País Relato - Autores

josé ignacio velasco montes

fallo humano

I
Estaba terminando de extender la cubierta dorada que envolvía el cuerpo central. Con los guantes de hilo blanco el tacto, a pesar de la costumbre de usarlos, no era bueno y, una gran arruga marcaba el conjunto de la cubierta en una extensa longitud. Lo intentó varias veces y no conseguía que el papel de oro que envolvía los componentes, desapareciera. Miró en su entorno y pudo comprobar que nadie le observaba. Se quitó el guante derecho y pudo despegar, tensar y extender el material sin dificultad, haciendo desaparecer el pliegue.
Mientras lo estiraba, la uña del dedo auricular –hacía días que por falta de tiempo no se las cortaba – hizo, al tensar la tela dorada, un ligero corte, apenas algo más que un milímetro. En la cubierta color oro que cubría el cuerpo del satélite, quedó una imperceptible raja. Pero él no fue consciente de ello.
Ajustó el borde a todo lo largo y lo aseguró sobre la superficie de resina Epoxi. Colocó cinta adhesiva especial y respiró satisfecho: su trabajo estaba listo y al fin podría descansar. Trasladarlo y lanzarlo era ya labor de otros técnicos.
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II
Surgieron desde la oscuridad de una casi invisible grieta entre la pared y el suelo. Avanzaban por la negrura de la sala en rápidas carreras con continuos cambios de dirección que, en un zig-zag sin sentido les llevó hasta la enorme mole que ocupaba el centro de la vasta sala de la N.A.S.A.
Las seis patas de las cucarachas, casi iguales, les ayudaron a trepar sin dificultad. Parecían no encontrar ninguna dificultad cuando avanzaban en las más inclinadas pendientes negativas. Fueron ascendiendo contra la lógica impuesta por la gravedad y corretearon por la dorada y resbaladiza superficie de la envoltura. Buscaban algo que, con la habilidad instintiva de su género, heredada y ampliada a lo largo de miles de millones de generaciones, no tardarían en encontrar. Durante horas, en un absurdo pero práctico recorrido, analizaron toda la superficie de la envoltura hasta dar con la ínfima grieta. De inmediato, como si existiera un sistema de comunicación entre ellas, afloraron en masa hacia el punto débil del satélite. Desgarraron la grieta en una titánica lucha en las que les ayudaba su consistencia dura y su forma de cuña. Lucharon hasta conseguir un tamaño de boquete que les permitió la entrada. Ya dentro, el olor del sabroso manjar que buscaban les orientó en el laberinto de piezas, circuitos, tubos y componentes.
Encontraron el manojo de cables con sus sabrosos macarrones de policloruro de vinilo. Durante unos instantes quedaron extasiadas ante el flujo de olores que les envolvía. Cada una de ellas eligió el cable más cercano e iniciaron la labor trasegar saliva con enzimas disolventes e ir triturando y deglutiendo la pasta que se formaba. Durante horas sus estómagos fueron recibiendo el manjar que tanto deseaban. Avanzaban a lo largo y en profundidad por el grueso haz de cableado dejando al aire sus núcleos de cobre. En un banquete interminable el conjunto de hilos de colores perdió por completo su aspecto de arco iris.
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III
El satélite quedo colocado en órbita. A 36.000 kilómetros de la Tierra no era sino un eco en las pantallas, circulares y luminiscentes, de diversos puntos de control. Desde Huston lanzaron las primeras señales de telemetría para iniciar el despertar de los sistemas. Los micro servos, alimentados por los cierres de los relais de estado sólido, fueron despertando sucesivamente e iniciaron el despliegue de los extensos paneles cubiertos de células solares. Un chasquido hizo saltar la protección y la corriente engendrada por la luz solar inundó los sistemas en una afluencia circulatoria de electrones que empezaron a acumular energía que repondría la gastada hasta aquel momento. Al alcanzarse determinados voltajes, diferentes sistemas arrancaban y ponían en marcha la realización de determinadas funciones y experimentos.
Las cucarachas, ya muertas hacia horas por el frío del espacio, no fueron conscientes de la tragedia. El fulgor de docenas de cortocircuitos instantáneos iluminó el vientre del ingenio. Centenares de I.C. murieron súbitamente nada más despertar del letargo de la falta de corriente. Docenas de funciones quedaron anuladas. Las baterías, en cortocircuito, se sobrecalentaron al tiempo que se descargaban. Los fusibles ultrarrápidos no lo fueron lo suficiente.
El satélite murió en el mismo instante en el que nacía. Su vida útil había durado escasos microsegundos.
Allá, en su órbita, el cadáver electrónico siguió dando vueltas sin sentido. Mientras, en Huston, ante los pupitres de novísima tecnología, todos los técnicos hacían cábalas.
Desde las impresoras, el papel continuo inicialmente lleno de datos telemétricos, empezó a salir en blanco por unos instantes antes de que una orden por el teclado las ordenara quedar en standbay.