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josé alcántara almánzar

lulú o la metamorfosis

Cuando cae la noche todo se confunde, no hay contornos precisos ni caras definidas, sino aristas borrosas, masas informes, sombras que se desplazan de un lugar a otro. Lulú lo sabe y se prepara para esta gran noche de carnaval, en un febrero esperado con impaciencia, entre ritos minúsculos, ahorros insignificantes, impulsos contenidos, el afán de la venta de dulces y el canturreo con que pregona su mercancía. Ahí está la canasta, sobre la mesa cubierta por un mantelito floreado, todavía con restos de piñonates y, medio derretidos por el sol, cristales de guayaba en celofán y otras sobras del trabajo diario en recorridos por oficinas a las que acude muy temprano para entregar el dulce de naranja en almíbar a la rechoncha secretaria del Ayuntamiento, el eterno pudín de pan a la archivista de la Corporación, los tarticos de ciruela a la rubia oxigenada de Rentas Internas, las alegrías al pimpollo de chofer del Bagrícola, aquel que inspirado le dice: «Lulú, negra, nadie hace estos dulces mejor que tú». Y ella se queda mirándolo, derretida, incrédula, con una mano picarona sobre los labios risueños y suspira, trina, aletea unas pestañas rizadas y sale meneando su trasero chiquito, aprisionado en el fuerte azul y diciendo, ya sin mirarlo: «¡Ay, qué niño tan mentiroso este Guelo!», haciendo caso omiso de las risas que revientan a sus espaldas.
Al salir sintió que la brisa caliente venía cargada de humedad, arrastraba nubes, levantaba papeles y polvo de la calle, le cosquilleaba las piernas y la obligaba a pensar de nuevo si valía la pena ir al parque para arruinar bajo un aguacero lo que tanto trabajo le había costado. Puso el candado a la puerta y echó a andar con paso torpe. En el trayecto mostraba a todos los resultados de su labor, se hacía la sorda a los comentarios necios, les sonreía a quienes apreciaban el arrebol de sus mejillas, la exuberancia del vestido, el brillo de sus joyas de oropel. Las calles transformadas por el hervidero se habían convertido en la prolongación de una gran fiesta, un jolgorio de patio que volcaba mujeres y hombres tiznados a las aceras, con antifaces y atuendos estrambóticos y contagiosos chillidos de alegría. Ella seguía falsamente majestuosa, traicionada por tropezones y eructos, el meneo agitado de sus caderas, el aspaviento de unas manos excesivamente alhajadas, los nerviosos giros de la cabeza, los ojillos inquietos y averiguadores.
Ahora debe iniciar la ceremonia. No importa cuánto tiempo demore en este cambio que ha de convertirla en la rumbera más despampanante del carnaval. Su traje planchado, listo, cantarín entre la corte de festones y arandelas, cuelga de la percha, casi baila con los zapatos de tiritas, las pulseras rutilantes, los collares de bisutería irisada, los alargados pendientes de engañoso brillo y todo lo que engalanaba a las bailarinas famosas que Lulú no se cansaba de ir a ver al Cine Julia, las mismas que le sirvieron de modelo para hacer su vestido, el turbante que cubrirá su cabeza color candela, las rosas plásticas que ha cosido a sus zapatos, los tonos de ese maquillaje lujuriante que se reserva para hoy.
El parque estaba repleto de gente y vendedores de cuanto bocadillo pudiera satisfacer los caprichos de los enmascarados que se pavoneaban en las vías interiores del lugar, al tiempo que presenciaban la actuación de la banda del municipio. Desde la glorieta volaba la música de un danzón que invadía de ensueños a los viejos, haciéndoles evocar una época definitivamente muerta. Ella hizo su entrada con una inocultable torpeza que parecía crecer a medida que aumentaban los efectos de la cerveza ingerida. Caminaba por el centro de la acera principal, moviendo los festones de una culebreante cola multicolor. De los bancos laterales, ocupados por extraños personajes, empezaron a salir pitadas insidiosas y patochadas que la retaban a nuevos tropezones con los mosaicos levantados por las raíces de los árboles.
Lulú yace sobre la cama como una hoja húmeda y porosa. Calma su ansiedad antes de iniciar el rito de belleza. Parece tranquila aunque su cuerpo se agita sobre la sábana, su piel vibra al contacto del algodón blanco y limpio. Toma el espejo de mano y se mira. Su cara muestra la desazón que la inquieta. Deja el espejo, enciende la radio y al instante explota la voz amelcochada de un locutor que aconseja descansos breves entre un quehacer y otro, la importancia del relax para mantenerse joven y bella, señora ama de casa, los beneficios de esa crema limpiadora que compró y que conserva su rostro terso como el de una muñeca de loza aunque no pueda blanquear su piel retinta. Por eso no se disfraza de manola o campesina holandesa. Quién ha visto, Lulú misma lo dice, europeas prietas, bembonas, de pelo planchado y nariz de albóndiga. Lo que no tienen holandesas ni españolas es esa cinturita de avispa que ella exhibe, esas piernas largas y fuertes que ejercita cada día, yendo de una oficina a otra, subiendo y bajando escaleras, cruzando pasillos, pidiendo permiso para dejar encargos, agachándose para apoyar la canasta en algún sitio y vender un coconete al transeúnte apurado, volver a colocarla sobre el babonuco que corona su cabeza y seguir su camino con una vieja canción de Lola Flores en los labios.
Pese a las carcajadas del público, ella avanzó hacia la glorieta y con pasos cojitrancos trató de subir a conversar con el director de la banda. Los silbidos aumentaban a cada paso suyo sobre los escalones gastados. La gente alternó la algarabía inicial con burlas crueles y provocativas. Un muchacho casi la hizo caer al pisarle la cola del vestido. Ella se dio vuelta y, aguijoneada por la ira, escupió una frase que ahogaron platillos y tímpanos en el crescendo final de una pieza. Levantó un puño amenazante contra el gentío, agarró la cola, se la enrolló en un brazo y prosiguió la ascensión a la glorieta.
Toma la afeitadora, enjabona sus brazos y piernas y empieza a rapar los pelitos que han crecido en estos días. Hay que dejar la piel sin rastro de vellos. La navaja se desplaza sobre un brazo al compás de una salsa chillona transmitida por la radio. Los pelos se escurren por el desagüe del lavabo y luego el brazo reluce, sedoso, todavía con rayas de jabón mentolado. Las piernas son territorios más difíciles, se resisten a la acción depiladora de la navaja, son obstáculos en que encalla la afeitadora produciendo diminutos cortes secos, de intenso ardor como el que causa la garra de un gato. Cambia la navaja al aparato de afeitar y un filo nuevo remueve los pelos, vence la resistencia de su dureza. Ahora son dos piernas elásticas, lisas, jaspeadas de espuma blanca, piernas que podrán entrar cómodamente en las redes de las medias de nilón.
El director la miró de arriba abajo y no pudo contener una sonrisa de mofa y compasión. Asintió con la cabeza y le prometió que después del pasodoble sus muchachos tocarían la rumba que solicitaba. Ella dio las gracias extendiendo una mano quebradiza e hizo una reverencia larga y ceremoniosa. Luego el director se dirigió a los músicos, levantó las manos e inició el próximo número del concierto. Ella comenzó a descender los peldaños entre los aires marciales de una marcha operática.
Va a la nevera, saca una cerveza, la destapa, introduce el orificio de la botella en su boca, sorbe el líquido amarillo, lo bebe hasta que el frío la aturde y le impide seguir tragando. La melodía de un bolero le ensarta el cuerpo, la hace olvidar por un momento la afeitadora y lo que falta del proceso. Lulú cierra los ojos y piensa en Ciro. Él estará en el parque vendiendo maní cuando ella aparezca vestida de rumbera, mezclándose con falsas damas y engallados caballeros de trajes alquilados para la ocasión. Ella pondrá la pimienta que haga falta, irá a la glorieta y pedirá al director de la banda que toque algo caliente y luego bailará, se robará el show. Si Ciro se acerca lo invitará a un trago, sabe que aceptará, que vendrá luego con ella a esta habitación porque él necesita dinero y cariño y quién si no ella para dárselo, como siempre lo ha hecho.
Durante el pasodoble ella vio a su marido entre la multitud. Él hacía su trabajo diario, ajeno al bullicio de la muchedumbre y los ruidos de los autos que ganaban la cuesta de la ancha avenida, se detenían frente al parque o daban bocinazos a los peatones distraídos. El alcohol se le agolpó en la cabeza, sintió que las piernas le flaqueaban y tembló ante la posibilidad de un encuentro con su hombre. Por un instante dudó. Era preferible que él tratara de llegar a ella primero. Sacó un estuche de entre los senos y en el espejito vio su propia cara cubierta de cristales de fino sudor que empezaban a correrle el maquillaje. Con la pequeña borla esparció polvo sobre su rostro.
La navaja indecisa se mueve bajo la axila, despega un brote de cerdas duras. Más espuma, más agua, otra navaja y van tres. Los pelos ceden, el cuerpo va quedando lampiño como el de una muchachita de quince, sólo falta el vientre para que todo luzca igual que la superficie de una caoba bruñida, sin rugosidades o asperezas que provoquen el rechazo, desalienten las caricias de unas manos robustas que comprueben su condición verdadera, la escandalosa contradicción de su cuerpo.
La rumba estalló cuando ella guardaba el estuche. De inmediato corrió hasta la glorieta y empezó a bailar, rodeada del público que se había arremolinado a presenciar el espectáculo. Su cuerpo se movía sin frenos; los pies chispeaban en los mosaicos; las piernas, alargadas por los altos tacones, se disparaban como locas; las caderas se retorcían; los brazos llenos de pulseras giraban, trazaban círculos en el aire; la cabeza seguía alegremente el ritmo de la música. En medio del alocado griterío, ella bailaba con los ojos cerrados y parecía sumida en un trance brutal. Avanzaba y retrocedía, agitaba los hombros desnudos, se ponía de rodillas y luego ascendía completamente descalza. Sus dos ñames, liberados por fin de los tacones, se apoderaban del pavimento, zigzagueaban, la llenaban de placer.
Las cejas están habituadas al castigo de las pinzas. Los pelitos hirsutos se desprenden de su centro raigal al paso nervioso de la pequeña mandíbula metálica. Cada pelo desprendido le arranca una lágrima a Lulú. Sus ojos acuosos observan cómo se hincha la carne recién mondada y desaparece la hilera de puntos negros que antes eran sus cejas, dejando un espacio nítido para una raya perfecta de lápiz especial.
Ella seguía moviéndose, totalmente poseída por la locura de la danza. Entonces irrumpieron los piratas, vociferando, abriéndose paso a empujones entre el tumulto. Capitaneaba el grupo un Sir Francis Drake demasiado barrigón y enano para convencer a nadie. Lanzaban bravatas a la multitud, amenazándola con espadas de palo, cuchillos de hojalata, estacas y unas bocas desdentadas de alientos mefíticos. La bailarina, enfurecida porque le habían robado la atención del público, saltó sobre los intrusos con un grito salvaje. La rumba llegaba ya a su final, precipitado por el director de la banda, que sentía demasiado cerca el alboroto de la trifulca.
Lulú esparce la crema por su cuerpo y la piel retinta, achocolatada, brilla, absorbe glotonamente el aceite de la sustancia limpiadora. Su cuerpo flexible tiembla al calor del masaje, palpita la epidermis rasurada por la caricia de su propia mano que ahora desciende hasta las ingles y se detiene vacilante y ansiosa al pie de un apéndice gigante que la mano aprieta y abandona en súbitas acometidas, intermitentemente, como si de la furia pasara al arrepentimiento. Lulú se tiende en la cama, engulle el resto de cerveza, cierra los ojos y esconde la cabeza bajo la almohada. Le laten las sienes, le falta aire, la mano sublevada prosigue su faena, la cara de Ciro emerge del fondo de un río, tiene el cuerpo cubierto de gotas de agua pero no está muerto sino que juega con el líquido y dice adiós con una mano victoriosa. Se zambulle otra vez por un instante, la mano sube y baja, resbala sobre el falo grasoso, Ciro retorna a la superficie y esta vez le hace señas a Lulú para que se arroje, quiere que ella lo acompañe. Lulú mete un pie en el agua tibia, luego deja caer todo el cuerpo y el río se la traga. A ella le parece que va a morir, pero Ciro la rescata, la alza en vilo como si ya no pudiera sostenerla o encontrar un punto de apoyo bajo el agua. Luego se la lleva a un lugar seguro. Sube y baja, embiste con fuerza, el miembro congestionado al máximo, ya se aproxima al final. Lulú siente muy cerca el cuerpo caliente de Ciro, contempla su cara a la luz del sol, sus alientos se confunden, ella se aferra al cuello equino del hombre cuando siente que él pone una mano en la verga que ahora la mano de ella agarra compulsivamente y Lulú estalla en gritos obscenos que la almohada silencia para que sólo ella presencie el estallido del volcán.
De todos los rincones del parque surgieron excitados personajes que se sumaron a la escena de la pelea. Saltaron diablillos con punzones de caucho, la Muerte seguía a un Lotario casi desnudo, de otro lado emergían una comparsa carioca, varios gladiadores portando cotas y lanzas, Don Quijote encaramado en un burro y, mezclados en confusa procesión, magos, soldados y campesinos. Las brujas aparecieron en el momento menos esperado, blandiendo escobas que usaban como garrotes. La bailarina se aferraba a las greñas de Drake, hincaba sus dientes en el blando pescuezo del corsario. Habían caído al suelo, rodeados por la multitud que estimulaba la contienda. De vez en cuando caían también otros, enardecidos por el ejemplo de la bailarina y el corsario. No muy lejos de éstos, un guloya estrangulaba a dos hombres-monos y un diablo cojuelo, colmado de sonajas, cintas y espejitos, remataba a vejigazos a una monja hombruna que gruñía en un matorral.
Pronto crece en ella una laxitud inevitable, los tendones ceden, los músculos entran en una etapa de flojera obligatoria que no quiere que acabe nunca. De repente la carne se amansa, se debilitan las extremidades, la piel exuda los humores del deseo satisfecho, se apagan los fogones que alimentan sus fantasías. La imagen de Ciro en el río desaparece también, desplazada por una realidad cercana y familiar. La cabeza de Lulú emerge del fondo de la almohada: ahí están la mesa con su mantel floreado, la canasta por donde trepan hormigas devoradas por la gula, la nevera de afónico runrún, el reloj despertador, el lavabo todavía chorreando agua, el radio de pilas aún encendido, unos paisajes sacados de almanaques viejos y un armario de puertas abiertas donde sigue impasible el regio vestido de esta noche de carnaval. Lulú hunde la cabeza en la almohada mientras se limpia los gelatinosos restos de la erupción y poco a poco reinicia el inventario de lo que ha hecho y calcula lo que todavía le falta por hacer. Da un salto y abre una gaveta en la parte inferior del armario. Revuelve la ropa y saca unos pandes en los que introduce sus largas piernas. El sexo queda recogido en una bolsa a la que luego presiona con unas medias-pantalones. Resuelto el problema vital, su figura andrógina se mueve de un lado a otro. Saca los instrumentos del maquillaje, se acomoda por fin en una banqueta frente al espejo del armario.
Con el vestido desgarrado, sin turbante, con las pestañas desprendidas, la bailarina continuaba aferrada al corsario. La banda se había dispersado. Los músicos abandonaron la glorieta con los instrumentos en alto, protegiéndolos de daños irreparables. El director trató de calmar los ánimos y acabar la riña pero se lo impidieron dos arlequines traviesos que lo sujetaron por los brazos y bailaron con él por todo el parque.
La deslumbra esa fulgurante capa de crema que sus dedos colocan en las mejillas, el mentón y la frente. La mutación de su cara se mezcla con recuerdos que son como descargas eléctricas lejanas e indeseables. Como en un sueño, Lulú percibe el retintín en la voz de Guelo cuando le dice «Negra, nadie hace estos dulces mejor que tú», y luego toma las alegrías y sonríe con sus dientes enchapados en oro. Unos brochazos de fucsina sobre los pómulos. Y el día que tropezó y la canasta rodó en el rellano de una escalera y los dulces se desparramaron en los peldaños. Dos líneas finas sobre los párpados cansados, un trazo de sombra azul en la parte donde nacen las pestañas, más arriba una raya ancha y plateada en un leve toque que llega hasta las cejas. Aquella tarde en que fatigada volvía a casa y se cruzó con Ciro en el camino y aunque él la vio no quiso saludarla o sintió vergüenza porque viró la cara y siguió vendiendo maní, sin hacer caso de los cajuiles en pasta que ella le traía. Los firmes movimientos del pintalabios sobre la jeta enorme, movimientos de rabia como aquéllos con que echó al zafacón la pasta de cajuiles para que se la comieran las moscas y las ratas, movimientos que dejan los labios rojísimos y mantecosos. O aquel día en que la persiguieron unos palomos voceándole «loca», «pájaro malo», tirándole cáscaras y bagazos de naranja y todo porque ella no había querido fiarles unos dulces, gritándoles que «ningún pendejo va a vivir de mí». Un rímel espeso cubre sus pestañas, volviéndolas dos largas escobillas negras. Y se encerró en la habitación, cuchillo en mano por si alguno se atrevía a violar la puerta. El espejo refleja una cara de colores encendidos como requiere la ocasión. «Al que entre aquí le saco las tripas, coño». Una cara de rumbera tropical. «Lo juro por mi madre santísima». Una cara muy coqueta. Y luego la multitud se dispersaba entre risotadas y amenazas. Una cara de tamborera arrebatada. Ahora se pone de pie, destapa otra cerveza, traga la espuma burbujeante que la hace olvidar los malos ratos.
Las sillas plegadizas volaban de la glorieta a la multitud, catapultadas por unos bucaneros y varios hombres con caretas de chivo. La confusión creció cuando los espectadores del Atenas comenzaron a salir del cine. Las trompadas y los porrazos se convertían en una batalla de piedras y botellas, dividida en tres o cuatro bandos feroces. La bailarina quiso zafarse de las manos de Drake que atornillaban su fino cuello de gaviota. Ella hundió las uñas en los ojos del diminuto corsario y pudo finalmente escapar de las manotas que intentaban asfixiarla.
Los senos postizos se acomodan a la caja torácica. Lulú trata de colocarlos en su justo lugar. Mueve los promontorios de colcha espuma a izquierda y derecha, los acomoda en el punto que juzga equidistante del centro del pecho. La tercera cerveza la hace temblequear, avanzar torpemente por la habitación, buscando zapatos y pulseras para la culminación del rito. Descuelga el vestido, lo enrosca como una boa desde sus pies hacia el talle y de allí hasta los hombros. La entusiasma esa corola de arandelas que ciñe su cuerpo a medida que los dientes del cierre se sueldan en un abrazo que parece definitivo.
La muchedumbre rugía. Los bandos continuaban su andanada de piedras y botellas. Los cascos negros brotaron de la estación policial y en cuestión de segundos cruzaron la José Martí y penetraron al parque. Ella trató de hallar a su hombre en medio de la confusión, pero el desbarajuste era tan grande que sólo vio enmascarados histéricos, fugitivos que huían de las macanas apaciguadoras. Empezaron a caer unos goterones que pronto se convirtieron en fuerte chaparrón. Ella sintió un golpe en la espalda y quiso escapar. El policía la agarró por un brazo y al tiempo que descargaba otros porrazos sobre el cuerpo empapado de la bailarina, la forzaba a sumarse al grupo de presos que en marcha obligada se dirigía a la estación.
«Ahora sí», dice Lulú frente al espejo, alzando la voz para ser oída, «nadie puede con este caché y este sabor. Yo quiero ver la loca que se me ponga al lado, yo quiero verla». Y se introduce un estuche entre los senos postizos, se perfuma y sale de la habitación con una expresión gozosa que la ilumina, la hace flotar en el espacio.