País Relato - Autores

josé ignacio velasco montes

la trampa

Recobró el conocimiento lentamente, quedando en un estado de semiinconsciencia que le permitía darse cuenta de lo que ocurría, pero que no le dejaba hacer nada para remediarlo. Le recordaba el despertar de la anestesia como cuando fue operado años atrás. Notaba un fuerte dolor en las piernas, como un peso enorme que se las aplastara. Quiso llevar las manos a ellas, pero tampoco pudo mover los brazos. Intentó abrir los ojos y a duras penas lo consiguió. Vio bultos por todas partes. ¿Qué era aquello? ¿Dónde estaba? Su cerebro se fue organizando lenta y dolorosamente. Jirones de recuerdos se fueron haciendo presentes y acoplándose unos con otros, reconstruyendo la situación.
Despacio, como en cámara lenta, recordó. . .
Regresaban del monótono viaje a Xulp ,quinto planeta del sistema de Pólux, una estrella tipo K, de brillo anaranjado. El intercambio de metales había sido muy provechoso para ambas partes. La sentina de la nave estaba repleta de Radita, un metaloide dotado de una especial capacidad para impedir el paso de radiaciones. La estima de llegada a tierra estaba prevista en veinte días.
La tripulación estaba abúlica ,cansada. Llevaban cuatro meses de vuelo y estaban ansiosos por llegar a sus casas para disfrutar unas largas y merecidas vacaciones, tomar el sol y sentir la gravedad bajo sus pies, a ser posible en forma de arena de alguna playa.
Fue por ello que cuando sonó el indicador de masas, mostrando la presencia de un objeto grande en la trayectoria que seguían y tras un chequeo electrónico se confirmó que era una nave, mas de uno arrugara el entrecejo y cruzara los dedos. El comandante estudió cuidadosamente todos los datos que le llegaban por diversos instrumentos. Era una nave de extraña manufactura, sin signos de vida a bordo. Derivaba sin dirección concreta en el espacio y no respondía a ninguna señal.
Se decidió, muy en contra de la opinión de la mayoría, investigarla. Tras una larga serie de maniobras, ambas naves quedaron a escasa distancia. A través de las pantallas la contemplaron. Nunca habían visto nada similar. Era de buen tamaño, no excesivamente grande y su forma era esférica en su mayor parte. Un tronco de cono, ligeramente más pequeño, se le unía por uno de los lados a la esfera, recordando el conjunto a una antigua bombilla eléctrica. No tenía señales externas de identificación, ni algo que pudiera orientar sobre su origen. Tampoco se apreciaban externamente toberas o algún método similar de propulsión.
La contemplaron en silencio durante un rato, sin que se escucharan apenas conjeturas u opiniones. Era algo inusual, distinto. Todos los intentos de averiguar algo, empleando todos los sofisticados equipos de la nave resultaron infructuosos.
---Nunca vi nada parecido.--comentó el segundo piloto.--
---Pues no tiene señales de avería, ni de choque, ¡Qué cosa más rara!--añadió el ingeniero.--
---Verdaderamente que es una nave extraña. No se parece a nada que haya visto nunca.--agregó uno de los presentes.--
---Creo que podíamos abordarla y ver lo que le pasa.--propuso otro del grupo.
---¡Sí, claro! ¡También podemos quedarnos a hacer camping en el primer asteroide que veamos.!Como no tenemos ninguno prisa¡--añadió irritado un tercero.--
--Tampoco es eso. Todos tenemos prisas. Mi familia también me espera y quiero estar cuanto antes en la tierra--comentó enfáticamente el navegante-- pero, no me negareis que esto no ocurre todos los días y lo suyo es investigarlo. ¿Quién sabe lo que podemos encontrar?
Las propuestas y contraofertas, las cábalas y opiniones de todos los gustos se sucedieron durante largo rato, hasta ser cortados por los altavoces de la megafonía interior.
--¡Atención toda la nave! Habla el comandante. Vamos a investigar esa nave. Equipo de rescate a sus puestos, preparados para salir inmediatamente.
Los preparativos duraron muy poco tiempo. El teniente Osorio y tres hombres más abandonaron la nave momentos después. Ayudados por sus propulsores manuales llegaron hasta el otro ingenio. Giraron a su alrededor, buscando una entrada, una escotilla. Al final la encontraron, aunque no había sido fácil. Solo se la veía cuando se estaba prácticamente encima de ella. A un lado de la misma había una manilla que hacía procidencia. Uno de ellos la agarró y la manipuló unos instantes. La escotilla se abrió. La apertura fue tan sencilla, que parecía que alguien había dirigido su mano.
--La escotilla está abierta--dijo el teniente Osorio--.¡Vamos dentro!
Penetraron sin más cumplidos, sin vacilaciones, al interior de la esclusa. Era una sala alargada, en cuyo fondo una compuerta daría paso a la nave propiamente dicha, cuando la traspasasen. Cuando los cuatro estuvieron dentro la puerta se cerró bruscamente, sin que ellos hubiesen tocado nada. Inmediatamente, un súbito e intenso acelerón les tiró hacía un rincón y perdieron el conocimiento.
Aquellos bultos que estaban a su alrededor y encima, debían ser sus compañeros. Se concentró en la idea de salir de aquel lío de brazos, piernas y troncos. Milímetro a milímetro fue consiguiendo escaparse de aquel nudo humano, hasta encontrarse enteramente libre. La nave tenía gravedad artificial y, además, en su conjunto era de dimensiones internas demasiado grandes para la especie humana. Tuvo dificultades para ponerse en pie, se encontraba débil, cansado, mareado. Bajó la cabeza por un rato. Notó que la sangre martilleaba en sus sienes al ritmo, muy acelerado, de su corazón. Se encontró mejor en unos momentos. Tenía un gusto salado en la boca y la visión era deficiente. La tremenda aceleración a que fue sometido, había cobrado su tributo de venas rotas, hemorragias y contusiones por diversos sitios.
Revisó a sus compañeros, que no estaban en mejores condiciones que él. Los removió hasta que recobraron el conocimiento y los ayudó a incorporarse.
--¿Qué pasó?--preguntó aún aletargado uno de ellos.--
--Tranquilos, tranquilos--rezongó el teniente mostrando una entereza que es taba muy lejos de sentir.--
--¡No veo! ¡No veo nada! ¡Estoy ciego!--gritó angustiado un segundo.--
--Domínate, ha sido la aceleración que hemos sufrido. Yo tampoco veo muy bien. Se te pasará enseguida--volvió a intervenir el teniente Osorio—será alguna vena del ojo. Ya sabes que es una lesión recuperable.--
El tercero, menos afectado o más entero de carácter, no abrió la boca. Sin una palabra ayudó al teniente a tranquilizar a los otros dos. Intentaron abrir la puerta que daba al exterior, pero estaba cerrada a toda prueba. La manilla interior no se abría ante ninguna maniobra. Lo dejaron y se dirigieron hacía la otra puerta que se abrió con un silbido neumático al primer intento.
Nada más traspasar la puerta, Roberto Osorio lo comprendió todo. Lo vio de la primera ojeada."Aquello", lo que fuese, estaba allí, esperándolos. Era enorme y llenaba una gran parte de la inmensa sala esférica que era el interior de la nave. Amarillento, brillante, húmedo, cubierto de pliegues y surcos profundos que llenaban toda su superficie, la enorme masa le recordaba un colosal cerebro. Latía, pulsaba rítmicamente y con cada ciclo su volumen aumentaba y disminuía perceptiblemente. El color oscilaba entre el amarillento-blancuzco y el amarillo-verdoso, según el momento de expansión o contracción en el que estuviera.
Situado a escasos metros de ellos, Roberto, sobreponiéndose al miedo que sentía lo contempló detenidamente. Sus compañeros, detenidos junto a él, al lado de la puerta, quedaron bloqueados, mirando fijamente.
--¡Dios mío! ¿Qué es eso?--articuló uno de ellos. --
--¿Qué pasa? ¿Qué pasa?--preguntaba patéticamente el ciego.--
--¡Horror! ¡Es una trampa!--añadió histéricamente el tercero.--
--¡Quietos! ¡No os mováis!--ordenó el teniente.--
--¿Qué pasa? ¡Decirme lo que pasa!--volvió a preguntar el invidente--¡Por favor, decírmelo!--
--¡Tranquilízate, Carlos!--comentó el teniente cogiéndolo por el brazo-- es algo que hay aquí dentro... No sé cómo describírtelo... Es como una enorme sesada de matadero. Es tan grande como la mitad de la nave y está viva.--
---Ayudarme a salir. ¡No me dejéis solo! ¡No me abandonéis! ¡Vámonos de aquí! ¡Sacadme de aquí!--gimoteó el ciego en una crisis de miedo, mientras se agitaba espasmódicamente.--
--¡Domínate, Carlos! No nos va a pasar nada--dijo el teniente.—
El ciego cesó lentamente en sus convulsiones. Se agarró con las dos manos al traje del teniente y quedó quieto.
Las paredes de la sala, alrededor de "aquello", estaban ocupadas por numerosos paneles llenos de pilotos, diales, cuadrantes, palancas, interruptores, todo ello de extraña manufactura pero evidente función: no era sino el cuadro de mandos de la nave. Varias prolongaciones gráciles, pseudopódicas, que emergían de la masa, llegaban hasta el tablero y manipulaban en él. Movió varias palancas y cambió de posición una larga fila de interruptores. Una extensa línea de pilotos se apagó. Las prolongaciones se recogieron, desapareciendo dentro de la masa. La casi imperceptible vibración que se percibía desapareció.
Roberto, más tranquilo, continuó estudiándolo fríamente. Era mucho más grande de lo que parecía en la primera impresión. Eran muchas toneladas de una masa gelatinosa, viscosa, amarillenta. Sus condicionamientos de terrestre le hacían sentir un asco tremendo, profundo, irrefrenable por aquella masa viscosa y llena de profundos pliegues que la hacían parecerse a un enorme cerebro humano recién extraído del cráneo. Observó que sus compañeros la miraban, como hipnotizados, sin ningún movimiento.
Notó algo frío, algo inmaterial que, por un instante, recorría su mente en una exploración agradable, nada agresiva.
Pudo ver como el ciego y otro compañero realizaban un extraño movimiento, elevando la cabeza y empezando a respirar profundamente, re1ajándose,mientras sonreían. Ambos, como de común acuerdo, iniciaron un avance, tranquilo y sosegado, decidido, hacia la masa. Ésta abrió uno de los pliegues cuando estaban a escasa distancia. Ambos penetraron por ella, sin dudas ni vacilaciones. Los bordes del pliegue, como dos enormes labios de una boca vertical, se cerraron detrás de ellos quedando como si nada hubiera ocurrido. La masa aceleró el ritmo de sus pulsaciones y una fosforescencia endógena recorrió toda la gama de colores en una sinfonía cromática de gran belleza.
El teniente Osorio pensaba a toda velocidad, pero sus pensamientos no le llevaban a ninguna conclusión. Había superado su terror inicial y notaba que su fuerza mental y su capacidad de autodominio estaban integras. Pero no tenía contra qué aplicarlas puesto que su desconfianza inicial estaba desapareciendo, sustituida por una sensación de paz interior. Era una situación imprevisible, fuera de toda lógica. Notaba por momentos que se encontraba mejor, que “aquello” no le parecía tan horrible, tan terrorífico como inicialmente. Era como si se estuviera familiarizando con algo tan extraño, como si empezara a amarlo.
De nuevo un ramalazo frío, una sensación difícil de explicar, le recorrió el cerebro y desapareció de inmediato. Era un nuevo contacto en el que no se apreciaba la menor agresividad. Había sido como una brisa, como un roce apenas insinuado. Observó que el restante tripulante, situado a su lado, sonreía serenamente dentro de su casco y arrancaba a caminar hacia "aquello" y penetraba de la misma forma en la que anteriormente lo hicieran los otros dos compañeros. Un nuevo concierto de colores acompañó a la penetración del nuevo huésped. El ritmo de los latidos de “aquello” se aceleró por unos instantes y se dio cuenta de que se encontraba solo. Su instinto de conservación le aconsejaba la huida: ¿Hacia dónde? Pero rápidamente su cerebro le hacía una pregunta llena de fuerza: ¡Huir! ¿Para qué? Se escuchó a sí mismo haciéndose mentalmente las preguntas... Estaba en un callejón sin salida, la cosa no tenía remedio y mentalmente se rindió.
Por otra parte, al mismo tiempo, una idea fija se fue implantando en su consciente: la conducta de sus compañeros, que habían penetrado en el ser alegremente, felices al parecer, indicaba que ocurría algo anómalo, fuera de lo corriente. ¿Qué podía ser? Quedó mirando las infinitas variedades de bellos colores con los que “aquello” celebraba la ingestión de su último colega. Era una verdadera fiesta, un aquelarre de co1or, de luminosidad. Percibió que escuchaba música, una música diferente a la que hasta entonces había conocido. Las notas, muy débiles, pugnaban por entrar, pero su desconcierto, su resistencia mental, su cerebro educado en la escuela de oficiales del espacio en una lógica aplastante para el mando, casi impedían el paso a las mismas. Se relajó, quitando la barrera interpuesta, lleno de curiosidad, apreciando que el sonido no lo escuchaba por los altavoces del casco, sino en lo más profundo de sí mismo y empezó a comprender el mecanismo de ataque de aquel ser. Pero... ¿era un ataque? Estaba usando telepatía y aquellos contactos que rozaron su mente, no habían sido otra cosa que los primeros escarceos, los iniciales sondeos de aquel ser para establecer contacto con él. Pero dada su especial personalidad, y la fuerte barrera mental que él estableciera instintivamente, la suave telepatía no había conseguido penetrar. Pensó que el ser aquel era muy comedido y no había querido forzarlo violentamente y le agradeció su consideración.
Se relajó aún más y la música penetró a raudales. Se meció suavemente en ella, dejándose llenar de acordes desconocidos pero sumamente agradables. En aquel momento el ser vibró con fuerza, expandiéndose y estallando en una infinita gama de colores, en una cascada de luz tan amplia y multiforme, que eran miles de tonos diferentes los que veía. Nunca había pensado que pudieran existir tantos y tan variados matices. El ritmo musical guardaba una relación con la escala cromática, y ese paralelismo, ese acoplamiento, lo fueron llenando en un crescendo vertiginoso.
Conforme se iba sintiendo más y más tranquilo, sus defensas se fueron reduciendo, desapareciendo, y esa apertura, esa entrega, fue compensada con una mayor percepción de sonidos, de colores, de matices. Sus otros sentidos se fueron incorporando a la orgía de luz, color y música. Su olfato empezó a captar el olor de los colores y de las notas musicales. Saboreó, como el que chupa un caramelo, cada sonido, cada matiz luminoso, cada arpegio sonoro, apreciando cuan poco había sabido hasta entonces de sabores, de colores, de sonidos, de olores. Cada nota, cada trémolo, cada contraste de luz, tenía una correspondencia en sabor y olor. El conjunto se convirtió en un banquete de luz-sonido-sabor-olor, en el que el conjunto total de vibraciones, en una impetuosa y mayestática explosión, rebasaron la barrera cutánea y empezó a sentirlas por la piel, siendo inundado hasta la saturación por un torrente de sensaciones placenteras, en un orgasmo total de mil y una caricias. El crescendo tuvo un clímax e inició un lento descenso. Sintió angustia de que aquello pudiera acabarse y se rebeló. Acechó las postreras notas, las zagueras sensaciones, los ulteriores resplandores, las definitivas sensaciones olfativas, los últimos sabores. Y empezó a tener miedo de perder todo aquello que estaba conociendo.
Cuando la consunción del conjunto se hizo manifiesto, cuando aquella sinfonía múltiple se diluyó hasta desaparecer, se sintió vacío. Y entonces mentalmente pidió, rogó, imploró más y más de lo que le había proporcionado momentos antes, a aquel ser. Entonces ,éste le habló lleno de infinita condescendencia. Se introdujo en su cerebro, ya abierto totalmente, con una suavidad, con una ternura, con un tacto tal que, el contacto, fue aún más agradable que la situación anterior. Sus palabras llegaron en forma de ideas, de imágenes, de sensaciones. Le habló del infinito y supo lo que significaba éste concepto con tan meridiana claridad, que no acertó a comprender como ningún humano pudo haberlo pensado antes. Le mostró con tal delicadeza lo que era el amor, la amistad, el conocimiento, y otros mil conceptos abstractos más, que se entregó mansamente al ser antes de que aquel se lo pidiera.
Un ser --pensaba-- con un espíritu de tal naturaleza, no puede ser malo. Su aspecto es distinto al nuestro, pero su alma, su intencionalidad es, tiene que ser buena. Puede contar conmigo. Cada nueva idea que le suministraba, le hacía comprender cuan alejado de la realidad había estado hasta aquel momento. Le hacía ver lo equivocado de los conocimientos y planteamientos de los humanos, tan ofuscados siempre por el egoísmo, por la ceguera de la vanidad, por la anteposición de un YO, hipertrofiado y omnipresente. La profundidad de la sabiduría de "aquello" le embargaba y deseó con todas sus fuerzas que le permitiera entrar en él. Pudo escuchar, en lo más profundo de su mente, como le hablada con infinita suavidad:
"-¡...¡Ven! Penetra en nosotros--le decía “Aquello” penetrando suavemente en su consciente-- no sufrirás Y vivirás eternamente. Tus conocimientos, tus recuerdos, tus vivencias, formarán parte de nosotros Y nos enriquecerás con tu aportación. Nosotros te llenaremos de conocimientos a ti. Te esperamos millones. Iremos por todo el Universo Y conocerás más de lo que nunca has soñado. La incorporación es total, completa, absoluta. Las posibilidades de conocimiento y comprensión son infinitamente infinitas. Adquirirás el conocimiento absoluto. Tú seguirás siendo tú y formarás parte de nosotros, al igual que nosotros seremos parte de ti. Todos formaremos una unidad divisible e indivisible, dependiente e independiente. Seremos uno y todos a la vez. ¡Ven¡ Penetra en nosotros como uno más. Incorpórate al "pool". No dejes pasar una unidad más de tiempo sin disfrutar de nuestra comunión. Introdúcete en el todo. Al hacerlo pasarás a formar parte del pasado, del presente y del futuro. ¡Ven! Penetra en nosotros..."
Continuó hablándole con muchas y variadas ideas. Él escuchaba extasiado, aprehendiendo cada matiz, saboreando cada pensamiento. En un momento dado, se acercó a él sin dudas, sin vacilaciones, disfrutando conscientemente de la posibilidad y satisfecho de la oportunidad que se le ofrecía. La grieta, el amplio surco se abrió para él, mientras millones de sonidos, millones de sensaciones lo envolvían en un cálido abrazo. Flotaba ante tan placentera situación. Blandamente envuelto por el ser, cada molécula de su cuerpo se disgregó pasando a incorporarse a sus tejidos. No supo en que momento empezó o terminó el paso. Se encontró abrazado, íntimamente unido a millones y millones de seres de los más diversos aspectos, ideas y vivencias. Todo aquel torrente de datos, afectividad, lógica, ética, visión, se le incorporó instantáneamente. Se percató de la cantidad de amor y comprensión que recibía y apreció que él tenía el mismo bagaje para entregar a todos y cada uno de ellos.
Se sonrió incorpóreamente ante sus recuerdos de humano. ¡Qué cantidad de miseria, cuanta dependencia implicaba la corporeidad! Se sintió aliviado al comprender que se había liberado de tantas cosas, hasta aquel momento tan importantes en su vida, como las prisas, el dinero, las órdenes a cumplir, la vanidad, las molestias corporales, y tantas otras basuras, que sintió lastima por los que aún se encontraban en esa situación. Desde que era pura energía, se notaba por primera vez verdaderamente libre; libre por encima del tiempo, libre por encima de todo. El tiempo, que concepto tan equivocado para el humano. En la actual situación el tiempo carecía de significado. No existía y esa no-existencia era la clave del infinito, de la eternidad, del amor y de millones de cosas más.
Vio instantáneamente mil millones de mundos, millones de formas de vida tan diferentes en concepción y morfología, que quedó extasiado ante la infinita gama de posibilidades existentes. Lo compartió todo y lo comprendió todo. En cada uno de los seres, en cada uno de los billones de seres que formaban parte de sí mismo, quedaban las vivencias, los recuerdos, los deseos de su vida anterior. Cada vez que uno de ellos hacía presente una añoranza, una situación, todos la compartían, la vivían con la misma intensidad, con el mismo despliegue de sensaciones y voliciones. Vio que todo era vida, y se sintió hoja de árbol, pluma de ave, gota de agua, cristal de cuarzo; experimentando las sensaciones agradables de ser él mismo en los más multifacéticos aspectos. Viajó por planetas tan curiosos y divertidos, por civilizaciones tan avanzadas, que a veces creía que era imposible encontrar algo nuevo. Pero siempre se equivocaba. Detrás de cada situación, otra aún más placentera aún, superaba a la anterior. Supo lo que era ser una libélula y volar sobre un bosque de flores en primavera. Pudo ser tronco de árbol y espina de rosal y todo aquello que en cualquier momento quiso ser.
Vio mundos, civilizaciones tan avanzadas, con tal profundidad de conocimientos, con tal capacidad de amor, con tan maravillosa conducta social, que sintió la infinita vergüenza de sentirse humano. Encontró razas y planetas con tal depravación de conducta, con tal egoísmo, que se enorgulleció de ser humano. Saboreó la relatividad de conceptos y contrastó su actual idea de la verdad, lo bueno, lo malo y la justicia, con las que tuviera anteriormente. El terrestre en su ceguera, en su limitación, no veía nada. Estaban ciegos. Ciegos de orgullo, sordos de sólo escucharse a sí mismos. Durante siglos, habían permanecido encerrados en el pozo de su desconocimiento sin querer levantar los ojos y mirar por el brocal. El humano, no solo no quiso mirar hacia arriba, hacia lo lejos, sino que removió incansable, con los pies y con las manos, el barro del fondo, conformando, haciendo ídolos con aquel pestilente barro, con aquella podredumbre.
Conforme se expandía por aquel conjunto, haciendo consciente la infinita cantidad de conocimientos que había incorporado de golpe, daba más y más gracias al ser por haberle aceptado y se dio súbitamente cuenta que deseaba en lo más hondo, en lo más intrínseco de su alma, el atraer a más seres e incorporarlos a la misma felicidad, a la misma plenitud de la que él disfrutaba...
Escuchó a la comunidad que al unísono le decía:
"¿Comprendes ahora el por qué?"
Columbró la empática situación de todo el conjunto y formó parte de los varios seudópodos que se dirigían hacia arriba, hacia el gran tablero de mandos de la nave, para ponerla en marcha. Salían a buscar nuevos seres que incorporar. Pondrían una nueva trampa, en la que caerían futuros miembros de la comunidad, para de esta forma darles una nueva vida, que ellos ni deseaban, ni vislumbraban...
La nave salió disparada hacia remotos lugares de cualquier parte. Veíamos con los ojos de la mente a grandes distancias. Sistemas, nebulosas, cúmulos de galaxias, se sucedían a un ritmo vertiginoso. Eran lugares ya conocidos para muchos y había miembros de aquellas poblaciones estelares incorporados al puzzle que formábamos todos.
--¡Mirad!--decía alguno--Ese era mi mundo.
Todos mirábamos y veíamos como la "gente" seguía su vida, luchando, sufriendo, disfrutando, en un lento caminar tras el eterno señuelo de la felicidad de una felicidad efímera, sustentada en una materialidad sin horizontes.
Millones de planetas pasaron raudos por nuestro lado. Cambiábamos de un universo a otros paralelos. Nos introducíamos por hiatos que nos llevaban de una a otra dimensión, a la búsqueda de nuevos seres que incorporar a nuestra comunidad.
De pronto lo vimos. Era un planeta. ¿Se podría llamar así? Cúbico, pequeño, florido. Rojos y abundantes pastos cubrían su superficie. Millones de flores de los más diversos aspectos y colores, sobresalían entre la roja alfombra del pastizal. Eran flores de formas geométricas complicadas. Todo el mundo era una geometría integral, un fractal en permanente evolución. En la hierba, cuyos tallos poliédricos sustentaban unas masas multimorfas de hojas triangulares, cuadradas y pentagonales, unos seres de mediano tamaño, pululaban a la caza de sabrosos bocados. Su forma era de aspecto tan diferente como ninguno habíamos visto jamás. Seis ágiles patas troncocónicas surgían por su base, de un cuerpo cilíndrico, alargado, en uno de cuyos extremos, una grácil y elegante esfera hacia de cabeza. Unos ojos dodecaédricos y una boca como dos hemitroncos de pirámides, sobresalían de la esférica superficie. Triscan sin prisas la hierba. Era un mundo distinto, sin pasiones, sin tiempo. Enviamos una sonda mental a uno de los seres. Se introdujo suavemente, sin que se percibiera de ello. Tenían un elevado nivel de inteligencia, una alegría tal de vida, tanta belleza interior, que el conseguir alguno de ellos para incorporarlos a nuestra comunidad, se convirtió en una obsesión colectiva. Preparamos la trampa con minucioso cuidado.
Un pseudópodo subió al tablero de mandos y puso en marcha el "transfigurador" de la nave, qué quedó convertida en un gran trozo de la superficie del planeta, en una metamorfosis instantánea. Esperamos pacientemente, aunque ansiosos, a que alguno de ellos se acercara...