la reina y su secreto
En el angosto espacio de la puerta entornada, Gina advirtió el ojo azulino, la enarcada ceja, la pestaña cautivante, la boca moviéndose como un gusano escarlata que vibra y modula palabras inaudibles. Seducida por aquel rostro blanco, casi espectral, se detuvo frente a la casa en que ahora una mano abría la puerta algunos centímetros más y la faz oculta —sin descubrirse por completo— emergía a la débil claridad de la calle. Gina no podía moverse, parecía fijada a la rugosa superficie de la acera, sentía que el rostro la atraía, imaginaba que aquellas uñas verdes empezaban a derretirse sobre los largos y finos dedos, transformándose en hábiles tentáculos que la arrastraban al interior de la casa. El hombro desnudo, un brazalete dorado en la muñeca, el pie mostrando un zapato antiguo y en el tobillo una delgada ajorca cuyo extraño fulgor hería las pupilas de Gina, obligándola a desviar la vista hacia otra zona del trozo de cuerpo dibujado en la delgada abertura de la puerta a medio abrir.
La boca no cesaba de moverse, pero Gina no podía oír ni entender bien las palabras. A sus oídos sólo llegaban sonidos apagados, sugerencias extrañas, confesiones sibilantes de un ser que apenas alcanzaba a moderar su excitación. A veces se insinuaban varios dientes bajo los labios carnosos, sin que Gina pudiera adivinar su forma, color o tamaño. La persona permanecía en el misterio, prometiendo posibles encantos, siempre escudándose tras la puerta. Tal vez por eso Gina seguía embelesada, en un instante absurdamente largo. Las palabras eran ininteligibles, aunque Gina sabía o creía saber que la invitaban a descubrir el secreto de la casa y de su única habitante. El pedazo de cara no mostraba contrariedad por la demora, sino que se complacía en ir venciendo la resistencia de Gina a base de astucia y tenacidad.
La frente transpiraba gotas minúsculas, las rubias guedejas caían sobre el hombro, cubriendo la filosa clavícula, la mano sujetaba aún la puerta, impidiendo la revelación de aquellas partes del cuerpo que únicamente podían entreverse. Gina dio un paso en dirección a la casa y en seguida se detuvo, frenada por la cautela que le inspiraba el cuerpo escondido.
—Entra, no tengas miedo.
La voz poseía un timbre de asordinada neutralidad. Era una voz nasal, emitida con intención de infundir confianza. Gina avanzó un paso y luego otros hasta colocarse en el umbral. El ojo brilló, traspasado por la luz desfalleciente de la calle y los labios sonrieron, seductores, dejando ver unos dientes grandes, amarillos, apeñuscados entre la boca. La enjoyada mano dejó la puerta y se tendió amistosamente hacia Gina, ofreciendo sus largos dedos que, más que pedir, imploraban la entrada de la visitante.
—Entra, ven —insistió la voz con claridad seductora.
Al girar sobre sus goznes oxidados, la puerta chirrió. La mujer desapareció para que Gina entrase y algunos segundos después reapareció íntegra. Luego pasó la falleba suavemente, con un movimiento veloz, casi involuntario. Gina se vio ante una altísima Marie Antoinette, enigmática y jovial, empeñada ahora en ocultarse tras un abanico de plumas que hacía girar con altiva gracia. Gina sonrió, fijándose en ciertos detalles corporales de esta Reina de Francia: el pelo clarísimo, de hebras enmarañadas y algo resecas, la piel encalada, los pómulos salientes, artificiosamente rosados, la mirada de quien ha estado demasiado tiempo alejada de los demás y agradece la transitoria compañía de alguien, el collar de perlas rodeando la garganta finísima, los pechos escasos, escondidos o disimulados en los pliegues de un cuello de encajes, el vestido pomposo, abovedado como una catedral, de un amarillo viejo y etéreo como un nubarrón de polvo milenario.
—Siéntate —dijo Marie Antoinette, atiplando la voz.
Gina, maravillada por aquella espléndida fantasía que no alcanzaba a comprender del todo, se dejó caer en la butaca que le ofreció la reina. Sintió entonces la desasosegada respiración de la soberana, soportó su aliento de tabaco y alcohol, vio muy de cerca la piel blanqueada y fantasmal, el brillo metálico que titilaba en los párpados, el gusano escarlata que sin pronunciar palabra reptaba provocativamente bajo la nariz, los hombros huesudos y toscos, los brazos tensos esforzándose en acomodar un cojín en la butaca para que Gina se sintiera totalmente a gusto. Tras unas vueltas por la sala, Marie Antoinette trajo un frasco y lo destapó frente a Gina. La visitante no se atrevió a tocar lo que la reina le ofrecía. La duda podía traicionarla. Había oído tantas historias de reinas malvadas que envenenaban a sus víctimas con bombones exquisitos o apetitosas manzanas. Los ojos no podían sustraerse al encanto del dulce. La boca empezaba a inundársele de un líquido salobre. Por fin, la reina le entregó el hermoso objeto transparente en cuyo interior se entreveraban los mágicos colores de las frutas tropicales.
—Son tuyos —afirmó Marie Antoinette, tapándose los dientes con el abanico—. Come los que quieras y puedes llevarte los otros.
Y en seguida apagó la luz central, encendió una lámpara y corrió a un rincón donde había un gramófono que accionó antes de que Gina se llevara el primer caramelo a la boca. Se escuchó una música suave, propia de galanteos y amoríos de salón imperial. La reina se desplazaba, abanico en mano, en el holgado espacio de la habitación, pisaba delicadamente el piso de losanges con intrincados arabescos, daba vueltas bajo la araña que pendía del cielo raso. Gina seguía el baile de la reina, memorizaba sus movimientos garbosos y de vez en cuando se cubría la boca para esconder la risa, al ver que la falda de Marie Antoinette se ahuecaba con el brío que le imprimía la danzarina y al levantarse más de lo debido dejaba al descubierto unas piernas flacas y peludas.
Marie Antoinette concluyó el minué y al despedirse de su imaginario acompañante hizo una prolongada reverencia que Gina agradeció con aplausos. Fatigada por el esfuerzo, jadeante, la reina dijo que debía “descansar un rato para no morir”; luego se acercó a Gina y le preguntó si era posible tomar asiento a su lado, tener el privilegio de estar junto a la hermosa aparición que había aguardado tantos días. Gina no entendió el significado de las últimas palabras y por toda respuesta se corrió en la butaca, haciéndole lugar a la reina, quien se deslizó sobre los almohadones con ademanes refinados, recogiéndose la falda entre pudorosa y remilgada, sujetándosela con fuerza para impedir que las piernas quedasen al desnudo. De inmediato encendió un habano y a la primera bocanada su cara se inundó de placer.
Durante unos segundos ambas guardaron silencio. Sólo se oía el crujido en la boca de Gina. Los dientes trituraban un caramelo tras otro, la lengua succionaba la confitada pulpa, el tierno corazón azucarado. Por el momento ésta constituía la principal actividad de Gina. Ahora que estaba a su lado, no miraba como antes a la reina, como si ya hubiese perdido parte de su encanto. Marie Antoinette, en cambio, escrutaba libremente a su nueva amiga, aunque no se atrevía a decir nada, temerosa de romper el hechizo creado con música, caramelos y un viejo vestido de carnaval. Tomó un vaso de la mesa cercana a la butaca, varios cubos de hielo de un tazón y se sirvió licor de una botella panzuda, bebiendo de un solo trago el contenido del vaso. Gina se dio cuenta de la súbita transformación de la reina, cómo enrojecía, sudaba, se estremecía toda, y cómo, en ese instante, recuperaba fuerzas y se animaba a pasarle una mano por la cara. La caricia generó en Gina una turbación que la reina intentó disipar con una mentira inocente:
—Son raras, ¿verdad? —preguntó Marie Antoinette mirándose las uñas—. He leído en alguna parte que los dedos son como ramas de un árbol y las uñas algo así como las hojas. Por eso me las pinté de verde. Además, ¿sabías que Marie Antoinette era una extravagante?
Gina dijo que no con la cabeza, sujetó la mano de la reina y se quedó alelada, examinando fijamente la verdosa luminiscencia de las uñas. La reina volvió a acariciarla, le pasó las manos por los cabellos, se arrimó más a ella para besarla en la cabeza. Gina podía oír los latidos de Marie Antoinette, sentía el ritmo acelerado de aquel terrible tambor que batía en su pecho majestuoso y ahogaba su respiración, sofocaba su aliento, le hacía llevarse una mano al cuello, cerrar los ojos, caer en un aparente sueño. Gina no supo por qué —ya no podría saberlo ni averiguarlo— aquel inusitado afecto de la reina tenía un sabor de cosa tremenda y el último caramelo que saboreaba se le heló en el centro de la cavidad bucal. Dejó de masticar, se le inmovilizaron las mandíbulas y la lengua mientras se empeñaba en distinguir las frases que la reina, en medio del éxtasis, dejaba escapar de sus labios. Pero era inútil, únicamente percibía un agobiado sonido sin matices, inarticulado, el grave zureo de una torpe paloma enamorada. Las manos de la reina estaban secas y despedían un calor abrasante. Gina recordó los temores que circulaban en su hogar acerca de un raro suceso —desconocido para ella— ocurrido hacía tiempo en casa de la reina. Recordó las admoniciones, los consejos, las advertencias de que nunca se atreviera a visitar esta casa. Pese a todo, aquí estaba ella. La prohibición había despertado en ella una curiosidad irrefrenable, un deseo de explorar esta morada vecina y descubrir si aquel hecho que tanto angustiaba a los suyos tenía algún fundamento. Decían que la señora Marcela no se había suicidado. Su inesperada muerte por envenenamiento habría sido planeada por el esposo, don Rogelio, el viudo de ojos azules que desde entonces permanecía recluido, solitario, peligroso.
—Ven, quiero enseñarte algo —invitó Marie Antoinette al percatarse de que Gina esquivaba tímidamente sus caricias. La tomó de la mano y ambas se pusieron de pie. Atravesaron la sala, que a Gina le pareció más oscura y silenciosa que al principio, aunque pudo ver los dibujos colgados en las paredes cuando caminaban por un pasillo que las llevó a una habitación interior. Les salieron al paso imágenes de tiznados y desconocidos de torsos desnudos, grotescas figuras de gente airada que levantaba los puños contra el espectador, un mundo tortuoso en tinta china y carboncillo que Gina no pudo captar plenamente.
La reina había renunciado al donaire de los movimientos que exhibía cuando la visitante apareció en el umbral de la casa. Trocó los ademanes sutiles por otros más decididos y burdos. Sus pasos inciertqs escondían el firme propósito de llevar a cabo lo que se proponía. Había tomado una resolución e iba a cumplirla, se notaba en su manera de agarrar la mano de Gina, de conducirla a lo largo del pasillo que comunicaba con otras habitaciones. Al llegar, la reina se aseguró de no dejar la puerta abierta. Fue la primera vez que Gina creyó escuchar la voz de Adela, quien la llamaba desde una lejanía de patios y tapias. Era una voz familiar que, sobrevolando los árboles del jardín, venciendo las tupidas enredaderas que crecían en los alrededores, llegaba nítida hasta ella. Entonces se arrepintió de haber salido sin decir a nadie a dónde iba.
—Aquí hay de todo. ¿Quieres probarte uno de éstos? —preguntó Marie Antoinette, abriendo un arcón de donde sacó varios disfraces. Gina se arrodilló, no podía creer lo que veía, le parecía estar en las páginas de un cuento en el que de repente surgen enanos, magos y hadas y las casas de adobe se transforman en casas de mazapán y chocolate. La reina miraba complacida la perpleja actitud de Gina, daba vueltas en torno a ésta, barriendo con su faldón el polvillo acumulado en el piso.
—Voy a traerte un refresco —musitó Marie Antoinette y al punto destapó un pequeño refrigerador que había muy cerca y extrajo de él una jarra. Gina no sabía si tomar o no el vaso que le ofrecían.
—Bebe, es ponche y sé que te gustará porque lo hice especialmente para ti.
Quería rechazarlo, quería dejar la casa y fugarse por donde había venido, pero estaba muy lejos de la salida. Primero debía abandonar la habitación, atravesar el pasillo, llegar a la sala y quitar la falleba que Marie Antoinette le había puesto a la puerta. Su vacilación inquietó a la reina, quien casi la obligó a tomar el vaso. A su boca entró un líquido de sabor agradable, aunque nunca había probado nada igual. La reina sonrió. Gina siguió bebiendo hasta tomarlo todo, la reina volvió a servirle y Gina a tomar de nuevo después de una débil reticencia.
—¿Cuál quieres ponerte? —interrogó la única que siempre preguntaba, ofrecía, sugería, explicaba. Gina se limitaba a escuchar, obedecer, seguir instrucciones. Al principio dócilmente, porque la curiosidad no se había convertido en temor; luego oponiendo resistencia y finalmente abandonándose al momento, invadida de repente por una felicidad que deseaba compartir, sin importarle mucho si la reina era buena o mala, si el castigo de sus parientes sería peor que las sorpresas de Marie Antoinette.
—¿Cuál quieres ponerte? —repitió la voz.
La pregunta era una tentación que Gina no quería evadir. En el fondo del arcón había cuanto podía imaginar para adornarse y entrar al mundo de la reina. Así, sólo así serían iguales, dejarían de ser dos seres distintos —uno de fantasía y el otro real— para penetrar ambos en un mundo de sueños. Había un vestido de Blancanieves que encontró demasiado ancho para su esmirriado cuerpo. Después extrajo lo que podía ser el atuendo de Cenicienta la noche del baile en que pierde la zapatilla. Era un traje fastuoso, lleno de escamas opacas que en una época habían sido brillantes y que ahora se adherían al tul penosamente. El tercero, de un rojo desvaído y caperuza deshilacliada, la llenó de nostalgia. La reina seguía cada uno de los gestos de Gina, veía reflejarse en su cara el desaliento, la incertidumbre, la pasión de un sueño. Y entre un sueño y otro, ponía en manos de su invitada un vaso de ponche que ésta bebía ya sin reservas.
Iba amontonando los trajes junto al arcón; no quería disfrazarse de amazona ni bailarina oriental ni enfermera. Apilaba los vestidos, separándolos de los sombreros y accesorios de cada uno. Ya cansada, cesó de buscar, se apoyó en el arcón y estuvo cabizbaja unos instantes, tratando de recuperarse. La reina la dejaba hacer, no decía nada, permanecía allí con aquellos pálidos ojos azules, mirando la escena.
Adela volvió a llamar. Esta vez fueron dos las voces que penetraron por las rendijas de las ventanas hasta la habitación. También la madre de Gina se sumaba a la criada Adela en una búsqueda inútil. Marie Antoinette debía estarlas oyendo también, aunque su rostro no daba evidencias de ello. Gina empezaba a quedar presa de un entumecimiento que jamás había sentido. No tenía voluntad, le parecía que su cara estaba hinchada, que su cuerpo era de otra.
—Si no te decides —dijo la reina— tendré que ayudarte.
Siguió sacando disfraces con movimientos aletargados. El largo pelo de Gina interfería en la labor, se le metía en los ojos impidiéndole diferenciar las cosas que aún quedaban en el arcón. Entonces, un poco vencida por la fatiga, pronunció la primera frase desde su llegada:
—Ayúdeme usted, por favor.
Marie Antoinette se precipitó sobre el arcón y rápidamente localizó un vestido.
—Es el de Alicia —aseguró la reina— la del País de las Maravillas. ¡Qué hermoso traje!
Gina dejó caer el vaso, que rodó, manchando la polvorosa superficie del piso. La reina, ignorando lo que había ocurrido, se empeñaba, muy solícita, en desnudar a la visitante, con manos temblorosas que evidenciaban su codicia. “Primero tienes que desvestirte”, decía en un tono grave que la traicionaba, sin poner ya el más mínimo cuidado en aflautar la voz. En la velocidad de su faena, arrancaba los botones del vestido de Gina, tratando de sacarlos de sus ojales a toda prisa. Ahora las frases eran claras y no dejaban lugar a dudas. La reina adulaba, profería términos dulzones y procaces que acompañaba de caricias sofocantes, de besos que iban dejando en su piel una baba acre. “Tienes el pelo precioso”, la oía Gina susurrar, y aquel tufillo de tabaco y licor que aguijoneaba su nariz se hundía en los poros, en todos los orificios de su cuerpo.
Tenía la espalda desnuda. La reina le había zafado la cinta que le ceñía el vestido al talle. Dejó escapar un ahogado gemido de alegría y placer cuando vio el cuerpecito desnudo. Las manos de Marie Antoinette recorrían las líneas corporales de esa muchachito delgada, tierna, huérfana de estribaciones voluptuosas, un cuerpecito cuyos atributos femeniles iniciaban su floración en caderas y pechos. Gina iba cayendo en una pesada modorra. Luchaba por mantenerse despierta, pero sentía que todo iba quedándose a oscuras y en el pasillo empezaban a descolgarse de las paredes los estrafalarios personajes de los cuadros.
La reina la llevó a una cama grande y mullida. Le sacó los zapatos, las medias, las bragas. Gina no se opuso, estaba aturdida, completamente desnuda sobre la cama, ya sin fuerzas para pensar o moverse. Sólo sus oídos permanecían en actividad; aún podía reconocer las voces de Adela, quien la llamaba con insistencia, y la de su madre, alterada por la angustia. Marie Antoinette, entre tonto, se despojaba de los atavíos que la estorbaban. Habían cumplido su función y eran innecesarios. Se arrancó la enmarañada cabellera, se quitó el vestido, el tieso miriñaque que ahuecaba su faldón señorial, los tocones antiguos. Gina no podía sentir el rumor de las telas, ya no podía ver a Marie Antoinette —palpitante como un animal en celo— devolverse su verdadera identidad, mostrar su pecho peludo, los músculos de su cuerpo rijoso, sus piernas largas y flacas, caer en precipitado vuelo sobre ella, como una lanza arrojada al centro mismo de un cuerpo encadenado.