PAIS RELATO

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josé alcántara almánzar

noche de luna gris

Nunca me cayó bien Eusebio. En verdad hubiera preferido no ir al viejo caserón jamás, pero en ese momento crucial ya era demasiado tarde para andarme con deseos justificativos y arrepentimientos inútiles. Con la cara y el pecho embarrados aún de sangre pensé dar la orden de huida, aunque tal decisión habría sido un acto de cobardía imperdonable. Nosotros también, aunque nadie lo crea, tenemos dignidad. Mis compañeros de acción no me hubieran perdonado la felonía ni aguantado el liderato de una jefa que pone los pies en polvorosa en el último minuto por cualquier bobería. Así, bajo el pedazo de luz grisácea que nos maceraba aquella noche tensa, poniendo al desnudo nuestro acto de justicia, sólo me quedaba afrontar la realidad y aguantar responsablemente lo que viniera. Luego se comprobó que lo que hicimos fue completar lo que él mismo ya había empezado, agregando —dicho sea de pasada y en honor a la verdad— una nota macabra a la escena.
Mis compañeros me miraron. Esperaban una orden. No dije nada. Lo único que se me ocurrió fue rememorar lo que había sido mi vida allí hasta ese instante, como quien quiere cerciorarse de que no meterá la para pu± un estúpido error de estrategia. Recordé el día en que me llevaron al caserón. Vieja me recibió con caricias suaves, aterciopeladas, dignas de sus ochenta años. Pasaba la mano esclerótica por mi piel negra, brillante, temblorosa aún a causa del frío matinal. Le dio las gracias a la nieta por el obsequio y se metió conmigo a la casa, dejándome en el mueble. Aquel fue el primer contacto con el interior del caserón donde terminé acostumbrándome a vivir, a crecer; lo conocí de cabo a rabo en pocos días. Allí sufrí la maldad y perdí la inocencia.
Abuela y nieta hablaban, quise seguir la conversación y pronto me fatigué. Entonces no podía descifrar a perfección su lenguaje, apenas andaba yo por el abecé. No me cabe la menor duda de que hablaban cosas sin importancia, tonterías de las que tratan las mujeres cuando tienen poco que decir. La nieta, como siempre, se había quedado en la galería. Hacía tiempo que no se aventuraba a entrar (supe luego), no quería entrar a la casa. Afirmaba —puedo testimoniar sobre la veracidad de sus palabras— que el ambiente húmedo que se respiraba allí no era bueno para la salud. Se lo decía al marido; a la abuela le mentía, le decía que andaba demasiado apurada, fingía no tener tiempo para quedare. Bueno, eso era antes, ahora ya no es necesario. Así que la cháchara me fue indiferente.
Oscuridad, telarañas, muebles desvencijados, paredes tiznadas, pisos curtidos, cortinas abatidas por las ratas —esos cochinos y miserables enemigos. Tal era el ambiente de mi nuevo hogar, una casa sin claridad solar ni calor, sólo moho y ruina por todos lados. Por suerte tengo buenos ojos y pude abrirme paso siempre que quise. Pero he de reconocer que el frío y la humedad del caserón nunca fueron buenos para la quebradiza salud de mis crías.
Supuse que la vieja vivía sola y me equivoqué de medio a medio. El deterioro de la sala y el comedor no era nada comparado con la tenebrosidad de los aposentos. La densidad de aquellos cuartos le habría hecho la vida imposible a cualquier humano. Se respiraba un aire viciado, cargado de un tufillo picante de tabaco, que cortaba la respiración al menos sensible. El cuarto de la anciana estaba atiborrado de féferes y alrededor de una cama cubierta por sábanas que se cambiaban cada cuatro o cinco semanas, mesitas repletas de potes e imágenes religosas. En un rincón del camastro pasé los mejores momentos de mi infancia, bebí mis mejores pocilios de leche, saboreé buenos trozos de carne que Vieja me dejaba cuando tomaba su comida fuerte del día y, ya adulta, alumbré a mis crías.
Algo me tentó a quedarme arrebujada entre las sábanas de la cama y vacilé en continuar mi labor de inspección. La curiosidad, que es una de mis virtudes, me estimuló. Y así llegué a la cocina, en desuso casi, al baño y algunas otras habitaciones vacías. La ventaja de la casa era que nunca cerraban las puertas. Podía pasarse de un lugar a otro sin mayores inconvenientes que los de cruzar umbrales. Las únicas que rara vez se abrían, porque lo usual era que estuviesen cerradas, eran las de la calle y la de atrás. De modo que cuando llegué al cuarto de Ensebio me extrañó encontrarlo cerrado. Estuve esperando infructuosamente que la puerta se abriera; no se oían pasos ni voces, sólo ruidos de escupitajos lanzados al piso, el rechinar incensante de una mecedora. Cuando terminaron la cháchara y la nieta montó al carro, Vieja cerró la puerta, atrancándola despacio y llamándome impropiamente su niño del alma. Me tomó en brazos al encontrarme frente a la puerta de Eusebio y me arrulló. Tocó. El no respondió y la puerta permaneció cerrada. Esto me indicó que él intuía ya que una intrusa había venido a robarle el afecto de la madre. Ella insistió con un toque delicado.
—Hijo, quiero presentarte al nuevo miembro de la familia. Entonces se detuvo el chirriar de la mecedora y pareció que se ponía de pie. Al fin abrió. Me miró con ira, los ojos no indicaban otra cosa; la cara barbuda palideció y luego se inyectó de sangre.
—¿Verdad que es bonito, hijo? Es el nuevo miembro de que te hablaba.
Levanté los ojos y clavé mis pupilas en las suyas para obligarlo a responder, y como no soportara el reto se enfureció. Estrelló la puerta en las mismas narices de la anciana y estuvo así todo el día, encerrado, sin dar su acostumbrado paseo por el patio. Vieja entristeció al comprender lo que pasaba entre su hijo y yo. Ella, llena de sacrificios, acogotada por la edad y el hijo, no vivía más que poniendo parches dondequiera que hacían falta. Lamenté tener un enemigo en la casa a la que había ido llena de ilusiones. Lo que pasó después no fue culpa mía.
Los compañeros me miraron y algunos pidieron que diera una orden terminante. La luna lucía extrañamente gris y delatora, la sangre comenzaba a cuajar y Eusebio endurecía, acusándome con ojos vidriosos y pasmados. Uno de los compañeros, inquieto y asustado, daba vueltas en torno nuestro. Yo seguí erguida sobre el cadáver, en señal de victoria, pensando que todavía teníamos tiempo para elegir una buena salida.
Los días pasaron. Trataba de encontrarme lo menos posible con él; lo esquivaba, me ocultaba, estaba siempre fuera de su vista. Vieja comprendía todo y se alegraba de mi actitud juiciosa, premiándome con algún pedazo extra de carne. Ella podía parcializarse: él era su hijo y yo una desconocida portadora de problemas, mas ella comprendía que él no andaba bien de la azotea y que no todo debía consentírsele. Y la guerra llegó a su debido tiempo. Primero me acosaba en los rincones, me sacaba a empellones del sofá cuando disfrutaba de un plácido sueño, me perseguía con una escoba por el corredor, me arrojaba chancletas y hasta llegó a la crueldad de apagar una colilla en mi cabeza, dejándome una marca imborrable.
Vagaba resignada por pasillos y habitaciones, escondiéndome bajo los camastros, quedándome fuera del caserón incluso en noches lluviosas. Mi actitud al principio fue de aceptar pacientemente, sin protestar, los castigos que me infligía, pensando que se cansaría y me dejaría en paz. Poco después estuve cierta de que no habría tregua, no hasta echarme de la casa. Lo malo era que yo había empezado a tomarle cariño a Vieja y que nos llevábamos muy bien. Así pues me propuse oponerle resistencia sin ofender a mi protectora, asustándolo con ruidos y gritos lastimeros que le pondrían los pelos de punta, le cambiaba las chancletas de sitio constantemente y correteaba como una loca cuando se acercaba. Eusebio resultó ser más astuto de lo que esperaba. A mis gritos nocturnos no hacía más que explotar en una risa estrambótica y mientras más carreras daba yo más me perseguía él. Había pocas cosas de las que estuviera realmente prendado: sus únicas pertenencias eran esas chancletas, la mecedora desfondada y una colombina, por cierto muy maltrecha. Todo para él fue un juego y en ese juego yo actué de víctima indefensa.
Desesperada, traté de emigrar. Sin embargo, me había habituado al ambiente del caserón y asimilado la atmósfera embrujadora de sus rincones y me fue imposible hacerlo. Bajé al sótano y exploré durante un día sus rincones y cuevas. La situación no era muy distinta a la que se respiraba en el piso de arriba, con la diferencia de que la oscuridad, la humedad y las telarañas lo anegaban todo. Las ratas vivían a sus anchas haciendo y deshaciendo antojadizamente. Los primeros días fueron de batallas a muerte, de las que salí vencedora las más de las veces. Eso me ayudó a reafirmar mi condición y mostrar mis fuerzas a plenitud. Las ratas se vieron obligadas a protegerse de mi aguerrida ferocidad, dejándome limpio el nuevo campo de acción. Disfruté de tranquilidad indecible durante un tiempo. No podré olvidar las horas de sueño en los abandonados sillones, los amaneceres en que un rayo de sol se filtraba por la ventanilla que servía de respiradero al sótano, despertándome suavemente, y hasta me será cara la actividad que el enemigo me había impuesto. Vieja me buscaba ofreciendo alimentos. Yo no respondía, no quería comprometer mi seguridad por migajas. La paz que había comenzado a disfrutar era lo más esencial para mí y aguardé mejores condiciones para mostrarme.
Mi nervioso compañero perdió el valor de que es capaz cualquiera de los nuestros, se impacientó, mostró su cara de temor y dio vueltas sin ton ni son. En sus ojos vi que el miedo se había apoderado de él y que en cualquier momento arruinaría el plan, llamando la atención con ese nerviosismo irresponsable. En mi calidad de jefa me vi en la obliglación de reprenderlo. Así ocupó de nuevo su puesto y esperó mi orden.
El hambre nos hace perder la fuerza de voluntad cuando no estamos ideológicamente preparados para el sufrimiento. Eso fue lo que pasó conmigo. Lo que había comenzado siendo un refugio se convirtió en una cárcel. Sin aventurarme fuera del sótano era imposible conseguir agua o comida y ya mis trinas no resistían un día más de confinamiento. Resolví volver a la comodiad que Vieja me ofrecía, plenamente segura de que la paz había terminado. Volvimos a lo mismo: Eusebio a su manía persecutoria y yo a mi papel de víctima indefensa. Ahora me ¿quedaba menos en la casa y andaba por esos mundos durante la noche. En otros lugares conocí al engendrador de mis gazapos (este es el calificativo que merece pues no puedo llamar padre a un oportunista que no se ha dejado ver más).
Tuvimos un romance breve. Busqué ayuda y consuelo en alguien y creí que eso era lo que él me ofrecía: mi inexperiencia me costó bien caro. Nuestro primer encuentro nocturno a solas fue noches después de conocerlo. Me dejé arrastrar como una tonta. Días más tarde sentía cómo mi cuerpo se transíormaba: una pesadez adormilaba mis músculos, antes ágiles y diestros, y poco después se tornaron inelásticos y torpes. Tuve necesidad de más alimentos y llegué a robar en la cocina de mi dueña. Creo que ella nunca lo supo. Si acaso lo sabía me estaba tolerando cosas imperdonables sólo porque me había convertido en su consentida. El sujeto se percató de que su plato sufría sisas diarias y se puso en acecho. Un día me sorprendió robando un pedazo de pollo y aprovechó que me hallaba de espaldas y me dio de palos hasta el cansancio. Estuve a punto de perder a mis crías pero felizmente el aborto no sobrevino; por algo dicen que somos diabólicamente resistentes al dolor y la muerte. Bastante magullaba fui recogida y curada por Vieja y encontré amparo en su habitación. El altercado entre Eusebio y mi protectora fue agrio y prolongado. Ella lo acusó de cruel y bárbaro y él, sintiéndose acorralado, se echó a llorar, y rompió platos y vasos en desquite.
Para asegurarse de que nada me pasaría Vieja cerraba la puerta con llavín cada vez que salía de la habitación, me acomodaba en el camastro y cuidaba de mí como a una hija. Eusebio espiaba por las rendijas de la puerta aunque nunca se atrevió a violentarla. Nacidas mis crías y pasada la convalecencia tuve que enfrentarme de nuevo al enemigo. Para sorpresa mía, Eusebio había traído a Can a la casa. Mi pobre amigo Can —que en gloria esté si es que hay gloria— puso empeño en la tarea que se le había enconmendado y no cejaba de acosarme todo el santo día. Ya mis crías habían aprendido a huir de las persecuciones y podían refugiarse conmigo en escondites seguros: en el sótano, que seguía siendo un lugar inexpugnable; en el aguacate del patio, dueño de un ramaje que imposibilitaba a Can trepar a pesar de sus esfuerzos.
Can concluyó que Eusebio era cruel hasta con los amigos. Cuando mi buen amigo no podía seguir correteándome, Eusebio cogía la escoba y lo apaleaba. Can gruñía, pataleaba, mostraba los colmillos, aullaba, y Eusebio seguía forzándolo a una persecución infructuosa. Entonces tuve oportunidad de mostrarle a mi antagonista que yo no era rencorosa y le ofrecí albergue en mi refugio. Nos conocimos mejor y surgió una amistad que sólo la muerte pudo romper.
Los compañeros notaron mi repentina tristeza, no por Eusebio que yacía rígido como un tronco bajo mi cuerpo, sino por alguien que también habría podido disfrutar de la muerte del enemigo.
Ahora éramos dos los perseguidos. Vieja se sentía incapaz de evitar que Eusebio nos maltratara tanto. Llegó a quejarse con la nieta: todo en vano. El siguió dominando la situación. Gracias a Can teníamos más alimentos y yo no necesitaba aventurarme fuera del escondite para conseguir la magra comida diaria. Un mal día, por negarse a cumplir una orden, Can recibió un fuerte golpe en la cabeza y enfermó. La herida empeoró por falta de cura, mi amigo andaba gimiendo de un lado a otro con la sanguaza brotándole del espinazo, sin poder siquiera lamerse. Ajobachado por el calor de la fiebre vino a morir tranquilamente al sótano. Pasó sin una queja sus últimos momentos, resignado a su suerte.
La luna se metió tras una nube que la cubrió totalmente. Los compañeros volvieron a mirarme impacientes. Llegaba el momento de tomar una resolución y hacer algo: escapar o dar el frente. Esas eran las únicas soluciones posibles. Por la actitud del nervioso compañero advertí que estaba más dispuesto a huir que a enfrentar los hechos. Los otros parecían tener más temple, más capaces de resistir. No debíamos escapar cobardemente dejando a Vieja con el cadáver. Esa era mi opinión. ¿Qué pasaría después? La luna volvió a salir y su gris nos cubrió nuevamente.
El olor pestilente del cuerpo de mi amigo Can provocó que lo hallaran al fin, bastante descompuesto ya. El enemigo, ayudado por Vieja, se encargó de enterrarlo en un hoyo al pie del aguacate, olvidándolo para siempre. Quedamos solos mis gazapos y yo, a merced de la vesania de nuestro perseguidor. Mis pequeños también sufrieron a su debido tiempo. Una mañana de frío, estando arrebujados en un sillón del sótano, la puerta fue empujada y alguien a quien no pudimos distinguir de inmediato entró, sorpendiéndonos en el sueño. Los palos acabaron con mis gazapos. Yo misma quedé tan estropeada que no supe qué fue de ellos y pude escapar gracias a que la puerta había quedado abierta, pero me fue imposible rescatarlos. Desde entonces juré vengarlos y trabajar sin descanso para lograr la ruina del enemigo.
Escapé con el propósito de reclutar compañeros que quisieran ayudarme. Encontré a uno y él me condujo a otros dos. Tuve que demostrar superioridad enfrascándome en una lucha cuerpo a cuerpo contra ambcs. Ya nada tenía que perder: mi vida debía estar consagrada a la destrucción de Eusebio. Su crimen no podía quedar impune. Mis nuevos amigos y yo penetramos a la casa durante la noche e instalamos nuestro cuartel de operaciones en el sótano, clausurado después de la muerte de Can. Nos colamos por la ventanilla-respiradero y planeamos todo cuidadosamente. Esa misma noche fuimos a la habitación de Eusebio y trepamos a su camastro con cautela. Roncaba, por su boca entreabierta salía el pito delator de la plenitud del sueño; a una orden mía se le arañó vigorosamente y por cada grito redoblábamos la intensidad del ataque. Vieja se levantó y vino al cuarto, peró ya habíamos escapado, poniéndonos a salvo.
Otros ataques de esta naturaleza se repitieron. Se le llenó el cuerpo de cicatrices y la cara le fue desfigurada. No le dábamos tregua; robábamos su comida y en esto hasta la pobre Vieja llevó su tanto porque debió compartir sus alimentos con él. Nos pareció que los métodos aplicados no eran completos. Los compañeros estaban contentísimos con el pillaje y las correrías nocturnas; para mí nada tenía de divertido un acto de venganza que hacía forzada por mis instintos. Por eso exigí más.
Eusebio se adaptó a la nueva situación y tomó precauciones: cerraba la puerta y nunca dormía al descubierto. La ventana del cuarto fue clausurada y el acceso se nos hizo imposible. Nos tendió trampas en las que no caímos. Él y Vieja se peleaban con más frecuencia, la amenazaba diciéndole que iba a dejarla sola, que iba a marcharse para siempre y Vieja temblaba y suplicaba. Nos hubiera convenido su alejamiento voluntario del caserón y a pesar de ese deseo concluimos que ella necesitaba de él aunque fuera para tormento. El colmo de la vesania fue cuando la golpeó porque no lo había dejado salir desnudo al patio. Luego se encerró en su cuarto durante dos días.
Debíamos tramar un golpe maestro para acabar definitivamente con él. No fue necesario. Ese día, a primanoche, se atrancó en su cuarto. Creimos que no saldría y que sólo deseaba escoger el camino más seguro a solas. Cuando salió estaba sangrando, se había cortado en el cuello. La sangre manaba a borbotones. Salió de la habitación dando débiles corcovos y, con dificultad para sostenerse en pie, llegó al pasillo qué daba a la habitación de Vieja, quien a esa hora dormía. Ante la puerta se desplomó. Fue entonces cuando pudimos llegar a él. Lo arañamos en la cara, en el cuerpo, y presenciamos sus últimos estertores. Se desangró rápidamente, rodeado de sus antiguas víctimas, bañado por la luz de la luna.
Llegó la hora en que yo debía decidir lo que haríamos. Propuse quedamos y ver los resultados. Esperamos la llegada del rosicler tempranero junto al cadáver.
Al levantarse, aún medio turulata por el sueño, Vieja vio con horror la escena y corrió despavorida, chillando con voz renca. Alguna gente extraña intentó ayudar. Nos alejamos, trepamos al aguacate desde donde podíamos ver el cuadro. A las ocho de la mañana aparecieron polis y enfermeros y los curiosos nos arrojaron piedras. Tras analizar el cuerpo dictaminaron que el corte no fue intencional, que el ataque de epilepsia le agarró afeitándose. La baba se había secado en la cara de Eusebio. La gente se dispersó y los enfermeros se llevaron el cadáver.
Nunca nos faltaron deseos de seguir viviendo en el caserón, en la certeza de que ya no habría preocupaciones ni problemas. Queríamos a Vieja y podríamos hacerle compañía. Además, teníamos todo el derecho a ello; también nosotros merecemos la paz y un lugar donde vivir sin ser fustigadbs por el hombre. Pero Vieja murió poco después y la casa fue derribada por orden de la nieta y su marido, para edificar allí, con el dinero de la herencia, un moderno condominio de seis apartamentos.