País Relato - Autores

josé ignacio velasco montes

cita en la lluvia

I
El despertador lanza su estridente y ominoso bramido, obligándome, como cada día, a saltar de la cama. Pero es una inveterada costumbre que no quiero romper. Mi trabajo es libre, sin horario, sin más obligaciones que escribir en casa. Pero me he obligado a cumplir un plan, y mi disciplina y meticulosidad no me permiten, salvo excepciones, fallar en ello.
Cada amanecer, cuando el zumbido electrónico suena en intermitente chirrido, algo en mí se rompe. Me ha interrumpido el apacible ensueño en el que me recreaba. Pero, de inmediato, como casi siempre, sé que ha sido dulce y agradable, pero no lo puedo recomponer. El paso de la esfera del sueño a la de la realidad es, lo tengo claro, el primer golpe que te administra el día con su pérfida y cruel realidad.
Pongo música, y con ella, esa ligera agresividad matinal se irá transformando en una tenue sonrisa que, a veces, mejora a lo largo de la jornada, o ni siquiera llega a vislumbrarse.
Reconozco que soy, como se suele decir, un animal de costumbres, y el ritual, obligado por años de repetirlo, se hace automático. Directamente a la entrada por la prensa. Bajo la puerta, ni dentro ni fuera, en el suelo, apuntándome, se muestra la silueta alargada del periódico que semeja una lengua que surgiera por debajo de la puerta y que, como cada día, parece hacerme burla.
Antes de ducharme preparo el obligatorio café, fuerte, denso, casi masticable, sin el que no podría hacer nada a lo largo de la mañana. El cuarto de baño me acoge recordándome que los sueños son una cosa y el ser humano otra. Pronto, mientras el agua resbala por el cuerpo proporcionando el placer de su cálida temperatura, el olor de la cafetera se difunde por la casa. Me desperezo en un primer estiramiento que me desentumezca. Y termino de arreglarme para iniciar un día más. Mientras desayuno ojeo el periódico, Como siempre son desgracias y sinsabores. Y una vez más me digo, que si hubiera uno que sólo trajera buenas noticias, a él me habría abonado. La pagina de crucigramas, horóscopos, sopas de letras y otros entretenimientos se muestra y apenas la miro. El chiste del día me retiene. Una sonrisa aflora mientras intuyo lo más profundo que encierra. A su lado, el horóscopo, muestra los signos y los correspondientes comentarios. Busco el símbolo del Zodíaco de Acuario, el “portador de agua”: las dos rayas paralelas llenas de curvas, que me invitan a mirar. Nunca he creído en sus vaticinios, pero por una vez lo busco y lo leo.
“Hoy será tu día fasto. Encontrarás lo que buscas, lo que sueñas desde siempre. Tu salud es buena. Tus ilusiones, bajas desde hace tiempo, subirán por un encuentro. Urano, tu planeta, se ha puesto en línea y todo te será beneficioso. Aprovecha la jornada. Sal y no te quedes en casa. Vive un día distinto”.
Una carcajada acoge el final de la lectura. Vivir un día distinto, como si todos no fueran una calca del anterior. Vivir un día diferente, si siempre es igual todo. Sólo cambian los rostros de las personas con las que te cruzas. El ruido, las prisas, el polvo y el humo son diferentes e idénticos a la vez, en una paradoja que aburre.
Me asomo a la ventana, descorriendo la cortina y observo un día encapotado, gris, pleno de nubes oscuras, amenazante de lluvia. Y vuelvo a reír mientras pienso en el vaticinio de que será mi día fasto, cuando el cielo se muestra nefasto.
Me he ido a afeitar casi mecánicamente, y al hacerlo comprendo que el horóscopo me ha creado en el subsconsciente la idea de salir. Y me lo justifico con el hecho de que me quedan escasos folios y se está acabando uno de los cartuchos de tinta de la impresora. Saldré a la tarde, al final de ella, sin prisas, hasta el centro y pasearé un rato. Si es mi día, --y me vuelvo a reír de mí mismo,-- deberé salir para dar una oportunidad a la predicción para que pueda cumplirse.
Un rato después, con una taza y una jarra con café diluido, al estilo americano, mientras el primer cigarrillo se esfuma en el cenicero lanzando una columna azul hacia el techo. La música deja escuchar “Stormy weather” y mis dedos aporrean el teclado mientras en la pantalla crece una línea de letras que salta al llegar al margen derecho para iniciar otra.
Al final de la tarde, cansado, me arreglo cambiando las cómodas prendas de estar en casa, por algo más serio, y me dirijo en autobús, al centro de la ciudad en la que empiezan a encenderse las coloridas luces premonitorias de la noche.
II
He creído recordar siempre como fue la aventura de conocernos. Creo rememorarlo al pie de la letra. Pero sé que los recuerdos se deforman en breve tiempo. Caminaba curioseando las tiendas que me gustan: papelerías, librerías y las de informática. Ya había adquirido lo que necesitaba, y unos lápices de colores que no precisaba, pero que nunca me estorban para subrayar, mi curiosa fobia de pasar por los libros como el caballo de Atila. Pero para eso son, para marcarlos, rellenar los márgenes, dejarlos tan vistos y estudiados, que nunca se te olvide lo que leíste o puedas encontrar con rapidez, resumido y extractado, lo que buscas con prisas.
Caminaba distraído, casi ausente entre la apresurada gente que, cual remolinos, se agitan en todas direcciones, ciegos con sus prisas. Miré un escaparate que hacía esquina y detuve la mirada sobre las piezas de estudio del clima de una tienda de óptica. Tres ejemplares de barómetros de Torricelli, con distinta presentación, me distrajeron mientras seguía caminando con mi paso siempre un tanto acelerado.
Chocamos y por un momento, sorprendidos, nos miramos con un atisbo de sorpresa y cierta agresividad inicial. Pero tras unos segundos de contemplarnos, una sonrisa inicial afloró en nuestros rostros:
--Perdone, Señora, iba distraído. Yo al menos. Perdone.
--Perdone, creo que tampoco estaba muy atenta. Miraba aquellos preciosos zapatos de fiesta.
--Lo siento. ¿Le he hecho daño? --Le digo con la mejor de mis sonrisas en un intento de ser perdonado.
--¡Oh, no, no me hizo daño! Ha sido el susto, la sorpresa lo que más he sentido. La verdad, estaba verdaderamente ensimismada mirando aquellos increíbles zapatos de ante beige, mi color preferido para los pies. Es decir, era yo la que estaba ausente de este mundo. Por lo tanto, no tengo nada que perdonar. --Indicó ella con aire entre jocoso y arrepentido.
--De todas maneras, no puedo menos que sentirlo. Yo también iba distraído. Sin embargo, quizás nuestro tropiezo, no sea algo debido a la casualidad. Y, tal vez por ello, no debiéramos sentirlo; la vida es así, y tal vez hayamos tropezado, pues estábamos destinados a conocernos de este modo.
Le digo en un intento de saber que piensa sobre el destino y la casualidad.
--Muchas gracias. Eres muy amable –me tutea-- al aceptar toda la culpa. Y lo del destino, sin duda, suena muy sugerente. –Y ríe dejándome sin saber la realidad de lo que piensa sobre ello.
--Quiere que tomemos algo.
--Gracias, pero ya es tarde para mí. Si no, quizás...
--Venga, tome algo, serán unos minutos y se marcha. Es posible que no volvamos a tropezar de nuevo nunca. Mi día no ha sido muy bueno. Una conversación con usted, puede ser una gran ayuda para disipar la tristeza de un mal día.
Ella me mira con rostro inexpresivo, como si no entendiera de lo que le hablo.
--Hablar con alguien del que no esperamos, ni tememos juicio alguno, puede ser muy gratificante.
Prosigo e insisto en una perorata muy acorde con mi contumaz costumbre de hablar y hablar.
Ella alza las cejas sin comprometerse a nada. Me mira con una mezcla clara de desconfianza y simpatía que no tiene clara.
--Aunque quizás usted ha tenido la suerte de tener un día estupendo, y por ello: ¿Por qué habría de querer charlar con un desconocido? ¿Acierto?
Le indico, en una rápida y contundente argumentación destinada a la búsqueda de un testimonio que le convenza. Sigo en mi deseo de hablar con alguien que no sea yo mismo. La mujer me cae bien. Su rostro, que forma dos hoyitos en las mejillas en determinados momentos, me atrae. Sus labios, apenas rozados por un toque de carmín oscuro, son amplios y atrayentes y muestran un mohín cambiante que oscila según lo que piensa.
--Vamos, tomemos algo. Sólo será un momento. --Insisto.
Ella, duda unos instantes. Me mira a los ojos, con un atisbo de desconfianza, en esa forma de análisis femenino de intenciones, que les es tan habitual. Es pasar un tamiz a lo que escuchan, poniendo todo en tela de juicio. Sus ojos, me vigilan, saltan de un lugar a otro de mi rostro, siguen mis manos, siempre gesticulantes como pajarillos revoltosos. Pero, sin duda, la ternura, la serenidad, la tranquilidad y la mesura de mis gestos, que consigue advertir en mi mirada, la convencen.
--¿Por qué no…, bebamos algo? --Acepta al fin, escasamente convencida sobre mis buenas intenciones.
Pedimos unas bebidas. En apenas unos minutos, charlábamos como viejos amigos. Nada nos dijimos el uno del otro, apenas los nombres que, como siempre, en un primer contacto, quedaron relegados al olvido. Sin embargo, los diferentes temas que brevemente se tocaron, dejó claro una evidente sintonización de pareceres.
--¡Dios mío! --Se sobresalta ella mirando el reloj-- Que tarde es. Creo que hemos hablado más de veinte minutos, pero me han parecido dos. Es increíble lo rápido que ha pasado el tiempo, debo irme.
Sonrío para mis adentros. El fenómeno del tiempo es algo que conozco. Lo he vivido en más de una ocasión. Aunque el tiempo es exacto, al menos eso dicen, también su paso es percibido de forma diferente según las circunstancias. Si te encuentras a gusto, se desliza rápido. Si es lo contrario, puede hacerse interminable. Es evidente que el tiempo, a la vez que absoluto, también lo es relativo. Y me río, sin expresarlo, de tan absurdo pensamiento.
--Qué lástima, --respondí compungido-- iba a proponerle que diéramos un paseo, acompañarla quizás en la dirección que llevé.
--Pues lo siento, pero mi coche está aparcado en ese parking –indica señalando con el dedo-- y sería un poco absurdo; así es que no podrá ser, debo irme. Me están esperando.
--¿Su marido? –indagué con presteza en una curiosidad impensada pero cierta.
--No, soy soltera, me espera una amiga.
--Y si me atreviera a pensar que, quizás, aceptase mañana vernos aquí a las siete; es usted muy buena terapeuta, pues mi mal día se ha esfumado.
--Lo siento. No puedo
--¿Y a las ocho?
Queda en suspense por unos instantes mientras sus labios muestran claramente su indecisión antes de abrirse, rojos como una gran rosa y responder finalmente:
--¡Sí! A esa hora si me es posible. --Acepta tras los instantes de duda y reflexión que le han antecedido.
Y puedo ver en su expresión confiada, en el brillo alegre de sus ojos, en el mohín placentero de sus labios gordezuelos, todo un mundo de sinceridad, e incluso, --soy un optimista,-- de ilusión por la cita.
--Chao – indica con una sonrisa apenas esbozada, al tiempo que se da la vuelta y me deja con la mano extendida como si estuviera pordioseando un poco de cariño.
Y desapareció en medio de la vorágine de la ciudad. Y la vi alejarse, con paso elástico mientras esperaba que volviera la cabeza. Pero no lo hizo.
¡Mujeres! Siempre tan controladas. Siempre manejando la batuta de la realidad, cual directores de orquesta. Siempre en su papel de “yo decido” que, a la larga es, sin duda un: “tú, espera”.
Y la perdí, sin saber apenas de su dulzura, de su posible ternura, de su alegría de vivir que se mostraba, clara, en el brillo de sus ojos, sin saber nada que no fueran aquellos ilusionantes momentos de coincidencia, de tropezar, de pedir perdón, de hablar mientras tomábamos unas bebidas por un aparente breve rato, y notar algo en común en el encuentro ocasional de miradas plenas de empatía.
Sólo fue un breve contacto que me llevó a la primera inquisición, a un ilusionado sondeo. Rememoro que de todo lo hablado, lo importante fue la pregunta clave:
--¿Tomamos algo y hablamos ya que hemos tropezado sin hacernos daño? Lo ocurrido, es seguro que se lo debemos al destino ¿No crees?
Y ello, una frase oportuna, en un momento adecuado, nos abrió la puerta por la que pudimos concertar una cita.
Y recordé el vaticinio del horóscopo matinal. ¿Sería este encuentro casual, lo que indicaba el mismo? Y me sonrío ante algo que, en mi fuero interno, no es más que una curiosa casualidad.
III
Alicia despierta mientras el reloj salta, loco, lejos de la mesilla de noche, en una moderna melodía que llena, con su volumen, la alcoba. Incorporada por unos instantes, se enfurruña por su odio al chisme que le canta y le cantará por unos momentos. El poner lejos el despertador ha hecho que éste siga vivo desde hace tiempo. Otros mejores sucumbieron al manotazo destinado a acallar su ruido.
Y se desploma de espaldas tapándose con el embozo. Y en su fuero interno se relaja. Lo hace pensando en su técnica de volverse a dormir de inmediato. Es una forma de disfrutar, en un ensueño, los quince minutos que separan la primera y la segunda llamada del odioso despertador.
Cuando vuelve a sonar el batintín musical, indicándole la obligatoriedad de saltar sin remedio, el humor matinal, un tanto ácido como cada amanecer, se hace presente. Pero marcha a la cocina y prepara su necesario, casi obligado, zumo de naranja.
Mientras el runrún de la máquina desgrana la ruda sinfonía que desmenuza y licua, una tras otra, las medias naranjas, su pensamiento elucubra. Una vez más, se pregunta que habrá sido de aquel hombre que, tras tropezar, charlar un rato, la invitó a un paseo para charlar. Y como cada mañana, antes de que la vorágine de la vida le sumerja en la poca apasionante realidad del trabajo, se hace la pregunta de cada día: ¿Acudió a la cita? ¿Sólo fui yo la que faltó? ¿Qué hubiera ocurrido si ambos nos hubiéramos encontrado en aquel lugar?
Y una vez más deja discurrir una fantasía de posibilidades, de recurrentes salidas, de citas, de cine, de cenas y comidas, en una ucronía que en cada ocasión hace un recorrido tan agradable como diferente.
Apartando un pensamiento que a veces le lastima, mira el reloj y se apresura. La ciudad es cruel, las dificultades para llegar al trabajo se incrementan cada mañana.
Pero, mientras se ducha, maquilla y viste, no puede apartar el recuerdo, y otra vez se pregunta: ¿Era serio? ¿Era sincero? Al menos lo parecía, se dice. Y su imagen desdibujada por el tiempo y el escaso momento en el que pudieron verse, se desgrana en una sucesión de detalles apenas vislumbrados en los que confía si un día volviera a tropezar con él.
Pero no cree en la posibilidad de esa nueva coincidencia. Sería un milagro, y hace tiempo que la vida le ha enseñado que no existen, que se agotaron hace tiempo. Ha pasado varias veces por el lugar en el que aquella tarde chocaran distraídos. Ella mirando aquel par de zapatos que le dilataron las pupilas por su atractivo. ¿Y él, en qué iría pensando? Eso es difícil de saber y nunca lo podrá conocer. Ni él, es seguro, lo recordará.
Se reconoce que se engaña al tratar de justificar que, casi cada día, pase por aquel punto de encuentro. Siempre se dice, tratando de engañarse, que lo hace pues se encuentra cerca de su trabajo. Pero sabe que es un intento de volver a verlo, de coincidir con él. Siente curiosidad, una gran curiosidad por aquello que nunca existió, pero que pudo acaecer. Además, a veces se lo intenta decir a sí misma en una exculpación de la fragilidad de sus pensamientos. Pero de inmediato, lo rechaza con el argumento, realmente un reflejo condicionado de censura, que le indica: “una mujer digna no puede aceptar sentirse interesada por un desconocido”. ¿Deseos de verlo? ¡No! Es solamente curiosidad, una sana curiosidad en la que no entran más ingredientes.
Mientras ingiere el desayuno, el pensamiento, como si se hubiera abierto la caja de Pandora de sus recuerdos y sólo brotara la misma idea, iterativa y tenaz, retorna a rememorar el encuentro.
Hoy es consciente que siente un interés especial en el tema, que nota que no es capaz de apartarlo de su pensamiento. No consigue ver la forma como lo ha sentido en el transcurso del mes pasado, desde el choque y la frustrada cita. Lo que al principio era curiosidad, se ha ido transformando sutilmente en algo que le atrae de una forma tranquila, pero plena de indagación. Comprende y acepta que la curiosidad inicial, ha crecido, se ha implantado en su interior y se ha convertido en una obsesión poco a poco. Ese deseo de encontrarlo, para tranquilizar su curiosidad, se muestra cada día un poco más fuerte en su interior, a pesar de sus intentos de apartarla, alejarla y olvidarla. Y todo a partir de lo que sólo es una desvaída imagen, un mero recuerdo.
--¡Volveré a pasar hoy por allí! ¿Quién sabe?
Habla en voz alta mientras mira y remueve con la cucharilla, distraída, la taza de cereales que toma.
--Es más, --expone de nuevo con mediana voz.-- No me voy a engañar. ¿Para qué? Pasearé y veré los escaparates sin prisas. ¿Quién sabe?
Y se lo repite varias veces, en una ilusionada esperanza que vence y justifica su interés frente a su rígida postura de ocultar lo que siente. Un interés que, como mujer repudia, pero como humana acepta. ¿Por qué sentirse obligada a mostrar una indiferencia que no es cierta? Es adulta y sabe defenderse. Si es un oportunista, lo sabré de inmediato Y ella, sólo ella, puede abrir la puerta de una amistad de la que solamente ella tiene la llave. Su capacidad de avanzar en una nueva amistad y quizás acrisolarla, está en sus manos y sabré –se dice en un monólogo que no logra alejar—el camino que debo tomar.
Y, lentamente, tranquila y decidida, cierra la puerta a sus espaldas y sale en dirección al monótono trabajo.
IV
He amanecido tan nublado de mente como el día. Siento una extraña sensación de desasosiego. La lluvia cae fuera con fuerza, golpeando los cristales y siento sólo la estridente música de las gotas de agua en los cristales, una música que me recuerda que es un día más, y que será, como casi siempre anodino, de los que no dejan recuerdos, de los que te hunden un poco más en el fondo de la tristeza y la melancolía típico de un día gris.
Fuera de mi ventana, la vida, la ciudad, sigue latiendo, discurriendo implacable, en una jornada más. Sin embargo, casi lo acepto, pues sé que puede ser como uno más de los últimos cientos de días. Pero algo en mi interior, algo que me produce un cosquilleo especial, una intuición quizás, parece indicarme que puede ser, que va a ser distinto. Sé y pienso, que siempre ha sido mi empeño, a veces lo consigo, el hacer que cada día sea diferente y que mi vida no esté llena de miles de días todos iguales. Si así fuera, resultaría que mi vida estaría formada por un largo, único y aburrido día.
Empiezo mi rutina habitual. Soy escasamente perezoso, pero los días de lluvia me gustan, y disfruto al salirme, un tanto, de mis automatismos habituales. Pero salto de la cama y las usanzas corporales me llevan un rato mientras se hace el café. Esa infusión que te abre el cielo, que te sitúa en medio de tu universo, que te lleva a enfrentarte con esa realidad que, a veces amas, pero que a veces temes.
Recojo el periódico, que como siempre me recuerda a una larga y burlona lengua que se asoma e insinúa irónica bajo la puerta. Y lo arrojo, desde lejos, en una infantil manía de las muchas que tengo, a la mesa en la que desayuno. Y queda justo al lado del hueco en el que, cada día, en una monotonía absurda pero establecida, coloco la bandeja con el primer refrigerio del día.
Desayuno en batín al tiempo que leo el periódico, en una inercia largamente establecida. Después, tras consumir cereales, galletas e infusión, veré lo que he de hacer. El desayuno es un rito de siempre y con el va la inveterada costumbre de hacerlo fuerte, muy fuerte, que te haga sentir pletórico, alegre, con ganas de luchar y vivir. Miro al fondo del salón, y la pantalla, grande y oscura del ordenador, como un enorme ojo cuadrado sin pupila, me contempla insistente y parece invitarme a encenderla.
Como siempre hago, es otra de mis manías, propias de mi soledad, le hablo, mejor le grito por la distancia, en un monólogo que se repite, incansable, cada mañana:
--¿Crees que soy tu esclavo? ¿Es que nunca dejarás de vigilarme? ¿Crees que no tengo más que hacer que darte de comer llenando, saciando tu voraz apetito, colmando tu enorme estómago de letras, de puntos y comas, de ideas, de mis ideas? No eres más que un glotón electrónico, un ente material de insaciable apetito. Un monstruo devorador. ¡Espera! ¡Todo llegará!
Y con un mohín de desden, le vuelvo la espalda y me dirijo a la ducha. Un día más, la vieja ropa de casa, las ancianas pero queridas babuchas, me envuelven y calzan haciéndome sentir que soy yo mismo. Acepto, que sí es cierto que me he levantado con la sensación de sentir que va a ser un mal día. Pero si quiero, si lucho, si me esmero, podré cambiar el sentido de giro del humor y hacer que el mal talante se transforme en risas, el malhumor en alegría y así, mi desilusión de un día más, se convierta en otro muy especial.
Me he dado cuenta en la ducha, que algo, quizás el café que hice, como siempre, muy fuerte, y que he tomado antes del desayuno, hirviendo casi y sin azúcar, no me ha sentado bien. Noto una zozobra, una extraña sensación a la altura del estómago. Es apenas imperceptible, como si centenares de mariposas, revoloteando agitadas, volaran en mi interior. Qué sensación tan extraña, tan poco habitual, pienso. Distraído, mientras desayuno, ojeo la prensa, mirando titulares, entradillas y ladillos, lo que es más que suficiente para mí. Siempre me salto el resto, toda esa letra pequeña y menuda, en la que sólo se explica, lo que es fácil adivinar en los titulares, o a veces, recurriendo a la entradilla. Paso las páginas más rápido que otras mañanas. No estoy interesado más que en la obsesión que, desde hace un mes, ocupa todas mis potencias, que me llena de desasosiego y me sumerge en la intranquilidad.
--¿Cómo es posible --me digo en un diálogo conmigo mismo-- que algo sin mayor transcendencia, se haya convertido en una señal, en una obsesión.
--Es tu soledad, que no soportas, y para la que nunca has estado preparado, pues nunca la aceptaste --me contesto en una respuesta que con frecuencia acude cuando algo no me encaja.
--¡Calla! ¿Qué sabrás tú de soledades, de inquietudes, de necesidades? Si no eres más que la parte menos lúcida de mi mente, siempre molestando con tus consejos trasnochados, absurdos e irrealizables.
--¡Tú sabrás, pero recuerda que siempre, al final de los caminos que te ilusionaron, sólo había lo que tu creías ver, y en la otra parte bostezaba la nada.
--¡Calla, calla, sólo fueron errores, circunstancias, itinerarios y rumbos equivocados, pero… no siempre habrá de ser así. Nadie obtiene nada si no se mueve en conseguirlo.
--¡Ya, ya! Ingenuo, iluso. Sólo tú eres como eres. ¿Crees que encontraras…
Suena el teléfono y detiene un diálogo que tomaba una vertiente insatisfactoria e irritante. No hay muchas cosas que el humano acepte peor que escuchar la verdad, su verdad. Todos tenemos nuestro concepto sobre uno mismo, erróneo siempre sobre lo que aprecian y ven los demás. Y escucharlo, subleva, irrita, y hasta en ocasiones suena a insulto.
Alzo las cejas e inconscientemente miro el reloj mientras la melodía del móvil desgrana, iterativa e insistente, la polifonía electrónica de una canción de moda. E intuyo, por la hora, que será mi editor. Voy atrasado en lo que tengo que entregar, lo sé, y me encojo de hombros. Pero toda mi vida se ha alterado desde hace un mes. Charlo con él, como siempre, sin prisas. Justifico, prometo, trato de mostrarme ocurrente. Pero no me es posible. No estoy comunicativo. Respondo con monosílabos, carcajadas a destiempo, escuchando más que hablando.
Y mi mirada, en medio del rápido ojear de páginas, se detiene en una de las que me salto casi siempre. Es de las que nunca me detienen: jeroglíficos, crucigramas, y horóscopo.
--¡Que chorrada!
Me expreso en voz alta, en esa inefable, pero común en mí, manía de protestar, que no de quejarme, ante tantas cosas con las que, con ciertas fobias, no estoy de acuerdo, no comprendo o no quiero comprender y sobre las que tampoco estoy abierto, ni quiero nunca dialogar.
Distraído, mientras escucho el zumbido grave de la voz en el teléfono, perdiendo la noción de lo que me dice sobre el poco interesante tema del que me habla, miro indiferente el horóscopo y busco el mío: Acuario. Y las letras, cual un rosario de grandes hormigas negras que se desplazaran, vitales y ágiles agitando sus patas en una primera fila de la marabunta del texto, me llaman la atención obligándome a leerlas:
"Hoy amanecerás como el día, melancólico, pero no te preocupes, pues esa sensación que sentirás a la altura del estómago significa que las mariposas empezarán a volar hoy por y para ti, pues en esta fecha recuperarás algo perdido y que buscas, y que será el amor de tu vida. Tu salud no podrá ser mejor; tu planeta regente, así como todas las estrellas, están alineados para que te encuentres mejor que nunca; para que pueda surgir la chispa que iluminará tu vida...".
Lo leo varias veces, olvidado ya de un teléfono que repite, en una cacofonía intermitente de agudos pitidos, que mi editor, me ha colgado. Ya me conoce; a mí y a mis despistes y olvidos, y nunca, es de agradecer su comprensión, se hace el ofendido. Es lo gratificante de tener un pasado lleno de despistes, errores e incongruencias que caminan paralelas a genialidades y aciertos: te respetan, pero no toman en serio tus extravagancias y yerros.
Es curioso, siempre me lo he dicho, que hay personas que comprenden, interpretan y aceptan la idiosincrasia de los demás. Y es importante. No todos somos iguales. Si lo fuéramos --mi mente divaga una vez más sobre un tema manido y recurrente que a veces me asalta-- todo sería tan perfecto que sería un asco vivir en una comunión de todos iguales, sin emociones, sin misterios, sin posibilidades de discrepancias.
Suelto el teléfono y me fijo, con más interés, en el contenido de lo que, como un mensaje directo para mí, se engrana con el causante de mi desasosiego matinal. Me pregunto, ¿es posible tal coincidencia? Puede que existan mecanismos cósmicos que hagan coincidir las piezas del puzzle de la vida y, a veces, que ordenen las tuyas en una suerte que te saque de lo aleatorio y te corresponda ser atendido.
--Desvarías --me digo apartando de la boca la taza de café para no verterlo al hablar con voz queda-- ¿crees que eres algo más que un insecto de gran tamaño? ¿Piensas que alguien en el Universo se puede ocupar siquiera, que no preocuparse por ti? Ingenuo. Eres menos que el mínimo instante de la vida de un fotón.
Y termino el sabroso café tratando de cortar, eliminar, esos pensamientos absurdos que me asaltan, a veces, en los primeros momentos de un nuevo día.
Y trato de repasar como es que mi mente se esté llenando, tan temprano, de ideas tan trascendentales como evidentemente absurdas.
--¿Absurdas?
E inicio de nuevo un soliloquio en el que me pregunto y me respondo con mediana voz, mientras mi mirada se diluye en el vacío del amenazador cielo que puedo ver por la ventana de la cocina.
--Sí, absurdas pero reales al mismo tiempo. Absurdas, pues casi todo es absurdo en el mundo que vivimos. Reales, pues las piensas aunque sean absurdas.
--¿Pero qué me pasa? --me pregunto y vuelvo hacia atrás a revisar lo que ha sido mi despertar.
Me he despertado antes del amanecer… y apenas si puedo saber el porqué. ¡Sí! Ya lo sé. Era un sueño, mi sueño, una fantasía repetida, que cada vez me asalta con más frecuencia.
¿Soñar o no soñar? ¿Qué puede ser peor, lo uno o lo otro? ¡Ojalá lo supiera! ¡Si fuera la primera vez que me lo pregunto! Pero no lo es. Son, como tantas preguntas, como tantas disquisiciones, como tantas elucubraciones, el martirio mío de cada día por culpa de mi mente analítica y trascendente.
Hace un mes que ese espejismo se me hace presente. Me señala con el dedo y se hace recurrente, iterativo, reiterado e insistente, tan monótono como pesado. Pero es agradable. He llegado a quererlo. Es como una deuda que tengo hace tiempo. Pues fui el que falló, el que no llegó. Pero es ya una historia añeja, muerta, destruida por el paso inexorable del tiempo.
¿Es un mes mucho tiempo? Pues ese es el periodo transcurrido. ¡No! No es tan vieja la historia. Un mes es mucho, pero nada de tiempo a la vez si lo miro detenidamente.
¿Que habrá sido de ella? No he vuelto a saber nada. ¿Pero cómo saber algo, si no la encuentro? Debo localizarla, lo sé. Y es esa angustia, la de mi error, la que me despierta, la que me produce inconexos sueños, la que me obsesiona y pesa como el plomo cada día.
Pero… ¡si ni siquiera sé su nombre! Me lo dijo, pero no lo retuve. Es algo que siempre me ocurre. Sólo a la segunda o a la tercera vez, un nombre se me graba. O si lo escribo, ya nunca se em olvida. Sólo me queda de ella el recuerdo de un hermoso rostro. Una cálida voz. Una promesa en sus ojos oscuros; unos ojos de un color que no llegué a ver demasiado bien y de los que he perdido el recuerdo del matiz de su naturaleza cromática. Y además, un fruncimiento de labios que, tras una conversación que pareció ser breve siendo larga, y que se fue alejando mientras que se hablaba, llevada sin duda por el viento. Y recuerdo aquello que leí, no hace mucho: ¿Recuerda el viento lo que escuchó ayer? Me imagino que no, pero no he tenido ocasión de preguntárselo, me digo con sorna. Sin embargo, sí recuerdo con claridad lo más importante. Apenas al final, sus labios musitaron algo más que unas palabras y dio un sí a la cita.
Y ahora comprendo, ahora acepto, que siempre hay que estar abiertos y agradecidos para poder recibir la alegría y las ganas de vivir. Y lo estaba en aquellos ilusionantes momentos, pero a la larga, por otras razones, culpa mía evidentemente, todo falló.
Siempre me quedará la duda de si ella acudió, o no, a la cita. Nunca lo podré saber. Pues nunca la volveré a ver. Seria algo excepcional que lo que deseo ocurra. Y si la viera y hubiere acudido, es seguro que ni siquiera me mirará por mi fallo, por mi error, por lo que, sin duda, le parecerían unas palabras sin base, para salir del paso en una absurda justificación de mi error. Y recuerdo lo difícil que es conseguir que alguien que tiene un juicio establecido, cambie de opinión ante una excusa tan peregrina como un reloj parado. Pero así fue. Mi oferta de pasear y hablar era sincera. Demasiado sincera sin duda, pues el error me ha dejado profunda huella.
Escudriño desde entonces a cada mujer con la que me cruzo. Y lo hago saliendo a la calle más que lo hice nunca. Voy buscando ese rostro cuyo recuerdo llevo congelado, en forma de grácil sonrisa, en el baúl de mis recuerdos, en mi caja de ilusiones, en la bolsa de mis deseos de recuperar lo perdido, en el poso del vaso de lo que no acabo de dar por extraviado.
Pero no me doy por vencido. La ciudad es grande, enorme sin duda para esperar el milagro de una maravillosa y nueva casualidad. Pero no debo desesperar. Tengo que llevar los ojos siempre muy abiertos, pues ¿quien puede asegurar que no existen los milagros? ¿Quien puede dejar de comprender que los recuerdos son como la móvil capa del olvido causada por el avance de la arena del desierto? Hoy la arena tapa las evocaciones, pero mañana el viento los saca y recuerdas… Y rememorar es como volver a vivir y ya no puedes volver a olvidar.
Y me pregunto, mientras respiro asomado a la ventana y el aire helado y fuerte, salpicado de lluvia, me embadurna y clava, con fuerza, miles de fríos cuchillos en la cara. ¿Has pensado --me digo musitando-- lo difícil que es olvidar algo que no quieres recordar? Quiero, pero no puedo, dejar de evocarla. Es como una espina profundamente clavada en un dedo: duele, pero no la puedo sacar, pues está demasiado profunda.
He querido, cientos de veces, no traer a mi memoria aquella fallida reunión. Pero me es imposible, es como una llaga en mi memoria que no cesa de doler, ni realmente quiero que se cure, pues me gozo en el daño.
Quisiera encontrarla, explicarle el fallo, reclamar su perdón, solicitar su comprensión, pero… ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? No me importaría que me llenara de censuras, de reprimendas más que merecidas. Por cada reproche, por cada dureza, por cada silencio, por cada gesto negativo, le diría cinco piropos salidos del alma. Ya sé, que hablar es fácil y escuchar difícil. No hablaría y la dejaría con sus reproches.
Pero… ¿Es que se molestaría en reprocharme algo?
Pero… ¿Es posible que acudiera a esa cita?
Pero… ¿Recordaría “su sí” unos metros más adelante tras alejarse del punto en el que tropezamos?
Pero… --es uno más de mis muchos “peros” cuando analizo las posibilidades-- ¿No sería “su sí”, una manera de alejarse de un desconocido que le propone un paseo y que se transforma en una cita para un día después?
Le he dado muchas vueltas a la obsesión que nació de mi ausencia a la cita. ¿Es posible enamorarse de lo que sólo es una imagen, de unas palabras desleídas por el tiempo, del recuerdo de un rostro borroso por la misma ansia de recordarlo, por la imagen de una silueta que se aleja y no vuelve la cabeza, por el sonido apagado de unos tacones casi apagados por el tráfago de los coches, o por el color de unos ojos que no se definían de un tono exacto por la luz artificial, o por el curioso modo de llevar su bolso, grande y rojo, colgando de la mano izquierda, casi pegado siempre al suelo?
Si la encontrara, no discutiría. La discusión, me digo, no es más que un choque de soberbias. Si discutiera, sería egoísmo. Y sólo deseo saber de ella. Pero… ¿Qué me pasa? Es evidente que esta situación, este soñar con ella, despierto y dormido, debe significar algo.
No sé si es amor, ilusión, o la rabia de haber fallado en algo en lo que puse tanta voluntad y el destino lo convirtió en todo lo contrario. ¿Qué es el destino? ¿Existe el destino? No para una parte de mi cerebro, la que funciona por normas establecidas en la juventud. No creo en el determinismo. Sí en otras posibilidades más normales, como el frutote la casualidad. Pero el destino no intervino en ello, trato de imbuirme y convencerme. ¿Estás seguro que no fue obra suya la que evitó que acudiera a esta cita? ¿O fue sólo una mala jugada de la suerte? Es evidente que el fallo sólo se justifica como una jugada de la vida, la pirueta de un payaso que tropieza en medio de su bufonada y rueda por el suelo. Todos se ríen más, pues creen que es parte del número. Y no pueden intuir el daño que se ha hecho, pues su sonrisa, plena de afeites y cremas de color, sigue mostrando la misma expresión con la que salió a la pista.
Debo, tengo, necesito, he de encontrarla. Me asomo un poco más a la ventana y observo la forma en la que la lluvia, lentamente, se incrementa antes del amanecer.
Miro mi muñeca y veo la hora. Pero ya no es el traidor reloj de entonces. Es nuevo y ha sustituido a aquel que se paró y que tiré lejos por los tejados que contemplo desde la ventana. Él fue el responsable del error que me llevó a perderla. Por él, llegué a la cita más de una hora tarde.
Es temprano. He decidido, debido a la claridad del sueño y a su perfecto recuerdo, que no debo buscar por todos los sitios. Mi sueño, la ficción que me ha hecho despertar y me ha hecho vivir con absoluta intensidad la realidad. Y esa fantasía me ha referido la verdad absoluta del diálogo, que siempre he evocado mal:
El sueño, este zaguero sueño, me ha mostrado mi error. Y, desde hoy, sé dónde y cómo buscar. Mi remembranza, sin duda obnubilada por el “sí”, se había contraído, borrada en parte, y me ha engañado hasta el presente. Pero ahora recuerdo por completo el tan mínimo como rápido diálogo final:
--¿Damos un paseo, y hablamos, ya que hemos tropezado sin hacernos daño?
O fue quizás que dije: Iba a proponerle que diéramos un paseo, quizás en la dirección que usted lleve.
No estoy seguro de nada. Tantas veces repetido, tantas veces recordado, que ya no puedo saber cuál fue el original y cuál la copia que ha creado mi cerebro de tanto ir y venir.
Y en otra más de las muchas veces en que cada día trato de reconstruir algo que, en cada ocasión, es seguro que se altera más y se aleja de lo que fuera en su momento, es posible que ella dijese:
--Hoy no puedo.
--¿Mañana aquí a las siete?
--¡Tampoco puedo!
--¿Mañana aquí a las ocho?
--¡Sí!
Sé que hoy debo ir. El horóscopo en su vaticinio así me lo sugiere. Me apresuro en hacer las cosas pendientes.
--Ya sé, ya sé --me digo en un mutis interno con el que trato de vencer mi impaciencia-- que es temprano. Que debo tranquilizarme y esperar. Pero también sé que el sueño, tan vívido, no es casual, sino causal y encierra la indicación de lo que debo hacer. Y eso haré hoy. Debo buscarla donde la primera vez, aquel feliz día, la encontré.
--Estoy seguro, --me digo de nuevo ilusionado hablando con voz queda-- que hoy la encontraré. Pero, ahora, a tu trabajo, que ya es hora.
Y dirigiéndome al lugar en el que escribo, miré con una extraña mezcla de odio y simpatía, al ojo, cuadrado y sin pupila, de la pantalla que, implacable, me vigila todo el día.
V
Llueve con enorme furia. Como si hubieran hecho un gran agujero en el cielo y una parte del gran río del firmamento, intentara salir por él. Las luces se reflejan en el espejo del suelo creando una segunda ciudad loca, deforme, arbitraria, luminosa, torcida, llena de brumas y reflejos. Y todo se muestra en el brillante suelo cabeza abajo.
Mi gabardina se muestra empapada y todo es borroso, lleno de luces distorsionadas, con miles de arcos iris que surgen al atravesar la luz las gotas de agua. Doy vueltas por el lugar en el que aquel día tropezamos. Siempre pienso, desde hace un tiempo, en plural. En cada ocasión, desde hace un tiempo, somos los dos: ella y yo. Y no ceso de buscar. El reloj marca algo más allá de las siete y media. Fue la hora en la que la vi, en la que tropezamos como dos despistados e irresponsables transeúntes.
Tengo la intuición, estoy seguro, que volveré a verla pero... ¿Cuándo? ¿Hoy? ¿Mañana? ¿Más adelante? No lo sé, pero sí sé que lo que hago, lo repetiré cada día, hasta encontrarla. La impaciencia me come, no puedo seguir así mucho tiempo más. O la encuentro o debo olvidarla. Estoy distraído. Y mi trabajo se resiente. Mi editor ya me ha dicho que he bajado de producción y calidad.
Camino soportando la lluvia que ha empezado a calar la gabardina y la capucha con la que me cubro la cabeza. Pero es mi culpa, por mi fobia a los paraguas que si saco, siempre los olvido. Las dobles figuras, cuya mitad inferior se baña en los charcos del suelo en un aparente buceo, se mueven, como siempre que llueve, con inusitadas prisas. En la calle, como cualquier día, el incesante pasar de lentos coches, ruido de bocinas y suaves frenazos. En las aceras, una danza de apresurados cruces, roces, choques y petición de perdones. Los paraguas suben y bajan tratando de no chocar entre ellos. Los chorros de agua, que caen sobre los paraguas desde los canalones, se hacen estridentes con un tono grave e irregular por un breve momento, antes de volver a salpicar, en todas direcciones, en su choque contra el suelo.
Es tarde. Se aproxima la hora del cierre de los comercios. Es el momento de las postreras compras, el instante de las prisas y las carreras. Es el tiempo de adquirir el inoportuno olvido que se recuerda, como un reproche, a última hora.
Doblé una esquina con aire apresurado, recibiendo el golpe de un bolso descomunal, de una no menos grande señora que, como es lo habitual con los bolsos, no se percató de ello. Me doy cuenta que también, por esta vez, ha sido en parte culpa mía. Voy mirando a todos lados al mismo tiempo. Siento mi corazón latir con agitación. Algo en mi interior me dice que busque, que mire, que encuentre.
Pasa una mujer, y me giro pues me la recuerda, pero no es ella. Su pelo es claro, su andar diferente, su estatura menor. Y al volverme tropiezo de nuevo, en un gran choque que me echa hacia atrás. Aturdido, escucho:
--¿Es que no puede mirar al frente?
¡Esa voz, esa voz! --me digo en una dulce e ilusionada cantinela.
¡Es su voz! --Me repito antes de poder mirar y ver a la que me habla.
¡Es ella! ¡Lo es! Estoy seguro. Esa voz cantarina, esa voz cálida a pesar del tono de protesta que la envuelve, sólo puede ser de ella.
Y la miro mientras balbuceo:
--Perdone, perdone. Ha sido culpa mía.
--Sí, ha sido culpa suya.
La miro y mis ojos se prenden en sus pupilas. Y mi corazón late descompasadamente. Es ella. Y su imagen, un tanto borrosa en mi recuerdo, encaja con la que, con cara un tanto irritada, me mira.
¡ES ELLA!
El óvalo de su rostro coincide con mi recuerdo. Sus hoyuelos, sus ojos oscuros son los mismos que apenas pude vislumbrar en su más profundo matiz de color. Su voz, a pesar del tono de censura, es la voz que recuerdo y que siempre ha sonado en mi cabeza:
--No basta con pedir perdón. Hay que procurar no tener que decir perdone o lo siento. --Indica con voz dura.
--Lo siento, perdone.
Y lo repito mientras la recorro de arriba abajo buscando coincidencias entre lo que veo y lo que recuerdo.
¡ES ELLA!
Ya no tengo la menor duda. Su estatura, su pelo oscuro y largo, hasta más allá de los hombros y cogido con unas gomas, es el de ella. El bolso rojo y grande, es el suyo, y eso lo pude ver bien, muy bien, y no me ofrece dudas.
Y noto que ella me escudriña a su vez. Es como si un recuerdo le hubiera asaltado súbitamente. Callado, mirándola en silencio, quedo quieto, bloqueado mientras me escruta. Súbitamente, sus ojos se abren más y en su rostro se muestra una clara expresión de sorpresa.
--Usted… ¿otra vez?
--Sí, otra vez hemos tropezado.
--Debía fijarse más.
--Lo sé. Pero la buscaba. Y la he encontrado. Siento no haber… --empiezo a exponer, pero soy interrumpido por ella.
--Siento no haber acudido a la cita, pero todo se torció ese día en el trabajo, y tuve que quedarme hasta muy tarde.
--…no haber acudido a la cita --termino de exponer.
--¿Tampoco pudiste venir? –Inquiere ella en un tuteo que escapa a su control.
--Llegué tarde por culpa del reloj. Se me había parado. Llegué una hora tarde.
Y ella empieza a reír, con sonoras y alegres carcajadas, sin preocupación alguna, claramente liberada de algo que la había tenido preocupada hasta ese momento.
--¿No acudimos ninguno de los dos? --Pregunto con el sabor liberador de saber que nada de lo pensado y sufrido, servía ya para nada.
Y tras unos segundos de mirarnos abiertamente, ambos reímos parados en la cera mientras la lluvia cae sobre el paraguas de ella, y los transeúntes nos miran y evitan rozarnos cambiando el recorrido.
Decidido, adelanto la mano y expongo:
--Me llamo José. ¿Recuerdas?
Y ella, deja de reír, alarga su mano al tiempo que indica:
--Me llamo Alicia. ¿Y tú, lo recuerdas?
Miro el reloj, faltan apenas unos minutos para las veinte horas y digo, con mi habitual, y casi siempre, o al menos a veces, insoportable sorna:
--Es evidente que somos los dos puntuales. Son las ocho de la tarde, la hora de la cita ¿Paseamos?
Y ella, sonriente, mostrando un claro sentido del humor no exento de ironía, añade:
--Puntuales en hora, pero un desastre con el calendario. ¿No crees?
Y ríe de nuevo con carcajadas más suaves y controladas, que provocan las mías que trato que no sean estentóreas.
--Nunca es tarde, si la dicha es buena --añado soltando un viejo dicho que me suena vulgar, por ser tan conocido.
--Paseemos, llevamos un mes o más de retraso --acepta.
Y se coge de mi brazo al tiempo que me cubre con su paraguas. Perdidos por la ciudad, bajo la densa lluvia, salpicando al pisar los charcos, iniciamos, por fin, una conversación que, de momento no sabemos hasta donde llegará, o hasta donde nos podrá llevar.
--Recuerdo que hablamos de temas interesantes, pero no lo hicimos de nosotros… ¿Qué haces? ¿En que trabajas? --Inquiere en una primera prospección femenina.
Y la lluvia, arreciando, nos obliga a apretarnos un poco más para guarecernos bajo su elegante paraguas femenino, no demasiado grande como suelen ser los de ellas.
--Acércate un poco más, o te vas a empapar.
Y me sentí feliz al ver que me protegía de la lluvia, se preocupaba por mí y confiaba al menos hasta ese punto. Sentí su calor, el olor de su perfume, el peso de su brazo en el mío. Me adapté a su paso, más corto y lento que el mío. Caminamos despacio, mirándonos a ratos, con una curiosidad que iba in crescendo, conforme la confianza de la conversación, creaba un estatus nuevo, la amistad empezaba a germinar y ambos éramos conscientes de ello.
A nuestro alrededor, la ciudad, la lluvia, el tráfico, la gente, todo fue difuminándose, borrándose como si no existiera, perdiendo consistencia, hasta desaparecer para nosotros. Y quedamos solos, dentro un mundo que nacía y que siempre sería sólo nuestro.