la sorpresa
Antes de abrir la puerta miró por el orificio que ella misma había hecho al mudarse a la casa para identificar furtivamente a través de él a cualquiera que se acercara. Una visera y un rostro brillante de sudor fueron suficientes para reconocerlo. El cartero. Cada día lo veía pasar sin esperar que se detuvierse ante su puerta, y justo hoy, ante su complacida sorpresa, se detenía. Le pareció rara la visita. Hacía afíos que no recibía carta y era lógico, quién iba a escribirle si no tenía casi a nadie. La hermana era una inconstante y por más de un año no sabía del paradero del muchacho. Pensó en dinero, en dólares enviados desde Nueva York. La hermana se había ido gracias al préstamo de los últimos pesos que atesoraba cautelosamente bajo el colchón y no había vuelto a saber de ella. Quizás ahora los recuperaría. Después de un momento de vacilación concluyó que el cartero estaba seguramente equivocado. El tocó a la puerta de nuevo y ella se estremeció antes de destrabar el pestillo y sacar la tranca de los soportes de hierro.
—Certificado —dijo él, con los ojos en el paquete de cartas, y después de entregarle el papelito le dio la espalda sin dejarla reponerse de la sorpresa, alejándose por la calle en dirección al puerto.
Era para ella. Ahí estaban sus señas escritas en letra grande y apresurada, podía leerlas sin dificultad. Se quedó un momento frente a la puerta entornada, medio confusa, y abrió la boca para llamar al cartero, quien ya desaparecía en la primera esquina. Leyó: “Dirección General de Correos, Casilla 15, Segundo Aviso”. Así decía el volante. No había recibido el primero y no era probable que hubieran traído otro antes sin que se enterara: se pasaba los días enteros en casa y la única que la visitaba era la vecina del eterno café de las mañanas. Releyó el aviso: su nombre escrito con bolígrafo barato y, casi encima, el matasellos borroso que había dejado impresa la fecha de expedición del papelito. Pensó en el tiempo que hacía que no atravesaba las calles que conducen a la oficina de correos, los minutos que perdería tratando de hacer cola ante una ventanilla tras la cual una empleada hurgaría en los casilleros, la ropa en remojo que esperaba en el fondo de la batea, el anafe donde se consumían las brasas, los ruidos, los vehículos... y sintió miedo. Era difícil salir ahora con tanto trabajo. Cerró la puerta, pasó el pestillo y atrancó de golpe con el madero. Un certificado. Los avisos no aclaran si se trata de una carta o un paquete; a menudo hay que ir para enterarse qué le han enviado a uno y quién es el remitente. La mañana no es buena para salir de casa y dejar los quehaceres a medio camino. Estuvo calculando que la tarde sería estupenda, pero ya sentía una impaciencia que empezaba a presionarla Fue al patio, apeó la lata del anafe y echó las brasas en la tierra, rociándoles agua. Volvió a la casa, se quitó el pañuelo de la cabeza y se peinó a toda prisa. Podría ser carta de él avisándole su regreso, anunciando su llegada. No podía esperar, quería pensar en lo mejor y no tenía esperanzas respecto a dinero. Tal vez la hermana retornase en unos días y le pedía que fuese buscándole casa donde vivir una temporada, o avisándole que su diabetes había empeorado y tenía que regresar de inmediato. Así era la hermana. Los últimos ganchos mordieron el cabello entrecano y la borla hizo su faena apresuradamente sobre la cara arrugada, atomizando la habitación de perfume viejo, irreconocible, rosado. Sacó el vestido del armario, dejó el de diario sobre la cama, se vistió, luego se sentó en la silla y se calzó parsimoniosamente los zapatos. A la vuelta acabaría el lavado, prepararía cualquier cosa para comer. En los últimos tiempos estaba desganadísima, no quería alimentarse. Una comida le bastaba en el día; el resto de las horas lo pasaba con tisana y café: cocinaba más por hábito que por necesidad. Tomó el aviso y releyó el nombre. En la oficina de correos le exigirían la cédula y decidió que era mejor llevarla. .La cartera crujió al destaparla y el plástico ocre de la superficie pareció cuartearse cuando buscó en el interior la llave del candado. Abrió la puerta con timidez, no sin antes acercar el ojo al orificio e inspeccionar la calle. Ya fuera, puso el candado y metió la llave en la cartera. Caminó despacio, muy pegada a las casas, con el temor de caerse de aquellos tacones que tanto tiempo habían estado en desuso. Cada media cuadra sentía debilidad y aminoraba el paso. El calor y los chispazos de luz del niquelado y los vidrios de los vehículos la hacían caer en la cuenta del prolongado período que había permanecido recluida en la casa. El ritmo de las cosas era más rápido y la vida se consumía aceleradamente en las calles. Fue cuesta abajo hasta alcanzar el edificio de la oficina de correos. Un certificado. La idea le martillaba la cabeza. La hermana seguramente diciendo que volvía, que estaba enferma, o el hijo avisando el definitivo regreso. No podía ser otra cosa y no quería concluir en lo último, que era a todas luces un craso error: después de esconderse todo un año avisar ahora que volvía. Tan simple como una tontería. Su cabeza inventó tortuosos finales y quiso, empero, hacerse la idea de la «uelta del muchacho, la idea de que iba a verlo otra vez antes de que...
—Mire por dónde camina, vieja —le gritó el camionero.
Entró en la calle peligrosa, donde la gente trota o corre, vende y compra y tiene las manos llenas de dinero ajeno. Quiso cruzarla durante la señal roja del semáforo. Los carros estaban tan cerca unos de otros que apenas logró deslizarse entre dos de ellos, bajo los chicotazos de luz de los cristales. En la oficina de correos había filas Interminables; todos tratando de enviar postales o comprar sellos. Diciembre es el peor mes para entrar en la oficina postal y ella lo había olvidado. Atravesó las filas y buscó la ventanilla quince. Había cuando menos diez esperando. No se podía ver a la empleada, quien se hallaba sepultada tras la ventanilla, y la gente parecía no avanzar una pulgada. Recorrió la fila con ojos inquietos: primero una señora, de seguro viuda, vestida de negro; detrás un señor gordo y mofletudo sonando un llavero de cuero; después un muchacho demasiado largo para sus posibles diecisiete años; otro muchacho en uniforme de mensajero; un pequeño militar de bajo rango; otro mensajero con casco de motorista y maletín; una señora joven; dos muchachas con cara de oficinistas; un anciano fumando pipa; un hombre joven con porte de ejecutivo; dos chicos de alrededor de diez años. Doce en total. Al terminar el conteo ya la señora de negro se desplazaba hacia un extremo, metiendo la carta en el bolso. Le tocaba al gordo. Cuando habían salido el gordo y el muchacho largo, ya detrás de ella se habían colocado otras personas. Se oyó gruñir al militar cuando un muchacho quiso entrar a la fila sin hacer tumo. El salón bullía en ruidos y ella sintió calor. Un cambiador de cheques le ofreció dólares en compraventa y no pudo menos que declararse pelada con una sonrisa. Faltaban aún seis personas. Releyó la hojita y notó que no había puesto su firma; pidió prestado un bolígrafo, puso su nombre en el papelito y colocó el número de la cédula debajo de la firma. El anciano había olvidado traer identificación y no querían entregarle su certificado; demoró el avance de la fila discutiendo con la empleada y todos protestaron a un tiempo con un murmullo desagradable que llamó la atención de gente de otras filas. Comenzó a sudar y sintió otro leve mareo. Quería sentarse, tener al menos apoyo. Movía los pies y dejaba caer, alternativamente, todo el peso del cuerpo en uno de ellos. Una mujer cara de loca, con una niña en brazos, se aproximó a la fila e hizo un recorrido breve, repitiendo a cada persona la misma frase mendicante. De pronto se halló ante la ventanilla, frente a la empleada que ya le pedía el aviso. Se lo entregó entre nerviosa y tímida y al observarla se dio cuenta que la empleada sufría de un pronunciado estrabismo. Esperó a que buscara y metió la cabeza por la ventanilla en el momento en que la empleada abandonaba la casilla y se escurría por un angosto pasillo, con el aviso en la mano. La gente de la cola protestó. Pasados unos minutos la empleada volvió con una caja, una caja cuadrada, perfectamente envuelta, atada con una cuerdecilla de cabuya. Le preguntó su nombre por segunda vez y le pidió la cédula. Ella percibió que aquellos ojillos extraviados se fijaban en las líneas arrugadas de su cara. Firmó la hoja, tomó con cierta indecisión la cédula que le entregaba la empleada, quien todavía mantenía una imprecisa mirada, y estuvo unos segundos aferrada a la caja sin dar un paso fuera de la fila.
—Deje pasar al siguiente, señora —insistió la bizca empleada.
Ella se movió automáticamente, con aire vago al andar. Una caja cuadrada, liviana más bien, con su nombre escrito en caracteres de Remington mecánica, envuelta en un papel satinado, atada con una soguita de cabuya. Provenía de la ciudad: podía verlo en el matasellos; no tenía el nombre del remitente. Tuvo deseos de abrirla allí mismo y revisar su contenido. Se acercó a una mesa y empezó a desliar la soguita. Estaba bien apretada; la mordió y el nudo no cedía. De repente se dio vuelta, como si alguien la hubiera estado espiando, y agarró la caja con extraña mezquindad. Su temor era evidente. Trataba de abrir la caja en un lugar público, ¿con qué fuerzas pelearía por ella si trataban de arrebatársela? Todo el conglomerado le pareció al acecho y dedujo que hacerlo en la casa era mejor. Metió los dedos bajo la cuerda y buscó torpemente la salida.
¿Quién podía haberle enviado la caja? No daba con un nombre por más que la idea le daba vueltas en la cabeza. El hijo se encontraba en el interior y en la ciudad no había nadie que la conociera o pudiera enviarle tal paquete. Nunca había trabajado en empresa privada ni para el gobierno; no estaba asegurada, no pagaba cuotas a nadie: vivía de la batea y la plancha, sus clientes sólo la conocían por un corriente apodo de lavandera. La caja tenía un sonido hueco, lo cual la intranquilizaba. Al salir de la oficina de correos y echar a caminar por la primera cuesta le asaltó la idea de que pudieran quitársela y entonces la metió bajo el brazo poniendo especial énfasis en no parecer sospechosa. ¿Sería dinero? No podía hacerse ilusiones, sabía perfectamente que no. La ley prohíbe enviar dinero por otro medio que no sea el de los valores declarados. Dinero enviado por medios corrientes, dinero perdido. Así había dicho la vecina, quien recibe cada mes unos centavos de la hija de Santiago. La vecina confirmó que en varias ocasiones los valores se extraviaban y nunca recuperaba el dinero. Por correo sólo se envían papeles y los papeles pesan, de modo que el contenido de esa liviana caja sorpresiva, de tamaño tan especial, se le hacía cada instante más extraño. En cada rostro asomaba un espectro perseguidor, la cara del que le arrebataría la caja. Miraba a los peatones, la apretaba contra sus costillas hasta hacerse daño y caminaba sin permitirse un momento de descanso. De vez en cuando la sacudía y se la colocaba junto al oído: nada vibraba en el interior o chocaba contra las paredes de la caja. Apresuró la marcha al divisar su vivienda. Pasó por la casa de la vecina, metió la cabeza por el callejón y la divisó lavando en el patio. En seguida se la imaginó con las manos enjabonadas, estropeando la caja, quitándole la envoltura para quedársela. Siguió la marcha, arrepentida del propósito, quitó el candado, entró y atrancó la puerta casi con violencia.
Ahí estaba, aún sin abrir, en la mesa, esperando. Había desceñido un nudo de la cuerda pero vaciló en el instante de quitarle los otros y el papel. Se acordó de la noticia del radio: en el extranjero envían bombas por correo y éstas estallan cuando el destinatario abre el paquete. Se quitó el vestido y fue a verla un momento. Frente a la mesa pensó en el efecto de una bomba: todos los muebles saltando en pedazos y ella gravemente herida camino al hospital. ¿Quién entregaría la ropa que esperaba en el patio, quién pagaría los daños? Tal vez no volvería a ver al hijo. Los ganchos salieron del pelo entrecano y el pañuelo volvió a cubrirlo; los zapatos retomaron al armario y la cartera de charol quedó guindando en el clavo, detrás de la puerta del aposento. Se acercó a la mesa, tomó una silla, se sentó en el borde muy junto a ella: ¿traería ropa de algún cliente? Qué zoquetada, gastarse dinero en sellos y molestarla haciéndola ir tan lejos con lo ocupada que vivía. Su cara se animó un instante, las manos se deslizaron sobre la caja tocando la cuerdecilla a medio desceñir. Si fuera ropa pesaría algo más, pensó. Fue a la cocina y preparó café. A la vecina le hubiera gustado ser convidada para la apertura, ella lo deseaba también y, no obstante, tenía la impresión de que todo aquello era tan íntimo, tan suyo, que no debía darle participación a nadie. La taza quedó manchada y en el fondo se formó un poso negruzco mezclado con gránulos de azúcar derretidos. Comenzaba a sentirse agotada. Un ligero dolor en el cuello, una molesta sensación de cansancio en los ojos y la imagen de la caja clavada. No pudo evitarlo cuando.se fue a terminar el lavado en el baño, cuando enjuagaba o en el momento de planchar las piezas que se habían secado al primer contacto con el sol. Iba y venía del patio al comedor, se detenía frente a la mesa y retomaba al patio, abría la puerta del baño, se sentaba en el excusado y fumaba un cigarro. Si él hubiera estado en casa no habría sentido miedo y ya la caja habría desaparecido en el tacho de la basura, mientras él sacaba el contenido para averiguar. Tenía deseos de ver su cara de nuevo, aquellos dientes blancos, parejos y grandes que hacían más hermosa la sonrisa, unos dientes parejos que mostraban las más variadas expresiones, una boca que era, con los ojos, el punto clave de la cara.
La tarde comenzó a declinar y en la casa oscurecía en medio del sopor de las últimas horas de luz. La caja, envuelta en el papel satinado, parecía ahora más sombría, protegida del ruido de la calle por el enclaustramiento. No había podido comer y pensaba que no podría a menos que abriera la caja. Era cosa de actuar sin pensar más. En el armario halló unas tijeras y sintió impulsos de cortar la cuerda, pero deseaba conservarlo todo intacto: la cuerda, el papel, todo. Como recordativo, para hacerle más tarde la historia a la vecina. Fue a la mesa, la tomó y empezó a- desliarla. Los nudos restantes cedieron después de unos tirones; la soguita mediría un metro de longitud y, aunque muy fina, lucía resistente. El papel se abrió en las puntas, ella lo apartó con cuidado, envolviéndolo después de quitarlo. La caja, de cartón grueso, no decía nada: una tapa cubría la boca, sellada con cinta adhesiva. Lo primero que apareció fue un papel corrugado y debajo algunos pedazos de relleno de algodón. Cerró los ojos en el instante de quitar el relleno. Al abrirlos un grito salió de su boca. La caja voló por la habitación y la incompleta osamenta cayó al suelo haciendo un sonido seco. Se tapó la boca, ahogó el llanto y contuvo el nervioso ritmo de sus gritos. La calavera había caído en un rincón, casi intacta, lejos de dos o tres huesos más. Pensó en los vecinos, quizás los vecinos acudieran. Un terror la atrapó, temblaba, su llanto incontenible duró un tiempo indefinido. Junto a la calavera tiznada y grasienta —como la de un cuerpo recién incinerado—, la caja, los huesos y un sobre cerrado. Un montón de papelitos cortados en cuadrángulos perfectos se desparramó en la mesa cuando abrió el sobre. Los ordenó y trató de leer el párrafo que se había formado con la palabra escrita en cada uno de ellos:
HABLAR JUGÓ CON CUIDADO CON FUEGO Y ORDEN EL CONTRA SE QUEMÓ EL USARLA PUEDA NO SABÍA ÉL QUE PARA PELIGRO CORTAMOS QUE LA CORRÍA ESO LA CABEZA LE COSTÓ LA
Un párrafo absurdo. Aquel amasijo de palabras unidas entre sí carecía de sentido. Sin embargo, algunas frases conservaban un sabor peculiar y estaban dotadas de una coloración única: ‘cuidado con fuego’, ‘se quemó’, ‘peligro’. Una ordenación más cuidadosa la llevaría al resultado final. Como un juego de lotería. No quería mirarla, hacía esfuerzos por represar el llanto y se preguntaba de quién podía provenir aquel sucio juego de la calavera. Mas todo tiene una explicación y ella la encontraría. Después echaría los desperdicios a la basura, trataría de olvidar todo. Ordenó los papelitos nuevamente:
CUIDADO CON HABLAR JUGÓ CON FUEGO CONTRA EL ORDEN Y SABÍA ESO SE QUEMÓ PUEDA LE CORRIA EL PELIGRO CORTAMOS LA CABEZA SE LE COSTÓ HABLAR PARA QUE NO ÉL USARLA
Asombro reflejado en los ojos. Seguía siendo un párrafo incomprensible, descosido, una serie de frases locas y mal dispuestas. Estuvo a punto de darse por vencida y abandonar la faena, aunque algunas frases sugerían cosas verdaderamente atroces: ‘cuidado con hablar’, ‘jugó con fuego’, ‘cortamos la cabeza’. Se sintió recorrida por un golpe seco, sus manos adquirieron la imprecisión de una masa gelatinosa y gruesas gotas de sudor le cayeron por el cuello y la espalda. Algo confuso, sórdido, empezó a percutir en su cabeza. El muchacho apareció con claridad en su mente: una cara que sonreía y de repente callaba, se desvanecía. Otras ideas le taladraron las sienes y se echó a llorar en la cama. Ya había oscurecido, por el vidrio penetraba un negro mate y en la otra habitación seguían esperando la caja, los papelitos, los huesos, la calavera. No tuvo noción de cuándo decidió levantarse y trató de componer los papelitos. Obtuvo fórmulas y combinaciones variadísimas y algunas fueron tan aproximadas a la realidad que, de haberse tomado un poco de trabajo, hubiera podido leer la frase final sin dificultad. Véase la siguiente, por ejemplo:
HABLAR CON CUIDADO ORDEN EL CONTRA USARLA PUEDA NO QUE PARA CORTAMOS LA SE CABEZA LA COSTÓ LE ESO CORRÍA QUE PELIGRO EL SABÍA ÉL QUEMÓ SE Y FUEGO CON JUGÓ
Preparó café, volvió al comedor, a la faena delirante que la envolvía. Comenzó, sin saberlo, a aislar frases y destruir solecismos, agrupar palabras que le parecían lógicas, ordenándolas sin descomponerlas, cuando ya estaban hechas. A veces pensaba que su ignara cabeza explotaría con tanta palabra confusa y desordenada. En lugar de deshacer y hacer, hacer y deshacer, tenía ahora un método de agrupación más fácil y rápido, como el que se usa en los rompecabezas, en los crucigramas, que se van agrupando y agregando piezas y se dejan para el final las más difíciles de encajar en el conjunto. Pisaba los papelitos con botones o monedas, decenas de veces juntó verbos, juxtapuso adjetivos y nombres, quedando pronombres y preposiciones que no sabía dónde colocar. Al fin, cuando logró casi la macabra agrupación, no necesitó más. Saltó de la silla, se apoderó de la calavera, cuyos huecos bajo los arcos superciliares, taponados de algodón, mostraban una expresión ambivalente. El párrafo había quedado más o menos en orden, lo comprendía. Sin duda aquellos dientes blanquísimos, parejos, grandes, poseían una sonrisa inconfundible. Se aferró a la sardónica sonrisa y gimió. Sólo cabía preguntar el porqué, pero ella lo sabía de sobra. Tomó la cuerda, envolvió la calavera en el papel, la metió con los huesos en la caja. Después se dirigió, ya tranquila, al cuarto de baño. Allí, confiada, amarró la cuerda del tubo de la ducha, con un extremo hizo un nudo corredizo que podía agrandarse o achicarse a voluntad. Trepó a la silla, metió la cabeza en el fino lazo y saltó.