País Relato - Autores

josé ignacio velasco montes

el quirurgo

Se levantó temprano, como casi todos los días. Sólo los sábados y los domingos, cuando no estaba de Guardia en el Servicio de Urgencias, podía levantarse algo más tarde. Se había acostado tarde revisando todo lo concerniente a la segunda operación del día. Las otras dos, las dominaba y no le preocupaban.
Con la velocidad habitual atendió su aseo antes de ir a la cocina. Desayunó fuerte, como siempre. Era una norma que respetaba desde los tiempos de médico interno en los que no sabía a qué hora podría comer, si es que lo hacía. Tantas veces no pudo hacerlo, que se impuso el acto de desayunar fuerte, como una costumbre inveterada para el resto de su vida.
Había poca distancia hasta el hospital. Al comprar el piso, pensó en lo cómodo que sería vivir cerca y pudo hacerlo, pues era un gran ahorro de tiempo cada día. En apenas un cuarto de hora, tenía el coche aparcado en su plaza del parking, pegando la matrícula a su réplica pintada en la pared. Un corto paseo hasta la entrada y el ascensor le llevó a su planta. Saludó a las enfermeras del control, todavía del turno de noche, que le dieron el parte de las novedades de la noche. Nada especial, lo de cada día: familiares quejosos, enfermos con protestas, algunos fallos de material y medicamentos que se estaban acabando y firmar en la hoja de pedido de repuestos. La lista de los nuevos ingresos de pacientes desde el servicio de urgencias, le ocupó un momento.
Se encogió de hombros ante otras cosas que debían resolver los de la categoría inferior, pues personalmente nada debía hacer sobre ello. Cada uno debe hacer y aprender lo que le corresponde por su puesto. Para otras muchas cosas estaba el resto del equipo y debían comentárselo más adelante, en las reuniones del lunes por la mañana.
Sacando la llave, abrió su despacho y echó el pestillo al tiempo que miraba el reloj: tenía todavía más de media hora antes de tener que entrar en el quirófano. Abrió la taquilla y se desnudó para ponerse la ropa de cirugía. Como siempre, la monja, la única que tenía un duplicado de su llave, le había cambiado la bata y le había dejado varios pijamas verdes de su talla y se había encargado de que alguien limpiara los zuecos.
Sor Milagros era realmente una santa, como en broma, sabemos que le irrita, la llamamos. Madura, y en no muy buen estado físico por su problema alérgico pulmonar, trataba a todos los médicos a su cargo, como si de una madre de todos ellos se tratara. Nunca, en docenas de años, había tenido un fallo. Miró el bolsillo de la bata y, como cada día, en el bolsillo derecho, el caramelo que siempre le dejaba, reposaba dormido en el fondo esperando su destino. Lo tomó, le quitó la envoltura, la tiró a la papelera y lo introdujo en la boca. El sabor a café le inundó el paladar con el placer de su sabor.
Por unos momentos, retornó al pasado, cuando apenas era un aprendiz de cirujano, y conoció a Sor Milagros. Era Navarra, fuerte y no muy agraciada. Pero lo que le faltaba de belleza, --no la necesitaba por su profesión de monja-- le sobraba por su capacidad de trabajo, su ruda simpatía, a veces demasiado ácida y ligeramente agresiva, y su experiencia de mando sobre las enfermeras y los celadores. Aquel servicio funcionaba como un reloj bien engrasado, gracias a ella y a sus desvelos. Fue un día, siendo médico residente aún, cuando le sorprendió tomando un caramelo y, sin dudarlo se dirigió a él.
--¿Toma usted siempre caramelos, Doctor V.?
--Sí, Hermana. Me gusta tomar alguno durante las horas de trabajo.
--¿Para qué, Doctor V.?
--Me da fuerzas para continuar. Me gustan.
--Y ¿siempre son de café?
--Sí, son los que más me despejan.
Desde entonces, en la bata, limpia, en la que había cambiado la tarjeta de identificación, prendida con un clip de cierre sobre el borde del bolsillo que tapaba en parte su nombre bordado en hilo azul. Y del mismo modo, en la bata limpia había pasado los varios lápices de colores, los dos bolígrafos, la libreta de notas y el goniómetro, dejando el bolsillo superior sin espacio para un lápiz más. Y como siempre, nunca faltaba el caramelo de café esperando en el bolsillo derecho.
--Es increíble esta mujer --se dijo saboreando la pequeña pastilla marrón que se desleía en la boca lentamente-- más de treinta años sin un fallo en el caramelo.
--¡Y en todo lo demás! --añadió hablando con voz más alta.-- ¿De donde los sacará? Sí sé que no tienen nunca un céntimo por su voto de pobreza.
Y su mente volvió atrás en el tiempo, con los recuerdos de años pasados. Rememoró el día que vino a felicitarle por su ascenso. Y el diálogo se le hace presente, palabra por palabra, cuando ocurrió en aquel mismo despacho:
“--Enhorabuena Doctor V. Sé que lo hará bien, no como otros.
--Está faltando a la caridad con ese comentario Sor. Es impropio de usted.
--Me arrepiento, pero ha sido una debilidad mía. Que el Señor me perdone.
--Gracias Sor, no soy quien para criticar nada. Rece por mí para que lo haga bien. Todos somos humanos y cometemos errores.
--¡Algunos más! --remacha en una inveterada costumbre que conozco y que nunca ha perdido.
--Gracias Sor. Una pregunta personal quisiera hacerle, ¿puedo? Es sólo una curiosidad.
--Pregunte…
--Si tuviera que pedir algo al señor, ¿lo haría?
--No. Él sabe de mis necesidades y me da más de lo que necesito.
--Venga, Sor. Algún caprichito ya tendrá. Seguro que escondido, tanto que ni siquiera se atreve a pensar en ello, algo le gustaría pedirle.
Por su expresión supe que había acertado. Fueron unas décimas de segundo en las que la ilusión afloró a su rostro. Algo había que no podía superar y que, humana al fin y al cabo, le gustaría tener. Tenía que averiguarlo. Y lo conseguiría como fuera. E insistí.
--Es sólo una idea. ¡Dígame lo que le gustaría tener!
--Nada. Dios me lo ha dado todo.
--Pero Él está muy ocupado como para saberlo todo sobre usted.
--Es usted un descreído. Y nunca le veo en misa desde hace mucho tiempo.
Me río y miento.
--Voy a otra iglesia.
--Cuando llegó hace unos años, cuando venía de uniforme militar como otros médicos, le veía en misa cuando estaba de guardia. Después no ha vuelto más. ¿Por qué? ¿Ya no cree en Dios?
--Sí, Sor. Claro que creo, pero de otra forma.
--No. Está equivocado. Sólo se le ama, sólo se le puede amar de una forma: cumpliendo sus preceptos. ¡Y usted los tiene que cumplir! --Exige.
--Pero Sor, ¿esos preceptos los puso Dios o se los ha inventado la Iglesia?
Por su expresión de sorpresa supe que había metido la pata. Separar a Dios de la Iglesia era demasiado para la mentalidad y formación de una monja.
--Eso es una blasfemia. Impropia de usted. --Asevera alarmada.
--No, Sor, no es una blasfemia. No lo es lo que no tiene la intención de insultar. Es solamente una opinión personal con todo respeto al Señor. Estudié Teología y tengo claro que sólo es blasfemia lo que intencionadamente tiene intención de ofender. Y yo no la tengo.
--No me convence. Dejémoslo.
--Dígame. ¿Qué le pediría a Dios si el Papa le liberara de su voto de pobreza por un instante y pudiera pedir una sola cosa?
--Una máquina de escribir… –responde más en un reflejo que como un deseo.
La respuesta escapada y en su rostro amplio y blanco como el de una japonesa actuando en un teatro Marsubayasi, se cubre de intenso rubor. En su mentalidad sabe que ha cometido un grave error, que ha pecado. Y sus ojos bajan en dirección al suelo donde quedan fijos en una muestra de humildad y petición de perdón. Sé que está pensando en que debe confesarse, urgente, con el padre “Angelino”, como le llamamos cuando viene a cenar con nosotros en las Guardias. El padre Manuel hace como si no le gustara su mote cariñoso, pero sabemos que le encanta que le asociemos con un ángel. Es el más joven de todos los capellanes y el más sencillo y simpático, pero ligeramente vanidoso. Está estudiando medicina en la Universidad Autónoma, pero todos sabemos que no pasará del segundo curso en el que está, pues no tiene capacidad para ello.
--Pues tenga Fe y pida una máquina de escribir. Seguro que se la concederá.
--No quiero pedir nada. Ha sido el demonio el que ha hablado por mí boca.
Y mi risa habla por sí sola.
--Es usted una santa.
--Santa la que te aguanta --responde en una respuesta que tiene estandarizada cuando, casi todos, le decimos lo de ser santa.
Y en uno de sus arrebatos típicos cuando se siente comprometida, abandona el despacho con toda rapidez.
--Con Dios Sor. –Digo con intención.”
Aquella tarde el doctor V. cogió el autobús y se fue al centro de Madrid a la corta calle donde la mayoría de las tiendas se dedican a aparatos de oficina. Recorrió varias tiendas antes de decidirse por la máquina que encajaba con el perfil de la monja. Era oscura, seria, portátil, y con un suave tacto en las teclas. Le añadió unas cuantas cintas de repuesto y la hizo envolver como regalo.
Por la mañana del día siguiente, salió más temprano de lo habitual, se acercó a la clausura de las monjas, un anexo al hospital y solicitó hablar con la superiora. Como siempre, Sor Claudia, tras hacerle esperar, le recibió con amabilidad, aunque sorprendida.
“--Madre, quiero pedirle un favor.
--Hable hijo, le escucho.
--Deseo hacerle un regalo a Sor Milagros.
--¿Un regalo? ¿Por qué?
--Le estoy muy agradecido y he pensado que una máquina de escribir le vendría bien en su trabajo. He viso que hace cosas de la planta a mano, muchas, que luego tiene que pasarle Margarita, la secretaria a máquina. Si tuviera una lo haría directamente y todo sería más ágil.
--No la aceptará. Ya sabe usted como es de terca esa Navarra.
--Lo sé y perdóneme la metáfora. Es como una mula, capaz de hacer surcos en el hormigón. Pero es una gran mujer, sacrificada y tenaz.
La superiora no puede por menos dejar escapar el inicio de un conato de sonrisa que de inmediato desaparece,
--¿Y si no la acepta?
--Muy sencillo, usted es su jefa…
--Yo solamente soy una monja más de la comunidad. –Interrumpe.
Haciendo caso omiso de lo que dice, llevo demasiado tiempo tratando con monjas para no conocerlas, insisto.
--Dele la orden. Además de los votos de pobreza y castidad, tiene el de obediencia. ¡Oblíguela! ¡Usted puede!
--¿Es esa la máquina? – Inquiere señalando el paquete que me acompaña.
--Si, Madre, esa es.
--Déjela. Ya veré que puedo hacer.
--Gracias, muchas gracias, Madre. Confío en usted.
Y me marché a trabajar.
Al día siguiente, al ponerme la bata limpia, y durante unas semanas más, en el bolillo derecho, la presencia de dos caramelos me hizo ver claramente que había aceptado, protestando tercamente sin duda, mi obsequio. Y pocos días después sus informes internos sobre enfermeras y alumnas de la Escuela de Enfermería, venían en la letra especial que había escogido para ella.
Fui discreto y nunca dije nada. Ni ella hizo referencia a aquello. Sabía, adivinaba que si sacaba el tema le encantaría hablar de ello. Pero nunca lo hice, pues era la penitencia que le imponía por haber sido humana, débil, y haber aceptado “nuestra máquina”, como yo la llamaba en mi interior.
Miró el reloj y fue consciente que, embebido en los pensamientos y recuerdos, el tiempo, ese verdugo de la vida humana que no perdona jamás, había transcurrido con inusitada rapidez. Pero como sabía, nunca es demasiado tarde para hacer lo que haya que hacer. Pudo observar que aún tenía la posibilidad de bajar a cafetería y beber algo de líquido. El calor del quirófano siempre da sed y es otra costumbre, la de hidratarse antes de entrar en él, que ha establecido como norma, al igual que una micción antes de entrar a empezar una intervención en la que nunca se sabe cuándo puede acabar. Tomó con rapidez una Coca-cola, batida con una cuchara, para quitarle el gas.
--Buenos días, jefe --escuchó a su espalda y por la voz supo de inmediato que era uno de sus ayudantes.
--¿Has tomado café? Toma lo que quieras.
--Gracias, pero ya lo tomé. Iba hacia quirófano cuando te vi.
--Pues vamos, la primera es una batallita normal --le dijo al médico joven que iba a hacer de primer ayudante.-- ¿Has estudiado anoche lo que vamos a hacer en la segunda?
--Claro jefe. Siempre lo hago.
--¿En que libro?
--Por el Piulachs.
--Ya te he dicho lo que pienso de ese texto. Está ya un poco pasado.
--Sí, lo sé. Pero mi sueldo de residente no me da para comprar demasiados libros nuevos cada año. No puedo gastar ese dinero para aprender los pequeños detalles nuevos que vienen en la edición de otro autor.
--¿Y cómo es que lo sabes? ¿Donde lo estudias?
--En la biblioteca o me lo presta algún residente que lo tiene.
--Si necesitas algo especial, me lo pides, pues tengo casi todo de nuestra especialidad. ¿Ya sabes cuáles son las condiciones?
El residente lo sabe y conoce anécdotas sobre lo que le pregunta.
--Todos lo sabemos. “Hoy me llevo el libro, mañana a las ocho y media, en tu despacho. Un fallo, y nunca habrá otro libro”. --Canturrea con un ritmo monocorde y lento.
--Veo que lo conoces.
--Todos lo saben. Y sabemos lo que pasó la única vez que alguien se ha atrevido a fallar.
--Sí, es cierto. Hubo un fallo. Pero casi estuvo justificado.
--¿Casi, jefe?
--Nada justifica no cumplir algo que se ha acordado.
--Se rompió una pierna y lo llevaron a otro Hospital.
--¿Y si hubiera necesitado el libro para una operación? --Le dice con cara seria.
El residente sonríe y alza las cejas en un gesto maquinal en el que queda claro lo que piensa sobre la impostada dureza de su jefe.
--Dilo, no lo dejes dentro. Lo que haya que decir, se dice.
--Tu experiencia te permite operar sin tener que leerte un libro que ya has leído cien veces.
--Te equivocas. Nadie lo sabe todo: lo poco que se sabe, lo sabemos entre todos. Anoche me quedé hasta tarde revisando lo que vamos a hacer hoy en la segunda intervención. ¿Qué vaso gordo hay por donde vamos a entrar?
--La arteria no nos dará problemas, pues ella queda muy clara en que lugar está.
--¿Y que problema hay en la primera que vamos a hacer?
--Es el nervio el que puede darnos problemas --y se ríe ante una pregunta que considera casi infantil.
--Ya veo que lo sabes. Pues cuida el nervio como si fuera tuyo, es tu responsabilidad. Yo estaré en otras cosas.
--Sí, jefe. Lo envolveré en una compresa bien húmeda, le pondré una cinta, larga y coloreada, para que se vea bien. Vigilaré que no se le dé ningún tirón, Si lo hacemos, se le quedará su territorio de inervación más dormido que la piel de una momia.
--Pues vamos, que es la hora, y Enriquito estará ya preparando sus venenos para dejarlo dormido.
Enriquito, como todos lo llamamos, es una institución. Es un magnífico anestesista. Pero su lengua no para de cascar. Cada vez que habla, cosa en la que no cesa, las risas y las discusiones que crea son una salsa que alegra la vida. Es como un grifo abierto, una enorme y genuina cascada de chistes, anécdotas y versos llenos de pasajes picantes y escabrosos.
La entrada en quirófano muestra que todo se ajusta al horario exacto de cada día. Enriquito, el anestesista, ya está en su labor de contar chistes durante la intervención, mientras prepara la docena de jeringas que va a usar. Colocadas en línea sobre un paño verde, dentro de la bruñida bandeja de acero inoxidable, parecen una batería de misiles dispuestas para volar hacia la canalización que ya está cateterizada en la vena del nervioso paciente que, desde que han entrado los cirujanos, les mira con ojos ligeramente asustados y ansiosos.
--Buenos días a todos --dice al cirujano adelantándose a que le saluden.
Al lado del anestesista, el segundo ayudante, con su historia clínica en las manos, verifica todo lo concerniente al paciente antes de que se haga cargo de él el anestesista.
--Buenos días, jefe. Sin problemas. Todo dispuesto.
--Hola. Gracias por madrugar y tenerlo preparado --agradece el cirujano al otro médico que va a hacer de asistente a su lado.
--¿Qué tal Juan, mucho miedo, verdad? --Le pregunta y se da la respuesta el cirujano jefe, mientras su mano se apoya con tranquilidad y firmeza sobre el hombro del que va a ser intervenido.
Sabe la importancia que tiene para el que va a ser operado, que el cirujano hable con él y sienta el contacto físico que aporta en un momento en el que la ansiedad es manifiesta. Recuerda la primera vez que escucho la palabra catarsis, mal usada en su momento, pero que no es más que el hecho que, la presencia y el trato personal con el médico hace que el paciente elimine sus miedos y confíe en él. Y recuerda que un paciente con miedo consume muchas más anestesia que el que va sin él.
--Sí, Doctor. Un poco si que hay. Pero estoy tranquilo pues confío en usted. Sé que lo hará muy bien pues siempre me ha tratado con mucho cariño.
--Confía mejor en Dios, que él guiará mi mano.
--Como usted diga. --Y en un rasgo de humor, añade-- No creo que sea momento de discutir con usted.
--Nunca discutiríamos. Pero veo que estás tranquilo, y eso es muy bueno. Pues así yo tampoco me pondré nervioso.
--¿Le duermo ya? --pregunta Enriquito, con la primera de las jeringas en la mano.
--Sí, cuando quieras. Juan, te va a dormir. Me quedaré contigo hasta que lo hagas.
Y el paciente, se agarra al brazo del cirujano y lo aprieta al tiempo que inquiere:
--¿No le importa que lo haga, verdad Doctor?
El cirujano sonríe al tiempo que le indica con voz lenta y relajada, casi en una invitación al sueño.
--Yo también he sido operado. Dos veces, y se que agarrarse es muy agradable y tranquilizador.
--Venga Juan, que te vas a dormir --Indica Enriquito, que está metiendo, lentamente, el líquido amarillento de otra de las jeringas en el gotero.
Durante un rato el cirujano y el paciente, manteniendo el contacto físico, charlan y el anestesista hace su trabajo, cambiando de jeringas de vez en cuando.
--A ver, Juan, --indica el anestesista-- empieza a contar, desde diez hasta el uno o el cero ¡Empieza! ¿A ver si eres capaz de llegar al cero?
Juan inicia una cuenta atrás que todos saben que no va a llegar a la mitad de lo que le han pedido.
--Diez, nueve, …ocho…, …siete…, sei…is…, cin…
Y Juan deja de contar. El anestesista, con presteza, lo intuba y lo conecta al respirador, cuyo sonido de válvulas y fuelle empieza a escucharse con claridad. Y el olor, muy tenue, del éter se difunde de inmediato por el quirófano.
--Venga, ¡pandilla de vagos!, --indica Enriquito, iniciando otra jornada más de no dejar tranquilo a nadie en el quirófano, en su labor de relajar a todos, distraer, y satisfacer su lengua inquieta y provocadora.-- Ya teníais que estar lavados. ¡Valientes cirujanos, parecéis aficionados!
Las notas de la música, que ha puesto en marcha Mary, la enfermera que hace de intermedia, desgranan las notas de la Sinfonía Nº 9: ”Del Nuevo Mundo”, de Antonín Dvorák. Mary, es la encargada de mantener sonando la música, labor que realiza aparte de su trabajo. Es muy eficiente, pues cada mañana nos sorprende con algo nuevo que nos gusta a todos.
Se dirigen a la zona de lavados. En ella ya están las dos quirofanistas, Celia y Luisa, que van a manejar el instrumental y el resto de la parafernalia. Con los pañuelos de colores que les tapan por completo el pelo, y las mascarillas, solo son dos pares de hermosos ojos que, al mirarlos, no se sabe qué estarán pensando. Hace tiempo que conoce la peculiar y especial visión de las quirofanistas, sobre lo que ocurre en el “santa santorum” de la cirugía. Ambas, como es lo correcto, ya están terminando el lavado y el cepillado de manos y antebrazos.
--Buenos días señoritas.
--Buenos días Doctor V. --Contestan al unísono.
--¿Qué tal vais?
--En un momento estará todo el instrumental colocado y podremos empezar.
--Iremos en cuanto terminemos de lavarnos --responde el cirujano en una respuesta tan banal como innecesaria.
--¿Guantes del 7 ½, como siempre?
--Sí, gracias. No creo que me hayan crecido las manos en estos dos días. --Responde en un chiste que, archirrepetido, se mantiene en el tiempo como un añadido de tantas otras cosas en el protocolo que debe cumplirse.
--¿Algo especial para la intervención?
--Tened mi caja de manías, pero no la abras, no creo que haga falta.
--Nos tiene que explicar todas esas cosas que tiene en ella. Es la más extraña de las que hemos visto.
--Un día salimos a comer los tres y os lo explico.
--Venga, Doctor V. No se haga el coquetón y el ligón. Si luego, después de las cenas del servicio, de la casa o las invitaciones de los laboratorios, o las cenas de Navidad, lo sabemos pues se ha comentado, es el único que siempre se pierde entre el Restaurante y la Discoteca. Y ahora se insinúa con nosotras dos. ¿Hágalo de una en una? Quizás le irá mejor.
--Me pierdo pues no conozco bien Madrid. Soy de pueblo.
--Ya, y nos lo creemos. Luego, dentro, ya verá usted lo que vamos a hacer.
--¡Huy! ¡Qué miedo! --Indica el cirujano sacando de la caja que hay en una repisa un gorro, unas calzas que se coloca y de una tercera, la mascarilla.
Los tres se colocan los gorros y las nuevas mascarillas de cartón, ajustando la plaquita de metal blando que se adapta sobre el puente de la nariz. Y los recién llegados, inician la ceremonia, meticulosa y reglada, de mojar, enjabonar y cepillar antebrazos, manos y uñas con el rojizo producto que se emplea y que está de moda en ese momento. Los tres, con soltura, manejan con los codos y los pies las palancas que dan paso al agua y a la mezcla de antiséptico y detergente oscuro que apenas hace espuma sobre los peludos brazos.
Cuando entran en el quirófano, las dos quirofanistas tienen la enorme mesa vestida con los paños y las cajas de instrumental, que les está llevando desde el autoclave, la activa Mary. Ya hay varias abiertas y largas baterías de instrumental colocado. Ambas lo dejan todo y se adelantan con las batas estériles. Y después les ayudan a colocarse los guantes que quedan en las manos cubriendo hasta casi medio antebrazo.
--¿Qué tal el paciente?
--Como un leño --responde Enriquito-- ¿Cuánto calculas?
--Unos cuarenta minutos --responde el cirujano.
--Le daré veneno para un poco más. Los cirujanos sois siempre unos optimistas. --Y se ríe antes de arrancar en otro de los chistes nuevos que cuenta cada día:
--Sabéis el de cirujano que se dejó las gafas dentro del paciente, y no podía coser pues no veía…
--Lo sabemos, ya lo contaste ayer --dicen las dos quirofanistas a la vez.-- Y no tiene ninguna gracia.
--Sí, pero los que operan hoy no estaban ayer aquí. Aguantaros, que sois unas puras protestas con faldas y, además, de tomo y lomo y sin remedio.
--… pues estaba operando y se le cayeron las gafas sin que se diera cuenta dentro de la tripa…
Y el largo chiste se desgrana entre risas, mientras los prolegómenos se desarrollan con la exactitud de ser un acto que se desenvuelve igual cada día.
--Doctor Enriquito --dice Celia con desparpajo-- quiere creer que el Doctor V. se nos ha insinuado en el ante-quirófano. ¿Qué piensa?
--Que despierto al paciente, debe estar bebido. Pero si liga menos que el engrudo. No se le conoce un solo devaneo.
--No es cierto, le he visto dos días seguidos en la cafetería con una alumna de Salus Infirmorum. –Indica Luisa.
--No sería un ligue, seguro. ¿Sabes si fuma esa chica? --indica Enriquito que ha encontrado una veta para soltar su verborrea.
--Creo que sí --Indica Celia que ni siquiera sabe quién es la inventada enfermera de su compañera.
--Le estaba pidiendo un pitillo, seguro. --Afirma Enriquito-- Se los deja en la bata para no fumar tanto, le entran las ganas de hacerlo y se lo pide al primero que ve.
El cirujano, con las manos altas, observa como el instrumental va quedando colocado en orden, ocupando cada tipo y serie de instrumentos en una agrupación en el que será buscado, sin mirar, por la instrumentista. Y mientras observa que todo está en su sitio, soporta las puyas que por diversos caminos le van llegando. Y lo hace con una sonrisa que no deja ver la mascarilla que le cubre la cara. Le encanta que se metan con él mientras no haya intencionalidad. Es una paradoja de su vida. Si hay intención de hacerle daño, su Adrenalina, en un espasmo de las Suprarrenales, inunda el torrente sanguíneo y se encrespa. Pero también sabe que si se corta el tema, se le pasa enseguida. E incumpliendo la frase de Oscar Wilde, que reza, “Arrepentirse de un acto es modificar el pasado”, se arrepiente de no haber logrado dominarse una vez más.
El cirujano, clavando la vista en el celador, pregunta:
--Carlos ¿El torniquete?
--Colocado. ¿Lo aprieto?
--Cuando quiera. Vigila que no entre la aguja en la zona roja.
--Siempre lo hago así. --Responde el celador dándole a la bomba que meterá aire en el manguito que hace de torniquete.
--Pintura de guerra --solicita el cirujano.
El paciente ya tiene el brazo al descubierto y es elevado por Carlos que, colocada la compresión a nivel de la axila, lo sujeta por la punta de los dedos y lo levanta para facilitar que lo pinten y lo cubran con paños estériles.
Una pinza Pean, con una gruesa torunda en su extremo, plena de antiséptico rojo, le es entregada con las asas para los dedos en su dirección. Y el cirujano pinta desde por debajo del manquito de compresión, hasta los dedos del celador inclusive, en una broma habitual, lo que da oportunidad a éste de hacer algún comentario.
--Otra vez, Dr. V. --Ahora tendré que lavarme.
--Ya iba siendo hora de que lo hagas, nos tenías preocupado, pero nos atrevíamos a decirte nada. Pero pensábamos que ese olor es por exigencia de la película en la que estés ahora.
Y todos ríen de la misma broma que se repite con cierta frecuencia.
--Sí, está trabajando en: “Los miserables”, y tiene que ambientarse para andar por el subsuelo, verdad forzudo. --Indica Celia que no le hace rechazo al celador.
--No, creo que tiene el papel de Cuasimodo --Indica Enriquito.
Carlos, el celador, tiene más correa que una fabrica de cinturones, y no pestañea, pero devuelve el cumplido a Celia. Haciéndose el despistado, pregunta.
--Quien es esta enfermera con esos ojos tan divinos. ¿Es nueva?
--Pero si es Celia, --indica Luisa.
--Entonces es que cada día son más bonitos.
--Muchas gracias por no saber que era yo. --Dice la interesada.
Los paños van quedando colocados de forma que cubren todo menos el área en la que se va a operar. La zona de la mano, queda cubierta por una pieza de tela verde que tapa los dedos del paciente que no han sido del todo cubiertos con el antiséptico. Sólo la zona en la que se va a intervenir queda al aire. El campo operatorio queda listo para empezar.
--¿Se puede? --Solicita el cirujano al anestesista.
--¡Se va pudiendo! --Responde con sorna Enriquito causando la risa de todos por su analogía con un chiste demasiado conocido.
--Lápiz dermográfico. --Solicita extendiendo la mano.
La instrumentista se lo da y pinta una serie de líneas para el abordaje de entrada.
--¡Bisturí! --requiere extendiendo de nuevo la mano con la palma hacia arriba.
Y la instrumentista se lo coloca dando un suave golpe con el mango.
Un segundo de titubeo y orientación, y la afilada cuchilla, recorre la piel, sobre la línea negra que ha pintado, abriéndola hasta la profundidad precisa y mostrando pequeños puntos que apenas sangran. Unos cortes de remate y el bisturí regresa a la instrumentista. La enfermera tira la hoja y le coloca otra nueva.
--Bisturí eléctrico-- y los chasquidos y el olor a carne quemada se difunde con claridad.
--Pinzas y tijera curva.
La pinza separa y la tijera se abre paso por la aponeurosis. La pinza se apoya en el músculo y la tijera se introduce entre las fibras y al abrirse separa las hebras musculares sin romperlas. El hueso, de color marfil, se muestra con claridad un momento después en el fondo de la apertura que se ha iniciado. La tijera avanza, se introduce, separa y va dejando más y más hueso al descubierto.
--¡Separadores!
El segundo ayudante los toma y abre la herida quirúrgica al máximo.
--¿Lo veis? --Pregunta el cirujano a sus dos ayudantes.
Ambos se asoman con cuidado e interés. Sólo hay un hueso largo y ebúrneo que muestra una pequeña señal en su parte media. Es un cambio de color, más oscuro, que cubre un pequeño defecto de la superficie del tamaño de una lenteja.
--Ya lo veo. Es una clara caries en ese punto central --indica el primer ayudante que tiene más experiencia en tumores.
--Ah, sí, ahora lo veo. --Indica el segundo, en su primer año de residencia. ¡Pero es muy pequeño!
--Sí, pero como si fuera un enorme dragón, pues te mata. --Le responde el primer ayudante.
--¡Periostotomo! --Solicita el cirujano.
Con un nuevo bisturí, hace un corte en la dura lámina del periostio, la funda del hueso.
El borde afilado del instrumento, el “raspatorium” en la nómina latina, separa la fuerte lámina que cubre el hueso y lo va dejando al aire. Y la parte más externa del tumor se muestra clara, ominosa y al alcance. Pero es como una mina explosiva colocada en el suelo. Hay que tratarla con mimo, para que no explote y mande células tumorales a la circulación.
--Compresas húmedas y regla metálica.
El cirujano marca con la regla y con el lápiz traza un cuadrado perfecto. Protege con compresas humedecidas en suero salino toda la zona que rodea la marca pintada alrededor del tumor, dejando un área de seguridad alrededor del hueso enfermo. Hay sólo un espacio de unos dosres centímetros cuadrados a su alrededor.
--Prepara la sierra oscilante, con cuchilla muy estrecha.
--Ya estaba preparada. ¡Tome!
El cirujano apoya la cuchilla y toca el botón que libera el aire comprimido. El zumbido se deja escuchar claramente y la vibración lateral de la pequeña sierra inicia su oscilación. El ayudante riega la superficie que se va a cortar con una mano y aspira con la otra, evitando que el polvo de hueso se difunda y, al mismo tiempo llevándose el líquido que lo impide arrastrando el polvillo que se produce.
Los cortes abren una caja ósea, un cubo profundo que se extrae con sumo cuidado para que no se pueda romper y liberar el mal que contiene. Dentro de él va el tumor que se coloca en una bandeja. A continuación, la instrumentista, lo coloca dentro de un bote de cristal, que entrega a la enfermera intermedia, a la que le dice:
--Ponle formol y la etiqueta con el número de historia. ¿Para anatomía patológica, Doctor V?
Y lo pregunta por pura fórmula, pues sabe de sobra la respuesta.
--Sí, como siempre. Espero que no se haya difuminado y haya células ya sueltas. No parece que haya roto su entorno todavía. Pero… ¿quién sabe?
--Bisturí eléctrico, injerto óseo de Kiel y vaya preparando cera quirúrgica --solicita el primer ayudante alzando la voz ligeramente.
Las piezas de injerto óseo, que con el tiempo se incorporaran y sustituirán a lo extraído, se colocan con cuidado llenando la cavidad. La cera llena los bordes libres de las piezas cúbicas del injerto. El periostio, la funda que hace crecer el hueso en superficie, es llevado a su sitio, cubriendo todo y se fija con unos escasos puntos de seda de seis ceros.
El cirujano coloca las capas musculares de forma que cubren el área intervenida y la aponeurosis acaba, con una sutura continua, tapando todo.
--Prepare suturas para subcutáneo y piel. --Indica con voz demasiado alta el primer ayudante,
--¿Vas a empezar a echarme? --pregunta de broma el cirujano.
--¿Se me nota que quiero que te vayas?
--No lo disimulas.
--¡Qué poco diplomático soy! --Indica con sorna el ayudante.
--¿Sabrás seguir?
--Si se me ha olvidado coser, hago que te llamen.
--No estaré muy lejos.
--Enriquito, ¿qué tal está? --Pregunta el cirujano antes de salir de su sitio.
--¡Cómo una rosa, como un clavel, en cuanto se despierte, dentro de un rato, te lo diré! --canta el anestesista que hace rato que está callado, añadiendo líquidos con las jeringas al gotero, pues ya ha calculado lo que queda de intervención.
El cirujano abandona el sitio que ha ocupado. El primer ayudante da la vuelta a la mesa y se convierte en cirujano. El segundo pasa a primer ayudante. Y ambos, plenos de interés, inician el sueño de todo futuro cirujano: operar y que le ayuden, aunque sólo sea cerrando, mientras se esperan tiempos mejores.
El cirujano que ha dejado que terminen sus ayudantes, se aleja quitándose los guantes que arroja al cubo, y sale del quirófano al tiempo que dice:
--Gracias a todos.
--No fumes mucho, deja algún pitillo para mí --grita Enriquito.
--¡Gorrón, que eres un gorrón! --Le grita el cirujano correspondiendo a un broma secular, pues el anestesista no fuma.
Se quita la bata de quirófano, la mascarilla, el gorro y las calzas que arroja al cubo que hay en un rincón del ante quirófano. Entra en el anexo y pasa por la ducha, para al salir ponerse todo limpio. En el quirófano siempre hace calor y se suda.
Ya vestido, se dirige, sacando un pitillo, a la sala de médicos, donde lo enciende. Delante de él, sobre la mesa, café, zumos y galletas le esperan.
Enciende el cigarrillo y se sirve una taza de café. Cogiendo el libro de quirófano, rellena el parte de la operación realizada. No es sino una más de las muchas que ha realizado y de las que le quedan, por hacer.
Al terminar de beber y fumar, se asoma y comprueba que están terminando y se dirige al exterior para hablar con la familia. Es un rito que sabe que debe hacer, y que la familia agradece. Y los puede ver, de inmediato, cerca de la puerta de acceso prohibido a la zona quirúrgica, nada más abrir ésta. Y los ve venir, abalanzándose como tigres en una reacción tan humana como común.
--¿Qué tal todo, --escucha decir cuando aún no han llegado cerca de él.
--Muy bien. En un momento lo empiezan a despertar. --Y nota que las manos de la esposa le aprietan con fuerza el antebrazo.
--¿Cómo estaba el tumor?
--Muy localizado. No creo que haya hecho metástasis. Eso es muy importante, pues lo habremos quitado para siempre y no habrá que hacer nada más.
--¿Nos dice la verdad, Doctor? No nos dé falsas esperanzas.
--Nunca miento. Debemos esperar a que nos llegue la Anatomía Patológica, que nos confirme el tipo de tumor y su grado de diferenciación. Entonces podremos hacer una prognosis más real.
Los hijos, mayores, permanecen en silencio con los ojos clavados en el rostro del cirujano, tratando de captar los matices de lo que dice.
--Pero, --insiste nerviosa-- ¿Qué piensa usted en realidad? ¿Se salvará?
--Mi impresión es muy buena. Creo que lo hemos eliminado por completo.
Hay un suspiro atenuado por los nervios en la señora, que sigue apretando el antebrazo con fuerza.
--Saldrá en un rato. Y le llevarán por unas horas a reanimación, pero sólo para que se despierte bien, no por otra razón. Cuando salga. Podrán hablar con él.
--Gracias Doctor, muchas gracias. Ha sido usted muy amable.
Y vuelve a la sala de médicos para descansar por un tiempo. Ya en ella, y retrepándose en la cómoda butaca, queda mirando el techo, pone los pies sobre una silla, saborea el humo de un nuevo pitillo y se sumerge en sus pensamientos.
Tiene un escaso tiempo antes de enfrentarse con la segunda intervención: es larga, seria, difícil y hasta potencialmente peligrosa. Y una vez más, como se ha dicho a sí mismo muchas veces, esa peligrosidad no deja de ser un tópico: ¿Peligrosa para quién? ¿Para el paciente? ¿Para él?
Pero l intervención no es más peligros para ambos que otras muchas que ha realizado. Desde luego no lo es más que otras que fueron superadas satisfactoriamente.
Sin embargo, él ha sido paciente, y recuerda su miedo, profundo, pero real, a no sobrevivir. Es un pensamiento que todo el mundo tiene ante esa situación. Rememora sus imágenes de niño, cuando fue operado de un serio ataque de apendicitis. Ya no era el “Cólico miserere”, como durante más de un siglo atrás se le llamara. Ya se intervenía bien y excepcionalmente alguien moría. Recuerda la víspera de su primera operación importante: una piedra en el riñón que se había negado a salir. Lo pensó muchas veces. Y si tras entrar en la oscuridad que vivió al dormirse en la apendicitis, no volviera a despertarse en la nueva intervención. Apartó en aquel momento aquellos pensamientos, y los sustituyó por otros más positivos. Recordó lo que hizo antes de ser intervenido del riñón. Hizo una propuesta que le pareció no sólo interesante, sino muy satisfactoria.
--Que te parece si compramos un kilo de angulas y me pongo morado de ellas. Si me voy, me iré satisfecho de algo que me gusta y que siempre te tomas casi con cuentagotas.
Siempre me han gustado. Y aquella noche, veinticuatro horas antes de ingresar y cuarenta y ocho antes de ser operado, el placer de degustar sin limitación tan exquisito manjar, fue un intento de engañar, de sobornar a un subconsciente que, como un martillo pilón, repetía incesante: “te tienes que operar”, “te tienes que operar”…
Ahora se sonríe ante el miedo, --miedo se repite una vez más aceptando una realidad que ante los demás negamos-- que en aquellos momentos sentía, aunque el aspecto y la sensación que daba lo desmentía ante los demás.
Mientras observa como la voluta de humo asciende y se desvanece antes de llegar al techo, su mente una vez más se detiene en algo que aprendió hace tiempo. Aprendió, que no lo superó del todo. Es algo que en ocasiones le preocupa, en demasía, en la conducta de los demás, pero que también se muestra, a veces, en la propia, donde sus huellas de paso, son claras en momentos especiales.
Y por unos instantes siente el especial vacío del estómago causado por él temor a hacer algo mal. Es un nerviosismo que desaparece cuando hace el corte con el bisturí, pero que, hasta ese momento, se mantiene como la garra de un león apretando las entrañas Ingiere una galleta en un intento de aplacar la sensación. Pero al miedo no se le engaña comiendo, se dice bebiendo un sorbo del café, especialmente preparado por Sole, la doncella que nos cuida a los médicos, que al igual que la monja, como si fuéramos unos niños. Y en el fondo lo somos, acepta con una carcajada que se pierde sin eco en la sala llena de taquillas, sofás, y pijamas llenos de sangre de los otros quirófanos, cuatro por planta, que están por el suelo, al lado del container que usamos, cual una cesta de baloncesto, pero que, malos jugadores, no acertamos en su interior con frecuencia.
El miedo, sin el cual no se puede tener valor, es un sentimiento inherente en el humano, una sensación que si no se domina, te bloquea. Pero que si se vence, te libera y te hace mejor. Y por unos instantes, recuerda la frase de Mika Waltari sobre el miedo, puesta en boca de Sinuhé: “¡Quién tiembla ante cada peligro convierte su vida en un infierno!”. ¡Qué cierto es --se dice en un monólogo interior que empieza a relajarle-- que dejarse dominar por algo, es una esclavitud!
Rememora algo que ha leído recientemente, de Frank Herbert, uno de los mejores escritores de Ciencia Ficción, dentro de su gran obra “Dune”, creadora de una nueva visión de la vida, forjadora de una filosofía distinta, muy alejada de la humana, pero aplicable al terrestre. En ella, el miedo tiene características especiales. Es su dominio total el que eleva a unos pocos capaces de superarlo.
Y trata de evocar la frase que el protagonista exclama ante la gran prueba del dolor a la que va a ser sometido. Debe meter la mano en “la caja del dolor”, un invento de la religión de las Bene Gesserit, para elegir entre los varones. Son las mujeres sacerdotisas que dominan todo, pues dirigen la genética con su control mental. El conde Atreide, nota que el miedo le intenta paralizar por el pánico al fracaso y a la muerte. Debe meter la mano en aquella caja por la ventana que tiene en una de sus caras. Y en su mente, para superar la prueba, se repite la frase que sabe le ayudará a superarse:
“No conoceréis al miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo.”
Durante unos instantes el cirujano saborea la frase. Ha conseguido traerla a su mente y recuerda que al leerla, lo hizo varias veces, y la escribió, hasta llegar a aprendérsela. Y ahora, con esa disciplina que hace tiempo se ha impuesto, la frase ha acudido integra a su memoria. Y se queda satisfecho y acepta una idea sobre que el trabajo que reza: el trabajo siempre es rentable.
¿Siempre lo es? Se pregunta de inmediato y, como en cada ocasión, alza las cejas en un gesto compungido y lleno de dudas, para, se inmediato hacer florecer una sonrisa que siempre cuaja, ante lo irremediable.
Y es que hace tiempo que descubrió que hay dos miedos: el propio sobre la seguridad de uno mismo. Y el miedo de la responsabilidad de lo que tienes que hacer a otros. Y al instante piensa en los pilotos comerciales, cargados de pasajeros. O los conductores de autobuses, o cómo no, en la responsabilidad de los cirujanos cuando intervienen a un paciente. Es el miedo a esa responsabilidad; la de tener la vida de otra persona en tus manos.
Apagando el pitillo, se alza y acude a asomarse hasta la ventana de guillotina, destinada al paso de instrumental desde las hervidoras al quirófano, para ver cómo van los ayudantes:
--¿Os queda mucho?
--Cerrado, puesta aspiración y estamos vendando.
--Sois más lentos que un reloj parado. --Les indica,
--Ya, ya --responde Enriquito con su sorna habitual-- lento el jefe, lentísimos sus “ad lateres”.
--¡Pero qué culto eres, Enriquito! Cada día aprendo algo de ti. Ya hablas hasta latín.
--Es cierto, aquel día, que raro en mí, fui a clase.
--Por cierto, para la siguiente hay pedida sangre al banco. Para que lo sepas.
--Ya lo sé. Si no hubiera, lo hubieras tenido que dormir tú.
--Por eso la he pedido. Aunque no hará falta, pero como eres un puñetero miedoso.
--Ya veremos si se necesita o no.
--Casi nunca la he necesitado. ¿Verdad o mentira?
--Eres un optimista. Algún día me reiré, hasta que se me disloque la mandíbula, cuando te falle algunos de tus osados pronósticos, risueño iluso.
Haciéndole al anestesista un gesto de dudoso buen gusto, el cirujano se aleja. Tiene aún tiempo de dar un repaso a la anatomía de la cadera, y mirar, una vez más, la técnica de la desarticulación del miembro inferior con la que tiene que enfrentarse. Hace casi un año desde la postrera vez que la realizó. Y en esta ocasión la hará más rápida aún. Recuerda con claridad los lugares en los que perdió tiempo, en los pasos quirúrgicos que pudo suprimir, y las dudas en algunas decisiones. Esta vez podrá ahorrar al menos un cuarto de hora o más, está seguro de ello.
Con los dos libros en la mano, sobresaliendo entre las hojas las marcas de donde debe buscar, se arrellana en la butaca y se sumerge en la lectura, paralela, de los dos libros, el lleno de negra y apretadas líneas de letras y el de dibujos llenos de colores que no existen en el cuerpo, pero sin los cuales no se puede ver lo que hay que ver. Y ambos manuales son tan necesarios como complementarios.
La llegada de los ayudantes, lanzando guantes y pijamas al cubo de la ropa sucia, le saca de su abstracción.
--Todo bien, jefe. Terminado de vendar y le he puesto una férula de yeso. Eso protegerá la zona que se ha quedado con menos hueso.
--Como diría el sin par Forges, ¡muy hábil, Morgan!
--Si, le he hecho bien. ¿Otro día me dejarás hacer un poco más?
Mirando por encima de las gafas, el cirujano no contesta. Esta claro que el que habla, como cada día por varias veces va a hacer lo de siempre, y mentalmente empieza a contar el tiempo que va a tardar su solicitud.
--Me das un cigarrito, me los he dejado en casa. ¿Hasta dónde ha llegado la cuenta?
--Cada día eres más rápido. ¡Ni a diez!
--Tengo que batir mi propio récord --indica en medio de carcajadas mientras, con expresión aviesa, se dirige al paquete y el mechero que se encuentran sobre la mesa en la que su dueño tiene puestos los pies.
Durante un rato, el cirujano y los ayudantes hablan y discuten sobre la intervención. La llegada de las dos instrumentistas, para tomar café, como es lo acostumbrado, no tarda en ocurrir, lo que indica que se está limpiando a fondo el quirófano.
--Estáis más guapas que nunca --indica el cirujano.
--No cambiaréis nunca, Doctor V., siempre coqueteando. ¡Eh!
--¿Yo? Jamás.
--Veamos, una cosa. ¿Con cuál de nosotras dos se quedaría, si pudiera? Es sólo en teoría, claro.
--Lo tengo claro.
--Diga, diga --indican ambas sonrientes y con curiosidad.
--Si pudiera, pues está clarísimo. ¡Con las dos! Sería imposible tomar una decisión ante tan bello plantel de rosas. Sois, juntas o separadas, la perfección suma.
Y las carcajadas reinan de nuevo en la sala.
--Siempre tenéis una salida adecuada. No hay manera de pillaros.
--Sí, no tenéis más que atacarme. Me dejaré coger con mucho gusto.
--No tenéis remedio. Pero seguís ocupando el puesto catorce en el ranking de los coquetos de la casa.
--Si, no acabo de subir. Pero voy a empezar a ir a la academia de “Coqueteos de la Señorita Pepis” y creo que mejoraré.
De nuevo risas mientras se sirven café y encienden los pitillos antes de preguntar:
--¿Cuánto tiempo calculáis?
--Ni menos de dos, ni más de tres horas.
--Pero diga una cifra exacta. Tenemos una apuesta.
--Desde hacer sangre, hasta que me vaya y deje a estos aprendices de brujo: dos horas y media.
--¿Enterada? --Le recuerda una enfermera a la otra.
--Enterada. Pagarás esta tarde la merienda.
--Vete ahorrando que te va a tocar a ti.
La llegada de Enriquito no se hace esperar. Ha entregado el paciente en Reanimación, y viene dispuesto a seguir las batallas dialécticas que tanto le gustan.
Durante un rato, chistes y poesías en el borde lo obsceno, se suceden con rapidez. Nadie de los presentes se queda corto. Las enfermeras, que viven cada día la misma situación con distintos equipos, tienen un caudal de salidas, respuestas y anécdotas que en ocasiones dejan pequeño a Enriquito. La llegada de Carlos, el celador, acaba con los relajantes momentos en los que se intenta olvidar la realidad de lo que sucede a escasos metros.
--Señor Anestesista. Tiene usted a su cliente en el ante-quirófano.
--¿Sí. Ya lo sabes, envenenador sin piedad? ¿Quieres un café, Carlos? --indica el cirujano al recién llegado tuteándolo.
--Sí, gracias. Tomaré uno.
--¿Sigues en el rodaje de la película?
--Si, por las tardes y a veces por las noches.
--Y ¿Qué haces esta vez? ¿Violador de monjas? ¿Ayudante de Cristóbal Colón? ¿De qué?
--Esta vez soy un verdugo. Tengo que cortar varias cabezas.
--O sea, ¿que vas a poder salir medio desnudo en el cine?
--Ahora con el destape me es posible. Sí, sólo llevo unos pantalones hasta media pierna y una capucha. Soy un pirata del caribe. --Explica con un gesto exhibicionista en el que muestra sus potentes bolas de los bíceps.
--No hay problema, las chicas te reconocerían por las piernas de sátiro que tienes. --Le indica el cirujano-- y seguirás ligando como siempre.
--Yo soy muy serio. No me como una rosca.
--Ya, ya. --Indica Enriquito saliendo para empezar su trabajo.--Roscas no, lo tuyo son bocadillos y tartas.
Y todos se ríen pues conocen su fama, real o inventada por él, de sus conquistas en el mundo del cine en el que se mueve la mitad de su vida.
Un rato después todo se pone en marcha. El paciente duerme profundamente y el campo está pintado y cubierto con los paños verdes que dejan al aire sólo lo que se necesita para la intervención.
--Puedo empezar --pregunta el cirujano.
--¿Si sabes lo que hay que hacer? --Responde Enriquito.
--¡Bisturí!
El golpe sobre la palma es como el cohete que inaugura las fiestas de cualquier ciudad.
Con un corte, rápido y decidido, siguiendo las líneas que ha trazado sobre la piel, el cirujano realiza la apertura dejando al aire el plano aponeurótico de la gran zona en la que va a realizar la desarticulación de la cadera. Es una herida cuyos bordes tienen una extensión superior al medio metro lineal. Los chasquidos del bisturí eléctrico se escuchan de inmediato, y se difunde de inmediato y con claridad, el olor a carne quemada. Al fondo, en un rincón, el equipo de música desgrana el inicio de “En el jardín de un monasterio” de Ketelvey.
--Siempre me pides que te deje cerrar, hoy tendrás más de cuarenta centímetros que coser.
--Gracias jefe. Siempre tan generoso.
--¿Me estás llamando tacaño?
--No. Pero podías haber hecho la herida aún más grande.
Y una carcajada general se escucha en el quirófano.
Con decisión, el cirujano se encamina directamente a buscar lo más peligroso, el paquete vascular femoral y los nervios. Es el fondo del llamado “Triángulo de los Toreros”, cuya rotura ha matado a muchos de ellos.
--Preparad jeringa con el alcohol especial para el nervio. Pinzas de hemostasia, clamp vascular, y sutura para ligar los vasos.
Es una lucha denodada para impedir una hemorragia que puede causar el caos en un momento. El avance hacia el paquete es rápido. La tijera disocia músculos y el conjunto aparece como una trompa de oso hormiguero. La abre con rapidez y observa, mientras el dedo separa sus componentes en un suave y despegador movimiento hacia arriba abajo y viceversa. Y recuerda al Catedrático de Quirúrgica, explicando la conformación de los paquetes. Le parece escuchar sus palabras:
…y encontrareis siempre que se colocan desde la piel hacia dentro y para protección de la vida del paciente, lo hacen de la siguiente forma, según esta regla nemotécnica: VAN como VAN, o sea: Vena --recordad que siempre van dos venas-- Arteria y Nervio.
Y comienza a ligar los vasos. La arteria es asegurada con un potente clamp antes de proceder a su sección y ligadura. Una doble ligadura y una grapa metálica son anteriores a unos puntos en la zona seccionada del vaso que, del tamaño de un dedo meñique, muestra una boca capaz de soltar sangre como un grifo.
La venas se ligan con rapidez haciendo nudos de cirujano con movimientos estereotipado de las dos manos.
--Enriquito, en un momento voy a seccionar el nervio. ¿Puedes profundizar un poco al durmiente.
--¡Marchando, una de profundización con gambas al ajillo!
Y el anestesista, con una jeringa, pincha el gotero y añade un poco más de una mezcla de varios productos.
Terminado de ligar y asegurar los vasos, que quedan marcados con cintas de colores y gomas sujetas con clamp, se pasa a tocar el gran Nervio Ciático. Éste se infiltra con la jeringa con alcohol, empleando una aguja larga que coloca el líquido lejos de la zona de la sección.
--A ver, segundo ayudante, para que meto este alcohol en el nervio.
--Para evitar un miembro fantasma.
--¿Y que es eso? --Pregunta el cirujano-- ya no me acuerdo.
--Pues que el desarticulado, algún tiempo después de recuperarse, hay veces que cree que conserva la pierna, o sea, todo lo que le vamos a amputar como si lo tuviera, y eso con grandes dolores…
--Vale, vale. Pero lo importante, lo estudiaste en Fisiología Especial, creo recordar. ¿A que se debe eso del miembro fantasma?
--Es el recuerdo en el cerebro de que tuvo todo lo que se le va a amputar, bueno, desarticular.
--Muy bien, veo que estudiamos todos mucho.
La operación continúa. Con bisturí, tijeras y cuchillotes, van siendo seccionados los músculos dejándolos largos, para cubrir bien la zona que se va a quitar y que el paciente se pueda sentar sin apoyar directamente sobre los salientes de los huesos de la pelvis.
La articulación de la cadera se hace presente.
--Prepara la gran fresa para limpiar el fondo del Cotilo y que no quede cartílago. ¡Bisturí de mango largo! Separa bien --Advierte al ayudante.
La apertura de la cápsula articular deja al aire la articulación. Al mover la pierna, se ve la bola de la cabeza femoral que gira en el interior del Cotilo.
--Trata de luxar para que pueda cortar. ¿Qué es lo que tengo que cortar?
El segundo ayudante, que sabe que la pregunta es para él, responde de inmediato:
--El ligamento redondo.
--Muy bien. ¡A ver ese aspirador, veo demasiada sangre en el campo! Enriquito, como esta de presión.
--Bien, se mantiene. ¿Crees que ha sangrado mucho?
--Celia, ¿cuántas compresas empapadas? --Pregunta el cirujano.
--Muy pocas, apenas ha sangrado --indica la instrumentista mientras las cuenta sacándolas del barreno de acero inoxidable en el que están.
--Hay once y las puestas, pero poco empapadas.
--¿Nivel de sangre en el aspirador?
--No llega a un cuarto. –Responde Carlos.
--¿Cuánto hemos usado de sueros para lavar?
--Tres envases –responde Luisa de inmediato.
--No creo que haga falta transfundir de momento --indica el cirujano.
--Yo tampoco lo creo --responde el anestesista-- Veo que vas aprendiendo, ya era hora.
--¿Cómo dices, que no te escucho bien? --remeda el cirujano como si hablara con el paciente. --Me está preguntando, tu supuesto dormido, que si nos queda mucho, pues tiene dolor.
--Vamos anda, ya me lo ha dicho a mí y le he dicho que se le pasará enseguida. --Continúa Enriquito con la broma.
--Bueno tú sabrás lo que haces. Voy a cortar el ligamento redondo y cauterizar su arteria. Preparad para recoger el miembro, lo suelto en un momento.
Y la operación sigue su curso hasta finalizar.
--Celia –se escucha de inmediato.-- Pagas esta tarde la merienda.
--Doctor V. Siempre me la hace.
--Ella tiene más fe en mí que tú –responde mientras se aleja.
--¿Tiempo? Carlos? –
--Dos horas y 22 minutos desde hacer sangre, amado “Rey de los Enders”.
El cirujano deja a los ayudantes cerrar mientras él, sudoroso, se ducha, se pone todo limpio y enciende el deseado pitillo, al tiempo que tras la primera calada, se bebe de golpe un gran vaso de zumo de naranja natural que le ha traído la monja y que le ha dejado con unos trozos de hielo, y una nota que dice: “Sólo para el Doctor V.”
Después, tras asomarse y ver la evolución, se encamina de nuevo hacia la sala de espera en la que, nerviosa, esperará, está seguro, la familia.