obituario
y entonces, sumergido, corto firme en ambos brazos y el agua tibia de la bañera se colorea de un rojo intenso y la navajita se va a pique.
Ya ves, el sexo ha terminado sepultándote en la habitación. Ahora tus testículos son dos pelotas descomunales llenas de líquido, mientras se inundan sin prisa cavidades, conductos, vesículas seminales. Cuarentena. La vejiga congestionándose y no puedes orinar; la vejiga tirando hacia abajo y ese horrible peso que te siembra el tronco en la espuma del colchón. Ya no volverás a salir de la habitación por mucho tiempo, avergonzado como vives de tu peculiar falo y esas bolas hinchadas, pesadas, para las cuales no hay pantalones adecuados en todo el mundo. De tu cuarto al baño y así siempre. Cuando me llamaste te lo dije bien claro: Hermano, caíste en un gancho feo, te jodieron. Y te reiste, te reiste en mi propia cara enseñándome tus dientes blanquísimos, tu sonrisa descarada de los días de iniciación, como ripostando, como pensando ah carajo, siempre con el gancho en la mente, ¿por qué seremos tan desconfiados? Te pregunto cómo pudiste. Todavía convalecías de la última, debiste esperar por lo menos unos meses, fortalecerte, no dejar que te reatraparan. Me resulta difícil aceptar que un simple golpe te quebrara. El ‘quebrao' pierde atractivo. Está bien que tengan buen tamaño, ya sabes, pero cuando se pasan del límite ninguna se deja coger. Además, todo el mundo mira y piensa: ¿qué le habrá pasado al tipo ese? ¿Una fuerza, una enfermedad, la herencia? ¡Qué bárbaro, qué cojones! Sí. Qué cojones, es la única ocasión en que la frase se ajusta totalmente a la realidad. Si hubieras sabido calcular los riesgos, medir las consecuencias, apuntar al blanco con precisión. Y ahora en cuarentena, esperando la operación. Te deseo suerte, viejo, mucha suerte.
No quieres que nadie venga a verte, no quieres pasar por el ridículo de que vean esa tinaja colgando de las entrepiernas, reduciendo tu estatura a la de un gnomo callejero y enfermo, invalidando tu capacidad para el amor. A ella menos que a nadie, a ella deseas conservarla fresca, desnuda, de frente o de espaldas al espejo, como cuando la acechábamos por el ojo de la cerradura. Qué tiempos aquellos, hermano. El ojo en la cerradura y la mano dale que dale afanosa y yo vigilándola, apúrate que quiero ver a la primita que está con ella. Después nos íbamos por ahí con caras de angustia y recelo mutuo tras burlar al perro de la casa, las manos en los bolsillos, fumando a escondidas en el parque, detrás de la glorieta, cigarrillos que habíamos comprado clandestinamente al paletero con el semanal del domingo último. Tiempo de espera, fanático interés de crecer, viajar, dejar para siempre los pantalones cortos, gozar la vida, asegurar una posición estable. Emprendíamos apenas la búsqueda mayor: niñas, adolescentes, arañas (que fueron, en última instancia, nuestra salvación). Sí, las arañas fueron el refugio, la escudilla inocente de colectar deseos insatisfechos, el consuelo de las noches en que, desesperados, salíamos de un bar y caíamos sin dinero ya en una habitación oscura, donde una bombilla roja iluminaba lo necesario para el acto, donde la mujer sin rostro, agachada, con bacineta esmaltada bajo la cama, pedía permiso para lavarse, mirando con la rabiza del ojo, calculando cuánto nos sacaría. Tú esperabas fuera del cuartucho mientras yo echaba tres o cuatro y ella, cansada, harta de caras extrañas y efímeras, manoseos forzados y gustos raros (por atrás, con golpes, vestida de seda, el sesenta y nueve) que nunca imaginó en su infancia de pueblo, te hacía un guiño cuando yo salía, un guiño lleno de hastío y fatiga, envuelto en una sonrisa apaleada. Entrabas allí desvistiéndote rojo, desvistiéndote avestruz, miedoso, ella con la bacineta de nuevo, permisito, bañándose con el agua florida mis besos, mi aliento de mondongo, ron y tabaco. Después me contabas que había querido despacharte rápido, que no te había dejado reaccionar, que se mofó de ti cuando quisiste preguntarle sobre su pasado y te mandó al carajo sin contemplaciones. A la media hora habías salido. Arreglado, listo, desplumado, iniciado, venido. Con más angustia que antes, pensando lejos, insatisfecho, cavilando, medio tonto. Entonces no hablábamos mucho, como tampoco hablamos mucho ahora que he venido a verte, a compadecerte en silencio y notarte derrotado, hecho tiras (¿hidrocele, orquitis, varicocele, hernia tal vez? ), las pelotas creciendo de manera increíble. Y echábamos un cubo. Nos íbamos sin pagarle a la arañita que la suerte nos había puesto en el camino. De regreso, ebrios, jugábamos a cambio de identidades, de pronto yo era tú y tú yo sin acordamos de nuestras diferencias y personalidades, de nuestras individualidades. Me hablabas de la física porque sabías que la estudiaría y salían a relucir la relatividad de Einstein, la camarita de Daguerre, los mil inventos patentizados por Edison, el carrito de manija de Ford. Ya no sabías más. Ni de Fermi ni de Bom ni de Lawrence. Conocías a los héroes populares, a los héroes de masas. Yo empezaba a soltarte algo de mis lecturas secretas. Te sorprendía que me interesara por Ortega y Gasset y sonreías incrédulo cuando te confesaba mi respeto por Borges. ¡Pero cómo! ¿Borges? ¿Posible? Creo que siempre fuiste un poco farsante, que no conocías ni jota de Ortega ni comprendías a Borges.
Cuando dejamos el ojo de la cerradura y las parrandas, cada uno tomó su vereda. Yo abandoné la física en el tercero, recibí un curso de administración y me alisté como agente vendedor de seguros. Me casaron. Mi mujer ha tenido tres hijos, soy el ‘agente—vendedor—estrella de este año. A tí te perdí de vista hasta ahora. No sé por qué te cuento estas cosas. Estoy hablándote del futuro, estas cosas no han ocurrido aún. Lo ves, esa es mi vieja manía. De nuevo las transgresiones, la fantasía, la confusión de tiempo, espacio, personas. Todo esto pasará después y por eso no he debido contártelo. Todavía somos adolescentes, tú eres novato y yo te doy lecciones. Y vas a morir. Lo he leído en el periódico, repasando las notas necrológicas: “Falleció en esta ciudad... etc.” Habías comenzado a morir entonces. ¿No dije ya que habrías de morir? Que el escroto siguió inflándose, poniéndose colosal, que era imposible contener su crecimiento, que la extracción del líquido no valía ni las inyecciones ni nada. La inflamación peligrosa después de la gonorrea, todo agravado por la caída de la escalera. Tan pronto bajaste demasiado. El semanal no era nada para lo que querías hacer. Tenías abandonados los libros. Las arañas te habituaron. Y bajaste hasta llegar a precios ridículos. Una noche de esas, metido en un cuartucho como el de aquella primera sesión, en medio de un hedor a orines y grajo te entregaste a la violencia del acto. Una posición dudosa, un giro brusco, un golpe. Alarido, llanto, consuelo torpe de la mujer, cura temporal, masajes, inflamación, empeoramiento. La cama se hizo tu compañera. Vine a verte, he vuelto. Hermano, caíste en un gancho feo. Es lo único que se me ocurre repetir. ¿O es que estabas jodido desde el principio? Y quise —he querido-cambiar de identidad. Ella vino a verte y no pudo, a traerte meriendas, a quedarse fuera de la habitación preguntando si recuperabas la salud, si habías mejorado ya. Y la vieja diciéndole que te van a operar de por ahí, muy delicado hijita, mejor no comentar.
La bruja tuvo razón. Por corazonada, por cábala, por esas cosas que hacen que los hombres se aten más a la superstición. Vas a morir pronto, muchacho. Fue dura la bruja. De su carril de dientes perforados y sarrosos salió ese juicio dogmático, pleno de intuitivo convencimiento: vas a morir pronto, muchacho. Yo no quise esperar que me dijeran lo que sería mi porvenir. A ti te salió esa frase dulzona, de aire sospechosamente incrédulo: “¿Oíste eso, brother? ” La charlatana tenía razón; quizá te vio la cara demasiado fresca o escéptica y quiso vaticinarte entre barajas, velas y café, un futuro peligroso para conmoverte. Era imposible que hubiera visto lo que dijo. Estoy convencido de que fuera de engañar a los incautos los charlatanes no poseen otro tipo de poderes. El café fuerte, hirviente, la bola de azuloso cristal, la bruja con el pañuelo enredado en la cabeza, la habitación llena de santos. La contribución, para los velones y el café, ustedes saben, aquí no se paga. En la calle supe que te hubiera gustado copular con alguna arañita en aquella habitación atiborrada de imágenes, ante la luz ahogada de los candiles, entre el humo del incienso y la mirra. Eso sería divino, dijiste, ¿te imaginas? No se te ocurrió preguntarle qué causaría tu muerte. Seguiste especulando sobre cosas paganas y sagradas, preguntándome: ¿Tú crees que haya alguna arañita que se atreva? Y sin dejarme abrir la boca te respondías convecido: creo que no, son muy tradicionales, tienen mucho respeto a esas cuestiones y miedo, miedo a condenarse. Pero sería fabuloso: San Mengano amenazándome con el infierno mientras me desvisto, San Perencejo recordándome la virginidad de María al tiempo que acaricio a la arañita, San Zutano protegiéndola para que no engendre (porque allí la arañita quedaría lo más seguro preñada). ¡Fabuloso! No comprendía por qué te gustaban las sesiones espiritistas si tanto te burlabas de ellas. Será por lo mismo que nadie las toma en serio; van a matar la curiosidad, a que les digan que viajarán (y se han pasado todo el año ahorrando con esa mira), a que les confirmen que recibirán dinero (cuando está cercano el doble sueldo), a que les aseguren que se casarán o divorciarán (en un país donde la mujer tiene como meta el matrimonio porque así se lo han enseñado y el hombre ensayar nuevas formas de evasión). Tú fuiste tras algo distinto y lo conseguiste: Vas a morir pronto, muchacho. Nadie visita a una charlatana para que le digan cosas así. Todos vamos por la buenaventura y la predicción del horóscopo con la buena suerte. Las brujas lo saben, nunca hablan de desgracias. Contigo perdió un magnífico cliente.
Vino el vórtice y empecé a evadir tus invitaciones. Nos quedó el teléfono y después ni siquiera eso. Me contaban. No volvimos a verte por el colegio. Hiciste que te compraran un Mustang y estuviste a punto de ponértelo de sombrero un par de veces. Llegabas cayéndote a casa, el viejo salía en bata, agresivo, semi-dormido, y tú sólo respondías con un tembloroso galimatías. Las mañanas en casa, hundido en la espuma del colchón, regurgitando alcohol, y las noches en la calle haciendo de Dorian Gray errante, labrándote enllaves con otras amistades. Hasta que el viejo se cansó de guardar apariencias, de soportar callado. Esta vaina se tiene que acabar, a trabajar, a ganarse el pan con el sudor de la frente, que sepas lo que es la otra cara de la vida. A trabajar, sí, en el negocio de papá, a llegar a la hora que me diera la gana, a recibir el vómito rencoroso de los empleados que debieron haber ocupado el puesto y que yo les había quitado, a sacar dinero subrepticiamente, a corromperme en sucias transacciones a espaldas del auditor. Más amigos, caras nuevas, moteles, misas negras. El viejo se dio cuenta y me echó. Te estabas volviendo loco, vendiste el Mustang y pagaste las deudas. Pero los gustos se pagan muy caros cuando no se pueden abandonar; así pasé del motel al hotelucho, de la cama suave y la arañita tierna al camastro duro de la veterana jubilada que se niega, empujada por el hambre, a dejar el oficio; de nene lindo a chulo vividor, a relaciones deshumanizadas (¿no es así como diría Ortega? ); la vieja pasándome dinero por la izquierda para que no me muriera de hambre (y fumara marihuana), sobreviviera, me divirtiera (puteara), rogándole a papá que me diera un chance. Y te lo dio. Prometiste, juraste, reflexión y perdón. Te lo prometo, papá, a los estudios de nuevo, terminar, trabajar. Promesas. ¿Por qué buscarla de novia a ella que había estado tan cerca y tan lejos, si tus objetivos no eran los apretones de manos, los suspiros, las misas dominicales, las visitas nocturnas, el cine en domingo, la oficina? Volviste poco a poco a redesintegrarte. Cuando el viejo tomaba confianza, cuando me había puesto unas acciones en la compañía, me atraparon los gonococos. Silencio, médico clandestino, como el paletero del parque, penicilina, una fuerte infección. Mentiras, te hiciste una cortada para despistar. Antitetánica. Y la pus saliendo y el dolor espantoso y la uretra hedienta y tú muriéndote de miedo. Retomaron los tiempos de la glorieta, tu mente empequeñeció, reviviste Los rituales de imberbe, revisaste sin amor tus colecciones de sellos, tu cara complacida anduvo en los sobres plásticos llenos de monedas de todos los países, los viejos álbumes de fotos: la de la cacería aquel inolvidable fin de semana, la de la excursión a la montaña, la de la primera comunión, la del abuelo con la barba recortada, recién viudo, tú en sus piernas con pantalones cortos y los viejos de pie, increíblemente jóvenes. Te encontré con las fotos en las manos, amarillas fotos como tu piel, y quise participar de esa recuperación fugaz. Nos fuimos de nuevo a los años de la cerradura, sin mencionarla, a los sueños de crecer, viajar, gozar. Hablamos de todo menos de la cerradura, de la acechanza, del dale que dale, volvimos a los días de iniciación, la habitación de la bombilla roja y la mujer de la bacineta esmaltada. Tabú. Los recuerdos sólidos fueron la retreta del parque y los viejos danzones y merengues de la niñez, los cigarrillos prohibidos, el maní del cine. Lo otro permaneció en penumbra. Niños otra vez, adolescentes ansiosos, hipersensibles, inquietos. Y yo fui tú y tú yo como en los buenos tiempos y al llegar a la sesión de brujería nos quedamos sin futuro y quisimos regresar a las identidades iniciales. Porque tú no querías morir aunque lo fingieras estupendamente y yo no deseaba que me contaran lo que iba a ocurrirme después si comoquiera iba a saberlo.
Si al menos hubieras podido reorientar el rumbo. Pero no, la convalecencia fue un momento de reposo obligado, de cuidados ya perdidos en tu memoria, de mimos excesivos y molestos de la vieja. Regresé a las andadas con la excusa de los paseos de recuperación. Retornaron los deseos antiguos, milenarios, los impulsos incontenibles que siempre existieron. Me pregunto si trataste de evitarlo o dejaste que se cumpliera el vaticinio de la charlatana. Vagancia, huida de casa, del tutelaje insoportable, deambulando por ahí con amistades reencontradas, fumando marihuana regalada, conociendo sitios sórdidos. Así hasta el cuartucho, la bombilla de 25 vatios, la arañita sin bacineta ni agua florida, más bien grajosa, dueña de colchoneta orinada. Tú, derrotado, entregado a la mecánica de un acto final, con las manos inseguras, tentando; la arañita complaciéndote por pena, maternalmente, cuidando de no ser muy ruda. Entonces sobrevino el fogonazo, la chispa que encendió el deseo, el bailoteo ritual, los hipidos, la contentura irrefrenable sin risa, los movimientos bruscos, el golpe en las bolas, alarido, llanto, consuelo torpe de la mujer, cura temporal, masajes, inflamación, empeoramiento.
Las madres somos las únicas a quienes nos duelen los sufrimientos de los hijos. Esa fue la sentencia que permitió tu reingreso a la casa, la que convenció al viejo de que hay que perdonar la inexperiencia de los hijos. Te visitó el médico, te recetó antibióticos, mas las bolas siguieron hinchándose, pese al reposo prolongado, y tú te encerraste, no dejaste que te vieran desnudo nunca más. El médico recomendó la operación como única solución. Mientras tanto caminar con cuidado, nada de excesos. La resbalosa escalera de granito, demasiado tersa. Y habían quitado la alfombra para limpiar. Sentiste hambre, quisiste merodear. La cocina, la nevera, el resbalón, la caída, golpe sobre golpe, alarido sobre alarido, desmayo, unos días inconsciente, el dolor terrible después. Desesperación y analgésicos, las bolas crecidas. He venido a verte de nuevo, convencido de que soy el único a quién permitirás la entrada hasta el final, no puedes evitarlo. Como te dije, lo he leído en el periódico, no me cabe duda de que era la nota de tu deceso. He visto tu foto, los nombres de los parientes. No han podido escribir ‘fallecido cristianamente’ porque sería ridículo, lo tuyo fue sencillamente suicidio, eso sí. Te cortaste las venas cuando no podías aguantar la presión hacia abajo, la vergüenza dolorosa de sentirte inútil. Te he hallado hecho un estropajo, tendido en la cama, bien abrigado; me has rogado que regresemos a los días de iniciación. Bien, será la última vez.
He ido a cerrar el grifo (te estabas preparando un baño de agua bien caliente cuando llegué, para aliviar el dolor y acabar con él), he vuelto al sillón con una calma que me sorprende. Hemos cambiado identidades, ahora has vuelto con tus héroes e inventos y yo te replanteo la influencia de Ortega en la promociones literarias de la preguerra, la importancia de Borges. Es inútil. Creo que ya ni serías capaz de recordar “El jardín de senderos que se bifurcan”. Hemos fumado cigarrillos rubios (a falta de lo otro), hemos resuelto difíciles problemas de personalidad y revuelto el álbum de fotografías. Y hemos reído. Te has puesto mi chaqueta, extrañamente sin quitarte la piyama y has bajado la escalera mientras yo, desnudo (tengo tanto calor), he penetrado en la bañera que rebosa de agua humeante.