PAIS RELATO

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josé alcántara almánzar

rumbo al mar

Las aguas del Ozama me han traído hasta aquí. Este viaje no es el resultado de un acto volitivo; tampoco la forma en que lo he realizado. Mi recorrido sobre las aguas turbias del río se ha visto obstaculizado por varios hechos imprevistos. Caí al agua aventado por una fuerza enorme en una parte fangosa y fría del río y eso me impidió moverme de inmediato. Allí estuve clavado, mientras se inundaba mi interior, hasta que una corriente me impulsó con tanto brío que logró sacarme del lodo. En esa orilla cenagosa en que me encontraba, casi totalmente metido en el lodo, no tuve ningún percance, nada me molestó durante esos interminables minutos, pero hubiera sido preferible quedarme allí, al amparo de los médanos.
Continué con rapidez por la parda superficie del río. Mi forzosa salida se produjo en una indeterminada hora. Venía acompañado de troncos, hojas podridas, cartones deteriorados, pedazos inservibles de madera y restos de basura que lograron flotar fácilmente y seguían mi ruta: latas de jugo oxidadas, botellas de ron vacías, papel periódico, cáscaras de plátano y no sé cuántas cosas más. No era buena compañía, pero habíamos partido juntos y yo no podía evitarlo. Ahora estoy aquí, en el acantilado, quieto, bajo el sol radiante de mayo, un día en que las gaviotas sobrevuelan cerca de la playa y más allá, en las proximidades de Sans Souci, las golondrinas están anunciando que los aguaceros van a seguir esta tarde. Antes de llegar al pie de este acantilado y que la furia de las olas me arrojara sobre la playa obligándome a permanecer en espera de que otras olas me ayudaran a salir del fangal, un aceite negruzco me pringó el cuerpo a medida que me alejaba del puente. Ese aceite es tal vez un residuo de los cargueros (por cierto que no vi ninguno) que vienen al puerto. Del muelle salía una humareda que se intensificaba de cuando en cuando al menor golpe de viento. Pude notar que los depósitos habían sido destruidos casi por completo y que mucha mercancía estaba definitivamente arruinada. No se veía trabajando a la muchedumbre de siempre, a pesar de ser día laborable. Hoy es lunes y el muelle no tiene actividad. Bueno, eso mismo le pasa al resto de la ciudad, paralizada involuntariamente desde hace algunas semanas.
Pues cuando llegué al muelle, tropecé con unos maderos y no pude reanudar inmediatamente mi ruta hacia el mar. Un soldado que hacía ronda por los alrededores, fatigado por la espera enojosa que no acaba nunca, me vio. Desconfiado, cuidándose de no ser visto, ocultándose tras una maquinaria aún en pie, estuvo observándome un momento, tratando de descubrir mi identidad. Imposible. Imposible como en todos los casos hasta el presente: nadie ha podido ayudarme o identificarme. Repuesto de la sorpresa, quiso darme una manito para que saliera del agua. Se agachó, tomó la carabina por la culata y trató inútilmente de sacarme de entre los maderos y llevarme a tierra. Él estaba muy cerca del agua, expuesto al peligro de los ojos enemigos, queriendo ofrecer socorro a una yola a la deriva. Buscó entonces un pedazo de metal entre un montón de chatarra. Trató de nuevo, esta vez con más éxito. Logró agarrar parte de mis sogas y casi logra acercarme a la orilla si la punta del fleje no hubiera cedido a la resistencia que opuse sin proponérmelo. Por poco cae al agua. Tuvo que ocultarse de nuevo porque comenzaron a dispararle desde el otro lado del río. Así pasaron algunos minutos en que intentaba venir en mi rescate y tenía que volver reptando a su escondite, perseguido por las balas. En esos minutos vinieron a molestarme decenas de peces que trataron de comerme boca, pies y manos. ¿Por qué no iban a la basura que estaba todavía atrapada junto a mí en los maderos? Me pude dar cuenta de que sólo comían de ella los peces más pequeños y que los grandes preferían morderme las extremidades. Fue bastante desagradable y al mismo tiempo cosquilleante, pero por suerte aquella tortura no duró mucho. Para aumentar la soledad y el tedio del soldado que no dejaba de mirarme desoladamente desde la humareda del muelle, sin poder salir de su escondite, otro golpe de agua favoreció que yo siguiera desplazándome en una superficie ahora más clara y menos lodosa. El agua se hacía cada vez más tibia porque sin duda la proximidad del mar le calentaba las entrañas a la ría. Al llegar a la confluencia, yo, que había estado viajando de cara al cielo pálido de la aurora fui zarandeado por el remolino que me atrapó y que en1112.0seguida dispersó con bravura a mis acompañantes, dejándome completamente solo. Fueron vueltas horribles que me recordaron la primera vez que traté de nadar: tragar agua, sentir un zumbido en los oídos, un golpe insoportable en el estómago y la sensación de que todo el mundo está al revés. Así abandoné el muelle, ante el silencio indiferente del Alcázar de don Diego, es decir, de sus muros posteriores.
Después me enfrenté al mar y sus peligros. La agitación de las aguas impidió que los tiburones se me acercaran al principio, pero no bien llegué a un punto muerto de la corriente, vinieron presurosos en mi búsqueda. Unos cuantos cortes me dejaron las extremidades convertidas en muñones. No sangré mucho. Unas horas antes de que me arrojaran a la corriente del río había perdido casi toda la sangre, tendido en el piso de la improvisada celda. Por eso tal vez los tiburones me dejaron avanzar navegando mar afuera, sin tocarme otra vez. Por ahora les bastaba con lo que habían conseguido. Las olas, que en perenne lucha con el rompeolas semidestruido fuerzan por quedar completamente libres, me han hecho encallar al pie de este acantilado, sobre la arena mojada que ya comienza a calentarse. He permanecido quieto, sin el más ligero movimiento durante media hora. Una miríada de moscas golosas que sin duda proviene de los humeantes basureros de la ciudad ha percibido el olor de mi carne y no cesa de posarse en mi cuerpo. Me tocan, me lamen, se lanzan contra mi carne húmeda, hacen toda clase de alocados vuelos y sonidos, bailotean como si festejaran el festín, parecen alejarse, zumban, vuelven. Es horrible. Un hombre no vale nada cuando no goza ni siquiera del respeto de las moscas. Con ellas han venido también, primero un niño, luego dos más y ahora ya hay ocho o diez personas que imagino señalándome, llevándose las manos a la boca con claras muestras de pavor.
—“¡Un cadáver, no tiene manos ni pies!”.
—“¡Tiene los brazos amarrados a la espalda!”.
—“¡Qué horror!”
—“¡Se parece al que vimos en el rompeolas anteayer!”.
Yo voy sintiéndome incómodo, porque no me gustan las comparaciones ni me siento halagado cuando se me toma como espectáculo público. Siempre he sido un tipo serio. Aparte de las moscas que son un verdadero fastidio, ahora está toda esa gente tratando de ver quién soy y queriendo identificarme (porque no pueden ver mi cara: estoy tendido de bruces y sólo puedo oír sus voces, cada instante más cercanas).
—“¡Busquen una soga, vamos a subirlo!”.
Quisiera saber lo que pasará después que lleguen aquí y vean mi cara y sepan por fin quién soy. Agradezco a las olas que no puedan hacerlo: ya lo único que deseo es estar solo.
—“¡Dame la soga, rápido!”.
Las olas están llegando con más fuerza, casi me arrastran, siento que la arena va deshaciéndose bajo mis piernas. Las moscas se espantan asustadas cuando la espuma salada me salpica. Oigo gritos distintos a los de hace un momento y pienso que han llegado a un punto que les obliga a detener el descenso: si caen sería fatal, las rocas aquí abajo son filosas.
—“¡Sujétame bien… No, así no… Así!”.
Las olas me llevan, primero las piernas y el tronco, después el tórax y la cabeza. Los gritos crecen.
—“¡HAY UN HUECO AQUÍ ABAAAJOOO, NO PUEDO SEGUIIIR!”.
Mi improvisado salvador está tan cerca que puedo sentir su respiración. Si tuviera más imaginación y menos miedo podría llegar fácilmente. No lo hará. No le teme a la altura sino a mí. No veo su cara pero puedo adivinar su expresión, una cara donde saltan unos ojos aterrorizados. Siento de nuevo los gritos, el hombre parece que sube. Aspaviento general.
—“¡Necesito más ayuda!”.
Otros han sido más inteligentes. Un grupo de chiquillos baja ahora a la playita. Sólo tienen que salvar un trecho de agua furiosa y podrán rescatarme entonces. Una ola gigante me separa considerablemente de la ribera, voy alejándome acunado por el graznido de las gaviotas hambrientas que empiezan a acercarse, atraídas por mi cuerpo. Comienzo a desplazarme en la superficie nuevamente. Los gritos me siguen por el rompeolas semidestruido. Se detienen allí; no pueden continuar. He salvado algunos cientos de metros, los disparos del lado enemigo comienzan de nuevo y las voces se desvanecen de golpe: todo el mundo busca refugio.
Estoy en alta mar. Mi cuerpo es ahora una yola de pescadores que navega sin tripulación.