el batallón de los inválidos
La guerra, la ya remota hora de la espada, los puso allí, en el cuartel opaco y salitroso, para tomar el sol, pulir sus medallas y hablar de lo que nunca volvería. Mutilados por el sable, la bala o la metralla, tristemente desfilaban en las conmemoraciones, asistían a homenajes, probaban en la vejez el mal sabor del mundo y la pesadumbre del olvido. En 1904 los Inválidos, veteranos de la guerra de Reforma, la Intervención francesa y las rebeliones de Porfirio Díaz, eran los despojos de la edad heroica, el modelo que no imitaban los jóvenes oficiales, educados en academias extranjeras.
El general Cortés subió a la tribuna. Le disgustó advertir que don Porfirio no había asistido a la ceremonia. Junto al sillón vacío del presidente estaban los ministros y el cuerpo diplomático; al fondo, casi al margen, el Batallón de los Inválidos. Miró las caras grises, los cuerpos de miembros cercenados, las muletas. Ordenó sus papeles y empezó a leer el discurso. Se refirió en primer término a la exageración de los historiadores que magnificaban la parte desempeñada por el viejo militar en aquel hecho de armas.
—El héroe de ese combate no soy yo: es el general Evaristo Ceballos (a partir de aquel día el parque donde se celebraba el homenaje iba a llevar su nombre), muerto cuarenta años atrás en defensa de las instituciones republicanas. Apenas fui un soldado más; me limité a cumplir mi deber y a derramar mi sangre por la patria en peligro. No legaré a mis hijos sino un apellido limpio que de generación en generación podrá trasmitirse con orgullo. Ningún honor tan alto como haber luchado contra las tropas invasoras en el momento más glorioso de México. Nuestros heroicos mutilados —le temblaba la voz— están aquí como testigos de mi pundonor y mi intachable trayectoria. Desde la tumba Evaristo Ceballos se levanta para darme un abrazo de jefe y de hermano.
Los Inválidos se dieron cuenta de que asistían a una enorme burla contra la memoria de Ceballos. Muchos recordaban aquella tarde: Cortés permaneció inmóvil en un cerro cuando debió haber cargado al frente de la caballería. Las fuerzas mexicanas quedaron diezmadas por los cañones del mariscal Bazaine. Ceballos cayó muerto con una larga herida en la frente. Su cuartelmaestre se incorporó meses después al ejército de Maximiliano. Y luego, cuando los franceses abandonaron al archiduque y el imperio ficticio estaba a punto de desmoronarse, Cortés no vaciló en regresar a las filas liberales. Más tarde apoyó la rebelión de La Noria y el Plan de Tuxtepec. En retribución Porfirio Díaz le dio el gobierno y la comandancia militar de un estado del centro. Allí se enriqueció sin medida.
Todo esto lo explicaron los Inválidos ante el tribunal militar que absolvió al Batallón, convicto y confeso de haber dado muerte al general Cortés con garfios, muletas y piernas de madera. Los ministros y los diplomáticos nunca olvidarían el asombro que les causó ver cómo los muertos despertaban y avanzaban hacia esa región en que el ayer se vuelve el todavía.