulsiones, cae hacia atrás. Ismar, que ha cargado hacia él con el hacha en alto, llega sorteando las pinzas y descarga varios golpes hasta que se desprende la cabeza. Del cuello cortado surgen dos viscosos chorros de sangre oscura y fétida que llegan muy lejos en su rítmico pulsar.
Los tres se miran satisfechos y…
11.-
Clío, Linzo y Rual penetran por la puerta elegida y se encuentran de golpe en medio de un extenso mercado lleno de público. Una mezcla de olores a extraños perfumes, especias, comidas rancias y sudor añejo, impregnan de inmediato sus olfatos con ese desagradable tufo que caracteriza todas las aglomeraciones.
Inmersos en el ruido, la confusión, los empujones y la gente que vocifera en llamadas, discusiones y anuncios de sus productos, los tres inician la marcha entre los puestos y los objetos que hay repartidos por el suelo. Un mendigo ciego se aproxima a ellos y alarga la mano en una muda petición. Un muchacho de apenas seis años les brinda una cesta de frutos secos. Desde un puesto, el vendedor les grita ofreciendo cinturones, cadenas, armas y otros muchos productos manufacturados. Pero ellos sortean las ofertas mirando hacia otros lugares y acelerando el paso.
Superado el momento inicial de sorpresa que les ha causado el brusco cambio, se introducen entre la multitud al tiempo que ocultan las bolsas de oro que todavía llevan en las manos.
--¿Vaya sitio en el que hemos caído? --Comenta sarcástico Linzo.
Los otros dos no responden, pues están más pendientes de lo que les rodea que de las irónicas palabras de su compañero. Alfombras, humeantes puestos de comida, enseres domésticos, ropas, esclavos en venta y toda suerte de objetos se suceden y se encuentran entremezclados en desorden y confusión creciente.
Desde un palanquín que transportan cuatro negros de gran altura y fortaleza, una mujer de extraordinaria belleza y atrevidas formas y ademanes les hace señas. Lleva la mayoría de sus atractivos al descubierto, y solamente unas transparentes gasas cubren algunas porciones de su cuerpo. La mujer les señala de forma inconfundible, les hace un claro gesto de insinuación que no ofrece dudas, e insiste en su llamada. Los tres acuden como atraídos por un imán y, cuando están a su lado, quedan parados mirándola en silencio.
Repantigada sobre numerosos cojines de seda de colores, y mientras acaricia con una mano un cachorro de pantera, les dedica una tractiva sonrisa y les mira con curiosidad desde detrás de unas largas y pintarrajeadas pestañas. Los etruscos, embobados, corresponden al saludo que les han hecho y esperan a que ella les diga lo que quiere.
Con un gesto estudiado se vuelve sobre la plataforma que la conduce y les hace frente. Al moverse han sonado de forma cantarina las numerosas pulseras, collares y ajorcas que cubren cuello, brazos y piernas. Una oleada de enervante perfume llega hasta ellos y les hace sentirse más atraídos y frenéticos. Los tres recorren el cuerpo que tienen a la vista con manifiesta lujuria, admirando la firmeza del busto que lleva al aire, la espléndida longitud y conformación de sus muslos, la breve y desnuda cintura, en la que una cadena de gruesos eslabones de oro hace de cinturón a una transparente y larga falda de cortes longitudinales por los que emergen los largos y delicados miembros inferiores.
Al sentirse observada con admiración y lascivia, la agraciada mujer, acentúa su sonrisa y adopta un aire aún más provocativo e insinuante al tiempo que pregunta:
--¿Qué hacen por este lugar tres etruscos tan jóvenes y atractivos?
Balbucean y se atropellan al tratar de responder los tres al mismo tiempo. Al fin, Ismar, toma la palabra y responde.
----Aquí estamos como ves. Sería difícil e inútil explicarte pormenores de nuestra estancia, pero… ¿Quién eres tú?
La mujer hace un gesto ambiguo y coqueto como respuesta a la pregunta y añade:
--Si no tenéis compañía y queréis pasarlo bien, venid a mi casa. En ella hay de todo y siempre está de fiesta.
Los tres muchachos se miran por un momento y hacen un gesto afirmativo de complicidad. Azor pregunta complaciente:
--¿Dónde queda tu casa, belleza?
Contenta por el piropo, e insinuante, pasa un dedo por los labios de Azor e informa:
--Sería muy complicado explicarlo. ¡Seguidme!
Hechizados por su belleza y comportamiento, y ansiosos por disfrutar de las tácitas promesas que han leído en sus ojos de color miel, siguen al palanquín que se abre paso entre la masa de gente que llena el mercado. Tras salir de la aglomeración, toma por varias callejuelas y penetra en una casa de gran tamaño y llamativos colores en la fachada. Se introducen detrás y quedan impresionados por el lugar.
La mansión arde de luces en plena fiesta. Un grupo de muchachas desnudas acuden a recibirlos y les envuelven en insinuantes caricias de bienvenida. Música, bebidas, danzas y malabaristas les rodean. Hay animales exóticos con plumas de colores que vuelan cerca del techo y cariñosos felinos en libertad que lamen sus manos y pies conforme avanzan hacia el interior. Las cariñosas muchachas que les acompañan pronto les hacen perder la realidad entre sus brazos.
Momentos después, casi sin darse cuenta, los tres yacen sumergidos en el frenesí del sexo y…
12.-
Anil y Pulazzo atraviesan el hueco que ha dejado libre la puerta y se encuentran en medio de la mayor biblioteca que jamás pueda existir.
Cientos de siglos y miles de años de recopilación se distribuyen y acumulan en estantes que siguen linealmente el paso del tiempo. En un extremo, el que corresponde al principio de la humanidad, estelas de piedra, cipos, y menhires burdamente grabados, muestran los primeros pensamientos escritos por el hombre. Millones de papiros egipcios le siguen en alternancia con tabletas mesopotámicas de barro cocido cubiertas de signos cuneiformes. Más adelante hay una gran colección de tablillas de piedra de diferentes orígenes: iberos, rúnicos, druidas, fenicios, aztecas, mayas, toltecas y de otras muchas civilizaciones de todo el planeta, llenado tiempos pasados, presentes y futuros. Cubierto todo de complicados ideogramas, jeroglíficos, y toda clase de signos, desde hieráticos a los de extremo oriente, todo tipo de escrituras se exhiben y se suceden sobre todas las razas y naciones conocidas o que se conocerán. La presencia de objetos de todos los lugares: celtas, fenicios, atlantes, indios, vedas, turanios, chinos, y una interminable lista de posibilidades de estudiar y conocer lo que ha sido y será la vida sobre el planeta Tierra.
Toda clase de materiales recogen el pensamiento escrito del hombre, pues conforme el discurrir del tiempo hace avanzar a la humanidad, el escrito y su soporte evolucionan. Al papiro le sucede el pergamino de cuero, y a este el papel hasta llegar al libro de lujosas encuadernaciones de piel y grabados de oro que finalmente dejará paso a las microfilmaciones y posteriormente a los sistemas digitales.
Anil y Pulazzo no salen de su asombro durante el recorrido, Están solos en la vasta sala y todo permanece abierto y todo puede ser cogido sin dificultad. Durante un tiempo imposible de precisar, se sumergen en la lectura de todo lo que deciden recoger y mirar. Dotados de un recién adquirido y especial sentido de entender todo lo que miran, los dos intentan saciar el hambre de saber.
Concentrados en la lectura y cómodamente sentados en amplios bancos adosados a pupitres, no ven ni escuchan llegar al anciano que ha surgido de las sombras del futuro y que se acerca a ellos con pasos tenues y silenciosos. Cuando se encuentra al lado de ellos, saluda:
--¡Bienvenidos a este lugar de soledad!
Súbitamente arrancados de la lectura, ambos dan un respingo en los asientos y se vuelven hacia el recién llegado.
Es un anciano de edad indefinida, infinitamente marcado por el paso del tiempo y de aspecto bondadoso. Vestido con una saya de absoluto e impoluto blanco, lleva en la mano un reloj de arena que cae con marcada lentitud y que les mira con un manifiesto gesto de sorpresa en su arrugado pero expresivo rostro.
--¿Quién eres?
--Soy la historia, el conocimiento, la sabiduría y el tiempo. ¿Os habéis equivocado de puerta?
--No, era la única que nos interesaba --responde Anil.
--Estoy sorprendido. Aquí los visitantes son muy escasos. El tiempo transcurre y nadie llama a esta puerta. ¿Qué queréis saber?
--¡Todo!
--¿Todo?
--¡Sí! --afirma con seguridad Anil que lleva la voz cantante-- ¿No es posible?
--Nada es imposible. El hombre puede realizar todo lo que su mente concibe. Es difícil encontrar lo que no se busca, pero si algo se busca, siempre se encuentra. El hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta.
--Tenéis mucha razón. --Acepta Pulazzo.
--No hay limitaciones para el conocimiento, pues sólo el tiempo es limitado. Vosotros os amáis y soñáis, y donde hay un sueño, siempre hay un camino. No hay barreras para lo que deseamos de verdad. Pero me sorprende vuestra ambición de saber: no es nada frecuente.
--¿Podemos quedarnos aquí y leer? --Inquiere Anil.
--No hay objeción, pues para eso habéis venido. Como uno de mis nombres y de mis poderes es “Crono”, os haré una concesión poco común de conseguir, pues es el sueño de todos los que tienen infinita curiosidad. Será mi regalo por vuestra compañía, tan esperada, e inesperada a la vez.
El anciano camina unos pasos y se acerca a un gigantesco reloj de arena. Se encuentra incluido dentro de la gran rueda del tiempo que lo mantiene flotando en el aire. Crono hace girar el etéreo círculo hasta dejar la ampolla de cristal en posición horizontal. La arena se detiene en su caída y queda remansada en ambos compartimentos.
El anciano se vuelve y les dice:
--He detenido las arenas del tiempo. Desde este momento éste se ha detenido para vosotros. Cuando estéis cansados de adquirir conocimientos, enderezad el reloj y el “Tiempo” os llevará a vuestro tiempo.
--Así lo haremos --Promete Pulazzo.
--¡Ah! Os haré otra donación. Cada uno podéis llevaros un libro, pero sólo uno. ¿Habéis entendido bien?
--No tenemos dudas. Muchas gracias por todo. --Añade Anil.
--Os dejo, yo también debo seguir aprendiendo.
El anciano camina hacia el fondo de la sala y conforme se aleja se va volviendo transparente hasta desaparecer.
Los dos se sumergen de nuevo en la lectura de los escritos que tienen delante y que seleccionan según la curiosidad o las indicaciones que van encontrando en volúmenes anteriores. Cientos de libros se suceden sin interrupción.
Pulazzo en su búsqueda de nuevos motivos, de nuevos escritos que leer, localiza un grueso fardo de papiros cosidos por uno de los lados y enrollados. Durante unos instantes lo ojea con interés y lo guarda bajo el peto. En la primera hoja ha leído: “Historia de la primera humanidad”. Ha sabido, por filósofos griegos, que la civilización en la que vive no es la primera y que antes hubo otra, y siempre ha tenido curiosidad por esa historia que presumía que era una fantasía. Se levanta y vuelve con otro grueso volumen en cuya portada se indica: “La creación del Universo: historia y evolución”, en el que se enfrasca de inmediato.
Anil, en una de sus excursiones por los estantes, tropieza con un grueso tomo cuyo lomo reza: “Evolución del conocimiento”. Al igual que hiciera su compañero, lo mira por unos instantes, abriéndolo por varios sitios. Como lo que encuentra en él le llena de satisfacción, lo guarda. Es el que ha elegido para llevarse, Después prosigue con el errabundo buscar hasta que descubre otro tema que le llena de satisfacción y apasiona y con el se dirige a su sitio.
Cuando se encuentra cerca de Pulazzo, escucha el crujido de su mandíbula al bostezar. El sonido, en el silencio absoluto de la sala, se ha dejado oír con gran fuerza.
--¿Estás cansado? --Le pregunta.
--Cansado no estoy, pero no puedo concentrarme en lo que leo. Creo que ya es bastante.
Anil va a replicar, pero reprime el comentario y en su lugar pregunta con sencillez:
--¿Nos vamos?
--¿Lo deseas tú también?
La muchacha no responde. Se acerca al reloj de arena y gira la rueda hasta que el primer grano atraviesa la estrangulación y cambia de compartimento…
13.-
Clío, Linzo y Rual se encuentran desnudos en medio del desierto. A su lado, en actitud agresiva pero con las manos vacías, aparecen Azor, Ismar y Leriz. A corta distancia se hallan Anil y Pulazzo que contemplan con asombro los desnudos cuerpos de unos y la absurda posición agresiva de los otros. El templo ha desaparecido. Los caballos piafan inquietos y sudorosos en una clara petición de sombra y agua.
Todos se miran por unos instantes antes de romper en una carcajada general. La ridícula situación de los seis es superada mediante el infalible y eterno remedio de la risa.
--Vestiros ---indica Anil cuando logra reprimir las carcajadas que no le permiten hablar.
Los tres hermanos se acercan a los caballos y buscan entre sus efectos algo con lo que cubrirse.
El sol les achicharra y las frentes de todos se muestran perladas de gotas de sudor que resbalan por la mejilla en unos regueros que desaparecen en el cuello.
Cuando los hermanos vuelven, cada grupo narra sus experiencias, y las risas se reproducen cuando Clío cuenta con detalles la interrumpida orgía de su grupo.
--¿Y el tesoro que hemos venido a buscar? --Inquiere Linzo.
--¿Quién tiene el tesoro? --Apostrofa con sorna Anil.
Unos y otros se miran inquisitivos, pero nadie parece tener la respuesta.
--Traigo conocimientos en mi cabeza y en la mano --Indica Anil enseñando el libro que ha escogido-- Para mí es suficiente.
--Estoy contigo en ello --añade Pulazzo sacando de debajo del peto su grueso fajo de papiros y mostrándolo.-- Las armas han desaparecido y a vosotros el oro os dejó desnudos. Solamente el conocimiento permanece, se amplía y se transmite. ¿Hay acaso mejor tesoro?