País Relato - Autores

josé ignacio velasco montes

n. u. p. a. l. u. r.

Las amplias avenidas parecían estrechos desfiladeros ante la monumental altura de los edificios. Estos, cual colosales colmenas, eran inmensos cubos llenos de ventanas. Bajo tierra, existían varios niveles dedicados a los transportes, comunicaciones, conducción auxiliar de las viviendas, servicios energéticos y muchas más aplicaciones. Era un mundo, denso y apretado, en el que los sentimientos personales quedaban reducidos a un mínimo, a favor de un hipertrofiado concepto de comunidad.
La población había llegado a unas tasas demográficas de tal envergadura, que las solucione estatales se hicieron absolutamente drásticas. Desaparecieron los transportes particulares de superficie, que fueron sustituidos por la "Conducción Neumática Computarizada". Quedaban aún algunos restos del antiguo sistema de "cintas transportadoras", distribuidas en áreas muy especificas del centro y zonas de diversiones. Este medio tendía a desaparecer, por su alto índice de accidentes y averías.
La ciudad, de ingentes dimensiones, había crecido y continuaba haciéndolo desmesuradamente. A pesar del control de población, que desde años estaba equilibrada, la ciudad crece. La creación de nuevos puestos de trabajo; la expansión del hábitat humano, que rebasa ampliamente la zona industrial, impone que las distancias se alarguen más y más cada día. Esta situación exige un sistema cada vez más rápido y seguro de transporte colectivo, que se ha resuelto con el sistema de las conducciones neumáticas de precisión y alta velocidad.
La masificación es la constante de la vida. Ha desaparecido tanto la propiedad privada, como el uso de la moneda. Todo es de la comunidad y no existen restricciones de uso. Todo el mundo trabaja y existen unas reglas de uso que se respetan a ultranza. La burocratización es ingente, monstruosa. Todo está controlado y la alteración de cualquier norma ciudadana es severamente reprimida. Las penas por infracciones de este tipo son de tal magnitud y sin posible escape a la responsabilidad, que el hecho de comprobarse alguna es un verdadero acontecimiento. Cada persona está dotada de un código personal de identificación, que tiene que usar indefectiblemente para todo. Los sensores de cada aparato público al ser utilizados, comprueban si dicho código coincide con el de la persona que lo usa. Cada empleo del código personal supone un gasto negativo en la cuenta teórica del individuo. El exceso de gasto o los usos ilógicos son memorizados y quedan reseñados en el expediente personal. Éste tiene una gran importancia a la hora de alcanzar cualquier mejora social Las voliciones malintencionadas o dudosas son severamente castigadas.
Los primeros años de la vida están dedicados a la formación personal en las escuelas. El programa incluye el uso de todo tipo de transportes, maquinas, entradas a locales públicos, etcétera, al lado de los conocimientos teóricos básicos. En una segunda etapa, la formación profesional especializada en un determinado sector, ocupa el resto de la vida del individuo hasta alcanzar el certificado de útil. Para acceder a esta especialización, hay que superar previamente un amplio y laborioso test de grandes masas de población.
Este masivo estudio estadístico, comprende una exhaustiva indagación sobre diversos conocimientos, aptitudes, actitudes, apetencias, posibilidades, capacidad, personalidad, imaginación, adaptación, ideas, temperamento, vocación y estabilidad psíquica. La prueba, que se realiza en dos ocasiones cada año, tiene un mes de duración. Los niveles bajos, inferiores a determinada media, implican ineludiblemente una clasificación laboral de ínfimo rango. Entre los resultados del test incluye una indicación precisa del trabajo más óptimo para cada individuo.
1
El reloj del vestíbulo emitió un desagradable zumbido cuando las cifras digitales se colocaron en 08.00.00. La gran masa de personas mayores, colocados en numerosas y cortas colas, se removieron por un instante. Las higienizadas ventanillas, con filas de cristales al tres bolillo, fueron ocupadas por funcionarios que apagaron los letreros de cerrado. Los primeros de las colas introdujeron sus papeles por la rendija inferior. El funcionario pulsaba las teclas de la consola periférica enviando datos al ordenador central. En segundos, el display aparecía en pantalla al tiempo que se imprimían una serie de datos en el volante. Un chasquido y los impresos saltaban en el soporte, siendo entregados por el empleado.
Doña Julia se fue acercando a la ventanilla conforme avanzaba la cola y finalmente, con ciertas dificultades, introdujo su documento de notificación. En unos instantes el ordenador cubrió el impreso que le fue devuelto con una sonrisa por el empleado.
---Muchas gracias-- musitó apenas saliendo de la cola.
---Siguiente-- dijo al micrófono el funcionario con un gesto maquinal e innecesario pues ya el siguiente de la cola estaba introduciendo su papel por la rendija.
Caminó distraída por el amplio vestíbulo leyendo... "Doña Julia Inés Vozano Montuz E-28 / 1.716.410 / J. I. V. M., de 50 años de edad, nacida en… provincia de… y con domicilio en… se servirá pasar por la Unidad Geriátrica 23, distrito 12, el I de Febrero del 2.071, presentándose en la planta 37, despacho 21, ventanilla R a las 08.00 horas en ayunas y aseada".
El impreso, con el membrete del Ministerio de Sanidad, Secretaría de Ancianidad, continuaba dando toda una serie de instrucciones sobre puntualidad, equipaje, sanciones y una larga lista de indicaciones.
Doña Julia guardó el impreso en el bolso y salió del edificio colocándose en uno de los numerosos accesos a las unidades transportadoras. Mientras la escalera mecánica la lleva a las plantas inferiores, donde estaban los andenes repartidores de dirección, gruesas y silenciosas lagrimas ruedan por sus mejillas.
Penetra en una alargada y transparente pompa de plástico, dejándose caer en el anatómico asiento que la envuelve de inmediato. Aprieta un botón y unos brazos enguatados la sujetan al asiento. Codifica, sobre un teclado sujeto al brazo del sillón, su identificación y distrito. Tras unos segundos de pausa, la pompa se pone lentamente en marcha penetrando en uno de los tubos del enorme local. Después, súbitamente inicia una suave y progresiva aceleración que la hunde profundamente en el blando asiento. El viaje es muy rápido y en escasos momentos la velocidad sufre una paulatina deceleración que mantiene a la máquina en movimiento hasta salir del tubo, rodar por diversos carriles, cambiando continuamente de dirección y quedar parada.
2
La Unidad Geriátrica 23 es un alegre edificio de cincuenta plantas. Está enclavada en las afueras de la ciudad, rodeada de jardines artificiales. Es, en sí mismo, una auténtica ciudad autónoma.
Las primeras plantas están dedicadas a residencia de los ingresados, durante su permanencia para revisión y clasificación. A pesar de la alegría de colores, de los vistosos cuadros, las fuentes multicolores, el mobiliario de tonos festivos y el resto de la decoración muy estudiada y funcional, existe y se palpa una tensión ostensiblemente manifiesta. El apresuramiento del personal, uniformado de diferentes colores y corte de ropaje por los largos pasillos de luz indirecta, la fría y despersonalizada cordialidad de los empleados de información y mil sutiles aspectos más, contribuyen a dar un ambiente desagradable, poco acogedor, que embarga al recién llegado nada más pisar el vestíbulo de colosales dimensiones.
Doña Julia penetra, quedando sobrecogida en los primeros pasos, mirando extrañada a su alrededor. Con el volante amarillo en la mano, permanece bloqueada por un rato, hasta que uno de los ujieres, sin duda familiarizado con la situación, se acerca a ella y mira el impreso y, con esa rapidez que da el hacer lo mismo todos los días, la instruye: --- Siga la raya azul marcada en el suelo, que le llevará a un elevador. En éste diga que va al piso 37. Una vez allí, continúe por la raya amarilla hasta el despacho 21. ¿Me ha entendido?
--- Gracias, señor-- musitó, apenas, con un hilo de voz, saliendo de la desconexión mental.
Siguió la línea indicada, que junto con una docena más de colores, formaban un grueso haz impreso en el suelo, que se adentraba en el hall. De vez en cuando, un determinado color se salía de la ancha faja común, dando un giro que lo hacía perderse en la lejanía. Al cabo de varios suaves cambios de dirección en medio del grueso Arco Iris de colores, el amarillo realizaba un giro de noventa grados, saliéndose por completo del conjunto.
Continuó sobre él, pisándolo, hasta llegar a un ascensor, cuya entrada, toda de metal brillante y pulido, hacía marco a una amplia zona, en cuyo interior, varios lienzos metálicos de gran ajuste mostraban la puerta.
Apoyó el dedo sobre el sensor, ya encendido por alguna de las numerosas personas que esperaban, en un gesto inútil pero habitual y quedó mirando la precisa junta de las dos hojas de las puertas. Con un silbido, éstas se abrieron, quedando al descubierto la amplia cabina. Varias personas entraron con decisión, otras muchas con tranquilidad, algunas con vacilación. Doña Julia tropezó con el pequeño desnivel existente entre ambos suelos.
Cada persona decía al entrar su piso. El ascensorista rozaba el sensor correspondiente.
--- Señora, ¿a qué piso va usted?-- inquirió éste.
Ella, entre distraída y asustada, se pegaba a un rincón, como buscando protección en el ángulo metálico. El ascensorista repitió la pregunta varias veces. Un vecino le dio con el codo. Miró a su alrededor en una patética solicitud de ayuda.
--- ¡Ah!, perdone, no lo había oído.
--- Pero señora, ¿a qué piso va?
--- No sé, no me acuerdo... Mire este papel, en él vendrá... supongo.--contestó azorada.
Le alargó el papel, que fue pasando de mano en mano. El ascensorista lo miró levemente y puso el dedo sobre el 37, mientras murmuraba muy bajo algo ininteligible. Pulsó a continuación un gran botón rojo. Con un silbido, las puertas se cerraron y una aceleración progresiva los comprimió contra el suelo. Paró en varios pisos. Al llegar al 37 Doña Julia no se movía de su rincón. Uno de los vecinos le avisó. Súbitamente se puso en marcha, sorprendida, balbuceando excusas y dando las gracias en confusa mezcolanza. Se miraron unos a otros con un gesto apenas iniciado de conmiseración. Salió dando empujones, mientras continuaba con su extraña verborrea. La puerta se cerró a su espalda. Ella se quedó quieta en el pasillo mientras miraba la pared de enfrente. Permaneció así por un breve instante. Después, poco a poco, fue volviendo a la realidad. Vio la raya que pisaban sus pies y empezó a caminar. Esta discurría por varios pasillos, hasta llegar a una estación distribuidora. La línea amarilla tomaba por uno de los radios y acababa en una gran sala llena de mostradores, ventanillas y asientos.
Afanosos empleados, de ambos sexos, realizaban diferentes labores, desde perder el tiempo descaradamente, hasta coser grandes fajos de papeles. Algunos atendían al público, no excesivamente numeroso, pero muy bien repartido por numerosas ventanillas.
Doña Julia camina a lo largo de la barra del mostrador, mirando hacia los funcionarios, esperando un gesto, una señal, algo que le indicase que habían percibido su presencia.
Durante su vida, esta espera había sido su gran defecto inconsciente. Esperaba mucho de los demás, demasiado. Se había percatado de que ello era un gran error demasiado tarde, cuando ya no tenía remedio, cuando era un hábito tan arraigado, que aún haciéndose consciente en el momento oportuno, no era capaz de superarlo. Por ello, siempre esperaba y siempre perdía el tiempo. Sabía que tenía que ser más decidida, tomar la iniciativa en vez de aguardar a que se lo dieran hecho, pero era incapaz de dar el paso adelante. Era una costumbre tan personal, tan profundamente grabada, que formaba parte de lo más sólido de su idiosincrasia.
Quedó apoyada en el mostrador, con su volante en la mano bien ostensible, mirando a una señorita cercana. Por un momento, los ojos de ambas se encontraron, pero no hubo ni un gesto por parte de la funcionaria. Esperó pacientemente por un rato. Después con voz casi insonora, suavemente, con ese exceso de educación que siempre había tenido y que tantas posibilidades le habían restado en la vida, aventuró tímidamente.
--- Señorita, por favor, ¿Podría atenderme?
No fue escuchada. Realmente sus vibraciones sonoras fueron tan débiles, que sólo pudo escucharse ella misma. Esperó un momento y volvió a repetir un poco más alto. La funcionaria hizo un gesto de contrariedad manifiestamente ostensible, pero acudió a su lado con parsimonia. Cogió el volante, lo miro por un segundo e indicó:
--- Ventanilla R, fondo a la izquierda.
Caminó con tranquilidad mirando las letras hasta encontrar la indicada. Introdujo el papel por la rendija. El operador tecleó los datos y la maquina respondió afirmativamente. El funcionario apretó un botón al tiempo que le decía:
--- Todo en orden, pase a la salita del fondo y espere... –hizo un lapso pensativo y añadió-- vendrán a buscarla.
Suspiró aliviada y, tras caminar unos metros, se sentó. Colocó cuidadosamente los pliegues de su falda en un gesto maquinal. Se arregló el pelo y quedó ensimismada, durante largo rato, en su mundo interior.
Un celador, de mono naranja, traspasó una puerta de vaivén empujando un carrito de ruedas. Sacando un volante del bolsillo, grito:
---E-28 / 1.716.410 /.J. I. V. M.-
Doña Julia permaneció impasible, ausente. El enfermero repitió la llamada sin obtener respuesta. Desde la ventanilla el empleado le señaló a la interesada. Se acercó a ella y dándole un brusco toque en el hombro la espetó.
--- ¡Oiga! ¿Es usted, o no es usted, E-28 / l.716.410 / J. I. V. M.?
--- No señor, yo soy Julia Vozano Montuz.
--- Déjeme ver su volante.
Comparó ambos volantes por un momento e indicó agresivamente:
--- Señora, suba a la silla. Vamos a dar un paseito. ¡Ah!, otra cosa... apréndase su código de identificación. Aquí la llamaremos siempre por él.
Terminó de sentarse, se acomodó y en un arranque de genio mal contenido, en un grito tardío, pero bello, contestó secamente:
--- Mire joven, yo ya tengo una edad en la que no aprendo nada, ni falta que me hace. A lo que he venido aquí, como muy bien sabe, es a algo que no me deja mucho margen de ilusiones como para adoptar la posición de un escolar cogido en su primera falta. A usted le dará lo mismo un nombre que un montón de números y letras. A mí no. Por ahí no paso. Eso está bien para las máquinas, pero no para mí. Yo soy, y siempre he sido, Julia Vozano Montuz.
El celador se encogió de hombros y empujó el carrito con decisión. No volvieron a cruzar palabra. La llevó por pasillos, bajaron en un ascensor varias plantas y la introdujo en una alegre habitación, con una cama de florida colcha, un par de butacones, un televisor tridimensional embutido en la pared, y una amplia ventana por donde entraba la luz a raudales.
--- Esta es su habitación. En el servicio tiene la ropa que debe usar aquí.
Con un fuerte portazo se marchó. Ella, situada en el centro de la habitación, miró a su alrededor, casi sin ver nada Las lágrimas, gruesas y salobres, no lo permitían. Con un gemido, avanzó unos pasos y cayó de rodillas al lado de la cama, hundiendo la cara en la colcha llena de falsas flores impresas en una tela de acrílico de gran suavidad.
3
La pequeña habitación estaba a obscuras. En el lecho, una pareja joven, espalda con espalda, yacían sumergidos en profundo sueño. Las respiraciones, suaves y pausadas, eran casi el único ruido audible. Del servicio, situado en un pequeño cubículo a la izquierda de la entrada, llegaba el sonido, muy apagado, del lento goteo de un grifo mal cerrado.
Sobre la repisa, situada a la cabecera de la cama, un reloj digital de números rojos, desgrana la sinfonía del incesante devenir del tiempo, claramente manifiesto en la columna de los segundos, donde una rápida sucesión de dígitos consume los últimos instantes de la hora presente.
Al pasar el segundo cincuenta y nueve, todas las columnas cambiaron instantáneamente apareciendo las 07.00.00, al mismo tiempo que un zumbido metálico, electrónico, desagradable, inunda la habitación. La pareja se remueve en la cama. Una mano tantea la repisa hasta encontrar y apretar un botón. El zumbido cesa. Encienden la luz y ambos se incorporan, se miran somnolientos y se besan largamente.
---Buenos días, ¿descansaste bien?
---Si mi amor. Estoy tan descansada, que me quedaría en la cama todo el día. Vete arreglando mientras preparo el desayuno.
Saltaron ambos de la cama. Mer se dirigió a la unidad alimenticia empotrada en la pared de la habitación. Pulsó varios botones, programando los alimentos deseados. A continuación hizo con rapidez la cama, sujetando todo el mueble con tirantes elásticos. Apretó un botón y todo el conjunto volteó lentamente, apareciendo un sofá a juego con dos butacones que había en el centro de la habitación.
Nacho, mientras tanto trajinaba en el servicio, escuchándose el ruido de la afeitadora. Mer limpió los ceniceros, vaciándolos en el triturador de desechos, que apareció al bascular un cuadro. Pasó por la habitación el aspirador, cuyo tubo flexible emergía de la pared y llegaba a todos los rincones. Colocó los butacones a ambos lados del sofá, dejando en medio una mesita baja sobre la colocó unos ceniceros y unas flores artificiales.
Puso en marcha el aparato de radio, que formaba cuerpo con el reloj digital. Una música suave, sintética pero agradable, llenó la habitación. Con un chasquido y un tintineo, la unidad alimenticia anunció que el desayuno estaba dispuesto.
Mer, tras una rápida mirada de comprobación, penetra en el servicio iniciando su aseo. Nacho termina de vestirse y se acerca a la unidad alimenticia. Tira hacia el techo de un asa que sobresale a media altura, haciendo emerger una plancha de aproximadamente un metro cuadrado. Pulsa un botón contiguo al asa y una barra metálica, contenida en la plancha por su cara inferior, se desprende pivotando sobre un eje y queda apoyada en el suelo a modo de pata única y central.
En la hornacina, tras un cristal, humean un par de vasos de papel con café. Dos platos, igualmente de papel, contienen varios bloques de cremas de diversos colores y aspectos. Al acercar la mano, el cristal sube y puede coger todo el contenido que coloca sobre la mesa. Saca cubiertos de plástico de una caja y corta, de un rollo vertical, dos trozos de papel a modo de servilletas.
En el servicio se escucha el chapoteo alegre y cantarino de la ducha. Un espeso vapor sale por encima de la mampara de plástico traslucido. Nacho golpea con los nudillos en la empañada lámina de acrílico.
--- Ya termino. Pásame la toalla, por favor.
Disminuye el ruido del agua hasta cesar. La mampara se abre en una sección apareciendo una mano. Nacho coloca en ella una gran lámina de papel grueso y esponjoso, que desaparece en el interior. Momentos después Mer sale de la ducha y, en un momento, termina de vestirse con una túnica corta y ajustada que ciñe con un ancho cinturón. Tras peinarse los largos cabellos, los introduce en una redecilla de plástico verdoso fosforescente y se calza unos mocasines muy flexibles y ajustados. Una última ojeada al espejo y, recogiendo todas las toallas de papel, sale del cubículo y arroja éstas al triturador.
Nacho, que se ha sentado en la mesa, espera que llegue ella para empezar la colación. Mer se sienta enfrente y sin mediar palabra ambos empiezan a comer. Beben sorbos de café alternándolos con cucharadas de crema. Terminan en un momento y entre ambos recogen todo.
Se sientan en los butacones y encienden sendos pitillos. Por unos momentos se contemplan a través del humo, mirándose a los ojos. Saborean esos últimos minutos anteriores a una separación de catorce horas, como todos los días.
--- Otro día más. Tengamos paciencia. En cualquier momento nos dirán que podemos tener un hijo.
--- No creo que falte mucho. Hace ya un año y meses que autorizaron nuestra unión. Cualquier día se producirá la baja que nos dará el turno-- corroboró ella.
Terminaron el cigarrillo, miraron el reloj y como de común acuerdo, en un movimiento estereotipado, largamente repetido, salieron ambos de la habitación, tomando el ascensor hacia la calle. Un fugaz beso, un hasta luego y cada uno, con paso apresurado, se dirige hacia su cola del transporte rápido que les llevará a sus puestos de trabajo.
4
Se abre la puerta y Doña Julia vuelve la cabeza despegándola de la colcha en la que está apoyada.
--- ¡Pero cómo! ¡Todavía no se ha cambiado?
La enfermera, muy joven y vestida de verde pálido, con un delantal blanco acinturado le habla desde la puerta.
--- Perdóneme señorita, no me he dado cuenta. El tiempo pasa tan deprisa.
--- No hay nada que perdonar. ¡Venga, venga! La están esperando.
La enfermera, con una voz entre severa y cariñosa, le ayuda a incorporarse mientras la reprende suavemente. La actitud bondadosa de la señorita no hubiera pasado desapercibida para cualquier persona en estado normal. La personalidad dura que pretende es claramente una pose, una impostación. Es demasiado joven para que la vida la haya endurecido en el grado que aparentemente manifiesta. El brillo alegre y feliz de sus ojos marrones, desmiente el tono de su voz.
Sin embargo, Doña Julia, asustada, nerviosa, no está para captar matices psicológicos. Se va azorando más y más, apareciendo un temblor claro en sus miembros superiores, que no le permite abrocharse los botones de la amplia bata, abierta por delante, que le ha colocado la enfermera. Se los abrocha ésta y ambas salen de la habitación, marchando pasillo adelante cogidas del brazo. La enfermera, buena psicóloga, capta enseguida el estado anímico y cambia su actitud por otra más maternal, pero que se sale de las normas reglamentarias. Doña Julia se tranquiliza y camina de su brazo con la frente alta y los ojos húmedos y enrojecidos.
Llegan a una sala amplia, donde numerosas enfermeras sentadas detrás de pequeñas mesas, extraen sangre. Sobre las mesas, gradillas llenas de tubos, cajas con jeringas desechables, bateas con bolas de algodón, frascos con líquidos y otras cosas.
La conduce hasta un control situado a la entrada de la sala y se despide brevemente de ella dándole un beso en la mejilla. El trámite es muy rápido. Una vez identificada, le cuelgan un amplio tarjetón del cuello y le indican una de las colas.
Las profesionales trabajaban a buen ritmo, con soltura y meticulosidad. Escasas palabras se cruzan entre extraída y extractora. Un leve gesto, un firme giro del brazo y la vena quedaba penetrada por la aguja, iniciándose la aspiración de sangre, que inmediatamente se reparte entre los diversos tubos de la gradilla. Una vez rotulados los tubos, la enfermera marca un cuadrado del tarjetón que cuelga del cuello.
---Se puede marchar. ¡Siguiente!-- indica.
La gradilla utilizada es colocada en una cinta transportadora que discurre por la espalda de las enfermeras extractoras.
Doña Julia es empujada, por una auxiliar, hacia una de las mesas. Se sienta en ella como ha visto hacer, colocando el brazo derecho encima. Cierra los ojos. No quiere ver, no quiere oír, no desea saber nada de nada. Sólo desea desaparecer. Se siente atentada en lo más intimo de su ser. La han despersonalizado, insultado, convertido en "algo".
Nota que unas hábiles manos se apoderaban de su brazo. Una banda elástica le aprieta entre el codo y el hombro y escucha el ¡Clic! del cierre. Percibe el diestro pinchazo, apenas doloroso. Una voz le dice:
--- Se puede marchar. ¡Siguiente!
Abre los ojos mientras se incorpora, viendo como la señorita coloca la gradilla, su gradilla, en la cinta y ésta iniciaba la marcha hacia una pequeña ventanita en la que acaba desapareciendo.
Le recordó los nichos de los antiguos cementerios que había visto en fotografías. Por un momento, pensó, que allí iba ella. Rechazó rápidamente el pensamiento, pues hacía mucho tiempo que no existían cementerios. Había escasez de todo y hasta los cadáveres se aprovechaban.
Se sentó en un banco, al lado de otras señoras que al igual que ella tenían una X roja en el tarjetón detrás del epígrafe: "Laboratorio". Lo miró, viendo la larga lista de sitios por los que tendría que pasar. Los fue leyendo en voz alta, abstraída: radiología, conducta, actitud y aptitud, psicología, neuropsiquiatría, odontología, sistemas y aparatos, cardiología y muchas más palabras que no entendió. Se quedó mirando fijamente las baldosas del suelo, pensando...
5
Julia cambió de la cinta transportadora de alta velocidad a la de media velocidad, dando un ágil salto, mientras se dejaba caer de espaldas. Las diferencias de velocidades se compensaron con la inclinación dada a su cuerpo, que fue enderezado por la inercia.
Continuó andando con soltura, para repetirlo con la cinta de baja velocidad. Las luces rojas intermitentes le indicaron que se acercaba el tramo de desembarque. Esperó a ver la luz verde fija y nada más pasarla repitió la operación. Pasó la pierna derecha a la banda lenta, se inclinó hacia atrás y levantó la pierna izquierda, dejándose llevar por la nueva velocidad e inmediatamente pasó al andén fijo. Sonrió satisfecha, recordando que siempre le habían gustado las cintas transportadoras y que en la escuela primaria, cuando les enseñaban a usarlas, fue de las primeras en usarlas sin arneses de seguridad.
Bajó los peldaños que le separaban de la calle, cruzando seguidamente esta. Penetró en la oficina donde trabajaba como programadora de un ordenador de la veintidós generación. Le gustaba su trabajo y había llegado a una gran compenetración con Berta, (era el nombre que le había puesto a su computadora), a pesar de que ésta era un tanto quisquillosa para algunos aspectos. Tenía, cada día al incorporarse al trabajo, que dedicarle un rato de relaciones personales, una pequeña charla de mujer a mujer, informándole de las últimas novedades de la enorme oficina estatal donde ambas trabajaban. Si no tenía en cuenta este aspecto, la conducta semihumana de Berta se alteraba, respondiendo correctamente, pero en un tono agresivo y conciso que a ella no le gustaba.
Llegó hasta la consola terminal, unida al banco general de memoria por un grueso cable que penetraba en el suelo y llegaba al sótano. Introdujo la llave de seguridad, la giró desbloqueando el conjunto y apretó el botón de "Power". Se encendieron numerosos indicadores y empezó el titileo del piloto rojo de conectado. La pantalla fue adquiriendo, en breve tiempo, un tono verdoso fluorescente que saltó bruscamente a millones de colorees. En el centro, un cuadro con docenas de puntos le invitaban a meter su código de identificación personal. Tecleó con rapidez y en el display aparecieron dos letras de gran tamaño: O .K.
Tecleó con la velocidad de su larga práctica.
--- Hola Berta, ¿qué tal estás?
--- Hola querida, ¿te acordaste de lo que te encargué?
--- Por supuesto. ¿Alguna vez te he defraudado?
--- Alguna vez si; tu siempre lo olvidas, pero yo no. Cuéntame.
--- La pareja de Marina es Ingeniero de Telecomunicaciones. Les han autorizado un segundo hijo, fuera de cupo. Este premio, tan excepcional, se debe a que él ha descubierto un nuevo tipo de miniválvula. Es algo muy importante, pues permite la transmisión simultánea de miles de mensajes por un solo conductor de fibra óptica. Van a poder tener dos hijos, ¿qué te parece?
--- Confidencia por confidencia. He oído, por el banco central de memoria, que van a autorizar un amplio número de uniones en pocas fechas. En la última revisión ha salido un gran número de nupalures, ¿ya sabes? y se van a autorizar un gran cupo de hijos y de uniones.
Julia tecleaba a gran velocidad, tratando de ganar a Berta, cosa imposible, como muy bien sabía, pues las respuestas de ésta eran instantáneas.
--- Es una buena noticia Berta. ¿Sabes cuando me autorizaran a mí? Llevamos Juan y yo tanto tiempo esperando... ¿tu no sabrás nada?, ¿y si lo sabes no me lo ocultarías?
La pantalla titubeó un poco. Inició una rápida frase, que desapareció de inmediato. Empezó de nuevo para borrarla a continuación. Era como un tartamudeo electrónico. Después, letra a letra, lentamente, apareció una extraña pregunta:
--- ¿Me quieres, Julia?
Sorprendida, tecleó nerviosa, equivocándose y teniendo que borrar y empezar de nuevo.
--- Claro que te quiero. Lo eres todo para mí.
--- Mentirosa. ¿Me quieres mucho de verdad?
--- Mucho.
--- ¿Más que a Juan?
--- ¡Berta! Son cosas distintas. A Juan lo quiero como mi compañero que es. Es mi complemento sexual. Será el padre de mi hijo, si es que alguna vez lo tengo. A ti te quiero tanto como a él, pero de forma diferente. Entre nosotras no hay atracción sexual.
--- ¡Unnnnnnnnnnnnnn! –y el display se llenó de una larga fila de repeticiones que mostraban claramente la duda de la máquina.
--- Piensa, –continuó Julia ansiosamente-- que paso más horas contigo que con él y llevamos muchos años juntas.
--- ¡No sé, no sé! --La pantalla dudó por un momento-- Mis circuitos me dicen que no me quieres, que sólo me usas. ¿Tú qué dices a esto?
---De veras que te quiero, Berta.
---No debería decírtelo... pero si tu identificación es E-28 / 1.716.410- J. I. V. M., es posible que en unos días tengas buenas noticias.
Julia se abalanzó sobre el teclado, programando a una velocidad como nunca lo había conseguido antes. En la pantalla apareció un display interrogativo:
--- ¿Me autorizan a unirme a Juan?
6
--- E-28 / 1.716.410 J. I. V. M. -- interrogaba una voz. -- ¡Por favor, conteste la interesada!
Doña Julia, súbitamente sacada de su ensueño, borró la sonrisa que le iluminaba el rostro, retornando a su inexpresividad habitual. Se levantó con dificultad, siguiendo a la enfermera que le indicaba el camino.
Penetraron en una amplia sala de reconocimiento, donde varios médicos, enfermeras y numerosos aparatos la esperaban. La enfermera la despojó de la bata y la hizo subir a la mesa...
7
Las pruebas habían durado casi una semana. Hacía dos días que acabaron para ella. Dos jornadas que discurrieron entre su habitación, la sala de estar y la sala de televisión colectiva. Comían en un alegre salón, donde a diario se veían caras nuevas y la desaparición de otras ya conocidas. Cada día estaba más intranquila, más insegura, con más miedo. Sabía lo que se estaba decidiendo, pero no acertaba a comprender que le estuviera pasando a ella.
Las leyes eran inexorables. Al cumplir los cincuenta años, todas las personas eran revisadas médicamente y aquellas que no tenían un estado físico y mental óptimo, eran declaradas “NO ÚTILES”. El temor a encontrarse en esta situación la tenía sobrecogida. Estaba convencida que todos, a su alrededor, sabían el resultado de su revisión. Repasaba una vez y otra, obsesivamente, las exploraciones y, sobre todo, le preocupaban los test y las charlas con los psicólogos y psiquiatras. Se angustiaba cada vez que recordaba la cantidad de preguntas que no supo responder y que ni siquiera supo a que se referían.
La verdad es que hacía muchos años que no leía nada, ni miraba la televisión, ni tenía curiosidad por nada. A veces la encendía, pero no le echaba ni siquiera una mirada. Al jubilarse de su puesto de programadora, se polarizó en ayudar a su hijo, a la mujer de este y al hijo de ambos. Evidentemente se había quedado desfasada, fuera de lugar. Físicamente tampoco se encontraba bien. Prácticamente no había caminado nada en los últimos años. Casi no había salido a la calle.
Dejaba transcurrir las horas sentada en un sillón, esperando el regreso de su hijo, vigilando a su nieto y sumergida en sus recuerdos. Se quedó viuda tan joven. Su pareja murió en un accidente laboral cuando su hijo apenas contaba cinco años. Este hecho la sumió en una pérdida total de ilusiones, que solamente la existencia de su hijo le había permitido seguir viviendo.
Y ahora esto, cuyo resultado ya intuía sin la menor duda. No se hacía ilusiones, no podía hacérselas, estaba segura de que no tenía la menor oportunidad. Ella misma se daba cuenta de que ya no valía para nada.
Comió con desgana y tras permanecer un rato en la sala de estar común, donde varias señoras habían intentado en vano que se incorporara a una partida de naipes, subió a su habitación y se dejó caer en la cama, quedando con la mirada perdida en el techo.
Se abrió la puerta y penetró una enfermera.
--- ¿Doña Julia Vozano?
La mirada fue deslizándose lentamente desde el techo a la puerta, hasta encontrar los ojos de la visitante. Tardó en contestar afirmativamente.
--- ¿Me acompaña, por favor, al despacho del Clasificador General?
Bajó lentamente de la cama y se agarró al brazo de la señorita, que la llevó, por lo que le parecieron interminables pasillos. Al final, sentada en una butaca baja, delante de una impresionante mesa de madera natural, de color oscuro, empezó a escuchar al Clasificador General que exponía una serie interminable de frases huecas, vacías, ilógicas, al menos para ella. Realmente sólo quedaba en su cerebro, como grabada a fuego, una idea que escuchó al principio "NO ÚTIL". Las demás consideraciones sobraban, carecían de interés, ya las había escuchado muchas veces: ...que unos tenían que morir para que otros pudieran nacer. Que el mundo estaba superpoblado y no había sitio para las personas cuyo nivel físico y mental no era óptimo o se había deteriorado. Que existía un acusado déficit de proteínas y otros elementos orgánicos, por lo cual había que aprovechar todo y reciclarlo.
Toda aquella jerigonza no pasaba de ser un ruido que no escuchaba. Para ella solo contaba su " inutilidad" y que tenía que desaparecer.
---"...y como le decía, su caso ha sido revisado cuidadosamente, con mucho cariño, teniendo en cuenta sus muchos méritos, su gran expediente de trabajo... pero queda usted muy por debajo de la cifra mínima de concesión de una ampliación de vida por el periodo de un año. En consecuencia, tiene usted una semana para despedirse de la familia, arreglar sus asuntos personales e incorporarse a la Unidad Recuperadora. ¿Me está usted escuchando?
Salió por un momento de su enfrascamiento para hacer un gesto de aquiescencia con la cabeza y volvió a quedarse distraída mientras allá lejos, como el ruido lejano de una máquina se dejaba oír la cantinela del Clasificador General
--- Esta es su tarjeta con fecha, dirección y hora de incorporación. Se ha ordenado el ingreso en su cuenta del Premio de Ancianidad, para que haga el uso que quiera de él. Puede darlo a su hijo, o pasar esta semana en el sitio que quiera, en fin, lo que a usted le apetezca. Por otra parte, esté usted tranquila. El tránsito al más allá es muy agradable y no debe preocuparle.
Doña Julia no contestó. Hacía mucho, mucho rato que en realidad no estaba en aquel despacho. Su cansado cuerpo permanecía sentado en la butaca, pero su alma, su mente, estaban lejos, anuladas.
Su cerebro funcionaba en circuito iterativo, repitiendo incansable: "Tienes que morir". Su alma, desapareció cuando murió su marido y lo poco que quedó de ella se la había dado a su hijo.
Cuando llegó a la casa toda su familia la estaba esperando. Habían sido avisados a sus puestos de trabajo y tenían una semana de permiso. La recibieron con alegría, con un gozo que estaban muy lejos de sentir, pero seguían las instrucciones recibidas de los psicólogos que les marcaron las pautas a seguir.
Se sintió mejor al rato de estar en casa. La idea fue siendo aceptada por su cerebro y la gran capacidad de adaptación del ser humano a cualquier situación, se fue imponiendo. El subconsciente, que desde hacía muchos años conocía este final, acabó adaptándose y ella, conscientemente lo aceptó. Por otra parte, los mimos de su nieto, la atención y cariño de su hijo y compañera, acabaron haciéndola cambiar a un estado anímico positivo.
---Bueno hijos, es la vida. Cada uno al nacer viene hipotecado con la muerte. Este es el precio que hay que pagar por haber nacido. Sin embargo, a vida es tan bonita que merece la pena vivirla, aunque llegado el momento se tenga que morir. Pasemos estos días todo lo bien que podamos y después... después alguna pareja será feliz pues les dejarán tener un hijo.
Comenzaron a hacer planes para las jornadas sucesivas. Harían excursiones a sitios que no conocían. Pasarían juntos más tiempo del que nunca habían estado. Podrían comer en lugares donde les serviría un camarero, en vez de comer de máquinas. Se emborracharía de sensaciones desconocidas, de novedades apetecibles, con lo cual intentarían olvidar la realidad.
Después de una comida breve, nerviosa, impaciente, se arreglaron y con un pequeño equipaje común, subieron a un transportador de larga distancia, marchando a un hotel de montaña. De este modo, los cuatro estarían juntos y podrían ver por primera vez lo que era la nieve, el campo, los ríos, los árboles y con un poco de suerte incluso tocar algunos de ellos, hasta entonces solo vistos en fotografías o cine.
***
Mer llegó del trabajo antes que su pareja. Un sobre azul con el membrete del Ministerio de Planificación Familiar y Reproducción estaba en su casillero. El corazón un vuelco al verlo. Lo miró y remiró, comprobando que venía a su nombre. No se atrevió a abrirlo allí mismo. Subió rápidamente a su apartamento y se sentó en una butaca. Puso música, encendió un pitillo, se preparó un refresco y empezó a dar vueltas al sobre sin atreverse a abrirlo. Finalmente la curiosidad pudo más y lo desgarró por el extremo perforado. Sacando el impreso que contenía, leyó vorazmente. Se saltaba frases enteras, tratando encontrar el párrafo que le interesaba especialmente. Al fin dio con él.
... se servirá pasar por la Clínica Prematernal para ser sometida a la revisión de su estado actual, a efectos de ser autorizada a tener un hijo, en cuyo caso, quedará ingresada en dicho lugar para proceder a retirar el diafragma y hacer un curso de Orientación Maternal.
El sobre incluía un aviso complementario de que, con la misma fecha, se informaba al Ministerio de Trabajo de su situación a efectos de su baja temporal.
Leyó y volvió a leer el final varias veces mientras, aturdida y sofocada, respiraba afanosamente, embargada de una alegría desbordante, profunda, casi animal. Se sentó en otra butaca, buscando una sensación más placentera, una postura más cómoda. Su cerebro martilleaba sin cesar: "vas a ser madre", "vas a tener un hijo".
Nacho tardó en llegar. Hubo dificultades en la fábrica y se retrasó la salida. Nada más entrar Mer se arrojó sobre él, apretándolo salvajemente, mientras lo besaba como nunca lo había hecho. Era un beso posesivo, de ventosa, sensual, prolongado, dominador, casi doloroso. Nacho respondió a la caricia y, suavemente, se despegó de ella recobrando el aliento e inquiriendo:
--- ¡Pero bueno... qué te pasa?
--- ¡Que podemos tener un hijo! , mañana me incorporo a la Maternal para la revisión.
Esta vez fue Nacho el que atrajo a Mer contra él, besándola larga y agresivamente mientras sus manos recorrían el cuerpo de ella, buscando y provocando una excitación que en un momento les llevó directamente al lecho, sin mediar palabra. Hicieron el amor, violentamente al principio y sosegadamente después. Quedaron ambos estrechamente abrazados, anegados en sudor, pero felices de pensar que se les abría un futuro esperanzador. Hablaron quedamente, boca a boca, haciendo planes. Discutieron la colocación de los muebles en el nuevo apartamento, ya que un hijo significaba una nueva situación y otras muchas cosas. El cambio de estatus implicaba que ambos eran bien considerados en el trabajo, que su adaptación social era excelente; que el uso de las propiedades de la comunidad había sido excepcionalmente correcto; y mil cosas más. No todas las parejas lo conseguían. Sólo algunas eran autorizadas a ello. El permiso equivalía automáticamente a una gran elevación del "status social".
Quedaron dormidos muy tarde, muy juntos, con la luz encendida.
7.
Doña Julia fue conducida directamente a su nueva habitación. Sólo llevaba lo puesto. Todos sus objetos personales estaban en manos de su hijo. Al rato, dos a vinieron a buscarla. Fue conducida al comedor tras darle instrucciones para los próximos días. El gran refectorio estaba completamente lleno de señoras. Les ofrecieron la primera
comida del día, que fue servida por numerosas camareras. La presentación era
excelente. Para la mayoría era la mejor comida de su vida. Corrieron abundantes los refrescos y el vino. Conforme pasaba el tiempo el ambiente se volvía más distendido. Las camareras les trajeron los menús de las próximas jornadas. Debían encargar lo que querían para la cena y para el día siguiente. Las camareras tomaban nota cuidadosamente. El ambiente, que había sido frío y triste, con una tensión palpable y un nerviosismo fuera de lo común, de miradas huidizas y un constante hablar nervioso, excitado, de frases y saludos inconclusos se volvió alegre. .Al terminar la larga y cordial sobremesa de cafés y licores, fueron invitadas a una sesión de cine. En grupos, charlando animadamente, se dirigieron a un gran salón que quedó lleno.
La película era antigua, muy alegre, romántica, llena de vida, de bailes de época, el swing, y de la época en que ellas eran jóvenes . Todas estaban llenas de alegría, pletóricas. Era una película que estuvo de moda muchos años, y que la mayoría habían visto y recordaban. Era un placer volver a verla después de tantos años...
8.
Mer, con un pequeño maletín en la mano, penetró alegremente en el edificio. Con aire desenvuelto entregó su volante a la recepcionista. Con una sonrisa agradable, casi de envidia, la registró y le dio una tarjeta con la planta y la habitación.
Recorrió el amplio y exornado vestíbulo con paso jubiloso, penetrando en el abierto ascensor. Dijo el piso y cerró los ojos mientras la felicidad la llenaba hasta sentirse mareada.
9
Ninguna de las señoras mayores vio terminar la película. Todas quedaron profundamente dormidas durante la proyección. Se encendieron las luces, numerosos y activos empleados las fueron sacando en camillas al departamento contiguo. Les fue aplicada una inyección intravenosa. Antes de sacar la aguja ya habían dejado de respirar. Las desnudaban y las colocaban
sobre una cinta transportadora que las introducían en una enorme máquina .
En ella, un genio mecánico, sus cuerpos serán desmenuzados, lixiviados y transformados, para equilibrar la carencia de proteínas necesarias para la población.
En un rincón, llevando el control de cada cuerpo y su identificación, un funcionario anulaba las tarjetas personales de las eliminadas, perforándolas con una máquina que escribía con los numerosos taladros: N.U.P.A.L.U.R. (No Útil Pase A La Unidad Recuperadora).