I
Todo esto debe ser una confusión o un sueño. No comprendo nada de lo que ocurre a mí alrededor. Las brujas hablan un idioma críptico, del que no logro entender una sola palabra. Me recuerda a un aquelarre que una vez leí en un libro. Los ropajes negros, las miradas turbias, esos ritos extraños, las aviesas intenciones, la hoguera central sobre la que añaden puñados de algo pestilente que humea... todo es igual a lo que describían en el libro.
Pero... ¿Qué quieren ahora, qué hacen? ¡No! ¡Dejadme! Es inútil. Me siento arrastrado por todas ellas y me desnudan en medio de un manoseo repugnante, de un jolgorio procaz. Me humillan en lo más íntimo. Me tocan, me exploran, me penetran con los dedos Me muerden y acarician con la mayor desvergüenza. No están dejando ni un milímetro de mi cuerpo sin profanar. Es algo inaudito e indecente lo que me está ocurriendo.
¿Y ahora qué hacen? ¿Qué es eso que traen? Quiero resistirme pero no puedo. Entre todas me voltean y soy colocado en este extraño mueble. Noto como las correas se cierran en diversas partes de mi cuerpo. Me han dejado sujeto en una posición vergonzante, ridícula, obscena.
La contumaz fiesta continúa. Las miradas que me dirigen y el continuo manoseo al que me veo sometido, deben tener un significado. ¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Me concentro tratando de hacer memoria, pero no encuentro la respuesta. Lo último que recuerdo y me parece ya algo arcano es...
II
Conducía por la autopista K-27. Aún me encontraba tenso y cansado del trabajo recién terminado. Siempre que tienes prisas, las cosas se complican y no puedes salir ni a tu hora habitual y menos, antes, como era mi intención.
Cuando saco el coche del aparcamiento ya es muy tarde. Al alcanzar el inicio de la autopista ya es noche cerrada y, además, ha caído una gruesa cortina de niebla. Tengo que conducir muy despacio pues apenas se ve. No llegaré para la fiesta a la que estoy invitado.
Enciendo un pitillo y lo sujeto con la izquierda mientras conduzco con la mano derecha. Noto el pinchazo con la misma claridad con la que se percibe el amanecer o las primeras gotas de lluvia. El coche se vuelve más pesado por momentos y deriva hacia la derecha al tiempo que se inclina hacia el mismo lado.
Aparco en el arcén tras apretar el botón de "warning". Los intermitentes inician su rítmica cantinela mientras maldiciendo a gritos mi mala suerte me apeo del coche...
III
La agitación que por momentos se desencadena en mi entorno; la danza que inician las viejas brujas a mí alrededor debe tener una finalidad, un significado. ¿Pero cuál? La música infernal que llena la cueva, el humo verdoso que sube al techo y queda atrapado en él en forma de toda suerte de bichos maléficos, deben tener igualmente una motivación. ¿Pero cuál? Las mismas preguntas sin respuesta acuden a mí una y otra vez.
Observo, ahora, ya que por la posición me veo obligado a ello, las gárgolas de piedra que adornan el techo, cuyos ojos, hechos de oscuridad, parecen mirarme, fríamente, riéndose de mi destino.
El olor, una peste a podredumbre, a corrupción, se hace por momentos más y más intenso. Las paredes de la cueva, labradas en la roca, muestran mil dibujos fantásticos en las vetas minerales que, caprichosamente, se retuercen sobre sí mismas en complicados arabescos.
La orgía de las brujas continúa en un crescendo insólito. El ruido del tambor, en un golpeteo desenfrenado hace retumbar la enorme cámara. Las ondas vibratorias agitan las volutas de humo que ascienden al techo y cambian las formas en otras, cada vez más grotescas, más fantasmales. Las sombras de los rincones empiezan a dejar de serlo, transformándose por el brillo cambiante de la hoguera, de llamas en cada ocasión, y por momentos, más altas y rojitas, en siniestras y tenebrosas imágenes a punto de materializarse.
Me siento por momentos más lleno de terror. Es un pavor intrínseco, una angustia espantosa que corroe mis entrañas desgarrándolas a mordiscos, a tirones. Noto cómo una mano fría, helada, que se apodera de mí, envolviéndome, congelándome, pero a pesar de ello sigo consciente de toda la maldad en la que me veo inmerso.
El ruido de mil tambores, de cientos de címbalos, de incontables instrumentos arcaicos me hacen temblar con su horroroso y esotérico ritmo que parece provenir de otros mundos, de otras épocas, de pretéritos lugares. ¿Es posible --me pregunto- que esto ocurra en pleno final del siglo XX? No es factible, tiene que tratarse de un mal sueño, de una horrorosa pesadilla, me repito continuamente tratando de despertar. Pero todo es real. Los hachones de cera verde que lanzan una luz incierta y temblorosa, son reales. Las antorchas de madera resinosa, sujetas a la pared por argollas de hierro corroído, producen más humo que luz, pero son igualmente una realidad. Y yo, -me digo finalmente --también soy de carne y hueso.
La frenética danza de los arrugados vejestorios, al compás de una música Cada vez más rápida, más enervante, está llegando a un paroxismo superior a lo explicable. Dan vueltas y vueltas en torno al gran brasero central, lanzando gritos en un lenguaje extraño; recitan salmodias incomprensibles mientras arrojan puñados de polvos y hojas al fuego que, con un fogonazo se transforman en nubes de humo. Cada movimiento tiene un sentido, una intencionalidad.
Algunas brujas caen al suelo presas de ataques convulsivos que las agitan durante largos periodos de tiempo, mientras la baba escapa y chorrea desde sus desdentadas bocas y la orina forma un charco debajo de ellas. Al Cabo se levantan y vuelven al rítmico, sincopado, repugnante y obsceno baile. En el frenesí de la danza, las negras ropas se rompen, se abren o se las quitan, dejando al descubierto unos interiores más repelentes que todo lo demás. Los fláccidos pechos, colgantes, sucios y arrugados, se agitan al compás de la música. Piernas, muslos, caderas esqueléticas y deformadas por la edad y el reuma, contrastan con las rodillas globulosas, los tobillos hinchados y los pies sarmentosos de amarillentas, costrosas y largas uñas. Es un conjunto de úlceras, varices, costras, suciedad y pellejos amarillentos. Es un espectáculo infernal que por momentos crece sin que aparentemente parezca tener un límite, un fin.
Un cambio de ritmo y una música nueva, diferente, llena la sala. Un súbito resplandor que procede del fondo de la cueva, precede a una oleada de nauseabundo calor que arrasa la gruta y hace que se agiten todos los puntos de luz en una convulsión generalizada de las llamas de antorchas y hachones.
Las brujas gritan entusiasmadas y balbucean un nombre. ¡Dacrio! ¡Dacrio! El nombre es repetido hasta la saciedad en medio de gritos histéricos y saltos de júbilo. La danza se detiene y todas se vuelven hacia el fondo, en dirección a la hasta entonces tenebrosa oscuridad. Un brillo intenso, intermitente, surge de las ignotas profundidades. Solo dura un instante, pero cada vez que surge la luz, ésta se acompaña de una nueva oleada de fétido calor. Las mugrientas viejas chillan en cada ocasión en un infrahumano berrido.
El fondo de la gruta se ilumina con la luz de cientos de antorchas que han prendido de golpe. Surgido de algún proceloso lugar, una lúgubre comitiva avanza. Sobre unas andas, un sillón de piedra verdosa por el moho y el tiempo soporta y contiene algo que no admite explicación.
¿Qué es "aquello? ¿Un ser? ¿Un monstruo? ¿Qué importa? --me digo- ¡Qué importa ya nada --me repito cientos de veces. En todo caso, ahora lo comprendo, "aquello", sea lo que fuere viene, lo tengo muy claro, viene por mí.
Las andas, portadas por frailes encapuchados, de hábito marrón oscuro y acinturado por una ancha correa cuyo extremo cuelga por delante hasta los pies, se acercan al centro de la sala. Conforme se aproximan voy viendo mejor el conjunto. Detrás de las capuchas, una negra sombra sin cara; al extremo de las mangas, el vacío; por debajo de las faldas de hábito, unas sandalias que abrazan la nada. Las andas quedan en el suelo cerca del brasero y los frailes se retiran a la semioscuridad de detrás, mientras meten las presuntas e invisibles manos en las mangas y el conjunto queda a la altura del pecho.
Sobre el pétreo y longevo sillón, "Aquello" lo contempla todo con sus ojillos malévolos y repugnantes, encontrando sin duda un placer bestial en ello, dada la expresión porcina de satisfacción de su rostro. Por un instante encuentro sus ojos que me miran e instantáneamente me siento bañado en sudor frío. Un escalofrío me envuelve y deseo no haber nacido. Retiro de inmediato la mirada lleno de angustia y temor.
"Aquello", lo que quiera que sea y cuya forma indescriptible rezuma maldad; cuya pestífera emanación se evapora en forma de bruma amarillenta que asciende al techo y se condensa en forma de gotas que, posteriormente engrosadas, resbalan de las barbas o los cuernos de las gárgolas de piedra y caen con un ruido apagado y húmedo, levantando un vapor de corrosión y un fétido olor caprino.
Mis intentos de huir de la realidad, repitiéndome incansable que es una pesadilla, no me sacan de ella y lo que veo y siento no puede ser ni más tangible, ni más desagradable y terrorífico.
Las brujas gritan de placer y se arrojan en tropel sobre "Aquello", siendo recibidas con satisfacción. Gesticulan, hablan y besan con unción alguna parte de aquella cosa que, placentera y malévola, permanece en su sillón de piedra. No me atrevo a pensar que puede ser "Aquello". No es posible, no puede existir algo así. Es irreal, indescriptible, alucinante, apocalíptico, fuera del espacio y el tiempo conocidos.
Me voy fijando con detalle, en un intento de conocer su esencia. Los ojos inyectados en sangre me miran preñados de infinita y perversa maldad. El rostro descolorido y lleno de pústulas repugnantes. Los labios impregnados de corrupción, dejan escapar por las comisuras una podredumbre maloliente en forma de saliva verdosa y filante. La lengua, bífida, blanquecina y sucia, asoma al hablar entre unos restos pútridos de dientes amarillentos, y con ella lametea los arrugados rostros de las viejas brujas que se unen a él en largos, lengüeteantes y sensuales besos. Las orejas picudas, dejan escapar por su agujero central unos mechones de pelo rojizo que parecen brochas y muestran en su contorno pústulas y verrugas por las que asoman verdosos gusanos. En la calva cabeza, un gran boquete de saniosos labios, muestra en su fondo un hueso carcomido y sucio, a través del cual se identifican las cubiertas cerebrales congestionadas.
El pecho escuálido y desnudo, de piel fláccida, deja ver el dibujo de unas tortuosas costillas entre las que se recortan unos pezones negros, grandes y colgantes. La tripa, que otrora fuera voluminosa, yace arrugada y caída en forma de colgante delantal sobre unos muslos escuálidos y tapa en parte unos genitales de descomunal tamaño que las viejas, en reñida competición, sostienen y acarician por turnos. Las piernas, canijas y huesudas, cuelgan del borde del sillón, mostrando el ceniciento color de unos vellos grises sobre una piel blancuzca y sucia.
Las viejas lo acarician, lo manosean en confuso montón que trepa por el sillón, mientras
"Aquello" clava sus ojos en mí. Noto que me mira con animosidad, con libidinosos deseos y empiezo a comprender la situación de un modo claro. Aprecio un deseo apremiante, violento, maligno, de posesión irreprimible. Noto que esa gula carnal recorre obscenamente mi cuerpo.
Por un momento mis pupilas coinciden con las de “Aquello” y veo como la lengua sale de la boca y se lame los labios en un gesto claro y expresivo. Me siento profanado por ese deseo lujurioso y ultrajante. Percibo que la mente de la "Aquello” penetra en mi cerebro buscando, hurgando, registrando sin piedad y comprendo que no le bastará con tomar mi cuerpo y abusar de mi indefensa situación. Quiere más y nunca estará satisfecho ni conmigo ni con nadie. Es una personificación del averno, una concentración de toda la maldad de todos los tiempos y de todos los mundos. De mí, que es lo que de momento tiene más cerca lo quiere todo: mi vida, mi cuerpo, mis recuerdos, mi infancia, mis vivencias y toda mi capacidad de ser y amar.
Veo que las viejas lo excitan a un gesto suyo, llevándolo a un paroxismo de babas y a una erección monstruosa bajo las diestras manipulaciones. Sus ojos me miran ahítos de maldad y sedientos de placer y deseo, mientras me recorren sin saber en que lugar quedarse.
Noto que mueven el objeto absurdo en el que tan ridículamente estoy atado y ...
IV
EL DIARIO DE TAL.-23/11/83.-A escasos metros del borde de la autopista K-27, kilómetro 287,300, ha sido encontrado el cadáver de Don. X.Y.T. desaparecido hace una semana en otro punto de la citada autopista. Según declaraciones no confirmadas de fuentes cercanas a la policía y de testigos presenciales, el cadáver, privado de ropas y que ha pasado al depósito para su autopsia, presentaba señales de corrosión por ácidos, quemaduras, malos tratos, amputación del Pene y destrozos por abuso sexual. La policía se ha negado a ampliar la información en tanto el caso permanezca "subjudice", al igual que viene haciendo últimamente con los varios casos similares ocurridos en la citada autopista.