País Relato - Autores

josé ignacio velasco montes

la ejecución

I
La sala era amplia, alargada, con los techos altos. Al fondo, sobre una tarima de madera obscura y brillante estaba el tribunal. Delante de él, una verja de madera clara, mostraba la zona límite de aproximación. De costado a la barrera y en el lado de la derecha, el programador permanecía sentado delante de un ordenador. En el lado contrario, la enorme pantalla tridimensional de un monitor de tele-holografía, mostraba la constante imagen de una máquina quemada. La pintura exterior estaba derretida y había caído en chorreones; el cristal del contador digital había estallado y quedaban en su semivacío interior los restos deshechos del cuarzo liquido. Una chapa del frontal había sido quitada, apreciándose una gran masa de cables, circuitos impresos y maquinaria que mostraban el efecto del calor. Los cables, desnudos de su macarrón protector, aparecían negros, retorcidos y pegados unos con otros, entre los restos derretidos del plástico.
Una nueva barrera de madera, con una doble puerta de vaivén en el centro, separaba esta sección intermedia del resto de la sala. En ella, bancos de plástico imitando madera, estaban colocados en dos columnas que dejaban un pasillo central.
El escaso público, repartido por los bancos en forma indiscriminada, permanecía atento al desarrollo del juicio. El acusado, sentado en una silla pintada por completo de rojo, estaba situado en la zona intermedia, de cara al tribunal, a escasa distancia de la verja que lo separaba del público. Pálido, cubierto de sudor frío que perlaba su frente de gotas diminutas y manchaba sus axilas de un amplio cerco, se agitaba espasmódicamente variando de continuo su posición. Las manos, húmedas, brillantes y pegajosas, se refregaban a menudo contra la parte exterior de los muslos, en un intento estereotipado y mecánico de secarlas. Un micrófono de pequeño tamaño, montado sobre una varilla helicoidal y flexible que ascendía del suelo, quedaba a escasa distancia de su cara.
Los altavoces de la sala dejaban escuchar perfectamente todo el interrogatorio a que era sometido el procesado. Sus respuestas eran breves, balbuceantes, insistentes en el mismo extremo: él no había cometido ningún error en el montaje y el código de colores fue respetado con absoluta seguridad. El tribunal reiteraba la acusación de que la avería era debida a una falta de atención al conectar las tomas de una nueva bandeja de Circuitos Integrados. Al final, después de un largo forcejeo dialéctico, el tribunal dio por terminado el interrogatorio.
--Levántense el acusado y el público. --tronaron los altavoces con la voz metálica e impersonal del tribunal.
El procesado se levantó de un salto brusco, mirando en todas direcciones, asustado. Las gotas de sudor de su frente se hicieron más gruesas, más ostensibles y confluentes y en algunos puntos formaron gruesos goterones que resbalaron con lentitud hacia la nariz.
--Este tribunal, tras meditar profundamente el caso y a pesar del profundo respeto que- le fue imbuido hacia la vida humana, considera que no existe ninguna circunstancia atenuante que justifique el grave atentado perpetrado contra la propiedad del pueblo por el aquí presente y emite sentencia de desaparición total de la persona jurídica de BA-28. 155.255-4SJ, con el cargo de Negligencia Temeraria Absoluta sin Atenuantes. La sentencia será cumplida dentro de las próximas veinticuatro horas. El juicio ha terminado.
El público baja la cabeza en un gesto de total sumisión hacia la justicia del tribunal. El acusado mira en todas direcciones. Está confundido, aterrado, y no acierta a comprender una sentencia tan severa para un error que no ha cometido. Sus ojos buscan entre el público un apoyo que no logra encontrar. Mientras, su mano derecha en un gesto maquinal, en un tic nervioso, da tirones al lóbulo de su oreja incansablemente.
Dos uniformados agentes se acercan al procesado. Uno queda a su lado, mientras el otro se dirige rígidamente hacia la consola donde el programador teclea con suavidad y rapidez. Con un chasquido metálico, una larga ficha con banda magnética en uno de los bordes, salta en una rendija lateral. El agente la introduce en un brillante aparato adjunto a la consola del ordenador y aprieta un botón. Un nuevo chasquido y tras retirarla la lleva al condenado. Éste la mira por un momento y hace un gesto afirmativo. Apoya el pulgar en un rincón de la tarjeta y mantiene la presión por unos instantes. Después arruga la frente y su mirada queda ausente, lejana, mientras unas pequeñas y anémicas lágrimas, retenidas, inoportunas e incompletamente controladas asoman apenas en sus lacrimales.
Acompaña a los agentes sin resistencia, prácticamente sin que estos se lo indiquen. Salen de la sala a través del pasillo central, mientras el escaso público les mira con un gesto de conmiseración, sin odio.
En la calle penetran en un vehículo pintado de brillante escarlata metalizada, en cuyo techo dos destellantes luces giran incansables y asíncronas, lanzando ráfagas de intenso verde. Varias antenas flexibles, de diferentes longitudes, oscilan rítmicamente al arrancar el deslizador con brusquedad, en un impaciente y nervioso tirón. Un acelerón lo aleja en escasos instantes de la zona y desaparece en la lejanía confundiéndose con el tráfico.
Dentro de la sala, que el público ha abandonado de inmediato, el programador apaga su consola y retira la llave de encendido que guarda cuidadosamente en un llavero. Después, por una pequeña puerta con cerradura de combinación, penetra en el recinto del tribunal y se acerca respetuosamente a éste. El triple computador, especializados en ámbito jurídico, permanece en "standby", con un parpadeo monótono de sus numerosos pilotos de colores. Se acerca al ordenador central y hace girar una llave apagándolo.
Pasa después a levantar con cuidado una trampilla y saca un disco magnético en el que se ha grabado toda la información del caso. Realiza lo mismo con los otros dos miembros del tribunal. Con los tres discos en la mano penetra en la habitación vecina. Los rotula y empaqueta juntos, dejándolo en un estante-archivo de colosales proporciones, donde cientos de paquetes iguales, esperan el paso del tiempo establecido para su borrado y reutilización posterior.
II
El despacho es elegante, pero frío. Su estética es demasiado severa para encontrarse en él a gusto. Un exceso de ángulos, de líneas y de superficies desnudas, da una sensación poco placentera al momento de entrar en él. Detrás de la enorme mesa, el director del establecimiento termina de leer el expediente que le han dejado encima del escritorio. Mira el reloj que rompe la monotonía de una pared y no puede evitar un inconsciente gesto de hastío en su cara.
Aprieta un botón que sobresale unos milímetros en un lateral de la mesa, en medio de un compacto grupo de pulsadores de diversos colores, mientras su rostro, hasta entonces inexpresivo y ausente, adopta un aire de disgusto y pesadumbre. En un momento una puerta se abre y aparece una agraciada muchacha de largas y esbeltas piernas, pelo largo y generoso escote.
--¿Dígame Señor?
--Avise a todo el personal habitual para cumplir una sentencia. Esta se realizará a las veintidós horas exactamente ¡Ah¡ Qué venga a verme el jefe de Previsiones laborales.
--Sí Señor. Ahora mismo pongo en marcha todo el mecanismo como de costumbre.
La chica sale felinamente, sin un ruido, cerrando la puerta con cuidado, meticulosamente casi. El director se arrellana en el cómodo sillón de alto respaldo en que está sentado, relajándose por un momento y perdiendo la actitud adusta y formalista que representaba momentos antes. Es una pose impostada que ha tenido que adoptar ante las primeras experiencias desagradables por mostrarse tal cual es. La vida le ha demostrado, muy a pesar suyo, que el hecho de pensar de forma diferente, que la mayoría, te señala de forma manifiesta. Y que ser justo y correcto, entendiendo los problemas de los demás, hace que se confunda esa forma de ser y pensar con debilidad. Y sólo ha encontrado un camino para evitar los abusos de confianza: crear en su entorno una leyenda de dureza e insensibilidad.
Lanza un bostezo amplio, sonoro, sin freno, mientras su cabeza se apoya en un saliente del respaldo, acomodando el cuello. Una luz amarilla parpadea insistentemente sobre una de las puertas del despacho. La mira sin moverse durante un rato, mientras se acomoda plácidamente en el sillón. Al cabo, transcurrido un tiempo prudencial, coge el expediente, se incorpora en el sillón y adopta una actitud seria, rígida, acre, que hace cambiar su aspecto en unos segundos. Aprieta un botón de la encimera y la puerta se abre al instante, dando paso a un hombrecillo de aspecto ladino, ojos de rata, expresión taimada, calvicie incipiente y barriga ligeramente marcada. Su meliflua sonrisa y el servilismo de su saludo, indican en escasos segundos, junto con las demás características, lo más profundo de su repugnante personalidad.
--A sus órdenes, Señor Director. ¿Me ha mandado llamar?
--Siéntese, por favor.
Se arrellana enfrente de la mesa, frotándose suavemente las manos con un gesto estereotipado, estudiado y numerosas veces repetido. No dice una sola palabra. Espera pacientemente a que su superior inicie un tema habitual, cotidiano, pero en el que ambos están tácitamente de acuerdo en darle el tratamiento de una novedad.
--Le he llamado para estudiar el caso de BA-28.155.255-4SJ, cuya sentencia acaba de llegarme y de la que usted tendrá instrucciones por su respectivo camino, es decir, a través de su Ministerio de Previsiones Laborales. ¿Me equivoco?
--No señor. Tengo instrucciones concretas.
--Mejor. La sentencia se cumplirá hoy a las veintidós horas. Prepare todo para su cometido posterior, una vez que mi responsabilidad se cumpla.
--Está todo previsto, puede usted estar tranquilo. El programa actual de Centrales Unipolares Multiconduccionales, requiere personal altamente cualificado y especializado en los nuevos circuitos. Y ese personal, del que se necesita un gran número, va a proceder de...
El director le interrumpe levantando una mano y hablando en un tono alto y agresivo.
--No me fatigue con detalles técnicos que sólo son de su incumbencia. Puede marchar y prepararlo todo. ¡Buenos días!
Sale del despacho como ha entrado, a pasos cortos, frotándose las manos y con la cabeza baja, mirando la alfombra sintética que cubre todo el suelo. El Director se relaja de nuevo en el Sillón y apoyando los dos pulgares en el mentón, coloca los índices a cada lado de la nariz, mientras mira el techo con gesto pensativo y preocupado. Entre dientes, en voz baja, apenas audible, comenta para sí:
--De modo que el nuevo programa está en marcha y hace falta mucho personal. Se aproximan días de mucho trabajo. Cuanto desgraciado, como el de hoy, va a sentir las consecuencias del cambio de los sistemas de transmisión.
Se incorpora en el sillón y abriendo el expediente empieza a leer y a escribir en él, llenando casillas y amplios párrafos, en un trabajo que tiene que realizar personalmente. Mientras escribe mecánicamente, su cerebro analiza el trabajo en conjunto y, una vez más, se repite a sí mismo, en un casi inútil intento de autoconvencerse, que es un trabajo necesario que, otra parte le brinda seguridad y estabilidad. Pero no está muy de acuerdo con los métodos que se están usando. En lo más profundo de su ser sabe que no es justo. Sin embargo, se dice, alguien tiene que hacerlo y porqué no voy a ser yo. Si no lo hago yo, otro lo hará. Lo importante es que mis intereses no se alteren. Cada uno en su puesto de trabajo realiza una función y tiene que seguir haciéndola, mal que le pese. Y así seguía soportando los escrúpulos y las dudas que nunca había podido superar. Y lo hacía con esa sensación de impotencia que debe sentir el piñón de una rueda para detener a toda la maquinaria.
Durante horas, arrellanado en su asiento, el Director continuó dándole vueltas y más vueltas a aquellos pensamientos que desde hacía tiempo le preocupaban, sin llegar, naturalmente, a ninguna conclusión útil.
III
BA-28.155.255-4SJ, se dejó caer en un rincón de la celda donde le habían confinado. Era un lugar aséptico, frío, sin personalidad. Era un lugar cómodo, pero decorado con tal falta de imaginación que resultaba insoportable. Se sentó en a suelo demostrando inconscientemente su desagrado por la situación. Su cerebro repasaba una y otra vez los acontecimientos que le habían colocado en aquel lugar, sin que ningún atisbo de luz le orientara hacia la solución.
A ratos, su pensamiento se volvía menos obsesivo y lograba enfocar los hechos con frialdad, ordenando las secuencias con una cierta lógica. Pero siempre retornaba al punto de arranque, al inicio de la secuencia y, la impotencia más absoluta, le sumergía de nuevo en la profunda depresión de la que apenas lograba salir.
A lo largo de su vida, la impotencia ante las situaciones en las que se veía envuelto era lo que más le mortificaba. El no poder hacer nada; el sentirse una pieza más del sistema sin alma, sin oído, sin ojos; el saber que en el fondo no era nadie, de lo cual hacía mucho tiempo que se había dado cuenta, le había minado interiormente de tal forma que se volvió agnóstico absoluto para todo lo que no fuera su trabajo. Hacía tiempo que su idea de la justicia había dejado por completo de preocuparle. Sólo los niños creen que exista justicia o injusticia. Ese era un concepto que solamente sirve para los demagogos – se repetía cuando en un momento de dudas se encontraba pensando en que algún hecho era o no era justo-. El trabajo era diferente, le gustaba, creía en él y lo dominaba técnicamente. Era rápido, exacto, disfrutaba con él y había adquirido una gran capacidad de concentración que le permitía hacerlo con absoluta exactitud sin cometer jamás un error. Dominaba su especialidad: nunca tenía dudas sobre las polaridades, el cableado, el código de colores, las múltiples patas de los integrados, los esquemas de las funciones electrónicas, Todo aquello estaba sujeto a reglas muy precisas, estables en el tiempo y por lo tanto eran inalterables si se respetaban las normas y así se sentía seguro con ellas. Sin embargo, por lo que le había ocurrido, ahora también le fallaban y no comprendía el por qué, por más que repasaba mentalmente las líneas imaginarias de aquel esquema que estaba montando, de lo más sencillo por otra parte. ¿Dónde podía estar el error? No era más que una maquina simple, antigua, sin complicaciones. Tan sencilla que personal no cualificado podía arreglarla sin dificultad. Y, sin embargo, había cometido un grave error. ¿Lo cometí? -se preguntaba una y mil veces.- ¿Lo cometí? -se repetía otras tantas.-Ya no podía saberlo. Todos menos él veían claro el error. Al menos eso se aceptó en el juicio. Pero él no estaba de acuerdo. ¿Pero es que eso importaba lo más mínimo? No le iban a dar ocasión de demostrarlo. Sólo le quedaban unas pocas horas antes de ser ajusticiado.
Exasperado de no encontrar respuesta, entraba de nuevo en el ciclo de depresión, autoacusación y vuelta a razonar para de nuevo volver a iniciar el ciclo. Durante horas volvía a vivir el infierno de sentirse responsable. Cuando lograba salir de la situación de sentirse responsable, o caer en un estado deplorable de semiletargo, al cabo de unas horas, empezaba de nuevo a repasar, como en una película cada conexión, cada gesto, cada soldadura, cada cableado y ubicación del mazo de buses y podía verificar mentalmente, una vez más, que todo fue correcto, sintiendo de nuevo la horrorosa impotencia que volvía a sumergirlo en profunda depresión. Su cerebro no era más que un circuito iterativo de sensaciones tan encontradas como absurdas. Era un morderse la cola dando la vuelta sobre sí mismo hasta el infinito, sin encontrar respuesta. Se sentía desgraciado y la muerte le horrorizaba. Era una horrible pesadilla que no lograba entender. Fue resbalando a lo largo de la pared hasta quedar tendido en el suelo, dormido.
IV
Avanzaron a lo largo del pasillo. El ruido de las acompasadas pisadas resonaba en el silencio del edificio. El condenado, en medio de dos funcionarios, marchaba de forma automática. Los acontecimientos seguían teniéndole sorprendido. Realmente su cerebro llevaba varios días de retraso, pues se había empecinado en revisar lo que hizo antes del accidente. Analizaba todavía cómo pudo ocurrir el cortocircuito que quemó la vieja máquina. El juicio, el traslado, la estancia en aquella celda, eran meros incidentes posteriores todavía sin analizar. Él continuaba obsesionado con el inicio del problema.
Así, sin darse cuenta, ausente, penetró en la sala de ejecuciones. Era como un quirófano,
aséptico, bien iluminado, con una gran mesa en el centro bajo una gran lámpara. A la cabecera de la mesa, varias enormes máquinas permanecían apagadas. Subió a la mesa como le indicaban, sin aspavientos, con serenidad y lleno de una rebelde resignación. Como si fuera algo que le ocurría todos los días. Le indicaron que se tendiera y lo hizo. Se quedó mirando el techo, en el que a trechos regulares, pequeñas lámparas embutidas en las planchas de plástico, concentraban la luz sobre la mesa.
Entraron varias personas. Sin mirar al que yacía sobre la dura superficie, se encaminaron a sus puestos y empezaron a poner los aparatos en marcha. Una total ausencia de sentimientos, de expresión, de interés, era claramente ostensible en ellos. Era la rutina diaria, el trabajo cotidiano. Nada tenía ni despertaba en ellos una emoción distinta. Era simplemente uno más, como tantos otros.
El condenado se removió en la mesa, intentando ver que hacían detrás de é, pero desde su posición no era fácil. Dejó de intentarlo y permaneció quieto. Esperando. Su mente, su pensamiento, continuaba indagando el porqué de todo aquello sin encontrar una razón. Por un momento dejó de darle vueltas a lo mismo y enfocó el problema desde un ángulo original, distinto, inédito y la luz se hizo en su cabeza. Estaba claro. ¿Cómo era posible no haberlo visto antes? Todo era un pretexto: la avería, el juicio. Era solo una pantomima. El poder nunca da explicaciones. Es necesario y se hace. Eso sí, se hace de una forma legal, guardando las formas. El poder nunca quiere problemas. Son cosas que no pueden ni deben explicarse. Para el político está muy claro que el pueblo llano nunca está preparado para entender matices, necesidades perentorias, motivaciones o finalidades. Además, todas esas soluciones de urgencia se hacen por el bien de la masa, por el bien de todos y todos deben colaborar sin pedir ni recibir explicaciones. ¿Para qué dárselas, si no las van a entender!
Durante unos instantes más, sopesó la idea, encontrándolo perfectamente plausible y movió la cabeza en un gesto de amargura, de asco. Después se sintió libre y notó que tenía ganas de reír. No hubo error por su parte. Lo hizo bien. La avería estaba preparada. Se sintió satisfecho consigo mismo, con su habilidad profesional y con su criterio electrónico. Después quedó pensativo por unos instantes. ¿Importaba mucho el haberlo hecho bien o mal? El resultado hubiera sido el mismo. ¿Importaba o no? No supo encontrar la respuesta, y empezó a reírse, sintiéndose relajado por primera vez desde que fuera detenido. Y continuó riéndose y riéndose hasta que súbitamente empezó a llorar amargamente.
Las máquinas estuvieron a punto en un momento. Un ujier pulsó un timbre. El Director y varios altos empleados penetraron en la sala, quedándose discretamente en un rincón. El operador de la máquina central hizo un gesto interrogativo con la frente al director. Éste contestó con una silenciosa señal de aquiescencia. Una serie de cables fueron colocados en diferentes puntos del cuerpo tras quitarle a pijama que llevaba puesto. Los contactos fueron favorecidos con unas gotas de un líquido blanco que tomaban de un bote blanco que se prolongaba en un fino alargador. En la cabeza le fue colocado un gran casco que le llegaba hasta el cuello. Un conector hembra, que era el terminal de un grueso cable multicoaxial, fue embornado al macho que sobresalía del casco. El contacto se aseguró con dos presillas dobles.
--¡Respire profundo varias veces seguidas! –le ordenaron.—Hágalo cogiendo y echando mucho aire. Respire y permanezca tranquilo. No sufrirá ningún dolor... no sentirá nada... ¡tranquilo... ! ¡Así...! ¡Muy bien! – siguió indicando el operador de la máquina central.
Mientras le hablaba, observaba las gráficas que aparecían en las pantallas de los monitores. Los osciloscopios de trazo múltiple mostraban un barrido luminiscente que indicaban el estado de las diversas funciones orgánicas. Los contadores de centelleo de los aparatos acumulaban dígitos.
--Continúe respirando fuerte, más fuerte, ¡más...! --volvió a indicar-- siga así, ¡muy bien!
El pecho subía y bajaba en amplias incursiones respiratorias. El operador colocó el dedo índice sobre un botón rojo y quedó mirando el contador. En un momento determinado el dedo pulsó la tecla. No se apreció ningún cambio en el acusado. Continuaba respirando rápidamente, con profundidad. Sin embargo, en los monitores; la pantalla mostraba un aplanamiento progresivo de los trazos, hasta que quedaron cuarenta líneas sin actividad, absolutamente horizontales. Durante un minuto, el operador mantuvo el dedo apretando el rojo pulsador.
--Sentencia cumplida, Señor Director – anuncio el que parecía ser el jefe de ceremonias.
Éste miró el reloj y escribió en el expediente que llevaba en la mano. Después de acercó al monitor y contempló la gráfica cerebral por un momento.
--De acuerdo. Firmen en el expediente su testificación.
Todos los presentes se acercaron y firmaron en el espacio blanco que les indicaba el Director. Tras cerrar el expediente, anunció:
--Es todo de ustedes. Pueden pasar a la fase siguiente.
Una febril actividad apareció entre los presentes. Las dos máquinas hasta entonces inactivas se pusieron en funcionamiento. Múltiples pilotos empezaron a parpadear. Dos grandes bobinas iniciaron un desigual giro, mientras la cinta magnética pasaba de una a otra a través de una de las consolas.
Las cuarenta líneas planas iniciaron una suave e irregular oscilación. Conforme la cinta se acumulaba en un tambor y abandonaba el otro, los trazos luminiscentes se hacían por momentos más y más irregulares hasta alcanzar una gran confusión de picos, ritmos, nodos y amplitudes. Cuando la bobina llegó a su fin, el operador anunció:
--Segunda fase terminada. Trazado cerebral normal. Resto de constantes en valores óptimos.
Le fueron retirados las conexiones y el casco. El ejecutado estaba pálido y parecía dormir en profundo sueño. Le pusieron el pijama y lo pasaron a una camilla con ruedas, en la que fue transportado a una habitación, siendo depositado en una cama. Arropado hasta el cuello, el ejecutado dormía plácidamente.
V
Se despertó bruscamente al amanecer. Tenía dolor de cabeza y estaba cansado, como si le hubieran dado una gran paliza. Se incorporó y durante un rato miró a su alrededor extrañado. Las molestias de la erección que sentía en su bajo vientre, le hicieron saltar de la cama y acudir presuroso al servicio. Evacuó la repleta vejiga y bebió agua del grifo. Volvió a la cama y quedó dormido de inmediato.
Un par de horas después la puerta de la habitación se abrió y penetró un empleado con bata blanca. Se acercó a la cama y lo zarandeó suavemente. Con un gruñido abrió los ojos y le miro fijamente.
--Arriba, es la hora del reconocimiento. En el servicio tiene todo lo necesario.
Un momento de pereza y se sentó en el borde de la cama mientras se alisaba los cabellos con los dedos y bostezaba varias veces. Se desperezó con fuerza agitando y extendiendo los brazos en cruz. Penetró en el servicio y procedió a arreglarse sin prisas. Una vez vestido salió de la habitación y se encontró en un vestíbulo que le era absolutamente desconocido. No comprendía que hacía allí, pero tampoco le preocupaba demasiado. Le hablaron de un reconocimiento y aceptaba la idea de poder estar enfermo. La verdad es que se encontraba muy bien, sólo la cabeza le había dolido al despertarse y ya se le estaba pasando.
Paseó por el amplio hall a la espera de noticias mientras observaba el decorado. Un cuadro le llamó especialmente la atención. Era un óleo de mucha antigüedad, que mostraba a Saturno visto desde su satélite Mimas. El enorme tamaño del planeta, con su anillo visto casi de perfil, las franjas de distinto color y la sensación de profundidad que había logrado el artista hicieron que quedara extasiado mirándolo.
--Por favor, ¿me acompaña a la sala de reconocimiento? -- Le informó un ujier.
--Vamos allá.
Ambos se encaminaron sin prisas pasillo adelante, hasta llegar a un gran salón donde numerosas personas, sentadas en un anfiteatro de escaños de madera, charlaban animadamente. Al entrar todas las cabezas se volvieron para mirarle con curiosidad. El ruido ambiente bajó unos decibeles alcanzando un nivel más discreto.
Se sentó en el lugar que le señalaron, sobre un cómodo sillón situado en el centro del anfiteatro, quedando de cara a los técnicos de la primera fila que le miraban con fijeza. Se encontraba un poco nervioso al sentirse observado por tanta gente.
Con lentitud se fue imponiendo un orden que se completó con la entrada del Director y varios personajes más. Estos, con pisada firme ocuparon sus asientos.
--Buenos días. Creo que podemos empezar. ¿Alguna dificultad?
Miró a su alrededor con ese gesto típico de los jefes que saben que tengan razón o no, van as ser obedecidos de inmediato. Hizo una larga pausa, abrió una carpeta y removió unos papeles.
--Todos sabemos porque estamos aquí. Por lo tanto huelga todo comentario. Cada uno de ustedes ha recibido hoy el protocolo del caso y, por lo tanto, deben estar al corriente de todas las posibilidades inherentes a este nuevo programa. Como saben, si es un éxito, se pondrá en marcha de forma masiva para cumplir las previsiones de fabricación. Pasemos pues a realizar todas las verificaciones hasta comprobar exhaustivamente que todo está en orden. ¡Adelante¡
Un individuo con bata blanca salió del estrado y se dirigió hacia el ejecutado que permanecía sentado en el sillón sin comprender nada. Se acercó a él y poniéndole amistosamente la mano en el hombro, inició las instrucciones previas al interrogatorio. Hablaba despacio, suavemente, con un tono meloso y agradable que imbuía tranquilidad e invitaba a las confidencias.
--Conteste con tranquilidad a todo lo que se le pregunte. No tenga prisa en dar la respuesta pues nos hacemos cargo de su estado. Lo importante es que conteste todo lo que tenga que decir, sin dejarse nada. Cualquier cosa que se le ocurra, o cualquier recuerdo que se le venga a la cabeza, por muy tonta que le parezca, debe decírnoslo. Lo importante es que no se deje nada. Vamos a estar aquí mucho tiempo, todo el que haga falta. Si necesita algo, no tiene más que pedirlo. ¿Entendió usted?
--Sí Señor, perfectamente.—
--¡Identifíquese!
--MC-549.000-CGL—
--¿Edad?—
--Veintisiete años--
--¿Profesión?--
--Técnico en Circuitos Unipolares.
--¿Antes qué ha sido? –pregunta.
Ante el gesto de sorpresa y la carencia de respuesta, vuelve a repetir la pregunta:
--¿Antes qué ha sido?
--¿Antes Señor...? ¿Antes de qué? No entiendo...
--Quiero decir, que antes de ser técnico, ¿a qué se dedicaba usted?
--Siempre he sido técnico en Circuitos Unipolares. Hice la Primaria y después la Secundaria y tras pasar el Test General de Población, fui clasificado para técnico en electrónica y me enviaron a la Escuela de Circuitos Unipolares Multiconduccionales. Al terminar, hace doce años, empecé a trabajar en ellos en diversos destinos.
--Exactamente eso era lo que quería preguntarle. Veamos. ¿Qué recuerda usted de la Primaria?--
--Recuerdo muy bien esa época. Fui llevado a la Primaria de mi sector a los cuatro años. El profesor Jefe, Señor LU-875.342-JVC, fue un padre para mí y para todos los demás compañeros. Recuerdo perfectamente las clases, las sesiones de teatro experimental, las reuniones de expresión corporal, las excursiones...
Continuó hablando con facilidad, recordando vivamente detalles, nombres, fechas. Todo lo decía con seguridad, sin titubeos. Le escuchaban con atención, sin interrumpirle. Las grabadoras lo recogían todo en sus cintas. Los técnicos fueron relajándose y en sus caras apareció una expresión de satisfacción. Era la obra común de mucho tiempo. Cada idea, cada personaje, cada situación que contaba, había sido inventada por ellos. Lo que sólo fue una farragosa historia sobre el papel, se estaba convirtiendo en toda la vida de un individuo. No parecía haber fallos. Todo concordaba.
Aquella primera sesión duró muchas horas. Con pequeños descansos, la reunión se prolongó hasta bien avanzada la noche. Al día siguiente, el interrogatorio se reanudó de nuevo. El encuestado contestaba con seguridad, con rapidez, sin fallos. Durante varios días, fue sometido a pruebas y más pruebas. Cuestionarios, test, sofronizaciones, coacciones, pero no se encontraba ni un fallo. No existía un recuerdo de su vida anterior y el presente era para él absolutamente real.
Los científicos estaban exultantes de contento. Se felicitaban unos a otros y un enorme paquete de informes, cintas y esquemas salió un día hacia el organismo superior. La labor había sido dura, pesada, pero el resultado era superior a los índices más optimistas. Los niveles de seguridad y fiabilidad eran del cien por cien. Los efectos secundarios quedaban reducidos a dolor de cabeza por unas horas.
En uno de los párrafos del informe se leía: "... y el cerebro humano se comporta ante los estímulos del Hipercampo Convectivo Electrosubliminal igual que una cinta magnetofónica... se puede grabar y borrar limpiamente, sin que queden trazos de lo grabado o vivido anteriormente. El ejemplar de la experiencia que estudiamos, acepta su nueva personalidad con absoluta...”
VI
Varias semanas después, las obras de ampliación del Instituto de Investigaciones Especiales se iniciaban a gran ritmo. Cientos de “Buldózer” aplanaban los alrededores del antiguo, desbrozando los escasos árboles que aún quedaban en la zona. Cientos de camiones descargaban material.
Desde su despacho, atisbando a través de las cortinas, el “Director” miraba el tráfago de obreros, el continuo movimiento de camiones y la manifiesta celeridad de las obras, mientras en lo más recóndito de su pensamiento se repetía: "Dios mío, que monstruosidad. Pero… ¿qué puedo hacer yo?”
VII
SA-37.856.392-AVM, pidió en el almacén el circuito impreso 876-ln7-234-Z y tras firmar el correspondiente vale de entrega, se dirigió hacia la máquina que estaba arreglando. La cavidad ventral de la misma estaba abierta y mostraba un grueso haz de cables que descendían desde la parte superior. Apartó los cables y comprobó que el disyuntor estaba en buen estado. Si se producía un cortocircuito, el disyuntor saltaría evitando más problemas. Volvió a comprobar que la máquina estaba desconectada y procedió a montar la bandeja de Funciones Analógicas que venían sobre el circuito impreso. Era una plancha de plástico y cobre, en uno de cuyos bordes estaban colocados cuarenta v ocho contactos macho. En el vientre de la máquina, existía un saliente que contenía los correspondientes bornes hembra. Realizó el multicoito con gran cuidado, asegurándose de que cada macho copulaba con la hembra a la que iba destinado, para lo cual utilizó las guías de conducción de la bandeja. Fijó el extremo libre con los clips dispuestos al efecto y comprobó con el tester que todo era correcto. Durante unos instantes rellenó el formulario con los resultados de las medidas y cerró la tapa de la máquina, asegurando el cierre con la llave especial que sólo tenían los técnicos.
La enchufó y pulsó el botón de puesta en marcha. Un gran fogonazo, un estallido seco y la despachadora automática empezó a echar humo por todas partes. Corrió al enchufe y arrancó éste de un tirón. Un humo azulado, un olor acre y la máquina empezaba a perder la pintura bajo la acción de pequeñas lenguas de fuego que aparecían por las rendijas, le dejaron atónito contemplando el insólito e inesperado espectáculo. Gruesas gotas de sudor inundaron su frente.
La angustia, una angustia mucho tiempo retenida, una sensación de pánico empezó a aflorar por cada poro de su piel, le atenazó. ¿Porqué el corto``circuito? No era posible. No podía ocurrir. Lo había comprobado todo.
Recordó que desde hacía una temporada, ocurrían cientos de accidentes como éste, sin ninguna lógica. Parecían accidentes provocados, como si una conspiración envolviera a los técnicos en electrónica. Recordó a las docenas de conocidos que habían sido ejecutados por accidentes similares y de los que le constaba que no eran unos chapuceros. A todos les había ocurrido mismo. Habían sufrido un accidente imposib1e de ocurrir. Imposib1es, pero que ocurrieron. El suyo tampoco tenía ninguna posibilidad, pero delante tenía los resultados de esa imposibilidad. Miró y remiró la máquina que apestaba a quemado y que dejaba escapar las últimas volutas de humo negro por las juntas dilatadas por el calor, mientras la metálica estructura, despintada y retorcida, mostraba una completa destrucción. Y él era el responsable.
Se sintió impotente y presintió el fin. Apretó los puños y los dientes en un gesto de rabia y odio no disimulado. Escribió en el parte el accidente, describiéndolo minuciosamente y se encaminó a las oficinas para entregarlo.
Momentos después, un deslizador rojo escarlata metalizado, con destellantes verdes en el techo y varias antenas de látigo que oscilaban cimbreantes, salía del edificio. En el asiento posterior, SA-37.856.392-AVM, se repetía una y otra vez: "¡No es posible! ¡No es posible!"