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josé alcántara almánzar

la obsesión de eva

Mi hija fue una muchacha normal hasta que apareció la primera mancha. Recuerdo como ahora aquella mañana en que fui a despertarla temprano para que no le cogiera el día y la encontré envuelta en las sábanas, tapándose la cara con la almohada para evadir la luz y protegerse de mi acostumbrada cantilena.
—Eva levántate que se hace tarde.
Como siempre, aparentó no oírme pero la traicionó un involuntario movimiento del cuerpo. Se aferró a la almohada buscando un cómodo refugio en los últimos minutos de sueño, mientras yo abría la ventana de la habitación y daba paso a un grosero sol de verano que a pesar de la hora me dejó ciega por un instante.
Luego fui a la cama, me senté en el borde y volví a llamar a Eva, que entonces mostró la cara, parpadeó, me miró con los ojos entornados e hizo una mueca de hastío. Con los años he aprendido a manejar a mi hija, o sea que consigo lo que me propongo, aunque complazco muchos de sus deseos y a veces tolero las impertinencias propias de su edad. Así que no le di importancia a ese gesto de malacrianza y me limité a decir arriba que llegarás tarde al banco.
Volví a la ventana para darle chance de estirar el cuerpo y botar la cuaja que producen ocho horas de cama. El sol ya quemaba fuerte. Cerré los ojos y pensé en lo que pasaría si yo no estuviera en la casa para ocuparme de cosas como ésta.
Por fin Eva se levantó. Di media vuelta, abrí los ojos y la vi meterse al baño dando tumbos. Yo continué con mi rutina, poniendo en orden la casa, sacando la ropa interior, los zapatos y el vestido que Eva usaría para ir al trabajo. Le gustaba que la ayudara a elegir porque así no tenía que romperse la cabeza para evitar las repeticiones que provocaban tanta chá-chara en la oficina, o hacer elecciones de mal gusto que alimentaran el chismoteo malicioso entre compañeras que vivían muertas de envidia porque era bonita y había tenido un éxito increíble en poco tiempo. Eva pretendía no hacerles caso a los comentarios, decía que son mediocridades de la gente, que yo estoy por encima de las murmuraciones, que ahora lo único que me interesa es hacer un buen trabajo y terminar mi carrera en la universidad. Yo sabía que en el fondo la mortificaban esas cosas, podía leerlo en su manera de mover la cabeza, de encoger los hombros, pasar a otro tema y hablar de recetas, la última moda o algún incidente sin importancia en sus estudios.
Cuando Eva salió del baño ya le tenía su ropa encima de la cama y en una silla los zapatos que mejor combinaban con aquel vestido blanco que tan bien le sentaba a su piel trigueña. Casi nunca rechazaba lo que yo escogía, por eso me chocó que se quedara mirando el vestido con una expresión de contrariedad ante lo inesperado.
—No te diste cuenta de la mancha, mami.
Había un dejo de turbación e inconformidad en sus palabras. Por un segundo me sentí molesta conmigo misma por no haberme percatado, pensando que Eva se gastaba casi todo su sueldo en trapos y que ahora se le arruinara uno de los mejores por una simple mancha. Después tomé el vestido en mis manos, lo revisé por detrás, por delante, por todas partes y no vi nada raro en ningún lado.
—Ay, mami, estás medio cegata, fíjate ahí, cerca del escote.
Pensé que estaba corta de vista porque a pesar de mi gran esfuerzo no podía ver la manchita que mi hija había descubierto sin proponérselo. Según ella, una marca pequeña, irregular, como de óxido rojo, de sangre reseca, o esas huellas imborrables que dejan el cajuil y el plátano verde.
Una de dos: o yo estaba al tris de la chochez o Eva quería hacerme sentir culpable de su propio descuido. Pues ni lo uno ni lo otro. Ni siquiera uso lentes, siempre me he enorgullecido de mi buena vista, y eso que me he pasado la vida tejiendo y bordando, y Eva podrá tener defectos pero no se iba a poner a torturarme por una bobada, por algo que el vestido en realidad no tenía. Hablaba con mucha naturalidad, sin asomo de burla, y para no hacerle perder más tiempo le dije déjamelo, ya veré qué puedo hacer. Ella fue al closet y sacó un traje sastre azul marino que me había pedido hacerle la semana anterior y se lo puso sin comentar nada más.
Durante el desayuno casi no hablamos. Eva come poco, parlotea bastante y por lo general está de buen humor. Esa mañana parecía distraída, lejana, casi ausente, y sólo bebió la mitad de su jugo de china. Hasta Danilo se dio cuenta y le preguntó ¿te pasa algo, chiquita? Ella habló de un examen ganchoso, de cosas pendientes con su jefe en el banco y creo que logró convencer a su papá, que la cuida como si fuera la niña de sus ojos.
Danilo y yo vivíamos muy ufanos de nuestra hija, porque era cariñosa sin pecar de sumisa, por sus altas calificaciones en la universidad y el magnífico trabajo que estaba haciendo en el banco. La habían promovido varias veces en dos años y su nuevo jefe la trataba con muchísimas consideraciones, la dejaba salir temprano cuando tenía algún examen difícil y la traía a la casa si trabajaba hasta tarde, para desesperación del enamorado de Eva, el típico muchacho inseguro que no soporta esa clase de atenciones. Peleaban por eso y otras cosas que yo no me atrevía a averiguar, quizá por no meter demasiado las narices en sus asuntos.
El pasado de mi hija había sido siempre blanco como una hoja de papel, claro como la luz del día, transparente como el agua, aunque Eva tenía arranques de voluntariosa y podía volverse muy agresiva si la provocaban, o sentía que la estaban manipulando, o la abordaban sin ningún tacto, o querían abusar de su buena fe, de su alegría, de la entrega hacia los demás, de esa habilidad suya para resolver problemas y seguir siendo tan jovial como siempre. Por eso me parte el alma verla en las condiciones en que está y en las que me ha puesto a mí.
La primera mancha puso a girar una máquina de tortura que ya no se detuvo.
A veces una le da importancia a cosas insignificantes, se preocupa demasiado por las tonterías del hogar y termina medio histérica, peleando con el marido por un quítame esta paja, botando a la cocinera porque dejó quemar las habichuelas o disgustándose con la mejor amiga sin ningún motivo. No soy de ésas. A mi edad sé darle a cada cosa el peso que tiene y hasta puedo sufrir en silencio si las circunstancias lo exigen, como aquella vez del enredo de Danilo con la mujercita esa, hace unos meses. Me aguanté los cuernos para mantener la unidad de mi familia, para que mi hija no tuviera que soportar la vergüenza de sus padres divorciados por una canallada de la que no tenía culpa.
En esta ocasión las cosas han sido muy distintas. Empecé por no darle mucho color a las falsas impresiones de Eva. Supuse que su afán perfeccionista la hacía ver manchas en su ropa y que pronto se le pasaría si yo misma me ocupaba de arreglarle sus vestidos. Pensé que era una forma de llamar la atención y pedir un cuidado especial. Claro que esto pasa con los hijos únicos, que se acostumbran a tenerlo todo y siempre exigen más, nunca es suficiente para ellos. Me dediqué a cuidar personalmente del lavado y planchado de la ropa de Eva y examinaba con detalle cada una de sus piezas.
Pero otra mañana apareció una mancha en un vestido amarillo, una mancha idéntica a la anterior, sólo que más grande, según Eva. No sabía qué decir. Observaba la tela, pasaba mis dedos sobre el afrentoso lunar que sólo mi hija era capaz de ver. En vez de contrariarla o tratar de probarle que estaba equivocada, que su vestido amarillo lucía perfecto, sin una sola marca que lo afeara, volví a caer en el déjame que yo lo arreglo, veré cómo la saco. De ese modo me convertí en cómplice de algo que no existía más que en la mente de mi hija. Y todo por no llevarle la contraria. Ahora sé que decía la verdad. A Danilo no le dije nada; los hombres no entienden de estas cosas y hubiera pensado que estaba chiflada si le preguntaba por unas manchas que no existían.
Cuando Eva regresó del banco le mostré el vestido amarillo, que ya había puesto en remojo con detergente y un quitamanchas especial, sólo por darle gusto. La desilusión se le dibujó en la cara y antes de que yo pudiera explicar lo que había hecho para reparar el daño, a Eva se le aguaron los ojos y se lamentó con unas frases que me dieron que pensar.
—La mancha está igualita, mami, mírala, intacta, se me embromó otro trapo de los caros.
Prometí hacer lo posible para salvar aquel vestido manchado. Eva se quedó callada, empezó a desvestirse y, sin mirarme ni quejarse, como si estuviera pensando en otra cosa, dijo que hoy no tengo ganas de comer, mami, mejor descanso un rato. Se echó en la cama y su cara desapareció bajo la almohada. Tuve un ímpetu, me dieron ganas de obligarla a comer algo ligero, traerle una fruta o un vaso de leche, pero Eva es cabeza dura y sabía que iba a negarse a probar bocado por más que insistiera.
Estaba desconcertada. Nunca había visto a mi hija comportarse de una forma tan ofuscada, inventar un daño para atormentarme y de paso castigarme, como si yo no tuviera ningún otro tipo de preocupaciones. Sentí deseos de correr y contárselo todo a Dani-lo y me contuve. ¿Qué pensaría, qué diría de estas minucias de mujeres que llegan a ocupar sus mentes y sus espíritus con boberías que las dejan sin fuerzas para las cosas importantes?
Pasé buen rato en la habitación de Eva. Sin que ella lo notara abrí el closet y revisé todo: las blusas, las faldas, los conjuntos, los vestidos de noche. No encontré nada que me llamara la atención. Tendría que hacer un chequeo más profundo durante el fin de semana. Aun así, lo que entonces veía era suficiente para convencerme de que su ropa estaba impecable, tan ordenada y limpia como de costumbre. Me flaquearon las piernas y la penumbra y el calor del closet llegaron a sofocarme. Comencé a sudar y perdí un poco el equilibrio. Tuve una sensación de mareo; me dirigí a la ventana, la abrí, respiré a todo pulmón dejando que la brisa me ayudara a volver a la superficie. El sol estaba al otro lado del edificio y podía quedarme allí, sin molestar a Eva, protegida por la sombra, sola, con la inquietud que me causaban las alucinaciones de mi única hija, tratando de hallarle solución a lo que todavía no era más que puro nerviosismo, tal vez fatiga por el exceso de trabajo y estudios, o una manera desconsiderada de llamar la atención. Del parqueo subían el runrún de los carros y las voces de los que llegaban a sus hogares después de un día completo de ajetreo en la oficina. Al ver a mi vecina del primer piso regando sus matas pensé que yo debía estar haciendo lo mismo en lugar de estar rumiando las confusiones de mi hija, agravando con mi ansiedad la situación. Antes de salir comprobé que Eva dormía, vencida por la fatiga.
Las mañanas se convirtieron en duras pruebas que cada día me enfrentaban a los desatinos de Eva. Las manchas seguían apareciendo con regularidad en la ropa de mi hija. Eva lamentaba el asunto mucho más angustiada que yo. Quitaba el vestido de la percha, lo revisaba y de pronto veía otra mancha afrentosa, una salpicadura que destruía la inmaculada apariencia de sus vestidos. Entonces se ponía a llorar en silencio. Para mí eran manchas violentas que hacían sufrir a Eva y destruían la paz de nuestra familia, manchas horribles que me hacían sentir cansada y de mal humor. No podía verlas, es cierto, pero su presencia en aquellas telas que yo misma había cosido con tanto esmero para mi hija tenían un significado atroz que no me atrevía a confesar ni siquiera al propio Danilo.
Así fue quedando arrumbada en el fondo del clo-set parte de lo mejor que Eva tenía, muchos de los vestidos que la habían convertido en la empleada más elegante del banco durante varios años consecutivos: el rosa viejo con los festones que la hacían parecer tan juvenil, el crema que estrenó en la fiesta de navidad, el de estopilla azul celeste, el de hilo blanco. En fin, he perdido la cuenta y me desespera pensar en todo el dinero gastado inútilmente. Eva rehusaba volverse a poner una pieza manchada por más que le hablara de mis esfuerzos para arrancarle el sucio indeleble. Con un no sirve para nada la dejaba en mis manos y buscaba otra.
En las mañanas Eva salía para el banco como arreglada para ir a un funeral, vestida de negro de pies a cabeza. En las escasas noches en que su enamorado la visitaba —las cosas no marchaban bien entre ellos y las posibilidades de noviazgo se evaporaban— lo recibía en bata oscura, con una cara de flamante viuda que se resigna a la fatalidad del destino. A veces me desvelaba esperándola, aunque me telefoneara para decirme que iba a trabajar hasta tarde y que su jefe la traería a la casa. Daban las diez, las once y no llegaba, mientras el insomnio y la impaciencia acababan conmigo. Danilo había vuelto a las andadas y pasaba las noches fuera, por suerte. No sé lo que habría hecho si hubiera visto llegar a su hija a medianoche, la niña de sus ojos en el carro de un extraño —por más jefe que fuera—, cerrada en negro como quien viene de un entierro nocturno sin preocuparle el desvelo de sus padres.
Me había prometido encontrar la causa de lo que condenaba a mi hija a la monotonía de las tonalidades lúgubres y a mí me mantenía en ascuas, sin deseos de ocuparme de otra cosa que no fueran las malditas manchas. Un día aproveché que Eva saliera para el banco y me puse a revisar el ropero. Prácticamente lo desmantelé. Apilé los zapatos en medio del aposento, colgué los cinturones detrás de una puerta, saqué las cajas de cosméticos, los collares y chucherías que Eva conserva desde que estaba en el colegio y luego, con sumo cuidado, una por una, inspeccioné cada pieza sin hallar nada fuera de lo común, excepto el olor de tiempo muerto de la ropa apiñada en la oscuridad de los armarios, rastros de polvo y alguna telaraña en los espacios poco visitados por la escoba. Después, para asegurarme de que hacía las cosas como es debido, busqué huellas de alimañas, pintura derramada o filtraciones. Pasé varias horas descomponiendo para volver a ordenar las cosas tal como las había encontrado.
No negaré que mi desencanto fue menos intenso que mi intranquilidad. Me pregunté en qué pararía la insistencia de Eva en ver manchas irreales y cómo terminaría yo con mi estúpido afán de convencerme de que estaba equivocada y ella tenía razón.
Casi sin que yo lo notara —estaba tan ofuscada en esos días— Eva comenzó a modificar su conducta. Al principio fueron las tardanzas, la dificultad en llegar al banco temprano como lo había hecho desde que la contrataron. Se mostraba remolona, no quería levantarse, decía que ya no tengo qué ponerme, siempre voy con lo mismo y todo el mundo me mira y me critica casi en mis narices. Le costaba un trabajo enorme ponerse presentable, desayunar y estar lista a las siete y media. Mi hija perdía el amor propio y, sin hacer nada para sobreponerse, dejaba que la apatía la consumiera. Me alarmó que comiera tan poco, apenas tocaba sus platos favoritos, hacía un mohín de asquillo y se levantaba de la mesa sin decir ni pío. Estaba flaca y pálida, parecía una gata tuberculosa, la ropa empezó a quedarle grande. Un día le sugerí vamos al médico y me miró como si yo estuviera loca.
—Es el trabajo, mami, tengo demasiadas presiones en el banco.
No sabía si creerle y dejarla tranquila —sé lo que es eso de trabajar y estudiar al mismo tiempo—, o si debía forzarla a consultar cuanto antes. Por desgracia nunca he sido de esas madres muy protectoras y dejé que Eva continuara pendiente abajo, asombrada de su escaso rendimiento en los estudios y la oficina, angustiada por su flacura y negligencia.
—Voy a retirar el semestre, mami.
La frase me cayó como una pedrada. No podía aceptar que Eva abandonara sus estudios sin tratar de impedirlo. Intenté convencerla de que debía continuar hasta conseguir el título y le señalé lo importante que era para su trabajo en el banco. Eva me miró apenada, no por el vestido manchado que estrujaba en silencio —ya estábamos acostumbradas a este tipo de situaciones y nos lucía la cosa más normal del mundo—, sino por mi tenacidad en alimentar un sueño que ya parecía no tener mucho sentido para ella.
Mi última batalla en favor de Eva la libré con el pie en el pedal de mi máquina de coser, haciendo vestidos nuevos para reanimar a mi hija y devolverle la confianza en sí misma. Como Danilo había abandonado temporalmente el hogar sin dar explicaciones —estaba con su mujercita otra vez—, Eva se trasladó a mi cuarto. Allí pusimos su ropa nueva, y mi terca e incurable ingenuidad me hizo creer que las cosas serían distintas a partir de ese día. También yo estaba demacrada y parecía más vieja de la cuenta, con mis canas alborotadas, como quien no tiene tiempo ni de peinarse. La ilusión duró poco. Las manchas seguían apareciendo en la ropa de Eva, que comenzó a hacer crisis de llanto. Gritaba tan fuerte que tenía que darle un sedante para que se tranquilizara. Por la noche no quería recibir a su pretendiente y yo tenía que excusarla con algún pretexto intragable. El muchacho venía cada vez menos; algunos días llamaba por teléfono para preguntar si podía visitarla y al final se cansó y no hemos vuelto a saber de él. En cambio, el jefe de Eva estaba cada vez más pendiente de ella, le mandaba flores por cualquier motivo, se preocupaba si llegaba tarde o no iba al banco y seguía trayéndola a casa cuando trabajaban en la noche. Yo confiaba en que él pudiera ayudarla a justificar tantas ausencias en la oficina.
Anteanoche me dormí temprano, agotada de tanto vaivén en la casa. Eva se aprovechó y volvió a su cuarto sin que yo me diera cuenta. Cuando desperté me sorprendió ver su cama tendida y creí que estaría en el baño. Al no hallarla me puse a buscarla por toda la casa. La encontré en su aposento, acostada, temblorosa, con fiebre, sin querer decirme lo que le ocurría. Cada vez que le preguntaba si tenía algún dolor contraía la cara, se refugiaba en la almohada. No era que no quisiera levantarse para ir al banco, sino que la debilidad se lo impedía. Hablé de llamar al médico de la familia y comencé a marcar su número. Eva me agarró la mano y entre gritos me rogó que no la torturara más. Al incorporarse vi la mancha, una destestable mancha roja en la sábana y la bata de mi hija. Comprendí que no era una fantasía: mis ojos y mi nariz no podían engañarme. Sentí un escalofrío, un malestar interior que superaba al de mi hija. Me sentí traicionada y me deseé la muerte. En ese momento, al ver la sangre en la blanca tela de la sábana y en la bata de Eva comprendí tantas cosas que hubiera preferido estar bajo tierra antes que tener que presenciar algo semejante, lo que con horror mis ojos veían. Sin decirle nada, sin reproches, empujada por el chispazo, fui al baño en busca de otras pruebas, de otras huellas que no me dejaran ningún resquicio de duda. Eva gemía bajo la almohada, como una niña indefensa, tal vez con miedo de lo que yo pudiera hacer. Pero a fin de cuentas es mi hija y pensé que no me quedaba otra salida que seguir borrando manchas como siempre lo había hecho, en la complicidad del silencio.
Ayudé a mi hija a levantarse y cambiarse la ropa interior y la bata. Le puse sábanas limpias a la cama, lavé las sucias y luego, con toda la calma del mundo le dije a Eva que iríamos al médico aunque tuviera que llevarla amarrada. Ella comprendió que hablaba en serio.
El doctor confirmó la pérdida y nos dio un certificado para que Eva se quede unos días en la casa. Nunca me había sentido más desamparada y absurda, con deseos de llorar, de gritar con todas mis fuerzas, pero me contuve. No sabía qué decirle al doctor, ni imaginaba qué pensaría él, que me conoce desde hace muchísimos años. Antes de salir del consultorio, el médico me miró compadecido, trató de darme aliento y dijo no se preocupe, cuídela bien que ella se va a mejorar pronto. Eva permaneció callada, como si la cosa no fuera con ella. Estaba embobada. Sabía que había echado por la borda nuestros esfuerzos, pero estoy segura de que no podía sentirse más miserable que yo. Las mujeres que estaban en la sala de espera se quedaron mirándonos. Debíamos parecer dos brujas, una vieja y llena de canas, sin deseos de vivir; la otra joven, flaca, pálida, con las entrañas destrozadas, con una vida por delante, ya arruinada.
Hoy llegó un ramo de rosas que envió el jefe de Eva. Primero intenté echarlas a la basura, pero luego pensé que eso no remedia la situación. Las he puesto en un bonito florero, sobre una mesita redonda en el centro de la habitación de Eva —adonde ha regresado sin decir palabra— para alegrar un poco el ambiente. Danilo también volvió al enterarse de que su hija está enferma. Parece un perrito apaleado, hablando suave y disculpándose por cualquier cosa. Todavía no me he dignado a mirarlo, pero es cuestión de tiempo, porque en resumidas cuentas también él tiene derecho a vivir aquí y sus flaquezas no son peores que las nuestras. Desde anteayer he perdido el interés en la vida. Siento una especie de vacío que no puedo definir. Parece habérseme roto algo adentro, ando como una idiota, haciendo las cosas mecánicamente, sin voluntad. Casi me olvido de mí misma si no fuera porque esta mañana, al abrir mi closet en busca de un vestido nuevo que hace unos días le terminé a Eva —una sorpresa que ahora considero inútil—, descubrí una mancha roja, una infame mancha en el corpino, que me ha convencido de que Eva siempre tuvo razón, desde el principio. Sí, yo estaba ciega, pero ahora puedo ver la mancha, una mancha tan real y palpable como la vida misma.