Era una calle larga. Una de tantas en medio de la ciudad. Entre edificios altos que no dejaban que la luz del sol llegara al suelo. Un Sol que flotaba allá arriba, en lo alto, pero cuyos rayos quedaban prisioneros en los terrados. La altura de los edificios no dejaba que las rafas se derramaran hasta el suelo como cataratas. Pero su luz, cuajada de tonos dorados, lo iluminaba todo con la alegría de un día primaveral.
Allí estaban, en medio de la luminosidad del elegante escaparate. Gritaban con su silencio de voces mudas. Eran gritos de belleza y comodidad. Eran faros lanzando avisos para las paseantes. Eran una plegaria en la que se quejaban de su soledad y en sus denodados quejidos, buscaban dueña. Pregonaban, ansiosos, su necesidad de salir y recorrer el mundo llevados por unos bellos pies.
Elevados por los tacones, que apoyaban sobre vidrio, apenas mostraban una aguda puntera, un poco de empeine y la gran embocadura hambrienta de pies. Eran tres pares idénticos, en tres colores, cada cual más atrayente que el contiguo. Eran unos salones en piel de belleza inenarrable.
--¡Son un amor! --Se dijo, dejándose llevar por los sentimientos que los zapatos siempre le ocasionaban desde niña.
Eran de ante. Con pelo tan breve que no se apreciaba, pero con el suficiente para dejar ver las ondulaciones, unos brillos que hacían irisadas aguas, que daban personalidad independiente a cada pieza. Tenían vida. Tenían alegría. Eran nuevos, flamantes, nacidos unas horas antes al salir, esplendorosos, de sus cajas.
Observó los tacones mirando desde un lado. Mitad aguja, mitad seguridad de apoyo, la grácil curva del conjunto, era en sí misma una obra de arte. El diseño, si bello era de frente, desde los lados era un sueño. El ángulo de caída del pie; las curvas del conjunto; la embocadura, una boca sedienta de contenido, le mostraba con claridad que, a la par, sujetaría y mostraría su pie. Las curvas del zapato, mostrarían con las de su pie, una elegancia mixta y provocadora, que competirían entre sí para superarse. Y en esa competición, ambas se fundirían en el ideal de la belleza del pie.
Parecían diseñados para ella, pues eran exactamente lo que siempre le ha gustado. Ni muy alto el recorrido a lo largo del tobillo, ni muy bajo con tenencia a dejar salir, escapado, por demasiado suelto el pie. Eran la esencia de la belleza y, por momentos, empezaba a tener claro que también lo eran de la comodidad.
Al mirarlos de forma ininterrumpida, se dio cuenta que, por momentos, se enamoraba de ellos. Tenía que tocarlos, sentirlos, no podía pasar de largo. Si lo hacía, se acordaría de ellos por toda su vida. Y era demasiado joven para sufrir tanto tiempo. Quedó fija mirándolos llena de una codicia sana, una gula por poseerlos que se correspondía con el hambre de pies que le mostraban ellos. Mientras se miraban, notaba que aparecía una clara empatía mutua. Los brillos del ante, le enviaban mensajes con sus brillos tan irisados como constantes en sus virados de colores. Era un Morse de colores que ella traducía instantáneamente.
Pesó y ponderó sus necesidades. Revisó sus ideas. Y lo hizo cien veces, buscando algo que justificara que otra vez más, necesitaba “esos” zapatos.
--A fin de cuentas --se dijo iniciando un monólogo que ya le era conocido, aunque distinto en cada ocasión-- apenas gasto nada en mí. Pero… si apenas salgo que no sea para trabajar. Si nunca hago nada fuera del trabajo, de mi casa, de mis niñas, de mi amor. Si mi vida no puede ser más sencilla. Si sólo vivo para los demás.
Trató de decidirse con mil argumentos innecesarios. Sabía que era imposible no tocarlos. Lo necesitaba hacer, se los llevara o no. E inicio otro monólogo en el que en la luna del escaparate se reflejaban los movimientos, apenas marcados, del movimiento de sus labios al musitar:
--Sólo entraré a verlos. ¡Sólo eso! –Se concedió después de una clara lucha interior.
Pero sabía, la experiencia de haber vivido la misma situación cien veces, que tenía que tocarlos, sentirlos, acariciarlos, darles un mimo que observaba que ellos, en los dos ojos de cada par, las enormes embocaduras que le miraban se mostraba esa necesidad.
Y entró, entre decidida y remisa.
--¿Qué desea, Señora? –Acude presurosa la dependienta con una mercantil sonrisa desplegada en el mohín de sus labios.
--Buenos días. Quería ver unos zapatos que hay en el escaparate.
--Muy bien Señora. ¿Cuáles son?
Su ansiedad por cogerlos, por tocarlos, por acariciarlos, por sentir la sensualidad del contacto en sus manos, le apresuró. Dio dos pasos hacia el escaparate interior y señalo decidida con su índice extendido.
--¿Cuál de ellos, Señora?
--Los tres --arrancó al fin saliendo del mutismo que la emoción le provocaba.
--Son preciosos ¿verdad? --Inquiere la dependienta, hábil y con experiencia en leer en el rostro de las clientes.
--Saque uno de cada color. Quiero probármelos.
--¿Qué número, Señora?
--¿Calza grande o pequeño esa firma? --Inquiere con la seguridad que le concede su experiencia en calzado.
Es una experta con la posibilidad de jugar con dos números, una dualidad que bien utilizada, como sabe hacer, asegurará un ajuste del pie pleno de comodidad. Es algo que siempre ha cuidado y hace tiempo que no comete un error en ello.
--Calza grande, Señora.
--Tráigame el treinta y siete.
--Creo que son los del escaparate --indica dudosa.-- Ya sabe que ese es el número en el que el calzado es más bonito, pues se corresponde con la mejor talla de pies.
--¿Qué color, Señora?
--Los tres – Arranca sin dudar.
--Son preciosos, ¿verdad? –Indica hábil la vendedora.
No responde. Tiene los brazos extendidos en una ansiedad manifiesta de coger lo que desea. En una ambición sin límite por ellos. En un deseo irrefrenable de tocarlos
La muchacha, tranquila y lenta, busca la llave mientras la compradora le agobia con su exasperante tranquilidad.
--¡Venga! --Se dice entre dientes-- ¡Es para hoy!
La muchacha por fin corre el cristal y con cuidado coge el zapato más cercano. Es el de color verde suave, tan bonito como cualquiera de los otros colores, el oscuro, y el crema claro. Para ella, los tres son muy hermosos, y no existe diferencia alguna de belleza entre ellos. Realmente sólo los diferencia el color. Cogiendo el indicado se lo entrega.
Nota el cosquilleo del ante en los dedos. Siente el súbito placer de la correspondencia mutua entre sus manos y el objeto. Siente el exacerbado deseo de poseerlos. Nota la ligereza de su peso, pues es claramente una pluma. Observa la agraciada forma de su diseño mientras lo gira para contemplarlo desde todos lo ángulos imaginables. Lo flexiona con cuidado, por su mitad, y nota la grácil resistencia que los hace inmejorables para caminar. Y acepta que, una vez más, se esta enamorando de ellos. Son tan suaves --se dice en un pensamiento que ya conoce, premonitorio de la decisión final que empieza a no rechazar.
--Saque uno de cada color --indica con claridad-- quiero probarme los tres.
La dependienta va a decir algo, pero la mirada de la clienta le detiene y obedece sin indicar que son del mismo número y con uno que se pruebe será suficiente.
Se sienta y se descalza. Lleva medias, lo que le facilitará la entrada. Mete el pie con la elegante facilidad que le concede la costumbre. Y lo mira puesto, moviendo el pie y la pierna, incansable mientras sus ojos devoran su sueño.
--Tráigame, por favor, los tres pares.
Y los prueba por parejas, cruzando los colores, camina con ellos y se mira en el inclinado espejo que la pared que permite verse sin dificultades los pies. Sin prisas, saboreando lo que ya sabe que será suyo. Lo sabe pues al entrar el pie en el primero y sentirse cómoda, ha aceptado que es ineludible, imposible de resistirse, como tantas veces, a la tentación de la maravilla de zapatos que tiene tan cerca. Disfruta de un paseo que le saca de las alfombras de la tienda para caminar, más en la realidad, sobre el mármol que hay en el suelo por el resto de la tienda.
La dependienta la mira en un estudio de posibilidades. La ve cambiar de colores, de combinaciones, y trata, inconscientemente de averiguar cuál es el color que, finalmente se llevará. Impaciente, pregunta.
--¿Qué color le gusta más?
--Los tres, me voy a llevar los tres pares. Vaya guardándolos en sus cajas y haciendo la factura.
La dependienta alza las cejas dominando apenas su sorpresa. No entraba en sus cálculos el darle salida a los tres pares. Queda aún un color que no ha visto y que ofrece.
--Tengo otro color, lo quiere.
--No, si es el rojo Burdeos.
--Sí. Ese es.
Y los zapatos van entrando en sus cajas, metidos en bolsas de tela con cierre de cordón, que los aleja del roce y del polvo.
--¿Cuánto es?
El repiqueteo de las teclas y finalmente el ruido de la impresora que escupe el ticket, rompen el silencio de la tienda.
Observa el ticket con sorpresa inicial, y recuerda que no sabía su precio. Ni siquiera lo ha preguntado. Mientras sigue mirando la cifra, alta, de tres dígitos, en un susurro interior se dice:
--Más caros los ha pagado. ¿Te vas a asustar?
Abre el bolso negro, saca su grande y alargado monedero, y le entrega la tarjeta.
--¿Me da, por favor, el DNI? Tenemos esa costumbre para proteger a nuestros clientes.
Terminado todo y cuando va a salir, la dependienta indica:
--Señora, vuelva por aquí cuando guste. Traemos modelos nuevos y originales con mucha frecuencia.
--Puede estar segura que lo haré.
Y se marcha satisfecha, caminando lentamente, mientras ojea los escaparates al pasar y se detiene, en una clara muestra de interés, ante los escaparates de otras zapaterías.
--Es mi sino, --se dice-- nada me gusta tanto como un par de zapatos.
Y finalmente llega a casa. Lleva una gran bolsa plena de zapatos. La abre y saca cada uno de los pares y los coloca sobre la mesa. Los mira y los remira. Los ordena por colores, los cruza en dos grupos, muy juntos comparando colores y tonalidades.
Se encuentra más que satisfecha. Ha sido una gran compra. Los disfrutará sin la menor duda. Durante años adornarán sus pies, le harán sentirse plena de satisfacción, con ese placer que produce el saber que se lleva lo que se ha deseado y conseguido.
Abriendo el armario en el que guarda su gran colección de zapatos, los coloca juntos, en un espacio libre entre otros muchos, de gran calidad y belleza, que en su momento fueron una primicia como los que acaba de guardar.
--Mañana estrenaré los de color crema, que son los más bonitos. --Indica en voz alta, hablando consigo misma, en una clara intención que debe llevar a cabo.
Y tras cerrar la puerta, marcha hacia la cocina para preparar la comida. Mientras lo hace no deja de pensar en ellos. Cuando tiene un rato durante los guisos, se acerca al zapatero y de nuevo los contempla, los saca u con exquisito cuidado de no rozar la piel los observa, los compara con otros anteriores.
Sabe que, durante días, los disfrutara con los pies, con las manos y con los ojos. Son su gran satisfacción, antes que, en otra salida, encuentre otro zapato que llame su atención y vuelva a revivir lo que, apenas hace unas horas, ha sentido y disfrutado.
Pero eso es otra historia.