Era un planeta de una lejana Galaxia, con la superficie totalmente cubierta de oxidado metal. Sobre ella pululaban enormes cerebros que se alimentaban oxidando la cubierta de hierro sobre la que se deslizaban lentamente. Eran los restos atróficos de una longeva civilización que, en una prolongada evolución. Habían ido desechando lo superfluo para quedar reducidos a lo fundamental: cerebro y sexo.
Los fluidos viscosos que caían por los brillantes, lustrosos y arrugados laterales del cerebro, brillaban con la luz cenital filtrada por la atmósfera de ozono de los soles gemelos en torno a los que orbitaba el planeta. Era un lento gotear que, al tocar el caliente metal, burbujeaban casi hirviendo y transformando el óxido en el ozono que formaba la burbuja de rala atmósfera del planeta. Los cúmulos de neuronas, de arrugada superficie, se movían buscando su pareja ideal, en un afán inusitado por mantener sin extinguir una especie en vías de desaparición.
Las prolongaciones neurosensitivas, buscaban en la oscuridad de sus ciegas vidas, otro ser con el que copular para engendrar el cerebrito que habría de mantener la continuidad familiar y conservar así, el cúmulo de conocimientos de miles de sucesiones perdidas en el olvido, pero cuyas experiencias y poder cognoscitivo, pasaba de una generación a la siguiente en una herencia colectiva que debía conservarse a pesar de las dificultades inherentes al paso del tiempo.
Establecido el contacto, realizada la cópula, fecundada la ovo-neurona, el nuevo ser nacería mediante un huevecito amarillento, que saldría al exterior, con un regüeldo sonoro, desde, y por, un punto insospechado de una de las circunvoluciones cerebrales. El roce de las terminaciones neuronales de ambos progenitores, creaban las condiciones óptimas para la unión táctil-neurógena que dejaría encinto al cerebro macho, madre del futuro neonato. Lascivamente, lujuriosamente, cada cerebro, sin otro sentido que el del sexo, agitaba, a modo de seudópodo, las excrecencias neuronales de su falo mental.
Eran años de deambular ciego buscando a otros miembros desperdigados de la especie por el vasto planeta. Pero éste era enorme, con una superficie lisa e idéntica en todo él, sin puntos de referencia que les guiara en su merodear. La no existencia de sensibilidades ajenas a las prolongaciones reproductivas, les mantenía tan ciegos como sordos, verdaderamente insensibles a los escasos datos que les aportaba las ramificaciones del agitado miembro sexual mental. Sólo cuando la casualidad, casi imposible, determinaba el contacto, y una lascivia irrefrenable les unía, se producía el maravilloso milagro de la procreación.
Este milagro era posible, dada la enorme longevidad de estos arrugados y pensantes seres. Lo cierto es que muchos alcanzaban su objetivo, cuando apenas les quedaba un mínimo tiempo para ello. Y los que lo lograban, se sentían más que satisfechos del logro. Sin embargo, el acto de la procreación los llenaba de tanta vida, que ésta conseguía prolongarse por otro largo periodo indefinido. Era, para los contactados, como un renacer de nuevo, dada la carga y renovación de energía que suponía la cópula. Cuando en su pulular, este milagro se producía, su contacto podía durar varias circunvoluciones en torno a los dos soles. La cópula, les producía tan agradable estremecimiento, y era tal el placer que sentían, que la vibración unísona de sus respectivos orgasmos, hacían que su anterior lento fluir y gotear, se convirtiera en un chorro débil, pero constante de fluidos viscosos, se acelerara en un ritmo creciente que les revitalizaba. Y estos líquidos, al contacto con la cubierta de hierro del planeta, suponían un incremento tal de burbujas hirvientes, que lograban incrementar la producción de gas, transformando tal cantidad de óxido de hierro en ozono, que la atmósfera adquiría por momentos otro color que, brillante, creando unas radiaciones fosforescentes engendraban un grave peligro para su existencia. Era leste exceso de producción, el hecho de que cambiaba el color de la atmósfera, lo más arriesgado de su existencia. En el planeta, además de estos seres, existían otros, grandes e insaciables depredadores de pensamientos. Estos enemigos, siempre vigilantes, eran unos entes ignorantes, sin evolucionar, cuyo único conocimiento era distinguir y apreciar los cambios de color de la atmósfera. Sabían, era su escaso conocimiento, que los cambios atmosféricos, no sólo suponían alimento para su hambre crónica, sino también la única manera de adquirir conocimientos. Y lo que los que los cerebros habían logrado tras cientos de milenios de evolución, podían absorberlos en ínfimas, pero útiles cantidades, que les ayudaría a mejorar y salir del estado de parásitos en las que sobrevivían. Ellos, los parásitos, en su escaso nivel cognoscitivo, sabían que la raza parasitada, eran unos entes muy avanzados, que fueron desechando con el tiempo todo lo accesorio. El resto, las demás partes que un día formaron un cuerpo, consiguieron quedarse en lo más genuino que puede tener un organismo vivo, el cerebro, punto en el que se deposita todo lo aprendido y lo más valioso: el saber.