País Relato - Autores

josé ignacio velasco montes

atrapada

I
Se agarró a aquellos barrotes que la inmovilizaban. A cada movimiento se notaba más y más sujeta. Era una sensación angustiosa que la obligaba a agitarse de una forma incontrolada tratando de liberarse. Pero a cada nuevo movimiento, a cada sucesivo intento, le resultaba aún más difícil sacudirse.
Mela tuvo conciencia de que las fuerzas la abandonaban y se quedó quieta, tratando de reponerse y pensar.
--¿Qué le ocurría? ¿Dónde estaba?
Era una situación nueva, desconocida para ella, angustiosa hasta lo inverosímil. A su alrededor todo era oscuridad y silencio. Sólo escuchaba el aire, un viento frío que ululaba a su paso sumiéndola en creciente temor. Trató de recordar. Ella iba..., ¡sí! Ahora rememoraba. Ella iba como siempre y de pronto se sintió atrapada, sujeta por algo que no lograba ver, pero que la inmovilizaba con creciente fuerza, aprisionándola hasta la extenuación.
Todo iba aclarándose con lentitud en medio del miedo que la atenazaba. Había comido -recordó- y lo hizo tan abundantemente que, satisfecha, se había quedado dormida bajo los templados rayos del sol sobre aquella cálida piedra que ofrecía, tentadora, su larga superficie. El sueño hubo de ser dilatado y profundo pues al despertar todo era oscuridad. Aterrada salió con prisas de aquel lugar y momentos después se encontraba incapaz de moverse.
Notaba que tenía la respiración jadeante; su corazón latía con violencia; y no tenía fuerzas para proseguir la lucha. No lograba hacer un nuevo esfuerzo y pudo comprender, finalmente, lo inútil de seguir intentándolo.
Gritó asustada, confundida, aterrorizada. Durante un largo rato, hasta caer en el profundo pozo del sueño por desfallecimiento, gritó desesperadamente recabando una ayuda que no llegaba, gimiendo el desconsuelo de una angustia que la envolvía llenándola de desesperación.
Quedó dormida en la oscuridad de un lugar tan desconocido como oscuro y silencioso.
*****
II
En lo más profundo de su caverna, Grog se despertó ante el sonido, lejano pero claro de la vibración sonora de una de sus alarmas. Se movió ligeramente tratando de escuchar y pudo confirmar su primera impresión. Alguien había penetrado en su territorio y, como era inevitable, caído en una de sus trampas.
Por unos instantes permaneció en absoluta quietud, tratando de captar los sonidos que emitía su víctima, y hasta sus sensibles oídos llegaron los intentos, progresivamente aminorados, de zafarse y huir.
Intuyó sus movimientos desesperados, su sorpresa, la angustia que en el interior de aquel ser atrapado, y que confirmaban los débiles gritos que llegaban hasta él. Y hubo de sonreír ante una agitación que le favorecía en sus deseos y que le dejaría más inerme para él.
Permaneció quieto disfrutando de los sonidos que le llegaban. Eran unos ruidos lo suficientemente claros como para poder oírlos como si estuviera a su lado. Los percibía como una música agradable que le hacía enervarse de placer. Sintió la saliva fluir y correr libre en su boca. Se estremeció en un espasmo que le recorrió de punta a punta dejándole el regusto anticipado de lo que sería el amanecer.
--¡Aaaggg! -tembló en un largo suspiro que surgió espontáneo de todo su cuerpo en un latigazo de placer sensual.-
Escuchó de nuevo sin moverse, apreciando como el prisionero jadeaba e iba cansándose de forma paulatina. Llegaron sus débiles gritos y gemidos envueltos y transportados por la brisa, chirriante, de la medianoche.
Se esponjó de satisfacción cuando un zaguero grito de la víctima, rescoldo de sus agotadas energías, vibró en el aire indicándole, ya conocía la secuencia, que se rendía a la evidencia e iba a cesar en la lucha por escaparse.
Conocía el terror y la angustia que implicaba aquel postrero grito, largo y quejumbroso, resumen claro de una situación que, a partir de aquel momento, él ya dominaba por completo. Ya lo tenía a su merced y ya nada podría evitarlo.
Grog se sintió perezoso. Moviéndose displicente, acomodándose de forma lenta y sibarítica, cerró los ojos y volvió a quedarse dormido.
*****
III
Nathaniel cerró el libro que estaba leyendo, se desperezó con cuidado y apagó la luz. Por la entreabierta ventana penetraba una mínima luz estelar que apenas silueteaba el marco de la ventana. La historia que acababa de leer le había resultado muy interesante y, sobre todo el final, le hizo disfrutar de una forma como hacía mucho tiempo no había sentido.
Se sumergió en el ensueño de cada noche y su fantasía empezó a crear con un viejo hábito que le hacía mover los personajes como un director de cine con experiencia. Se imaginaba toda la escena tal y como la había concebido el escritor. En su imaginación empezó a recrearla, convirtiendo la lectura en Veía salir al preso de la celda de la muerte y caminar entre aquellos curiosos y asustados espectadores. Se lo figuraba andar de forma insegura, amedrentado, temblón, encaminándose en dirección al patio de la cárcel donde le esperaba la cuerda engrasada y a la medida de su cuello.
Había visto una película, no recordaba el título, y podía reconstruir las vívidas imágenes del que iba a ser ejecutado mientras se dirigía al cadalso. Asoció ambas historias fundiéndolas en una sola. Trató de revivir aquel momento colocándose en el puesto del reo y sintiéndose espectador al mismo tiempo. Se vio caminar a lo largo del pasillo, un corredor frío y sucio por el que supuso que habrían avanzado muchos otros iguales a él. El pasillo del se dijo morboso disfrutando en sí mismo el pánico ajeno. Pero no le pareció suficiente metáfora y detuvo las imágenes mientras pensaba en algo más expresivo y mórbido. . . El " corredor de la muerte", eso estaba bien, y creó la imagen de un suelo formado por cráneos en vez de baldosas, y añadió huesos colgados de las paredes. La visión le hizo estremecerse en un orgasmo placentero. Al final del largo pasillo, un guardián abrió la puerta metálica y se pudo contemplar el patíbulo, con la soga de largo nudo corredizo oscilando levemente sobre una trampa de madera que al hundirse llevaba al más allá.
Retardó la imagen, colocando a los actores a paso lento, recreándose en cada movimiento, en cada expresión. El cura, un pobre hombre tan asustado como el preso, le precedía. Se lo imaginaba a punto de vomitar, estremecido por algo para lo que no estaba preparado y que siempre había temido. Lo vio llegar al patio con la esperanza de que el fresco del amanecer actuara como lenitivo y apaciguara las náuseas y asentara su revuelto estómago. Lo observó volviéndose, breviario en mano, empleando forzadas palabras que el reo no podía entender y en las que le exhortaba a que tuviera confianza en Dios.
Más atrás, siguió reconstruyendo con la imaginación, iban dos guardianes uniformados. Se encontraban más enteros pues no era su primera vez, pero aun así estaban intranquilos, deseosos de acabar.
Detrás de ellos venían el alcaide, el abogado del reo, el médico de prisiones y varios testigos invitados. Nathaniel se los figuró uno a uno en un recorrido breve pero profundo. Estaban llenos de asco, asustados en lo más do de sus seres ante algo que tenían que presenciar. Todos añoraban la tibieza de sus camas, el calor del cuerpo de las esposas, el silencio de sus casas. Pero todos disimulaban sus inquietudes mostrando una entereza, una frialdad y serenidad que estaban muy lejos de sentir. El pasillo terminó bruscamente y el guardián terminó de abrir la puerta en dirección al patio de la prisión.
El capellán fue el primero en pasar. Detrás lo hizo un funcionario y a continuación le correspondía al reo. Pero éste vio, desde el corredor, el catafalco que le aguardaba. Pudo ver también la sombra, figura desdibujada y siniestra -el amanecer no dejaba ver más-, que en lo alto del entarimado le contemplaba. Se imagino sus ojos aviesos clavados en é1 y tuvo un estremecimiento.
El preso no pudo aguantar más. Todos sus esquemas, todo su valor se esfumó en un momento. Quiso salir corriendo hacia atrás, volver a la celda protectora, dar marcha negativa al tiempo.
Los dos guardianes sorprendidos, tuvieron que luchar con el convicto. Entre los dos no podían con la tempestad de movimientos y golpes de éste que, aterrorizado, coceaba, mordía, gritaba, insultaba, suplicaba:
--¡No! No quiero morir. Soy inocente. Lo maté sin querer. ¡Hijos de puta, soltadme! ¡Asesinos! No quiero morir. ¡Me niego a morir!
Nathaniel se regodeaba con la escena. Ampliaba, corregía, mejoraba los insultos del reo exacerbando su resistencia a ser reducido. Logró que se zafara en varias ocasiones, consiguiendo así una ampliación de la deliciosa escena. Hizo intervenir varios guardias más, bruscos y solapados en su actuación hasta que el sentenciado quedó reducido y, sin miramientos, llevado hasta lo alto del cadalso en volandas.
El prisionero había roto la elegancia del acto y ya sólo quedaba que se cumpliera la sentencia. Nathaniel se imaginó el pensamiento de todos, sus deseos de acabar cuanto antes. Adivinaba sus quejas secretas ante la conducta de un convicto que se negaba a morir con un mínimo de donaire, con algo de valentía y gracia.
--Un preso así -expresó en voz alta el Alcaide-, se convierte en un ser despreciable.--
--Que menos que colaborar -añadió uno de los testigos exponiendo su opinión de experto-, cuando no tiene otra salida.--
Y todos asintieron frunciendo la boca y agitando la cabeza con desprecio ante la absurda situación creada por aquel miserable que no quería morir.
El Alcaide miró el reloj y vio que quedaban apenas unos escasos minutos para la hora indicada. Él era un hombre justo y muy puntual, exacto en todas sus cosas. El reo debía morir con absoluta exactitud, ni antes ni después de las seis del amanecer del día señalado. Y a esa hora se haría pues esa era su responsabilidad. Reclamó silencio y miró al reo que le contemplaba con los ojos desorbitados desde lo alto de la tarima de madera.
--¿Cuál es tu último deseo? -preguntó con aire solemne.--
Le vieron dudar, mirar en su torno, tratar una vez más de liberarse de la presa que le habían hecho los guardianes y, ante la inutilidad de sus intentos, con voz ronca dijo:
--Quiero fumar.—
El abogado sacó un paquete y se lo tendió al verdugo. Éste sacó un pitillo y lo colocó en la boca del preso. Le dio fuego mientras pensaba que era lo menos que podía hacer por él antes de hacer lo "otro".
Nathaniel reconstruía paso a paso cada una de las escenas. Se recreaba los detalles, trataba de adivinar los pensamientos y motivaciones de cada de los actores del drama. Vio al reo aspirar el humo y sintió en sí mismo el sabor salobre y amargo del último cigarro. Captó como fumaba despacio, tratando de conservar el pitillo el mayor tiempo posible. Pero, a cada mínima chupada, la brasa avanzaba hacia la boquilla consumiendo esperanzas, matando unos milímetros más de una vida que concluía...
Nathaniel, con una clara expresión de placer dibujada en el rostro, quedó dormido cuando el verdugo colocaba el lazo en torno al cuello.
*****
IV
Mela se despertó bruscamente y tardó unos segundos en recordar dónde estaba. Amanecía y la luz, una mortecina claridad, empezaba a desvelar el misterio de la noche anterior.
Cuando el alba fue suficiente como para poder ver con seguridad, miró a su alrededor comprendiendo que no tenía escapatoria. Hizo todavía una nueva tentativa de soltarse pero sin lograr absolutamente nada. Permaneció quieta mirando la entrada de la caverna que vislumbraba a escasa distancia. Era un ojo negro y tenebroso que se abría en aquel muro sobre el que se encontraba. Intuyó la presencia maligna que residía en su interior y se estremeció de terror al adivinar lo que ocurriría cuando "aquello", lo que quiera que se encontrara en el interior de aquel oscuro lugar, saliera fuera y le viera convertido en fácil presa.
Notó como un temblor intenso se apoderaba de su cuerpo y lo sometía a una horrible agitación. Resignada, impotente, llena de temor, trató de quieta mientras esperaba su inevitable destino.
*****
V
Nathaniel despertó temprano. Amanecía y la luz entraba por una rendija la persiana. Nada más levantarse la elevó por completo y miró al exterior. Iba ser un día espléndido en aquel magnífico verano que estaba viviendo. Se lavó con cuidado, meticulosamente, antes de vestirse para salir. El amanecer era la hora de las emociones fuertes, de las sorpresas que cautivaban su atención cada día. Le apetecía dar una vuelta por el campo, ver el despertar de los pajarillos, oír sus primeros trinos, ver las gotas de rocío sobre los pétalos de las flores...
Al salir de la casa empezó a caminar observando con curiosidad el entorno. Nada escapaba a sus sagaces ojos. El sol, oculto aún en el horizonte, tímidamente su claridad anunciando un dorado día con una alborada llena de matices.
Arrancó una rama de un árbol pelándola con movimientos tranquilos y precisos. Sacando una pequeña navaja completó la labor de dejar el palo recto y uniforme. Recordó sus pensamientos de la noche anterior sonriéndose ante la situación que había logrado crear, y deseando, al mismo tiempo, poder vivirla en la realidad.
Avanzó despacio mientras golpeaba, suavemente, las ramas de los árboles y las flores con la flexible vara.
Groq, en el fondo de la cueva, se despertaba lentamente. Abrió un ojo y vio la claridad que penetraba por la entrada. La dorada luz del sol dio en su pupila reanimándole. Aún tardó en estar despierto y dispuesto para salir. Su vida, su tiempo, eran tan lentos como él mismo y su conducta. Se fue moviendo despacio hacia la salida. Súbitamente recordó que la noche anterior había caído una víctima en una de sus trampas. Y el recuerdo le hizo sentir hambre, un hambre feroz que contrajo sus entrañas impu1sándole a salir para verla, para regodearse en una contemplación previa de lo que sería su comida del día.
Sabía, lo había vivido muchas veces, el efecto que causaba en la víctima su presencia. Se movió con parsimonia y asomó la cabeza por la boca de la cueva. Sus ojillos malévolos miraron en todas direcciones en una cuidadosa inspección del paisaje. Algo se acercaba en dirección a donde él se encontraba y quedó contemplando la sombra, aún borrosa, para valorar el peligro que podía representar.
Se tranquilizó al ver que era Nathaniel que, como cada mañana, salía a dar una vuelta. El muchacho nunca intervenía en sus asuntos de una forma directa. Quedaría, como en otras ocasiones había hecho, contemplando su festín con ojos tan críticos como gozosos. Si hoy acudía a presenciar su actuación, tendría que poner especial esmero y dar un espectáculo digno de su vecino. Esperó quieto a que se acercara y mientras tanto trató de localizar a su presa.
La vio de inmediato donde suponía que debía estar. Y comprobó que ésta, estremecida, ya le había visto a su vez.
*****
VI
Mela observó como la entrada de la cueva se llenaba con la presencia maligna de su captor. Notó como los ojillos se movían en todas direcciones sin fijarse en ella. Escuchó ruido y vio a Nathaniel avanzar hacia donde se encontraba.
¿Quizás...? Pero desechó el pensamiento de inmediato: no despertaría ninguna simpatía en Nathaniel.
Pudo ver como el ser monstruoso que la tenía prisionera miraba hacia él que llegaba sin que su presencia le afectara y comprendió que había algo en común que no le iba a beneficiar.
Y entonces sintió que la mirada de Grog se le posaba con deleite. Escuchó los gruñidos de placer con los que le obsequiaba y no pudo reprimir el nuevo acceso de temor que la embargaba por momentos. Asustada trató de escapar agitándose desesperadamente mientras gritaba y gemía con las renovadas fuerzas que le había proporcionado el descanso.
*****
VII
Nathaniel recordó aquel rincón del jardín y buscó con la mirada. Era el sitio en el que en otras ocasiones...
Lo vio todo en segundos y se congratuló de haber madrugado. Sintiendo por adelantado el placer del espectáculo que se avecinaba, se dirigió hacia allí dispuesto a no perderse un detalle. Apreció que todos los componentes de la tragedia estaban preparados y se dispuso a permanecer al margen, pero en primera fila.
--Gracias por esperarme, Grog -saludó al dueño de la cueva que se asomaba apenas por la boca de ésta.
Grog desde el interior le escuchó dirigirse a él y comprendió instintiva mente lo que le decía. El sonido que llegó hasta él no era una amenaza, ni excesivamente alto su tono.
--Y tú, Mela, ¿cómo te has dejado atrapar así?-
Mela se agitó con redoblada furia consciente de que se acababan sus posibilidades. Pero todo era inútil.
Grog avanzó desde su caverna. Estaba apercibido de que Nathaniel le observaba y quería darle una bella secuencia: la mejor hasta aquél momento. Avanzó balanceándose, trazando un arco que le aproximaría de una forma lenta y amenazante para Mela.
Nathanile observó disfrutando del momento. Veía las contorsiones y el terror de Mela que, inmovilizada, no lograba casi rebullir. Escuchó sus agudos gritos conforme Grog se acercaba moviendo las mandíbulas con estudiados y sonoros choques.
Mela se agitó y lanzó un gemido largo y sibilante que se fue agotando en sí mismo hasta desaparecer.
Grog retrocedió unos pasos disfrutando, disponiéndose para la postrera embestida.
Nathaniel sonrió lleno de placer, dando su consentimiento, invitando al asalto final; tenía la respiración entrecortada, la vista fija en el escenario, el cuerpo tembloroso de excitación.
--¡Adelante! ¡Es para ti! -gritó transido de emoción.—
Como si le hubiera escuchado, Grog se lanzó en una rápida carrera y con prodigiosa habilidad cayó sobre la temblorosa Mela que lanzaba un grito continuo. La fue envolviendo en una sutil malla hasta crear un remedo de capullo, tenue y blanco, a su alrededor. El aguijón penetró después sin prisas, abriéndose paso a través de la maraña de hilos e introduciéndose en el cuerpo de Mela la con precisión.
Mela sintió como la perforaban el tórax, y a su vez notó la presión del líquido que le inyectaba Grog. De inmediato acusó sus efectos y una dulce laxitud la empezó a dominar, paralizándola. Podía oír y sentir, pero no moverse.
--¡Sigue! ¡Sigue! -jaleó Nathaniel que no perdía de vista cada movimiento de Grog y adivinaba, ya que no podía ver, las sensaciones de Mela.
Grog sacó el aguijón y quedó contemplando el bulto que formaba la inmóvil Mela. Esperó unos instantes mientras frotaba los palpos con un ritmo ancestral que le llenaba de placer. Conocía el tiempo que debía aguardar. Muy dentro de su diminuto cerebro, un reloj interior, heredado de millones de generaciones de arañas, le indicaría cuándo y cómo debía actuar: cuando los palpos adquiriesen un ritmo frenético actuaría con precisión y sin titubeos.
Sus ocho patas, grandes y peludas, le colocaron encima del capullo. Las patas anteriores, con movimientos exactos, abrieron la malla que la envolvía y pudo contemplarla viva pero inmóvil. Vio como ella le miraba en una catalepsia total que ya sólo la permitía ver y pensar.
La atrapó con los palpos y la fue atrayendo. La hermosa mosca verdosa, de gran tamaño y brillo de esmeralda, fue desapareciendo entre crujidos inaudibles para Nathaniel. Los dos grandes palpos la manejaban con pulcritud, y la iban colocando para ser ingerida con movimientos precisos que la llevaban al interior de Grog. Las alas, nervudas y espléndidas, quedaron fuera y cayeron a la pegajosa tela de araña, cuadriculada y perfecta en su dibujo. Mientras, Grog, inmóvil sobre sus ocho patas, engullía y miraba a Nathaniel que, transpuesto, alcanzaba el clímax de placer morboso de su tercer mejor espectáculo veraniego.
Al terminar, Grog recorrió la tela arreglando y limpiando su trampa. Arrojó las alas al aire y disolvió el capullo. Después quedó mirando a Nathaniel como si esperara sus órdenes.
--Mañana volveré, Grog. A la misma hora. Quiero que te superes aún más. ¡Si no es así... tú serás mi víctima!
Grog se agazapó en un rincón dispuesto a esperar a un incauto que cayera en sus redes para sacrificarlo cuando el insaciable monstruo de su amo volviera al próximo amanecer. Y Grog, ya al borde del sopor digestivo, con el vientre inflado por una mosca que era tan grande como él, comprendió que Nathaniel, el niño recién llegado a la casa cercana a su cueva, no bromeaba.