País Relato - Autores

josé ignacio velasco montes

amor

I
Saltó desde la rana del árbol y abrió los brazos desplegando las superficies membranosas de sustentación. Se dispuso para hacer un largo recorrido y llegar hasta el lugar en el que le había parecido ver a un individuo de su especie. Por los colores que entrevió entre las hojas malvas de los árboles --barras verticales a lo largo del cuerpo- -y las enhiestas espinas cuyas puntas brillaban como señuelos, adivinó instintivamente que se trataba de un macho.
--¿Será verdad? --se preguntó henchida de ilusión y esperanza mientras mantenía el lento planeo con breves movimientos de los brazos. ¿O por el contrario es un nuevo espejismo como en anteriores ocasiones?
Inició un círculo sobre la densa arboleda subyacente mientras buscaba los llamativos semáforos sexuales. Sus terminales olfatorios, repartidos por todo el cuerpo, asomaban entre las escamas tratando de captar las emanaciones de llamada que su posible congénere debía estar excretando.
--Es la última ocasión de emparejarme y seguir viviendo --se recordó entre amargada y ansiosa --.No volveré a tener otra oportunidad si no lo encuentro.
Lanzó el grito ancestral de aviso que la identificaba como hembra libre y deseosa de apareamiento. Notó, fruto de su excitación largo tiempo reprimida, como sus glándulas odoríficas repletas de humores se abultaban y preparaban para abrir sus estomas y lanzar los chorros que atraerían al macho de forma irresistible.
Y entonces lo vio: lejos pero hermoso; adulto y libre como el1a; atractivo con sus vistosos colores de cortejo como lo indicaban los brillantes extremos de sus espinas. Percibió su olor impregnando sus bulbos olfatorios hasta saturarlos. Sintió en su cuerpo la eclosión de millones de partículas desbordantes de perfume que se expandieron por el aire.
Repitió de nuevo su grito de llamada, y lo hizo con toda la fuerza de la que era capaz Le vio mientras volaba hacia él, levantar la cabeza en su dirección, mirarla fijamente y de inmediato sus colores se acentuaron en una súbita llamarada de vida, en un relampagueo de reconocimiento y aceptación.
--¡Al fin! –se escuchó exclamar Abor mientras la veía deslizarse por el aire en su dirección.
Elá cerró los brazos lo suficiente para precipitarse hacia él. Los abrió en el zaguero momento y quedó a su lado.
Abor se abalanzó hacia ella y de inmediato, precipitadamente, con una urgencia fuera de lugar, extendió la cresta tornasolada que se escondía en unos repliegues de su cabeza y la colocó frente de ella.
Elá, vibrante y tímida, ansiosa y asustada, dominante y subyugada, hizo salir su moño irisado y lo mezcló con el que se le ofrecía, en un manifiesto gesto de propiedad y entrega. Los penachos, mostrando las exuberancias de sus arco iris, bañados en fluente secreción, se unieron en íntimo contacto. Las partículas se mezclaron y ambas crestas, en una metamorfosis instantánea y luminosa –súbito fulgor de luces y sensaciones--, viraron a nuevos colores, idénticos para ambos. Las suaves protuberancias quedaron rígidas, tiesas, exultantes, llamativas en su flamear por encima de las cabezas. Los repliegues se cerraron en una definitiva oclusión de la cavidad frontal.
Los dos, sin palabras, agitados ante el trascendental hecho de quedar emparejados para siempre, gozosos de haber alcanzado una situación tan deseada como, hasta hacía poco aparentemente imposible, se alejaron unos pasos mientras se contemplaban en silencio.
Abor apreció que se calmaban los ímpetus que le habían mantenido en tensión buscando, incansable, por muchos ciclos del planeta en el que su especie desaparecía.
--Lo logré; ya no estaré por más tiempo solo –pensó Abor aliviado.—
Elá, satisfecha, consciente del milagro que le permitiría vivir y reproducirse, lanzó por tercera y última vez el grito de llamada y saludo que, en esta ocasión, llevaba insertos júbilo, propiedad, entrega y desafío al hostil ambiente que les estaba destruyendo. Era el ulular característico de las hembras libres, que antaño señalaba su presencia y hacía hervir la sangre de los machos al oírlo, pero que desde un tiempo, ya muy largo, carecía de significado ante la ausencia de posibles parejas. Pero el bramido se apagó apenas iniciado y en su lastimero derrumbe tonal le acompañaban los olores, los efluvios y todos los demás componentes de sus caracteres sexuales primarios. En su lugar aparecieron, y se sintió invadida, toda una serie de sensaciones absolutamente nuevas que se despertaban por la deseada y ya conseguida, realidad de tener pareja, sentirse y saberse útil y no echó de menos los atributos, ya innecesarios, de soltera. Se sintió segura, confiada...
--Se acabó el deambular, el miedo, la angustia --comentó para sí misma--. Ya era momento de
Encontrar su pareja después de tantas estaciones deseándolo.
En su interior, todavía imperceptible para ella, pero desgranándose paso a paso, inundándola, nuevas glándulas despertaban y ponían en marcha los mecanismos sexuales secundarios que, con aplastante e ineluctable fuerza, harían que el macho aceptara gozoso el largo y complicado proceso de la procreación.
II
Hacía días que vagaban en silencio; juntos en la distancia, pero separados y alejados por una sensación que brotaba de lo más profundo de sus mentes y que les mantenía en continuo movimiento buscando algo que no sabían qué podría ser.
Se observaban con disimulo, sintiéndose como avergonzados de una mutua propiedad que, aunque les unía, creaba una confusión de sentimientos y una disrupción de sensaciones que les alteraba en su conducta habitual largo tiempo sobrellevada. Acostumbrados desde su nacimiento a vivir en solitario, moviéndose por el planeta a la búsqueda de pareja con el exclusivo bagaje de unos recuerdos genéticos no conscientes, el actuar en pareja cambiaba sus costumbres y el hecho más simple dejaba de ser espontáneo, o se veía retrasado o deformado por la otra presencia.
Elá trepó a un árbol sin poder explicarse la causa de su repentina e irresistible conducta. Había visto, fugazmente al pasar, como se abrían en el interior de un árbol, las ramas en un determinado punto, con forma de una estrella de numerosos brazos y se sintió obligada a verlo desde cerca. Las examinó con detenimiento, comprobando su resistencia y posición. Era como si alguien, cuya voz no escuchaba, le indicara lo que tenía que hacer.
--Son demasiado débiles y están muy altas. No nos sirven --se escuchó decir en dirección a su pareja que la contemplaba desde el suelo.
Abor escuchó la voz y quedó en silencio por unos instantes mientras el mensaje adquiría sentido para él. Al cabo, como si otra persona hablara en su lugar, respondió:
--No importa, ya encontraremos un sitio mejor para hacer el nido.
Elá lo vio claro. La palabra nido le hizo ver lo que hasta entonces sólo había sido instinto y se lanzó desde lo alto. Abor la recibió en su descenso y ambos permanecieron en contacto por unos momentos. Elá apreció que la temida contigüidad no era tan desagradable como pensaba y que, cuando Abor retiró los brazos que la rodeaban, los echaba de menos.
--Soy Abor -le indicó sonriente.
--Y yo Elá.
Por un largo tiempo, rota la tirantez de los pasados días, ambos se contemplaron como si se vieran por primera vez. Empezaron a notar las diferencias somáticas que les hacían distintos; no habían sido perceptibles hasta entonces, pero eran muy manifiestas a tan corta distancia y en medio de la detenida inspección a la que ambos se estaban sometiendo.
Elá pasó la mano por las espinas que surgían de los hombros de su compañero y la deslizó hasta el extremo en a que la maza final se mostraba brillante y tentadora. Llena de curiosidad la apretó suavemente y se mantuvo abarcándola mientras apreciaba el suave latir de aquella protuberancia.
Abor, de forma inconsciente, recorrió a cuerpo con suavidad, notando el diferente tacto de las escamas, la diferencia de forma del tronco y los miembros con respecto a su propio organismo, y, sobre todo, atraído irresistiblemente, acarició con exquisito cuidado la suave membrana de vuelo de su pareja. Él no la tenía y era la primera vez que veía una de cerca.
--Somos distintos --balbuceó Abor sin apartar las manos de la cintura.--
--Sí, existen diferencias, pero son necesarias --aceptó Elá tocando el robusto pecho de Abor y comprobando que carecía de la doble hilera de botones carnosos que ella poseía.—
Permanecieron cerca, sin dejar de acariciarse, comparando, apreciando unas diferencias tan sutiles a veces como manifiestas en otras. Había desaparecido el temor mutuo que los dos sufrieran nada más mezclar los copetes y que les había mantenido espiritualmente separados. Ahora, descubriendo un mundo nuevo, dando rienda libre a unas sensaciones insospechadas, atraídos el uno hacia a otro de una forma que no podían vencer, fueron ampliando el contacto de una forma tal que, lo que fuera curiosidad se transformó en placer y lo que era miedo se convirtió en atracción. Un mundo mágico les fue envolviendo hasta olvidarse de lo que no fueran ellos mismos.
Las espinas de Abor volvieron a brillar con nuevos colores, con creciente intensidad; las franjas de sus costados se incendiaron en luces fluctuantes que se mezclaban con las que surgían, como ascuas, del cuerpo de Elá.
Abor, súbitamente invadido por una sensación que le asustaba y complacía a la vez, atrajo a Elá hacia sí y trató instintivamente de penetrar en ella. Pero un muro de escamas la protegía. El impulso, momentáneo e inmaduro aún, cesó y ambos se separaron asustados por el descubrimiento de algo que acababa de ampliar su horizonte de conocimientos.
--Todavía no; primero hemos de encontrar un sitio para el nido y construir éste –aseguró Elá sin saber realmente a qué se refería.—
--Sí, así debe ser -aceptó Abor.--
Se pusieron en camino, registrando, buscando y desechando todo lo que hallaban. Árboles, cuevas y ribazos iban siendo escudriñados y desestimados en la búsqueda de algo que apenas sabían cómo tenía que ser.
Sin embargo, lo hacían juntos, con angustia, con prisas, con el creciente deseo de poder satisfacer una necesidad que se hacía consciente por momentos y en su deambular, comentando, ampliando las vivencias, fueron descubriendo una larga serie de conocimientos sepultados y dormidos en sus mentes pero que, al conjuro de las palabras, las caricias, las imágenes comunes Que les deparaban el paisaje y las situaciones, despertaban y se hacían conscientes al irse descorriendo el velo de la vasta herencia colectiva de la especie.
III
Se agitó dentro de la obscura roca en la que se encontraba; tenía su color y aspecto, y casi formaba parte de ella. Era una masa alargada que súbitamente despertó de un largo sueño. Algo que había en el aire, algo tan sutil que penetraba hasta el interior de la piedra en la que se albergaba, reactivaba su mínimo metabolismo de espera y le obligaba a emerger hacia el exterior.
Se desplazó por el conducto rocoso con movimientos bruscos empujando en su avance los residuos acumulados a lo largo del tiempo y, sin premura, consiguió alcanzar la boca de la mina. El Dianeg fue recuperando sus sentidos con gradual lentitud. En la absoluta oscuridad de su cerebro, los impulsos nerviosos de sus sensaciones cutáneas se ordenaban marcándole una pauta de conducta y él obedecía. Lejos aún, pero lo suficientemente intensos como para ponerle en marcha, las emanaciones de una pareja de Drugs le llegaban con claridad y despertaban heredados y agradables recuerdos que permanecían latentes en sus ganglios de memoria. Notó que fuera de la roca recobraba vida, calor, y que las sensaciones le llenaban de placer. Adaptándose a la rugosa e irregular superficie se extendió cuanto pudo y durante largo tiempo se dejó acariciar por las radiaciones del sol que le calentaban. El aumento de temperatura hacía que su organismo se acelerara en sus funciones y adquiriera un ritmo vital vertiginoso.
Sus dos extremos, sendas aberturas de esfínteres diafragmáticos, se abrieron y cerraron en un parpadeo esporádico y en cada ocasión emitía una doble señal ultrasónica. Permaneció así durante un cierto tiempo antes de saber cómo eran los alrededores y dónde se encontraba el lugar idóneo a sus necesidades y función. Una vez localizado el árbol más adecuado se movió con una velocidad impropia de sus primeras contracciones y ascendió a él con rapidez.
Se agazapó en la cruz de la que surgían las gruesas ramas y fue sacando un largo aguijón con cubierta cornea que hizo penetrar en la leñosa corteza del vegetal. El tubo barrenó el interior hasta alcanzar un grueso conducto por el que circulaba un gran volumen de savia y el néctar así obtenido le hizo recuperar las escasas energías que quedaban en sus reservas. Durante horas permaneció quieto chupando las docenas de substancias que tan necesarias eran a sus ficciones y, una vez repletos sus reservorios, redujo su ritmo de succión, disminuyó su metabolismo general y se concentró en su función principal.
Los estomas de los extremos de su cuerpo iniciaron un rítmico y perezoso abrir y cerrarse, dejando, en cada ocasión, escapar una burbuja de gas oloroso. Las pompas ascendían con lentitud y, llevadas por el viento, tomaban direcciones totalmente aleatorias. Al contacto con las hojas, las ramas, o los troncos de los árboles próximos o alejados; unas veces de inmediato, otras mucho tiempo después, las vesículas se desgarraban dejando escapar un contenido que el viento disipaba en todas direcciones.
Durante. un ciclo del planeta, cientos de tenues burbujas llenaron de olor un amplio círculo en torno al árbol que parasitaba el Dianeg. Al amanecer del siguiente día, cuando los rayos del gran sol violeta empezaban a calentarle, inició un rítmico entrechocar de dos pequeñas piezas coriáceas y el chasquido, repetido con intervalos breves, fue adquiriendo intensidad a lo largo de la mañana.
IV
Abor fue el primero en apreciar el cambio de olor en el aire. Un estremecimiento brusco sacudió su cuerpo y, enervado, quedó quieto. Sus escamas se alzaron levemente ampliando las posibilidades olfatorias.
Elá, a escasa distancia, observó la postura y le miró con curiosidad. Tardó todavía unas fracciones mínimas de tiempo en adoptar igual conducta.
--¿Qué ocurre? -preguntó.
--¡Ese olor!
--¿Qué olor? ¿Cuál? No noto nada diferente.
--Sí, lo he percibido, estamos cerca --apostilló Abor con seguridad.
Elá se concentró en captar lo que su pareja le indicaba. Tardó en lograrlo. Una ráfaga del viento vespertino les trajo un efluvio breve, pero intenso, de la sensación que buscaban y ambos, súbitamente arrancados de la inmovilidad en la que estaban inmersos hacía horas, empezaron a temblar al tiempo que surgían los recuerdos vividos por sus ancestros.
Avanzaron deprisa, llenos de deseo, envueltos en un olor que se hacía más y más intenso por momentos y que parecía Surgir de todos lados. Caminaron en todas direcciones, ahítos del fuerte olor, dominados por unas fuerzas a las que no podían ni querían resistir.
Cayeron rendidos en medio de la total oscuridad.
V
El amanecer les sorprendió dormidos. Los primeros chasquidos del Dianeg llegaron hasta ellos muy amortiguados por la distancia, pero les hizo incorporarse de inmediato, aturdidos aún, somnolientos. Fueron sólo unos instantes de titubeo antes de que otro nuevo recuerdo les influyera poniéndoles en imperiosa marcha. Dirigidos por el soniquete, envueltos en el olor, se adentraron en la espesura con una dirección claramente definida.
Fue una carrera que les llevó directamente bajo el gran árbol en el que el parásito, consciente ya de la presencia de los Drugs, incrementaba las burbujas y redoblaba el entrechocar de sus uñas sonoras.
Ayudándose mutuamente treparon al árbol. Entre ellos, a sus pies, inmóvil y vibrante, el Dianeg percibía sus presencias y esperaba. Abor y Elá, refulgentes en sus más brillantes colores se estrecharon en un contacto que de nuevo les hacía estremecerse de placer. Las manos recorrían el cuerpo opuesto en una unión que les hacía olvidarse de todo. De sus vientres surgieron sendas prolongaciones que intentaban, infructuosamente penetrar en el escamoso cuerpo que tenía enfrente.
Entonces, alzando sus extremos, abriendo sus estomas, el Dianeg se interpuso y los tres quedaron unidos en silencioso e íntimo coito. Las sensaciones eran comunes, las vivencias idénticas, en un sueño compartido...
“… volaban muy alto, unidos. Bajo ellos el planeta, intensamente malva, mostraba la presencia de millones de Drugs y Dianegs en entrañable convivencia. Todo era alegre; todo era de fácil y sencilla belleza. Grandes árboles los alimentaban y cobijaban- Enormes y placenteros ríos de aguas amarillas les refrescaban a las horas de mayor calor. El cielo, surcado por miles de tríos enlazados en la máxima caricia y que se cruzaban con ellos en un silencioso bullicio de intensos éxtasis, mostraba la frescura de la eterna primavera anaranjada. La cruel naturaleza de un planeta que nunca les aceptara había sido al fin dominada y los enemigos destruidos por la intensidad del amor de todos ellos…”
... la unión se mantuvo durante varias jornadas En un orgasmo múltiple e ininterrumpido. Cuando agotados, apagados sus relucientes colores y sin fuerzas quedaron sobre las ramas y se separaron. El Dianeg se recogió haciéndose un ovillo y quedó quieto, íntimamente unido a la cruz del árbol por la trompa que le suministraba su savia.
Era mediodía cuando Elá y Abor volvieron a tener conciencia de sí mismos. Contemplaron admirados la bola obscura que latía, dormida, en la parte más central y segura del tronco.
--Busquemos ramas y fibras para proteger nuestro tesoro - indicó maternal Elá.
--Yo iré por las ramas -arguyó Abor con un gesto de aquiescencia.
Elá, arrobada aún, contempló por unos instantes la masa parda y se lanzó al aire. Movió los brazos con rapidez ascendiendo hacia las copas de los árboles. Deteniéndose aquí y allá, Elá fue acumulando brazadas de la suave pelusa floral que engalanaba los vástagos finales de los vegetales.
Cuando descendió por primera vez, ya Abor había colocado una parte de las gruesas ramas que eran necesarias y que tenía ordenadas formando una cerca de protección que envolvía el futuro nido. Elá fue rellenando los huecos con las deshilachadas masas algodonosas que traía en compactos haces.
Durante varias jornadas ambos trabajaron sin descanso. El armazón de ramas, cuidadosamente entrelazadas, envolvía la cruz del árbol. En la parte más baja, cubriendo primorosamente a la obscura bola, una gran masa de suave vegetal formaba una acogedor caparazón. Encima de la pequeña jaula, unos simples tablazones alojaban a Elá y Abor.
Cuando acabaron y se sintieron satisfechos de la labor realizada y del estado del nido, se tendieron sobre las ramas para descansar y vigilar.
VI
De debajo de la algodonosa bola de troncos y fibras surgió un ruido brusco, violento, desgarrador. Abor, sorprendido, quedó mirando. Elá, muy cambiada durante el tiempo transcurrido, permanecía dormida ~ el agudo estallido no la despertó. Los botones pectorales que tanto la diferenciaban de su compañero, antaño diminutos, se han prolongado en forma de largos tubos cuelgan de su amplio torax.
Un sonido múltiple, chillante, surge de debajo de la masa vegetal que cubre la cruz del árbol. Abor la aparta con cuidado con la ayuda de Elá que ha despertado al escuchar el griterío de sus vástagos. Tronco a tronco, brazada a brazada, alcanzan a fondo y van sacando cada una de las quince crías de la camada. y una a una van quedando colgadas de los tubos que les ofrece su madre en una respuesta instintiva y acertada a sus gritos de hambre.
Sobre el tronco los restos destrozados del Dianeg yacen desparramados. Son apenas unos trozos oscuros y correosos que se esparcen por el hueco que forman el nacimiento de las ramas. Abor los arroja al suelo al limpiar el lugar que prepara para Elá. La masa de fibras apartadas es dispuesta en forma de cómodo lecho en el que la hembra se acomoda. Sobre las membranas de vuelo, envueltas en ellas y unidos a la madre por los largos pezones, las crías patalean y se estremecen en el placer de su primera ingestión.
Elá los revisa uno a uno con cuidado y detenimiento. Los mira, los huele, los toca. Bruscamente introduce uno en la boca y lo mastica con rapidez. Posteriormente varios más siguen el mismo camino. Cuando los ingiere lo hace hasta la raíz del tubo en el que están prendidos. Al final sólo quedan nueve que succionan con fuerza y patean con gran energía.
Abor, que la ha observado en silencio, inquiere.
--¿Estás segura de que esos resistirán?
--Lo estoy. Ya ves como chupan y noto su olor a vida, que no ofrece dudas.
--Ojalá no te equivoques; quizás seamos la última pareja que queda de nuestra especie.
Elá sonríe segura, fuerte, dominante y responde:
--Con ellos pronto vo1veremos a ser muchos, como en el sueño. Y cuando ellos se marchen, porque ya no nos necesiten, buscaremos de nuevo otro Dianeg y nos uniremos para tener más...
--Sí, y sentir de nuevo lo que ya sólo es un inolvidable recuerdo --completa Abor.
VII
A los pies del árbol, entre la hojarasca y los restos del nido, uno de los fragmentos obscuros se agita. Un trozo del Dianeg, un pequeño globo, estalla y varios diminutos seres alargados se contorsionan en reptantes movimientos que les alejan del lugar.